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Saga de Ulfgeir

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Capítulo 1: El sabor de la victoriaEditar

Muchos actos de la vida íntima y comunitaria de los orcos se sucedían frente a la hoguera: reuniones, cenas, bailes de celebración, sesiones de espiritismo y de cuentacuentos, etcétera. De alguna manera, las llamas consagraban estas actividades, se armonizaban con su esencia y daban testimonio de la ferocidad y el arrojo del espíritu orco, que vibraba con tanta pasión como sus mismas ascuas.

Sin embargo, para algunos el fuego no poseía las mismas virtudes: mientras que el hogar se probaba una fuente de calor, de amistad y solidaridad en lares tan inhóspitos como el distante Valle de Álterac, otros hallaban en él melancolía y un recordatorio latente de tiempos pasados. Ese era el caso de Ulfgeir Padre Lobo, en aquella época un joven chamán del clan Lobo Gélido.


El crío se arrebujó bajo las pieles que había curtido su abuela para él: una manta suave, blanda y peluda compuesta de lana del carnero autóctono de aquel páramo helado. Permanecía cerca de la lumbre; jamás se despegaba mucho de ella. Sus piernas eran flacas, casi escuálidas, y su rostro revelaba líneas de demacración. Los temblores y las convulsiones de su cuerpo eran fenómenos continuos, casi inmutables. Aun expuesto a la radiación y la calidez que transmitía la fogata, ni siquiera aquello lograba atenuar del todo su sensación de aterimiento.

Oyó detrás de él cómo sus compañeros retozaban: chiquillos enérgicos, saludables. Habían fabricado una pelota con cuero y la golpeaban con los pies. Aquel no era un día especialmente frío; los había habido peores, en los que Ulfgeir ni siquiera se habría atrevido a asomar su cabecita por fuera de las telas de la tienda. Se encontraban a principios del otoño, con que aún gozaría de varias semanas de clima relativamente templado antes de que los elementos lo obligasen a internarse en su guarida para no emerger de ella hasta la primavera.

—Me parezco más a un oso que a un lobo —discurría jocosamente el chaval—. En el invierno, hiberno y no abandono mi gruta.

El chico era plenamente consciente de su fragilidad. Sabía que si continuaba con vida era por la caridad de los Lobo Gélido, y que de haber nacido en el seno de otro clan, como los feroces Grito de Guerra o los despiadados Roca Negra, lo habrían ahogado en la orilla de un arroyo o, en el caso de estos últimos, lo habrían arrojado de bebé a una fosa de lava.

El balón le atizó en la espalda y sacudió su cuerpecito endeble por completo. Sufrió un espasmo y su tiritera se incrementó. Pegó un respingo y buscó atrás a su agresor.

Uno de los muchachos se acercaba a él, alzando la mano en un gesto de disculpa.

—Lo siento, Guardián. No pretendía asustarte.

“Guardián” era la abreviación del apelativo que le habían asignado los lobeznos de la manada. El título íntegro, “El Guardián de las Llamas”, le hacía plena justicia: Ulfgeir rara vez dejaba su puesto a la vera del hogar. Sin embargo, no le agradaba lo que significaba el apodo ni las connotaciones que escondía. “Débil”, traducía él.

—Ten más cuidado la próxima vez. —le amonestó Ulfgeir exhibiendo sus dientecillos.

—Está bien, no te enfades. Tan solo estábamos divirtiéndonos. Ha sido un toquecito de nada.

El orco de tez enfermiza y azul se aferró a su abrigo y emitió un bufido entrecortado. De pronto, o la rasca había aumentado o su estado había empeorado. No obstante, estaba cansado de permitir que se mofasen de él. Esta vez no consentiría que Thugstan se escapase sin recibir un escarmiento.

—Soy consciente de lo que murmuráis a mis espaldas. Queréis provocarme, a sabiendas de que no me resulta posible plantaros cara —espetó él, con la voz trémula por la algidez—. Solo sois una panda de abusones y cobardes…

Thugstan avanzó hacia él apretujando los puños. Le sacaba más de un palmo de altura, pese a lo similar de sus edades. Ulfgeir leyó en sus ojos la efervescencia de la ira y sus intenciones perversas, pero lejos de achantarse, se puso en pie.

El matón lo empujó justo cuando se estaba levantando y lo tiró a un mullido montículo de nieve. La resistencia que opuso su víctima fue nula. Aterrizó en él de costado y se maldijo por lo bajini, mientras lidiaba con sus extremidades congeladas para activarlas, desanquilosarlas y enderezarse de nuevo.

De repente, una sombra blanca y veloz cual centella atravesó el campamento. Madre Loba, una esbelta y hermosa Loba Gélida, se interpuso entre ambos contendientes. Lanzó un tarascón al aire en señal de advertencia al bruto: nadie amenazaba a su prole. Le mostró las hileras de sus dientes enteras y perfectamente alineadas para después gruñir peligrosamente.

—Madre Loba, espera…

Ulfgeir apoyó su mano en la ijada del animal y chistó para sosegarlo. La acarició desde aquella posición tumbada con objeto de apaciguarla. Si Madre Loba se excedía en su celo y agredía a Thugstan, probablemente la sacrificarían. Cuando las bestias saborean la carne de los orcos, adquieren gusto por ellos y en pocas ocasiones sus apetencias se pueden revertir. Además, los padres de aquel imbécil demandarían justicia y seguramente se resarciesen con su abuela y con la loba.

—Shhh. Estoy bien, ¿lo ves?

Alguien enganchó a Thugstan por detrás y lo giró con ímpetu: era una muchachita bastante más baja que él, con el pelo castaño y el ceño fruncido.

—Déjalo ya, Thugstan.

—Es un inútil, Nun’kui —opuso él—. ¡Lo único que hace es alimentarse de nuestra comida, saciarse con nuestra bebida y ni siquiera sirve para recoger bayas!

Ciertamente, entendió Ulfgeir, aquello se lo habría escuchado opinar a sus progenitores. Era un comentario demasiado perspicaz para un idiota del calibre de Thugstan.

—Es un Lobo Gélido —aseveró ella, sin recular ni un milímetro a pesar de que el otro se le echaba encima.

—Él no es un lobo, sino un perrito faldero de los humanos.

Madre Loba acrecentó la hostilidad de sus ladridos, con las patas rígidas, y arqueó el lomo en un signo evidente de que planeaba abalanzarse sobre él.

—No deberías discutir de esto en alto…

—¿Por qué? —Rebatió él—. ¡Todo el mundo lo cuchichea! ¡Yo al menos soy honesto!

—No deberías hacerlo, por tu bien…

Un mohín de incredulidad se adueñó del entrecejo del adolescente. Espiró por la nariz despectivamente y se rio frente al rostro de Nun’kui.

—¿Y tú vas a impedírmelo, retaco?

—No, yo no —dijo la orca—. Pero ella, en cambio…

La chica señaló al huargo con la barbilla y sonrió de forma cruel. Thugstan, que estaba vuelto al lado contrario, dio un bote al reparar en la cercanía de Madre Loba y en el modo en que se separaban sus fauces babeantes.

—¡Bah! No eres lo bastante fuerte, Guardián de las Llamas —exclamó retrocediendo. Huía de la liza—. Algún día tu mamaíta no estará ahí para cuidarte. Entonces arreglaremos las cuentas.

Madre Loba aulló. El ofensor no fue capaz de seguir fingiendo entereza y apuró el paso.

—¿Estás bien? —le preguntó Nun’kui. Se agachó para tenderle la mano.

Ulfgeir no la tomó. Se incorporó por sí solo y se sacudió los copos de nieve que se habían adherido a sus ropas. La miró a los ojos y masculló algo entre dientes.

—No soy un debilucho. Algún día os lo demostraré…

Orgulloso, enfiló a la cabaña, seguido de cerca por su tenaz guardiana, Madre Loba.


Años más tarde, una escena semejante acontecía al calor de la hoguera. Un grupo de guerreros adultos y experimentados en la reyerta se congregaba frente a las brasas. El fuego de sus almas ardía con tanta intensidad o más que el de la lumbre. Los que antaño habían jugado para entretenerse con pelotas, palos y piedras, hoy esgrimían hachas, espadas y mazas; los flanqueaban sus cachorros de Lobo Gélido, ya mayores —como ellos— y transformados en criaturas majestuosas y letales.

Uno se adelantó y los observó a todos con un semblante repleto de cicatrices. Anudaba su pelo negro en una coleta que coronaba su azotea rasurada.

—La guerra contra los Pico Tormenta nos está pasando factura, hermanos. Tenemos que resolver este conflicto cuanto antes, por el bien de todos.

Sus camaradas asintieron con cataduras firmes. Algunos presentaban lesiones: brazos o piernas fracturados, heridas en los costados y caras chamuscadas. A pesar de todo, su voluntad por continuar luchando no había menguado un ápice.

—Os propongo que ataquemos el baluarte de Piedrahogar y que cabalguemos juntos hacia Dun Baldar desde allí, arrasando al Pico Tormenta a nuestro paso, destruyendo sus cuarteles y sin cederles NI UN centímetro de terreno.

Los orcos gruñían en ademán de aprobación, conformes con la estrategia. Su cabecilla, complacido, los sonrió.

—Yo os acompañaré. —Una voz ronca surgió desde detrás. Un orco de tez aguamarina apartó o esquivó a los combatientes que le obstaculizaban, escoltado por su fiel Lobo Gélido, un enorme ejemplar de mirada de ámbar. Se situó junto a la pira.

A juzgar por su indumentaria de malla y cuero, debía de tratarse de un chamán. Un embozo formado por la testuz de un lobo ocultaba sus rasgos. Se la quitó y enseñó unos ojos azules, nítidos, y un cabello de tonalidad granate. Fuego y hielo se citaban con espectacularidad en su expresión, aunque dominaba el primero de ellos. Lejos quedaba la extenuación que en otro tiempo informaba su tono de voz y que marcó su impronta en sus facciones. Tras varias vicisitudes del destino, Ulfgeir había crecido hasta tornarse en un hombre hecho y derecho.

—No, Ulfgeir —protestó de inmediato el líder—. Te necesitamos aquí, curando a los heridos y a los enfermos.

—No soy un sanador, Thugstan. —debatió este, desplegando, como en su juventud, los colmillos.

—Tampoco eres un soldado —señaló él—. No podremos preocuparnos por ti en el fragor de la batalla. Nos serás más útil en la retaguardia, defendiendo el Bastión Lobo Gélido y a aquellos que no son capaces de valerse por sí mismos.

De haber sido distintas las circunstancias, Ulfgeir habría perseverado en sus quejas y seguramente hubiesen terminado zanjándolas con las armas, en cumplimiento de una vieja promesa mutua. Pero las personas maduran con el tiempo y el chamán comprendía que si ahora se peleaban entre ellos, su clan estaría abocado al exterminio. Así pues, selló sus labios y reprimió sus impulsos, empero no se movió una pizca.

—Preparaos y ensillad a vuestros lobos. ¡Salimos en diez minutos! —ordenó Thugstan.

Ulfgeir, ahora conocido como Padre Lobo, ascendió airado y como un torbellino a la zona más elevada de la fortaleza. Descorrió la cortina de pieles que actuaba como puerta de una de las casetas con forma de cono y se metió en el interior.

En su casa aún se apreciaban los restos de una fragancia de hierbas de Kalimdor quemadas. En el centro de la misma se erigía un brasero en el que todavía brillaban unos rescoldos moribundos. El humo que trepaba de él se fugaba por un hueco efectuado en lo alto, que fungía de chimenea y prevenía que sus habitantes se asfixiasen con los vapores tóxicos.

Lo recibieron sus hijos, Primera Nieve y Aullahielo, quienes se desperezaron y trotaron a su encuentro. Le lamieron las manos y acto seguido se refregaron con su hermano de camada recién llegado, Diente Blanco.

Él se desprendió de la máscara lupina y se sentó sobre una alfombra fabricada con el pelaje de un oso montés abatido por su abuela hacía solo un par de meses. Aparcó en su regazo la testa que había pertenecido a Madre Loba y la frotó por detrás de las orejas con los pulgares, como otrora. La rabia y el ultraje inundaban sus pensamientos, mas precisaba de claridad para meditar. De este modo, paseó la vista por la sala, de las estanterías en las que colgaba sus pergaminos y escritos hasta topar, finalmente, con un tótem tallado en representación de Lo’Gosh.

Fijó los ojos en él y vació sus pulmones de oxígeno. Se concentró. Inhaló el aire despacio, con el propósito de absorber las trazas de incienso que aún flotaban en el ambiente.

Solo entonces formuló mentalmente su oración:

Sagrados espíritus, me encuentro en una encrucijada. Madre Loba, tú que me amamantaste cuando faltó mi madre, por favor, dime qué debo hacer. Ya no soy aquel pequeño achacoso y blandengue, ahora soy un orco robusto y sano. No obstante, nadie me cree. Nadie confía en mí. La manada continúa despreciándome. Es… injusto.

Como por arte de magia, la fogata se reavivó y las ascuas ondularon en respuesta.

¿Qué es lo que más deseas, Padre Lobo?

Era el fuego quien le hablaba entre los estallidos de las teas que lo alimentaban y los crujidos de los carbones. El chamán no se asombró; ya estaba acostumbrado a ese tipo de apariciones repentinas.

Quiero probarles a todos lo que valgo. Ansío demostrarles que soy un Lobo Gélido apto, un hermano lobo por derecho.

Las flamas enmudecieron unos instantes y luego reanudaron su calmado crepitar.

¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?

Que un elemento preguntase algo con tanta sinceridad se consideraba tanto un buen presagio como uno nefasto. Sin embargo, Padre Lobo no se arredró.

Te otorgaré más madera para que la consumas. Vivirás y festejarás conmigo el triunfo, pues he trazado un plan y estoy convencido de que no fracasará.

La contestación del espíritu no se hizo demorar:

Muy bien. Si eso anhelas, cuenta con mi favor y con mi bendición.

Ulfgeir sonrió, feliz y agradecido. Llamó a Diente Blanco, se colocó la capucha lobuna en su sitio y musitó unas palabras de gratitud. Abandonó su choza dejando en ella a Primera Nieve y a Aullahielo, con el fuego aún encendido, calentando e iluminando confortadoramente la estancia.


—Victoria o muerte. ¡Lok’tar Ogar!

Cuando Thugstan sopló el cuerno, Padre Lobo se percató de que aquella era su señal. Aguardó unos minutos a que los jinetes se alejasen y luego corrió tras ellos.

Montaba en Diente Blanco, el lobo más tardío de su progenie. Había surgido el último del vientre de Madre Loba y con un tamaño inferior al resto. Desde el parto, su situación fue crítica y ya en las primeras noches Ulfgeir se desveló con tal de cerciorarse de que se arropaba y se nutría en condiciones. Después de cuatro días, su estado mejoró gracias a la bondad de los espíritus. Y al cabo de varios años, Diente Blanco no solo alcanzó en estatura a sus parientes, sino que los aventajó. Era, con diferencia, el más inmenso de los tres; poco menor que un oso pardo.

Galoparon a la zaga del grupo de incursores, pero el orco se desvió en dirección opuesta en la Tierra de Disputa. De allí se encaminaron a Ala Gélida, cobijándose tras la maleza para evitar ser percibidos por los aliados de los enanos. Mientras la Horda asaltaba el fuerte de Piedrahogar y reñía con los defensores de la Alianza, él aprovechó la distracción y se plantó delante de la entrada del búnker.

Los celadores lo divisaron. Padre Lobo pisoteó el suelo con ímpetu para hacerlos caer. Una onda de choque se propagó por la tierra, que tembló y se plegó a su voluntad, desestabilizando y derribando a sus adversarios. En el lapso que le concedió el elemento terrestre, Diente Blanco le rajó la yugular a uno de los fusileros; al otro lo finalizó rápidamente Ulfgeir aplastándole cráneo con su maza.

—¡Vamos, amigo! ¡Hay que subir a la cima y remplazar su bandera!

Se adentraron en la madriguera de los enanos y escucharon cómo se cargaba un rifle. Pero Ulfgeir fue más presto que su atacante y lo fulminó con un rayo antes de que tuviera oportunidad de descerrajar su munición.

Siguieron escalando hasta la segunda planta. Allí enseguida se supieron rodeados: tres fusileros los apuntaban cada uno desde un ángulo distinto. El chamán se había engañado a sí mismo al suponer que la guarnición permanecería despoblada: aquel era el final de su trayecto. El lobo, que no cejaba de ladrar, se arrimó a él.

Uno de ellos se carcajeó y escupió un vocablo en su lenguaje blasfemo.

—¡Bur!

Empero cuando iba a disparar, la bala se le encasquilló en el cañón. Vociferó algo a los otros, y aunque presionaron los gatillos e intentaron freír a plomo a sus enemigos, sus escopetas no funcionaban. Al punto, el metal que las integraba se derritió. El espíritu del fuego había atendido a su súplica y los había salvado.

Ulfgeir no se retardó un minuto y convocó a una cadena de relámpagos que saltó creando arcos mortíferos entre sus oponentes. Tras varios segundos de electrocución, sus corazones se detuvieron y se desplomaron sobre el piso uno a uno.

Padre Lobo suspiró con alivio y se aseguró de que su huargo estuviera intacto. Más allá de una herida superficial en la crin que le había infligido el contrincante de la puerta, no sufría lesiones graves.

Mas aquella pausa no se prolongaría eternamente. Debían conquistar Ala Gélida en nombre del clan y prenderle fuego hasta que se desmoronasen sus cimientos: eso le había jurado al elemento ígneo y cumpliría su promesa. Así pues, arrancó de un tirón el trapo sucio que ostentaba el emblema de los Pico Tormenta y colgó un retal limpio en el que destacaba el escudo de los Lobo Gélido sobre un campo azur.

Conjuró a las llamas para que se sustentasen de las vigas y de cualquier otro componente inflamable almacenado en la estructura (le constaba que los intrusos acopiaban aceite, alcohol, petróleo y otros combustibles en sus bases). Luego, invocó a los vientos del norte para que acelerasen con sus arrullos la combustión.

Todo había salido según lo previsto. Pronto sus congéneres liberarían al Valle de Álterac de los invasores, y él revelaría su potencial a la manada.

O así habría sido de no ser porque un zumbido interrumpió sus cavilaciones. Lo interpretó como un aviso del espíritu del aire y alzó el escudo para resguardarse. Una tromba de flechas llovió sobre ellos. Diente Blanco gimió.

Les acertaron a ambos. Una saeta pérfida se hundía en su abdomen y le arrebataba la respiración con cada bocanada que daba. Ulfgeir se derrumbó a dos metros de Diente Blanco, malherido. En el dorso del lobo se habían incrustado cuatro proyectiles y este también bregaba por conservarse con vida.

La visión de Padre Lobo se volvió borrosa e imprecisa. Un tablón candente del techo se precipitó sobre él y le atrapó las piernas. Oyó un acorde musical muy familiar en la distancia y entonces cerró los ojos y se rindió a la oscuridad.

En el incendio que se desataba a su alrededor reverberaba un eco apagado:

¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?


Cuando despertó, trató de doblar la columna para erguirse, pero una oleada punzante de agonía lo mantuvo sujeto al lecho. Le costó unos momentos discernir las siluetas de cuanto había instalado en torno a él: era la decoración de su tienda. Sintió que una esponja cálida y húmeda le bañaba dulcemente las yemas de los dedos.

Primera Nieve sollozó de júbilo y él la rozó con sus exangües fuerzas en el hocico.

A los pocos segundos, Thugstan penetró en la vivienda. Le habían ensartado el hombro con un hierro; lo llevaba vendado y se lo agarraba con primor. Su antiguo rival sonrió. Aquella mueca estaba cargada de franqueza y de admiración.

—Me alegra que sigas de una pieza, Padre Lobo —admitió—. Tú y yo aún tenemos un asunto pendiente y no iba a permitir que te largases de este mundo sin antes haber ajustado las cuentas.

Ulfgeir no replicó. Buscaba algo con la mirada insistentemente.

—Tómatelo con calma. Te recuperarás, pero necesitarás guardar reposo unos días.

El chamán batió los labios para articular algo. De su garganta tan solo emanó un resoplido de agotamiento.

—Controlamos Ala Gélida —le relató su interlocutor—. Al menos durante algún tiempo. Tu estrategia surtió efecto, Padre Lobo. Tu pericia está fuera de toda duda. Lamento haber desconfiado de ti, eres un verdadero Lobo Gélido.

El guerrero le estrechó el hombro con suavidad a fin de no producirle más daños. No obstante, Ulfgeir persistía en su empeño de vocalizar un nombre.

—Diente… Diente Blanco…

El fuego que alumbraba el aposento titiló. Las facciones de Thugstan se ensombrecieron. Su nuez palpitó.

—A ti te rescatamos a tiempo del edificio en llamas. Diente Blanco no lo consiguió —Tartamudeó—. Cuando llegamos hasta vosotros, su espíritu ya había partido.

Los ojos de Ulfgeir se anegaron de lágrimas. El dolor de la perforación en su estómago de pronto se le antojó liviano en comparación con el desgarro de la pérdida. Se estremeció y exhaló un soplo de aliento irregular.

El elemento pretendía advertirme. ¿Por qué desoí su sabiduría?

—No es culpa tuya, Ulfgeir —Procuró consolarlo su compañero—. Los Pico Tormenta irrumpieron violentamente en nuestros dominios. Ellos lo asesinaron. Nos vengaremos por él —rugió—. Tú ya has hecho bastante: nos has garantizado un gran éxito. Te has ganado las mieles de la gloria. Tus hazañas no se olvidarán, y tampoco las de Diente Blanco.

El convaleciente no contestó. Se quedó muy quieto, con los párpados cerrados, como si durmiese. Thugstan creyó que tal vez se había desmayado por la conmoción. Optó por retirarse respetuosamente y sin causar ruido.

Por dentro, la furia y la desolación estragaban a Padre Lobo. La fiebre se apoderó de él y durante dos lunas no concilió el sueño. Se rumorea que su hijo lo visitó en uno de sus numerosos delirios, como parte de un episodio profético; también, que con frecuencia parloteaba consigo mismo y que repetía constantemente estas frases:

No eres lo bastante fuerte.

¿Qué estás dispuesto a dar a cambio?

Victoria o muerte. ¡Lok’tar Ogar!

Diente Blanco…

Te has ganado las mieles de la gloria.


Semanas más tarde, cuando al fin se recobró de sus laceraciones, el chamán se marchó del Valle de Álterac sin ofrecerle explicaciones a nadie.

Pasaron casi dos años hasta que Ulfgeir regresó de nuevo a su hogar. Durante aquel periodo, no hubo una sola noche en la que —al calor de una fogata— no reflexionase sobre el mismo dilema: ¿Qué estoy dispuesto a dar a cambio?

Con el tiempo, obtuvo una conclusión que lo satisfizo:

Cuando se degusta en solitario, cualquier triunfo sabe a cenizas.

Capítulo 2: El llanto del lobo (primera parte)Editar

Tu manada te necesita, Padre Lobo.

Oyó una voz lánguida que lo reclamaba, aunque determinó ignorarla. Su cuerpo estaba sumergido bajo las aguas termales que regaban la cueva y también vivero de Muro de Hielo. El laguito de origen subterráneo que abastecía la ciudadela se ubicaba en la vecindad de un foso de magma en ebullición. Quizá fuera la proximidad entre aquellas fuerzas contrarias lo que dotaba al líquido de sus propiedades milagrosas. De cualquier modo, dejando al margen las cualidades benévolas de las pozas de la región, a Ulfgeir sencillamente le solazaba bañarse allí.

Sentir el calor y el fresco en los dos polos de su estructura lo reconfortaba y evocaba en él memorias de su hogar en el Valle de Álterac. Aquella sensación le producía un cosquilleo placentero en los brazos, que se propagaba hasta las yemas de sus dedos. El vapor que emergía de la superficie ahumaba su rostro y neutralizaba los efectos del viento áspero de la Cresta del Fuego Glacial.

Tu manada te necesita.

En esta ocasión la llamada se le antojó muy real y no un eco distante.

Ulfgeir Padre Lobo no la desestimó esta vez. Se levantó desnudo, salió a la orilla y se ciñó a la cintura una toalla que había dispuesto a tal fin.

Tras el banco de niebla que se formaba a su alrededor apareció Nun’kui, su compañera, una hermosa orca de piel verdemar, cabello castaño y largo e iris azules, igual que él. Lo examinó con picardía, de arriba abajo, y emitió una risita maliciosa.

—No sé qué clase de presa pretendías cazar en esa charca. Creía que los jormungar rehuían el frío.

Al chamán no le pasaron inadvertidas las connotaciones secretas del comentario. Enarcó el entrecejo y bufó con sonoridad. —No deberías preocuparte tanto por el jormungar, bien sabes que sus hábitos de cacería son otros —Señaló con una sacudida de mentón a la bóveda celeste. Aún era de día—. A no ser, claro está, que…

Ella se dio media vuelta con elocuencia. Seguía estudiándolo por el rabillo del ojo y no había depuesto su sonrisa taimada.

—Vamos —Lo apremió—, Primera Nieve te necesita. Ahora hay que alimentarla a ella. Más tarde nos ocuparemos del jormungar. Padre Lobo gruñó, aunque no perseveró en sus protestas. Se puso los pantalones y el calzado, unas botas cómodas de cuero, y se echó por encima el paño que anteriormente le había servido para secarse. De esa guisa se dirigieron a su cabaña, instalada en un saliente que dominaba Muro de Hielo y el paisaje colindante. Dentro les esperaba Primera Nieve, que gañó amorosamente al verlos entrar.

No acudió a su encuentro, como sí que habría hecho en diferentes circunstancias; estaba recostada cerca de una lumbre casi extinta y meneaba alegremente su rabo. Bajo la densa pelambre que le recubría los costados se vislumbraba un bulto hinchado, su vientre, con los pezones también visibles y ensanchados a causa del embarazo. Los orcos la acariciaron con mimo bajo el hocico.

—Le falta poco —aseveró Nun’kui, analizando el contorno de su barriga—. Unos cuantos días, quizá. A lo sumo, una semana. —Lo suponía —contestó él—, Madre Loba sufrió la misma transición. Sin embargo…

La chamán apoyó su mano en el antebrazo de Padre Lobo. Lo sonrió tiernamente.

—No estará sola. Nosotros la cuidaremos.

—Me recuerda mucho a su madre —apuntó Ulfgeir. Manoseaba con afecto la testuz de la criatura—. Solo que ahora las tornas se han invertido.

—Así es, Padre Lobo —Nun’kui Corazón Salvaje se incorporó—. Ahora te toca a ti ejercer tu papel: por el bien de su camada, le darás sustento a tu hija.

Ulfgeir se irguió. Localizó las bufas que estaba buscando a tientas mientras arrullaba al huargo y se las colocó sobre los hombros. Se habían confeccionado a partir de los cuartos delanteros de una hermosa Loba Gélida y de ella pendían dos garras a la manera de las estolas que adornan los hábitos de los religiosos de la Iglesia de la Luz. Estrujó una de sus patas con energía y después miró a su cachorra.

—Estoy listo.

La orca sonrió complacida y lo guio a las afueras de la tienda. Cruzaron Muro de Hielo con rumbo a la salida del norte. Una vez allí, la chamán se detuvo, agravó sus rasgos melancólicos y cató a su amante a los ojos.

—Hay un rylak malherido que está atemorizando a los lugareños —le explicó—. Por lo visto, desciende de las alturas y apresa con sus espolones a sus víctimas, las mordisquea y las tritura con sus mandíbulas, pero le resulta imposible digerirlas. Si lo que se rumorea de los avistamientos es cierto, tiene el estómago tajado y las tripas le cuelgan flácidas de él.

—Entiendo —respondió rápidamente Ulfgeir—. Quizás tropezase con un cazador que logró abrirle el abdomen, aunque fracasase al finalizarlo.

—Algo así había pensado yo.

—Y afirmas que la bestia está desatada: que mata sin piedad, rabiosa, y que no hay remedio a su condición —dijo Padre Lobo para cerciorarse. Ella asintió—. No me lo pones fácil: un ser en ese estado actuará de forma implacable y sin reservas.

Corazón Salvaje alzó una ceja, suspicaz. Torció su mueca y plantó las palmas en sus caderas, en actitud de reproche.

—Querías ponerte a prueba en esta, la tierra de nuestros ancestros, ¿no es así? Desde pequeño, siempre deseaste parecerte a las leyendas de la antigüedad: vencer jormungars, asesinar gigantes… Esta es tu oportunidad. Por otra parte, si lo derrotas, su hígado y el resto de las vísceras nutrirán y fortalecerán a Primera Nieve. Además, ese pobre animal agoniza. Alguien debe terminar con su tortura.

Ulfgeir, vacilando ante el desafío, bajó la vista a sus manos: pese a que con los años habían aumentado en robustez y grosor, aún no se asemejaban a las de un soldado. Probablemente nunca lo harían. No obstante, algo dentro de su pecho lo instaba a que no claudicase tan aprisa. Su corazón, su alma fogosa, sí que pertenecía a un héroe.

—De acuerdo — Expelió una honda bocanada de aire. Apretó los puños—. Y para demostraros mi valía, os prometo a ti y a mis antepasados que no utilizaré del poder de los elementos en esta lid. Me valdré solamente de mi ingenio, de mi fuerza y de mis reflejos.

—¿Estás seguro de eso? Nadie te obliga a…

Padre Lobo disolvió lo que le restaba de oración con un beso apasionado. Fundió sus labios con los de ella y los latidos de ambos se aceleraron, palpitando al compás de los trepidantes tambores del amor.

Tras esto, retrocedió y palmeó el mango de la marra sujeta a su cinturón.

—Dirígete al oeste —declaró ella, lamiéndose la boca entumecida—, a un acantilado que gobierna la costa. En él se asientan los rylak. Según los testimonios, hacia allí volaba tu presa.

Ulfgeir no lo dudó, se giró y emprendió raudo la marcha.

El temporal se había remansado, los cielos lucían despejados y las rachas soplaban tranquilas, con que ninguna ventisca impertinente daría al traste con sus intenciones. Las furias de la Cresta del Fuego Glacial propiciaban su cometido.

—Sé prudente, mi amor —gritó la orca desde lo lejos—. Y pide mi ayuda si la necesitas. El espíritu del aire me transmitirá tus palabras.

El sonido de su advertencia no tardó en extraviarse entre las ráfagas voraces del cierzo. Sobre ellas tan solo se elevaba un solitario aullido, que con su nota aguda y sostenida proclamaba un canto fúnebre.


Padre Lobo avanzó casi una milla sobre el erial de dunas gélidas. Allá donde una desmesurada barrera de piedra negra se retorcía creando cornisas rocosas, encontró la primera pista que lo puso tras la huella de su oponente: era una mancha de sangre coagulada que teñía el hielo de rojo. Al miasma lo aderezaba el hedor de las heces, sustancia marrón con la que se combinaba para engendrar una pasta asquerosa.

Se agachó y arrugó la nariz a fin de captar mejor el aroma que despedían los efluvios. A juzgar por la fetidez del olor, dedujo enseguida que eran recientes. Si había hallado deposiciones, eso significaba que el rylak podía sustentarse hasta cierto punto. O eso, o que los intestinos de alguna de sus víctimas se habían aflojado durante la captura o a mitad de trayecto.

Un poco por delante de él, reparó en que una pendiente ancha e inclinada a modo de rampa escalaba la cuesta a la zona superior de la montaña. En el cielo divisó unas sombras oscuras que planeaban sobre los riscos, más grandes que las águilas de las planicies de Mulgore y que los rocs de las historias de los tauren: aberraciones bicéfalas, similares en aspecto a las quimeras de Kalimdor. No en balde, los rylak eran uno de los predadores más mortíferos de Draenor, dueños de las cumbres glaciales y siempre en la cima de la cadena alimenticia.

Ulfgeir se propuso persistir en su inspección de la ladera, pero sintió que una repentina ventolera se desataba a sus espaldas.

Oyó el ruido de un batido de alas.

Se tumbó en el suelo ipso facto. ¡Un rylak descomunal lo sobrevoló a solo medio metro de distancia!

A fin de no impactar contra la tierra, el animal sacudió con brío sus extremidades alígeras. Al final consiguió remontar el vuelo y se alejó, posiblemente para preparar otra caída en picado desde las nubes.

El chamán no se mantuvo quieto: corrió lo más deprisa que le permitieron sus piernas y se escondió dentro de una grieta del muro, bajo un borde pedregoso. A su segunda pasada, su enemigo no lo percibió y perdió el interés. Un bocado mediano y difícil de aprehender, después de todo, no amerita el esfuerzo invertido en cazarlo.

Tras unos minutos de precavida observación, Padre Lobo se atrevió a salir al exterior. Caminó cautelosamente, atento y empuñando su maza, consciente de que un simple pedazo de madera sin desbastar no le ofrecería muchas complicaciones a un rylak. Menos aún si era él quien lo blandía.

Tuvo la tentación de invocar a los elementos para que lo auxiliasen. Ese habría sido su proceder en otras condiciones. Mas no aquel día.

No. Acuérdate del pacto. Este es tu reto, Ulfgeir, no el de los espíritus. Mordak el Desuellavermes no reculó frente a los cien vástagos de la sierpe de fuego, ¿y tú te amedrentas de un par de pajarracos raquíticos?

Se frenó antes de asomarse a la escarpa que conectaba con el nivel más alto. De reojo y haciendo acopio de gallardía, echó un vistazo fugaz: tres de aquellas criaturas practicaban aspavientos con las colas y se enzarzaban en fieros combates entre sus cabezas para disputarse una pieza de carne congelada. Pronto, uno de ellos se nombraría vencedor y obligaría al resto a vagabundear por los páramos en pos de comida. Y el orco se antojaba un plato suculento en su menú.

Decidido a no desperdiciar la ocasión que le proporcionaba aquella guerra a tres bandos, fabricó velozmente una bola apilando puñados de nieve los unos sobre los otros. Cuando acumuló un montoncito respetable, lo compactó con las palmas para así asegurar su consistencia, y tras esto lo desplazó empujándolo. Su tamaño creció todavía más.

Empleó todas sus energías en propinarle un empellón a la esfera lo bastante contundente para que viajase al centro del declive y rodase monte abajo hasta la playa. Y su plan funcionó: el movimiento atrajo a dos de los rylak, que cesaron la querella y se abalanzaron a la zaga del señuelo.

El chamán sonrió.

Tal y como Ulfgeir había predicho, uno de ellos obtuvo su codiciado premio: el muslo desgarrado de un uñagrieta. Cuando el resto partieron, aquel fue el único que se quedó custodiando el acceso mientras se deleitaba con su festín.

Padre Lobo sabía que debía obrar con celeridad o que de lo contrario el monstruo se percataría de su presencia en cuanto acabase con su tentempié. Además, los otros dos no se demorarían más que unos minutos en regresar.

Intentó algo temerario: abandonó su refugio, se situó en medio del talud y extendió los brazos. Chilló con objeto de avivar el interés del rylak:

—¡Aquí, aborto de murciélago y escorpión! —lo insultó.

El ser, que estaba deglutiendo con ansia su pernil, se engollipó del susto y lo vomitó entero. Bramó estentóreamente con sus dos testas, colérico, pues habían interrumpido su banquete, y despegó de un brinco para acometer al orco. En menos de tres segundos había cubierto gran parte del trecho que los separaba.

Empero Ulgeir ocultaba un as bajo la manga. Amontonaba un poso de nieve blanda en las manos que descargó sobre la cara de la bestia cuando estaba a menos de un suspiro de embestirlo.

Acto seguido, se tiró a un lado.

El rylak se zampó el proyectil y se desestabilizó en plena maniobra de agarre, lo que le comportó una colisión frontal un tanto aparatosa. Cayó en mala postura y la gravedad se ocupó de lo demás: a medida que se precipitaba pendiente abajo, se iba revistiendo de un manto blanco cada vez más prieto, a la guisa de un rollo de primavera pandaren. Así hasta que se gestó un alud y la fiera se sumió dentro de él.

Posiblemente se recuperaría del trance, caviló Ulfgeir. No obstante, aquella argucia lo entorpecería el tiempo suficiente para que él ascendiese a las crestas de arriba.

Padre Lobo superó así el escollo y llegó a una escena distinta: una meseta nevada salpicada de protuberancias pétreas. Láminas truncadas de obsidiana se intercalaban con el espacio llano del relieve, originando un laberinto aterrador por el que rugía el aquilón, que patrullaba celoso por las calles amenazando con engullir a quien se internase en sus dominios.

El chamán se apostó detrás de una pared maciza, al socaire del vendaval. Esperó unos momentos a que sus pulsaciones se tranquilizasen y, después, lanzó una ojeada al accidente. La vista no podía penetrar aquel dédalo de roca volcánica: si había algún cubil de rylak bajo las agujas de ónice, como él sospechaba, lo detectarían con su afinado olfato en cuanto doblase la esquina.

—No me dejáis otra alternativa.

Ulfgeir se quitó un guante, le hincó los dientes y lo rasgó hasta componer varias tiras. Después, repitió la operación con su mano: clavó en ella su colmillo hasta que sangró. Embadurnó uno de los jirones con sus fluidos y con otro se vendó el corte. Cumplido esto, rezó una plegaria a las furias y arrojó el retazo atrás.

Aguardó un instante y empezó el recuento con sus dedos ateridos: uno, dos, tres… Nada. Ningún estrépito. Cuatro, cinco, seis… Todavía en silencio. Siete, ocho, nueve y diez. Reunió agallas y se descubrió.

Dio una pisada al frente, desconfiado. El cebo debería haber surtido efecto: cualquier bestezuela joven que merodease por las cercanías graznaría con regocijo y se apresuraría a atrapar el retal. Sin embargo, no sucedió nada de eso. Aquel panorama, lejos de sosegarlo, lo inquietaba sobremanera. Los rylak solían habitar esos picos; que no hiciesen acto de presencia le parecía alarmante en grado extremo.

Entonces lo escuchó: era un alarido pavoroso, semejante al que profieren los cerdos en el matadero. Algo estaba atravesando un intenso calvario.

El estruendo de antes se oyó de nuevo y en esta ocasión por duplicado. Era su presa. El orco inició de inmediato la carrera.

La luna y los astros ya se enseñoreaban del firmamento y derramaban su pálido esplendor sobre el territorio de los Lobo Gélido.

Un lobo aulló y su réquiem se entremezcló con las voces de angustia del rylak.


El rylak yacía recostado sobre una plancha de pizarra y apenas se podía mover. Cuando Ulfgeir se acercó por detrás, su única reacción consistió en mascar el aire con las mandíbulas y zarandear de un lado a otro la cola. Ni siquiera se volteó. Tampoco retiró el estómago del suelo. No lo enfrentaba, tan solo aspiraba a repelerlo.

Su contrincante estaba dañado, agotado, y comprendía instintivamente que jamás volvería a surcar los cielos. Un reguero de sangre tibia que se escurría en meandros sobre el mineral denotaba la seriedad de su lesión. Con o sin la intervención del chamán, la criatura fallecería aquella noche.

Pero incluso un lobo herido posee dientes. Eso le habían enseñado a Ulfgeir.

Resuelto a poner fin con presteza al suplicio del animal, dispuso el mismo ardid que le sirvió con su compañero en el desnivel: recogió una buena cantidad de nieve y se la arrojó a los ojos de una de las testuces. El rylak no se resistió, mas su bravura se incrementó al notar que una de sus cabezas se cegaba. Se deslizó por la plataforma a la que se adhería y permitió que se entreviesen sus entrañas —rajadas por unas fauces— al orientar su cuerpecillo en dirección al orco. —¿Lo habrá agredido otra alimaña? —Reflexionaba Ulfgeir.

Su adversario era un engendro contrahecho, con alas membranosas y coriáceas, como las de un vampiro de Tirisfal, y dos testas que guardaban un curioso parecido con las de los canes, solo que cornudas en semejanza a las del talbuk autóctono o el ciervo de Azeroth. Su apéndice caudal venía rematado por dos gujas afiladas a la manera de los miembros posteriores de una mántide. Lo esgrimía con desenvoltura, crujiendo las pinzas como quien amola unos cuchillos a fuerza de raspar sus hojas entre sí.

Frente a eso, Padre Lobo solo podía oponer su tesón… y su inteligencia.

Aprovechando la falta de visibilidad de la cabeza izquierda, el orco arremetió desde ese ángulo y triunfó al sortear la picadura de la otra. Golpeó con saña sus patas, dos veces, con la esperanza de que resbalase y de que una caída de cien metros le ahorrase el resto del trabajo. Pero su enemigo estaba firmemente anclado a la tierra con sus garfas, de suerte que su iniciativa no cosechó ningún éxito.

El rylak lo aventó atrás de un tarascón en el hombro y le extrajo un pedazo de carne y piel por andarse sin cuidado. El chamán se maldijo y sintió otra vez la urgencia de recurrir a los elementos.

No. Esta es tu prueba. De pequeño soñabas ser como los héroes del pasado, escribir tu propia saga, demostrar tu osadía y tu valor. No eres un luchador, pero tu sabiduría suple con creces tus carencias.

Y aquella arenga alentadora lo animó. Se enderezó y estrechó con ira el puño en torno al asidero de su arma.

—¡Lok’tar!

Con su mayor velocidad, Ulfgeir rodeó al ser y se aproximó a él desde uno de los flancos. Había trazado un nuevo plan. Se subió a su dorso y se aferró al principio de su cola. El rylak, lógicamente, torció sendos cuellos y siseó en señal de peligro. El orco jaló del rabo hacia arriba con fe en que aquel monstruo fuera lo bastante idiota como para dejarse degollar por su propia guillotina. No obstante, ambos cerebros apreciaron la trampa y ninguno dio órdenes de atacar. En su lugar, la bestia expandió sus alas y comenzó a agitarlas con ímpetu para librarse del lastre de su espinazo.

Padre Lobo chascó la lengua. No debió haber infravalorado la astucia de su rival. Soltó el apéndice, se apeó de su grupa y se apartó un par de pasos, expectante. Una de las testas mordió el anzuelo: en cuanto se impulsó hacia él, el chamán presionó con el garrote un punto neurálgico limítrofe al cóccix del rylak, lo que desencadenó una reacción nerviosa que se esparció por toda la articulación, enroscando las vértebras y activando sus tenazas en una acción letal de cierre y apertura.

La testuz derecha del rylak botó en el suelo, decapitada. Aún batía la quijada como si pretendiera masticar al chamán. Tintaba la piedra de color escarlata.

La otra enloqueció y vociferó con tanta inquina que el orco temió que estallase una avalancha en las peñas más altas. Su rabo, magullado aunque intacto, vapuleó a Ulfgeir y le partió, al menos, una o dos costillas con un ademán de barrido. Lo expulsó montaña abajo a solo escasos metros de un despeñadero. Lo arrinconaba.

Enfurecida, la fiera tramó contra él una última carga: ambos se precipitarían al abismo y cazador y presa perecerían juntos.

El chamán trató de ponerse en pie, empero sus brazos flaquearon. Estaba exhausto. Había rebasado todos sus límites.

No soy un guerrero…

Una voz armoniosa flotó rizándose sobre los vientos del norte:

No. Eres algo más.

Padre Lobo sonrió con amargor. Hundió las yemas en el esquisto y formuló su ruego. Una esquirla se desprendió de la placa terrestre y hendió la atmósfera —cual saeta— en menos de una exhalación. Se incrustó en el órgano expuesto del animal y lo fulminó al instante. La criatura trastabilló cuando sus piernas se debilitaron y se derrumbó sobre el terreno. Vertió su postrer aliento, que generó unas volutas de vaho, y el orco interpretó en aquel triste soplido un gesto de gratitud.

—De nada.

Ulfgeir Padre Lobo se sentó sobre el barranco, extenuado, y contempló las estrellas.

—Ven a buscarme, querida. La bestia ha muerto. —murmuró y suplicó a las corrientes aéreas que llevasen su susurro a oídos de Nun’kui.

Detrás de él continuaba ululando un lobo. Su cántico expresaba lamento.

El chamán se alzó pesadamente y enfiló al sitio de donde procedía la canción.

Se encaramó al terraplén que antes había domeñado el rylak y desde allí avizoró el panorama. Frente a él, en una explanada desierta, se ejecutaba un espectáculo dantesco. Cadáveres de rylak asesinados y sin devorar que presentaban todos los mismos síntomas: marcas de púas como aguijones por doquier; músculos y tendones despedazados; huesos quebrados, aplastados; las vísceras desparramadas y las alas retuertas en posiciones antinaturales. Esa era la razón de los nidos vacíos.

Al fondo del todo, en la lejanía, un imponente Lobo Gélido aullaba.

Ulfgeir se postró de rodillas, conmocionado. Los ojos se le escapaban de las órbitas.

—¿Qué ha ocurrido aquí?

Capítulo 3: El llanto del lobo (segunda parte)Editar

—¿Estás seguro de que viste un lobo espectral? —preguntó Nun’kui.

Ulfgeir torció el cuello hacia ella. Llevaba el hombro derecho vendado y caminaba con resolución. Ambos cruzaban la gruta de Muro de Hielo con dirección al cementerio, señalado por una colección de monolitos y lápidas con inscripciones tribales que ya se atisbaba en la distancia.

—No del todo, pero es mi mejor conjetura. Si él es el legendario Lo’Gosh de Draenor, como presumo, tal vez esté descontrolado y en su furor haya cometido los asesinatos de los rylak —aventuró—. No dejé de oírlo aullar en toda la noche.

Llegaron al camposanto orco, formado por una serie de tumbas dispersas y dos menhires en clave de monumentos fúnebres con grabados chamánicos que ponían de relieve sus propiedades místicas: en uno se había esculpido el busto en perfil de un Lobo Gélido; otro representaba un hacha. Todos ellos simbolizaban espíritus guardianes y su talla no obedecía únicamente a una finalidad ornamental, sino que se pretendía que aquellos vigilantes del Otro Mundo protegiesen las almas de los difuntos y las guiasen en su trayecto a la morada de los valientes.

—En cualquier caso, lo averiguaremos pronto —apuntó ella—. Este rito te liberará de tus ataduras físicas y atraerá al lobo fantasmal. Sin embargo, no puedo garantizar tu bienestar al otro lado, mi amor: tendrás que servirte de tus habilidades y de tu astucia para superar el desafío. Y si ese espectro se muestra hostil…

—Me defenderé. Este lobo apaleado aún tiene dientes.

Ulfgeir sonrió enseñando los colmillos y su compañera le correspondió. Nun’kui Corazón Salvaje lo besó en la frente y le ordenó que se arrodillase. Ella procedió poco después; desató su morral y empezó a extraer sus bártulos: una terna de bolsitas que, a juzgar por la singularidad de su fragancia, albergaban estupefacientes; otra ensangrentada y de un cuero más grueso que debía de almacenar piezas de la carnicería local; un redondel de madera nudosa y cuidadosamente enredada al cual los tauren denominaban atrapasueños; y varios collares con cuentas y otros abalorios que el chamán no identificó.

—Acércame un par de cuencos, por favor.

El orco actuó como se le encargó: tomó prestados dos platos de ofrendas vacíos para la ceremonia. En el primero, la orca esparció unos cuantos haces de hierbas distintas: adelfillas y verbesinas de la flora autóctona, entre otras. En el segundo, colocó medio costillar de uñagrieta coronado por un hígado de jabalí. Se trataba de carne jugosa y fresca, recién cortada; a cualquier carnívoro a la redonda se le haría la boca agua ante el manjar. Ese era precisamente el objetivo de la chamán: estimular el apetito de aquella entidad con tal de que acudiera al intercambio.

Padre Lobo prendió los manojos de tallos y flores secas con un chasquido de los dedos. A los pocos segundos, su olor inundó la estancia. Aun con el impedimento de las rachas invernales, el incienso se espesaba en el ambiente con un aroma embriagador. Se desperdigaba en zarcillos y creaba círculos y elipses cual jormungar mordiéndose la cola, motivo cultural de la mitología de los Lobo Gélido.

Tras aspirar tan solo tres bocanadas, Ulfgeir se mareó.

—Relájate, la mezcla es potente. Procura respirar con normalidad. —le aconsejó Nun’kui.

Él asintió. Entrelazó las piernas y apostó las palmas sobre sus rodillas. Humilló la testa y practicó una pose pensativa, propicia para la meditación.

Al principio, su atención se centraba en detalles tales que los rugidos de las ráfagas de aire o el ruido de la combustión; más tarde, comenzó a escuchar unas palpitaciones rítmicas, similares a suaves temblores en el terreno: los latidos de su propio corazón. Al final, dejó de percibir aquellos sonidos mundanos y abrió los ojos.

No se encontraba en el mismo lugar. Ni tampoco en su propio cuerpo.


Sacudió las patas con brío a fin de aumentar la velocidad de la galopada. Sus fuerzas eran laxas y los miembros le fallaban en ocasiones, lo que le provocaba traspiés muy inoportunos que no habría padecido en otras circunstancias. Pese a todo, ya le faltaba muy poco para arribar al hogar, con los suyos. No había árboles ni ningún hito que señalizase el camino, empero un lobo encuentra siempre la manera de regresar con su manada.

Valiéndose de su memoria, el animal reconoció el paisaje: tras una doblez, la enorme muralla de piedra negra frente a él escondía un pasaje de acceso al subterráneo en el que habían instalado su cubil. Su penetrante olfato distinguió también el hedor de la orina de sus camaradas, que salpicaba los accidentes geográficos vecinos en un signo inefable de demarcación territorial.

La criatura atravesó el umbral de la cueva con un sentimiento de precariedad. Notó en el aire que algo marchaba mal. Casi una hora atrás, mientras cazaba, había oído un bramido espantoso que provenía de allí.

Su pareja había engendrado a las crías hacía poco, conque su deber estribaba en alimentarlos. Últimamente, las presas escaseaban por culpa de los invasores cubiertos de acero; muchos rebaños de uñagrieta habían huido en pos de pastos más verdes, hecho que forzaba a sus hermanos a escarbar entre los restos e incluso a roer el tuétano, a falta de otro bocado más sustancioso que echarse al gaznate.

Aquella vez se había alejado más de la cuenta en su búsqueda de sustento. Sin embargo, un alfa siempre ha de velar por la salvedad de los suyos, de modo que al reparar en el estrépito no le quedó otro remedio que volver.

Tras una carrera frenética y jadeando por el esfuerzo, se presentó en la cámara en la que descansaban los componentes de su familia. Todos estaban tumbados sobre sus lechos. Ninguno se arrimó a saludarlo.

El alfa ladró para indicarles que ya había venido. Nadie le contestó. Trotó hacia su consorte, alarmado, y la rozó con el hocico para así despertarla. Despedía un tufo inusual, captó en el momento, y estaba manchada de sangre.

Con una ansiedad creciente, corrió hacia uno de los cachorros, el que había elegido como su sucesor. Lo zarandeó con el morro con tal de avivarlo, mas no obtuvo respuesta. Repitió la operación con otro, un joven adulto perteneciente a la camada del año anterior. Tampoco replicó. Y así, uno por uno, fue visitando a todos sus lobos: les vociferaba al oído, les mordisqueaba los cartílagos, los empujaba y los lamía; probó de todo, pero ninguno emergió de su letargo.

Un perfume a putrefacción saturaba la guarida.

Empezó a sentir un daño lacerante en sus entrañas, algo mucho peor que el hambre. Aquel mal le desgarraba las vísceras. Aulló y transmitió su duelo, pero nadie se unió a aquel cántico.

¿Nadie? En el exterior tronó un alarido terrorífico. El Lobo Gélido erizó rabo y orejas, alerta, y enseguida se percató del peligro. Desplegó su dentadura y avanzó despacio hacia la entrada. En sus ojos resplandecía un fulgor homicida, semejante al de quienes exigen venganza.

Un ramalazo de tormento castigó otra vez su estómago. Ansiaba sobreponerse y matar con sus propias garras al causante de la masacre. No obstante, su agonía lo obligó a postrarse y a proferir un gemido lastimero.

—¡Ya es suficiente, Ulfgeir! —exclamó una voz vagamente familiar.

La bestia se rindió, impotente, y permitió que la inconsciencia se apoderase de ella.


En cuanto salió del trance, su primera reacción consistió en vomitar.

—¿En qué estabas pensando? —chilló Nun’kui, con los ojos arrasados en lágrimas—. ¡Imbécil! ¡Conoces los riesgos! ¡Podrías haberte perdido en el plano espiritual!

Padre Lobo se sujetó la sien con una mano. Estaba confuso. Todo cuanto había presenciado revoloteaba sin orden ni concierto por su mente. Si no aislaba las escenas entre sí, si no detectaba lo verdaderamente trascendental, muchos datos se extraviarían en el maremagno de su cabeza.

—El lobo ha visto al culpable…

El chamán se aseó los labios con el dorso del guante. Mascó pastosamente; la boca le sabía a rayos.

—Al menos parece que ya estás recuperando los sentidos… Esa es una buena señal. —Nun’kui desvió la vista y se enjuagó las pestañas con disimulo.

El orco la estrechó; o más bien, se desmoronó encima de su regazo.

—Tranquila. Estoy bien. Sé lo que me hago.

—No, no lo sabes —gruñó ella, combativa—. Eres un desconsiderado y no entiendes que hay gente que se preocupa por ti. Corazón Salvaje se debatía entre envolverlo con sus brazos o abofetearlo y largarse indignada.

Finalmente primó la ternura y ambos se fundieron en un abrazo.

—Un lobo de las estepas se comió los tributos durante el ritual —le informó—. No lo interrumpí y tampoco lo ahuyenté porque creí que esa era la voluntad de los elementos. Cuando empezaste a convulsionarte, la criatura partió. Yo decidí permanecer a tu lado, así que...

—Así que cuando amaine el temporal, lo perseguiremos. —Concluyó Ulfgeir.

Ella afirmó, conforme. Afuera reinaba la borrasca, que soplaba con más vehemencia de la acostumbrada. Y cerca, muy cerca de su posición, un aullido de quebranto se elevaba hasta tocar la luna.


La tempestad remitió al cabo de unas horas, cuando ya había anochecido. Ulfgeir y Nun’kui abandonaron Muro de Hielo con la esperanza de hallar alguna impronta o rastro sensible del visitante del santuario. No fueron afortunados: la ventisca había borrado sus huellas de la faz del terreno, y cualquier otra pista válida seguramente yaciese sepultada bajo una capa blanca de medio metro de espesor.

Se detuvieron en una intersección en la que confluían cuatro senderos, cada uno relativo a un punto cardinal: un enclave de notable significado mágico según las supersticiones más inveteradas de los orcos.

—Será mejor que empecemos a registrar las inmediaciones —sugirió la mujer—. Con la nevisca de antes, no habrá podido ir muy lejos.

—No —rebatió Ulfgeir. Alzó imperativamente su mano—. No te impacientes, creo que he ideado una solución.

El chamán sacó algo de su morral: era una porción de la costilla del uñagrieta que había consumido el lobo errante. Su amada entornó sutilmente los ojos; trataba de descifrar sus propósitos.

—Cuando secuestraron a Cenizas, ¿cómo lo localizamos? Interrogamos a la única potencia de la naturaleza que, en su recorrido, limpia y purifica la fachada de la tierra: el aire.

—Ya sé lo que pretendes —apuró ella—. Pero las furias de Draenor no son tan dóciles como las de Azeroth.

—Son más rebeldes e independientes porque apenas requieren del servicio de los chamanes. No así como los espíritus beligerantes de Azeroth.

—De acuerdo: ¿qué he de hacer?

Padre Lobo ensanchó su sonrisa. Su mirada refulgía con matices eléctricos.

—Convoca a las furias del viento boreal. Yo me ocuparé de negociar con ellas.

La chamán meneó la cabeza en signo positivo y se agachó, plantó uno de sus tótems sobre la nieve mullida y comenzó a entonar una plegaria para su fuero interno. Entretanto, Ulfgeir Padre Lobo esperaba cruzado de brazos.

Tras unos instantes de vacilación, las corrientes que los circundaban se estancaron, víctimas de un encantamiento. En lugar de continuar asolando la Cresta del Fuego Glacial, los elementales se huracanaron, adoptaron una apariencia tangible y se constituyeron en cuatro remolinos procelosos, uno para cada orientación cartográfica: a saber, septentrional, meridional, occidental y oriental.

Invadieron sus correspondientes veredas y se aproximaron a los orcos pausadamente, reservados, con una ligera aprensión.

—Nos habéis invocado —rezongó la furia del norte—. Respetamos a los de vuestro oficio y por eso nos hemos manifestado. No abuséis de nuestra paciencia, ni de nuestra cortesía, y comunicadnos la razón de la llamada.

—Furias del viento, hace unas horas un lobo transitó este paraje —expuso Ulfgeir—. Ignoramos cuál fue su rumbo y necesitamos conocerlo con premura. Sospechamos que se encuentra en peligro. Hay algo que amenaza a las fieras de esta región; si no nos auxiliáis, esto repercutirá negativamente al equilibrio.

El elemento aéreo enmudeció súbitamente. Su descendencia deliberaba.

—Hablas con sinceridad, chamán, mas no podemos socorreros. —dictaminó el torbellino de levante.

—La tormenta eliminó sus pisadas. —masculló otro desde poniente.

—No hay modo de determinar su itinerario. —Agregó el del sur.

—Tengo algo… que tal vez os ayude. —El orco situó a sus pies la chuleta descarnada del rumiante—. Nuestro lobo devoró esta pieza y todavía persisten en ella trazas de su saliva y las muescas que efectuó con sus caninos. Quizá con este indicio podáis arrojarnos algo de claridad.

Un aliento frío hormigueó por dentro de las botas del chamán. La brisa levantó el objeto servido en prenda y jugueteó con él unos instantes, suspendiéndolo por encima de sus cabezas. Al poco rato lo bajó.

—Es insuficiente. —declaró el ciclón del este.

—No obstante… — discutió el del norte.

Una brisa helada azotó los rostros de Padre Lobo y de Corazón Salvaje. Les produjo un escalofrío y ambos se estremecieron. ¿Nos atacan?

—Los pelos del animal seguían adheridos a vuestra ropa —explicó la última furia. Un puñado de hebras plateadas ondulaba en la atmósfera—. Ahora que hemos catado su esencia, sabemos con certeza adónde se dirige.

Un aura muy tenue estableció la trayectoria: más adelante, deslindándose por el costado izquierdo de la senda, se construía un prominente muro de roca como el que había atestiguado Ulfgeir en su sueño. Tras varios montículos pedregosos se ocultaba un túnel angosto, apenas perceptible debido a los vaivenes en zigzag del relieve. Los espíritus se lo revelaron. Acto seguido, la visión cesó y los devolvió a la encrucijada.

—Ya habéis vislumbrado la ruta. —aseveró el espíritu del oeste.

—Os hemos otorgado vuestra petición. Ahora debemos desempeñar nuestro cometido. —anunció el austral.

Ulfgeir manipulaba una cuchilla en sus manos. Estaba acuclillado y trabajaba con el pedazo óseo que previamente habían inspeccionado las furias; lo astillaba a fin de alisar su curvatura y le dotaba del aspecto de un tubo. Vació la médula con el punzón y practicó unos orificios alineados en el anverso de la caña.

—¡Aguardad! —gritó Ulfgeir mientras ultimaba su obra—. Quiero obsequiaros algo como muestra de gratitud. El orco extendió su palma y entregó su ofrecimiento a los elementales. Era una flauta de hueso rudimentaria y toscamente elaborada. Padre Lobo no destacaba en los oficios manuales y la hechura de aquel producto lo evidenciaba.

Al igual que antes, se conjuró una ráfaga ventosa para levitar el utensilio, el cual al recibir el soplo silbó con un sonido melódico.

—Interesante… Gracias, chamán.

Los espíritus vertieron un gentil hálito sobre los dos y luego se disiparon. El instrumento voló con ellos, sazonando con dulces notas la escena, tañido por la acción de los vientos invernales.

Nun’kui se irguió, algo extenuada por la invocación. Resopló hondamente. Ulfgeir se apresuró, anduvo hacia ella y la estrujó contra su pecho.

—¿Lo has escuchado, mi amor? ¿Lo has visto?

La orca sonrió lánguidamente y cabeceó en ademán de afirmación.

—Entonces pongámonos en movimiento. —Resolvió él.


Después de un par de horas de caminata, Ulfgeir y Nun’kui alcanzaron la entrada de la caverna. Tras eludir unos chapiteles de ónice, se toparon con la oquedad que comunicaba con la madriguera de los lobos. Estalactitas y estalagmitas se apiñaban allí en hileras a modo de dientes, y de dentro emanaba un helor glacial.

Cualquiera que fuese la fuerza maligna que residía en el agujero, les daba la bienvenida a su demesne.

—¿Es aquí? —dudó la orca, aunque conocía de sobra la respuesta.

El chamán no se molestó en replicar.

Se adentraron en una gruta de paredes asombrosamente redondeadas y compactas. El pasadizo descendía decenas de metros hasta el vientre de la tierra, trazando una vía serpenteante. A medida que progresaban, curiosamente, la sensación de frialdad se intensificaba, al punto que les urgió abrigarse con sus capas. Luego de unos minutos de paseo sin incidentes, desembocaron en una galería espaciosa; Padre Lobo prendió un hachón que guardaba en la alforja con motivo de gozar de visibilidad.

Lo que descubrieron les arrebató la respiración. Los despojos de los huargos atestaban el suelo; parecía que dormían plácidamente, pero ambos eran conscientes de la verdad: los habían aniquilado.

El alfa se apostaba sobre un desnivel que dominaba el perímetro y ofrecía una estampa deplorable: sucio y malnutrido, con la pelambre raleándole por los flancos y las caderas marcándosele sobre el pellejo. Encumbró el cuello al divisarlos y agitó el rabo. Bajó de su plataforma de un salto, agarró un bulto con las fauces y trotó hasta los chamanes. Lo depositó amablemente a sus pies.

Era una criaturita de su progenie: un lobezno que reposaba inmóvil, con gesto angelical.

A Ulfgeir Padre Lobo se le anegaron los ojos. Nun’kui retiró la vista y se tapó el semblante con las manos; sorbía mocos por la nariz.

El Lobo Gélido impulsó al cachorrito hacia ellos con un cariñoso testarazo.

—Resucitadlo. —Imploraba su mirada.

—No podemos. —Musitó el orco con voz quebrada—. Lo siento…

El animal no comprendió sus palabras y reprodujo de nuevo la mímica.

Con el corazón roto, Ulfgeir se estiró y prorrumpió en un aullido quedo. El alfa interpretó enseguida el mensaje, inclinó las orejas y se sumó a la canción.

Alguien más añadió su música al conjunto: desde las profundidades empezó a oírse un golpeteo acompasado; el suelo vibraba con cada uno de sus redobles de tambor. Lobo y chamán cesaron su canto. El trío retrocedió en dirección contraria al origen del estruendo: se originaba en el muro de uno de los laterales, y cobraba vigor y resonancia por segundos. Se trasladaron, así pues, a la cara anterior de la cueva, estratégicamente parapetados tras la osamenta de un coloso caído.

Al fin, el autor de la melodía se abrió hueco y develó su identidad: unas escamas recias como guijarros guarnecían su cuerpo largo y encrespado, de cerca de treinta metros de longitud; púas decoraban su espina dorsal a la guisa de una sierra; y si bien sus ojos eran diminutos, dos tenazas de marfil custodiaban la boca. El jormungar, también designado rondador por los nativos, ostentaba una envergadura descomunal y proyectaba una imagen intimidatoria. En aquel país nevado, la aparición de una de esas culebras del inframundo equivalía muy a menudo a la muerte.

Sus lamentos habían actuado de reclamo para la lombriz, que ahora husmeaba y reptaba ofuscada por la sala en pos de sus presas.

—Sus pupilas no reaccionan ante la luz —aclaró Ulfgeir, quien todavía sostenía la antorcha—. Pero si nos movemos aunque sea un ápice, nos rastreará. Percibe cada palpitación en la tierra…

La chamán se arrodilló lentamente y apretó al lobo con objeto de que se mantuviese quieto. Le chistó sosegadoramente al oído. De momento, el temor disuadía al alfa de intervenir.

Empero aquella situación se revirtió rápidamente: el jormungar aprehendió uno de los cadáveres lupinos con sus pinzas, lo izó en alto y lo masticó. El Lobo Gélido no pudo reprimir sus impulsos primordiales y le espetó un ladrido, transido de rabia y angustia. Se fugó del cerco de Corazón Salvaje y se lanzó a la persecución del gusano.

—¡NO! —Ulfgeir blandió la tea candente en un arco para cohibir al alfa.

Aquel acto probablemente le salvó la vida, porque el verme emplazó el ruido enseguida y barrió el área de un coletazo. El techo retembló y unos cascotes se desgajaron de él. Su enemigo, disgustado, la emprendió con las columnas que soportaban el peso del complejo. Una nueva ración de pedruscos se desprendió desde la bóveda.

—Si continúa así, nos enterrará vivos. —Confirmó la orca—. ¡Huyamos, Ulgeir! Ya no se puede hacer nada más por la manada…

—¿Y él? —Padre Lobo apuntó con la barbilla al Lobo Gélido superviviente, que estaba preparando otra arremetida contra su adversario.

—¡Nos acompañará!

—No. No lo hará —constató con acritud el chamán—. Concédeme tiempo.

—¡Ulfgeir!

Nun’kui Corazón Salvaje bufó exasperada. No opuso más quejas.

—Reforzaré la roca para que resista sus embates —dijo—. No duraré mucho, así que acaba con él cuanto antes.

Ulfgeir no precisaba de ningún aliciente adicional. Se asomó el borde de la cornisa de manera que afrontase a la bestia, flexionó las piernas y se dispuso a pelear.

Aun asediado por la tensión y el pánico que le infería su rival, logró encontrar un resquicio de serenidad en sí mismo y se aferró a él como a un clavo ardiendo. Desde ese reducto de relativa seguridad, extendió su mano libre y dibujó con ella una runa en el aire. A continuación, la temperatura del entorno se desplomó varios grados. El chamán aglutinaba los copos de nieve que henchían la atmósfera en su puño derecho; en la zurda, en cambio, con la que enarbolaba el madero, la llama crepitaba voluble, y poco a poco iba engrosándose hasta transformarse en un auténtico fogón.

Furias del fuego y del hielo, ¡AHORA!

Disparó un meteoro de escarcha a un pico inmenso que pendía de la cúpula, a varios palmos sobre la testuz del monstruo. El cristal se propagó por la piedra hasta absorberla por completo; entonces, el fuego obró su papel y manó del hacha en una llamarada. El choque de calor debilitó la firmeza del hielo y lo desquebrajó, de tal forma que el dardo dentado se descolgó de su percha y cayó directo sobre el oponente.

Como consecuencia del impacto, el rondador se plegó sobre sí mismo y chirrió. En aquella revolución de sus anillos, el orco se percató de algo insólito: lucía una perforación en el gaznate; de hecho, lo que antes —con menos iluminación— había confundido con su buche demostró ser un taladro de acero. Por la cámara se distribuían un sinfín de fragmentos metálicos muy próximos a los restos lobunos.

Padre Lobo encajó las piezas del puzle ipso facto.

—¡La Horda de Hierro! —proclamó—. ¡Nun’kui, la Horda de Hierro hirió al gusano con sus máquinas! Él exterminó a los rylak en sus nidos y mató a los lobos. Por eso no los engulle y solo los masca. ¡Fíjate en su tráquea!

Corazón Salvaje echó una ojeada breve y asintió. Estaba concentrada en su labor: canalizaba un hechizo para preservar intacta la estructura del recinto.

El júbilo de Ulfgeir por el hallazgo no se prolongó demasiado. El jormungar, que aún no había discernido su localización, ahora sí que la advirtió. Se precipitó hacia él y aplastó el esqueleto del gigante. El chamán no se apartó a tiempo y una sarta de dientes aguzados se ciñó a su alrededor. Una de las espinas le trepanó el muslo. Gimió desolado.

—¡Aguanta, Ulfgeir!

La violencia del terremoto se acrecentó.

—¡NO TE DISTRAIGAS! —exhortó aquel, colmado de dolor—. ¡No… te distraigas!

Se le agotaban los recursos. El gusano tiraba de él y pronto lo trituraría con sus mandíbulas. Rezó enloquecido para que se lo tragase la tierra y aquella fantasía, por arte de serendipia, le suscitó una chispa de brillantez. Bajo el exterior inhóspito de la Cresta del Fuego Glacial circulaban corrientes de fuego líquido. Sus riachuelos se expandían por la zona como las venas por el organismo de un ser vivo, y se aglomeraban en bolsas que de vez en cuando explotaban y germinaban en calderas y cráteres.

El chamán aporreó el suelo y pronunció su súplica a la desesperada:

Furias de la lava del submundo, brotad de lo más hondo y devoradlo… ¡Dadle fin a su existencia!

Un géiser horadó el piso, entró en erupción y de él surgió un manantial de magma. La fisura se amplió y la superficie sobre la que se apoyaba la criatura se dividió en dos. Como resultado, el verme soltó a su víctima y se hundió en la fosa.

El jormungar bregaba por vadear el río volcánico. Con su extensión todavía marginal, lo más probable es que consiguiera su objetivo en cuestión de minutos.

—¡Ya lo has entretenido, Ulfgeir! ¡Vámonos de aquí!

—¡NO! —insistió él. Miró al Lobo Gélido, quien asistía impasible al espectáculo—. ¡No me marcharé sin él!

—¡Estás malherido! ¡Recapacita!

Lo cierto es que el orco no estaba en condiciones de objetar. Además, la decisión del alfa no dependía de él en exclusiva; en realidad, no lo involucraba en absoluto. El noble animal se deslizó rampa abajo y renunció a su cobertura de huesos. Quería encarar al rondador él solo y resarcirse así por sus pérdidas.

—Detente… ¡Diente Blanco, no lo hagas! —Padre Lobo deliraba por culpa de la hemorragia.

—Diente Blanco no está aquí, mi amor —murmuró ella con compasión—. Murió. Y a este ritmo, nosotros iremos detrás de él… Un tremor sísmico obstruyó el sortilegio de la chamán. Su compañero rodaba inerme hacia el final de la pendiente, donde le acechaba una caída de varios metros de altitud. Su lucidez se evaporaba por instantes.

El ambiente se había caldeado y un humo tóxico envenenaba sus pulmones. El jormungar ya casi había franqueado el escollo y lo observaba con una expresión cargada de rencor.

—Lo intenté —Se hablaba a sí mismo—. No todas las sagas terminan bien.

El llanto solitario del lobo se elevó una vez más.

Entre pestañeo y pestañeo, el orco apreció que el alfa le obstaculizaba el paso a la sierpe: un empeño encomiable, aunque inútil. Con cada latido, sus párpados se volvían más y más pesados, así hasta adquirir la densidad del plomo. Ulfgeir sudaba copiosamente por el vulturno y le costaba horrores conservar la consciencia.

Sonó otro aullido de pena, mas este no sufrió la suerte de los anteriores. A él se agregaron más voces moduladas, una polifonía de ululatos que abarcaba toda la gama de armónicos del espectro sonoro. Jóvenes y mayores se incorporaban a la composición de su alfa; una jauría de lobos etéreos se apareció ante la mirada atónita de los chamanes. Como en un pasado remoto, acorralaron al rondador unidos y lo hostigaron. Le gruñían a fin de que no se ganase un solo palmo de terreno; y a él le resultaba imposible constreñir sus siluetas incorpóreas.

El espíritu de la vida…

A causa de su forcejeo, el jormungar se sumergió aún más en la cavidad. Ya solo la cima de su cresta sobresalía de la superficie del estanque.

La brecha se dilató, la lava burbujeó y pronto todo el suelo de la cueva se colapsó.

—¡Ulfgeir! —Lo nombró alguien con un timbre tamizado—. ¡Ulfgeir, despierta!

Padre Lobo sonrió apaciblemente. Dos telones de un material oscuro y tupido nublaron su visión. En sus oídos repicaba la música lúgubre de los lobos.


Amaneció y con el claror de la mañana, Ulfgeir salió de su letargo.

No se encontraba en el cubil, eso lo adivinó deprisa. Nun’kui estaba sentada a su vera, con sus preciosos rasgos enrojecidos por el frío, o quizás por el sollozo. Él tosió y esbozó su mejor sonrisa, una a todas luces pálida y pobre.

—Ulfgeir…

—Nun’kui.

No hicieron falta más vocablos. Ambos chamanes se fundieron en uno y contemplaron en silencio el nacimiento del día.

Frente a ellos, la manada se despedía de su alfa: le propinaban caricias y mordidas afectuosas. Su prole incluso lo homenajeó regalándole un aullido poco acordado. Después, su madre los reclamó y galoparon todos juntos hacia el horizonte.

Su padre los vio desaparecer entre los rayos del sol. Al fin su alma experimentaba paz.

La orca se enderezó. Caminó hacia el lobo y descansó la mano sobre su cerviz.

—No te aflijas por ellos. Ahora formas parte de una nueva familia, nuestra familia... Tempestad.

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