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Recuerdos en el viento

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Abrió los ojos despacio, como quien despierta de un largo y profundo sueño. De estos en los que por un momento no sabes dónde te encuentras ni cómo has llegado ahí. Sintió algo sobre su mano y aún sin bajar la mirada, lo cogió. Era una hoja. Una hoja seca caída del robusto arbol que le daba sombra en aquel cálido atardecer. Sentía que se había quedado dormida y junto a ella, un libro se hallaba abierto de par en par, contoneando sus hojas a la par que el viento que las hacía avanzar y retroceder. Lo cerró y se incorporó levemente mirando a su alrededor, todo estaba muy silencioso y, aunque se encontraba muy relajada, algo le hacía sentirse completamente desubicada.


Caminó de forma pausada con los pies descalzos por aquellos prados de un verde intenso, por aquel lugar de serenidad y calma, con unas telas simples como única indumentaria. Hasta que arribó a un riachuelo, uno tímido y de aguas claras. Introdujo un pie, y luego el otro, y tras hacerlo miró su rostro en el reflejo del agua mientras se flexionaba para verlo más de cerca.


¿Quién era? ¿Quién había sido? ¿Por qué sentía que todo había sido cómo un sueño? Tomó en su mano un poco de agua y obnubilada, observó como se escapaba de entre sus dedos. Estaba muy fría.


¿Cuánto tiempo se detuvo a merced de aquellas aguas y pensamientos confusos? No lo supo, llevaba mucho tiempo sin llevar una noción fiable del tiempo. Sin saber realmente cuando era de día o cuando caía la noche. Sin concebir si había dormido días o si llevaba sin dormir semanas. Se había olvidado de todo y de todos, del mundo y de sí misma. Sin embargo, la brisa tenue del atardecer comenzó a crecer hasta que su cabellera, descuidada, comenzó a cubrir su rostro. Se pasó la palma de la mano por las facciones de su cara y empujó su pelo hacia atrás, sintiendo el agua fría y abriendo los ojos hacia el horizonte como si pudiera ver sus propios pensamientos...

____________________________________________


- Llueve.

- Parece que aquí siempre lo hace.

- ¿Queréis cubriros?

- Por una vez... no.

- Me extraña que despertéis tan pronto... Apenas a anochecido y estáis en planta antes de la oscuridad.

- Me atormentan los fantasmas del pasado, a veces los recuerdos no me dejan dormir.

- ¿Y por qué no los olvidáis?


Januar miró a Silver, atenta y vigilante en el amparo del atardecer. Encapuchada y con su arco a la espalda, dejando escapar algunos cabellos verdes y empapados por la lluvia de sus telas. Probablemente se había llevado una jornada entera vigilando mientras los elfos dormían de día.

Miraba al frente sin embargo, atenta a los pasos y movimientos de Nia, su fiel fiera y compañera de tantísimos viajes. Januar no le dio respuesta a su pregunta. Realmente, muchas veces se preguntaba si quería o no olvidar. Se preguntaba si quizás no lo hacía por sentirse más fuerte con todo aquello donde hubo fallado y con todo aquello que sintió que le hizo daño, o si quizás simplemente no podía hacerlo y ahora pagaba las consecuencias.

- Espero que los demás estén listos para partir- dijo la arquera, alzando su rostro al cielo y a la cada vez más brillante luna entre la luz de los astros. - La noche ha caído y la luna ilumina claramente el camino.


No había sido más que un recuerdo.


_______________________________________________



Recordaba la sonrisa de Silver. Su voz, cada palabra, su arco y su temple. Recordaba cuando la conoció, cuando la vió luchar, cuando se entregó a unos principios y a unas vidas sin importarle la suya propia. Recordó cuando la vida daba tantos giros imposibles y Silver le decía siempre: Te seguiré hasta el fin del mundo. Recordó cómo la había querido como a una hermana.


Entonces bajó la mirada y se preguntó qué le había empujado a marcharse tan lejos, a olvidar el resto del mundo. A olvidar a la Orden, a olvidar una lucha por su pueblo. A olvidar a Rienthal y su egocentrismo, a Thausam y sus buenos consejos, a Evetharion y su siempre serenidad, a Dannasta y su sentido del deber, a Lewid tan misterioso y a la vez hospitalario, a Alan y su tenacidad en la lucha y entrega, a la joven Annelyn y su valentía.


Quizás tenía que ser así, quizás estaban mejor sin ella. Podrían vivir sus vidas sin miedos, sin riesgos, sin viajes. No temer a cada segundo que la vida podía abandonarte y dejar en el olvido un cuerpo inerte y vacío. Quizás... había sido la opción correcta.


Sin embargo eran solo pensamientos, y aquellas figuras alzadas ante sí como por arte de magia comenzaron a desaparecer como polvo arrastrado por el viento.

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