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Recuerdos de un noble

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Escrito por Gareus. Protagonizado por Sihasel Vientosol

- Lord Sihasel, lo veo mal. ¿Se encuentra bien? - preguntó una sirviente, viendo el estado en el que se encontraba su amo. Parecía alicaído, con la mirada perdida en alguna parte del pasillo que se extendía frente a él. Su traje azul no brillaba con el fulgor de escarcha con el que solía hacerlo. Era obvio, que algo había pasado. - ¿Ha ocurrido algo, señor?

Sihasel la fulminó con la mirada.

- No. Márchate. - le dijo, tajante. Lo había dicho con cierta ira contenida. La sirvienta se alejó a proseguir con sus quehaceres. Sihasel se dirigió a su habitación en unas largas zancadas para cubrir más espacio en un mínimo de tiempo. Entró en la suntuosa habitación donde dormía. La luz de la luna se filtraba sobre la cama, grande y con un dosel de color rojo oscuro, con bordes áureos.
Sin embargo, no se dirigió allí. Se dirigió a un escritorio abarrotado de papeles, lleno de formulas arcanas, proyectos, hechizos, ideas y un largo etcétera. Empezó a terminar un conjuro, aparentemente interesante, sobre la metamorfosis en fénix. Lo mandaría mañana a Dalaran.
Ya era muy tarde. Se había pasado horas y horas allí, bajo la tenue luz de la lampara, que ardía con una débil llama de un esotérico color azul. Era similar a un fuego fatuo. Sin cejar en su empeño de escribir, no reparó en que su cabeza caía al escritorio, ya que esta le pesaba. Enseguida estuvo dormido, soñando con cosas imposibles, inverosimiles, sus más apreciados recuerdos se mezclaban en una canción de palabras, imágenes y fuego. Soñó con muchas cosas. Soñó que era feliz con quién amaba. Soñó que la Plaga nunca había atacado su reino. Soñó muchas cosas, y algunas las narraremos aquí.

__________________________________________

- Belore, bendice a todos los thalassianos... - oraba una figura que estaba en estrado. Sus togas eran doradas, cómo el color del sol. Era el sacerdote Quarath, uno de los que se encargaba de las misas de la Corte del Sol. Aquella misa era una bastante importante, y por ello, la familia Vientosol se había engalanado con sus mejores trajes. El joven Sinnen contemplaba al sacerdote, con aire ciertamente aburrido. Su pelo rojo le caía por la espalda. Llevaba unas togas de color rojo. A su lado, se sentaba Sihasel, que también observaba al sacerdote. Pero parecía abstraído con algo que pensaba, la magia, por supuesto. El pelo dorado le caía sobre la espalda, adornando su toga roja con bordes dorados. Al lado de Sihasel, estaba Ennon, el inflexible hermano mayor de los dos. Su pelo, tenía una coleta que se presentaba firme e inamovible, esta estaba recogida con una cinta de cuero. Llevaba una toga azul y blanca. A su lado, estaba el elegante y apuesto Caladriel, cuyo pelo le caía sobre la espalda, era apuesto, y parecía joven, pero ya casi llegaba a los doscientos treinta años. A su lado, Isildara, su bella esposa, observaba al sacerdote, abstraída al igual que su hijo. Su pelo rojo se desparramaba sobre el pecho. Tenía su mano cogida a la de Caladriel.

- Esto es un aburrimiento... - le susurró Sinnen a su hermano, Sihasel. Este lo miró, y se llevo una mano a la cara, negando para si mismo. Luego volvió a abstraerse en sus hondas reflexiones sobre Belore o la magia. Ennon fulminó a Sinnen y este se acurrucó más aún. El hermano mayor imponía, aunque apenas era mayor que Sihasel.

Cuando el Sumo Sacerdote Quarath terminó la misa, algunas elfas se le acercaron a felicitarlo. Isildara se limitó a mirarlas con desprecio, y Caladriel asintió y se despidió con un gesto con la mano.

Salieron del lugar donde se celebraban las misas. Delante de ellos iba otra familia de nobles de andares largos. Era una joven con su madre y su padre. Eran de la alta nobleza, sin duda.
Sinnen miraba el trasero de la joven con interés, cuando Sihasel le dio un codazo, murmurándole algo relacionado con la pureza después de una misa, Sinnen se limitó a gruñir. No volvió a mirar el trasero de la elfa, por que Ennon le fulminó de nuevo.

- Esos pomposos de la familia Namardan... - murmuró Isildara, que era una mujer apática, refiriéndose a los de delante. Su marido le indicó que se callara. Ellos eran Altos Nobles y no debían ganarse enemigos de su reputado estamento.

Sihasel observó a la joven a la que Sinnen había tenido el descaro de mirarle el trasero. No parecía pomposa.

Sin embargo, sus pensamientos sobre la magia le volvieron a ocupar la mente, pensando si una polimorfia en cerdo sería lo bastante humillante para Sinnen si volviera a mirar a damiselas con descaro. Ennon se hallaba en una especie de "trance con la Luz" que, así era cómo lo llamaba Sinnen, cuando este se llevaba la mano a la barbilla y observaba el cielo. Mientras tanto, Caladriel los dirigía a su suntuoso y bello palacio, que se alzaba a la derecha de la aguja donde se celebraban las misas y estaba el Trono. El propio rey Anasterian había estado con Kael'Thas y su esposa, la reina en aquella misa. Por eso mismo habían ido todos los nobles tan engalados.

Caladriel abrió la puerta, y Sihasel se dirigió al salón, con sus hermanos. Ennon seguía en su trance con la Luz, y Sinnen parecía querer salir al jardín. Sihasel se sentó en su diván, y empezó a leer una novela bastante interesante sobre un brujo que había enamorado a una bella sacerdotisa. Ennon salió de la habitación, dirigiéndose a la armería. Estaba claro que iba a entrenarse. Sinnen lo siguió. Ambos eran acérrimos rivales en la esgrima, pese a que Sinnen se dedicara a lo arcano.

La Plaga:

- ¡Ayuda! ¡Aaaaaagh! - gritaba un Alto Elfo. Un geist se había subido a él por el cuello y le propinaba puñetazos a diestro y siniestro. Una bola de fuego impactó sobre el ser, en cuánto el elfo hubo terminado su grito. Entonces, miró a quién lo había salvado de morir por extorsión física. Ante él, un elfo joven, vestido con una armadura azul, una vetusta, pero fuerte espada desenvainada y una bola de fuego en la mano desocupada. El pelo rubio le caía sobre la espalda y el pecho, su atractivo era palpable. Parecía la viva encarnación de Belore. - ¡Gracias! - agradeció el elfo. Pero el joven heredero de la familia de Vientosol había desaparecido, con una traslación.

La Plaga avanzaba cada vez más por las maltratadas calles de Lunargenta, llenas de cadáveres de Altos Elfos. Los guardias resistían en una calle, y los muertos se contaban por miles, y estos cada vez aumentaban más y más. Unos magos disparaban bolas de fuego, y un grácil fénix lanzaba llamaradas sobre las hordas no-muertas. Sihasel conjuró una llamarada en el suelo, alzó un brazo y quemó a un par de seres de la Plaga, pero esto apenas lo notaron. Los conjuros empezaban a ser inútiles. Un archimago lanzaba poderosas trombas con su bastón desde un montículo de hierba, donde se había alzado un árbol en las calles. El sol empezaba a esconderse y el cielo tenía un color de sangre. Un grito rasgó el cielo.

- ¡¡POR LA GLORIA DE QUEL'THALAS!! - cuando Sihasel lo escuchó, reconoció la voz con brevedad. Era el rey Anasterian Caminante del Sol. Los guardias, con la ayuda del archimago, otro mago y Sihasel, formaron un muro cuando la Plaga se hubiera replegado, con sus escudos. Parecían dirigirse a algún sitio en concreto.
En ese momento, un cristal se rompió y cayó un necró%%%o. Sihasel lanzó una tromba arcana, justo en el mismo momento en el que un grito muchísimo más potente que el del rey rasgaba el aire. Era el grito de un alma en pena. En ese momento llevaba activado un escudo de maná. Pero se dio cuenta de que los guardias sangraban por las orejas, menos él, el mago y el archimago. Los guardias cayeron al suelo, gritando de dolor. Unos muertos terminaron con su vida con suma facilidad. Los tres magísters retrocedieron, lanzando conjuros hacia los muertos que no se acaban nunca. De pronto, Sihasel se encontró solo. Se escucharon los cascos de un caballo, y apareció Sinnen montado en un corcel quel'dorei. Los seres de la Plaga retrocedieron algo, y Sihasel tomó la mano de su hermano y montó en el caballo. Sinnen llevaba unas togas también de guerra, de color azul claro.

- ¡Llevan tres horas atacando! ¡El Rey está en el camino principal, vamos! - el caballo fue hacia la calle principal. Allí estaba una figura montada en un caballo esquelético, con unas placas de color negro y con calaveras. Su pelo blanco era corto, y tenía una hojarruna en la mano. El Rey Anasterian Caminante del Sol, con su larga melena, parecía apunto de lanzarse sobre él. En sus manos tenía a Felo'Melorn, su espada y un bastón. Estaba armado con placas. Se lanzó contra el caballo y la espada cortó las patas del garañón esquelético.
Cayó al suelo, tanto el caballo cómo Arthas.

- ¡Rata! - gritó Arthas, que se lanzó sobre él. Las hojas entrechocaron, y la más vetusta, se quebró, así cómo la vida de su amo. Anasterian cayó al suelo, cuando Arthas le clavó la espada en el corazón. El pelo blanco se extendía sobre el suelo. Alzó la mano, en un vano intento de huir de la muerte, y feneció.

- ¡¡¡NOOOOOO!!! -gritó Sihasel, intentando desembarazarse de Sinnen que lo había cogido bien fuerte. - ¡Suéltame, tengo que matar a esa rata! - pero el caballo pronto se adentró en la espesura...

Los rayos de luz se filtraban entre los árboles de la devastada patria de Quel'Thalas. Las hojas se mostraban marchitas, sin vida, y la hierba tenía un tono cercano a la muerte. No había flor que se alzara en el suelo. Solo estaban ellos dos en un triste reflejo de lo que antaño había sido ese lugar. En la lejanía se escuchaban los gritos de horror de los Quel'Doreis, que huían de su devastada ciudad. Ya no quedaría nadie vivo allí, la Plaga habría matado a los miembros del Concilio de Lunargenta, y la Fuente del Sol... posiblemente destruida. Se escuchaban, además de los terroríficos gritos, una risa aguda y penetrante, digna de un gnomo.
Sihasel estaba tumbado en el suelo, cerca de él yacía Sinnen, ambos inconscientes. El caballo había huido hacía rato.
La risa de gnomo se repitió, y de pronto, apareció un caballo esquelético, y sobre él, un ser con una gran barba y el pelo con alas, blanco totalmente. Sus ojos eran de color azul penetrante, y estaba ataviado con unas placas que pesaban más que él. El gnomo bajó del caballo y se acercó a Sihasel, riéndose. Unos elfos inconscientes... Que deliciosa presa.
Cuando desenvaino la espada, Sihasel le dio una patada en el pecho, y cayó al suelo. El pie, no parecía roto, pero le dolía. Se levantó de un salto y transformó al gnomo en cerdo. Este no tardó en usar sus habilidades de Exánime nato, y se transformó en su forma normal. Se lanzó sobre Sihasel de nuevo, y este lanzó una deflageración arcana, que lo impulsó hacia atrás. Le lanzó sin pensarlo una pirobola y una tromba arcana. El gnomo parecía algo mareado. Entonces, recuperó su ímpetu y se lanzó sobre Sihasel. Pero, antes de que lo alcanzara, cayó al suelo, en forma de cerdo. Sinnen se hallaba detrás de él.

- ¡Oinkk! - clamó el cerdo-gnomo, a sabiendas de que estaba perdido. Sus habilidades exánimes tenían un tiempo de reutilización. Pero de pronto, saltó volvió a ser él, pero rodeado por un campo anti-magia, de color verde vil y con runas de muerte a su alrededor. Sihasel desenvainó su hoja y se abalanzó sobre él. Las espadas entrechocaron, el gnomo miraba con rabia al elfo, y de pronto, Sihasel logró desarmarlo. Sinnen le lanzó una pirobola, y Sihasel lo atravesó con la espada.

- ... Nadie... mata... a Garbeus Humdirkel Tuercaplata... - murmuró, y tras un estertor de muerte, feneció entre la hierba muerta.
Oyeron voces. Venían de un claro cercano al de ellos. Se acercaron, sigilosamente por los árboles. La sorpresa se medía en suma cuantía cuando vieron al sacerdote Quarath, y a su alrededor cómo treinta elfos. Este parecía hablar sobre la supervivencia de su noble pueblo. Algunos Quel'Doreis sollozaban en silencio, y otros, en sobremanera. Sihasel no lloró por mantener el honor de su familia, pero, si se hubiera enterado de que de los Vientosol solo quedaban él y Sinnen, se hubiera desplomado y hubiera estado así todo el día. Pero no ocurrió eso, si no que escuchó palabra por palabra a Quarath. Era un hombre elocuente.

- ¡Temblad, Altos Elfos, temblad. Pronto vuestro mundo se verá reducido a cenizas bajo un nuevo orden! ¡Un orden que sacudirá los cimientos de Azeroth! - clamó la voz de Arthas, potenciada por los conjuros nigrománticos de sus esbirros.

Ya no oyeron más gritos de dolor, ni de terror.

Tras la sentencia de Arthas, incluso Quarath calló. Pasaron las horas, y fueron llegando más y más elfos. Un joven elfo, tenía la pierna rota, y ni se inmutaba. Quarath y un sacerdote más la restauraron con el poder de la Luz Sagrada de Belore.
Un forestal llegó corriendo, a su lado, un dracohalcón llevaba a un joven elfo de sangre. Aun llevaba la coleta en el aire, firme, llevaba un peto y vestía todo de azul y dorado, en placas. Una herida hacia que la sangre se desparramara sobre el suelo. Aún seguía con vida, y sujetaba su espada con la mano. No se quejaba ni un ápice. El forestal, con ayuda de un guardia y un mago, lo dejó en el suelo. Sihasel vio su rostro, y con terror, observó la herida.

- ¡ENNON! - exclamó, y junto con Sinnen, se acercó a su hermano mayor. Quarath y el sacerdote lanzaban sanaciones a la herida, pero esta no se cerraba.

Ennon abrió un poco más los ojos. El brillo de inteligencia y luz que los caracterizaba, se desvanecía cómo la luz cuando se apagaban unas velas. Ennon sonrió a sus hermanos, y su sonrisa se tiñó de tristeza. Todos sabían lo que iba a pasarle, pero no querían admitirlo.

- Luché... en Tranquillien... matamos... a uno... a un exánime... Sihasel, Sinnen... me r-eúno.. con... la... Luz. - el hermano mayor de la familia Vientosol, primogénito de esta, paladín de la Luz Sagrada de Belore, expiró su último aliento, y feneció.

El grito de ambos hermanos no se escuchó, Sihasel se recostó sobre la hierba, y se llevó ambas manos a la cara. Sinnen empezó a darle puñetazos al suelo mientras lloraba sin consuelo.
Sihasel no lloró, él era un Quel'Dorei y no debía hacerlo, no debía... Pero una lágrima se deslizó por sus mejillas, una solo.

Tras varias horas de desesperanza y tristeza, ya eran más de cien Quel'Doreis. Durmieron todos allí.

Al día siguiente, llegó un forestal que les pidió encarecidamente que le siguieran a las ruinas de la ciudad. Lo siguieron con desconfianza. Llegaron a Lunargenta, y se dirigieron a la Corte del Sol. Los edificios estaban devastados, cristales rotos, piedras por el suelo, árboles quemados y cortados. Pero lo peor eran los muertos, que habían por todas partes. Todo era un tumulto macabro.

Llegaron a la torre. La aguja de la Furia del Sol aún se alzaba, ennegrecida y con un minarete menos. No ondeaban los estandartes. Bordearon la fuente y se dirigieron a la aguja. Sihasel contempló su casa con tristeza. Estaba bien, pero ennegrecida y con las ventanas rotas.
Entraron al edificio, y allí habían muchísimos Quel'Doreis más. La sala donde estaban parecía tan desolada cómo la ciudad.
Apareció el Príncipe Kael'Thas Caminante del Sol, y habló a los miles de Sin'Doreis que allí habrían, a su lado, se alzaban dos fuertes guardias.

- Han fenecido miles de nuestros hermanos y hermanas, familiares, amigos, nuestros hermanos. - el monologo de Kael'Thas era escuchado por todos. Tras un buen rato, alzó una mano y gritó. - ¡Los Quel'Doreis han renacido de las cenizas de su devastación, y por ello somos los Sin'Doreis, En Honor a los Caídos! ¡Por Quel'Thalas!

Los Sin'Doreis corearon el grito con ímpetu.

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