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Relato escrito por Austros. Hilo original aquí.



La noche acercaba su frío manto a los Reinos del Este. Ventormenta, continuaba su habitual ajetreo sin prestar atención al ocaso. La ciudad por excelencia de héroes colmados por la Luz de la Alianza dejaba escapar los últimos rayos de sol sobre las torres de la catedral, y la luz del faro poco a poco cobraba protagonismo en los muelles.

Pero una noche continua se esconde bajo las adoquinadas calles.

Bajo la gran ciudad, oculto en el rincón más profundo de los ruidosos mecanismos del tren subterráneo que conecta con la ciudad enana, se halla un local al que el mundo civilizado da la espalda por civismo. Gritos de dolor, de apuestas, sangre en la arena y dientes que vuelan hacia las mesas de los espectadores del combate.</span> El aroma de violencia sólo es interrumpido por el fuerte olor a combustible y el tremendo temblor que produce el tranvía al pasar tras una rejilla cercana. En mitad de aquel caos de brutalidad, ruido, alcohol y luz escasa, un enano atravesó la entrada para visitar el oscuro suburbio de la ciudad.

Su espesa barba, característica de los de su raza, se teñía con un tono marrón oscuro a modo de trenza. Las vestimentas que portaba, llamaron la atención de los presentes, tachándole de adinerado y desentonando por completo con las ajadas piezas de batalla que acostumbraban a ver los habituales del lugar. Sin prestar atención a susurros y risas a su espalda, se acercó a la barra, portando un pequeño papel al que prestaba mucha atención, mientras insistía en encontrar a alguien en la oscuridad.

―¿Qué va a ser?―dijo despreocupada la camarera. ―Busco a esta persona―respondió mostrándole el nombre escrito en el papel, junto a una leve descripción. -Vaya―rió―¿sabes lo que te haces, trencitas?. -¿Sabe dónde está o no?―insistió, algo molesto.</span>

La camarera, frotando con un trapo sucio el vaso que sostenía, señaló con la mirada a una oscura mesa al fondo del local. Conforme el enano se acercó, pudo apreciar una silueta cabizbaja, ennegrecida en la penumbra, sentada en una mesa en soledad, y con una jarra en la mano. De la densa aura siniestra que desprendía aquel personaje, con el que los demás luchadores guardaban las distancias, lo único que resquebrajó aquel velo sombrío, fue un aterrador gruñido que fue en aumento ante la presencia del enano.

Con más detenimiento, finalmente pudo confirmar que se trataba de aquel que buscaba: Un huargen de inmenso tamaño con las orejas rasgadas por el filo de distintas armas, cicatrices que nunca curarían del todo en brazos y rostro, y una mandíbula llena de afilados dientes como cuchillas, de la que caía un espeso icor simulando la espuma de un perro rabioso.

-¿Quién eres y por qué sigues aquí?―dijo el huargen con una tenebrosa voz teñida de resentimiento. -Mi nombre es Blaom―respondió sin vacilar, mientras tomaba asiento -pero aquí, lo que importa es quién eres tú. ―No me vengas con enigmas, enano. Di lo que tengas que decir y lárgate.

Blaom, sentado frente al huargen, observaba cómo su antipático compañero ignoraba casi por completo su mera presencia desde el otro extremo de la mesa. Éste, ni siquiera se molestó en mirar a la cara al pequeño individuo, pues mantenía los ojos cerrados, concentrado en sentir la gélida jarra de bebida en su mano.

-Traigo un mensaje para ti. ―¿De quién?. ―Del mundo de ahí arriba, ya sabes, donde sale el sol, el aire no está enviciado, y te sirven bebidas… de verdad―dijo Blaom pasando el dedo por su vaso, dejando un rastro entre la mugre. El huargen dio un trago, con su rostro aún enterrado en sombras. -¿Y qué interés tiene un enano colmado de bienes y lustrosas armaduras, para bajar hasta aquí, jugándose la vida y su dinero, a hablarme de lo maravilloso que es vivir en el mundo civilizado?. -Mi interés no va más allá de reunir aliados. El huargen rió. ―A ver si lo adivino. Quieres que apoye vuestra causa defendiendo la amenaza de las Tierras Devastadas. No es algo que me hayan pedido por primera vez, y no serías el primero que desearía no habérmelo pedido.

El huargen hizo una pausa para limpiar el icor que desprendía su mandíbula.

-Estoy al corriente de los rumores sobre la invasión, y no es algo que me quite el sueño. ―No son rumores―puntualizó el enano, mostrando una profunda seriedad―, la historia parece repetirse, el Portal Oscuro ha sido abierto de nuevo, al igual que treinta años atrás.  -Héroes de la Alianza…―dijo el huargen casi con desprecio―Habéis sido capaces de detener invasiones similares, e incluso disteis muerte al propio fin del mundo. ¿De verdad debo creer que no podéis con un puñado de orcos homicidas?. Blaom negó con la cabeza. -Esos orcos no son simples peones de reconocimiento, hay algo más en ellos… algo se está gestando tras el Portal, guiando su plan de conquista, y, hasta ahora, han triunfado. He viajado estas últimas semanas en busca de grandes protagonistas de historias pasadas, con cientos de victorias y valores a sus espaldas, y hoy vengo a buscarte a ti. ―¿Y has sido tan estúpido de venir a pedirme ayuda por ser quien soy?. Vuelve a leer tus apuntes sobre mi vida, enano; yo no ayudo a desconocidos. Lárgate antes de que tu viaje te cueste algo más que una pérdida de tiempo. -Creo que en realidad ansías volver a la acción―afirmó Blaom. -Tengo toda la acción que necesito ahí abajo―dijo señalando la arena―. Aquí no te culpan si el contrincante acaba muriendo ``accidentalmente tras las heridas´´. ―¿Esa es tu vida?, ¿luchar en un lugar de mala muerte para saciar su sed de sangre?.

El huargen rió casi a escondidas.

-No sacio ese tipo de hambre. Blaom comenzaba a perder la paciencia hacia la tozudez del huargen. Éste, tras dar otro trago a su bebida, señaló al enano con una de sus garras, con aires de macabra diversión, antes de volver a hablar: -Si la historia se repite, como dices, tendré un asiento en primera fila justo aquí para ver cómo esta ciudad vuelve a ser arrasada―sentenció dejando escapar el eco de una sonora y oscura carcajada.

En ese momento, el enano se levantó muy agresivo.

-¡Por la Luz!, ¡maldito perro, escúchame!. ¿Acaso no entiendes la gravedad de la situación?, esos orcos ya se han hecho con Nethergarde apenas sin esfuerzo y con pocos efectivos, ¡imagina hasta dónde podrían llegar si siguen recibiendo refuerzos desde el Portal!. El huargen, impasible, continuaba con la mirada fija en el suelo. -¡Ten el valor de mirarme a la cara, camorrista cobarde!. Un gruñido resonó intimidante. -¡Necesitamos a todo hombre capaz en esta lucha, y más aún a veteranos como tú!. No creas que es de mi agrado venir a pedirte colaboración, si por mí fuera, nunca hubiera pisado este lugar, pero el enemigo no descansa, y debemos contraatacar con todo lo que tenemos, y eso, te incluye a ti. ¿Piensas quedarte aquí hasta que esas bestias te quiten la vida?, ¿acaso no te importa morir sin luchar?. -¡Yo ya estoy muerto!―gritó finalmente, dando un fuerte golpe en la mesa y alzando por primera vez la mirada. De sus ojos, dejó escapar un intenso y fantasmagórico resplandor azulado que rajó la oscuridad que envolvía el lugar.

De pronto, el silencio se hizo casi por completo, interrumpido únicamente por los luchadores del área de combate. Miradas indiscretas acusaban la mesa de ambos mientras que Blaom, por algún motivo, se sintió incapaz de gesticular palabra. Había quedado mudo, helado ante aquel huargen que conseguía infestar de miedo incluso su férreo corazón colmado por la Luz.

-Sé por lo que vienes, no eres el primero. Acuden a mí con historias de mis supuestas hazañas que no son más que burdas invenciones. La mayoría de los que vienen aquí ni siquiera conocen mi verdadera historia, y eso es algo que quiero seguir manteniendo. Muchos siquiera son conscientes de que puedo ser una amenaza incluso para los que me llaman aliado, un error que no pienso volver a permitir. El caballero de la muerte clavó su inquisitiva mirada fantasmal de nuevo en Blaom. -Apestas a Luz Sagrada incluso para un olfato atrofiado como el mío, no eres precisamente el tipo de aliado que me gustaría tener. Sois puros, ciegos en vuestros ideales e incapaces de dejar morir a alguien si la batalla lo requiere. Ese mundo que intentas proteger ya no es el mío―de nuevo, dio un trago, sin sentir apenas el licor bajar por su garganta.

Blaom guardó silencio, sentándose lentamente de nuevo en su silla. -No es eso lo que he oído<―se atrevió a decir al fin―. Dicen que un día fuiste un hombre de honor, fiel a su hogar, a sus valores, y por supuesto, a sus compañeros. Aún estás a tiempo de demostrar que tu alma no ha sido consumida por la oscuridad de tu interior. Sé, que bajo esa armadura de ébano se esconde un héroe de la Alianza. ―Caballero de la muerte es lo que soy―interrumpió―. No soy un héroe, y espero no serlo jamás. He sido maldito dos veces en esta vida, un peso mucho mayor que cualquier código de honor que restringa tus acciones. Ahí arriba se afirma igualdad sin justificar los actos pasados, pero aún siento miradas acusadoras por acciones que no cometí. Al menos, no voluntariamente. El huargen dio otro trago antes de clavar su mirada de nuevo en el enano. -Dame un sólo motivo por el que deba ayudar a esa pandilla de hipócritas. Blaom pensó por un instante, manteniendo la atención en aquel rostro agresivo y tenebroso. -La oportunidad de demostrar lo que eres en realidad.

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