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Un cuento del Festival del Invierno

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Relato escrito por Vícks. Hilo original aquí .



¡Hola, hola, queridos niños! ¡Pasad, no os quedéis fuera, que el frío aprieta y todavía no se ha inventado ningún robot para sanar resfriados! ¿Qué decís de un Sanabot? ¡Eso son pamplinas goblins! Así que venís a por el aguinaldo, ¿hm? Pues tengo una mala noticia. Aún no he podido patentar ninguno de mis bots, por lo que no podré daros ninguna moneda, pero a cambio… ¡Sí, decidido! ¡A cambio puedo contaros la historia del Festival de Invierno más maravillosa y emocionante que hayáis escuchado nunca. Tomad asiento, por favor, y servíos un poco de zumo de melón de esa jarra de ahí. ¿Cómo, que es agua? ¡Pues servíos un poco de agua!

El caso es que la historia con la que os voy a pagar el aguinaldo de este año ocurrió hace mucho tiempo. Yo era una joven púber de mente inquieta y manos habilidosas para la mecánica, sí. Como habéis podido adivinar, son cualidades que aún mantengo. Lo de que mis robots explotan con solo mirarlos es una falacia propia de los envidiosos de Venture & Co. ¡Si hasta me quisieron plagiar el ChachaBot 4000! Pero bueno, que ese no es el caso. Estaba contando la historia de cómo estuve a punto de fastidiar todos los Festivales de la historia.

Era la noche del gran festín, y nos encontrábamos en Forjaz, en el pequeño apartamento que compartíamos toda la familia. Recuerdo esa cena a la perfección, como si fuera hoy. Normal. ¡Los libros de Historia deberían hablar de ello! Padre estaba radiante, trinchando el pavo con una sierra mecánica que le había llevado más de quince años perfeccionar. No era el más habilidoso de entre los Manitas gnomos, pero al menos las indemnizaciones de las compañías aseguradoras que cubrían los desperfectos del local tras cada una de las explosiones de sus artilugios nos permitían vivir con cierto desahogo, e incluso ahorrar un poco de dinero. En torno a la mesa nos encontrábamos los demás: Madre, con su delantal rosa a juego con sus dos coletas; mi hermana Amy, que para esta época ya estudiaba el condensador de flujo en las máquinas del tiempo, su novio, Gedder, un alto y guapo gnomo de casi un metro de alto que ejercía algún tipo de labor para algún oscuro comerciante, creo que un cabecilla del Frente GNacional; y Tic y Freiz, mis dos hermanitos pequeños, que no hacían más que pelearse entre ellos. Como ahora, casi.

La cena fue genial. Hacía mucho tiempo que no lo pasábamos tan bien. La pequeña salita de estar, decorada primorosa y recatadamente con guirnaldas rosa chillón y bolas de Festival de Invierno de colores poco llamativos, como el verde fosforito, irradiaba espíritu invernal por los cuatro costados. Pero lo mejor era el rincón próximo a la ventana, donde un pequeño abeto coronado con una estrella que entre Padre y yo habíamos logrado iluminar con más pena que gloria esperaba pacientemente a que Padre Invierno llegase a casa a dejarnos los regalos. Cada año, como todos los niños de Forjaz, escribíamos nuestra carta llena de peticiones, que Madre se encargaba de llevar al correo. Este año, Amy había pedido unos libros muy difíciles de entender sobre mecánica cuántica; Tic y Freiz, en su afán competitivo, habían pedido unos coches teledirigidos goblins, que fuesen más rápidos que el de su hermano. En serio, siempre estaban picándose por todo, aunque de esto precisamente yo no tengo queja: gracias a estos coches teledirigidos pude inspirarme para mis grandes robots con mando a distancia. Me he vuelto a ir del tema, ¿verdad?

Pues, como iba diciendo, la cena se desarrolló en un ambiente invernal como hacía mucho tiempo que no se vio en mi casa. Padre tiró la casa por la ventana, en sentido figurado, no me malinterpretéis, quiero decir que gastó mucho dinero, no que hiciese volar nada. Aparte del ya mencionado pavo, cenamos una especie de puré de verduras y algo traído de tierras de los humanos, algo del cerdo, a lo que llaman, eh… ¿Jamón? El caso es que estaba todo delicioso, y acompañado de vino para los adultos y zumos para mis hermanos y para mí. Tanto zumo bebí que tuve que ir varias veces al baño, y en una de ellas, al pasar frente a la puerta de la habitación de mi hermana, vi a Gedder sacar su ropa de su maleta. Parecía que iba a pasar la noche con nosotros, lo que me alegró mucho. Era un buen tipo que me caía genial, aunque su pijama, que estaba dejando sobre la cama, era de un espantoso rojo chillón, y digo espantoso no por el color, sino porque era un rojo chillón apagado, mustio, seco. Pensando en mil maneras de revivir el color de ese pijama tan feo volví abajo, justo a tiempo para ver a Madre cortar una gran tarta de fresa con un cuchillo afilado. La comimos, y tras los respectivos besos de buenas noches, los niños nos fuimos a dormir, esperando nuestros regalos para la mañana siguiente.

Reconozco que estaba inquieta, y mirad que los gnomos no solemos estar inquietos o sobreexcitados en ninguna situación prácticamente, pero entre los nervios por los regalos y que había bebido demasiado zumo, no pude pegar ojo. Encima, cuando estaba empezando a dormirme, que no se que hora sería pero el reloj de cuco había dado ya las once… ¡Escuche un ruido de pasos en la salita de estar! Padre, Madre, Amy y Gedder se habían ido a dormir, por lo que eso solo podía significar una cosa.. ¡Padre Invierno venía con nuestros regalos! Encendí una pequeña velita, que siempre tengo en la mesilla de noche, y a hurtadillas pasé a la salita de estar. Allí lo vi: era un enano bajito y con una larga barba blanca, que vestía unos ropajes y un gorro de un color rojo chillón pero no tan chillón, y que iba con un saco dejando regalos debajo del abeto. Curiosa, como siempre he sido, asomé la cabeza un poco más por la puerta, y sin poder aguantar más mi entusiasmo, le grité: “¡¡¡Hola Padre Invierno!!!”

El pobre enanito se asustó justo en el momento en el que estaba colocando el último regalo bajo el árbol, y del respingo que pegó se golpeó la cabeza contra las ramas más bajas de este, que tembló y tembló hasta que a la estrella que lo coronaba le dio por caerse. Menos mal que Padre Invierno es mágico y tiene muy buenos reflejos para lo viejo que es, porque pudo cogerla casi al vuelo y se giró a donde yo estaba. Parecía muy sorprendido y nervioso por verme allí, y no durmiendo como debía estar: “Niña, ¿No sabes que a los que no duermen Padre Invierno… o sea, yo, no les dejo regalos?” me dijo, con una voz muy grave que me pareció muy divertida. Asentí y me acerqué para darle un beso. Vosotros habríais hecho lo mismo. ¡Es el mismo Padre Invierno!

Pero con lo que no contaba era con el pegamento que Padre había puesto a las distintas piezas que formaban la estrella. Y digo formaban, porque cuando acerqué mínimamente la llama a la pieza, esta empezó a arder como si fuese una estrella de verdad. Todo pasó tan rápido que al pobre Padre Invierno no le dio tiempo a soltarla, pues tras la primera llamarada por culpa del pegamento inflamable siguió un fuerte petardazo. No se que demonios habría dentro de la estrella, en casa tenemos prohibido hablar de esta noche, pero siempre me lo he preguntado. Porque explotó, ¡vaya si explotó! Recuerdo los dedos de la mano izquierda de Padre Invierno salir despedidos en todas las direcciones, así como las llamas invadiéndolo todo: el árbol, las guirnaldas, las bolas de Invierno, la mesa preparada para el día siguiente… También recuerdo como llegaron Padre y Madre, y Amy, y los mellizos, y cómo nos sacaron a todos de la casa y nos llevaron a la mansión de unos parientes a pasar la noche.

A la mañana siguiente, Padre habló conmigo, triste. Me contó que por el accidente Padre Invierno había perdido un par de dedos de la mano, pero que como era mágico iba a poderlos recuperar. Siempre había creído las historias de Padre, pero esta me dio en la nariz que no era verdad. Me puse muy triste al pensar en las consecuencias de mi susto a Padre Invierno: si estaba herido y mutilado, no podría trabajar, si no podía trabajar no habría Festival de Invierno nunca más… Es la única vez que te admito que los gnomos podemos reventar cosas: yo acababa de reventarle las Fiestas de Invierno a todos los niños de las generaciones posteriores. También pregunté por Gebber a Amy, pero me ignoró, enfadada, dándose la vuelta y encerrándose en su habitación. Luego me enteré de que Gebber y ella se habían peleado porque él le echó en cara algo referente a alguien de mi familia. Esto no hizo más que atenuar mi tristeza, porque desde entonces no he vuelto a saber nada de él.

Pero niños, ¿sabéis eso de que los milagros siempre se cumplen durante el Festival de Invierno? Pues es verdad. A la mañana siguiente, enfrente del Banco de Forjaz, ¡¡Allí estaba Padre Invierno!! Me acerqué avergonzada y le pedí disculpas, pero él, sin echarme nada en cara, miró a Padre, asintió y me dio un regalo. Y lo que es mejor… ¡Tenía todos los dedos de su mano!

Y ya está, esta es la historia. Espero que os haya gustado, cerrad la puerta al salir, y sobre todo… ¡Feliz Festín del Festival de Invierno!

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