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Susurros bajo la luna

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Prólogo: El sueño de la mariposa plateada.


Lynda miraba con la vista forzada al vestido que portaba el maniquí, estaba totalmente centrada en él.

- Seguro que tiene que tener algo...

Mientras Lynda se hablaba a si misma, palpó la mesita en busca de sus alfileres que tenía a su derecha, los cuales acabó encontrando. Una chica normal no habría gritado al pincharse con ellos, pero sus dedos, encallecidos de tanta horas dedicadas a la costura solo fue un leve cosquilleo. Cogió por debajo el alfiletero, se lo puso en la muñeca. Tras unos minutos, la obcecación de buscar fallos en su trabajo dejaron pasar necesidades más imperiosas, como el cansancio y el hambre. Pero aunque diera cuenta de ellos, a Lynda solo le afectaba uno realmente.

- Así no puedo ver nada. - Lynda miró a su alrededor y se dio cuenta de que el cuarto estaba en penumbras. Un rápido vistazo a las cortinas de su cuarto, cerradas y a la vela que suele tener en su mesa de trabajo, apagada en esos momentos. Sin pensarlo demasiado, fue directa a las cortinas y las desplegó, y de paso abrió los ventanales que daban al exterior y al fin la luz de luna inundó la habitación, desterrando las molestas sombras que le impedían trabajar.

Sin perder ningún momento, pudo observar con detalle el fruto de su esfuerzo. La prenda era un vestido tejido con paño de seda, a pesar de que los productos con este tejido solían ser de exóticos colores como los pañuelos que vendía en la tienda, el blanco dominaba la pieza. Pero no todo el conjunto era mate, se había valido de sedaluna, una rara tela, para colocar las mangas del vestido y la parte del escote, que bajaba hasta terminar el esternón. Esta tela es una tela tan fina y liviana, era muy apreciada y cara pero Lynda se había obstinado en conseguirla ya que quería usarla para que su dueña pudiera sugerir con ella sin mostrar más de lo necesario. Sobre la delicada tela estaban cosidos sin apenas imperfecciones unos bordados en hilo de plata y oro, tanto en los hombros, en la cintura y en la parte baja de la falda. Estas partes simulaban enredaderas, aves y animales como ciervos, lobos y osos en un bosque idílico. El vestido en toda su composición le dotaba de una belleza muy vistosa, pero bajo el fulgor azulado de la recién abierta ventana le dotaba de un esplendor casi divino. Los detalles bordados parecían moverse bajo la luz lunar, un efecto que se veía reforzado al pasar una corriente de aire a través del vestido. La ligereza del material el cual estaba confeccionado le otorgaba la apariencia de que el bosque que emulaba estaba literalmente vivo.

Lynda no sabía cuanto llevaba mirando el vestido, quizá fueran minutos u horas, pero fueran las que fueran su cuerpo le rogaba que apaciguara sus necesidades. Pero no podía, no hasta que su vestido estuviera por entero impecable.

Le dio vueltas y en un principio no encontró nada pero por la fuerza de la insistencia encontró el fallo que buscaba: una pequeña flor bordada en la base de la ondulante falda se encontraba sutilmente desprendida. Lynda, con una energía que creía que se le había esfumado en algún punto del día, se dirigió al desperfecto, sacó una de las agujas, cogió con celeridad un carrete de hilo dorado, la enhebró sin siquiera mirarla y de tres puntadas limpias la dejó totalmente cosida. Un pequeño nudo imperceptible y la flor se halló en su lugar. Atusó un poco la parte de la falda y suspiró aliviada.

-Ya está. - Tras decir esto, Lynda se levantó y dejó su cuarto.

Estuvo un buen rato en la cocina de su casa y pudo comer con lo que encontró en la alacena: pan, un poco de queso de Alterac, unas lonchas de cecina de cerdo y algo de agua. Tras recoger los utensilios que había usado, se subió las escaleras hacia su cuarto. Un poco antes de entrar en su propio cuarto, miró la puerta de la habitación de sus padres y sonrió. “Se merece el descanso, después de sentirse eufórico durante todo el día debe estar rendido.” En ese momento se mareó y tuvo que apoyar una de sus manos en el marco de la puerta. “Y yo también.” Con este pensamiento miró un poco su mesa de costura. No estaba tan desordenado para recogerlo y el vestido, al lado de la mesa de trabajo, seguía en su sitio, sin una sola mácula.

Ya aliviada, se sentó en su cama y se quitó la pinza del pelo que le sujetaba su cabello rizado. Al hacerlo una cascada de rizos caoba se desparramó en su espalda sintiendo una agradable sensación. Tras retirarla de su pelo, miró la pinza que tenia entre las manos, era de plata y destellaba bajo la luz de la luna azul. Las piezas que se entrecruzaban para sujetar el pelo formaban un curioso motivo en forma de alas de mariposa que a Lynda siempre le gustó. Lynda recordaba cuando su madre la llevaba, en las tardes que se pasaba cosiendo en su casa, y ella la miraba hipnotizada, le resultaba tan bonita que ella en su inocencia quería cogerla para quedársela. “Lynda.” En sus recuerdos, retumbó la voz de su madre. En un principio ella se sintió sorprendida al ver que Lynda intentaba pegar saltitos para coger la pinza plateada, pero fue algo pasajero ya que sonrió a su hija al entender qué quería su hija y se retiró la pieza de su pelo, liberando una mata de pelo negro que le llegaba a la media espalda. Luego le puso la pinza en las manos a Lynda. “Esto ha sido una reliquia de la familia, de cuando la familia aún vivía en Lordaeron. Tu bisabuela se la dio a tu abuela, tu abuela me la dio a mi y algún día, yo te lo daré a ti. Y tu se lo darás a tu hija.” Lo que nunca supo su madre es que se la entregaría unos meses después, presa de unas malas fiebres. Recordarlo le entristeció...

Tras la muerte de su madre tuvo que aprender a hacerse cargo de la casa mientras que su padre trabajaba haciendo pequeños trabajos, como peón en granjas, cultivos, haciendo arreglos. Había épocas en las que le solían llamar, pero también había épocas en las que nadie le llamaba e incluso buscando con ahínco, llegaron a pasar ambos hambre. Pero en aquellos días su padre tenía trabajo como guardián en los astilleros del puerto de la ciudad y Lynda tenía un trabajo de aprendiz en la sastrería de los Schneider, y todo gracias a lo que había aprendido con su madre. Pero el trabajo no era lo suficiente para poder vivir realmente desahogados su padre y ella. Y cuando menos lo esperaba, la señora Schneider la recibió en la tienda con la noticia de que se iba a celebrar un concurso de diseño de prendas organizado por el gremio de sastres de Ventormenta cuyo premio sería ser uno de los sastres de la familia real de Ventormenta durante un año.

- Madre, ojalá pudieras haber estado conmigo hoy, hubieras disfrutado tanto como yo. -Lynda comenzó a hablar sola en la soledad de su cuarto, dirigiéndose a la pinza. -Ya sabes que estas semanas he estado ocupada, no he terminado un par de encargos que tenía en la tienda... - Lynda sonreía azorada ante su invisible oyente. - pero todo lo he hecho para poder tener una oportunidad. Y al final, es... increíble.

Miraba hacia la ventana mientras recordaba como se sentía en un sueño tras el desfile. No podía creer como pronunciaron su nombre tras ver tan bellas prendas y sendos modelos, tan buenos sastres. Todo el mundo la aplaudió, su querido padre, su amiga Susan y sus padres, la señora Schneider, sus compañeros de trabajo. No los recordaba a todos pero allí estaban, todos la elogiaban y ella se encontraba en un sueño. Era inimaginable que se le ocurriese que podía ganar, pero así sucedió.

- Pero Madre, quiero que sepas que no lo hice por mí, ni por padre. - continuó y sus ojos se irritaron. - Lo hice por ti, era tu pasión. Y no pudiste seguir con ella. Ahora he seguido con tu legado, como tu hubieras querido.

Enmudeció presa de la emoción y sintió que deseaba más que nunca abrazar a su madre. Pero no podía ya que ella no se encontraba allí. En su lugar apretó tanto la pinza que se hizo daño cuando se clavaron las púas en ella y aunque intentaba contener las lágrimas, una de ella salió furtivamente de su lacrimal, cayendo sobre la pinza argenta. Cansada y con aquella mezcla entre felicidad y tristeza, se echó hacia atrás y tal como cayó se sumió en sueños con la luz de la luna azul arropándola.


-o-


Trenaud silbaba despreocupado mientras se adentraba en la normalmente ajetreada zona del mercado. Apenas había el sol hecho acto de presencia en la ciudad y ya se escuchaban los comerciantes montar sus tenderetes y colocar los productos que venden: frutas, hortalizas, pescado, libros, herramientas, cacerolas, ropas y armas y armaduras para los aventureros e incluso extraños e insólitos inventos, los que vendía una graciosa gnoma en su puesto. Trenaud conocía cada mercader, que le dedicaba unos buenos días que devolvía cortésmente siempre que se acercaba a un puesto y seguía con su patrulla. Sabia que cuando veían su espada y su escudo con el sello real de Ventormenta, les infundía a los comerciantes tranquilidad y confianza. Y precisamente aquello era lo que quería lograr la guardia de la ciudad, ya que representaba la autoridad de Ventormenta y como deber tenia mantener la tranquilidad en la población. Aún así, no podía tener queja de su trabajo ya que no era muy ajetreado y la mayor parte de las veces, simplemente con su mera presencia desbarataba cualquier pelea, intentos de robos o cualquier tipo de acción delictiva. Tenía suerte y los sabía, puestos como Crestagrana o Nethergarde eran duros tal y como le contaban algunos compañeros guardias destinados allí.

- ¡Menuda timadora, esto es un robo! - La voz chillona de una anciana reverberó en todo el mercado por encima del bullicio de aquella hora.

Trenaud con paso presto pero firme propio fruto de la instrucción recibida, se dispuso a acudir con presteza a la zona donde provenía la voz mientras se le formaba la imagen de a quien pertenecía. Tras cruzar la esquina vio un tenderete de hierbas y especias regentada por una elfa de la noche y ante la cual una anciana humana se enfrentaba a ella. Al principio no conoció a la elfa de la noche, ya que aquella esquina llevaba tiempo desocupada. Aquello aceleró más aún el paso del guardia alimentado por la curiosidad.

- ¿Es que en tu tierra no te han enseñado que vender a ese precio es un abuso? Tendría que darte vergüenza venir a robar a gente desamparada como esta pobre anciana.

Trenaud conocía muy bien esa mujer, una mujer bajita, rechoncha con pelo canoso y algunos mechones negros esparcidos en un cabello cada vez mas ralo de pelo y que el poco que le quedaba se lo recogía en forma de moño. Era Bertha Barkin, más conocida en Ventormenta como “Mamá Bertha”. Era todo un personaje en Ventormenta y muy querida, de la que se sabía que tenía mucho temperamento y como diría a quien le preguntase sobre ella “y algún tornillo suelto”. Pero sus circunstancias eran entendibles al ser la madre de una familia numerosa, cuyo marido murió en la primera Guerra y se vio en la obligación de sacar una familia de siete hijos sola. Y lo consiguió. Se dedicó por entero a trabajar y sacarlo todo adelante. A pesar de su peculiar comportamiento, tenía un don de gentes y solía verse en los corros de gente que les encantaban hacer tertulia de los temas del momento o los chismes más jugosos.

- Mamá Bertha, sé que puedes ser muchas cosas, pero desamparada desde luego que no.

Trenaud se acercó a la anciana con una sonrisa impresa y se puso a su lado, la contestación de la anciana no se hizo esperar.

- Eres un desagradecido, Trenin. Pero te lo perdonaré si arrestas a esta ladrona elfa y la encierras en los calabozos por ladrona. - Una vena le latía mientras arrugaba la cara enfadada, mirando implacablemente a la elfa.

Trenaud miró a la elfa, era como cabía esperar de alguien de su raza sus facciones y su forma de moverse tenían ese exotismo que era difícil de obviar. Pero en aquellos momentos, su cara preocupada la ensombrecía momentáneamente. Como le había enseñado, analizó la escena antes de emitir cualquier juicio en contra de cualquiera de las dos.

- Señorita. - Su tono no podría de tacharse de irrespetuoso. - Enséñeme los permisos del puesto, si es tan amable.

La elfa no dudó ni un momento en evitar la petición pero notaba que ella no se encontraba más calmada al hacer lo que le demandaba Trenaud y Mamá Bertha en cambio, disfrutaba del estrés de la elfa juntando sus arrugados labios en una risa nada agradecida. Tras un rato rebuscando en unas bolsas de pieles que tenía la kal'dorei bajo el tenderete le entregó unos pergaminos.

- Señor guardia, tómelos. - La elfa de la noche estaba decidida a justificarse antes de que leyera los papeles, Trenaud sin embargo la escuchaba mientras los ojeaba. - Pero tengo que decirle que esta mujer se equivoca. Mis precios son justos, y están en los márgenes que me pedía el gremio. Estas hierbas provienen de tierras lejanas y no son precisamente baratas.

- ¡No te justifiques, ladronzuela! - la exaltada anciana volvió a chillar irritada. - Cobrarme diez cobres por una pizca de polen de Carolina cuando en el tenderete de Regina la venden solamente a 2 cobres es un truco sucio. ¡Y ni guardias ni nada, deberían de echarte de esta ciudad a patadas por aprovecharte de gente como yo!

Trenaud le hizo un gesto con la mano a Mamá Bertha, pidiéndole algo de cuartel para inspeccionar con detalle el documento que le había tendido la elfa. Los pergaminos iban a nombre de Sylana Brezonegro, que se le autorizaba a montar un puesto de venta de productos alimenticios en la zona donde se encontraban. Los datos parecían correctos y sin incidencias, con el sello al final del maestro del gremio de comerciantes y el lacre del gremio comerciante local. Como mucho a Trenaud le llamó la atención la fecha de solicitud y de entrega de la autorización eran de apenas dos días, un tiempo más que récord para una empresa en la que la burocracia no da tanta prioridad a asuntos simples como aquel escrito. Tras leerlos se cruzó con la mirada de Sylana y se fijó que la preocupación seguía atenazando a la kal'dorei. Intentó tranquilizarla con una sonrisa:

- Perdone por las molestias, señorita Sylana. - Mientras le explicaba, le tendía los documentos a la elfa acompañados de una sonrisa reconfortante. - No hay nada ilegal ni fuera de lugar, todos los pergaminos son correctos.

- Menos mal. - La elfa de la noche no pudo reprimir un suspiro de alivio.

- Y Mamá Bertha, por lo que he leído, es cierto. - Trenaud se dirigió a la anciana. - Los artículos que vende esta señorita son exportación de alta calidad. No es nada educado llamarle ladrona a una comerciante y sobretodo que acaba de empezar el negocio en la ciudad. Seguro que siendo amable podréis llegar un acuerdo las dos.

La elfa sonreía esperanzada al oír al guardia, pero no podía decirse lo mismo de la anciana. Estaba roja de ira, con las arrugas temblando de la furia que bullía en su interior.

- Elfa, seguro que has hechizado a Trenito. ¡Bruja! Seguro que eres tu la que has traído la maldición de la alma en pena a Ventormenta. ¡Nos has maldecido, elfa asquerosa! Los tuyos y los otros bichos que han infestado la ciudad han traído una maldición a este santo lugar.

- Mamá Bertha, conténgase. No es una bruja y yo no estoy hechizado. Y todavía no es hora de hacer escándalos. Debería dejar de decir...

- Déjeme a mi, señor guardia.

Trenaud se giró para ver cómo era interrumpido y replicar para llamar a ambas a la calma. Pero esperando encontrar una cara enfadada o una dubitativa como había visto antes, lo que vio fue la actitud serena que había adquirido la elfa. Su mirada brillante, su tez púrpura bajo los fulgores del reciente amanecer y sus cabellos argénteos le dejaron sin habla. Trenaud no pudo explicar por qué no pudo replicar, si era por la sorpresa de verla de aquella manera o porque le habían hecho algo que no alcanzaban a comprender. Lo único cierto es que él no dijo nada, y afortunadamente, la anciana tampoco.

La kal'dorei con tranquilidad y fijando su mirada centelleante en la anciana, cogió una de las palas con las que recogía los productos y cogió un puñado generoso de lo que parecía un polvo amarillento. Hizo un cucurucho y se lo tendió a ella.

- Mil perdones por la molestia. - Cuando comenzó a hablar parecía apenada pero esa fuerza de la que se revestía era prominente. - Siento que hayamos empezado de manera tan hostil pero espero que pueda entenderlo. Tenga su polen de Carolina. No deseo ningún mal a usted y por ello se lo entrego como símbolo de mi buena voluntad. - Bertha al principio receló del cucurucho, pero después lo tomó mientras intentaba descifrar con la mirada a Sylana. - En cambio de este regalo solo quiero que me conteste una cosa.

- Dime que quieres, elfa.

- Dígame todo lo que sepa sobre esa maldición de la que ha hablado.

Bertha dudó unos momentos, pero al final accedió.

- Se cuenta en Vertormenta que cuando los primeros de tu raza vinieron a Ventormenta las acompañaba a una embajadora cuya belleza rivalizaba con la de vuestra sacerdotisa Tyrande. Se dijo que quiso conocer la raza humana en profundidad y lo hizo... - Pausó un momento para reírse jocosamente. - Vaya si lo hizo... Se enamoró de un marinero del puerto, el cual amaba con todo su corazón inmortal. Un día, el marinero partió y ella esperó en el barrio de los elfos, día y noche esperando a su amado. Un año después un soldado acudió a ella, con la identificación del marinero y una nota de condolencia del jefe de la marina de la Alianza. Ella, en una noche donde solo la luna azul alumbraba la ciudad, presa de la pena se tiró por los muros de la ciudad hasta el acantilado, muriendo en el acto. Y ahora cuentan... - Su voz se tornó misteriosa. - que en las noches en las que la niña azul está llena, canta en las ruinas cercanas del barrio de los elfos, llevando a los que la escuchan hasta el barranco donde perdió la vida, compartiendo su cruel destino con ella.

El callejón donde estaban permaneció mudo. No se oía ni el más mínimo murmullo cuando terminó la anciana. Era como si todo el callejón se fuera a ir corriendo ante cualquier reacción entre la anciana humana y la elfa de la noche. Al final, Sylana miró a Bertha y negó sutilmente con la cabeza. Tras eso, Trenaud pudo sentir como aquella tensión ambiental se levantaba de repente y se descubrió como había contenido la respiración hasta ese momento.

- Señora, ¿es todo lo que sabe sobre esa leyenda?

- Hay gente que dicen que saben más. – Se encogió de hombros. - Según a quién le preguntes en lugar de la embajadora elfa es la mismísima reina alma en pena que nos usurpó nuestra querida Lordaeron. O que van cantando por ahí cortando la leche, haciendo parir terneros con dos cabezas o haciendo que aborten las embarazadas. - La anciana sonrió pícara. - Pero mi historia es la auténtica. Lo que sí es curioso... - La elfa miró interesada a la anciana, esperando a que contestara. - Es que esta leyenda no la escuchaba en años, pero sin embargo, todo el mundo la tiene en la boca últimamente. Quizá sea un mal presagio o será que nos has echado una maldición, ¿verdad brujilla elfa?

- Descuide, señora, no tiene nada de que temer, porque no soy ninguna “bruja elfa” como me define. - Una sonrisa misteriosa asomó por la cara de Sylana.

- Claro, elfa, claro. - Bertha miró el cucurucho, y olió el contenido. Al ver tener lo que ya quería, se acercó al guardia y le tiró del brazo enfundado en cota de malla hasta poner la cabeza de Trenaud a alcance de la anciana. - Ten cuidado con ella, Trenito.

Y tras despedirse con la mano, la vieja giró el callejón mientras reía por lo bajo, dejando a Trenaud y a la elfa solos en la esquina.

Pasó un minuto en el cual Trenaud se había llenado de una incomoda sensación que le urgía abandonar el lugar. A pesar de todo, había hecho su trabajo y todo había transcurrido al final con normalidad, no llegaba a recuperar el sosiego en su espíritu, una sensación que comenzaba a asustarle. Al final pensó que lo idóneo era ignorar lo que había sucedido y seguir con su guardia, pero justo cuando iba a hablar para despedirse sin rodeos de la kal'dorei, ella se le adelantó.

- Me temo que debo de disculparme a usted también, señor guardia. - Sylana parecía de nuevo vulnerable. - No quería interrumpirle a usted en su deber, pero fue mi culpa por no saber atender a mi primera clienta con la profesionalidad y confianza necesaria y me urgía tener que resolverlo por mi misma.

Las palabras de la elfa le hicieron recuperar la confianza, que no sabía en qué punto de la mañana había perdido y sonrió a la elfa con calidez.

- Me alegro que lo hiciera, ha podido arreglar sus diferencias con Mamá Bertha y seguro que el regalo le habrá impresionado. Pero no le tenga en cuenta su mal carácter o que pueda dejarse llevar por algunas tonterías, ella siempre ha sido así.

- No, claro que no. Si tengo que vender tendré que... - Se mordió el labio unos segundos. - Mmm, como decís por estas tierras, tendré que enfrentarme “a algún hueso duro de roer”.

- Desde luego. - Trenaud soló una carcajada. - Lo más probable es que haya ido a decirle a sus amigas lo del regalo que le habrá hecho. Su puesto se llenará en breve con gente más que dispuesta a pelear y más para comerciar.

- Así espero. - La elfa también rió de manera jovial y despreocupada.

- Por supuesto, créame lo que le digo. Conozco a esa mujer desde que era un chaval, ya que he estado en su casa y he sido amigo de uno de sus hijos. Es muy temperamental, pero luego es todo amor. Y hace las mejores galletas del mundo.

Los dos rieron y sin darse cuenta el guardia vio que comenzaban a pasar gente cerca del puesto. Un hombre de pelo cobrizo y togas elegantes, presuntamente un mago se paró junto a ellos y comenzó a ver el surtido de hierbas que vendía Sylana. Y mientras el mago trataba con la vendedora, el guardia curioseó con más profundidad el puesto de la elfa. Cuando se acercó antes al lugar, no había reparado en ello inicialmente, pero la mesa donde exponía sus hierbas estaba muy surtido y todas de todas ellas emanaban unos olores penetrantes. Todas ellas estaban colocadas dentro de cuencos de madera muy bien ordenados y permitía exponer las diferentes hierbas de manera vistosa para su venta. Trenaud no era un experto pero pudo reconocer la hojaplata y la raíz de tierra entre las existencias de la tienda. Sin embargo, el mago, que señaló unos pétalos blancos que Trenaud no sabían que eran, la elfa asintió y puso unos cuantos pétalos en un sobre que hizo con el papel de envolver. Mientras, Trenaud divisó otras hierbas desconocidas, como un cuenco que tenía cerca de sí con hojas verdes, que desprendían un olor muy embriagador. Cerca del otro cuenco había otras hojas, pero de estas emanaba un olor fresco y picante. Tras despachar al mago y despedirse de ambos, Trenaud le señaló los pétalos blancos.

- ¿Estos pétalos que son?

- ¿Estos? - Cogió el cuenco y con unas pinzas sacó una de ellas. - Esto es lirio de las nieves. Es un producto bastante exótico ya que proviene de las tierras de Pandaria. No son muy comunes incluso en la propia Pandaria ya que solo crecen en los lugares nevados como las cordilleras de Kun-Lai.

- Vaya. - Trenaud se asombró sin vergüenza ninguna. - ¿Y para que sirven exactamente?

- Pues tienen unas propiedades que calman los músculos en largos periodos de ejercicio y permiten seguir con el esfuerzo físico sin llegar a decaer en ningún momento. Suelen usarlo los aventureros en periodos de estrés inminente.

- Pues no tenía ni idea que esos pétalos hicieran eso... - Echó otro vistazo y señaló el cuenco que tenía cerca de él, con las hojas que emitían un olor embriagador. - ¿Y esto?

- Eso es té verde, y también es de Pandaría. - Sylana rodeó el puesto y se puso junto al guardia. Aunque antes no lo había podido admirar antes, ella era tan alta como él pero cuando se acercó era una mezcla de los olores de aquel puesto junto a una fragancia que le embargó los sentidos durante un abrir y cerrar de ojos. Ella cogió una de las hojas y se la puso en la mano. - Coma una.

- Oh, no gracias.

- Insisto. - Y le cerró la mano, notando la calidez de las manos.

- No puedo, señorita Sylana. No puedo tomar nada de servicio.

- Es una pena, pero debería probarlo. Muchos pandaren en su tierra mascaban té para poder realizar trabajos como plantar arroz y trigo, ya que activan el organismo. Seguro que le ayudaban en su trabajo... - Durante unos segundos, en los que el guardia contemplaba la finura de las formas de la elfa, se puso a cavilar la kal'dorei. - Ya sé que podemos hacer. ¿Cuando tiene permiso en la guardia?

- Pues... Tras esta tarde tocara el cambio de guardia y podré salir.

- ¡Perfecto! - La elfa estaba emocionada y se le notaba en los destellos que lanzaba cuando hablaba. - Pues quedaremos donde estoy alojada y le invitaré a tomar un té, seguro que le gustará. ¿Qué me dice?

“Vaya, que precipitado. Pero no quiero decirle que no, de hecho quiero ir con ella. Pero...” había algo que se le olvidaba y no recordaba que era, algo que le causaba desazón al estudiar la proposición. Pero al pensar que solo eran imaginaciones suyas, le dijo que estaría allí sin dudarlo.

La elfa pegó un pequeño bote y Trenaud vio como un enano que pasaba por allí miraba de reojo a la elfa al ver la vivacidad que mostraba. Como una centella, se fue a la parte donde atendía a los clientes y en unos papeles que tenía donde apuntaría cuentas o los pedidos, escribió algo y rompió el pequeño pedazo escrito, tendiéndoselo al guardia.

- Acuda a esta dirección cuando termine su turno, le recibiré con una buena merienda. No lo dude. - Le sonrió de tal manera que si hubiera sido hielo se habría derretido en un segundo. - Así hablamos de nuestras cosas y me puede enseñar esta ciudad mejor, nadie mejor que un guardia para que te enseñe donde se sitúan los lugares más importantes y emblemáticos en una ciudad.

Trenaud no pudo evitar reír.

- Y tan cierto, no es la primera ni la ultima vez que me pregunten por donde se va al “Cerdo Borracho” o a la subasta del distrito de los enanos. Tienes toda la razón.

- Muy bien señor... - De nuevo, dudó unos segundos Sylana. - ¿Como se llamaba, señor guardia?

- Trenaud, llámeme Trenaud solamente, estamos en confianza.

- De acuerdo, Trenaud. Nos veremos esta tarde y tendré un buen té y pastas para intercambiar con usted por las señas que me de.

- No le haré esperar. - Le hizo un saludo de despedida. - Tenga buena mañana, señorita Sylana.

- Que la tenga usted también. Guardia Trenaud.

Tras aquello, se giró y se dedicó a pasear de nuevo mientras hacia la ronda habitual. Los mercaderes ya tenía montados sus tenderetes y gritaban a viva voz sus productos, pero mientras saludaba, no podía dejar de mirar el papel que tenía en el puño. No lo había mirado todavía porque se había retrasado en su deber con el asunto del tenderete de hierbas, así que debía atender a su obligación primero antes de poder ocuparse de aquello.

Después de un rato tras andar varias veces el mercado, se salió del perímetro del mercado y se puso a rondar en la zona del mercado que bordeaba los canales. Allí con más tranquilad, sacó el papel con la dirección, tenía la boca seca y el corazón le palpitaba de alegría, pero justo cuando iba a desplegar el papel de la dirección, notó como una gota caía en su nuca. Él siempre estaba preparado para cualquier cosa, pero el respingo que pegó no fue pequeño al tocar aquella gota su nuca. Miró a los alrededores, estaba frente la puerta del negocio de los Schneider y no había nadie. Luego miró hacia la catedral pero ni un rastro de nubes en el cielo. Mientras se tocaba la nuca, otra gota cayó y esta vez justo sobre el papel que tenía. Pero en lugar de dejar una mancha transparente, la mancha era rojo carmesí. Cuando se trajo las manos que habían notado la gota de liquido en su nuca, pudo observar que estaban manchadas de un liquido carmesí. Entonces supo que tenía que mirar justo encima suya, pero una parte de él le gritó que no lo hiciera.

Y mucho tiempo después, se arrepintió de no haberlo hecho.

Una visión salida de las más terribles pesadillas de un perturbado se grabó en la retina del guardia. Unos ojos descarnados, inyectados en sangre oscura, le miraban en una expresión de dolor eterna, rodeado de una masa de carne, la cual goteaba sangre. El susto fue mayúsculo, el terror lo paralizó y le hizo trastabillar mientras caminaba hacia atrás con el corazón desbocado. Quería apartar la vista, quería hacerlo, pero no podía dejar de mirar. Tras gritarse a si mismo en su interior que mantuviese la calma, pudo observar con más claridad qué era lo que tenía delante. Se trataba de un cuerpo que estaba echado sobre el cartel de la tienda de la familia Schneider. No sabía cómo había llegado allí pero era como si fuera obra de una macabra broma. Sin embargo el cadáver miraba a Trenaud inmóvil, desprovista de párpados e incluso de pelo. De hecho solo algo parecido a una mortaja la envolvía raído y sanguinolento, cubriendo posiblemente horrores mayores era la de las pocas pruebas que probaban que era humanoide. “Por la Luz, su piel... No tienepiel” pensaba frenético. Un silencio sobrenatural dominaba la zona y lo único que lo rompió fue el ruido de los goznes al balancearse el cartel forzado por tan macabro peso. Era grotesco hasta decir basta y no pudo aguantarlo, se giró asqueado y vomitó, salpicándose los brazos con los que se apoyaba en el suelo.

Un tintineo sonó sin esperarlo cerca de donde el cadáver yacía.

- No quiero mirar, no quiero mirar. - Trenaud lo repetía en voz baja, en forma de letanía. - Luz ayúdame, luz ayúdame...

Con los ojos entrecerrados, sentía la bilis de haber estado hace poco en su boca y abrió un poco uno de sus ojos, justo donde se había originado el sonido.

En mitad del charco había aparecido un objeto, no se detuvo en saber de qué se trataba porque de él estaba enganchado una hebra de algo que se le antojaba hilos y ascendían... Pero no eran hilos, un hilo normal no se rizaba, incluso aunque estuviera totalmente manchado de sangre. El origen de aquellos hilos subía y ya intuía para su desesperación de qué se trataba. Pero la realidad, superó ampliamente sus expectativas. El rostro seguía observándolo en muda mueca de terror, pero de sus labios asomaban como gusanos los hilos, de los cuales alguno se veía que estaban enganchados a una serie de pedazos de carne. “Su cuero cabelludo, Luz sagrada, Luz sagrada, Luz sagrada.” la locura lo invadió y miró de nuevo al charco. Desquiciado, observó el objeto. Aunque estaba cubierto de sangre y todavía estaba enmarañado a unos cuantos cabellos, se distinguía una pinza del pelo con alas de mariposa en cada una de las piezas. Estaba harto de aquello, le daba igual, quería salir de allí, huir, era insoportable seguir allí, con aquel engendro que le había destrozado la mañana.

- ¡Guardias, guardias! ¡GUARDIAAAAAAS! - gritó Trenaud demente.


-o-


- Ven mariposa, ven...

Risas lejanas reverberaban en el bosque.

- Lynda... ¡Donde estás! - Susan gritaba en mitad del bosque, pero su voz sonaba distante. - Mariposa bonita, ven. Ven.

La voz infantil de Lynda se escuchaba más y más lejana. El eco de sus risas resonaban por toda la zona, pero Susan no la encontraba. Corría y corría, pero el bosque era infinito. Se detuvo y pudo atisbar una sombra tras de sí, que corría en dirección contraría.

- ¡Mariposa, no te escapes! - gritó la sombra de Lynda.

Susan empezó a perseguir la forma oscura, pero se deshizo en humo cuando al fin iba a alcanzarla. Sin embargo, lo que perseguía no lo hizo. Una mariposa plateada, que refulgía entre la oscuridad del bosque. Tenía la sensación de que había visto esa mariposa antes, pero una confusión desconocida le impedía razonar claramente. La mariposa se internó entre los árboles y Susan la persiguió, no sabía por qué pero sabía que era importante, muy importante. No tenía noción del tiempo, ¿había perseguido la mariposa por días, semanas, años? No lo sabía, solo supo que al final llegaron a un claro donde un tocón de árbol se mantenía en su centro. La luz de la luna azul bañaba la zona, formando entre los árboles sombras indefinibles que despertaban un terror incomprensible a Susan. Sin esperarlo, frente a tocón estaba ella y la mariposa sobre él, volando mientras batía las alas lentamente, como si el tiempo se ralentizara para ella.

- ¡Te encontré mariposa! - la pequeña Lynda reía, pero su tono era tremendamente siniestro para Susan.

No supo cuando sucedió, pero la mariposa comenzó a crecer, ¿o era ella la que encogía? Cuando tenía el mismo tamaño que Susan, una figura humana se erigía delante de la pequeña Lynda y de Susan con unas enormes alas argentas. Sus alas estaban colmadas de filigranas con miles de escenas arbóreas y animales, que se movían al unísono entre ellas. Pero la figura en sí era desconcertante estaba totalmente desnuda, solo una extraña niebla luminosa de la que emanaba la mariposa la tapaba, pero también provocaba un extraño efecto: le hacía cambiar de forma cada segundo. Por momentos cambiaba a lo que parecía una elfa de la noche a pasar a ser una humana y cambiaba a una draenei, hasta que volvió a parecer una elfa de la noche, pero con otras características. No podía describirla pero el aura que emitía de divinidad le hacían sentir asombro, pero también miedo.

- Te he traído un regalo para que me lleves contigo. - De las manos de Lynda apareció un vestido. Un vestido que ya había visto antes. - Toma.

El ser de alas de mariposa asintió lentamente con una sonrisa impresa en su cambiante rostro. La prenda brillo y desapareció de las manos de Lynda, a continuación las nieblas se arremolinaron ante el extraño ser y su figura desnudo se vio vestida por la prenda. Motivos de animales y arboles se movían con las nieblas en conjunción con las escenas de las alas de la mariposa. Susan sabía que tenía ante ella una diosa. Tras recibir el regalo, la diosa alada levantó un dedo en dirección a Lynda, que sonreía de oreja a oreja. Un fulgor creció sobre ella, inundando toda la arboleda incluso a la propia Susan. Después, el tiempo pasó, y Susan seguía en la luz.

- ¡Lynda! - solo alcanzaba a decir el nombre de su amiga en mitad de la luz cegadora. - ¡Lyndaaaaa!

De repente, la luz se titiló por momentos. La diáfana luz blanca parpadeaba a otra roja y carmesí, cada vez que lo hacía una, una infinita cantidad de seres deformes y repugnantes se reunían en un punto, donde gruñían y despedazaban algo. Un grito de puro terror emanaba de ese punto. Pero como la luz, el grito parpadeaba, haciendo imposible que supiese que sucedía de verdad. El miedo la invadía y era totalmente ignorante de que ocurría, se aferró las manos a la cabeza.

- ¡Páralo, páralo! - Susan sollozaba.

Y tal como pidió, la luz dejó de destellar y volvió a ser uniforme. Poco a poco, la luz fue menguando y el bosque bañado de luz azul pudo verse de discernirse de nuevo. No había rastro de Lynda, miró al bosque de sombras bullentes y no la encontró. Pero en su lugar esta ella, en el mismo lugar donde estaba su amiga antes. Frente a ella estaba la diosa con alas de mariposa, que clavaba su mirada en Susan. Susan no podía despegar los ojos de ella. La diosa levantó un dedo igual que hizo con su amiga, pero esta vez en dirección a ella. Entonces el miedo la invadió, la paralizó sin saber que hacer. Y cuando sabía que ella no tenía escapatoria de lo que fuera a suceder, la diosa por fin articuló unas palabras bajo sus labios cambiantes:

- Des... pi... er... ta...

Susan abrió los ojos.

- Susan, despierta. Despierta hija. - Una voz familiar la llamaba.

En un gran suspiro, Susan se levantó de la cama. Se notaba agitada y empapada en sudor.

- Susan, hija mía. ¿Que te pasa? - La madre de Susan miraba a su hija preocupada.

Susan sabía que había tenido un mal sueño, o una buena pesadilla, según se mirara. Pero con aquel shock que había tenido no recordaba absolutamente nada.

- Solo ha sido una pesadilla, Mamá. - Susan intentó sonar tranquila pero aún le temblaba levemente la voz.

- Me has preocupado mucho, hija. Has empezado a gritar en mitad de la casa y tu padre y yo nos hemos levantado nerviosos.-

Miró al marco de la puerta de su cuarto, su padre estaba apoyado junto a ella, con las misma cara de circunstancias que tenía su madre.

- En serio que solo ha sido un mal sueño, no pasaba nada. Solo tengo sed.

- Voy a por un vaso de agua. - Su padre se marchó a la cocina mientras su madre le cogía las manos a Susan.

- ¿Que estabas soñando? - Su madre fijó la mirada con la suya.

- No... no me acuerdo. - Susan dudó momentáneamente.

Sabía que el sueño era terrible, pero una parte de ella le instaba a que la recordara fuera como fuera.

- Es que gritabas el nombre de Lynda.

- ¿Lynda?

Entonces recordó algo, Lynda en el bosque. Pero cuando intentaba recordar más le empezó a doler fuertemente la cabeza, llevándose las manos a las sienes.

- ¿Estas bien? - Su madre incluso se preocupó más, abrazándola para que apoyara su cabeza dolorida en su regazo. - Si, si. Ya estoy bien. - Mintió para que dejara de preocuparse, pero su madre no se lo terminaba de creer tan fácilmente.

Su padre llegó con un vaso de barro, en el que había vertido agua. Se lo tendió a ella y comenzó a beber con avidez. Se llevó los dedos a los ojos y se dio cuenta de que había llorado antes de levantarse.

- ¿Estas mejor ahora? - decía su padre.

Ella asentía mientras bebía.

- Estoy mejor, ahora puedo seguir durmiendo. - Tenía que tranquilizar a sus padres, al fin y al cabo era solo un sueño. - ¿Estas segura?

De nuevo, Susan asintió.

A regañadientes, ambos progenitores salieron de la habitación. Tras cerrar la puerta, se echó las mantas por encima y no se molestó en apagar la vela de su cuarto.

- Lynda. Espero que estés bien. - Y con ese pensamiento, el sueño volvió a por ella.


A la mañana siguiente la Luz había tenido misericordia con ella no llevándole sueños en aquella noche, aunque le había pasado factura. Se encontraba cansada y con unas ojeras profundas. Iba por mitad de las calles de Ventormenta y apenas podía dar un paso. Tras llegar a la taberna, hizo como pudo su trabajo, sonreía a los clientes como podía e intentaba llevar las jarras y platos con todo el brío que podía, pero se le notaba muy cansada hasta que el dueño le llamó la atención.

- ¿Susan, ya te has quedado levantada hasta tarde leyendo una novelita de las tuyas? - El dueño se reía, pero Susan sabía que iba en serio.

- No, que va. Estoy como una rosa.

En ese momento improvisó una sonrisa pero al mirar a su jefe, casi se choca con un enorme huargen que tenía frente a ella, derramándose el contenido de las jarras que portaba sobre el delantal. El dueño se plantó en dos zancadas, tan grande como era frente a Susan.

- No hagas nada más, ya se ocupa Mira de tus clientes. Vete hoy a casa. Pero como mañana vengas igual... - El tabernero miraba la puerta sin un atisbo de broma en su cara.

- Eh, si... De acuerdo.

Susan se quitó el delantal, fue a la trastienda, cogió sus cosas y se fue apenada a casa.

“Vaya, hoy no es mi día.” pensaba Susan. Iba a visitar a Lynda en su lugar en la tienda, pero cuando fue a dirigirse hacia allá se lo pensó mejor. “Seguro que con el follón del concurso ahora le estarán haciendo entrevistas los periodistas sobre el evento o estarán con alguna chorrada del concurso. Ya iré después.” Estaba absorta en sus pensamientos cuando se encontró que había corrillos de gente a los lados. Cuchicheaban en corrillos, como era costumbre. Lo que no era tan normal era las frases sueltas que escuchaba.

- … Pues le sucedería por ramera. Le habrá pasado eso. - No, es la maldición. - Pero estaba muy lejos del lugar. - Es igual, sus poderes han crecido porque alguien les ha dado poder. - Chocheas vieja.

Cuando veían a Susan, ella sonreía y saludaba y se lo devolvían, pero hablan en tono más quedo aún.

“Están todos locos.” pensaba justo cuando llegó a la puerta de su casa. Pero cuando fue a abrir, la puerta estaba abierta y cuando la abrió les recibió las caras de sus padres y otras dos, una conocida y la otra no. Uno era el padre de Lynda, que la miraba como si fuera un fantasma, el otro era un hombre enfundado en armadura, con el escudo de Ventormenta a su espalda. Podría ser un guardia, pero las hombreras lustrosas que portaba, las canas que lucían en pelo negro y el bigote y cierto aire de superioridad le delataban un rango superior.

“Reunión de pastores, ovejas muertas.” el refrán se le vino a la mente y sabía que no le iba a gustar nada lo que iban a decir.

- Hija, por fin. -Su madre se fue corriendo hacia ella. El padre de Susan estaba junto al padre de Lynda, que reparó que había estado llorando. El guardia la miraba con semblante serio, sin atisbo de emoción alguna. Ni siquiera cuando su madre la abrazó. - Temíamos por ti

- Pero si he venido más temprano que algunos días... - Susan negó con la cabeza. - ¿Que pasa aquí? ¿Que hace el padre de Lynda y este hombre aquí?

- Susan... - El padre de Lynda, el señor Richard, era un hombre corpulento y ya entrado en años, un hombre muy curtido y que pocas cosas ha visto para ablandarle lo más mínimo. Pero en aquella ocasión parecía su aspecto estaba tan deteriorado que parecía un anciano. De hecho cuando pronunció su nombre a Susan solo le oía un hilo de voz. Cuando se dispuso a decir algo más, quebró a llorar.

- Señorita Kleigh – El hombre de armadura se adelantó hasta Susan y la miró implacable. - Mi nombre es Reifus Corwen, sargento primero de la comandancia segunda de la guardia de Ventormenta. Me han encargado la investigación del asesinato de la señorita Lynda Birch.

Las palabras del sargento le cayeron como un jarro de agua fría.

- ¿Qu... que? - Lynda se mostraba incrédula. “Pero si ayer mismo la dejamos en casa después del concurso, ¿como ha podido pasar?” No podía reconocerlo, era imposible. El padre de Lynda volvió a sollozar mientras que el padre de Susan intentaba reconfortarlo dándole un par de palmadas en la espalda.

- Encontraron a la señorita Birch junto al emporio Schneider con heridas mortales esta mañana. Es por ello importante señorita Kleigh que nos diga todo lo sucedido desde el término del concurso. La ha visto hoy esta mañana, ¿Cierto?

- ¡No! - Susan negó rotunda. - La ultima vez que la vi fue anoche.

- Entiendo. - El sargento se quedó unos segundos en silencio, escrutando milimétricamente a Susan, como si intentara averiguar sus intenciones. Ella se sintió furiosa e insultada. - ¿Conocía algún tipo de compañía extraña que frecuentaran últimamente?

- ¡Claro que no! - Susan estaba furiosa, pero su madre la cogió de la mano. - Somos amigas desde pequeñas y nuestros compañeros de trabajo darían su brazo derecho por nosotras si se presentara la ocasión. Ya nos han defendido más de una vez en las calles con algún camorrista. ¿Que insinúa con eso, sargento?

- Susan, calma. El sargento viene a ayudarnos.

- No lo parece mamá, parece que los delincuentes fuéramos nosotros.

- Eso tendré que juzgarlo yo. - El sargento parecía totalmente ajeno a todo lo que sucedía. -¿Ha estado esta noche fuera de casa?

- No. - Imprimió sus parcas palabras de furia.

- Muy bien. - Meditó unos segundos. - Pienso que por ahora es suficiente. - Miró por encima de sus hombreras a los presentes y cuando clavó sus ojos en Susan, lo miró con furia. - ¡Guardias!

Inmediatamente de las habitaciones superiores bajaron dos soldados de la guardia.

- No hemos encontrado nada. - Dijo uno de ellos.

- Buen trabajo, ahora escoltad al señor Birch a las dependencias de la guardia. Ya nos encargaremos de él más tarde. - Con un gesto, los dos guardias se colocaron junto al destrozado padre y le hicieron que se levantara. Entre lloros, lo llevaron hasta la puerta. Incrédula, Susan le cogió unos segundos la mano al señor Richard antes de que los guardias lo alejaran de ella y su familia. - Les recomendaría que si se recuerdan cualquier cosa, que vayan a cualquiera de mis agentes por la zona y me presentaré de inmediato. Y les recomendaría que no abandonasen la ciudad hasta que se resuelva este...incidente.

Con una dignidad que insultaba directamente a Susan, el sargento Corwen abandonó su hogar con el señor Richard con ellos. Sentía pena por él, porque estaba más que destrozado. “No puede haberle puesto una mano en la vida a Lynda en su vida. ¡Es injusto!” Justo cuando iba a replicar al estirado sargento, su madre le puso una mano en la boca y la hizo meterse en el interior de la casa cerrando tras ella.

- ¡Mamá, porque has hecho eso!

Su madre suspiró.

- Lo entenderás. Ahora vete a tu cuarto.

La tristeza de su madre era más honda de lo que quería reconocer Susan pero ella se sentía furiosa. Su mejor amiga, desde que iban al colegio y jugaban en la plaza de la Catedral habían sido uña y carne. Siempre hacían las cosas juntas y aunque a ella era más extrovertida que Lynda, siempre habían confiado la una en la otra. No podía creer que no estuviera ya y que solo la guardia que acababa de acusarlos directamente se encargaba de buscar quien lo hizo. La furia la cegaba.

- No voy al cuarto. ¡Acabas de ver como se llevaban al padre de Lynda y no has hecho nada! Y tu papá tampoco has hecho nada. - Gritaba fuera de sí.

- Lynda, estas afectada y no piensas con claridad. Mejor márchate a tu cuarto y...

- ¡No!

De un tirón se libró del agarre de su madre y salió por la puerta, sollozando. Los creían culpables y nadie la escuchaba, ni sus propios padres. Tenía que buscar ayuda para saber que pasaba en realidad y que la escucharan.

- ¡Susan, vuelve! ¡Susaaaaan!

Sus padres gritaban desde su puerta mientras ella ya corría sin destino ninguno. Solo tenía una idea en la mente. “Buscaré ayuda y probaré que ha pasado de verdad. Te ayudaré Lynda. Te lo juro.”

FIN DEL PROLOGO.

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