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Orgullo, prejuicio y orcos

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Relato escrito por Gorgal. Hilo original aquí.



- ¡LEVANTAD, ESCORIA! ¿Así es como pensáis que funciona una horda? - Rugía el instructor - Puede que para una horda de múrlocs podáis dar el perfil. Incluso, para una horda de jabaespines. ¡Pero NO para LA Horda! ¡Quien suelte el escudo tendrá que sujetar uno el triple de pesado, y quien suelte el hacha realizará el resto de ejercicios del día con lo que yo le señale!

No era ninguna broma. Un recluta ya estaba realizando los golpes básicos empuñando una carretilla, mientras que otro los intentaba realizar empuñando al jabalí que originariamente tiraba de esa misma carretilla.

- Mi misión es conseguir sacar de vosotros algo de utilidad... - Continuaba el instructor.- Y siempre logro lo que me propongo, ya sea útil para el campo de batalla o útil para el puchero. ¡TÚ, espabila y endereza esos hombros! Bien. Puede que nuestro Jefe de Guerra vea en vosotros todo el potencial que espera, pero sabed que el Jefe en el campo de entrenamientos soy YO. Orgrimmar no se levantó en un día, y vosotros no llegaréis a Kor'krons en un año si no trabajáis duro.

Gor'gal sacudió la cabeza. El instructor tenía razón. Su pueblo había tenido que soportar un largo camino para llegar a instalarse en el erial que ahora conocían como Durotar: una tierra roja como la sangre y seca como el olvido del mundo que tuvieron que dejar atrás. Claro que, esas ya eran historias de sus padres y de los padres de sus padres. Pero a Gor'gal le gustaba hablar de aquellas míticas tierras en Draenor. El hogar ancestral de los orcos se le antojaba legendario.

No recordaba dónde había nacido. Si en aquel mundo distante o ya en estas tierras en las que tanto odio había sembrado su pueblo. Lo primero que le venía a la memoria al ponerse a pensar en su pasado era la guerra, al igual que la mayoría de hermanos que estaban junto a él en el campo de entrenamiento.

– ¡Estoy aquí, Gor! – exclamaba Drazak mientras le enviaba un poderoso golpe con el mango del hacha. – ¡Soñar despierto en mitad de un combate significará tu muerte y la de tus compañeros!

– ¡No hace falta que me lo digas, Draz! – Contestó nuestro fornido protagonista mientras bloqueaba el ataque con su escudo. – ¡Tu vida estará más segura en mis manos que en las de las de aquella orco de la semana pasada!

Drazak era un orco un poco más bajo que Gor’gal, pero fornido. Llevaba el pelo recogido en un copete muy elevado con el que solía hacer numerosos símiles con su aparato reproductor. Quizá no era el mejor en la arena de entrenamientos, pero sabía llevarse mujeres a la cama. La última resultó ser mejor guerrera en diversos aspectos y le había dejado unas interesantes cicatrices en el pecho. Gajes del oficio.

– ¡Ja! Sé bien qué vida te gustaría tener en tus manos, Gor… ¡Pero he de decir que está fuera de tu alcance!

– ¿Es que piensas atreverte con ella? Draz, siempre supe que eras algo inconsciente, pero nunca te tuve por suicida. Tendrás que… – Gor’gal comenzó a encadenar sus duros golpes sobre Draz. – … Dejárselo… ¡A tus mayores!

Y desde entonces Drazak tuvo que sumar una cicatriz más a su lista de tareas pendientes. Gor’gal se dio cuenta de que tal vez se había pasado un poco con el bueno de Draz. Le ayudó a levantarse y le dio algunas palmaditas en la espalda.

– Kalgra únicamente se fija en los más fuertes, Draz. Será mejor que te hagas a la idea de quién de los dos conseguirá cazar con ella. No queremos que se te rompa el corazón en mitad de una batalla. Podría significar tu muerte y la de tus compañeros.

Tras unas risotadas, ambos amigos se dirigieron a la armería para reparar las armas que habían destrozado en esta última sesión. ¡Qué bien se lo habían pasado! Pero, como en todas las historias, esto sucedió hace ya algunos años. Con el paso del tiempo las risas de entonces se convierten en un eco distante que no cesa de atormentar, recordando al oyente que toda época pasada fue mejor.

Para Gor’gal lo fue.

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