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Travesía hacia el olvido

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Capítulo 1Editar

El ruido de las placas al bajar lentamente la escalera se hacía más que molesto, se podía oír por todo el sótano, Melissa sabía de sobra quien era la persona que le llevaba la comida esa noche, sólo le vio una vez, pero le bastó para saber quién era. Ahora encadenada por una gran armadura de hierro de una sola pieza, colgada del techo de un subterráneo de poco le servía conocer a quien le traía la cena, pues nadie le dirigía una palabra en mucho tiempo, al otro lado de la puerta oyó al guardia retirarse a tomar un descanso, tal y como le dijo el comandante, entró cuidadosamente, cerró la puerta y dejó la bandeja metálica delante de ella. Un cuenco con un icor amarillento brilló desde su posición, una vez colocado en el sofisticado artilugio que haría que llegase lo que debía ser su ración diaria a su cuerpo esperó con impaciencia el momento de quedarse sola, sin embargo, esta vez el “camarero” no se retiró, se quedó mirándola mientras el icor avanzaba por un tubo de cristal hacia su cuerpo y no habló hasta que terminó. -¿Sabes por qué he venido aquí? Melissa se limitó a mirarle con rabia, nadie le dirigió una palabra hasta ahora, y tenía que ser el, el mismo hombre al que su marido le había confiado la vida de sus hijas. -¿Mi marido ha traído un juguete para divertirme de mi eterno encarcelamiento?... o solo eres el que debe atenuar mi hambre... Su voz sonó con sorna, seguida de una ligera carcajada. -Voy a llevar a tus hijas y a un huésped más en el barco, venía a preguntarte si te importaba, es alguien importante. -Si te refieres a esa “niña” que juega con Kainé no tienes que pedirme permiso… pero no has venido para eso… ¿Verdad? Siete se limitó a dejar una pequeña rosa de cristal en la repisa de una de las muchas mesas en las cuales un centenar de velas alumbraban pésimamente la zona, lugar donde reflejaba la luz de las llamas el pálido objeto. -No soy quién para juzgar el mal cuando veo una mala obra, ya que esta puede esconder la más justa de las intenciones. De la misma manera que tras el más honrado acto de bondad se puede ocultar un destino nefasto para los ojos ajenos de aquellos que miran desde fuera. No soy juez, ni jurado, ni verdugo, sólo soy… un número más en una lista que acabará por perecer con el tiempo. La mujer volvió a mirarle, pero sus ojos llenos de furia parecieron calmarse momentáneamente. -Te diferencias más de tus hermanos que el aceite y el agua, dime Siete, ¿Por qué pretendes buscar un poder que queda tan lejos de tus propios límites?, ¿tan difícil es aceptar las múltiples derrotas a manos de aquellos a los que les diste la espalda?, ¿Tan grande es tu ansia de poder cómo para perder tu propia humanidad en tu intento de venganza?, eres un iluso. Volvió a reír, esta vez con más fuerza que antes, sus cabellos caían por su cara retorcida a medias por el dolor y la agonía, los grilletes que sujetaban su armazón chirriaban con cada carcajada y su mirada se perdía en un ladea de cabeza descontrolado. -…Melissa, tú y Elzar sois iguales, no se quién de los dos debería estar encerrado, solo sé cual es mi misión, sinceramente no sé por qué he bajado, curiosidad tal vez, pero ahora respóndeme a una pregunta: ¿Cuál es tu celda?... ¿Estas cuatro paredes, los grilletes, o tu propia mente? Dicho esto Siete salió de la mazmorra, cerró sin hacer un ruido y se alejó con ese ruido de placas moviéndose que tanto le caracterizaba, una vez se fue, Melissa fue incapaz de evitar una carcajada que sonó durante una hora completa, resonando en las cabezas de todo ser que estuviese en el castillo, como si de la propia locura se burlase, se retorcía en su metálica prisión mientras miraba de reojo el pequeño obsequio de cristal que le habían dejado.

Capítulo 2Editar

Las velas ondeaban al viento, el azul del cielo era propicio para no estar en la cubierta, exceptuando el capitán y dos de los cuatro hombre que Siete había elegido para acompañarles, se encargaban de llevar el "Cortaolas" hacia las tierras de Kalimdor, el trabajo era simple, escoltar a las hijas del jefe. Por primera vez en mucho tiempo, Siete no llevaba puesta una armadura para su misión, pero su espada, Tabarise, seguía estando cerca de el en todo momento. Sentado en una mesa junto a los otros dos cultores que había elegido para el trabajo jugaban animadamente a las cartas, mientras de reojo vigilaban a dos niñas que se entretenían con un peluche de trapo el cual tenía una expresión de indiferéncia que se ensombrecía al darle la sombra. Kainé y Zefie, la menor de Elzar y su mejor amiga, niña que meses atrás Siete encontró en las ruinas de un pueblo cercano a karazhan, sentadas en un rincón mientras jugueteaban con el peluche, que según creía era una de las cortesías de su padre. Sentada en la misma mesa que ellos, pero observando como jugaban a las cartas estaba Rosenrot, la mediana, con apenas 14 o 15 años. La mayor se había metido en su camarote, y pese a no haberse encerrado ninguno de los presentes tenía intención de ir a verla, normalmente, el trío papanatas, como las llamaba Siete cariñosamente, causaban más problemas que otra cosa cuando se aburrían, y pese a que ese era el viaje más aburrido que habían hecho hasta ahora, tenían orden expresa de su padre para no causar ningún problema mientras Siete las escoltaba. El primer día pasó tranquilo, mientras el barco pernoctaba solo una sombra se distinguía en la cubierta, Siete caminaba lentamente comprobando que todo estuviese bien, una vez hecha la ronda se sentó en una pequeña mesa al lado del timón y se sirvió un vaso de licor. -Me alegro de verte hermano- Le saludó una voz que le heló la sangre.

Capítulo 3Editar

En el momento en el que se giró hacia la persona que había aparecido repentinamente detrás suya recibió un puntapié en la mandíbula que lo lanzó hacia atrás, chocando con la barandilla. -Me he enterado de tus asuntos, Siete, y créeme, a mi no me gusta nada que intentes superar a ninguno de nosotros. El hombre, que era más alto que el própio Siete, se incorporó dejando ver toda su envergadura, un ser enorme y muy fuerte, capaz de aplastar a cualquier rival con el más minimo esfuerzo, pero tenía una gran desventaja, era muy lento. Siete desenfundó y se puso en posición de combate, pero no le dió tiempo a más, Cinco estaba girando el timón haciendo que el barco virase de una forma muy poco recomendable hacia n risco cercano. -No necesito más, hermano, te veré en el infierno. Dicho esto saltó al agua y con una velocidad de nado sobrehumana se alejó. El barco se acercaba peligrosamente al risco, se iba a despeñar, se acercaba a las piedras afiladas como dientes, y lo único que se oía era esa risita burlona.

Siete despertó sobresaltado y empapado en sudor, de vuelta en la cubierta del barco, sin ningún rasguño y todo en orden, salvo por una cosa. Engield, la mayor de las hijas de Elzar, y para Siete, la más peligrosa, tenía su cara peligrosamente cerca de la de Siete y se reía burlonamente. -Te has dormido, comandante. Rápidamente se levantó y guardó distancias con la muchacha. -Tú deberías estar durmiendo ahora mismo, en vez de molestar el sueño de los demás. -Déjate de tonterías Siete, aquí tengo yo más mandato que tu, no me sirve que tengas un soldado mirando desde el mástil mayor, eres tu el encargado de protegernos, cosa que hasta ahora estás haciendo de pena. Siete la miró con incredulidad, hsta ahora sólo había oído hablar de la soberbia de la señorita pero nunca la había probado de primera mano. Siete decidió pasar de ella, no quería una discursión y menos ahora, tras el mal sueño la muñeca derecha le ardía como mil demonios, como siempre a la altura del tatuaje. -No pases de mi, estúpido, mi padre... -¡Tu padre me ha puestao al mando, así que acatarás las órdenes como una buena tripulante!, incluso tu hermana pequeña se comporta más humildemente que tu. El grito sonó por todo el barco, odiaba alzar la voz, odiaba enfadarse, siempre que lo hacía acababa por romper algo por causas de la ira.

La mañana siguiente amaneció normal, las velas ondeaban al viento y el barco avanzaba rápidamente hacia su destino, los integrantes de la tripulación se encontraban de nuevo, sin nada más que hacer que entretenerse con lo que podían, sin embargo esta vez Engield estaba sentada junto a Siete, mirándole continuamente con actitud desafiante. -Caerás Siete, algún día de estos te aseguro que caerás ante mi. En ese preciso momento las risitas de Zefie y Kainé rompiro el silencio. -Esta noche habrá tormenta.- Dijeron al unísono.

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