Fandom

Wiki Errantes

Ritual del té y las birras

1.451páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentarios0 Compartir

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

Escrito como introducción relatada al evento homónimo: http://eu.battle.net/wow/es/forum/topic/10033373965#1

WarCraft Samwise096c.jpg

De Samwise Didier.

Era una mañana seca y tórrida en Orgrimmar, nada fuera de lo habitual.

Las lagartijas absorbían el calor del sol y de las piedras tostadas bajo su guardia; unos pícaros goblin y trols hurtaban suministros vitales, pieles y comida que antes habían pertenecido a su gente; y una panda de pescadores perezosos se afanaba en sacar marisco de los barrizales a los que los orcos daban el nombre de estanques.

En resumen: todo transcurría con normalidad en la capital de la Horda.

Al norte, en el Valle del Honor, se había erigido hacía meses un campamento: los Huojin, artistas marciales de la Isla Errante, habían levantado allí sus tiendas de campaña. Entrenaban en un pequeño patio en el piso inferior de la llanura, junto a las pozas encenagadas; también bebían Cerveza de Trueno allí, armaban trifulcas entre ellos y adiestraban a las temibles tortugas dragón, más apreciadas por su robustez y por su ferocidad que por la velocidad que alcanzaban en tierra firme.

Pero no todos los Huojin que habían desembarcado en Kalimdor eran guerreros: también los había mercaderes, sabios, curiosos e incluso niños.

Aquel día, precisamente, se había reunido una caterva de cachorrillos frente al globo que los trajo Orgrimmar. Estaban sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, tratando de imitar a un mentor que, a juzgar por lo meditabundo de su expresión, parecía haberse perdido en alguna cavilación profunda.

—Maestro Zhurong —Una chiquilla de la primera fila lo despertó del trance—, estabas hablándonos de cómo se popularizó la cerveza entre los pandaren.

El aludido abrió los ojos de golpe y los posó en ella.

Por un segundo, la chica tuvo miedo y se encogió: su mentor era muy grande y corpulento, bastante más que su padre y que su tío; su pelaje era una manta de color marrón y blanco, demasiado cálido en oposición a sus ojos azules, serenos como el mar; y para colmo, tenía unas barbas largas y una melena tupida, como un león de los Baldíos, conque daba una imagen que imponía respeto.

Llevaba la cara resguardada del sol gracias a un sombrero de tela redondo, rojo como su sotana y como el resto de los complementos de su vestuario. Se lo alzó un poco por el ala para ver con más nitidez a sus estudiantes.

—Ah, sí, tienes toda la razón, Biyu —La sonrió—. Eh… perdonad, en ocasiones divago un poco. ¿Por dónde me quedé?

El resto de crías pusieron caras de tedio infinito y hundieron la cabeza entre los hombros. Se oyeron varios suspiros y hubo quien cuchicheó algo entre dientes, unas palabras poco amables acerca de la pelotería de Biyu.

—¿Os recité el poema «Canción de Té y Cerveza» de Chong Mal-Chin?

—Tres veces solo en este mes, maestro —contestó un discípulo con tono afligido.

—Oh, comprendo…

Zhurong condujo la vista a un acantilado rocoso y la detuvo allí, pensativo. Se quedó quieto como una estatua en pose reflexiva, mesándose la perilla con dos dedos. Estaba farfullando algo para sí mismo, embelesado, así que no tardó en desconectar de la realidad.

—… Maestro, nos hablabas de los mogu.

—¡Ah, sí! —exclamó. Sus ojos se iluminaron—. ¡Ya me acuerdo de lo que quería contaros! Es acerca de nuestras raíces, de por qué la cerveza y el té son tan importantes para nuestro pueblo.

El eremita dejó de tirarse de la barba y los miró fijamente. Cuando estaba centrado, casi hasta podía infundir pavor. La clase se incorporó al momento.

—Hace miles de años, cuando nuestra gente vivía bajo el garrote de los mogu, nació una casta de guerreros legendarios, los monjes, que luchaba con sus puños y con sus piernas para hacer frente a la opresión que…

El muchacho de antes recostó su mentón entre las manos y lanzó un resoplido de hastío.

—¿Te aburres, Bong? —Zhurong clavó sus ojos intensamente en su pupilo.

—No, maestro, es que esta historia ya nos la sabemos. La hemos oído cientos de veces en el monasterio…

—Hm… Bien. Si todos la conocéis, eso nos ahorrará tiempo en preámbulos: pasaré directamente a la parte que nos interesa —dijo—. Escuchadme con atención:

«Para los pandaren, la cerveza y el té no son simples bebidas gustosas al paladar. El té es la manifestación bebestible del chi: aúna el elemento acuático y el vaporoso de los que se nutre el chi, el aliento de vida. Así pues, el té es maná refinado: es un alimento no solo de la mente, sino también del alma. En el pasado, cuando nuestros abuelos languidecían bajo el látigo del opresor, las tisanas medicinales los mantenían sanos y a salvo: restauraban su chi y destrababan los nudos que se habían formado en sus almas a causa del odio, el dolor y la ira…

«Los orígenes de la cerveza están envueltos en el misterio, al igual que los del té. El té templa las pasiones y suaviza los afectos más ásperos, pero un corazón no puede latir si no se le brinda motivación. De este modo, los pandaren denominamos «bebidas espirituosas» a la cerveza y a los licores: algunos discuten que este nombre proviene de la idea de que lo que se destila es el espíritu del lúpulo y del resto de ingredientes que componen la cerveza, de manera que lo que consumiríamos sería la esencia, lo más básico de cada una de esas mieses; otros opinan que el nombre se deriva de los efectos de la cerveza en la moral y de su impresionante labor histórica: la cerveza fue el néctar que dotó de ánimo a los pandaren para enfrentarse a la tiranía de los mogu, y que, en definitiva, enardeció sus espíritus y les insufló coraje.

«A lo largo de las eras, muchos monasterios pandaren se han consagrado a estos dos líquidos divinos: la ceremonia del té es una invitación a la amistad entre los participantes, pues agudiza la claridad con la que se identifican los problemas y armoniza los recelos y las malas emociones; el ritual de la birra, en cambio, es una liturgia hermética de iniciación al gremio cervecero. Ni siquiera yo conozco con exactitud todos los pormenores que implican estas prácticas, así que me temo que tendréis que averiguarlos a través de vuestras propias experiencias.

«Té y cerveza, cerveza y té, son los dos pilares que sostienen en pie a nuestro pueblo. Sus cimientos son sólidos, como os acabo de enseñar, de manera que difícilmente se entendería lo que supone ser un pandaren sin pasar antes por el corazón de nuestra cultura: un corazón que curiosamente coincide con nuestro estómago…»

El aula estaba sumida en un silencio sepulcral: una mitad de los estudiantes había entrecerrado los ojos, no por el castigo del sol sino por el sopor; había quienes se removían inquietos, víctimas de un exceso de fluidos en sus vejigas; por último estaban los que lo habían escuchado, entre ellos Biyu y, para su sorpresa, Bong.

—Maestro —lo llamó Bong. Zhurong lo cató con una mirada penetrante—. Maestro, ¿puedo retirarme? Necesito ir… a las letrinas.

Su gozo en un pozo: no solo no había convertido a un alumno desmandado, sino que además había malinterpretado su repentina muestra de interés.

El eremita batió las pestañas con incredulidad y dejó marchar un suspiro quedo.

—La lección de hoy ha terminado.

Zhurong no se levantó, pero los cachorros sí lo hicieron. Se sacudieron sus ropas del polvo desértico de Orgrimmar y abandonaron en tropel el patio de instrucción de los Huojin, cuchicheando entre ellos y mofándose por lo bajini de su mentor, como si no fuera capaz de oírlos desde aquella distancia.

El pandaren bajó los ojos y enterró la testa entre los hombros. Aquella era la promoción más rebelde que había tenido nunca.

Se puso a acariciarse la perilla, tratando de ingeniar algún método didáctico con el que inculcar sabiduría en sus duras molleras sin tener que recurrir a sus magistrales golpes de bambú. Entonces, un ruido lo distrajo de sus meditaciones.

Alguien se arrodilló en el suelo frente a él.

—Hm, ¿Biyu? ¿Te ocurre algo…?

No era Biyu, eso lo advirtió inmediatamente al subir la mirada.

Bajo el sombrero de tela captó el rostro de Nhung, cuajado de manchas naranjas y nevadas, como el resto de su pelaje. Sus ojos de verde jade le devolvieron la mirada y sus labios le sonrieron.

—Creo que nunca había asistido a una de tus clases. Eres mejor docente de lo que pareces, ¿sabes?

—Je… Gracias.

Zhurong también sonrió. La energía regresó a él en oleadas, como si hubiera probado las aguas sagradas de un manantial de bebidas espirituosas.

—Así que desconoces los detalles del ritual del té y las birras, ¿no…? —lo interrogó con un deje de burla—. ¿Y qué piensas hacer cuando se presenten toooodos nuestros amigos en la taberna y tengas que «ilustrarlos»? Te recuerdo que les prometiste un ritual…

El eremita arqueó el entrecejo, pensativo, pero pese a todo conservó la sonrisa.

—Citando a un gran sabio de la Antigüedad: «me encargaré de eso, pero hoy no, mañana». Soy un firme seguidor de esa escuela de pensamiento.

La pandaren bufó por la nariz. Tras ella, un cofre cargado de frasquitos tintineó.

—¿De verdad?

Zhurong ensanchó su sonrisa. Estaba enredando sus dedos en un mechón de barba rizado.

—Cuento con Hidar para dejarlos  boquiabiertos. Y en cuanto a lo que me preguntaste antes, déjame que te responda con otra perla de la tradición sapiencial atribuida a un magnífico emperador de Pandaria: «ante la ignorancia, imaginación».

Nhung, la curandera, rio. Zhurong no tardó en unirse a sus carcajadas.

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar