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Tras el manto de la Luna

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Era una noche oscura y lluviosa en Ravensburg, los aldeanos se movían de un lado a otro para buscar resguardo del temporal, iluminados tan sólo por el tenue resplandor de la Luna, que se protegía tras la seguridad de sus negras nubes de tormenta —últimamente este temporal era el más habitual debido a la llegada del Invierno—.

La noche transcurría con normalidad; las tiendas estaban cerradas, los herreros enanos cubrían la forja bajo una tendereta de techo metálico y paredes de cuero, los guardias paseaban por las calles hablando entre sí y el Minarete de las Sombras —el colegio de hechiceros— seguía abierto, mostrándose amenazante en el barrio de la magia, alzándose como la torre más alta de la ciudad. Como de costumbre, también se podía oler y sentir el humo de la maquinaria de la ciudad, que oscurecía aún más el ambiente de esta fúnebre noche.

Pero de repente, un grito sonó en la noche, rompiendo la tranquilidad. Provenía del distrito de las forjas, era de una mujer. Todos los guardias corrieron la dirección del chillido, al llegar, se encontraron a una joven, de unos veintidós años y cabello rubio, tendida en el suelo con una herida de daga en el cuello. El ambiente se caldeó, los aldeanos se comenzaron a arremolinar alrededor del cadáver, hasta que los guardias tuvieron que despejar la zona mediante berridos.

No era la primera víctima, a lo largo de la semana ya iban cuatro, y estábamos a jueves. Los rumores comenzaban a volar cada vez más alto, y se organizaron varias revueltas en la plaza municipal, debido a la pasividad del gobierno ante la serie de asesinatos. Como siempre, el Thane colgaba al líder de la manifestación y ésta se disolvía. Algo no iba bien, y este asunto comenzaba a intrigarme cada vez más.

La ciudad se encontraba dividida: el distrito de la forja apuntaba como asesino a Gundar Uriksson, un viejo seid de tétrico aspecto conocido por ejercer de maestro de nigromancia en el Minarete de las Sombras, acusado varias veces de usar los cadáveres de la pasada guerra de clanes para sus prácticas nigrománticas, pero nunca se pudo demostrar. La mayoría del distrito lo acusaba de asesinar a jóvenes para alzarlos como sus sirvientes.

El distrito de la magia, sin embargo, sustentaba que el traidor era Ronk Folkensson, un joven enano de grisácea piel y amargo carácter, que ejercía de herrero, era conocido por ser el hijo del antiguo Thane de la ciudad, Folken Folkensson, un despiadado guerrero que ansiaba la guerra y la supremacía, ejecutado por el gobierno de la ciudad debido a sospechas de traición y enaltecimiento a la violencia. Los hechiceros se resguardaban en los argumentos de que Ronk buscaba venganza por su padre.

El distrito municipal —hogar de los burgueses de la ciudad— acusaban a Gronka Kjelsdottir, apodada como la arpía, una de la burguesa con más poder económico de toda la ciudad, apodada así por haber llegado a semejante situación mediante la manipulación a su marido, Yorick Stortsson, excapitán de la tripulación del Cuervo Nocturno —un drakkar construido para las exportaciones comerciales—. Encontrado muerto en las cloacas un mes más tarde de su sospechosa desaparición. Los burgueses sostienen que Gronka es la asesina, pues corren rumores de que ella mató a su marido, enloquecida por la idea de que pudiese estar con otra persona.

Por último, los pescadores y los marines del puerto apuntaban a que el asesino era Hagron Storgonsson o el fiera, comúnmente llamado debido a su reputación de mujeriego. Los pescadores acusan a Hagron de asesinar a jóvenes para violarlas, pues debido a un robatorio de pescado en el puerto, fue castigado por la guardia local. Usaron una vara de acero candente en su rostro, cicatrizándole. Así perdió todo el atractivo que tenía y los pescadores creen que puede haber empezado a recurrir a los asesinatos para sosegar su ímpetu.

Yo, Frederic Hallmarsson, me dispongo a investigar estos sucesos, y no pararé hasta saber quién es y mandarlo a la prisión, todos mis avances serán escritos en este diario así que, si lo encontráis y no está conmigo, llevádselo a la guardia.

Día 1. Decidí ir por orden; primero visité el Minarete de las Sombras. A pesar de las apariencias y del nombre, ese edificio no era más que una escuela de magia en la que se enseñaban las artes oscuras al igual que se podía enseñar la lectura rúnica. Además, el minarete también era usado para la fabricación de elixires y brebajes mágicos, que después eran distribuidos a los demás clanes, enriqueciendo la economía de la ciudad. Era un lugar abierto todo el día excepto a la noche, vigilado por un par de guardias que iban intercambiándose el turno de vez en cuando.

Nunca había entrado en esa escuela, pero siempre me fascinó la magia y todo lo rúnico —Lástima que sólo viniese por trabajo—. Para poder pasar desapercibido me puse una túnica encima y me guardé una daga en la bota —Para lo que pudiese pasar— y me adentré en la escuela. El ambiente era relajado; reinaba el silencio y la calma. Se denotaba que el lugar era de culto pues en cada sala de la escuela se encontraba un altar, por ejemplo, en el aula criomancia —la escuela mágica del frío y la escarcha—, nada más entrar, se podía apreciar una gran estatua de Hodir, bajo la cual estaba una alfombra donde los alumnos se arrodillaban para rendir culto al titán y dejar las ofrendas —las más populares eran esquirlas de hielo y brazales de platino—.

Pero yo me dirigía al aula de nigromancia, que se encontraba en el piso subterráneo de la escuela. El ambiente ahí ya se volvió más fúnebre, y lo podía notar a cada paso que daba. El tranquilo silencio interrumpido por las conversaciones que mantenían los alumnos se convirtió en una calma perturbadora. Los pasillos del aula estaban ornamentados por viejas calaveras, plumas de cuervo y múltiples runas que emitían un fulgor púrpura.

Me armé de valor y me dirigí a la clase del profesor Gundar. En ese momento estaba vacía, pues ya se habían acabado las clases de ese día.

“No ese no es” “Agh, ¿dónde diantres está mi vara?” “Siempre me pasa lo mismo” “¿Pero dónde puedo poner mis cosas para que siempre se me pierdan?”

Esas eran las réplicas de Gundar, que se interrumpían a un ritmo casi constante por una leve tos y unos suspiros de desesperación.

-Disculpad, ¿es esta la clase del profesor, ehm…Gundar?—Dije con inseguridad, acercándome a él—

-Así es, así es, pasad, pasad joven. —Respondió él, con un tono afable que me sorprendió— No reconozco vuestros rasgos, ¿nuevo en el colegio?

-Sí, sí, estoy en…ehm…escritura y lectura rúnica.

-Oh, el arte rúnico, comparto vuestros gustos, qué maravilla. ¿Qué haríamos los invocadores sin las runas? Oh, y perdonad el desorden, la cabeza de un anciano es un desastre y se me pierde todo ¿Por casualidad no habrás visto una vara de madera?

-Eh, creo que no, no.

-Vaya, deberé seguir buscando, en fin, ¿qué buscabais?

-Veréis, resulta que me he enterado de la serie de asesinatos que han sucedido a lo largo de esta semana y, sinceramente, estoy bastante preocupado. Y como alumno de este colegio me enfada que los enanos del distrito de la Forja se atrevan a culparos de esos asesinatos, vaya. —Dije, fingiendo un tono de indignación—

-Oh, sí, sí. Según los enanos soy un rompetradiciones, un saqueacadáveres, y ahora un asesino. —Dijo con indiferencia, mientras apoyaba su espalda en una silla y soltaba su cayada de madera— Chico, podéis creer lo que queráis. Pero tened en cuenta esto: yo, un anciano que trabaja todo el día en el colegio, y mis alumnos pueden afirmarlo, ¿me dedicaría a ir por la noche a acosar a adolescentes? Ya tengo una clase a la que aguantar —Dijo riendo, mientras se llevaba la mano a la espalda— Si ni siquiera soy capaz de andar sin mi bastón… —acabó, soltando una risilla—

-No tengo duda de ello, señor, confío en que sois un honorable profesor, solo venía a informaros de los rumores, por si pensabais hacer algo al respecto.

-Estoy muy viejo para eso…y soy un hombre ocupado. Ahora, si no hay nada más que pueda hacer por vos… ¿podéis dejarme solo de nuevo? —Dijo sonriéndome— necesito buscar mi vara y no os quiero volver loco mientras remuevo cosas de los cajones y demás, jé.

-Está bien, pase una buena tarde…—dije, haciendo una reverencia mientras me retiraba—

Tras esto me fui del colegio y volví a mi casa. Al parecer Gundar era un anciano que hacía clases todo el día. Mis sospechas se reducían debido a su movilidad, ¿cómo un anciano podría asesinar a alguien y, al momento, haber desaparecido? Además, si usaba los cadáveres para sus prácticas, ¿por qué los iba a dejar en la escena del crimen? Nada tenía sentido, aunque parece ser que se dio mucha prisa para que me fuera. Volveré mañana cuando haya clases, me va a tocar hacerme pasar por un alumno y preguntarles yo mismo.

Continuará…

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