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Los carroñeros de Tierras Altas

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Incursiones de los Carroñeros Negros en las Tierra Altas
Imagen de Incursiones de los Carroñeros Negros en las Tierra Altas
Información de la Batalla
Fecha 04/02/2016-10/03/2016
Lugar Tierras Altas Crepusculares
Resultado Derrota de Gonnar y dispersión de la banda de orcos
Beligerantes
Senado de Forjaz
Clanes Martillo Salvaje
----
Comandantes
Enano Martillo Salvaje.gifColin Bramal
----
Foro.png

El Cónclave del Martillo parte hacia las Tierras Altas Crepusculares, donde una manada de orcos, fieles a los ideales de Garrosh y Zaela, están realizando ataques y saqueos en los pueblos enanos.

El embajador Montocre, a través del Senado ha reclamado ayuda y el Cónclave, que acaba de llegar a Bramal tendrá luchar por detenerlos.

RelatosEditar

El regreso a Forjaz - Galic Buchebarrica (relato introductorio)Editar

La sede del Cónclave del Martillo se encontraba solitaria a esas horas de la noche. Los pasos de Galic Buchebarrica resonaban por toda la cavernosa estancia mientras el enano se paseaba observando con actitud metafísica el variado mobiliario del edificio que a estas alturas parecía más un museo que un salón de reuniones. El elemento que más llamaba la atención era la gran calavera de dragón que desde las alturas miraba desafiante al estar colgada en el centro de la estancia bajo la adornada bóveda de medio punto que recorría todo el alto techo. Era la calavera del dragón Viriaxion al que habían dado muerte en una de sus primeras misiones para el senado de Forjaz junto a Valtheim. Había recordatorios de todo tipo de cada lugar del mundo al que el Cónclave del Martillo se hubiese desplazado en sus expediciones desde los tiempos en los que Bolgar Acero de Escarcha y Lufatt Bromh fundasen el Primer Cónclave de Piedra. Varias de las recientes adquisiciones de Uldaman y Azjol-Nerub se hallaban sobre expositores a cuyos pies se encontraban cajas, sin duda de materiales que aún no habían llegado a exponerse.

El senador Martillo Salvaje se detuvo al fondo de la estancia, donde bajo un elaborado estandarte con gemas engarzadas que mostraba un gran martillo de oro sobre campo de bronce se encontraban los bustos de todos los antiguos líderes de los sucesivos Cónclaves enánicos. Galic se detuvo frente al de Gilfor Forjatruenos, el que fue líder del Segundo Cónclave de Piedra y que cuatro años atrás se había alzado con la victoria en el Primer Torneo Ámbar, sin poder evitar que se le escapase una risotada mientras alzaba el trofeo de Subcampeón de la cuarta edición del mismo torneo que se le había concedido hace dos días. El chamán había atesorado buenos momentos en su memoria de las semanas que habían pasado en Darnassus bajo la hospitalidad de Gilnar, líder de la Hoja de Ámbar. No podía sino darse cuenta de los muchos paralelismos, salvando las diferentes tradiciones raciales, que esta organización tenía con la suya, ambas destinadas a la noble tarea de defender a sus respectivos pueblos.

La primera vez que Galic supo de esta compañía de elfos fue en tiempos mucho más aciagos, compartiendo trincheras en los Baldíos del Sur mientras combatían a la horda con la amenaza constante del dragón Alamuerte sobre sus cabezas. La Alianza debía estar más unida que nunca, y muchas fueron las tropas que se reunieron en el Fuerte Triunfo para tratar de frenar el avance de la Horda hacia Theramore, en el este. Gilfor había movilizado al Cónclave de Piedra, Hoja de Ámbar también había respondido a la llamada, así como el Cónclave Arcano, la compañía Espadas y algunos miembros de la orden del Alba de Plata. En el campamento había tenido ciertas dificultades para adaptarse al carácter de estos elfos de la noche, ya que la primera impresión que había recibido, al ver el desdén con el que algunos trataban a la Altonato Ailil, fue la de que se sentían por encima de los demás seres. No tardó en darse cuenta de su error, los enanos se encontraban, si no igual, más divididos y con mucho odio entre sus clanes, no era de extrañar que una civilización tan antigua como la de los elfos de la noche albergase una cantidad mucho mayor de prejuicios e intrigas. En estos últimos años en los que los Martillo Salvaje habían decidido formar parte de la Alianza había conocido mucho más mundo que en toda su vida y ya eran bastantes los elfos que podía contar entre sus amigos, tales como Dargwen o Larie que le hicieron admirar el amor que estos seres sentían por la naturaleza, y ahora tras el Torneo Ámbar podía decir que había hecho buenas migas con Gilnar y su gente. Galic sonrió al acordarse del día de su despedida.

-Sí que les gustaron mis canciones a las elfas. Bien lo sabe el viento, sí señor –Comentaba en voz baja mientras se daba la vuelta hacia sus dependencias.

El regreso a Forjaz había sido demencial, según entró en su despacho al llegar de Darnassus se había encontrado una pila de papeleo pendiente. Galic odiaba la burocracia y prefería sumergirse en crónicas sobre campañas y aventuras que a todo Martillo Salvaje inspiraría esa ansia de adentrarse en lo desconocido tan propio de ellos, mientras que los otros clanes, más taimados, tendrían más aptitudes para estas tareas. De todos modos no pudo imaginar a otro Martillo Salvaje que no fuese él mismo que estuviese dispuesto a vivir entre columnas de documentos, muchos de ellos apenas sabían leer.

Al entrar esa noche a su despacho, vio ese montón de tareas pendientes coronado por una nueva misiva. Al echarle un vistazo vio que entre todo el protocolo típico de la administración enánica se podían leer las palabras: “…el próximo domingo se convoca al Cónclave del Martillo en la sala del Senado de la ciudad de Forjaz dos horas antes de la media noche al sonar el cuerno de las diez para atender las peticiones que esta institución, en nombre del Consejo de los Tres Martillos, tiene para encomendarles…” Continuadas de innumerables agradecimientos y firmas que atestiguaban la veracidad del papel. La pesadumbre de más deberes aún se disipó al entender lo que esta carta suponía. – ¡Un nuevo viaje! –Pensó Galic mientras dejaba la carta y olvidando las incontables tareas pendientes se lanzó a la carrera a buscar a su grifo para irse a tomar el aire y contar estrellas fuera de la ciudad.

Los Carroñeros Negros (relato introductorio)Editar

Una hondonada en el verde y abrupto terreno les servía de guarida. El orco pardo evaluaba la defensa de la zona desde un risco que otorgaba una visión general de la densa arboleda por la que habían elegido ese emplazamiento para ocultar su campamento, situado en un abrigo que se plegaba sobre la concavidad.

-Servirá –Dijo el orco al camarada que acababa de situarse a su lado –Pero no es perfecto, mañana habrá que seguir moviéndose.

Los dos orcos no podían ser más distintos pese a compartir la raza. El primero no era muy alto ni corpulento, pero toda su musculatura era fibrosa y compacta, extremadamente atlética, cubierta por una piel uniforme de color caoba. Su rostro era firme y autoritario bajo una larga melena negra, mientras que de su mentón caía una trenza hasta el pecho. El recién llegado, por otra parte, se trataba de un orco enorme e hipertrófico sin ningún pelo en todo su cuerpo, de piel gris azulado y cubierto de tatuajes y cicatrices.

-Estoy de acuerdo Gonnar –Contestó con una voz profunda el orco calvo –Pero no debemos posponer demasiado la próxima incursión, los recursos cada vez son menos al tener que alimentar a las bestias.

-No desesperes Bruk –dijo Gonnar tras una carcajada –Seguiremos el curso del río, las granjas de esa zona son ricas y producen mucha cebada.

Ese comentario produjo instantáneamente una sonrisa en Bruk, cuyos ojos, de un amarillo brillante, no podían ocultar una tremenda satisfacción. Las profundas diferencias entre los dos orcos no se limitaban al plano físico, ya que en sentido estricto ni siquiera pertenecían al mismo tiempo. Gonnar era un orco del clan Grito de Guerra que había llegado con la Horda de Hierro a Azeroth recientemente, mientras que Bruk era un veterano Faucedraco nacido durante la primera guerra, ya en Azeroth. Mientras que uno se mantenía puro, el cuerpo del otro ya cargaba con todos los achaques de magia vil que su raza llevaba arrastrando desde hacía más de treinta años.

-Me alegra tenerte de vuelta camarada –decía Gonnar al tiempo que palmeaba la espalda del Faucedraco- Enséñame qué me has traído.

Los dos orcos comenzaron a descender a la hondonada. Desde arriba la arboleda permanecía silenciosa y en calma, no se movía ni una hoja. Bruk alzó la mirada a la copa de uno de los primeros árboles y entre la maleza, sabiendo donde mirar, se dio cuenta de la presencia de un orco de color pardo cubierto de pintura negra, le conocía, se llamaba Bemokk, un chamán Foso Sangrante. Al caminar más allá del árbol sobre el que estaba asentado el chamán quedó claro cuál era su función. La impasible calma quedó instantáneamente sustituida por un barullo más típico de un bazar, el chamán controlaba con gran esfuerzo los vientos para que el sonido de la guarida no llegase más allá de su posición.

La llegada al abrigo rocoso vino precedida de los aullidos de los lobos y el entrechocar del metal allá donde entrenaban los demás orcos. Todos los orcos, de todo clan y condición, llevaban su cuerpo pintado con brea negra realizando todo tipo de dibujos. Este grupo de pintorescos orcos que se hacían llamar los Carroñeros Negros, se había formado en las trincheras de las Tierras Devastadas, allí los Faucedraco y los orcos leales a Garrosh habían facilitado la entrada a Azeroth de la Horda de Hierro desde Draenor. Este batallón había estado liderado por Gonnar con el Faucedraco Bruk de lugarteniente y habían sido destinados a la vanguardia contra la Alianza, cerca de la costa tras arrasar Nethergarde. Con el avance de la tropas de la Alianza se vieron aislados del resto del ejercito de la Marea de Hierro, tras lo que Gonnar ordenó seguir avanzando, llegando a la costa, donde abordaron y se hicieron con un barco de la Alianza. Tras zafarse del resto de la flota pusieron rumbo norte, hacia el Puerto Faucedraco buscando apoyos, pero al llegar quedaban pocos partidarios de Zaela en el asentamiento, y a los pocos días se vieron exiliados por las Tierras Altas Crepusculares, pasando por los distintos asentamientos Faucedraco reclutando todo aquel con valor de luchar por una horda de orcos fuertes y conquistadores dedicándose a la guerrilla por los distintos asentamientos enanos de las Tierras Altas y los Humedales utilizando los escarpados valles como escondite. Tras la derrota de Zaela en la montaña Roca Negra muchos de los orcos dispersos por las montañas de Khaz Modan decidieron buscar a esta banda de orcos para unirse a ellos y continuar la lucha, resultando de esta manera una tropa de un número ya considerable que podía resultar una amenaza para poblaciones más grandes en las que a la larga poder asentarse.

Bruk tenía varios espías y colaboradores habitando en los asentamientos Faucedraco a los que, pese a ser leales a la Horda, no dirigían sus incursiones para que tolerasen sus tropelías por las Tierras Altas. Este día concreto el enorme orco acababa de volver de una visita a uno de estos colaboradores, quien le había facilitado un medio para poder cumplir sus objetivos. En el fondo del abrigo había una oquedad en la que se abría una cueva de cierto tamaño a la que Gonnar y Bruk llegaron a buen paso.

-¿Cumplirá con nuestras expectativas? –Preguntó Gonnar mientras acostumbraba su mirada a la oscuridad de la cueva. El estruendoso rugido que sucedió a la pregunta respondió de forma muy clara a su pregunta.

Relato de AmodrusEditar

La tensión comenzaba a notarse en las facciones del Cónsul Hierro Negro. Tensión, inquietud y remordimientos.

Llevaba ya dos horas luchando por concentrarse en la lectura de un antiguo vademécum. Normalmente, el olor a papel anciano, el color amarillento de la tinta y la basta textura del cuero de la encuadernación absorbían al hechicero, que disfrutaba aún más estudiando antiguos secretos que bebiendo una pinta de cerveza. Pero esta vez no. No, no lograba pasar de página. Las circunstancias de las pasadas semanas se sucedían en su mente de manera continua, y el libro ni siquiera lograba distraerle.

Frustrado, apagó la llama de la vela con los dedos y dejó reposar su cabeza sobre el escritorio.

La habitación quedó a oscuras.

Es común la creencia de que los Hierro Negro disfrutan con la oscuridad tanto como de las conspiraciones. Que las sombras son inherentes a su naturaleza cruel y taimada. Pero, sin duda, tales estereotipos no pueden estar más equivocados porque en las sombras Amodrus no encontró consuelo alguno. La soledad atenazó su corazón mientras veía el tiempo pasar lentamente, sin hacer nada por evitarlo.

No era algo nuevo, pues los acontecimientos recientes se desarrollaron justamente así: sin que él pudiera hacer nada por evitarlos. Claro que, de esto, prácticamente ningún otro enano sabía nada. A ojos del Cónclave del Martillo, Amodrus no tuvo la culpa de que se boicoteara la expedición a Uldaman. Es más, la culpa de toda la conspiración la tenía un extremista Barbabronce. Un taimado político que decidió extraer una reliquia de los nerubianos y usarla contra los valientes enanos para robarles la cordura y responsabilizar de todo ello al buen Cónsul Hierro Negro. Porque los Hierro Negro han de abandonar Forjaz, pues nadie puede fiarse de ellos, y el que lo haga es un iluso y un estúpido.

Amodrus inclinó la cabeza para mirar por la ventana. Fuera, ardían grandes antorchas, capaces de iluminar los inmensos salones de Forjaz. Podía ver por la ventana a Hallmar, un Hierro Negro de confianza, montando una silenciosa guardia frente a su hogar. Un patriota astuto, sin duda, al que dio permiso para realizar un ardid secreto a espaldas del resto del Cónclave... por el bien de la nación.

Pero, muy a su pesar, se sirvió de un engaño para lograr una posición ventajosa. Las normas de la política, dirían, y no se equivocarían. Pero ese no es el nuevo espíritu con el que los Hierro Negro tratan de forjar su futuro. Bien se lo recordó Sabrenna Yunque Negro. Tan noble... y tan fiel. La postura de Sabrenna le llenaba de vergüenza, pues se pudo ver a sí mismo reflejado en su ardiente mirada; y aun así, eligió llevar a cabo una opción diferente.

La decisión final, como Cónsul y como Senador, recayó en él. Y por su decisión se juzgó injustamente a un respetable Senador de Forjaz. No supo verlo, no. Y cuando todas las piezas se colocaron en el tablero, no pudo impedirlo. El alfil derrotó al Rey, siendo Amodrus un mero peón en juego únicamente capaz de mirar al frente, cuando toda la batalla se desarrollaba hacia sus lados.

En la oscuridad, decidió levantarse de la silla en dirección a su cama. Arrastró los pies, distraído y apesadumbrado. ¿Dónde quedó el poderoso Cónsul, representante de todo lo honorable que puede ser un Hierro Negro? Aquel heroico hechicero que luchó con fiereza y sabiduría al lado de sus compañeros, sabedor de la reputación de su gente y con la misión de hacer ver a todos los pueblos enanos que el suyo es un Clan tan honorable como cualquier otro. Su trabajo, que llegó a parecerle sencillo, ahora estaba en entredicho para él. ¿Cuál era su fuerza real? Amodrus sintió como si su cargo solo incluyera una gran responsabilidad y nada de poder. Y, entonces, cayó sobre la cama. Enterró su rostro en la fría almohada y esperó a que pasara la noche.

Dio gracias a que nadie pudiera verle en su momento de debilidad. Pero no fue completo el regocijo sabiendo que había alguien que había orquestado toda la obra, que conocía lo sencillo que era manipular al Puño del Consejo, y que ese alguien compartía su misma sangre.

Los Hierro Negro son fuertes, y fuertes son sus aspiraciones. Y cuanto más fuerte se volvían, más culpable se veía el buen Cónsul Ferroestrella.

Galic, El Estratega (relato introductorio)Editar

El Cónsul Martillo Salvaje atravesaba la Gran Fundición de camino a su morada pensando en lo que acababa de suceder. En la asamblea del Cónclave del Martillo acababan de proponerse las distintas tareas que el Senado consideró de mayor importancia para que su brazo armado se hiciese cargo.

Galic había llevado el proyecto de una misión que tarde o temprano tendría que llevarse a cabo, la recuperación del Escudo de Throrberg, una reliquia que se encontró en poder del Cónclave de Piedra, pero que se perdió en las trincheras de los Baldíos del Sur varios años antes. La sorpresa del chamán había sido cuando el anciano Valtheim Thandruinson había llevado una petición de ayuda del embajador Montocre. Ya no es que fuese raro por venir de una de las delegaciones más recónditas de todo Khaz Modan, cerca de donde nació Galic, sino por su contenido. Al parecer una manada de orcos violentos estaba campando por los bosques de las Tierras Altas y cada vez aumentaba más en número, estos no respondían ante la horda ni ante nadie y desaparecían tan rápido como irrumpían en los asentamientos enanos.

Estos detalles los pudo conocer más tarde, al terminar la asamblea, en la cual Galic sin dudarlo no solo había votado a favor de defender las Tierras Altas, sino que se había presentado como Estratega para dirigir a las tropas en esas abruptas tierras tan conocidas desde su infancia. Pese a algunas objeciones de Sabreena Yunque Negro finalmente Galic había sido nombrado Estratega.

El viaje se iniciaría casi de inmediato, la preocupación pasaba en ciertos instantes por la mente del enano, pero en el fondo estaba bastante tranquilo, la zona sobre la que se habían dado estos ataques quedaba bastante alejada de las tierras del clan Barbafuego y los orcos son un problema que su gente sabía muy bien cómo tratar. El único pensamiento que pasaba por su cabeza era ”Por fin, ya era hora de volver a casa”.

Una artimaña del tamaño de un ettinEditar

Galic se estrujaba los sesos en la barra de la taberna de cazadores de Bramal, en estos momentos más que nunca echaba de menos la sabiduría del anciano Valtheim. La banda de orcos conocida como los Carroñeros Negros no habían dejado de jugársela desde que habían llegado a Bramal. Era prácticamente imposible rastrearlos, entraban y salían rápido del combate, pintados completamente de negro en la noche, además de que no se mantenían en un mismo lugar dos noches seguidas.

Según Colin Bramal eran una tropa cada vez más considerable y variopinta liderada por un orco llamado Gonnar... un orco de la Horda de Hierro que había llegado tan al norte con sus renegados, férreos defensores de sus ideas de supremacía racial, que además pretendían instalarse en las provincias más remotas de Khaz Modan. Como si no tuviesen suficiente los clanes Martillo Salvaje de las Tierras Altas con los Faucedraco y los restos del culto Crespuscular, de repente aparecen estos desalmados. La vida en las riveras del río Verall cada vez era menos segura.

El cónsul Martillo Salvaje se sentía desbordado, desde que habían salido de Forjaz no había tenido más que complicaciones. En Dun Algaz ya habían sido asaltados por una cuadrilla de bandidos Faucedraco, y desde que el agradecido viaje en grifo desde los Humedalescque les había dejado en Bramal no había parado de trabajar. Participaba y organizaba las patrullas por las distintas granjas y zonas de cultivo del concejo de Bramal, además de que en esos mismos instantes se estaba celebrando el Concilio de Ventormenta en la capital Humana, donde Trinkle, una sacerdotisa de la comuna gnómica, les mandaba detallada correspondencia de las distintas propuestas atada en las finas patas de una de las aves de Galbur, el sacerdote Pico Tormenta que les acompañaba en la campaña.

Esa noche había sido especialmente movida, dado que los miembros del Cónclave del Martillo habían salido a la carrera al grito de "¡Ettin!¡Un ettin al este!" para enfrentarse a la bestia. Al llegar al lugar, siguiendo las indicaciones de Colin Bramal, la granja tenía severos daños, pero no había rastro de ningún ettin, hasta que al avanzar más allá pudieron contemplar el brutal asesinato por parte de la gargantúa de la inocente granjera, que anteriormente supo que se llamaba Gwindel. Los enanos cargaron contra el ettin, que defendiéndose apartó a Galic de un fuerte tortazo, pero con los esfuerzos combinados y un afortunado golpe de la bayoneta de Forgrim cayó muerto. Esto no fue el final del asunto, ya que Galic, al haberse criado en estas difíciles tierras, sabía que los ettins no suelen moverse solos. No pudo terminar de expresarlo cuando aparecieron otros dos ettins de menor tamaño entre la espesura que cargaron furiosos al ver el cadáver de su compañero. La batalla fue más encarnizada y ágil, terminando uno con un acertado disparo de Sobek y el otro decapitado ante los brutales golpes del mandoble de Biktur Barbatrueno.

Los enanos dieron enterramiento al cadáver de la enana lo suficientemente alejados de la orilla para evitar que una riada se llevase la tumba y pusieron rumbo a Bramal. Biktur portaba la cabeza del último ettin como testigo de que la venganza había sido servida, pero la sorpresa les aguardaba en Bramal, ya que allí fueron informados de que los ettins habían sido una mera distracción provocada por la misteriosa banda de orcos para que las patrullas dirigiesen su atención a las granjas orientales mientras ellos arrasaban tres de las granjas más occidentales con la seguridad de que no iban a encontrar resistencia.

Galic golpeó la barra con un puño, luchando entre el sueño al pasarse la madrugada pensando como afrontar esta amenaza y la ira suscitada por el engaño de un hatajo de orcos. La disyuntiva entre separarse y rastrearles más aislados, o juntar la mayor cantidad de enanos y esperar pasivamente a que aparezcan le parecía abrumadora, estos orcos eran impredecibles, su modo de vida nómada les concedía siempre la ventaja de la sorpresa la totalidad de las veces. El Cónclave del Martillo necesitaba poner estrategias en común, ya que como estratega comenzaba a sentirse impotente.

Con este pensamiento el enano terminó por quedarse traspuesto en la barra de madera de castaño, babeando los posa-vasos verdes con una botella de licor de las Tierras Altas por cabecero de su improvisada cama.

La tierra es de sus ancestrosEditar

Gonnar se paseaba entre sus subalternos montado sobre su enorme lobo, Asolaestepas. Estos se encontraban congregados alrededor de los distintos hogares al cobijo de un bosque de abetos altos y negros en las faldas de una de las montañas tras las cuales el paisaje de Khaz Modan se abre hacia el mar en las Tierras Altas.

El orco detuvo su lobo frente a un grupo de orcos que formaban de pie delante de él. Estos eran los distintos místicos y chamanes que formaban parte de su tropa. Eran unos espíritus fuertes que no tenían miedo a doblegar las fuerzas que les rodeaban bajo su control, cosa que Gonnar valoraba en gran medida. Al frente del escuadrón se hallaba Bemokk, un demencial chamán Foso Sangrante cuyos ojos de un rojo profundo brillaban en contraste con su piel, que llevaba completamente cubierta de pintura negra.

-¡Hermanos míos! –Comenzó Gonnar su discurso– ¡Fuertes guerreros orcos! Vuestras raíces se asientan profundo en las tierras de Draenor. Aunque no nos hallemos en nuestro mundo, y aunque muchos de vosotros ni siquiera habéis nacido allí, la sangre de los más sangrientos señores de la guerra corre por nuestras venas. Es un legado que llevamos con orgullo y por lo que somos lo que somos, ¡Conquistadores! –Esto produjo una gran agitación en las hogueras, se alzaron los cuernos de grog a modo de aprobación y se vitoreó al líder Grito de Guerra– Estas tierras, habitadas por seres débiles e inferiores, algún día serán vuestras; pero aun así estos enanos sienten que sus raíces se asientan en este lugar, y al igual que Draenor no daría la bienvenida a forasteros, los de las Tierras Altas no nos la darán a nosotros. Esta tierra no es de los enanos, es de sus ancestros, y sus padres y abuelos jamás estarían a gusto bajo nuestras botas. ¡Por lo que, Bemokk, lleva a tus chamanes al Monte del Rayo, profana y destruye sus tumbas, que nadie pueda decir que esta tierra estuviese habitada antes de que Gonnar puso el pie en sus costas!.

El loco chamán le contestó con un chillido estridente, y encabezando a la ristra de místicos saltó corriendo el primero hacia aquel lugar sagrado para los Martillo Salvaje que se recortaba en el horizonte, el Monte del Rayo.

El guardián del Monte del RayoEditar

El sonido vibrante del repiqueteo de las duras plumas de su grifo ante el fuerte viento llenaba los oídos del enano mientras ascendía a gran altura rumbo a Kirthaven. Desde allí aún se veía el Monte del Rayo algo convulso, ciertos girones de nube negra, alguna muestra de desprendimientos o algún relámpago ocasional, pero Galic sabía que los elementos no tardarían en calmarse. Podía ver desde su posición como entre los árboles se recortaba el gran menhir entre los árboles de la cima, cuyos adornos ya habían sido reemplazados tras el asalto de los orcos.

Tras la artimaña con los Ettins, la tropa del Cónclave de Martillo fue a socorrer una granja al este de Bramal desde la cual se alzaba una columna de humo. Se acercaron por detrás del edificio principal y entraron a través de un orificio en el tejado, allí un chamán orco pintado completamente de negro trataba extraer la energía vital de Seamus, el dueño de la granja, aunque al verles no tardó en desvanecerse en una nube negra sin dejar rastro. Mientras Amodrus socorría al pobre campesino, Galic, Sabrenna y Agravín, un humano de Stromgarde viejo conocido de Galic, habían ido por delante a plantar cara a cualquier orco que quedase por la zona. Tas registrar toda la granja y no encontrando nada relevante, Galic y Sabrenna debatieron sobre el tipo de magia que el orco había utilizado para huir, pero en mitad de la conversación se percataron de que las pequeñas tumbas de la familia del granjero se hallaban profanadas, cubiertas de brea y prendidas fuego. A esta visión grotesca se terminaron uniendo todos los presentes, cuando Amodrus, tras hablar con el granjero herido comentó que este le había transmitido las palabras de su torturador: “Vamos a conquistar esta tierras, hasta a vuestros ancestros”.

Tras hablar y debatir a que podrían referirse estas palabras Galic se percató de que el Monte del Rayo, la morada de las tumbas de los mayores héroes Martillo Salvaje, se hallaba cubierta por una nube negra formando un vórtice de forma poco natural. No tardaron en llegar a la carrera al nidal de Bramal, desde donde volaron a toda prisa hacia la solitaria cima. Según se acercaban al saliente más prometedor para aterrizar unos girones de nube se cernieron sobre ellos y cuando ya los tenían encima no les quedaba tiempo a defenderse de la bandada de crías de protodraco que ocultaba y forzaron un aterrizaje forzoso. El Cónsul Martillo Salvaje, tras realizar una pirueta para quitarse a las crías de encima, no pudo evitar un estruendoso rayo que provenía de la cima haciéndole caer hasta un risco de la ladera, sin duda obra de algún poderoso chamán. Con la ayuda de sus compañeros y tras atender a su grifo pudo continuar casi sin problemas, mientras tanto Amodrus y Sabrenna habían encontrado a un novicio herido, que les contó la situación: Una tropa de orcos había trepado hasta allí de forma sigilosa y con una rapidez que escapaba a su entendimiento, varios de ellos habían profanado las tumbas de la parte más baja y habían hecho prisionero a Kheldros Martillo Salvaje, el anciano guardián del Monte del Rayo, cuando de repente apareció de la nada su líder, el chamán pintado de negro llamado Bemokk, que había ordenado a sus hombres que se retirasen mientras él se encargaba del poder de las almas de las tumbas que se hallaban en la cima, tras lo cual había originado esa vorágine en la que aún se hallaba sumergido el monte, esclavizando bajo su yugo al elemental de aire Lord Calimous.

Los guerreros del Cónclave del Martillo con gran esfuerzo se enfrentaron a los fuertes vientos que arrastraban los alaridos lastimosos del elemental subyugado, ayudándose unos a otros, incluso se podría decir que los ancestrales héroes enterrados en ese camposanto guiaron sus pasos hacia la cima. Tras los vientos el temporal arrastraba también gotas de agua que como agujas chocaban contra las caras de los enanos mientras continuaban en su avance hasta que tras superar el punto más crítico, cubiertos de nieve y granizo consiguieron liberar al elemental de su cautiverio. El chamán oscuro, en pleno éxtasis tras haberse alimentado tanto de espíritus elementales como de las almas que allí residían por igual, se lanzó contra los enanos profiriendo agudos chillidos incomprensibles que no tardaron en ser sofocados por los golpes del Cónclave del Martillo, siendo el golpe de gracia realizado por el chamán Martillo Salvaje, Kralem. Tras haber derrotado a la amenaza que asolaba el Monte, se dispusieron a recoger a los heridos y trasladarlos a Kirthaven, cuando Lord Calimous, agradecido, forjase un estrecho vínculo con Kralem.

Al día siguiente la cosa no había terminado, el daño que este asalto había causado a la montaña era atroz, los temblores se sucedían, seguía cubierta de nubes negras y por los torrentes empezaron a producirse algunos desprendimientos. Galic organizó un equipo formado por los Martillo Salvaje Kralem y Sobek, junto con Thorir como escolta, mientras que Amodrus con el resto de los enanos formarían un equipo de rescate para encontrar al guardián Kheldros. El equipo de Galic partió de Kirthaven en grifo evitando las violentas corrientes de aire para aterrizar en un saliente bajo, según llegaron Lord Calimous se materializó delante de ellos y les dijo que el corazón de la montaña seguía inquieto y se negaba a comunicarse con los demás provocando fuertes temblores, mientras que Calimous intentaba contenerlo con los demás elementales de aire y les preocupaba que los espíritus del agua y el fuego llegasen a materializarse. Los enanos, con paso firme ante los constantes temblores, llegaron a la cima, donde tras numerosos intentos no consiguieron comunicarse con el corazón de la montaña, intentaron implorarle, suplicarle y hasta exigirle que parase, todo ello sin respuesta. El Cónsul Martillo Salvaje propuso comunicarse con el de la misma forma que el hacía con ellos, a base de temblores, a partir de un comentario que realizó Thorir: lo harían a martillazos. Cada uno se puso en un lado del enorme menhir que coronaba la cima para golpearlo a la vez con fuerza con sus martillos. En respuesta se manifestó sobre la piedra erguida Borguhn, el corazón de la montaña, que tras comprobar que no se trataban de más orcos, sino de enanos, se relajó en gran medida y pudieron conversar mejor con el elemental tras comentarle que una partida de guerreros había salido al rescate del anciano guardián Kheldros. Él le comentó que cada grano de arena de la montaña se hallaba inquieto, ya que los espíritus de los enanos que allí estaban enterrados y que Bemokk había perturbado en su descanso eterno vagaban por sus entrañas como almas en pena y su tranquilidad debía quedar reestablecida con sus respectivos honores. Borguhn y sus elementales de tierra fueron señalando las tumbas de los héroes que debían ser aplacados y Calimous se volvió a materializar al ver que la montaña estaba más calmada para aconsejarles la manera de hacerlo. Estos héroes, para Calimous, debían ser tranquilizados con una ofrenda de aquello que los calmase en vida y se lo harían saber a través de pistas mientras Galic abría un canal de comunicación. Kralem calmó al primero, cuyo deseo, relacionado con el elemento del agua, fue una última pinta de cerveza que derramaron sobre el sepulcro; Galic, en segundo lugar, a través del fuego, aplacó con su pipa las ansias de varias caladas de ultratumba del siguiente espíritu; Sobek hizo vibrar los vientos con una balada que calmó al tercero con su último concierto, y finalmente Thorir tuvo que obtener de la tierra ciertos ingredientes para cocinar un guiso de marmota a la granada de las Tierras Altas que de igual manera se derramó sobre la última de las tumbas, bastante más gruesa que las otras tres.

Finalmente la montaña se había asentado en relativa calma, Borguhn y Calimous dieron las gracias a los enanos para después volverse a desmaterializar. Estos volvieron a Bramal, donde Amodrus y su tropa acababan de llegar del rescate, habiendo resultado satisfactorio, ya que Kheldros había sido rescatado, pese a encontrarse en un estado pésimo de salud y ya había sido empezado a ser tratado. Sabrenna había sido de una ayuda inestimable durante estos días e incluso había lavado la cabeza a un orco para convertirlo en su siervo y hacerle hablar, por lo que Amodrus había decidido nombrarla Capitana del cuerpo de hechiceros del Cónclave del Martillo.

Galic siguió un rato ensimismado haciendo memoria de todo lo sucedido durante esos últimos días, esa mañana era la del segundo día tras su regreso a Bramal y Kheldros Martillo Salvaje había recobrado la consciencia y mostraba una gran mejoría pese a su avanzada edad. Esa manada de orcos seguía campando a sus anchas, pero por lo menos el Monte del Rayo podría descansar en calma. Con este pensamiento en enano continuó el trayecto para comunicarle a los elementales la mejoría del guardián y su inminente regreso, la estabilidad volvería a reinar allí.

Unos enemigos que no esperabanEditar

Gonnar se quedó en el borde del risco a escuchar el crujido final tras la larga caída. El jefe orco acababa de lanzar al mensajero, no soportaba las malas noticias. Ese desgraciado había sido un desertor que había conseguido escapar del Monte del Rayo, y no solo eso, tras fracasar allí había dejado escapar al anciano rehén, ya en un campamento en su camino de vuelta.

-Así que Bemokk ha caído –Comentó Bruk con sumo tacto para aplacar a su iracundo jefe –Esa tropa de enanos de la que habló ese orco no eran de las Tierras Altas, jefe, por la descripción parece una tropa enviada desde la capital, desde Forjaz.

Gonnar se giró con los ojos inyectados en sangre entre resoplidos y bufidos, podían distinguirse cada una de las fibras de su musculatura tensas como las cuerdas de un puente colgante y el aro que atravesaba uno de sus colmillos tintineaba con cada jadeo. Tras negar con la cabeza el orco cogió un hacha y se adentró en la soledad del bosque.

Pasado algo más de una hora Gonnar volvió, serio pero tranquilo, con unos cuantos troncos bajo el brazo. Bruk no salió en su búsqueda, esperó pacientemente a que su líder le llamase con un leve gesto de la cabeza.

-Bruk, yo llevo muy poco en estas tierras, ¿Qué puedes contarme acerca de estos enanos de Forjaz? ¿No son como los de Bramal?

-Algunos sí –Contestó la mole tras meditar calmadamente la respuesta –Se dividen en tres grandes clanes, los Martillo Salvaje son un pueblo chamánico, como los que hemos combatido a lo largo del río; los de piel más oscura son hábiles hechiceros y brujos, traicioneros y esquivos, los hemos combatido en la montaña Roca Negra, y los de Forjaz, son buenos herreros y pueden ir a la batalla cubiertos de metal, pero se pasan el tiempo enfrascados en textos y papeles en vez de hacer la guerra. Hace poco parece ser que los tres tienen una especie de alianza, no se había visto antes, durante la Segunda Guerra se pudo aprovechar lo divididos que estaban para asediarlos con facilidad, pero ahora tienen un control más férreo de estas montañas.

Gonnar reflexionó en silencio mientras terminaba de preparar la hoguera con los troncos que acababa de traer. Llamó a uno de los chamanes para que prendiese a leña y no fue hasta que este se hallaba más lejos cuando continuó la conversación.

-Nosotros también unificamos nuestros clanes, Bruk, la Horda de Hierro se alzó fuerte de esta unión, cada uno aportaba las habilidades que más caracterizaban a los suyos, toda una enorme fuerza de batalla que podría arrasar cuanto se le pusiese por delante. Los orcos siempre dominarán en la batalla, solo tenemos que conocer qué es capaz de hacer cada uno de estos enanos. Bruk, quiero que nos dividamos por un tiempo, marcha al sur, al Bestiario y utiliza a tus fieras para averiguar la fuerza de esta compañía, vuelve solo cuando tengas algo interesante sobre ellos.

-De acuerdo –Contestó el enorme orco con una sonrisa sádica –Conozco el lugar perfecto para ello, allí es donde íbamos reunirnos con Bemokk y los chamanes, los Faucedraco lo hemos usado como arena durante muchos años, además un ataque a los Mullan, los enanos que habitan los riscos cercanos, les atraerá como moscas a la miel.

Tras un fuerte apretón de manos a la luz de la hoguera decidieron que era hora de descansar, menos para aquellos que montaban guardia por aquellos riscos. Al despuntar el alba Bruk, acompañado por varios escoltas, partió al galope en sus lobos en dirección hacia el sur, donde Bruk había establecido su escondite, el Bestiario. Gonnar sin embargo ordenó la marcha en dirección contraria, hacia las profundidades de los valles de montaña, por motivos que no había revelado aún a nadie.

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