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Pesadilla en el Claro

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Relato escrito por Alherya.


Primera parteEditar

Sentía frío y, lo que era peor, estaba asustada. Se colocó un mechón de pelo negro tras la oreja, casi sin levantar la mirada. Había visto en el estado que había vuelto su Lord Comandante del Claro de Suldabad y temía volver igual que él. Además, se hablaba de demonios, de magia oscura y peligrosa, lo cual le daba aún más miedo. La Luz me protegerá, intentó convencerse la chiquilla. Se había mantenido ocupada en sus pensamientos durante todo el camino y seguía haciéndolo en aquel instante. Intentaba imaginarse cómo era un demonio y quería pensar en otra cosa, pues estaba convencida de que nada podrían hacer para derrotarle y que todos morirían aquella noche. Y, por si fuera poco, aquella noche les acompañaba Lord Adkins, a quien temía más que a cualquier demonio que el mismísimo Sargeras pudiera invocar. Estaba aterrada.
—Lady Tarja —pronunció el Lord—, id a ver, por la Luz.
Volvió a mirarse las botas. Apenas había levantado la mirada del suelo o apartado la mano de la empuñadura de su arma. Envidiaba a Tarja. Eran de la misma edad, pero con carácteres muy distintos. La Dama de la Casa era decidida y no parecía temer a nada, aparte de saber luchar desde hacía mucho aparentemente. Además, no se la veía tan niña como a ella, pues Inara tenía un rostro bastante inocente que la hacía parecer bastante más joven de lo que ya era. Sostén el arma con firmeza y procura no perderlo, o estarás muerta. Lady Eliane se había encargado de ella desde que Sir Mance Landcaster regresara al ejército. Con las primeras luces del alba la entrenaba y casi siempre terminaba con hematomas aquí y allá, y por la noche le enseñaba a leer y escribir. No se le daba bien ninguna de las dos cosas, pero al menos había mejorado en el manejo de la espada.

El chirriar de la trampilla por la que Tarja se había escurrido por órdenes de Lord Adkins rompió el silencio, y la antorcha de la mujer iluminó su rostro al salir, reflejándose en las armaduras de placas cercanas.
—Milord, debajo hay un pasadizo con una puerta. Al parecer hay un campo mágico que impide abrirla. Se requiere al mago.
Un escalofrío recorrió la espalda de la chiquilla. No le gustaba la magia, y que en aquella misión fueran necesarios magos le gustó aún menos. Estaba convencida de que, si se trataba de magia oscura, la Luz lograría deshacer ese campo del que hablaba Tarja. El grupo que había quedado compuesto por Lord Adkins, Tarja, Axel, el Mayordomo, el mago, Váyron e Inara finalmente entró por la trampilla, descendiendo por las escaleras. Allí el frío era más palpable y había humedad. Finalmente llegaron junto al resto del grupo que había acudido al Claro de Suldabad: Randyll, Lareon y Boromir. El Lord Comandante no había podido acudir porque, según le había contado Lady Eliane, se hallaba en cama con fiebre. Se alegraba por la mujer de las arenas. Iba a casarse con un hombre apuesto, de buena familia y adinerado. Ojalá yo tenga esa suerte también, pensó, pero el sonido que el viento hacía entre aquellos pétreos muros hizo que se centrara.
El paso estaba cortado por una pared con una runa dibujada en el centro. Según palabras del Maestro de Caza, un hombre siempre serio y que parecía un perro cuando gruñía, la Luz rebotaba así como la munición mágica de la que disponía. Se trataba, según el mago, de un muro de contención mágica. Hizo cosas extrañas que la joven no comprendía. Se le escapaba todo lo que tenía que ver con magia, así que no le prestó atención hasta que las runas en la pared se iluminaron, haciendo temblar todo. ¡Vamos a morir aplastados!, pensó. Pero, en lugar de venirse abajo el lugar, la puerta dejó paso al grupo y todo volvió a la normalidad, dejando ver dos caminos. Sin embargo, frente a ellos se encontraba un espejo. Intentó no mirarse en él rodeada de sus compañeros, pero lo hizo, y lo que vio hizo que se sentara en el suelo. Flexionó las piernas y las rodeó con los brazos, hundiendo el rostro entre las rodillas mientras lloraba desconsoladamente, temblorosa.

Las llamas lo envolvían todo. Estaba asustada, abrazada a su sucia y vieja muñeca de trapo. Se había despertado por el crepitar del fuego y el calor, pero cuando abrió los ojos sólo vio las llamas devorándolo todo. Le costaba respirar y tosía, con el rostro empapado en lágrimas.
—¡MAMÁAAAAA!
Inara corrió a refugiarse a un rincón del cuarto, intentando mantenerse alejada de las llamas. El humo se acumulaba con rapidez mientras veía cómo el fuego avanzaba a la misma velocidad. No oía ni veía a nadie. ¿Dónde estaba su madre y porqué no la había ido a buscar? Gritó de nuevo en busca de su atención, y finalmente la puerta se abrió. Apenas pudo distinguir la silueta que entraba a toda prisa, pero se aferró a ella cuando la cogió en brazos para llevársela, dejando caer su querida muñeca de trapo. Escuchó a su madre llorar mientras se acercaba a ella y llenaba sus tiernas mejillas de besos, abrazándola.
—¡Gracias a la Luz, Henry! —agradeció entre sollozos.
Su hermano mayor había entrado a buscarla y la había llevado de vuelta con su madre. Su casa no era la única que había sido presa de las lenguas de fuego que amenazaban con convertir todo en cenizas, pues otros dos hogares corrían la misma suerte. Su padre salía de una de ellas con la anciana mujer que allí vivía y que hacía unas deliciosas galletitas que a Inara le encantaban, pero para aquella mujer ya era demasiado tarde. Inara se abrazó a Henry, llorando todavía asustada. Buscó entre sus brazos y gritó.
—¿Qué pasa, Ina?
—¡¡No está!!
—¿Quién no está? —preguntó preocupado su hermano, buscando con la mirada a ver quién no había salido todavía de sus hogares.
—¡¡Margarita no está!! —gritó mientras lloraba y pataleaba—. ¡Margaritaaaaaaaaa!
Henry le besó en la cabeza y dejó que su madre la cogiera en brazos, prometiéndole que volvería en un abrir y cerrar de ojos con Margarita, su muñeca de trapo.
—¡Henry, quédate! —gritó su madre—. ¡Está a punto de venirse abajo, no seas imbécil!
Sin embargo, la silueta de Henry desapareció entre las llamas al entrar en la casa una vez más, minutos antes de que ésta se viniera abajo.

Henry, pensó, perdóname, fue culpa mía. La muchacha siguió llorando, presa de aquel recuerdo que creía ya olvidado. Había intentado alejarlo en un rincón de su mente, pero algo había hecho que lo recordara y se vio arrollada por una profunda tristeza.

Segunda parteEditar

Las lágrimas brotaban de sus ojos casi sin control. En aquel momento, en que se sentía una lacra para sus compañeros, aquel recuerdo había sido un golpe devastador contra su ánimo. Sabía que no era culpa suya, pero no podía dejar de sentir que lo era. El pesar continuaba allí cuando escuchó el cristal hacerse añicos. Désmond había logrado romperlo, pero Inara era incapaz de moverse. Vio a los demás volver en sí, de fuera lo que fuera que habían soñado, pero Lord Adkins no estaba con ellos. Debían encontrarle, pero también dividirse para cubrir los dos caminos que había. Tarja dirigiría el compuesto por Amry, Váyron y ella misma. Los demás irían por el otro.
Continuaron por el pasillo que se abría ante ellos. Parecía estar tallado en la pura roca, y algo de vaho salía de entre los carnosos labios de la joven. Siguieron avanzando hasta dar con el final del camino, cortado por otro cristal. Esta vez no apartó la mirada, pues no se vio a sí misma junto al resto de su grupo, sino a Lord Adkins llorando con una mujer en brazos, cubierta en sangre. En el suelo, a sus pies, un cuchillo empapado en aquel líquido carmesí. No había duda, se trataba de Lady Ariadne, la fallecida esposa de Lord Adkins. Conocía la historia. La bella mujer con la que se había casado años atrás su señor se había suicidado, y ahí fue cuando él cambió. Había muchas historias al respecto, pero debía olvidarse de ellas y centrarse. Por una vez sentía lástima por él y comprendía su dolor. No le extrañó ver cómo dejaba con cuidado a Lady Ariadne sobre el suelo y cogía la daga para levantarla después hacia su pecho.
—Es ficción —dijo Lady Tarja con seguridad en su voz.
Mientras discutían sobre qué hacer, Lord Adkins dirigió la mirada hacia ellos y, empuñando el arma, se dirigió contra el grupo. Cuando tocó el cristal, se rompió en mil pedazos ante la sorpresa de todos. Inara no pudo evitar dejar escapar un grito, por lo cual Lady Tarja la reprendió para luego indicar que había que seguir.

El pasillo les llevó hasta el otro grupo, al que se unieron nuevamente. Sin embargo, allí no había más que pared con dibujos en ella. El mago escudriñaba las inscripciones cuando una voz gutural parecía susurrar al grupo.
—Sul... du... Blotte... —fue suficiente para poner nervioso al grupo—. Bazzâ'ra sha...
El mago y el mayordomo hablaban sobre cómo seguir avanzando, pero Inara ni comprendía lo que decían ni tampoco estaba pendiente. El suelo había temblado con el primer susurro y estaba aterrorizada. No estaba preparada para algo así, no estaba preparada para servir a la Casa como se esperaba de ella. Nunca había dudado de sí misma tanto como en aquel momento, y Lady Tarja parecía tan... tan... Suspiró. Ojalá tuviera el mismo valor que ella, ojalá fuera más como ella. Su padre le había dicho que los soldados tenían una vida corta e Inara sabía lo que eso significaba, que no formaría una familia. Aquello no le importaba, pero quería que alguien la mirara como Lareon miraba a Tarja.
—No se trata de magia —oyó decir a Désmond—. Es mecánica, tiene que haber algún instrumento para abrirla.
El grupo se puso a buscar por el pasillo algo que pudiera abrir la pared, iluminando con las antorchas que portaban tanto el suelo como las paredes. Finalmente, ante el escepticismo inicial, tiraron de una de las antorchas que a saber cuánto tiempo llevarían allí ni quién las habría puesto. Era un tópico, tópico que hizo que la pared que les cerraba el paso desapareciera en el suelo. Ante ellos se encontraban unas escaleras que no dudaron en bajar, Inara quedándose lo más atrás posible. Al final de ellas había una cámara con un espejo en cada una de las cuatro paredes, y Víctor Montenor en el centro de la sala, atado al poste central. En sus manos libres, un cuchillo que no dudó en usar para cortar una de sus pequeñas muñecas. La sangre que emanaba de la herida se derramaba en dirección hacia el espejo. Los cuatro se llenaron de sangre seca, ensuciándolos y empañándolos.
—¡Atentos, apartaos de los espejos!
El grito de Sir Lambert se hizo eco poco antes de que la sala entera temblara, haciendo que el grupo entero perdiera el equilibrio y cayera al suelo.
—Sûl da Bal... ¡Sûl da Bal! —gritó Víctor.
De la oscuridad de los espejos apareció una silueta desdibujada. Inara, sin atreverse a ponerse en pie mientras la cámara se sacudía, pudo ver que era humanoide, pero sin forma. Suldabad cruzó el espejo mientras el grupo se levantaba y colocaba en posición defensiva. La muchacha pudo ver que medía más de dos metros, incluidos los cuernos. Su corazón latía a más no poder y el miedo se había apoderado de ella, pero sabía lo que debía hacer. Ahogó un grito cuando vio que otro ente emergía en la sala, agarrando a Víctor Montenor para la sorpresa de Suldabad. ¡Ahora había dos!
—La Luz nos protegerá... La Luz nos protegerá... —murmuró repetidamente Inara para sí. Aunque intentaba reunir valor, estaba aterrada. Iban a morir.

Tercera parteEditar

El fuego de la antorcha que Lady Tarja había lanzado a los pies de Suldabad atravesaban por completo la figura, iluminando tras ella. El ente se acercó hacia el pequeño Víctor con los brazos extendidos hacia él, justamente cuando una figura emerge tras él. Pese a la poca luz de la estancia, Inara pudo ver que portaba una toga de colores carmesíes.
—¡Flecha mágica, Roca! ¡Ahora! —gritó Sir Randyll Lambert.
Lareon obedeció al instante, tensando la cuerda de su arco con una flecha imbuida en magia. Apuntó y disparó, pero tanto Suldabad como la otra figura parecían mantener algo similar a un combate. La oscuridad se arremolinaba a su alrededor, las antorchas habían perdido intensidad y el frío se calaba en los huesos del grupo. El heredero Montenor se había desmayado, e Inara pensó que la pérdida de sangre había agotado su corta vida, pero se deshizo de aquella idea al ver que Váyron lo cogía en brazos para llevarle hasta las escaleras, lejos de la pelea.
—¡Ataquen primero al grande y después reduzcan al pequeño! —ordenó Désmond.
La lluvia de ataques contra Suldabad hicieron que Inara se mareara. Vio a sus compañeros atacar con sus armas y habilidades mágicas. La determinación se apoderó de ella, venciendo de una vez por todas al miedo, y enarboló su espada en el aire para dejarla caer sobre la criatura, identificada por el mayordomo Lidbebilius como un nathrezim. Tras el primer asalto, Suldabad invocó un enjambre de insectos. Comenzaron a revolotear alrededor del grupo. Inara apenas podía ver nada. Recibía cortes aquí y allí, en la poca piel que su armadura dejaba al descubierto. Intentó ahuyentar a los insectos, pero fue en vano, por lo que se tumbó rápidamente al suelo. En cuanto el zumbido provocado por sus alas desapareció, alzó la cabeza para mirar a su alrededor antes de levantarse. Suldabad estaba centrado en atacar al otro ente, al que ni el mayordomo ni Désmond habían logrado identificar. Pese a que parecía distraído con él, lograba con éxito deshacerse de los hechizos del mago y de las arremetidas de las espadas sobre él. Un estruendo inundó la sala con un ensordecedor eco. El disparo de Sir Lambert había dado de lleno en Suldabad, quien gritaba ahora de dolor. Del techo empezaron a desprenderse algunas piedras e Inara se apartó a tiempo cuando vio que varias de ellas caían sobre su cabeza.
—¡Por el León!
El grito de Váyron precedió al ataque del ente desconocido. La sala se bañó del color de la sangre mientras el ente succionaba la energía de Suldabad. Ambos gritaron con unas voces que harían temblar de pavor hasta al más valiente de los guerreros. Algunos miembros del grupo retrocedieron unos pasos con el terror dibujado en sus rostros, o al menos a Inara le pareció no ser la única a la que aquellos gritos le habían desprovisto de todo valor.
—¡¡No cedáis!! —gritó Lareon.
El mayordomo intentó huir, pero se quedó aterrorizado en las escaleras. Parecía incapaz de moverse. Incluso a la muchacha le pareció oír a Váyron diciendo que aquello era demasiado.
—¡Mayordomo! ¡Giraos y combatid, cobarde! ¡Si no, haberos quedado en la fortaleza!
Aquel grito de Sir Randyll hizo que Inara empuñara con decisión su espada. No quería ser una cobarde como el mayordomo, no quería que sus compañeros le vieran así. Aunque su valor hubiera huído, ella no lo haría. No podía dejar tirados a sus compañeros. Si iban a morir, lo harían juntos. Pero cuando decidió avanzar hacia Suldabad, éste se deshizo de la canalización que succionaba su energía y abrió los brazos, creando una ola expansiva que lanzó al grupo contra las paredes de la sala.

—¡Suéltame, demonio!
Váyron había sido capturado por Suldabad y ahora se hallaba entre él y el ente desconocido. Luchó por soltarse, agitando con desesperación su arma. El grupo se lanzó a liberar a su compañero y el nathrezim soltó de golpe al cabrero, quien no dudó en volver a la lucha nada más sus pies tocaron el suelo de nuevo.
—Mor... tales... —El corazón de Inara se aceleró al oír de nuevo aquella voz, digna de una pesadilla—. Vuestra vida no es... nada. Creéis que vuestro paso por este mundo tiene sentido... pero tan solo sois almas para cosechar. Ash'dâl... guzzashtra...
—¡No le dejéis hablar! —ordenó Lady Tarja.
Inara cargó con furia contra el demonio, lanzando un corte horizontal sobre el cuerpo del demonio. Aunque la hoja había abierto su carne, no parecía tener ningún efecto. Antes de que pudiera darse cuenta, la joven vio cómo desaparecía de delante de ella para saltar hacia el centro de la sala, impulsándose con sus alas. Las batió, alzando el vuelo, y creó un remolino de sombras. El grupo empezó a levitar y la muchacha sintió que iba a vomitar la cena. Algunos chocaron entre ellos, y otros cayeron violentamente contra el suelo. Suldabad, por otra parte, se posó grácilmente.
—¡Ahora, a por él! —gritó Lareon.
—¡Acabad con él! —le siguió Sir Lambert.
Inara se levantó del suelo con la espalda dolorida por el golpe cuando vio a Suldabad inmovilizado por el otro ente. Se lo estaba dejando en bandeja para atacarle, oportunidad que el grupo no dudó en aprovechar. Los ataques volvían a ir y venir, pero no fueron lo suficientemente rápidos. Suldabad volvió a liberarse ante la sorpresa de todos. Aun así, los ataques no cesaron por parte de ninguno de los presentes a excepción del mayordomo, quien yacía inconsciente a los pies de la escalera.
—¡Está debilitado! Luchen con todas sus fuerzas, siento cómo las suyas se desvanecen —advirtió Désmond a la vez que lanzaba un conjuro contra el nathrezim.
Aquellas palabras infundaron al grupo de energía y arremetieron una vez más contra el demonio, el cual lanzaba ataques al grupo entero. Inara apenas podía sostenerse en pie. Tanto la armadura como la espada eran una carga ya para ella, pero aguantó. Se preguntó cuánto llevaban luchando y cuánto tardarían en morir o vencer, hasta que el grito de Lareon hizo que clavara en él la mirada. Desenvainó su hoja y el acero refulgió cuando fue dirigido hacia el nathrezim, atravesándole el cuerpo y el corazón. Suldabad gritó de dolor como no lo habían oído antes y sus músculos se tensaron. Si bien el grupo daba por hecho que aquello era todo, el demonio lanzó un último ataque desesperado. Todos salieron expulsados contra la pared e Inara perdió el conocimiento al golpearse la cabeza. Todo se quedó en negro, pero su corazón estaba aliviado. Habían vencido. Daba igual si moría, había logrado lo imposible.

Abrió los ojos lentamente. Le costó reconocer el lugar en el que se encontraba. El cuerpo entero le dolía tras los varios golpes de la batalla, que ahora parecía un eco lejano en su memoria. Miró a su alrededor y vio a sus compañeros siendo atendidos en la enfermería de Fortaleza Sur. Se quedó allí, tendida en la cama, escuchando a su alrededor. El mago y Sir Darby se habían quedado en el Claro de Suldabad, buscando a Lord Adkins. Lady Eliane estaba nerviosa al pensar en la posible desaparición o muerte de su señor, pero Inara dibujó una sonrisa. Habían vencido a Suldabad y habían acabado con aquella pesadilla. Cerró los ojos una vez más, y las voces se tornaron en ecos distantes hasta que enmudecieron. Esta vez soñó, y soñó que Henry estaba con ella y con Margarita.

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