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Los Judicadores

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Los Judicadores
Imagen de Los Judicadores
Información de la hermandad
Servidor Los Errantes
Estado Inactiva
Raza Draenei
Líderes Golyath, Nicnevin y Valaar
Afiliación La Alianza

“[…] Y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra; y todo monte e isla se removió de su lugar.

[…]

Rogamos a los Naaru: escondednos del rostro de aquel que está sentado en el trono de fuego y de la furia del Impostor, porque el gran día de su ira ha llegado. ¿Quién podrá sostenerse en pie?”

¿Qué son los Judicadores?Editar

Los Judicadores es una hermandad de rol draenei de reciente creación. La idea se gestó hace unos meses en nuestras cabezas y ha madurado y florecido ahora, con la llegada de la expansión.

Abrimos este tema para presentar a nuestro grupo, el cual comenzó a interpretar en el Valle Sombraluna de Draenor a finales de la semana pasada. Lo haremos mediante una serie de piezas narrativas que exponen nuestro trasfondo y que completan mi explicación dentro del rol. Estos escritos sirven de apoyo para quien desee conocer más; los indicaré con una sangría específica a fin de que se distingan mejor.

Entonces, ¿qué codicia el judicador? Como se deduce de su título, anhela justicia. Pero ¿cómo se propone conseguirla? Leed el texto a continuación si queréis saber más.

Sobre el oficio del judicador
Judicar y vindicar no son el mismo concepto. En verdad, distan mucho el uno del otro.
Se vindica o se venga cuando se repara un agravio pasado, una afrenta previamente cometida contra uno mismo o contra los seres queridos. En cambio, se judica o se juzga cuando uno se aproxima al mal y lo pune independientemente de los delitos que este haya perpetrado con anterioridad. Así pues, la vindicación es una fuerza pasiva, retributiva, mientras que la judicación demanda actividad.
Se nos exige claridad de juicio y firmeza en nuestras convicciones y actos. La vacilación cuesta vidas y la justicia es el valor supremo que impera sobre todo lo demás. No puede existir la clemencia si no se gesta al amparo de esta última; no se debe perdonar al infiel, al perjuro, al asesino ni al alevoso. Quienes obran guiados por el egoísmo, por la malicia y la ruindad, merecen una sanción brutal y expedita.
En su persecución de justicia, el judicador no conoce límites. La causa se sitúa por delante de todo interés particular, de cualquier vínculo familiar o amoroso. El corazón yerra a veces en sus dictámenes y por eso nos adherimos a este código. Aquellos que predican el caos y la oscuridad, por más que en un tiempo pretérito actuasen con probidad y decencia, han de recibir un escarmiento.
Ningún crimen ha de quedar sin castigo. No hay paz para los malvados.
Fragmento de ‘Castigos y consejos para el judicador’, por el judicador Golyath.

Trasfondo, estructura e historiaEditar

Todo grupo posee unas raíces y se debe a un acto fundacional. Los Judicadores no somos diferentes en eso: la hermandad se fundó tras la caída de Shattrath en la línea temporal principal.

Tras haber sido vendidos a la Legión Ardiente reiteradas veces por nuestros propios hermanos, un exarca desconocido renunció a sus obligaciones y a su cargo para instituir el cuerpo de judicadores. ¿Su objetivo? Descubrir y ajusticiar a los simpatizantes de los man’ari (eredar), y castigar a los orcos demoníacos por sus crímenes. En su misión lo ayudaba un Triunvirato, el órgano rector de la hermandad, compuesto en la actualidad por tres personajes: Nicnevin, Valaar y Golyath.

Estos son nuestros tres únicos rangos: el del Sumo Judicador (el líder) está ocupado a perpetuidad por un álter de nivel uno, y aparte de los Triunvires, solo queda el estamento básico de Judicador.

Todo esto se desarrolla de forma pormenorizada en el siguiente extracto:

Historia de los judicadores y su triunvirato
Que los judicadores nacieron al calor de la invasión de Shattrath, cerca de treinta años atrás, es una noticia por muchos conocida.
Los registros cuentan, y aún a día de hoy sigue en boca de algunos, que un exarca misterioso abandonó sus viejas lealtades y su puesto y fundó el grupo inspirado por un fervor divino, uno que lo alentaba a impartir justicia.
Se cometieron atrocidades, terribles crímenes en la guerra contra los orcos. A la Horda la impulsaban la ambición, el salvajismo… y también las tentaciones de nuestros antiguos hermanos, los eredar de la Legión Ardiente.
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El Sumo Judicador jamás muestra su cara ni su nombre. ¿Se puede confiar en él?

Hay enemigos dentro de nuestro propio pueblo, apóstatas que apoyan a los man’ari. Este hecho ha sido demostrado en múltiples ocasiones y está fuera de toda duda. El Sumo Judicador, nuestro líder, se propuso cazarlos y abatirlos para que no se repitiera un desastre del calibre del de la ciudad de Shattrath, o del asedio del templo de Karabor. En su misión, el Triunvirato judicatorial se decantaba como su mejor arma: tres hombres y mujeres devotos, férreamente fieles al Sumo Judicador.
El Sumo Judicador coordinaba las operaciones de mayor envergadura y se encargaba de que no entrásemos en conflicto con otras fuerzas ni con la autoridad exarcal. Su Triunvirato, no obstante, se componía de tres judicadores beneméritos que transmitían al resto sus órdenes y se ocupaban de lidiar con el día a día.
Algunos han puesto en entredicho la existencia del Sumo Judicador: cuando se aparecía, lo hacía mediante hologramas, con su silueta ennegrecida y su voz distorsionada, de modo que no identificásemos su sexo, su edad ni sus rasgos. Sin embargo, no se podía cuestionar su eficacia; y al fin y al cabo, ¿no es natural que quien nos dirigía se condujese con cautela y se protegiera de posibles filtraciones, ahora que sabemos con certeza que los demonios caminan disfrazados entre nosotros?
Hace pocos años, tras la colisión del Exodar, aconteció una desgracia en el seno de nuestra hermandad: sufrimos una horrible traición. Mi esposa murió o desapareció en el altercado. Desde entonces, no hemos vuelto a recibir informaciones del Sumo Judicador. Quizá él o ella fuese una de las víctimas. Honestamente, eso espero. Me consta que una gran parte de nuestra agrupación pereció ese día, incluido el Triunvirato, y tan solo restamos unos pocos que preferimos no hablar sobre el tema y olvidar, pues quizá en esa búsqueda tan encarnizada de justicia fuimos nosotros quienes precipitamos nuestro destino y cavamos nuestras tumbas.
No encuentro palabras para describir la repulsión y la cólera que me embargan. Confío en que este sea el último capítulo que se escriba en la Crónicas de esta orden maldita por los Naaru, por las estrellas y por el sino.
Extraído de las ‘Crónicas de los Judicadores’, redactadas por el judicador Izhoalus.

Mecánica de hermandad: el donEditar

El don es un rasgo de trasfondo en el que deben meditar todos los draenei que pertenezcan a los Judicadores.

El nombre de la hermandad, como a pocos os habrá pasado desapercibido, recuerda a los superhéroes del cómic. En parte, hemos querido rescatar esa esencia resaltando la importancia de las habilidades únicas de nuestros personajes.

Este don será materia que se explore y se incluya en el argumento de los eventos, que emplearán mecanismos similares a los vistos en otras tramas nuestras (El Demonomicón, El Corazón de la Roca Negra, etc.). Su propósito consiste en dotar de un valor individual e indispensable a cada uno de los integrantes del grupo, ya que hará falta la suma de todas nuestras capacidades para superar los retos que se nos planteen.

El fragmento que os pego de seguido expresa este aspecto aún mejor:

El don
Al principio centramos nuestra mirada en los individuos más inusuales de la sociedad, aquellos que habían sido marginados o apartados por sus semejantes.
Algunos fueron delincuentes en otro tiempo: mal guiados y sin un modelo de conducta, incurrieron en el hurto y en otras fechorías menores; hasta que nosotros nos encargamos de corregirlos. Otros eran parias, vagabundos o gente con habilidades singulares que asustaban al común. A todos, no obstante, nos unía la misma meta: éramos draenei decepcionados que, tras una tragedia personal, acuciábamos justicia.
Los juntamos a todos y acogimos, además, a muchos veteranos desencantados: anacoretas cansados de perder las vidas de sus pacientes debido a leyes que les impedían adoptar medidas drásticas; vindicadores frustrados de no poder descargar su espada contra el enemigo, sujetos a la ley de la retribución; pacificadores obligados a aguardar de brazos cruzados a que se sucediesen los asesinatos por no poseer suficientes pruebas con las que condenar a un sospechoso; algún Auchenai cuerdo, también, furioso por la profanación de su necrópolis y por las numerosas matanzas ejercidas contra nuestro pueblo; artificieros que deseaban experimentar y crear una nueva tecnología de batalla, aun a costa de su propia integridad física…
Los judicadores nos constituimos así. Somos personas excepcionales, marcadas por nuestros avatares vitales o por las bondades de nuestra herencia, dueños de aptitudes únicas y prodigiosas. Solo reclutábamos a lo más granado, a aquellos que presentaban un don extraordinario.
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La Triunvir Iraal leía el futuro en los astros. Sin embargo, eso no la salvó de su propio destino.

Mi alumno, por ejemplo, detecta con una facilidad pasmosa las falsedades y a aquellos que se rodean de ellas. Yo percibo atisbos del futuro en el baile cósmico de los astros. Otros dialogan con los difuntos, captan preternaturalmente el peligro o comprenden los entresijos del tiempo, el espacio y la materia.
Todas estas facultades obedecen al fin último de la justicia. Nos necesitamos mutuamente no solo para sobrevivir en este planeta hostil, sino porque de la combinación de nuestras potencias surge la fuerza que nos permite castigar a los malhechores, a los herejes y a los renegados.
Nadie aquí es inútil o prescindible; cada judicador es un fuera de serie en su campo. En más sentidos de lo que uno supondría a simple vista.
De la Triunvir Iraal, grabado en un cristal con título de “Enseñanzas a los neófitos”.

Principios de los JudicadoresEditar

A modo de colofón, he redactado un texto que ilustra los cimientos éticos del judicador. Animo al interesado a leerlo, creo que le sorprenderá su contenido.

De las virtudes que debe mostrar el judicador
La templanza, el decoro, la confianza y la docilidad de carácter son atributos muy loables, empero no los apropiados para un judicador.
La fuerza de voluntad es precisa a propósito de soportar no ya las penurias y calamidades que nos sobrevengan, sino también a la hora de actuar en situaciones en las que a otros, débiles de fe, se les antojaría un dilema irresoluble. Por eso, los mansos y los blandos de corazón no encuentran acomodo en nuestras filas.
La temeridad, e incluso bizarría, es una cualidad muy estimable en un judicador: a menudo se le pedirá que obre más allá de cualquier frontera imaginable; se requerirá de él que arriesgue su vida y, muy a menudo, la de sus compañeros con tal de alcanzar la victoria. No caben tablas ni treguas con los agentes de la Destrucción, solo su eliminación completa y definitiva se prueba un resultado aceptable. De ahí que aquellos excesivamente templados carezcan de las agallas necesarias para convertirse en judicadores.
El ingenio es uno de los pilares en que se fundamenta nuestra estructura. Se invita a los nuestros a que superen las constricciones de la lógica, a que ignoren las costumbres y trasgredan toda imposición con tal de obtener su propósito: la justicia. Los medios importan, pero las valoraciones de los ajenos no deberían mermar la capacidad del judicador para emitir su sentencia y ejecutarla de la forma que él entienda oportuna. Así pues, un abuso de pudor o de observancia de las normas cívicas pone trabas al potencial del judicador para cumplir correctamente su cometido.
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Muchos son los rostros del Impostor. No debemos ignorar su amenaza.

Para finalizar, la eterna sospecha es el patrimonio de todo judicador. Benditos sean los que siempre recelan y cuestionan, pues se hallarán prevenidos contra las asechanzas y las mentiras de los inicuos. Los crédulos e ingenuos de entre los nuestros se desengañan rápido y aprenden a vigilar sus espaldas y a no dar nada por sentado: ya sea un dogma, una figura de autoridad, una instrucción o aun la palabra de un hermano. A tal punto llega el celo que debe guardar un judicador. De esto se deduce que los cándidos no prosperen entre nosotros: el riesgo al que se exponen es muy elevado y ellos son los primeros en sucumbir a las trampas del demonio.
Fragmento de ‘Castigos y consejos para el judicador’, por el judicador Golyath.

Contacto y más datosEditar

Estamos abiertos a interpretar con otras personas y grupos en Draenor.

No reclutamos activamente, pero si alguien desea sumarse a nuestro rol puede buscar a Nicnevin y a Válaar (Los Errantes) o a mí, Golyath (Colinas Pardas). Si vemos que encajamos mutuamente y que nos llevamos bien, lo más probable es que acabe ingresando en la hermandad.

También podéis localizarnos en la Horda con Nunkui y Ulfgeir (Los Errantes).

Nota: La cita del inicio corresponde a dos pasajes adaptados del Apocalipsis.

NotasEditar

  • WoD Parche 6.0.3: Fundación.

Spotlights de otros wikis

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