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Luz mortecina

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Relato escrito por Grizoltk. Hilo original aquí.



Incluso en el ojo del huracán, en pleno caos, hay un momento para la reflexión.

Pero, ¿Sobre qué reflexionar? Hay una posibilidad por cada estrella en el firmamento , y erramos en no meditar sobre asuntos aparentemente mundanos que lo requerirían. Es otro error el de dedicar más tiempo del debido a ello y, por tanto, caer en las fauces de la pasividad.

Yo soy de los que creen firmemente que uno debe reflexionar conforme tu propia vida te plantea sobre qué reflexionar. Puede ser un derrotero incierto o traicionero, mas, al fin y al cabo, en esta existencia pocas cosas plenamente seguras hay.

En esta ocasión, alrededor de un pequeño, humilde fuego, se unen varios caminos, caminos de personas totalmente distintas que, por un tiempo, se tornan iguales.

Mi mirada viaja a través de ellos. La primera es una orco, que viste armadura pesada con ornamentos oscuros y afilados; Sus colores son oscuros, mezclando negro, óxido y rojo sangre. Sus ojos, en cambio, contrastan, siendo su superficie azul eléctrica y sus iris y pupilas un foco de luz del mismo color, mientras que su piel, grisácea oscura, sí que parece más afín a su armadura.

A su zurda, encuentro a un orgulloso orco de piel aguamarina. Éste viste pieles de color blanco y tiene un semblante decidido, enmarcado por unos rasgos recios. Se sienta de manera relajada, y sostiene una jarra con tranquilidad. Un lobo, loba, siendo concreto, yace tendida cerca del fuego, con los ojos cerrados.

Su compañera se hallaba no muy lejos de él. Su melena color castaño, que cae como dos cascadas a sendos lados de su semblante, disimula a pesar de no ser capaz de ocultar del todo la amargura que siente; Su mirada salvaje en ocasiones se pierde, para clavarse súbitamente en el fuego, o escrutar discretamente a cada uno de los allí congregados. Sus manos reposan ocasionalmente en sus caderas.

Un tauren de pelaje grisáceo se sienta a su izquierda. Sus cuernos se curvan hacia delante, uno de ellos con un anillo dorado como ornamento. Él es un Caminante de los Espíritus, y se nota que su senda es una de las más místicas: Su estado de elevación espiritual imprime una resolución firme en su porte digno y en su mirada.

Continúo viajando con la mirada, y encuentro a una pandaren. Aunque no conozco mucho de su pueblo, puedo deducir que es una suerte de exploradora o viajera, pues sus ojos color esmeralda, redondos y brillantes examinan todo cuanto le rodea con ilusión y curiosidad. Viste una armadura de cuero, y porta armas cortas, por lo que quizás no erre del todo en mi vaticinio.

La piel gris clara de la orco que se halla inmediatamente a su lado llama mi atención: Los ojos de ésta son amarillos y refulgentes, bellos en mi opinión. Su boca se curva con aire torvo y desafiante. Es una Faucedraco, pero no ha seguido a la lagarta de Zaela; Es fiel a la Horda, a la Horda del honor. Eso me llena de orgullo, pues es señal de que la Horda que tanto aprecio llama por igual a supuestos traidores, que reniegan de su pueblo de canallas.

Por último, encuentro a un aguerrido veterano orco: Arrugas, cicatrices y una mirada feroz conforman su cara. Su pelo está recogido en una coleta práctica, cómoda para luchar. Viste una armadura de índole intimidante con runas amarillas: Es de ornamentación Vrykul. Su hacha está bañada en sangre seca, dejando claro que un guerrero es un guerrero independientemente de su edad.

Y, claro está, tras de él voy yo. Pero mi apariencia no es de relevancia en mis propias reflexiones... ¿O tal vez sí?

Bueno. Visto pieles de lobo blancas, y la testa inerte de un lobo gélido cubre por completo la parte superior de mi cabeza. Mi piel es azul y voy cargado de objetos rituales... No se ve mucho de mi cuerpo, lo que más, mi cicatriz de guerra, que surca mi torso.

Todo esto gira entorno a la pregunta que formula Ulfgeir, el otro chamán con pieles. Una pregunta aparentemente sencilla. "A pesar de todas las penurias que hemos atravesado, ¿Merece la pena? ¿Creéis que hemos recibido una justa recompensa?"

Mi mente responde de inmediato "No". Pienso en lo acontecido en los últimos días, y reconozco que al final, de una forma u otra, los males que están pasando se compensarán, haciendo esto debatirme entre el sí y el no. Pero pienso en mi vida y comienzo a decantarme de nuevo por la negativa.

Mentiría si dijera que no las he pasado canutas. Muchos en mi lugar tendrían ahora como hogar un ataúd, pero yo no; He sobrevivido. A costa de que poco a poco note cómo se me escapa la cordura, pero... he sobrevivido.

Tras la apariencia de los demás, que he definido hace poco, se esconde una historia. Una historia de naturaleza desconocida para mí. Puede ser más triste o más alegre, pero de peso, en todo caso.

Ellos también han pasado sus penurias... ¿Pero acaso son tan graves como se plantean inicialmente, en comparación con lo que yo he vivido?

Cualquiera instintivamente, con una vida como la mía, diría que no. Creo que es un grave error. No podemos negar la gravedad de los infortunios de otros, basándonos en los nuestros. Si razonáramos así, nadie ajeno a nosotros sufriría, dejándonos en una posición egoísta.

La reciente intervención de la pandaren, Tzao, compara esta situación -Una serie de agravios concatenadas- con el descenso por un pozo. Que, pese a que toquemos su fondo, aún queda una luz de esperanza y cambio.

Griza, la orco inerte, la campeona caída, se levanta. Ella está en posición de responder lo que responde; Hay ocasiones en las que no existe luz alguna, que son tales los horrores que uno ha vivido, que se apaga por completo y no vuelve a encenderse.

No le falta razón... por ahora. A medida que pienso en lo que acabo de oír, que lo medito, comienzo a cuestionarlo. Griza se levanta y parte a descansar. Mi mirada vuelve al hogar, el cálido fuego, y por consecuencia a los que allí quedamos reunidos. Aunque algunos tensos, otros tristes y otros normales, noto algo que compartimos: Una hermandad creciente, una unión, pues todos estamos alrededor de aquellos leños ardiento, como iguales, hermanos. Reflexionando sobre el mismo tema, formando nuestras opiniones y, algunos, animándose a debatirlas. Quizás por vez primera en unos días, nuestras mentes se abstraen momentáneamente de toda la locura y matanza que nos rodea para disfrutar de un momento de unidad.

Claro. Hermandad. Es la solución. Es... la luz.

En este tipo de momentos, son en los que nos animamos a quitarnos parte de la carga de nuestros hombros. Otras personas nos escuchan y nos obsequian con su experiencia, juicio y sabiduría. Algunos incluso involuntaria y desinteresadamente cargan parte del peso de nuestra alma en sus hombros... y el gesto acaba volviéndose recíproco. Como resultado, caminamos con menos de nuestras propias cargas, pero las suplimos con las de otros. Y así... es como somos nosotros, en nuestra mundanidad, somos quienes gracias a nuestra camaradería acabamos brillando con luz propia. Quizás intensa, quizás mortecina... pero, al fin y al cabo, Luz. Luz que nos guía para salir de ese pozo en el que se convierten las malas rachas.

"A pesar de todas las penurias que hemos atravesado, ¿Merece la pena? ¿Creéis que hemos recibido una justa recompensa?"

Ahora no, pero sin duda así sera. Para ello, debemos actuar juntos, como hermanos, como los lobos de una manada que permanece unida... donde todos cuidan de todos.

Cuando me doy cuenta, la medianoche me arropa con su cielo estrellado, y el fuego ya se apagó. Todos se han ido. Me levanto paulatinamente, y, satisfecho por la noche que he pasado junto a mis compañeros, parto yo también.

Pase lo que pase, espero que esta manada, la nuestra y la que es la Horda, jamás olvide que si nuestros espíritus permanecen unidos, nuestros caminos, por mucho que se separen, siempre volverán a unirse... para vivir momentos de felicidad y reflexión incluso cuando la oscuridad nos esté devorando.

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