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Un gnomo gno muy gnormal

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Capítulo uno: Un gnomo no muy gnormal.


La blanca nieve caía en pequeños copos sobre los árboles del lugar, tiñéndolos de tonalidades blancas y verdes, dotando al nevado lugar de una hermosa visión para todo aquel que lo mirara, resguardado tras una ventana transparente, mientras tomaba té caliente.


Pero no era el caso de Amadeus Tuercaplata, que, desde su estrambótico hogar hecho de placas de metal doradas y plateadas, miraba a su esposa, Narian Latarrota con un deje de preocupación en su mirada de misterioso color arcano violeta, mientras rondaba por la habitación pequeñísima, dónde su mujer acababa de romper aguas, lo que precedía al nacimiento de su heredero, el gnomo que llevaría su apellido, y el nombre que ellos habían elegido para él: Gareus Tuercaplata. Mientras el ingeniero miraba todo con preocupación, su pequeña esposa ahogaba grititos chillones, postrada en la cama. La matrona tardaba mucho en llegar, ¿sería posible que la ligera tormenta de nieve la hubiera retrasado más de lo habitual? En sus pobladas y fruncidas cejas, se veía el rastro que deja la preocupación en un rostro tranquilo, la faz de un hombre amable. Mientras transcurría todo eso, la nieve empezó a caer con más fuerza en las montañas de Dun'Morogh, el viento aullaba furioso contra las ventanas de la casa, y el cielo estaba cubierto por unos nada desdeñables nubarrones negros, que en ocasiones, disparaban rayos violetas sobre todo objetivo posible. Gradualmente, había sido una nevada tranquila, hasta que terminó de esa forma, inquieta y ominosa, como un acechador que se lanza contra su presa, descargando su fuerza para su sustento vital.


Todas esas cavilaciones pasaron por la mente de Amadeus Tuercaplata, un mago de la pequeña ciudad gnómica dónde vivían, al este de Dun'Morogh. El pequeño mago revolvió entre las estanterías de la sala un libro que le indicara como atender partos rápidamente, pero todo eso fue vano, pues su biblioteca no tenía libros de esa índole. Preocupado, escuchó unos sonidos en la puerta de su casa, ¡era ella, era la matrona! Al fin llegaba, tras una expectante lentitud de cuarenta minutos, que se les habían hecho eternos entre gritos de dolor y miradas preocupantes. Se teleportó a la puerta con asombrosa facilidad, y abrió la puerta a la matrona, una gnoma con una faz arrugada cuál pasa, y el cabello blanco como la nieve que caía fuera de la gnómica lar. Entró con un saludo alegre a la casa de Narian y Amadeus, y supervisó el estado de la gnoma de cabello azul y ojos chispeantes que era la esposa de Amadeus.



La tormenta amainó, una vez la pequeña gnoma cesó de murmurar maldiciones en gnomótico y ahogar gritos de dolor, pues fue un parto difícil para ella. Cuándo la matrona trajo al mundo a Gareus Tuercaplata, frunció el entrecejo y miró los ya abiertos ojos del recién nacido. El cabello del gnomo era blanco ya de por sí, y no cesaba de llorar.



Jamás reveló lo que vio, aquella noche a la que precedería la Gran Helada de Dun'Morogh, en los ojos del que sería el Archimago Gareus Harderlis Tuercaplata Tuercarcana Mekkanotostadora.



Primer capítulo finalizado.



Capítulo dos - La Gran Helada.



Pasaron los años en la villa de Dun'Morogh, y el pequeño Gareus empezó a ser instruido por su padre y su madre en los rudimentos de la magia a la tierna edad de diez años gnómicos. El pequeño Gareus, creció rodeado de felicidad, magia e ingeniería, en definitiva, una infancia feliz y calmada, en la que forjó su carácter, creció, y vio contento como rompía un escudo de madera con una tromba arcana lanzada con gran precisión con un blanco inmóvil. La villa gnómica era pequeña, apenas eran sesenta habitantes en el lugar, pero eran felices y tranquilos. Gareus creció como uno más, contento, y aprendiendo la ingeniería en la que más tarde mostraría cierta pericia digna del heredero de Amadeus Tuercaplata. Cuándo tenía veinte años, nació su hermanito pequeño, Thaldeus Tuercaplata, en condiciones más favorables que las que habían precedido a su nacimiento, aquella noche borrascosa.



En ocasiones, llegaban extranjeros al pueblo, mayormente, eran enanos de Forjaz, con sus largas barbas, sabios, orgullosos, poderosos, y cómo no, bebedores y buenos amigos de sus primos gnomos. Intercambiaban amablemente inventos con minerales, sonrisas con risas, y utensilios útiles. Un día, les llegó una gran noticia, los gnomos de todo Dun'Morogh se habían unido a los enanos para fabricar una nueva capital, y muchos gnomos se marcharon del pueblo para ayudar en la construcción de lo que sería la más esplendorosa capital de la ingeniería y el intelecto: Gnomeregan. Vivieron felices y en paz, hasta que sucedió lo que llamaron "la Guerra de los Tres Martillos", la contienda que convulsionó la gran nación enánica, la cuál se fragmentó en varios reinos. Los Hierro Negro, los Barbabronce y los Martillo Salvaje se enfrentaban por sentarse en el trono vacío que había dejado Modimus Yunquemar, el Viejo Rey enano que reinaba en Forjaz. Eso provocó la división de los enanos, y los idílicos y utópicos gnomos de la villa sufrieron una época cada vez más oscura, rematada por la Gran Helada*, en la que los lobos cruzaron el río, que se había convertido en una capa de hielo capaz de sujetar a los lobos. La villa fue invadida por los lobos, y éstos fueron precedidos por los trols. El pueblo ardía por las antorchas de los trols, se veían algunos cadáveres en el suelo, atravesados por lanzas y Gareus no cesaba de gritarles a los trols:



- ¡Borricos de piel azul! ¿Qué hacéis! ¡No os hemos hecho nada! - los trols hacían caso omiso al pequeño e inocente gnomo que se asomaba a la ventana, iracundo. Hasta que lanzó una bola de fuego contra un trol que apunto estuvo de matar a su padre, Amadeus.

Pasada la noche, los trols se marcharon como vinieron. Se dedicaron a enterrar a los muertos, en tumbas con su nombre escrito. A día de hoy, aún están allí, olvidadas, pero en pie.



Entre lágrimas y fuego, Gareus Tuercaplata aprendió una lección: la vida es tan frágil como la paz. Su madre y su padre, junto con un grupo de gnomos supervivientes a la masacre trol, marcharon con sus bártulos y utensilios hasta el este, hacia Gnomeregan.

Gareus lloraba en silencio la pérdida de sus compañeros gnomos, y de sus proyectos de inventos, entre los que estaba el que lo catapultaría al éxito: la tostadora gnómica.

Mientras caminaban, el inocente Gareus, amable y curioso, le preguntó a su padre, que estaba herido en una pierna y cojeaba visiblemente:



- Papá, ¿por qué esos trols nos han atacado? Sinceramente, no entiendo que querían de nosotros. - Gareus llevaba un sombrerito azul y violeta en la cabeza, que le resguardaba las grandes orejas del frío invernal que azotaba el bosque que cruzaban los gnomos con paso ligero.



- Hijo, por muchos años que pasen, jamás sabré la respuesta a esa pregunta. Los masacrados están en el Titangarde, bebiendo hidromiel en el Salón de las Tuercas con los Guardianes de la Sabiduría de Norgannon. Los trols los han enviado allí, o por envidia, o por sed de sangre. En este mundo, pequeño, escasea justicia y raciocinio.



Gareus no entendió estas palabras al principio, pero, a medida que fue madurando, entendió su significado y derramó lágrimas amargas. Pero, sin embargo, un fuego empezó a despertarse en su interior, el fuego de la justicia. Vengaría a sus compatriotas caídos algún día, y ayudaría a hacer de Azeroth, un mundo perfecto.



Siguieron caminando por la nieve blanca, dejando un visible rastro de huellas pequeñas en la profundidad nívea. Oían sonidos en el bosque, y movían sus antorchas y sus esferas brillantes preocupados por su destino, que podría acecharles rabioso en los árboles oscuros. Pero llegaron sonidos de risa, y vislumbraron un claro a lo lejos, iluminado por fuego y hierba. Oían a los dichosos enanos, que bebían, jugaban a los cabezazos o se lanzaban hachas contra sí, divirtiéndose. Cuándo se acercaron a ellos, éstos les sonrieron y les dijeron:



- ¡Saludos, pueblo inventivo! Qué las bendiciones de el Alto Padre os acompañen, compartid la hoguera con nosotros en esta fría noche, ¡pues hemos de unirnos, siendo hijos de los Titanes! - el escuadrón de enanos les saludaron con amistad y dicha, y aquella noche, el pequeño Gareus se sintió feliz entre amigos, y durmió a pierna suelta.

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