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Perseguir un sueño, quizás un destino

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Capítulo 1Editar

En la villa se respiraba tristeza, melancolía, era un día húmedo debido a una cruel tormenta que asolaba tanto la villa como el ánimo de sus gentes, y debido también a la sangre y las lágrimas que pronto debieran derramarse.
Una figura esbelta, cubierta en su mayoría por una capa oscura, grisacea, adornada con gruesas tiras granates, de pelo y barba rubios y pelirrojos visibles tan solo aquellas partes que escapan a la máscara de lobo que porta para ocultar la mitad superior de su rostro, caminaba a paso lento mas decidido hacia una Huargen. Mas no era ella una huargen cualquiera, sino una completamente destrozada, marcada.
Una zarpa vil, demoníaca, sustituía lo que un día fuera la zarpa de la huargen y su cuerpo estaba recubierto por runas y símbolos propios de los cazadores de demonios que brillaban con fuerza en una tonalidad verdosa. Poco quedaba de humanidad en aquel ser, supuestamente a medio camino entre humana y loba, ahora juntando aquel camino a la senda de los demonios.

La figura de pelo rubio, que trataba de resguardarse bajo su capa, ya fuese de la mirada de aquel espeluzante ser o del gélido temporal, se detuvo a escasa distancia de la desfigurada huargen, quien le miraba espectante, sin temor ni dudas.

Tras un doloroso silencio, marcado por la mirada apartada de la huargen y la cabeza gacha de aquel que portaba la máscara de lobo, este último habló, aunque lo hizo con una voz ronca, posiblemente de haber llorado o gritado en exceso hacía no demasiado tiempo, y con un tono bajo pero audible para la otra interlocutora:
-Hasta hace poco no lo entendía, Kieldaz. -Se detuvo, pensando en cómo continuar, repasando mentalmente cada palabra, como si ya tuviera un discurso preparado o quizás esperando una respuesta, mas al rato prosiguió. -Siempre me pregunté cómo te las arreglabas para encontrarme... y ahora me he dado cuenta. Me he dado cuenta porque ya... ya no eres capaz, no puedes.

La demoníaca huargen clavó en él la mirada, mas no de modo agresivo, sino intentando comprender por qué hablaba de aquello, hasta que pareció darse cuenta de qué le hablaba:
-Sabes que no es cierto Dael... aún te quiero, aún... -Sin embargo, pese a la alentadora respuesta de la llamada Kieldaz, a Dael no debió parecerle una respuesta adecuada, ya que con un extraño y característico bramido gutural, la hizo callar para continuar él hablando. Quizás no quería una respuesta.

-¿Era la brújula, verdad? -Sonrió de medio lado, aunque la media máscar impedía cercionarse de si era aquella una sonrisa de alegría o de melancolía, siendo más probable la última. -Si... hace tiempo me señaló hacia un lejano continente... hacia... ti. O más bien a quien fuiste en su día.

Aquella afirmación hizo enfurecer a la huargen, a quien se le erizó la melena y mostró su afilada dentadura, aún así habló sin elevar la voz:
-¿Cuándo dejarás de decir eso? ¿Cuándo entenderás que sigo siendo yo? ¿Que soy, siempre fui y siempre seré Nessrah? -Y aunque las preguntas iban dirigidas hacia Dael, parecía que también se interrogaba a si misma, denotaba aquello que ni siquiera ella misma estaba convencida de lo que decía.

-Kieldaz... -Suspiró. - Sabes tan bien como yo que ya no engañas a nadie, ni siquiera a ti misma. Aún así, no quiero desviar la conversación, se que dejarías de escucharme, te cerrarías.
Estoy seguro de que si pudiese sostener tu brújula, te señalaría a ti, sin duda alguna, mas solo por lo que conservas de Nessrah.
Y sé también que si la observases tú, apuntaría en una dirección diferente de en la que me encuentro. No puedes negarlo más.

-¿Has venido para sermonearme? ¿Para repetirme lo mismo que cada vez que nos encontramos? Ya lo he escuchado demasiadas veces Dael, demasiadas, y aún así no logro comprender qué pretendes repitiéndolo tanto. -La cazadora de demonios parecía descontenta, quizás hasta cierto punto asqueada, pues seguramente ya habrían mantenido conversaciones parecidas anteriormente.

-Apuntaría hacia tu maestra, ¿Cierto? O quizás hacia una hipotética fuente de poder infinito, o cualquier cosa que pudiese otorgarte más poder, por pequeña cantidad que fuese. -Aquello no debió agradar a la huargen, ya que ella volvió a apartar la mirada, no deseaba seguir hablando de aquel tema. Se hizo el silencio. El silencio de ambos se hizo incómodo, mientras aquel que portaba la media máscara de lobo se veía claramente abatido: -¿Dónde estabas cuando juraste no abandonarme jamás? ¡¿Dónde?! -Alzó la voz mientras, dejando fuera del resguardo de su capa tan solo un brazo, se retiraba la máscara y la arrojaba hacia el suelo, dejando ver sus ojos verdes, con un característico brillo que debiera ser azul y sin embargo se presentaba verdoso, y varias lágrimas escapando de ellos.

-¿Dónde estabas tú? Me dejaste de lado por lo que soy ahora, cuando lo descubriste. -La demoníaca bestia parecía indignada, molesta por la pregunta que le había lanzado cual puya.

-Deja de intentar engañarte a ti misma, admite tus errores de una vez, ¡Asúmelos! La cagaste, -Fue un gran cambio en el habla que había mantenido a lo largo de la conversación, ahora por fin parecía que hablaba de verdad, lo que pensaba, en lugar de un discurso previamente preparado. -y más de una vez. El destino se permitió el lujo de ofrecerte la oportunidad de tomar una decisión diferente en el mismo caso, y la desechaste. No fui yo quien te abandonó, yo me quedé en el mismo sitio, mientras te veía marcharte por tu camino. Uno que no volvería a seguir. -Bajó de nuevo la cabeza, pensativo.

Tras una corta espera, durante la cual solo se escuchaba el viento, la lluvia y los truenos, continuó:
-Mentiría si dijese que no se por qué lo hiciste, pue se que fue poder, un mayor poder, dominar aquel poder, mas no miento al decir que no lo entiendo, que no entiendo por qué lo antepusiste a tus seres queridos, aún si sabías que les provocaría efectos devastadores, no entiendo por qué los dejaste de lado.
Pero tampoco me sirve de nada decirtelo de nuevo... tiempo has tenido para comprenderlo, para pensarlo, y se que nada cambia que lo repita una vez más si no lo pensaste ya. No lo harás.

-¿Quieres que me lamente por mis errores? ¿Que pida perdón a quienes herí por ellos? ¿Y de qué serviría? Ya no tienen arreglo alguno... -Por un momento, aquel horrible ser llegó a parecer manso, se la veía entristecida, melancólica, por breve que fuese.

-No... He venido a terminar aquello que dejé a medias en Petravista. -Fue entonces cuando por fin abrió su capa, dejándola hacia atrás ondeando al fuerte viento, permitiendo la vista de su ancho traje de cuero, granate, repleto de marcas y dibujos plateados, además de sus guantes y sus botas que poseían forma de zarpas y que cubrían hasta el codo y hasta la rodilla. -Ahora, el camino de mi vida pasa por un río, Nessrah. He luchado... me he esforzado mucho para que fueses un tronco que me sacase a flote, un puente que me permitiese cruzarlo... y sin embargo, ahora no eres más que una roca atada a mi, que amenaza con hundirme para ahogarme. He tomado una decisión, y, por ello, destruiré la roca o me hundiré con ella...

Y, empuñando una daga en cada mano, con el filo hacia atrás, dio entonces un paso muy lentamente, y, mientras se colocaba en posición de combate, se lanzaba en carrera contra su amada, ahora su más duro adversario, en la que podría ser y, basado en sus anteriores peleas, seguramente sería su último combate.

Se despertó entonces el semi-elfo, con el rostro lleno de lágrimas, tumbado junto a su esposa, quien descansaba plácidamente sin percatarse del sufrimiento de su acompañante.
Procurando no hacer ruido, Dael'Natthar se levantó y comenzó a vestirse con el atuendo que portaba en el sueño.
-¿A dónde vas cielo...? -Aquel tenue y dulce hilo de voz, que procedía de su mujer, Vedvedsica, le sobresaltó.

Tras pensarlo unos momentos, más para sí mismo que para responderle, la miró, y, con una dulce sonrisa respondió:
-Necesito pensar... me es imposible dormir, tengo demasiadas cosas en la cabeza, no te preocupes... -Y, sin esperar respuesta, se marchó de la habitación, colocándose la máscara una vez en la calle y partió en dirección a Villa del Lago. Restando importancia al viaje, en Villa del Lago nada encontró referente a aquel agitado sueño, o quizás pesadilla, inclusive cabía la posibilidad de que hubiera sido una revelación, como aquellas que recibían los chamanes.
Observó largo y tendido desde el tejado de la posada, su lugar favorito de la zona, sin hallar rastro alguno de aquella imagen que invadió su mente no mucho tiempo atrás. ¡Diantre! Ni siquiera hacía el mismo temporal.

-Ha sido una pérdida de tiempo, como esperaba. -El jóven semi elfo parecía intentar convencerse con aquellas palabras, convencerse de que no había sido tan crédulo como para pensar que se volvería realidad un mísero sueño, o... quizás por haberse dejado llevar por la debilidad de volverla a ver, fuesen cuales fueran las circunstancias.

Se retiró entonces a la sombra de un gran árbol, en un rincón apartado del pueblo. Aquel lugar le traía recuerdos, aunque Dael no sabría si considerarlos buenos, malos o irrelevantes. Además, no estaba allí para recordar nada, para pensar en nada, había llegado a aquella Villa esperando cumplir algún tipo de destino, de misión asignada por algo superior, y también un deseo, aquel deseo que llevaba bullendo en su interior desde hacía meses, antes incluso de su último encontronazo con Kieldaz.

Cansado y vencido tanto física como mentalmente por la falta de horas de sueño, se tumbó y observó el cielo hasta caer rendido a causa de tal fatiga, para ser acariciado y rodeado por los brazos de una aún peor visión sobre un posible futuro o tan solo un mero sueño, más emparanoiante que el anterior, al menos a sus ojos, o más bien, su pensamiento.

-Calma... serenidad... -Pronunciaba Dael con un hilo de voz, apenas audible entre el chocar de sus armas contra las de Kieldaz, el silbar de estas al viento y los golpes físicos que se regalaban el uno al otro. -Sin ellos no eres sino un monstruo, una aberración. -Parecía totalmente centrado en el combate, mientras que recitaba tales palabras cual máquina programada para ello, sin perder la concentración. -La rabia te controlará si tú no la dominas. -Y con aquella frase cerró los ojos, sin dejar de moverse en el fervor de la batalla, sin sufrir por ello una desventaja frente a la Huargen. -Tu fallo fue creer que dominar era utilizar, cuando en realidad es apagar, anular... en todo.

-¡Ya basta! ¿Cuántas veces me repetirás lo mismo? ¿Acaso puedo corregir ahora mis errores? ¡No! -El que Dael'Natthar se mostrase extremadamente calmado en aquel combate, que podía suponer el fin de la existencia de uno o de ambos contendientes parecía irritar profundamente a Nessrah, mientras que algo en ella la mantenía contrariada, quizás por luchar a muerte contra alguien a quien tan verdaderamente amó, o quizás porrque pensaba en las palabras que le recitaba el semi elfo, dándoles sentido con sus experiencias.

Sin embargo, poco pudo durar cualquier reflexión que estuviese llevando a cabo, si de verdad lo hacía, en aquel combate, debido ello a un rayo de luces destellantes que cruzó desde el lado derecho justo por delante de Nessrah, el cual habría impactado de lleno en ella de no ser por su gran percepción y habilidad para la esquiva de ataques, incluso si son inesperados.

Aquel extraño rayo le resultaba demasiado familiar a Dael'Natthar, que observó estupefacto a quien lo había proyectado, no debía comprender muy bien por qué estaba allí ni tampoco por qué atacarles de aquel modo.
Aquel rayo, poseía detalles cristalinos, de todos y cada uno de los colores, y brillaba con demasiada fuerza como para observarlo detenidamente, y sin embargo sí sabía de qué procedía. 

El artefacto que lo contenía era llamado ''Grimorio de Aura'' aunque entre unos pocos, incluido Dael, se sabía que el original era el de ''Libro de Ryu'', ya que perteneció al mencionado archimago antes de la invasión de la Plaga a Lordaeron. También sabía que aquel rayo, eliminaría todo rastro de perjuicio, ya fuese enfermedad, peste, o lo que fuese, del objetivo, a coste de transmitirlo al taumaturgo, que en aquel momento no era otro que Dorgen Haser, su padre, acompañado de dos soldados rasos de Remdes Nart Dahm.

-¿Padre? ¿Qué haces... -Y sin terminar de formular sus preguntas, comprendió. Su padre se encontraba allí para cumplir el cometido que él le encargase tiempo atrás, y que quedó sin completar por el robo del libro: Eliminar la corrupción Vil de Nessrah. Aún con todo Dael sabía que aquello podía no funcionar, e incluso matarla. ¿Su padre se disponía a recibir tal tortura de por vida si ayudaba así a su hijo? "¡Guardias! ¡Guardias! ¡Son dos Huargen, se van a despedazar ahí mismo! ¡Que alguien haga algo! ¡Guardias!'' Aquel grito venía de corta distancia ya que a pesar del aspecto desértico de la Villa, una residente de la zona les había encontrado de lleno en mitad de un mortal duelo, con ahora un invitado indeseado que no pudo contestar a su hijo por esta interrupción.

-No... no pueden cogerme aquí, yo... Ved... esto no acabará conmigo en una celda, no... le... les haría daño... -Durante aquellos instantes, el combate de detuvo, y Dael parecía desconcertado, bloqueado, mientras que Nessrah se erguía espectante, poco antes de desaparecer entre las sombras, así como su padre se alejaba junto a sus propios guardias.

El semi elfo no tuvo mucho tiempo para pensar. Varios guardias se acercaban hacia ellos, y parecía que uno gritaba para recibir próximos refuerzos. Al parecer en aquella villa los Huargen habían montado más de un espectáculo.
Aún si este continuaba absorto hasta instantes antes de que el primer guardia intentase agarrarle, reacciono de modo veloz y decidido, combatiendo contra los guardias, alejándolos, derribándolos, sin usar sus armas, tan solo su cuerpo y sus extremidades.

Se defendió, pero antes de la llegada de los refuerzos, fue apresado entre varios soldados a la vez:
-¡Soltadme! ¡No podeis hacerme esto! ¡¡¡Soltadme!!! ¡Aún no debo ir! ¡No debo ir! -Sumido en la desesperación, no podía hacer más que gritar, no quería darse por vencido, pero era demasiado dificultoso deshacerse de los cuatro hombres que le sostenían, el quinto que le observaba y los que posiblemente estuviesen por llegar aún.

Pero algo hizo cambiar la decisión que Nessrah había tomado. Esta se lanzó sobre los guardias, armada con sus hojas dobles, características de los cazadores de demonios, que había empuñado anteriormente contra el actual preso de sus objetivos. Intentaron defenderse, pero una vez Dael pudo soltarse, luchó codo con codo con su una vez amada, como en los viejos tiempos, una temporada que terminó prematuramente y que Dael echaba de menos, quizás demasiado.

Una vez se deshicieron de los cinco, cada uno a su modo, cruzaron sus miradas. Ambos con ojos cristalinos, a sabiendas de que querían decirse algo, algo muy importante, callaron, y el silencio consumió aquella escena, no solo los sonidos, sino también el tiempo, que casi se detuvo para facilitar el entendimiento de ambos sobre lo que el otro quería expresarle.

Fue por eso mismo que un grupo de nada menos que ocho guardias, contando a dos que se habían levantado, aún dolidos por los golpes que les había encajado Dael'Natthar, les cogieron por sorpresa, y aunque Nessrah pudo escapar, se llevaron al ahora sumido en un total silencio y calma semi elfo.

Despertó entonces aún a la sombra del árbol bajo el que se acostó, mas no era capaz de saber exactamente cuánto llevaba dormido, aunque seguramente fuese poco, ya que el sol parecía seguir en la misma posición.
Con algo de sudor y una extraña sensación al haber sido este una continuación del anterior sueño, quizás demasiado real, se levantó emprendiendo su camino de regreso al hogar.

Cada vez tenía más claro entre todos sus otros pensamientos que estaba perdiendo el juicio... aún más, o al menos más notoriamente.

Capítulo 2Editar

Pocos días pasaron desde que Dael creyera haberse librado de tan dolorosos sueños, poco tiempo tuvo para pensar sobre ellos, pues cierta noche, consumido el desanimado guardia por el alcohol de taberna, rendido ante el sueño en la mesa que solía ocupar cuando quería estar solo, siempre para pensar y meditar ayudado por su fiel compañero, el vino... de nuevo fue atacado por visiones de un abstracto futuro que hasta donde había llegado a pensar Dael, debía tratar de seguir, debía lograr alcanzar.

El jóven semi elfo andaba a paso lento, cabizbajo y pensativo, escoltado por cuatro guardias de Ventormenta. Según parecía, caminaban por el distrito de mercaderes, y si esta ''visión'' guardaba realción con la anterior, se dirigía hacia las mazmorras.

Se detuvo en seco, así como los guardias, que le miraban espectantes, extrañados por dicho parón en el movimiento. Y su espectación fue compensada con una horrible visión de cómo Dael'Natthar adoptaba su verdadera forma: Su forma de Huargen.

Al momento, los guardias solo escucharon un bramido gutural al tiempo que recibían zarpazos y golpes, alejándose de quien se suponía custodiaban. Gritaban pidiendo ayuda, ya que su preso se había librado de ellos y era peligroso.

Aunque los primeros momentos Dael se mantuvo a la espera de los movimientos de la guardia que seguramente vendría a por él, pronto se dio cuenta de su error al subestimar las acciones que realizarían al escuchar la llamada de socorro de sus compañeros. Más de diez guardias se acercaban a gran velocidad hacia él. ¿Habían dado acaso el aviso anteriormente de que podría ocurrir esto? No había tiempo para pensar, así que trató de huir.

Poco a poco, aún siguiendo su estela, guardia tras otro caían, en solitario, apartados del resto... Dael'Natthar sabía que de aquellos momentos dependería el resto de su vida, o inclusive el tener un ''resto de vida''. Realizaba cada movimiento con cautela, daba cada paso pensando en el siguiente, pero sabía que no le duraría por siempre.

-Eh Dorgenflare, ¿Piensas volver a pasar aquí la noche? Tu señora se enfadará. -Era la voz de Reese, el bonachón del tabernero, que con buena intención despertó al semi elfo para prevernirle de la ira de su esposa, y aunque no lo sabía, también salvarle de aquellos sueños.

-¿Eh? Ah... yo... esto... gracias... ahora me marcho, espero no haber molestado... -Dorgenflare, como le llamaban algunos por la ciudad debido a la complejidad de ''Dael'Natthar'' y por su padre ''Dorgen Haser Ragdor Flareder'', ofreció una forzada sonrisa al amable tabernero, pagó lo que debía y se marchó sin mediar más palabra.

Algo iba mal, no podían ser meras coincidencias. Si los ''sueños'' no eran provocados por estar perdiendo el juicio, más pronto que tarde acabaría siendo al revés.

Tiempo después...
Si la noche del primer sueño en el que Dorgenflare creía ver su futuro era húmeda y fría, la que ahora veía ante él, en Ventormenta, lo era aún más. Fría, con una lluvia que calaba hasta los huesos, como pequeñas esquirlas de cristal.

Era extraño, Dael'Natthar no recordaba haberse dormido esta vez. La visión era incluso más real que las que había tenido antes. Justo ahora que había creido haberse librado de aquellas torturas mentales llegaba esta pero... ¿Por qué? ¿Y por qué seguía la misma ''historia'' que las anteriores? Estaba claro que alguien intentaba decirle algo pero... ¿Qué? ¿Que siguiera ese camino? ¿Que lo evitase? Y lo más importante, ¿Qué estaba haciendo mal para que le siguiesen torturando así? Esperaba llegar a darse cuenta pronto.

Aún le perseguía la guardia... ¿A cuantos guardias habría matado ya? Según recordaba, el anterior sueño comenzaba a plena luz del día y este sin embargo tenía lugar en una noche tormentosa... esperaba al menos que fuese en aquel mismo día.
Sangre... estaba cubierto de ella mas no atinaba a averiguar si era de heridas propias o de los guardias que seguramente habría matado cruelmente.

Algo le empujaba, le guiaba hacia su casa, tenía algo importante que decir a alguien aún más importante. Se puso en marcha a paso ligero, aprovechando cada sombra, cada sitio donde ocultarse, pues si un solo guardia era capaz de dar la voz de alarma seguramente sería incapaz de dar tan necesario mensaje.

Aunque dificultoso, el camino no se hizo largo. La salvaje forma que aún adoptaba le permitía moverse con gran agilidad por las calles e incluso los tejados.
Pronto, llegó a su casa, donde tocó la puerta suavemente, llamada más que suficiente para que su mujer, Vedvedsica abriese la puerta tan solo para quedarse atónita, asustada al verle.

-¿R-rubio...? ¿Qué te ha...? -Con voz entrecortada, Vedvedsica era incapaz de articular una frase completa. Estaba claramente asustada, aunque había visto con anterioridad a su esposo en forma de Huargen y con aquella vestimenta, más apropiada para un asesino que para un guardia de la ciudad como era, no creía haberle visto antes cubierto de sangre en una noche tormentosa.

-No hay tiempo, amada mía. -Dorgenflare no sabía qué decir, y sin embargo hablaba por inercia, guiado por aquella visión más realista de lo común. -Por favor... cuida de Gardenia, y cuidate a ti también. Yo... algún día lo entenderás. -Aunque al verdadero Dael'Natthar le habría gustado decir algo más, no fue capaz, tanto por la incapacidad de tomar decisiones de aquella visión, como por la guardia, que se acercaba gritando que allí se encontraba el asesino. Antes de que Vedvedsica pudiese volver la mirada a su marido tras echar un rápido vistazo a los guardias este ya había desaparecido, y observaba desde un tejado a los desconcertados guardias y, con suma pena, a su mujer. Ya no podía huir mucho más.

Algún día lo entenderás...

Capítulo 3 Editar

No tardaron demasiado en encontrarle tratando de escapar en la ciudad. Aunque luchó como si por su vida fuera, cierto en este caso, los guardias le redujeron y apresaron, aunque prácticamente tuvieron que llevarle a rastras.

Sin embargo, una vez en la celda, a sabiendas de que pronto terminaría su vida pues le colgarían por el asesinato de los guardias que trataron de arrestarle, no bramaba, no se agitaba ni trataba de escapar. Tan solo se lamentaba.

Se lamentaba por el camino que eligió aquel día en la taberna, cuando conoció a una dulce muchacha llamada Blancanieves, se lamentaba por seguir firme en aquel camino cuando supo la verdad sobre su ser, su maldición, y también cuando ella misma decidió que aquella misma aflicción la dominase. Se lamentaba por haber vuelvto a tropezar con la misma piedra cuando se repitió, esta vez con un tinte demoníaco.

Pensaba en su mujer, Vedvedsica, y en la hija que juntos habían traído al mundo. Se preguntaba si Gardenia, su hija, crecería sin un padre, o si Vedvedsica encontraría a uno postizo, incluso si decidiría acabar con su vida como en anteriores ocasiones o con la de su hija. Un profundo pesar le invadía al pensar en todo lo que le ocultaba a su esposa, cada mentira, cada minuto que la engañaba... Ella no se lo merecía.

Si algo le dolía era tener que abandonarlas, a las tres, a Blancanieves, a Vedvedsica y a Gardenia, las tres mujeres más importantes de su vida. Aún en su mente, el nombre con el que seguía apareciendo era Blancanieves, pues fue de quien se enamoró, Nessrah y Kieldaz no eran sino restos desfigurados de lo que ella una vez fue y jamás volvería a ser.

Sumido en sus penas y lamentos que ya no tenían sentido alguno a estas alturas, no fue capaz de darse cuenta de que la noche había pasado y la mañana llegaba junto a su fin.

-Sacadle de ahí, ha llegado su hora. -Quien pronunciaba aquellas duras palabras no era otro que Marcus Renault Laguna, su superior, miembro de Remdes Nart Dahm, orden liderada por el padre de Dael'Natthar en la que este último era un alto rango. Pero sabía que no habría contemplaciones, en la orden Dael'Natthar mandaría sobre Marcus mas ahora trataban temas legales y para Marcus eran dos mundos distintos, en este él era el superior.

Sin mediar palabra, los guardias le llevaron hasta la horca, colocada en el Casco Antiguo, cerca del Centro de Mando, a vista de los ciudadanos. Dael'Natthar no se sorprendió al ver caras conocidas asistiendo a su ejecución, amigos y enemigos. Bragni, Dannia, en especial se fijó en ellos dos. Parecían apenados, supuso que no esperaban que él cayese jamás tan bajo como para morir así.

Momentos antes de iniciar la ejecución, Marcus Renault Laguna habló: -Dael'Natthar Ragdor Vallealto, hijo de Dorgen Haser Ragdor Flareder y Shino Vallealto. Soldado, guardia y cruzado de la Alianza según su hoja de servicio. Se le condena, a muerte en la horca, por el asesinato de varios miembros de la guardia de la ciudad, sin tener en cuenta detalles como corrupción en sus tiempos de alto rango de la guardia, o temas aparte sobre corrupción demoníaca. ¿Querrás compartir tus últimas palabras con los asistentes?

Dael'Natthar parecía realmente afligido, se había fallado a sí mismo, pero también a todos los que habían confiado alguna vez en él, a todos los que le habían querido, a todos los que él había querido. Pero ya daba igual, aquí acababa su camino. Esperaba, de corazón, que todo el bien que un día hizo al menos compensase todo el mal que le siguió. Al menos.

Con voz quebrada, el rostro enjuagado en lágrimas y un todo de voz casi ''muerto'', se decidió a dar su discurso final: -Jamás pensé... que moriría así: Bajo la atenta mirada de desprecio y decepción de todos los que un día confiaron en mi. Siempre me guié... por el honor, por... no... a quién pretendo engañar... nunca fue mi prioridad. Me guié por aquellos a los que amaba, los que me importaban, todos ellos... hice todo cuanto pude por que todos ellos fuesen felices, al menos... mientras yo estubiera a su lado... lo que fuese... no importaba lo que costase, lo que me pudiera pasar... solo quería su felicidad. Solo... solo puedo decirles... a todos ellos... a todos vosotros... que... lo siento.

-Siendo estas las últimas palabras del condenado, y frente a todos vosotros, que se cumpla su condena. -Y Marcus Renault Laguna bajó la mano, indicando que acabasen con el sufrimiento de aquel afligido condenado.

El propio Dael'Natthar, aún tratando de recordarse a si mismo que aquello no era más que un sueño, una ilusión, sin demasiado éxito, era invadido por un profundo dolor pues sentía verdaderamente todo cuanto aquella visión le hacía sentir, le guiaba a decir. Se hizo entonces el silencio en su mente y en la ilusión.

Abrió entonces los ojos asustado, ¿Qué había pasado? ¿Dónde estaba? ¿En qué fecha y momento se encontraba? Se hallaba totalmente desorientado. Aún así, todas aquellas dudas se resolverían rápidamente, pues se hallaba en Elwynn, frente a su madre, Shino Vallealto, una Gurth'Dorei.

Extrañado, pensando en si aquello sería quizás otra ilusión, habló dudoso, y sin embargo solo por hablar sin verse obligado a hacerlo se dio cuenta de que no lo era: -¿Madre...? Tú... ¡¿Tú me has hecho esto?! -Miró entonces a su alrededor, nadie más que ellos, él y su Madre, con medio rostro cubierto y la otra parte inexpresiva. -Tú... pero... ¿Por qué? ¡¿Por qué tanto dolor?! ¡¿Para qué?! ¿Conseguir mi muerte? ¿Evitarla? ¡¿Qué?!. -Claramente aquello le había sacado de sus casillas, se sentía traicionado y confuso.

Shino, aún con la boca tapada, hablaba de modo perfectamente entendible, claro, alto y directo: -Soy tu madre, Dael'Natthar... Tan solo quiero lo mejor para ti. Lo único que ocurre es que la Sombra Olvidada me ha facilitado un camino mejor por el que mostrarte lo mejor: Tu mente. Lo que yo haya proyectado no ha sido invención, no ha sido tortura, tan solo te ha mostrado aquellos temores que con tanto esmero entierras, aunque no debieras. Lo que hayas visto es lo que crees, lo que sabes que pasaría.

Atemorizado, no por el hecho de que ella hubiese entrado en su mente, sino por la verdad de sus palabras, hablaba ahora más para si mismo, bajo, inseguro, incrédulo: -No... Yo jamás... No llegaría a tal extremo, yo solo... solo... -Sin embargo fue interrumpido bruscamente por Shino, ahora con un tono más serio en lugar de maternal y condescendiente, era una clara reprimenda.

-¿Solo qué, Dael? ¿Solo traicionarías a tus seres queridos? ¿Solo los abandonarías por pura lujuria? ¿Solo matarías por esa... ¡Eso!? -Y sin embargo, aquellas palabras desencadenaron lo contrario que pretendían. En lugar de subyugar a su hijo, provocaron una tremenda furia en él, que abrió los ojos de pa en par, y cuyo semblante se torno al que solía mantener siempre que contenía la ira. Pero dio igual cuánto quisiera contenerla, aquello le haía superado, en pocos momentos la forma que dominaba su apariencia era de Huargen.

-¡¿Lujuria?! ¡¿Traición?! ¡Qué sabrás tú de traición, tú que te vendiste a la muerte y al dichoso Grimorio! -Aquel fue un tremendo golpe, que afligió visiblemente a la Gurth'Dorei. -¿Realmente... crees que sería capaz de todo lo que he pasado por mera... lujuria... pasión...? ¡No! ¡Demonios, no!Amo a Vedvedsica, quiero con todo cuanto soy a mi familia, ¡Que no son otra que ella y mi hija! ¡Ni tú ni padre ni nadie! Pero es cierto... también amo a Blancanieves... yo no lo decidí aunque ello no me exculpe. Todo... simplemente pasó. Actué mal... sí, lo se... pero no me arrepiento, pues lo único que dese lograr con mi vida es la felicidad de aquellos a los que quiero, y la quería, la quiero. Si con tanto fervor persigo el darle muerte, no es sino para darle fin a su sufrimiento.

Se produjo un incómodo silencio, Shino se hallaba amedrentada, realmente no esperaba tan brusca respuesta de su hijo, no lo había visto crecer pues ella había muerto cuando apenas llegaba él a la adolescencia siquiera, para ella aún seguía siendo un niño, un niño grande, pero comenzaba a entender que no era así. Dael continuó:

-Y qué más da ahora... se ha ido, y no volverá... ni siquiera... ni siquiera se si continúa con vida... Quiero a Blancanieves... la única persona a quien lo negaré será a Ved... solo por su felicidad... y aún así... poco queda de quien nombro... si ya poco quedaba en Nessrah, ahora como Kieldaz lo poco que aún reside en tan vil carcasa se... muere... y siento que es mi culpa, siento... que no puedo hacer nada... Lo hice lo mejor que pude... intenté todo cuando estubo en mi mano para lograr la felicidad de Blancanieves, ¡Y de Vedvedsica! pero no fue suficiente. De ninguna queda apenas de quienes un día fueron, por uno u otro motivo. Pero no me arrepiento.

Shino, con la cabeza ladeada y una mirada con cierto matiz compasivo, decidió hablarle de nuevo, aunque no demasiado convencida de sus palabras: -A pesar de tus errores... a pesar de que hayas visto a dónde te llevaría seguirlos... tan solo se te ha mostrado lo negativo... y sin embargo... -Suspiró entonces. -Tanto tú como yo sabemos que... seguramente... -Y alzó su mano hacia su hijo, Dael sabía lo que venía ahora. Esperaba que aquella fuese la última ''revelación'' a la par que albergaba dudas y miedos por lo que ocurriría en su propia ejecución. Temía verse morir, engullido por sus errores.

Al instante, Shino cerró los ojos y Dael se agarró la cabeza con ambas manos, forcejeando, como si le quemase, le doliese, como si estubiese volviéndose loco, aunque aquello no duró muchos, pues al instente se hallaba arrodillado, preparado para ver qué escondía su mente.

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