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Pormenores y pormayores acerca de Gareus Tuercaplata

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EN DALARAN.

¡Qué limpias, bellas y luminosas estaban las calles de la nueva Dalaran! Sí, sí, totalmente preciosas, cómo antaño. ¡Antes de que se príncipe traidor llegará!

El pequeño gnomo vestía las típicas togas violetas de arcanista, un tabardo y su habitual monóculo plateado, iba bastante elegante y ciertamente resguardado del frío que poblaba la ciudad. Pero pronto conjurarían hechizos térmicos y haría el mismo calor que en Trabalomas, donde había estado la vieja Dalaran. Él mismo había ayudado a reconstruir la ciudad, levantarla al aire y llevarla a Rasganorte, el país del frío eterno. Cruzar Reinos del Este, parte del mar y media Rasganorte sin ser vistos, había costado. Se habían llamado a los archimagos más poderosos de Azeroth para transladar la ciudad. El Consejo Supremo de los Seis había dirigido la operación desde la cúspide de la Torre Violeta, donde nadie podía pasar.

Y allí estaban, en el bosque Canto de Cristal, anclados en el cielo. Gareus asintió para sí mismo, sonriendo, cogió los libros que había dejado en el banco donde estaba sentado, en la Plaza Tejerruna y caminó sin prisa hacia la Torre Violeta.

- ¡Eh! ¡Gareus! Tengo noticias de afuera. ¡La Alianza ha llegado! ¡Podremos unirnos a ellos! - un enano de barba grisácea, del mismo color que la de Gareus y un tabardo violeta le saludó, sonriendo. Era Gilward Piedrarcana, un viejo amigo de Gareus y compañero de venturas desde que acabaron su entrenamiento cómo magos. Habían rescatado a un pequeño y joven dragón del Vuelo Azul llamado Azlygos de las garras de unos orcos hacía poco, antes de trasladar Dalaran y cuándo podían salir de incógnito.

Gareus sonrió fervientemente. Él había luchado en el ejército de Gnomeregan, siendo una clase de mago de batalla que iba con un tanque, en la lejana Kalimdor. Iba a ir a la mismísima Hyjal, pero tuvo que volver por que un amigo suyo murió en Dalaran, el viejo Niltharas Solargenta, un elfo noble que había ayudado a estudiar a Gareus cuándo el Arcanista Alec, su mentor estaba fuera. Habían sido buenos amigos, y a Gareus siempre le cayó bien el simpático elfo noble de ojos azules y barba blanca.

- ¡Fabuloso! Podremos ir con ellos a enfrentarnos a la vil Horda, ¡sí! Verán lo que he mejorado, jejeje. - asió su bastón con la mano, asintiendo para sí mismo, mientras Gilward y él se dirigían a la Torre a devolver unos libros.
Subieron cuidadosamente las escaleres, en los bordes del principio de éstas, habían estandartes del Kirin Tor desplegados ante la luz del sol del frío Rasganorte. Escucharon a Aethas Atracasol, Rhonin y Modera discutir sobre que la Horda entrara a Dalaran cuándo terminaron de subir las escaleras. Modera decía:

- No podemos hacer eso, Aethas. Dalaran y el Kirin Tor siempre han sido de la Alianza. ¡No podemos mantener una neutralidad con la Horda! - parecía cansada.

- Modera. Mantenemos a los Elfos de Sangre de la gloriosa Quel'Thalas, que son de la Horda, en el Kirin Tor. ¿Por qué no dejar pasar a los demás? Dalaran puede ser un bastión estratégico en la guerra contra el Rey Exánime, y lo sabes. Pronto caerá y con él, sus viles huestes. Todo volverá a ser normal, y solo podremos derrotarlo con la ayuda de la Horda.

Siguieron caminando, mientras escuchaban la apaciguante voz de Rhonin, el nuevo líder del Kirin Tor, como había decidido el archimago Ansirem Tejerruna. Llegaron hasta la biblioteca, llena de libros antiguos y, al final de ella, de las estanterias de madera, una gran cristalera con el símbolo de la Alianza, el rugiente león dorado. Debajo de él, estaba el bibliotecario, Ilustriel Hojarcana, un alto elfo que había escrito libros, que en opinión de Gilward y él, eran demasiado !@#$%s. ¡Alegaba que la magia arcana no era guay y que hacía explotar a la gente si la usaba demasiado! Delante de ellos, tenían al archimago Valven, un semielfo de Dalaran que decían que dirigía una orden secreta o algo similar. Cuándo este se retiró, fueron ellos a dejar los libros.

- Gareus Harderlis Tuercaplata: ¡Llegas con 5 horas de retraso! Estos libros ya fueron requeridos por otra persona hace 2 horas y ahora está esperando enfadado con usted a que se los dé. ¡Se le amonestará la debido! - el alto elfo lo señaló con rabia. Era tremebundamente cuentista, y exageraba mucho las cosas.

- Está claro que los gnomos no pueden ser archimagos, no disponen del suficiente potencial arcano cómo el que disponemos los elfos de sangre. La gloriosa Quel'Thalas alberga escuelas arcanas en las que sus aprendices más penosos son los mejores entre estos... hirsutos gnomos estúpidos y ciertamente payasos. - La voz del elfo de sangre llamado Alfindel estaba tañida de desdeño. Ni se molestó en mirar a Gilward, al que odiaba por ser un enano mago y que alegaba que también era una raza penosa para lo arcano. ¡No sabía que un gnomo era el quinto Archimago de los Seis! O eso decían los rumores inciertos, desde luego.

Gareus le miró con odio. Alfindel siempre estaba buscando pelea, y esta vez la iba a tener. ¡Osaba burlarse de él, Gareus! Já, iba a ver su potencial. Se quitó el guante de color violeta y le abofeteó mientras daba un salto. Ilustriel lo fulminó con la mirada, murmuró unas palabras arcanas y de pronto, estaban Alfinde, Gareus y Gilward tumbados en el suelo de la Plaza Tejerruna. Un amigo de Alfindel llegó corriendo desde detrás de él y le ayudó a levantarse. Gareus y Gilward lo hicieron solos.

- ¡Te reto a un duelo, Alfindel Hojatardía! - terminó de decir Gareus, para retarlo a un duelo. Se colocó el guante elegantemente y miró a los ojos al elfo de sangre. Su cabello de color rojo y sus ojos verdes viles, chocaron con el gnomo. Se encontró delante de un gnomo enfadado, algo peligroso siendo un mago, ya que podría hacerte cerdo, lanzarte a un pozo y lanzar una tromba de bolas de fuego.

Alfindel le sonrió socarrón y rió.

- ¡En diez minutos, enano hirsuto! - rió y se fué con su amigo. No se dio cuenta de que su maestro Sihasel Vientosol estaba detrás de él, con los brazos cruzados y con una expresión de decepción. Gareus se tronchó con Gilward y fueron a prepararse.

- ¡Menuda paliza les daremos! Yo mismo me ocuparé de su pomposoperro amigo, ese tal Ruldarus Fuegoquemador. ¡Va a ver! - Gareus asintió y le lanzó un conjuro de enfocar magia, y Gilward le correspondió con lo mismo. Saltaron del banco a la vez, y se dirigieron a la casa de entrenamientos, donde ya les esperaban Ruldarus y Alfindel. Sus togas eran rojas, y su mirada decidida. Pero ninguno estaba tan serio y decidido a vencer cómo Gareus, al que le brillaban los ojos. El duelo no sería mortal, ni nada parecido. Tan solo lo humillaría un poco y todo eso, ¡por insultarlo! Gareus era un buen duelista, sin duda.

Entraron a la cámara de duelos, de color violeta. De pronto, el ambiente cambió y estaban rodeados de estrellas y símbolos arcanos. Apoyado en la pared, se encontraba Sihasel, el maestro de Alfindel, y al lado, Alec, el maestro de Gareus. El primer turno sería el de Gilward y Ruldarus, a lo que ambos avanzaron quince pasos desde el centro hacia la izquierda y la derecha, respectivamente.

Ruldarus hizo aparecer su varita, y Gilward lanzó el clásico conjuro de evocación, levantando las manos y atrayendo la energía arcana de su alrededor. Alec arbitraría el combate, y dejó que pasaran quince segundos.
El duelo empezó con un sencillo conjuro de polimorfia por parte de Gilward. Ruldarus fué transformado en cerdo, y le lanzó una clase de prisión de hielo al pomposo Sin'Dorei. Seguida de eso, una tromba arcana y unos misiles arcanos. El elfo, ya recuperado de su repentina transformación en cerdo, se teleportó detrás de Gil y usó el reflejo exacto. Cuatro pijos de pelo negro lo atacaban, y de ese modo, Gilward lanzó una nova de escarcha y se evaporó con el aire. Ruldarus también desapareció, y sus clones también. Una vez en el mundo de las sombras en el que iban los magos invisibles, vio a Gilward lanzándole una bola de fuego, a tres enanos bailando y lanzando descargas de escarcha y a uno más riéndose de él. Gilward había vencido tajantemente.

Tras ello, era el turno de Gareus. Se teleportó al centro del campo de duelos, y Alfindel le imitó. Hicieron lo mismo que Gilward y Ruldarus.
Y entonces, Gareus empezó el duelo. Creó una prisión de hielo, y la lanzó desde el aire hasta el elfo, que había lanzado una polimorfia a Gareus. El elfo estaba helado, sin poder moverse y Gareus era una oveja. Qué conjuro más ordinario, se dijo mientras se miraba las patas.

Gareus se logró liberar del conjuro y se preparó para lanzar una piroexplosión al elfo, el cuál tenía las manos levantadas.

- ¡Me rindo!

DE CÓMO CONOCÍ A SU QUERIDO PEQUEÑO GRIFO GWIFDIR.

Las Tierras Altas Crepusculares, tiempo después de la salida de Gareus de Dalaran.

La lluvia azotaba el lugar con una vil forma de impregnarlo todo, humedeciendóla y calando los huesos de Gareus, el cuál se apoyaba en su bastón que tenía una bola de fuego que lograba calentarlo. La noche había caído mientras él estaba buscando unos minerales especiales para curar a su amigo Falsted y que volviera a la aventura, pues no quería ser el único miembro no-jubilado de la Llama Blanca. Y también por venganza al vilísimo Desatascador, el cuál le había robado su galleta de sabor impredecible, las cuales ya no fabricaban. En conjunto, la lluvia, la noche, estar sin resguardo seguro a merced de las tropas crepusculares y en mitad de un campo con árboles quemándose por rayos asesinos, era un espectáculo aterrador. Y para complicar más las cosas, el Culto Crepuscular se había cruzado con Gareus y ahora lo seguían para matarlo a base de dagazos y alguna que otra bola de fuego, pero él no desistiría en escapar de ellos, desde luego que no. Y tampoco era por cobardía, simplemente no le gustaba que lo mataran tras todo el esfuerzo que había hecho para ir allí y recuperar los minerales. Y de ese modo, a merced de a lluvia, vestido de azul y con una capucha del mismo color, llegó a las ruinas de Montocre.

Aquella ciudad enánica, ahora era un amasijo de madera, tierra y algo de fuego. Se oía un lejano chillido de alguna parte bajo el suelo, y un trol del Martillo rebuscaba entre las ruinas. No dudó en abatirlo lanzándose una tromba arcana, unos misiles arcanos y una triunfante explosión de fuego. El trol hizo un gesto grosero y cayó al suelo pesadamente. Se oían los pasos del Martillo Crepuscular cerca, esa patrulla lo abatiría y no tendría oportunidad alguna. Saltó a un sótano de una pequeña casa, donde había un camastro, unas vigas rotas y un cercano chillido, apenas audible por la fuerza de los elementos que bramaban por fuera. Movió una silla hasta la entrada, y cerró la puerta, reforzando la cerradura con un conjuro. El grito se prolongó un poco más, asustando a Gareus, que se acercó a las vigas rotas, y lo que vio, le dejó sin aliento alguno.
Un pequeño grifo estaba con el ala rota, y con una clase de lágrimas en los ojos. Gareus levantó la viga haciendo un esfuerzo tremendo y cogió al pequeño grifo con las manos cuándo este salió. Acarició su pelaje, y el grifo le correspondió con su onomatopeya. Gareus dejó al pequeño grifo en el camastro y se apresuró a rebuscar en su mochila, enseguida sacó triunfante una gasa, con la que envolvió la ala de la pequeña prole de grifo. Le sonrío, y lo acarició por la cabecita, más grande que el cuerpo.

La lluvia seguía azotando el exterior. Gareus estaba acurrucado en un lado de la pared, con aire pensativo, al lado suyo, estaba el grifo, que parecía albergar cariño hacia el gnomo. De pronto, la puerta expotó, y las astillas recorrieron la sala. Por suerte, no llegaron a Gareus ni a su herido amigo.

- ¡Múuuuu! - bramó un gran tauren con un hacha de color negro y vestido con placas. - ¡Yo comer gnomo! ¡Y grifo!

Gareus cogió el bastón que estaba en la chimenea, bajando del camastro de un salto, y apuntó al tauren.

- ¡Tócalo y serás cerdo y muerto el resto de tu vida! - le dijo, fulminándolo con la mirada.

El tauren se lanzó contra él, pero cuándo se quiso dar cuenta, era un cerdo que gritaba oink. El grifo profirió un grito que se asemejaría a una risa si fuera humanoide. Corría el rumor de que los grifos de Montocre eran los más inteligentes del mundo, o al menos, los de las Tierras Altas.

Gareus lanzó una runa arcana al suelo, y de ella se abrió una fisura a un lugar negro y extraño. Empujó al cerdotauren a ella, y se escuchó un prolongado múuuuu. Había averigüado que los taurens proferían múu para sorpresa, risa, muerte inminente, estertor y saludo. Gareus sonrió, abrió la puerta y cogió al grifo pequeño. Lo puso en su morral, procurando que no se sintiera incómodo y se lanzó un conjuro de ilusión a sí mismo. Ahora era un trol mago del Martillo, así que debía hablar raro, hacer gestos con las manos y decir tron muchas veces. Saludó a los otros del Martillo que estaban fuera, y corrió hacia el bosque que se extendía cerca. Corriendo, llegó con celeridad a la patrulla de Barbafuego, donde los Martillo Salvaje lo saludaron.
Luego, volaba en un grifo más grande hacia Kirthaven.

- ¿Cómo podría llamarte, pequeño? - Gareus acarició la cabeza del pequeño grifo.

- Gwifdir! - contestó el grifo. Esa era su onomatopeya.

- Gwifdir... Gwifdir me gusta. Suena enánico. - Gareus y el pequeño asintieron a la vez.

Ese sería el inicio de una nueva y gran amistad.

EL ARCANOMICÓN.

Un mapa gigantesco se extendía sobre la mesa del gnomo. Miles de letras, líneas curvas, números y rayas estaban dibujadas en el mapa de Azeroth, un trabajo que llevaba 50 años de su vida realizando. Al fin lo había terminado, al fin hubo terminado lo que había estado investigando y viendo durante 50 largos años, y con ello, miles de aventuras y desventuras. Recordaba, haber estado mirando las Líneas-Ley de la torre de Karazhan cuándo notó algo terrible, cuándo montó en su fiel grifo, y vio a miles de orcos saliendo del Portal Oscuro; cuándo visitó Lunargenta en el décimo año después de la apertura del Portal y logró ver al Rey Anasterian Caminante del Sol y a su hijo Kael'Thas paseando por las pulcras calles de la ciudad del Sol Eterno; al haber visitado Eldre'thalas, en el año 16 después de la Apertura, y haber observado los prodigios que allá obraban los más avezados Altonatos, y en ese momento, decidió que sería más poderoso que ellos; cuándo estuvo luchando en la batalla de Theramore, y mataron a Daelin Valiente... Recordó todo ello, y sonrió tristemente.

50 años de su vida, y al fin había terminado el Arcanomicón. Había decidido que tal fuera el nombre del mapa de Líneas-Ley, en honor al del Señor de la Magia, Malygos el Tejehechizos. Una punzada de dolor le recorrió la espalda al recordar la muerte del Tejehechizos, y la muerte de Gilward Piedrarcana, su mejor amigo de su época de estudiante en Dalaran. Su sonrisa se ensanchó, mientras una lágrima perlada de la sensación de victoria le caía por el rostro. Su mano, desnuda al tacto estaba manchada de tinta, la tinta negra con la que había escrito ese mapa. Al lado del mapa, había un gran tomo de lomo violeta, bajo el nombre de "El Arcanomicón de Gareus". Abrió el libro delicadamente, sonriendo más aún. Vio las palabras escritas hacía 50 años atrás.

"Recopilación de Líneas-Ley, lugares y estados de estas en nuestra era. En pos del saber de nuestra orden, yo, Gareus Harderlis Tuercaplata Tuercarcana, humilde servidor de lo Arcano y de Norgannon, escribo hoy, día decimosexto del cuarto mes del año 80 A.A.P.O (esto era más reciente), escribo este libro con la intención de que los magos de la Ciudad de Dalaran sepan donde está cada Línea-Ley y procuren no destruirlas. La magia irresponsable es algo que debemos evitar."

"Las Líneas-Ley de Azeroth son como los vasos sanguíneos que recorren nuestro mundo, pero, en vez de portar la savia vital, llevan magia arcana. Es nuestro deber preservarlas para que los usuarios de lo Arcano no fragmenten Azeroth en (dato reciente) 13.645 fragmentos, con 8 trozos de tierra grandes. Debemos sanarlas y rejuvenecerlas"

"Arcanista Aprendiz Gareus Harderlis Pantaleón Wenceslao Quintiliano Hermegevildo Segundo Tuercaplata, abreviando para deleite de las demás razas. Actualmente Gran Arcanista."

Y, tras ese párrafo, empezó todo. Algunos maestros suyos lo tildaron de "ambicioso, trabajo imposible, idiotez, gnomo inútil, las Líneas-Ley no existen y muere maldito gnomo del partido comunista". Pero a Gareus le dio igual, y empezó su trabajo, tras el visto bueno del Archimago Antonidas, el archimago más poderoso de Azeroth y, con él, en honorable Consejo de los Seis.
Eran tiempos mejores, donde no habían mareas de oscuridad, guerras inminentes y dragones malignos, se dijo Gareus.

Cogió el mapa y el libro y procedió a teleportarse a Dalaran, allá donde daría al Archimago Rhonin, su trabajo.

Con suerte, lo nombraban Archimago contra el uso de la Magia Irresponsable, como a Ithryon Maximilian Mardigan, uno de los magos que más bien le caían y había sido su Prelado en el Alba de Plata.

"Archimago. Qué destino más incierto. Aunque, creo que deberé quedarme calvo..." - murmuró.

LA FORJA DE NALDASTHIR.

La forja de Naldasthir.

Día décimo del quinto mes después de la Apertura del Portal Oscuro.

Bosque Canto de Cristal. Ciudad de Dalaran

Gareus se hallaba en su discreta casa de la ciudad de Dalaran, sentado en una silla de madera, frente a un escritorio de roble. Diversos cajones estaban abiertos, y el gnomo cambia y ponía papeles concienzudamente. Si se miraba hacia arriba, se vislumbraba un techo que parecía infinito, las paredes estaban completísimas de los más singulares libros jamás escritos en la faz de Azeroth. Estaban desde "Los cuentos del llorón", los cuáles trataban de un vrykul de la tribu de los hoygans que decía que lo que él hacía no reportaba victorias ni gloria personal, hasta "El uso de la magia irresponsable" del Archimago Landister, el cual se había vuelto loco y había ido viajando por todo Azeroth mientras abría portales a diestro y siniestro con el fin de destruir Líneas-Ley. A Gareus le habían encargado la tarea de detenerlo y mandarlo al Bastión Violeta hasta su muerte, y eso haría, ¡en cuanto terminara con el trabajo de ordenarlo todo!
Un joven aprendiz se teleportó en la sala, mientras empezaba a oler a un aroma dulzón de componentes de teleporte. El joven aprendiz le habló con voz tímida y suave:

- Maestro Gareus... - Gareus se giró de un salto, mientras se ajustaba el monóculo plateado, y escudriñaba al joven aprendiz con la mirada. El aprendiz retrocedió un par de pasos, intimidado por la mirada del gnomo.

Gareus murmuró algo por lo bajo, y le dijo al joven aprendiz:

- Ya te he dicho que no soy tu maestro, ni si quiera maestre, pues no dirijo órdenes de algo ni todas esas cosas de las que no dispongo del tiempo como para realizarlas. Bueno, el trato de maese sería lo más correcto, sí. Y, finalizando esta adormilante plática, ¿qué deseas, Tuldhur? - Gareus se mesó la barba, apoyándose en su cayado, el cual se hallaba apoyado en la pared.

- Bien, maesetro Gareu... - dijo tartamudeando el pobre aprendiz.

- Maese, Tuldhur, maese... - le recordó Gareus, suspirando.

- Maest... Maese Gareus, le requieren en la Torre Violeta. - aclaró al fin el aprendiz, intentando sonreír. Gareus le sonrió a él también, y desapareció de la casa murmurando un conjuro de traslación. Tuldhur también se desvaneció sin pretenderlo, pues Gareus había conjurado haría unos 65 años un conjuro para que nadie entrara en su casa sin que él le dejara o estuviera el mismo gnomo en ella.

Apareció delante de un Alto Elfo, el cual se inclinó ante él.

- Le requería, por los diseños de una espada que me dio hace tiempo. No conozco a ninguna familia que sea Sombrasol, así que la espada y su forja queda a su cargo, y en todo caso, será para usted. Requerirá de la llama de dragones de los Cinco Vuelos, por cierto. También necesitará un buen herrero...

HOMENAJE A ANGELISS.

Gareus se halla actualmente en la Mano de Tyr. Él y sus tres reflejos exactos se encuentran reparando la campana, cuándo se encuentra un papel con sus frases favoritas.

Están muchas de ellas, pero una destaca sobre las demás. ¿Cuál es? Los magos no llevan espada.

Lentamente, desenfundando su pluma de ave, escribe "los magos que llevan espada son magos magníficos"

Al lado de este papel, se halla una botella con un líquido de color azul claro. El crecepelo.
Sonrió tristemente, recordando lo pasado.

Ojalá volvieran esos buenos tiempos.

Ojalá el mago portara una hoja. Una hoja bruñida en el mismo metal del que estaba hecho su corazón: oro.

UN DÍA NORMAL

Y hede aquí el continuará.

Ante vosotros, se halla una habitación ricamente decorada con lujosos motivos violetas, alfombras con un ojo dorado en su centro y tapices de colores inimaginables. Una ventana deja entrever la luz matinal en la suntuosa habitación que pertenece a Gareus Tuercaplata. Filas y filas de libros se alzan en el techo, repartidos en estanterías que forman un círculo casi infinito hasta llegar a una cristalera azul claro sin más decoración que una tuerca de color azul oscuro. Así pues, la sala está iluminada por un halo azul claro, apenas visible y forma un agradable ambiente. ¿Os lo imagináis ya? Bien, bien.
Apoyada en una pared de color dorado y violeta, está la cama del Archimago. Mucho más grande que la que tenía en Gnomeregan, en su casa, con su familia. Le viene como un zapato grande de vrykul a un gnomo con los pies pequeños, pero él parece estar cómodo, durmiendo apaciblemente en un amasijo de plumas, mantas y cojines. El gnomo tan solo lleva un sencillo pijama de color arcano, y duerme apaciblemente mientras la luz se derrama sobre él. Su larga y blanca barba parece brillar como la nieve, y sus bigotes, aún estando su amo en descanso, se alzan orgullosos.

De pronto, se escucha un sonido estridente y poderoso. El momento de ensueño que habéis presenciado se desvanece como una nube al salir un poderoso sol mañanero, y podéis ver la habitación con más claridad. Además de ser la habitación de un Archimago del Kirin Tor, es la habitación de un gnomo, con todo lo que implica. ¿Y qué implica que sea una habitación de gnomo, os preguntaréis? Bueno, yo os lo diré.
Básicamente, la habitación de este gnomo, se caracteriza de un montón de tuercas, aparatos, tostadoras y herramientas esparcidas en un orden, para las mentes no-gnómicas como las nuestras, ilógicas. Se puede ver una mesa en miniatura, una pared un poco ennegrecida por una explosión leve, un par de anteojos en la mesa, y más cosas así.

Tras haberos cerciorado de todos estos detalles, podéis ver como el pequeño y amigable gnomo abre los ojos lentamente, y se despereza cuál felino en la mañana. Baja con cuidado de su cama, y se coloca una túnica de color azul, con un tabardo del Kirin Tor, en su pecho. Gareus camina con la seguridad de un gnomo en su hogar, se sienta en su mesa, e invoca con un sencillo conjuro su desayuno. Unas tostadas recién hechas con la tostadora que él mismo ha hecho, y un vaso de leche le bastan para sobrevivir a un día lleno de diferentes situaciones y aventuras en las que estará encantado de participar.

Una vez ha desayuna, el Archimago se dirige a la puerta, se pone de puntillas para abrir, y una vez en el salón de su casa, baja por las largas y angostas escaleras de la torre en la que vive, en la que solo hay Archimagos y gente importante de Dalaran. Cabe decir que a Gareus le cuesta bajar por las escaleras, pero no lo demuestra. Un poco de ejercicio siempre es sano, y así no se gasta la magia irresponsablemente. Una vez sale a Dalaran, la luz del día le impacta en la cara, y sus ojos cubiertos con un sencillo monóculo plateado no tardan en acostumbrarse.

Una vez al mes, desde hará un par de años, que fue cuándo el Archimago empezó a ganar dinero gracias a sus tostadoras, se prometió que iría al orfanato y donaría cien monedas de oro. Y así lo hizo, aquel día. No se detallará mucho la peripecia del donativo, puesto que entregó las monedas de oro, dio caramelos a los niños, y se despidió.
Caminaba por las calles de Dalaran sin pausa ni prisa, hacia las clases, donde debía impartir "Ciencias arcanas aplicadas a la ingeniería gnómica".

Así podía ser el día del gnomo.

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