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Recuerdos del viento

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Relato escrito por Lathïel. Hilo original aquí.



El oscuro y frondoso bosque se mostraba impasible mientras bullía en vida como de costumbre, el viento hacía que las hojas se arremolinasen, mientras los frutos maduros se cuarteaban y mostraban su corazón sangrante con los pocos rayos de luz que se filtraban de entre las altas copas de los árboles, que parecían competir por cuál conseguía antes los preciados rayos de vida que provenían de la gran estrella. La urbe de Darnassus no era menos, sus tiendas y viviendas entre los árboles no eran menos bulliciosas que el Bosque, todo parecía mezclarse en una espiral de naturaleza y vida que fluía cada vez más latente mientras las horas de la noche daban paso a las de la primera hora de la mañana, los ojos dorados y plateados se dejaban entrever en la espesura del bosque así como en los caminos, y los tenderos, ofrecían sus mercancías a los jóvenes y mayores del lugar mientras se mostraban afables y amigables con todo paisano.

De entre una de las curiosas viviendas, unos ojos dorados curiosos se dejaron ver por un pequeño ventanuco que daba al exterior, un ave con gran presteza revoloteó antes de alzar el vuelo hacia las afueras del grandísimo árbol que era el mismísimo Teldrassil, actual urbe del pueblo Kal'dorei, voló unos metros hasta divisar, en las afueras, un barco atracado en el pequeño embarcadero que allí estaba construido, el ave se siguió moviendo con una presteza habitual en estas, agitando sus alas con rapidez pero a la vez con una gallardía propia del orgullo de surcar los cielos día y noche, divisó el mar y vislumbró las costas de Costa Oscura, para posar sus garras en la hierba, jadeó lentamente y volvió a su forma Kal'dorei mientras intentaba recomponerse lo más rápido posible, se sentó entre los arbustos mientras ajustaba su simple atuendo al cuerpo que quizá se había descolocado durante su forma, agitó su cabello verdáceo y su mirada se posó en un elfo de cabellos plateados que se encontraba hablando con una de las muchas Centinelas que allí vivían, el joven tardó poco en acercarse a su paisano y empezar la conversación con este.

-Ishnu'daldieb.

-Elune'adore hermano. Lathïel, el elfo de plateados cabellos esbozó una lenta sonrisa mientras colocaba una mano en el hombro del otro elfo, amigable.

-Seré breve y conciso, ya sabes cómo soy y no me gusta alargar estos asuntos más de lo normal. Este había fruncido el ceño, con una mirada seria en su rostro.

-¿Qué ha guiado tus pasos entonces, Dëadeth? Este no supo más que adoptar un semblante de seriedad, su amigo era bastante serio, pero ahora había rozado la peligrosidad.

-El Shan'do Brisaplácida... Dëadeth balbuceó un poco antes de continuar.

-Tu padre se muere, Lathïel.

-¿C-cómo? Es lo único que pudo decir, su rostro palideció levemente mientras intentaba mantener la serenidad.

El padre de Lathïel se moría, y aquello era un hecho bastante acertado, a pesar de no ostentar el título de abuelo de ninguno de los hijos de Lathïel (ya que este no estaba casado), era un Kal'dorei bastante anciano, que había visto muchas cosas en su vida y que ya poco le quedaba por vivir. ¿Pero qué le estaba matando ahora? Esa era la gran respuesta que azotaba la mente de su hijo, había recibido las enseñanzas de su padre, que se convirtió en su Shan'do cuando este alcanzó la adolescencia para seguir las enseñanzas druídicas que el maestro de su padre había inculcado a su padre, y posteriormente había este inculcado a su hijo. A pesar de que Lathïel era un simple druida sin nada más que eso, un mero cargo de protector de la naturaleza y el equilibrio, había logrado adquirir un gran sentido común, aderezado por la pasividad que había sido inculcada por su Shan'do, su padre era un archidruida que aunque no tenía tanto poder como otros, lograba ostentar ese título en su sociedad. ¿Tan fácil era acabar con la muerte de un Archidruida? Alguien que, por naturaleza, tiene un poder que emana directamente de esta y se muestra tan cómplice con un Archidruida como si de otro ser del Bosque se tratara. Las dudas se apartaron de la mente de Lathïel, debía descubrirlo por él mismo y ver qué ocurría con su padre.

Tras llegar a Darnassus un leve escalofrío recorrió su espalda, un llamado "mal presentimiento" que estaba flagelando su mente mientras intentaba seguir conservando la serenidad en su semblante así como en su presencia, sus lentos pasos le llevaron hasta la vivienda de su familia, dónde el anciano Shan'do yacía observando el techo de la estancia, movió sus orejas al sentir los pasos que se acercaban y aspiró profundamente con su nariz al sentir el olor de su hijo, simplemente suspiró exhalando un lento y preciado aliento que hacía que no se despidiera de la vida aún.

-Hijo...no quería irme solo.

-¿I-irte? No, a usted le queda aún mucha vida, Shan'do. Lathïel agarró las manos de su padre y le miró a los ojos, suspirando con lentitud.

-Lathïel..hijo mío, has hecho feliz a este pobre anciano, no me llames Shan'do, yo ya no soy tu Shan'do. El anciano sonrió lentamente, apartando la formalidad.

-Pe...pero... -Ssh...que la naturaleza haga su trabajo, es el ciclo de la vida, "pequeño Thero'San". Este volvió a sonreír tapando la boca a su hijo con su dedo, tomó un último aliento y suspiró con lentitud, su cuello se dejó caer encima del camastro y sus manos ya no tenían fuerza, su alma y espíritu se apartaron de su cuerpo para toda la eternidad.

Había pasado un año, un año que comenzó siendo difícil para el elfo, un año marcado en principio por algo de fatalidad, pero que tampoco nublaría su camino, su propio padre era consciente del camino que había tomado, así como su hijo, este ahora tenía un nuevo Shan'do, el Shan'do Lunablanca, un elfo de extrema sabiduría que residía en el Claro de la Luna, su misión era clara, debía desplazarse al Bosque de Elwynn, envíar un informe sobre los daños del equilibrio, observar las áreas circundantes y entonces, el equilibrio sería restaurado en caso de que hubiera un gran daño en este, para ello él como druida, debía hacer el trabajo y si era necesario, pedir ayuda al Círculo Cenarión. Se ajustó el simple atuendo que llevaba y tras observar por última vez Teldrassil, alejó su vista del árbol del mundo para fijarla en el mar, estaba en el barco que le llevaría a su destino.



Los rayos de Sol se plasmaban en aquella pequeña embarcación, cuyo destino sería la Ciudad de Ventormenta, en la cubierta de dicha nave, los marineros se encargaban de sus labores, mientras tintineaban cortas canciones con sorna y rima, alegrando a todo aquel viajero o intentando amenizar las labores más complejas del viaje. Lathïel caminó con pasos lentos por la cubierta, se aferró con su diestra al mástil y, cerrando sus ojos intentó concentrarse en los más profundos de sus pensamientos. Aquellos recuerdos más profundos se fragmentaban en su mente, el elfo sonrió levemente esbozando su sinceridad por la comisura de sus labios mientras parecía estar en medio de una historia interminable.

Los paisajes y bosques de aquella tierra verdácea se imponían con gallardia, hermosa y llena de vida como si fuera el único punto vital del planeta llamado Azeroth, parecían haber salido de un lienzo de hermosos claros y de finos brocados dorados, en los cuales, unos niños sonreían ampliamente mientras jugaban cerca del lago, o mientras por otro lado, los jóvenes seguían las enseñanzas de sus sabios maestros y maestras, de entre aquel idílico paraje, un elfo de cabellos plateados y rasgos muy juveniles, esos rasgos característicos de la adolescencia, se encontraba conversando con una elfa de hermosos rasgos, de finos cabellos como los hilos de oro, y preciados como la seda, de color violáceo como las hojas que caen en verano y se marchitan en invierno.

Ambos elfos se encontraban dialogando, pero entre ellos, su mirada dorada y plateada se entrelazaban como si fueran una sola, sus miradas expresaban más que amistad en lo que querían indicar que sentían uno por el otro, más aún el carácter introvertido del elfo era simplemente, no poder expresar lo que realmente quería, tras hablar, decidieron marchar a lo profundo del bosque para poder tener algo más de intimidad, dónde claramente hablar de esos asuntos más íntimos que tanto gustan a los adolescentes, con una sonrisa, comenzaron su andadura camino a la profundidad del sempiterno lugar.

-¿Crees que alguna vez podríamos unirnos para siempre como compañeros de la vida, Lathïel?

Aquellas palabras quedarían plasmadas para siempre en la memoria del elfo, pues a pesar de que el recuerdo era un tanto hermoso, la fatalidad no tardaría en llegar a sus vidas, a pesar del tiempo que llevaban juntos, el tiempo pasó más rápido de lo que pensaban, y poco a poco se encontraron con su edad madura, a pesar de los intentos de la elfa, Lathïel jamás quiso dar el paso, estaba demasiado enfrascado en sus estudios y aprendizaje como para realmente, sentirse seguro de no dejar a su familia de lado. Un día en Vallefresno, la elfa que respondía al nombre de Ireh se encontraba patrullando los bosques como cualquier otro día, en su trabajo como Centinela, pero lo que no sabía es que iba a encontrarse con su viejo conocido, Lathïel.

A pesar de conversar, el elfo confirmó que había viajado allí por motivos del druidismo, y que debía adentrarse en la parte este de Vallefresno, dónde posiblemente habrían peligros, sin más preámbulos, la elfa se prestó para dar ayudar a su tan preciado sentimiento que expresaba por él, cuando llegaron allí, no hubo tiempo a reaccionar, Lathïel sólo pudo parpadear cuándo un hilo de sangre se brotó sobre su frente, dirigió su mirada hacia Ireh y abrió con fuerzas sus dorados ojos, con el corazón en la garganta y un fuerte dolor en lo más profundo de su ser.

-Prométeme...que me has amado. La elfa simplemente se acercó hacia Lathïel con las manos bañadas en sangre, mientras no podía dejar de mirarle a los ojos, ignorando qué les atacaba.

-I-ireh no...por qué tú. El elfo dirigió su mirada hacia uno de los atacantes y simplemente asintió a las palabras de Ireh, colocando su mano sobre su pecho, dejándola caer al suelo haciendo que esta depositara sobre la tierra su merecido descanso.

Lathïel intentó contenerse mientras observaba a los asesinos de su viejo amor, aquella con la que debería haber tenido una oportunidad de no ser por su afán de conocimiento, eso era lo que más le dolía al joven aprendiz de druida. Los ojos se clavaron en ellos intentando contenerse, pero aquellos sátiros iban a pagar las consecuencias. Llenó sus manos de energía natural y unas zarzas atacaron rápidamente los cuellos de ambos sátiros mientras se mantenían en pie intentando seguir con vida y, a pesar de los esfuerzos, cayeron sobre la hierba asfixiados, los ojos de Lathïel se llenaron de ira y venganza por una vez en su longeva vida, y posiblemente fuera la última vez que se llenarían de ello.

Los ojos del kaldorei se abrieron y mientras seguía observando el mar, simplemente dejó que un leve suspiro brotara de su ser, aquello que ocurrió hace años, jamás volvería a ocurrir, tantas emociones juntas no volverían a aflorar desde lo más profundo del ser de él mismo, claramente, la ira y la venganza no eran el camino del equilibrio.

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