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Ranthalar Filosombrío

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Ranthalar Filosombrío
Imagen de Ranthalar Filosombrío
Información del personaje
Apodo Thori'dal d'ana'no
Género Hombre
Raza Altonato
Edad 10124 años
Clase Cazador de Demonios
Alineamiento Illidari
Lugar de nacimiento Zin'azshari
Estado Vivo

TrasfondoEditar

Infancia Editar

10.124 años antes de la apertura del Portal Oscuro

Dicen que cuando uno nace lo primero que ve es una intensa luz. Algunos afirman que es un cálido resplandor de la Dama Blanca que te concede la vida, otros afirman que es el rostro de tu madre. Realmente nadie se acuerda de su nacimiento, yo tampoco lo recuerdo, sólo evoco memorias de los rostros de mis padres, boyantes y llenos de amor.

Nací en la gran ciudad de Zin’azshari; la Gloria de Azshara. Nací con ojos plateados en una familia de alta cuna, nos hacían llamar Altonato o bien nacidos. Mis padres trabajaban ambos como hechiceros para la corte de la reina. Recientemente habían sido enviados para investigar y experimentar el Pozo de la Eternidad y su inconmensurable poder arcano.

Muchas veces, los experimentos que ejercían sobre el Pozo de la Eternidad provocaban deflagraciones de energía arcana y corrientes inestables, que habría puesto en peligro la vida de múltiples Altonato. Aun así y a pesar de los grandes esfuerzos invertidos en el Pozo de la Eternidad, mis padres no conocían los planes de la reina.

Mientras tanto, en los momentos libres de mis padres, se dedicaban a intentar enseñarme sobre la magia y los secretos arcanos; sin embargo, nunca fueron lo mío. Leía libros hasta que las bibliotecas del salón quedaban obsoletas a desgana. Mis padres insistían en que debería seguir el legado de los Filosombrío y destacar como un gran hechicero, yo sabía que eso no estaba hecho para mí.

Mientras ellos se encontraban investigando las energías del Pozo de la Eternidad yo aprovechaba para escabullirme a las afueras de la ciudad y practicar contra los árboles y las rocas con una espada roma de madera que yo mismo me había fabricado. A veces incluso había llegado a cazar pequeños animales.

Juventud Editar

10.080 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Habían pasado décadas y mis padres continuaban insistiendo en que me instruyese en la magia pero yo seguía mostrando desinterés, me renegaba a continuar leyendo densos tomos sobre la magia arcana y de escuchar vacías promesas de grandeza de mis padres. Nunca canalicé ningún hechizo, aunque mis padres pensasen que lo intentaba mientras ellos se encontraban fuera de casa.

No puedo decir que tuviese una infancia pobre o lamentable, pues vivía rodeado de riquezas y lujos de alta cuna; sin embargo, no pude gozar del calor familiar del que muchos presumen. A mis padres les importaba más que me convirtiese en una sombra de lo que ellos eran antes de que fuese lo que quería ser.

A pesar de todo eso, sabía que mis padres me querían. Mi madre; Releth, incluso había escuchado múltiples veces mis ganas de convertirme en un hábil guerrero y había intentado convencer a mi padre; Ranthor, de que me dejase escoger mi sendero. Quizás esa fuese la razón del porqué mi padre no hubiese estado tan insistente los últimos años.

Yo sabía que Releth conocía de mis escapadas al exterior de la ciudad, varias veces me habría observado volver en un porte sigiloso a casa, o incluso tratando de entrar por mi ventana mientras ellos llegaban del palacio de la reina y, aunque mi padre se siguiese manteniendo firme en su deseo de que me convirtiese en un hechicero como él, mi madre sabía que no ere lo que yo quería.

Últimamente se rodeaba un ambiente de tensión y desconfianza realmente incómodo en casa. Reneth y Ranthor susurraban entre ellos sobre las misiones de expedición que se hacían en el Pozo de la Eternidad, últimamente había estado mucho más inestable que antes y les preocupaba la falta de información de la reina.

Zin'azshari y el gran hendimiento Editar

10.000 años antes de la apertura del Portal Oscuro

Mis padres llegaron a casa cuando volvía de una escapada de la ciudad. Volví magullado y cojeando, me había tenido que enfrentar a un venado persiguiendo a un pequeño ciervo en los exteriores. Había conseguido huir pero con heridas y ligeros arañazos sobre mi cuerpo acompañados de la cojera.

Reneth corrió a socorrerme cuando me observó en mi habitación, agarró varias vendas de seda y me cubrió las heridas, mirándome con una expresión de preocupación. Ranthor negó con desaprobación, en un momento de ira, agarró mi espada y la tiró fuera de la casa, rompiéndola previamente. Me miró fijamente y, señalándome, gritó.

-He intentado que tuvieses un futuro digno y próspero y; sin embargo, tú me desobedeces. ¿Sabías de esto, Reneth? –pronunció Ronthor con clara ira en su rostro

Reneth simplemente bajo la cabeza arrepentida y luego me miró. En aquel momento la ira invadió mi mente, observé mi espada rota en el jardín trasero y luego miré a mi padre, levantándome para mirarle a los ojos mientras apretaba los puños. Di una honda bocanada de aire y le respondí.

-Jamás seré lo que quieres que sea –respondí firme, mirándole a los ojos decidido

Empujé a mi padre y salí corriendo de casa como pude, cojeando de una pierna y llorando apretando los puños. Al salir, cerré la puerta de casa y comencé a correr sin pensar donde iba. Cuando perdí de vista a mis padres, el suelo tembló. Me caí al suelo y luego observé el cielo. Pude ver el gran palacio de la reina y, sobre el pozo de la eternidad, una gran falla.

De la falla comenzaron a surgir criaturas terroríficas de toscos y alados cuerpos con grandes cuernos en sus rostros. Éstas sobrevolaban el pozo de la eternidad y se postraban sobre el palacio de la reina Azshara. Se escucharon gritos desde la lejanía. Mientras la mayoría huían, un pequeño grupo liderado por un noble llamado Lord Kur’talos Cresta de Cuervo se reunían para hacer frente a la Legión.

Me congelé, caí de rodillas al suelo y me llevé ambas manos a la cabeza incrédulo. Una sensación de miedo y desesperación me invadió; no sabía qué hacer, a medida que el tiempo pasaba el pánico invadía la ciudad, un miembro de la resistencia me vio y me tendió la mano, se la cogí y le miré unos instantes.

-¡Sígueme, te sacaré de aquí!

-Mis padres están ahí…-dije señalando al camino que llevaba al palacio

El Kaldorei me miró unos instantes y luego tiró de mi mano. Me llevó a una zona alejada de la ciudad donde se encontraban más refugiados. Muchos eran Kaldorei, la mayoría miraban extrañados mis prendas de seda y mi aspecto magullado; me senté sólo en un rincón mientras observaba en la lejanía el Pozo de la Eternidad, atormentándome el recuerdo de mis padres.

Los bosques del exterior del burgo ardían, grandes guardias apocalípticos y manáfagos convertían lo que antes era verde y alegre en un desesperante paisaje consumido por llamas viles. Los supervivientes observábamos con terror la escena, yo seguía agazapado en un rincón cogido a mis rodillas, mirando ese paisaje apocalíptico.

Varios miembros de la resistencia hablaban entre ellos y, aunque no solían elevar la voz, pude apreciar varios de sus diálogos. En uno de ellos se supo de la muerte de Xavius; uno de los más leales consejeros a la reina Azshara y que; sin embargo, se había convertido en un ser de rasgos demoníacos que convertiría a más Altonato en esa aberración; en sátiros.

El tiempo pasó, cada vez tenía más certeza sobre la muerte de mis padres, pero nunca perdí la esperanza; una noticia fue la que reavivó toda esperanza oculta en mí: un grupo de hechiceros liderados por Dath’Remar Caminante del Sol de habían opuesto a la Legión y se habían unido a la resistencia. Creía que mis padres podían seguir vivos, sólo debía buscarlos.

Esa misma noche me escapé del refugio en la ciudad, corrí hacia mi casa, pasando por los desolados y devastados caminos de la ciudad. Quería coger provisiones y alguna armadura o arma de mis padres, además de alguna pista para encontrar su paradero; sin embargo, al llegar, pude apreciar una figura de abundante vello y notorios cuernos alejarse de la puerta de la casa.

Me escondí tras un árbol, tras unos segundos, dos grandes manáfagos salieron del hogar de mis padres, siguiendo al sátiro. Éstos se dirigían con prisa al palacio de la reina, donde se seguían librando batallas contra los demonios de la Legión. Aproveché el momento para entrar a la casa, con apremio.

Al entrar, caí sobre mis rodillas, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos hasta alcanzar el suelo. Ante mí yacían los cuerpos de mis padres sin vida. Su piel era pálida y se les notaban los huesos, además, sobre sus cuellos se apreciaban las marcas de unas enormes fauces. Caí al suelo y abracé sus cuerpos, desolado.

-An’da, Min’da…Os abandoné, esto es todo por mi culpa –grité en Alto, golpeando con fuerza el suelo

Mis padres habían muerto y lo último que les dije fue que nunca sería lo que ellos querían que fuese. Los manáfagos se habían alimentado de su magia y la habían devorado. Me dirigí a la habitación de mi padre y agarré una daga que escondía entre las sábanas. Después me dirigí al exterior, me escondí bajo una capucha y huí de la ciudad.

La huida a Eldre'thalas Editar

7.300 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Tras la devastadora guerra, Zin’azshari quedó destruida por las fuerzas del océano y las energías del Pozo de la Eternidad tras su explosión. El mundo quedó devastado y fragmentado. Tras eso, la sociedad de los elfos de noche pasaría a ser liderado por Tyrande Susurravientos y sus centinelas, prohibiendo el uso de la magia arcana.

Yo me alejé de la sociedad Kaldorei, me dirigí hacia una ciudad llamada Eldre’thalas, gobernada aún por Altonato que se hacían llamar Shen’dralar; aquellos que permanecen ocultos. La ciudad sobrevivió al gran hendimiento a duras penas, protegidos con un gran hechizo. Ahí, muchos supervivientes Altonato se refugiaron, alejados del exilio de la sociedad Kaldorei.

Yo llegué como un huérfano y como un errante. Sin hogar y sin riquezas. Me dediqué mi estancia en la ciudad a practicar y entrenar en el combate. Tuve que aprender a cazar para poder alimentarme o vender sus pieles a los sastres de la ciudad a cambio de unas monedas para poder alimentarme.

En la ciudad conocí a un hijo de una familia de Alta Cuna que se alojaban en una gran casa de la ciudad; los Fulgorarcano. Su hijo, Lerethas, era aprendiz de mago. Me vio con lástima y desamparado, quiso ayudarme, pero rechacé su ayuda. Desde el hendimiento de Zin’azshari y la muerte de mis padres había rechazado todo contacto con Altonato de granes riquezas.

Consideraba a la magia débil y vulnerable, a pesar de rechazar su ayuda, a veces entrenábamos juntos. Yo le enseñaba a cazar mientras él me mostraba cómo combatir la magia. Llegamos a tener un estrecho vínculo, aunque sólo me importaba la venganza. Cada día entrenaba para poder vengar a mis padres y, un día, poder llegar a luchar contra la Legión Ardiente.

Vida en la ciudad Editar

Editar

7.145 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Con el dinero que conseguía mediante la caza y la venta de pieles pude comprarme un arco y una espada. Yo me había hecho una armadura de cuero hecha con las pieles que cazaba, pero no me era suficiente, hasta esas fechas sólo usaba una daga y las prendas sucias de tela que podía permitirme.

En una de mis cazas al exterior pude ver una elfa de rostro enmascarado. Nos encontramos tras salir ambos de entre la flora del bosque. Pude notar su intensa mirada, adopté una posición defensiva, de repente, cargó contra mí y dejó mi pierna atada a las raíces de un árbol. No me había dañado pero sí inmovilizado.

La seguí, ella se movía en trazos irregulares, buscando despistarme. Yo me mantenía firme, no la perdí de rastro hasta que se refugió tras unos muros custodiados. Golpeé fuerte el tronco de un árbol y me retiré hacia la ciudad de nuevo. Miré bien el camino por donde andaba, pensando en volver mañana al mismo sitio.

Ese día volví a reunirme con Lerethas, él me contaba sus progresos en las artes mágicas mientras le enseñaba a sujetar el arco, yo le expliqué el encuentro del bosque mientras nos peleábamos amistosamente entre nosotros. Él simplemente intentaba evadir mis ataques mediante hechizos y yo trataba de alcanzarle con sólo el filo de mi espada.

Al acabar, me retiré como cada noche cerca de un templo lunar de la ciudad. Me tumbaba en el suelo y observaba las estrellas, sonreía mientras hablaba con ellas, pensando que mis padres me escucharían en algún momento. A veces me lamentaba, perdonándome ante las estrellas por haber acabado siendo un errante sin hogar.

Le contaba a las estrellas mis experiencias y mis avances, hablaba sobre cómo pretendía luchar contra la Legión y vengarles. Después, simplemente me dejaba caer dormido. Varias veces me levanté por los guardias, quiénes me echaban del templo violentamente al ver mis ropajes y mi porte sucio.

La noche volvió y volví a salir a cazar. Esta vez, antes de volver a Eldre’thalas, me dirigí al mismo lugar con el que me encontré a la misteriosa elfa y me subí a la copa de un árbol, esperando su llegada. Tras pasar varias horas volvió a salir de los muros y pasar cerca del árbol, ahí bajé rápido con la espada en mano y le apunté a la espalda.

Ella rápidamente se giró y tiró mi espada lejos, que se clavó en el suelo. Esquivé varios ataques pero no pude propiciar ninguno. Finalmente ella me tumbó y me puso su filo en el cuello. Me preguntó sobre quién era y qué quería pero simplemente me limité a sonreír. Escupí a un lado y hablé.

-Acábalo ya –Le dije, cerrando ambos ojos a la vez

La elfa negó con la cabeza en un gesto de lástima y se retiró, dejándome solo. Me palpé el cuello y la pequeña herida que me había hecho, cubriéndomela con una fina prenda de tela de mi pechera. Luego fui a coger mi espada. Disparé una flecha hacia donde había huido, aunque no acertó.

No me rendí, a la noche siguiente volví al mismo sitio. Esta vez atacaría con las flechas de mi arco. Ahora quería sólo vengarme por la humillación. Esperé en la misma copa del árbol, para mi sorpresa, esta vez era perseguida por múltiples elfos vestidos con prendas de placas y armados con filos de gran calidad.

Varios de ellos cayeron ante la elfa pero aun así la superaron en número y la hirieron, dejándola débil. Cuando uno estaba a punto de asestar los golpes finales disparé una flecha desde la copa, que se clavó en su cuello, haciendo que cayese en el suelo muerto. Los demás se giraron y miraron a todos los lados, sin verme.

Vacié el carcaj, reservándome una flecha para la elfa. Derribé a los demás soldados restantes con disparos precisos. Tenía experiencia en la caza con arco pues había cazado aves múltiples veces y no todas eran de grandes dimensiones. La elfa intentó huir, al hacerlo, disparé la última flecha a su pierna y cayó al suelo.

Bajé con la espada en la mano, se la puse cerca del cuello y sonreí. Ahora la tenía justo donde quería. Rompí la máscara de cuero con la espada y le vio el rostro. De repente recordó su cara en carteles de búsqueda y captura de Eldre’thalas. No era un mercenario, así que no la maté, pero sí que busqué respuestas.

La elfa se negó a hablar, le corté levemente con el filo y aun así permaneció en silencio. Negué con la cabeza y me alejé, confiado que los depredadores acabarían con la elfa.

-Suerte intentando sobrevivir a la noche.

Volví a Eldre’thalas, esa noche no hablé con Lerethas. Fue un entrenamiento especialmente silencioso, varias veces había intentado abrir alguna conversación pero no obtuvo fruto. Al acabar, me dirigí hacia un tablón de noticias de la ciudad, sin siquiera despedirme de él. Ahí rebusqué entre los carteles, encontré uno que mostraba el rostro de la elfa desenmascarada.

Parecía ser un cartel de búsqueda y captura, debajo del rostro ponía su nombre: “Regalia Yhinel”. Al parecer otra casa de gran poder la quería muerta. Arranqué el cartel y me lo guardé en la faltriquera de mi cinturón. Pensé en el nombre de la casa que la quería capturar. No lo había oído nunca, pero seguro que había información en las bibliotecas de los Shen’dralar.

Me colé en ellas; siempre se me dio bien ocultarme. El conocimiento ahí almacenado era milenario y demasiado denso. Me pasé mucho tiempo buscándolo, varias veces tuve que escabullirme a esconderme tras alguna estantería o cortina para evitar la mirada de los guardias patrullando.

Finalmente lo encontré, al parecer era una casa que se mantenía en la idea de la superioridad Altonato. Se conocían varios rumores sobre asesinatos a Kaldorei y Altonato que los apoyaban por parte de esa casa, aunque ninguno estaba confirmado. Me enfurecí, tras la huida de Zin’azshari había tenido que convivir con la arrogancia de los Altonato pero esto superaba los límites de todo aquello.

-Así que tenemos un enemigo común –murmuré para mí mismo, mirando de nuevo el cartel de busca y captura

Volví a buscarla la siguiente noche, pero esta vez como aliado. Sabía que, tras lo del día pasado, no volvería a ir por el mismo camino, así que me adentré a las cercanías de los muros y me oculté en un árbol, fuera de la vista de la guardia pero pudiendo observar la muralla. Tras unas horas ella salió, pero por una puerta trasera.

La seguí hasta que las murallas quedaron ocultas por la vegetación y bajé, situándome a una gran distancia entre ella y yo. Solté las armas e intenté saludarla; sin embargo, al oír el sonido del acero caer, se giró y se abalanzó sobre mí rápida, sin que tuviese apenas tiempo de decir nada. Acto seguido comenzó a golpearme con sus puños.

El rostro se me llenó de moratones y heridas superficiales que cada vez lo eran menos. Me recordaba a cuando los guardias me golpeaban para que me alejase de los templos por la noche o cuando me enfrenté a aquel venado en Zin’azshari. Cuando sus puños se cansaron dejó de golpear y me miró.

-Acábalo ya –le dije sonriendo de medio lado como podía

-¿Qué es lo qué quieres? –preguntó gruñendo

Le expliqué que teníamos un enemigo común. Le enseñé el cartel de busca y captura y le expliqué lo que los Shen’dralar tenían en sus bibliotecas sobre la casa rival. Le convencí para que me aceptase como aliado y ella lo quiso sellar con un pacto. Se hizo un corte en su mano y luego otro en la mía, nos la estrechamos y la sangre se juntó, haciendo un pacto de sangre.

Me advirtió de que jamás podría romper ese pacto, nunca había visto esa costumbre, seguramente fuese una tradición de los Kaldorei de la que no tuviese constancia. Desde aquel momento nos convertimos en aliados mutuos, a pesar de eso, Regalia no podría contarle nada de nuestra relación a su padre.

Las aventuras de Regalia y Ranthalar Editar

2.485 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Los años pasaron, yo me convertí en un guerrero y cazador curtido. Mi relación con Regalia se había convertido en un fuerte vínculo y en una poderosa amistad. Durante ese tiempo tuve la oportunidad de espiar a la casa contraria y robar múltiples secretos, aunque varias veces Regalia tuvo que rescatarme de ahí.

Con ella experimenté también mi primer beso; cálido y reconfortante. Recuerdo la sensación que me dejó congelado en aquel momento, pude apreciar en ella cierta vergüenza, aunque era incapaz de mostrar expresión alguna. También pude sentir lo más cercano al calor familiar, desde Zin’azshari nunca había contado mi pasado a nadie, ni siquiera a Lerethas.

Cuando lo hice caí al suelo, no pude evitar ni esperarlo; las lágrimas descendieron rápidamente de mi rostro y me desmoroné. Recordé a mis padres, recordé lo último que les dije y en lo que me había convertido. La desesperación se había apoderado de mí y; sin embargo, ella había sabido consolarme.

Después de todos los combates y experiencias, yo me separé y, durante siglos, no supe nada más de Regalia. Sabía que había tenido hijos y los había visitado varias veces cuando podía pero ocurría algo en Eldre’thalas que no me daba nada de buena espina. Los Shen’dralar tramaban algo y debía saber qué era.

La huida de Eldre'thalas Editar

1.200 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Eldre’thalas se encontraba totalmente vacía. Los rumores sobre Totheldrin y los Shen’dralar cada vez eran más presentes. Se rumoreaba que varios Shen’dralar habían sido asesinados por el príncipe esos últimos días. Comenzaba a enfadarme e invadirme la curiosidad. Un día decidí ir a las ruinas de la ciudad y echar un vistazo al origen de todos los rumores.

Me vestí con prendas de cuero oscuras y un embozo por encima, cubriéndome con una capucha, además me llevé mi arco y mi espada. La entrada estaba vigilada así que tuve que crear una distracción para poder pasar por la puerta principal. Tras esto atravesé un largo pasillo, por el camino tuve que abatir a un guardia que patrullaba, por suerte no gritó.

Al llegar me encontré una gran estructura rodeada por una gran cúpula de energía arcana que se sostenía gracias a varios pilares. Me escondí tras uno de ellos y observé lo que se hallaba dentro de la cúpula. En el interior vi al príncipe Totheldrin y un grupo de Shen’dralar drenando energía de un can demoníaco de dos cabezas y múltiples ojos.

Me horroricé ante tal escena, a mi mente vinieron las imágenes de los manáfagos alejándose de mi casa y a mis padres muertos por ellos, recordé el portal por donde surgían miles de demonios sobre el Pozo de la Eternidad y todos los gritos de desesperación que colmaban la ciudad. Golpeé con fuerza el pilar, sin hacer efecto alguno, y me retiré de la ciudad, huyendo.

Juré que jamás volvería a pisar Eldre’thalas y que acabaría con cada demonio que volviese a pisar nuestro mundo. Tras la pérdida de mis padres y el horror que observé en Eldre’thalas comprendí que la mayor amenaza de este mundo era la Legión Ardiente. Escapé de la ciudad, debía encontrar a Regalia.

El viaje por Kalimdor Editar

1.048 años antes de la apertura del Portal Oscuro

 

Había recibido varias misivas de la hermana pequeña de Regalia, Annelyn. Pensaba encontrarla así que inicié mi viaje siguiendo las pistas que indicaban las cartas. Aun así, muchas estaban medio quemadas o escritas rápidamente e inentendibles. Me costó muchísimo encontrarla pero tras décadas de búsqueda y múltiples rastros la encontré.

Cuando vi su silueta tras siglos de desaparición no pude sentir más que alegría; sin embargo, cuando me acerqué, esa expresión cambió por una de preocupación y desconsuelo. Se encontraba apoyada a su espada algo débil, con el filo bañado en sangre. Me acerqué corriendo, la vi devastada y confusa, en un intento por consolarla la abracé con fuerza y junté mi frente con su frente.

Sentí como comenzaba a caer inconsciente por las heridas y la desesperación se adueñó de mí, al caer, Annelyn llegó tras de mí. Consiguió sanarla a tiempo, entonces pude recuperar el aliento y suspirar aliviado. La vi sonreír; una de las pocas veces que sonreía sin malicia, era una sonrisa de verdad.

A partir de aquel entonces comenzamos a vagar como dos errantes y eternos compañeros en la batalla y fuera de ella. Viajamos a través de Kalimdor, ambos habíamos sufrido y compartíamos un mismo objetivo. Vivimos múltiples batallas y cazas, aunque ninguno de los dos nos esperábamos lo que estaba por venir.

La Tercera Guerra y el viaje a Terrallende Editar

20 años tras la apertura del Portal Oscuro

 

La legión ardiente volvió a Azeroth. Las tropas demoníacas volvían a invadir los bosques de Kalimdor sembrando caos y muerte. Después de la guerra de los sátiros no podía imaginarme que la Legión Ardiente volvería a atacar los bosques de Kalimdor. De nuevo, las imágenes de Zin’azshari y Eldre’thalas atormentaban mis pensamientos.

Nunca combatí a los demonios, cuando invadieron Zin’azshari era joven y sin conocimientos sobre el combate físico. Estaba indefenso cuando mis padres murieron y siempre me había culpado por ello pero ahora no lo estaba, había aprendido a luchar, aunque nunca lo había puesto en práctica contra la Legión Ardiente, pero aquel era el momento.

Cuando acudimos a Frondavil, el paisaje era devastador. Los demonios quemaban los árboles y la vegetación dejando nada más que cenizas esmeralda a su paso. Mientras centinelas se enfrentaban contra ellos, más surgían para hacerles frente. Entramos en la batalla, durante las últimas semanas habíamos estado enfrentándonos a múltiples ataques de la Legión.

-De pie o caídos, pero juntos –repetíamos cada vez que se acercaba la Legión

La guerra fue devastadora para la tierra de Frondavil, aunque se había logrado erradicar a gran parte de las tropas de la legión, su marca y su vileza quedarían marcados ahí durante muchos años más, al igual que la influencia demoníaca permanecería. Supimos que la batalla había finalizado cuando se recibió la misiva que Archimonde había perecido en Hyjal pero que se había tenido que sacrificar el árbol del mundo.

Cada vez que un demonio caía a manos de mis espadas en aquella tierra recordaba y honraba a mis padres, sólo quería vengarles, pensando que ahora me observarían desde las estrellas y me mirarían orgullosos viendo en el guerrero que me he convertido siguiendo mi propio camino, nunca les olvidaba ni lo haría.

Tras Eldre’thalas, la locura de Totheldrin y la devastación de la tercera guerra nos dimos cuenta de que hacía falta algo más que acero y placas para derrotar a la Legión. Éramos conscientes de que Illidan había sido exiliado de las tierras Kaldorei tras absorber el poder de la calavera de Gul’dan y había huido de ahí.

Debíamos encontrarlo, ambos conocíamos y habíamos experimentado el dolor, teníamos un objetivo común y debíamos cumplirlo, para vengar a nuestras familias, a nuestros seres queridos y nuestra tierra. Sabíamos que no había precio demasiado alto para que eso pasase, mi familia murió renegándose a servir a la reina y a la Legión, dando su vida a ello. Eso me llenaba de valor y me enorgullecía cada vez que lo recordaba.

Ambos viajamos a Terrallende, compartiendo un mismo objetivo. Incluso a la hora de enfrentarnos a la Legión permaneceríamos juntos, el vínculo férreo se había tornado irrompible al paso de los años. No fue fácil llegar a esa devastada tierra alejada de la vista de la sociedad de los Kaldorei pero lo logramos.

Tuvimos que cruzar gran parte de Terrallende para llegar al Templo Oscuro, enfrentándonos a múltiples peligros que se escondían en ese desolado planeta. Las energías viles habían corrompido prácticamente toda la tierra de ese lugar y varios demonios permanecían en ese lugar, junto a criaturas salvajes que nunca habíamos visto en Azeroth.

Tras un costoso viaje conseguimos llegar al templo oscuro. Ambos nos unimos a Illidan y comenzamos el entrenamiento para unirnos a los Illidari. Se nos asignó un maestro a cada uno, cada vez que debíamos entrenar probábamos nuestra fuerza uno contra el otro en entrenamientos de lucha y destreza. Regalia destacaba siempre en la fuerza y la resistencia mientras que mis puntos fuertes eran la agilidad y los reflejos.

Estaba acostumbrado a cazar en la oscuridad y guiarme por los detalles más sencillos cuando debía mantenerme en Eldre’thalas así que no fue demasiado complicado aprender a luchar sin el sentido de la vista. A pesar de que al principio fue difícil, recordé mi experiencia pasada y la alerta que debía prestar ante la fauna en los bosques de Feralas.

Cuando el entrenamiento concluyó supe que era hora del ritual. Mi maestro me llevó a un lugar dónde había inscrito previamente un gran círculo rúnico en el suelo. Al entrar, una gran cúpula me rodeó, delante de mí se encontraba un círculo rúnico menor donde se formó una falla. De ésta salió un feroz can manáfago y la falla se cerró.

Podía sentir la atenta presencia de mi maestro y Regalia en la lejanía. Me armé de valor y me concentré en todos mis sentidos menos en el de la visión. Escuché al can mover sus fauces pero no le escuché avanzar, de repente, una sensación de angustia me invadió, el can había avanzado uno de sus tentáculos para drenarme la energía.

No tenía tiempo de pensar, cargué feroz contra el can manáfago recordando los cuerpos débiles y pálidos de mis padres en Zin’azshari. Raudo apreté con fuerza el tentáculo del manáfago, que cayó al suelo mientras éste rugía, por el impacto se había dado un fuerte golpe contra el suelo y un cuerno se había roto.

Esta vez oí sus fauces acercarse, salté por encima de él y le rodeé, mientras me movía evadiéndolo noté el fragmento de su cuerno en el suelo, me agaché rápido para agarrarlo y cuando volví a oír las fauces acercándose a mi torso le asesté un duro golpe. El can cayó al suelo muerto. Oí al instructor aplaudir ligeramente y luego hablar.

-Bien, lo has hecho justo como esperaba, ahora comete su corazón y bebe su sangre –Dijo firme

Tras haber derribado al can manáfago pensé que no podía pasar nada peor a eso, pero me equivoqué. Agarré una daga de mi cinturón y cogí su corazón, me armé de valor y, sin pensarlo, comencé a devorarlo. Aunque no fueron más que unos minutos, me parecieron horas, la sensación era muy desagradable, más que nada de lo que hubiese probado anteriormente.

La sangre supo terrible, la bebí lo más rápido que pude y evité vomitar, apreté los puños y me mantuve firme pero aún no había terminado. Mi maestro comenzó a conjurar múltiples orbes de energía vil que se alzaron en el aire, comenzó a canalizar energía vil en ellos y luego dirigió su mano hacia mí, los orbes dirigieron varios láseres de magia vil a mi cuerpo.

Al acabar, comencé a tener una visión; pude vislumbrar a la Legión conquistar y destruir mundos, pude ver sus infinitas fuerzas arrasando todo lo que se interpusiese entre ellos, vi razas caer ante su ira y poder, cada vez las visiones eran más desagradables y fúnebres, éstas desaparecieron cuando mi visión también lo hizo, después, caí inconsciente.

Me desperté, pude notar la presencia de mi maestro y Regalia acercándose, él me tendió la mano y me puse firme, a pesar de haber perdido la visión, podía ver mejor que nunca, percibiéndolo todo. Mi maestro me entregó una venda de tela gruesa y Regalia me la puso alrededor de los ojos, ocultando su intenso brillo esmeralda.

Ya estaba listo, mi maestro sonrío orgulloso y me dio varias palmadas en la espalda. A partir de ese momento era un cazador de demonios, en el ritual tatuajes se habían formado sobre mi torso, que emitían un ligero resplandor verde, mientras que mi piel y cabello se habían vuelto más oscuros y escamas se mostraban donde antes sólo había piel, por último, unos ligeros cuernos salían de la frente, apenas notorios.

-Ahora estás preparado para enfrentarte a la Legión –dijo mi maestro orgulloso

Los Illidari Editar

26 años tras la apertura del Portal Oscuro

 

Lord Illidan había estado teniendo ciertos percances con Akama, que al parecer había tenido contacto con la celadora Maiev. Eso no había hecho más que aumentar mi odio contra aquella celadora. Maiev me parecía una Kaldorei realmente detestable que sólo actuaba por su bien, la única persona a la que le tenía respeto de relación a ella era a Jarod Cantosombrío y su intervención con la resistencia en Zin’azshari.

Un día, Illidan nos envió a una misión para recuperar la Piedra Angular Sargerita, un dispositivo capaz de abrir portales hacia todos los mundos de la legión que se encontraba en Madrum, fuimos enviados a recuperarla mientras Illidan se encargaba del ataque al templo oscuro. Regalia y yo nos abrimos paso juntos a través de los demonios, derribando primero a sus tenientes.

Cuando llego la hora del ataque, los Illidari que habíamos sido enviados combinamos nuestras fuerzas y cargamos contra la arpía demoníaca que custodiaba la Piedra Angular Sargerita, la derribamos y  nos hicimos con el dispositivo; sin embargo, al volver al templo oscuro, habíamos descubierto que Illidan había caído, después Maiev y las celadoras nos encerraron junto a él.

Las celadoras Editar

32 años después de la apertura del portal oscuro

 

La legión invadió las cámaras de las Celadoras, éstas, en un acto desesperado, nos liberaron, buscando que las ayudásemos contra los demonios y contra la amenaza que se cernía, cuando me liberaron, miré con odio y resentimiento a las celadoras, que me hubiesen liberado no solucionaba la razón de que nos hubiesen encerrado durante años.

Agarré unas gujas cercanas y derribé a un guardia vil que se acercaba justo después de mi liberación. Comencé a buscar a Regalia por la cámara hasta que la encontré, después, juntos, luchamos a través de la cámara contra los demonios que la invadían, venían muchos pero cada vez estaban en un número más reducido.

Regalia y yo subimos a la parte superior de la cámara, ahí, Altruis y Kayn se estaban peleando entre ellos. Mientras Altruis se ponía en contra de Illidan al afirmar que no todas sus decisiones habían sido sensatas y se posicionaba en contra de las celadoras, Kayn seguía fielmente a Illidan pero mantenía una relación neutral y ligeramente amistosa con las celadoras.

Regalia y yo negamos lentamente, si bien Illidan nos parecía un buen líder, nos negábamos a alguien que pudiese apoyar a Maiev y sus celadoras, pues ellas habían sido quienes nos habían encerrado durante todos estos años y sólo ahora, desesperadas, nos habían liberado de donde nunca deberíamos haber estado encerrados, así que decidimos seguir a Altruis. 

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