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Sin esperanza

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Cayeron sobre la noche. Era tarde, era un día sin luna. La oscuridad nos rodeaba, estábamos agotados. No está en nuestra naturaleza dormir en la noche y luchar en la mañana. Pero no nos quedaba más opción. El enemigo no descasaba, nosotros tampoco podíamos hacerlo.

Solo podíamos estar ahí, dar lo mejor de cada uno de nosotros. De cada druida, de cada sacerdotisa. Cada mago y cada arquero. Sólo podíamos resistir en una guerra que no habíamos elegido pero que la vida, o quizás la suerte, había decidido que así fuera. 

La jornada había sido tan larga que, exhaustos, llegamos a nuestro campamento temporal. Había heridos. Y habían demasiadas bajas entre nuestros hermanos. Hermanos que habían luchado codo con codo a nuestro lado y que ahora, inertes, se unían a la tierra de la que un día volvieron. Nuestros hermanos de sangre, de guerra y de vida. Perdían todo lo que un día fueron dejando escapar el color de sus mejillas. La joven Fausta, el rápido Soriel, o incluso el que a veces había sido tan problemático Tarnor. Ahora se nos marchaban, allá donde todos nuestros antepasados descansan y velan por nuestro sueño y nos protegen con el manto de la noche. 

Pero esa noche, mientras sanábamos a los heridos y dejábamos en nuestro interior heridas imborrables, sucedió lo peor. Una manada de orcos, fieros y sanguinarios, cayeron sobre nosotros. Estábamos desprevenidos, nadie se había percatado de que se habían acercado conforme la noche caía. Nadio los vio, ni los sintió a lo lejos. Nadie olió ese nauseabundo olor que ya se clavaba en las almas de cada uno de nosotros para el resto de nuestros días. 

Todo sucedio deprisa, sin pausa alguna para dejarnos reaccionar o pensar. Estábamos desarmados, y se escucharon gritos. Las fieras orcas comenzaron a mover sus hachas y mazos sin piedad por el grupo y no tuvimos otra opción: Huir. 

Nos habíamos separado. Separarnos era nuestra última y única esperanza si queríamos salir de aquel infierno de sangre. Vi a mis hermanos correr, cargando en sus brazos con la escasa fuerza que estos ya albergaban a los heridos, arriesgando su propia vida. Vi al Señor Esmeralda correr tras la sacerdotisa y tomarla en sus brazos, elevándose al cielo en su forma de garfa. Vi a los forestales cubrir con su mánto de avidez a otros para escapar entres los recónditos rincones de la noche. 

Y vi como cuando las horas hubieron transcurrido, sólo quedaba un silencio sepultral, allá lejos del que había sido nuestro asentamiento durante días y días... 

A lo lejos, las montañas de Nethergarde. No teníamos más opción. Nos esconderíamos ahí. La altura nos daría ventaja y las colinas rojizas y áridas nos protegerían, o al menos de momento. Caímos, rendidos. Destrozados, lejos de nuestros bosques. 

Heridos (más si cabe), desesperanzados. ¿Cuándo acabaría esta guerra?

____________________________



Muchos habían desaparecido. Cuando nos hubimos dividido, solo unos pocos nos encontramos. Junto a mí estaban Silver, Dannasta, Vyath, Alan, Thausam... ¿Dónde estaba el señor Esmeralda, Evetharion? ¿Y la sacerdotisa? ¿Dónde quedó Rienthal? ¿Qué fue de Fandral? ¿Y mi aprendiz, Amythiel? No sabíamos nada. Solo nos quedaba asentarnos. Asentarnos y esperar a que los orcos no tuvieran la picaresca idea de escalar las montañas en las que, desde las alturas, nos turnábamos para hacer tiempo. Tiempo para reponernos. Tiempo para alzarnos más fuertes, y tiempo para que no nos encontrasen. Ahí estaríamos seguros. 




__________________



El frío azotaba las montañas en la noche oscura. Encendimos un poco de fuego, para calentar nuestras manos. Mientras nos cuestionábamos si hacíamos o no bien en mantenernos en ese hueco sin salida alguna, con Nethergarde bajo nuestros pies, sentimos el frío filo del acero una vez más. 

Oíamos pisadas. Los orcos pasaban por la ladera que se extendía bajo nosotros. Pero hasta entonces habíamos pasado desapercibidos. Pero esta vez, algo llamó la atención de uno de ellos.

Dannasta vigilaba, silenciosa y cauta, observando los contingentes de orcos pasar rápidos, dirección a Nethergarde. Uno de ellos, olfateaba el ambiente, y se detuvo. Alzó su vista al cielo y vio algo que le resultó peculiar. ¿Humo?



___________________



Dannasta corría hacia nosotros... "¡Apagad eso!"

Nos mirábamos los unos a los otros, confusos.

"¡Apagadlo, apagadlo ya!" - Gritaba mientras pisoteaba los rescoldos del fuego de forma violenta. Tarde.

Desde la ladera, un reducido grupo de orcos se había separado del resto para averigüar el origen de ese humo. Dos de ellos, al frente y armados con ballestas, dispararon sin pensarlo un solo segundo cuando vieron que en aquel hueco se escondían elfos. No lo dudaron un instante, lanzaron flechas por doquier. 

Thausam, sintió como una rozó a la altura de su hombro. Escocía, sí, pero no había sido grave. Se movió rápido a un lado cuando observó como una flecha cortaba el aire en su misma dirección. 

Todos nos quedamos quietos, inmóviles, observando amenazantes a nuestros nuevos invitados. No teníamos fuerzas, pero teníamos que sacarlas de algún lugar, aunque fuera de lo más hondo de cada uno de nosotros mismos. Por el otro lado de la inclinada ladera uno de los orcos ya había oído algo, por lo que fue su hacha lo primero que vimos saltar ante nosotros, más que su propia mirada de bestia indeseable. El druida Alan no pudo retirarse a tiempo, y sintió como el hacha del orco se le hundía en su hombro de una forma dolorosa que le hizo retorcerse de dolor e inclinarse levemente. Dos orcos más, al ver al druida herido actuaron con rapidez y saltaron sobre él.

En cuestión de segundos, Silver armo su arco y su flecha silbó el viento veloz. Uno de los orcos caía al suelo como el peso muerto en el que se había convertido, de forma sonora y seca. Dannasta le siguió. Moviéndose rápida desde lo alto de la ladera saltó, arco en mano, y esquivando una de las flechas de los ballesteros asestó en la sien a otro de los orcos.Yo estaba junto a Alan, por lo que mi movimiento no pudo ser otro que el primer instinto de alzar a Zin'Aman de mi cinto y hundir por la espalda a otro de los orcos que habían caído sobre Alan. La espada se hundió con éxito en la dura piel del orco, aunque de forma costosa. 

Vyath mientras tanto había corrido hacia otro de los orcos desenfundando sus dagas y lanzándolas contra su garganta. El orco sonrió al ver como la suerte le había hecho evitar el frío acero del elfo, pero seguía con su ballesta en mano, no podía recargarla. Tenía el elfo prácticamente encima y tirando su arma al suelo, sacó de su cinto una daga con la que intentó atravesar el costado del elfo con un grito. Vyath siempre fue rápido, y no iba a fallar esta vez. Los movimientos del orco eran torpes para los suyos y con un raudo movimiento se hizo a un lado y tomó la mano del orco con fuerza, retorciéndosela y girándose, dejando a la vista de Dannasta el pecho del orco que recibió en cuestión de instantes, una flecha certera que le atravesó el corazón.

La caída de su cadaver sobre la tierra fue el último sonido que se antepuso a un silencio en el que los elfos, jadeantes, se miraron los unos a los otros. No había más. Dannasta corrió al filo de la ladera y se agachó, observando. Había más orcos, pero continuaban a paso ligero el camino hacia Nethergarde. Pero entonces vi a Silver correr y agacharse a un lado.

Alan estaba inconsciente, herido. La sangre salía de su pecho. Probablemente tuviera un par de costillas rotas. Su hombro sangraba, y su piel ahora se tornaba en un color pálido. Me acerqué lo más rápidamente que pude. "Otro más no... otro más no..." Los orcos se habían cebado con el druida que, desprevenido, había recibido de forma sucia tajadas graves que hacían a su cuerpo retorcerse aún sumido en el sueño. 

Dannasta trató de paralizar la herida mientras Silver, cargada de su arco y encapuchada partió hacia abajo, sola. 

Era una locura, pero no quedaba más opción...

"Sed rápida. Sed sigilosa. Y volved"- Ella asintió ante mis palabras, corriendo como sólo ella sabía correr y saltando entre la abrupta tierra, desapareciendo de nuestra vista. 

Encontraría a alguien. Habría cientos de soldados. Fueran o no humanos. Los habría cerca, no podíamos estar tan lejos. No podíamos estar tan indefensos.



____________



Alan seguía inconsciente. Sus sangre había dejado de fluir de forma tan escandalosa, al menos de momento. Su rostro se vislumbraba solemnte, aunque dolorido. Unos pasos nos alarmaron... Pero era Silver. Nadie. Nadie cerca. ¿Qué opción nos quedaba?

Haríamos una última locura. Partiríamos a Mechasur. Estaría vacía. Los orcos la pasarían por alto, estaban demasiados preocupados en destruir los pocos cimientos de Nethergarde y en subir hacia el Norte. Era nuestra última oportunidad. Éramos pocos, con suerte pasaríamos desapercibidos entre los rincones de la noche. Los elfos siempre habíamos sido sigilosos...

___________________________



A lo lejos se veían las abandonadas casas de Mechasur. Habíamos llegado. La forestal había adelantado casi un kilómetro nuestros pasos y con nuestro último aliento pudimos bordear las montañas y llegar a la abandonada ciudad. Nos creímos con suerte, por una vez. 

Al llegar vimos que no estábamos solos. Un gran y numeroso grupo de draeneis partia en ese mismo momento de la ciudad, la cual parecían haber estado usando como refugio.

- Un médico... ¡un médico...! - Grité, como si fuera algo que me importase más que mi vida propia. Como si hubiera olvidado todos los grandes salones, las togas de seda, la soberbia o incluso el orgullo. Ahora solo me importaba no ver morir a ninguno más de los míos, fueran o no mi sangre. Fueran o no kaldoreis, Altonatos, fueran lo que fueran. No quería ver como uno más de mis hermanos dejaba escapar su último aliento de sus labios.

Una draenei se acercó rápida y controló las heridas, sin duda se pondría bien. Lo pasaron al interior, pero tenían que marchar. Agradecida, hablé con el jefe que los dirigia y di mis más sinceras condolencias por sus pérdidas y muestra de respeto por su hospitalidad. Y marcharon. Marcharon al frente como tantos habíamos marchado antes. Como tantos marcharían. 

La guerra no había acabado. La guerra no acabaría aún. Fue el único pensamiento que pasó por mi mente cuando se perdieron en la lejanía y cuando, fuera, el viento mesaba mis sucias ropas, mi pelo destrozado, y toda la esperanza que algún día albergó mi alma de victoria.   

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