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Lord Caerdagor Fancaster

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Capítulo I: El té.Editar

- Caerdagor, cariño, levántate, son las tres de la tarde. Aún no has comido y a las cinco vienen los Hammond con su hija, Amelie, a tomar el té. – La dulce Dora Fancaster llamaba suave y gentilmente sobre la puerta de su hijo, el cual había llegado al alba la mañana de aquel día, tras una larga noche de ‘esfuerzos sobrehumanos y de extensa investigación geomágica’. Lo cual suponía una inmensa mentira absurda a la par de repetitiva, y que significaba en verdad que se había ido a aquel pub con su cuadrilla de solteros desopinados acompañados de esas señoritas tan deslenguadas. Literalmente hablando. A los pocos minutos, Caerdagor apareció engalanado con su mejor bata casera, peinado desenfadadamente y con un ejemplar de la gaceta gilneana, rematando la composición con sus zapatillas favoritas en forma de zorro pelirrojo.
- Hijo, deberías ponerte algo más distinguido. Recuerda que debes causar buena impresión a Amelie. Si te llegas a casar con ella nuestras familias se consolidarían y llegarían a ser una de las más poderosas de todo el reino. – La madre miró al hijo con ojos esperanzadores, confiando en que sería educado en aquella sesión.
- Madre, prefiero que un mastín me coma los ojos y después defeque sobre mis cuencas vacías antes de arrimarme a esa foca desdentada, bizca y pedorra. – El joven aristócrata hizo una mueca de asco ante la idea y bajó las escaleras hacia el comedor, donde se hallaba su padre practicando una de sus actividades preferidas, meterse con la sirvienta.
Esta era una anciana arathoniana, y de origen muy humilde, que llevaba en la mansión de los Fancaster desde hacía décadas. Aunque todos la escarneciesen amigablemente de vez en cuando, todos la sentían como una más de la familia, pero con menos clase.
- Padre, buenas tardes. Madre me ha contado que vienen los Hammond. ¿Por qué lo permite? Ambos los detestamos con violencia. – Caerdagor se dejó caer sobre la silla de respaldo alto y descansó la cabeza sobre sus brazos cruzados.
- Pues, sinceramente, porque después de la guerra civil tan terrible que hemos tenido, lo menos que podríamos hacer es refortalecernos. A tu tío le metieron dos tiros los plebeyos y a tu tía la tiraron por un acantilado. Aunque de esto último casi me alegro, pues era una pécora. No obstante, hijo mío, declaro que ha sido tu madre la que me ha convencido de la idea, pues yo solamente quería dispararles. Pero discretamente, que no se notase demasiado. Tienes que ser patriota. – Explicó el patriarca.
- Padre, el patriotismo no se fundamenta en contraer matrimonio con una obesa mórbida, cuyo aliento puede asesinar a una marabunta de asnos, y a una distancia kilométrica, si se me permite puntualizar. – Refunfuñaba el joven.
- Hijo, las obligaciones que tiene un marido con su esposa son dos: Amarla si es guapa, o hacerlo con otra si es fea. En tu caso, te ha tocado la segunda. Por lo que te aconsejo que te compres un par de máscaras y que cultives el bello arte de la infidelidad, que seguro que se te da bien, porque te pareces a mí. Pero ya sabes, siempre con dignidad y elegancia, que somos Fancaster, que no se diga.

- Señore’, señore’, lo’ Hammond han llegao’. – Anunció la sirvienta de la mansión, abriendo la puerta a la señorial familia, por la que tuvieron que entrar por turnos, debido a la rotundidad de sus carnes. Los Fancaster, bellos, estilizados y atractivos, formaron dibujando una línea recta en el vestíbulo, dos de ellos sonrientes, y uno con una mueca cínica. Los primeros saludos fueron entre los patriarcas, James Fancaster y Lawrence Hammond, respectivamente, después las dignas esposas y para concluir, Caerdagor le dio un tierno abrazo al gato que llevaba su gordísima pretendienta, la cual no pudo hacer más que desconcertarse. Tras un codazo recibido por su padre, el joven de los anfitriones realizó una suave reverencia, no desprovista de un toque irónico y besó en las mejillas a Amelie, la cual se ruborizó ante el contacto del apuesto noble. Ambas familias cruzaron entre frases amables los corredores de la mansión, atestados de cuadros de antepasados, armas oxidadas pero que quedaban bien como adorno, blasones con la bandera del reino, piezas de arte y una inexplicable criatura que los observaba al final del pasillo, que dijo:
- El té etá’ listo, señores noble’.
- Oh, muy amable, Rigobertha, seguro que es excelente, como es usual en ti. – James Fancaster sonrío a la sirvienta, mientras su hijo se limpiaba sigilosamente los labios con la manga de su bata, que había provocado ciertos susurros de indignación entre los Hammond.

Una vez las dos excelsas familias se hallaban sentadas en el gran comedor debidamente ataviado por la ocasión, se inició una charla deliciosa, cargada de formulismos y de palabras pedantes que obligarían a la mayoría de los lectores a acudir al diccionario más cercano, o a intuir el significado del vocablo en cuestión, fracasando irremisiblemente. Como un servidor es atento y considerado, únicamente reflejará la parte más trascendente, que tuvo lugar a la hora y media, cuando el té y las sabrosas pastitas cuidadosamente servidas en bandejas de plata, se habían agotado.
- A propósito, ¿habéis escuchado los rumores? Mi primo Jeremy me ha contado que se han visto lobos bípedos en los bosques del oeste, ¿lo podéis creer? Tendremos una plaga de licántropos y todo – dijo medio riendo Lawrence Hammond mientras relajaba su grasiento cuerpo y hacia gala de una rojiza papada.
- Algo he oído yo de eso también, Lord Hammond. Mi hijo, Caerdagor, asegura tener un amigo que podría contarse entre esas criaturas. ¿Cómo las llamáis, querido? – Preguntó la hermosa madre del joven, que se ondulaba uno de sus bucles pelirrojos.
- Los llamamos los garrapatos, por razones evidentes. Debe ser absolutamente enojoso convertirse en una de esas criaturas, es como tener piojos pero en cantidades obscenas.
No obstante, no niego que la ferocidad que suponen se me antoja encantadora. – Contestó Caerdagor, un tanto aburrido pese a lo interesante del tema, tratando de evadir las lascivas miradas de la ‘foca’ que lo pretendía, que se lamía los labios con su puntiaguda lengua en cada instante en que sus ojos, trágicamente coincidían.
- Oh, ‘Mama’, en unas pocas horas hay una función teatral que llevo semanas deseando ver, pero fui tan, tan, tan tonta que compré una entrada de más sin darme cuenta. – Informó Amelie repentinamente, cambiando de tema intencionadamente, posando la mirada en su madre tras parpadear un par de veces, como si fuese una contraseña.
- ¡Vaya, qué cabeza! – exclamó su progenitora al igual que hace un actor de baja categoría cuando lee un guión – Pues si a los Fancaster no les importa, tú y su apuesto hijo podríais acudir esta noche al espectáculo, estoy segura de que será delicioso. – Finalizó guiñándole un ojo a Caerdagor, como si le estuviese haciendo un favor.
- Creo que es una idea excelente, hijo. - Dijo el patriarca palmeando a su retoño, el cual enrojecía lívido por la ira y asestaba una mirada furiosa a su padre, que fue aplacada por una mueca torva.
- Estaré… Encantado – Medio suspiró, capitulando.

Capítulo 2: La función.Editar

Poco tiempo después de la rendición, la joven y adinerada pareja ya se encontraba en el interior del carruaje familiar de los Fancaster, con dirección al teatro, situado en la zona céntrica de la capital del reino. Mientras cruzaban las adoquinadas calles punteadas con pequeños charcos debido a la reciente lluvia, el interior del vehículo se hallaba débilmente iluminado gracias a los fanales de las vías gilneanas.
- ¿Sabéis, Caerdagor? Sé lo que pensáis de mí. – Dijo Amelie mientras se sentaba aún más cerca del joven, acariciando sus muslos y dirigiéndole una sonrisa boba – Y yo de vos… Os amo desde la primera vez que os mí, siempre supe que… - La oronda muchacha bajó su mano hacia zonas más íntimas y concluyó – Que estábamos hechos el uno para el otro.
- ¡Cochero! La próxima avenida por la izquierda, tardaremos menos que por esta calle. Gracias. – El aristócrata se desembarazó del apretón de su pretendienta y comenzó a dar órdenes al cochero con el objetivo de apartase de ella. No obstante, la enamorada no cejaba en el empeño, y aprovechando que el joven se había colocado de espaldas a ella, le pellizcó traviesamente el trasero, provocando que a Caerdagor le sobreviniesen unos impulsos suicidas irremediables, o también homicidas, según se mire. Probablemente ambos.
- ¡Hemos llegado! – Anunció el espigado cochero, que en esos instantes se bajaba del carruaje para abrir la puerta a su señor y acompañante.

La heredera de los Hammond contempló a Caerdagor largamente, saboreándolo con la mirada, aquella noche se había engalanado con sus mocasines tassel, un chaquetón oscuro que hacía juego con los zapatos y su clásica chistera de color azabache, alineada perfectamente en posición horizontal. El joven, al verse observado, se mesó la rubia perilla y se apoyó en su bastón con remate de grifo. Con tal de aliviar la incómoda situación, propuso entrar dentro del teatro. Este estaba abarrotado en aquella fría noche de viernes; se apreciaba un pequeño corro de nobles, fastuosamente ataviados con sus mejores prendas, y un grupo más abultado de plebeyos, que, a diferencia de los ventormentinos por ejemplo, tenían la suficiente clase como para no merecer una arcada directa en cuanto alguien posara la mirada sobre ellos, lo cual era realmente satisfactorio y maravilloso. Acomodándose unos minutos después en las mullidas butacas de los palcos, desde donde gozaban de privilegiadas vistas, Amelie hizo verdaderos esfuerzos para encajar en su asiento, obligándose a recogerse su blanco vestido de volantes. Para fortuna de Caerdagor, un viejo amigo suyo, Lord Richardson estaba sentado a su izquierda, lo cual le permitía dedicarse algún que otro susurro jactancioso y reírse disimuladamente de los plebeyos de abajo, que se comenzaban a alterar porque la función se estaba retrasando. El argumento de la obra había sido sagazmente escogido por su obesa pretendiente; se trataba de una pareja de plebeyos que se amaba apasionadamente en cualquier circunstancia y lugar, con ciertos sobresaltos cuando eran arrestados por escándalo público por los guardias, que en ocasiones, ejercían de mirones y en cuyas escenas se escuchaban niños preguntándole a sus padres por qué los actores hacían lo mismo que ellos ciertas noches en la madrugada.

Las escenas se sucedían unas a otras, siendo divertidas algunas, aburridas otras, hasta llegar a ser en algún caso repetitivas. Amelie no desistió en ninguna de ellas de sobar al retoño de los Fancaster, al cual le daba un repentino ataque de tos cada vez que la señorita le acariciaba, que le permitían desembarazarse de su tacto.
Tras un sobrecogimiento y un aplauso general del público, Caerdagor devolvió su atención al escenario, donde se hallaba una pareja de amantes en la que el varón tenía problemas para desabrochar el corsé de su querida, mientras un inmenso lobo erguido les dedicaba miradas de apetito. El inesperado personaje avanzó hacia los actores, los cuales comenzaban a palidecer por momentos, dejando rastros de saliva en su avance.
La audiencia vitoreó lo que ellos creyeron un novedoso y original giro de la historia, cuando la bestia lupina dio un zarpazo a la mujer y le destrozó la faja, haciendo caer el vestido. Incluso llegaron a admirarse del increíble maquillaje cuando el licántropo se abalanzó sobre el hombre y le mordió en el cuello, haciendo desprender toneladas de lo que se suponía, era salsa de tomate muy realista.

Caerdagor aplaudió, embargado por la emoción, de hecho, personas de ambos estamentos se levantaron obnubilados por semejante escena de violencia tan bien interpretada. Lamentablemente, pronto descubrirían que la realidad había superado a la ficción, una vez más. La bestia que ya había asesinado a los miembros de la obra, saltó hacia el patio de butacas ocupado – felizmente – de gentes plebeyas y bajas, las cuales tras darse cuenta que aquello no era parte de la función, comenzaron a chillar de terror y pánico, dándose una estampida en dirección a la salida, cerrada en esos momentos. Por el momento, el aristócrata que nos ocupa y su pretendienta contemplaban con cierta sorpresa, flemáticos, lo que ocurría algunos metros por debajo de ellos, donde la orgía de sangre se estaba consumando a marchas forzadas. A continuación, pudieron distinguir a más de una de las figuras lupinas, hasta verse incapaces de contarlas a los pocos segundos después.
- ¡Caerdagor, por allí viene uno, socorro! – Chillaba Amelie mientras se abrazaba al joven, tratando de buscar refugio en su brazo. Este, asió su bastón y giró el remate, desenvainando un arma blanca de alrededor de cuarenta centímetros de filo.
Uno de los huargen del teatro le rugió desde la distancia, alzándose sobre una de las butacas que había mordido y destrozado. Amenazante. El noble no se inmutó, sino que hizo un comentario acerca de la falta de protocolo que mostraba su rival, esperando a su envite, que no se hizo esperar en absoluto, al precipitarse sobre él con vertiginosa rapidez.

Caerdagor cayó de bruces al suelo, rodó esquivando la dentellada de su enemigo y le clavó el filo de su arma-bastón en el cuello, dándole muerte, para alegría de la pequeña de los Hammond, paralizada por el miedo. A partir de ese momento, el tiempo se rasgó y empezó a comportarse absurdamente. Escenas de cuerpos mutilados, sangre salpicando las paredes y los cortinajes, aullidos fieros y gritos de espanto sumergieron a la pareja en un caos inefable en el tiempo que se prolongó la escapa del recinto teatral. Una vez lograron salir al exterior, repararon que en las calles la confusión y el estallido de violencia se habían extendido por el resto de la ciudad. De las ventanas de las casas subían y salían esas criaturas con forma de lobo, arrastrando a los desconcertados gilneanos, interrumpidos en sus quehaceres. De los tejados saltaban a las calles, cayendo sobre los viandantes desprevenidos, que perecían en cuestión de instantes, indefensos. Sin lugar a dudas, no era un mito, no era un rumor, era cierto. Los huargen, estaban atacando…

Capítulo 3: En el espesor de la niebla.Editar

No podía asegurar cuántas horas habían transcurrido tras el incidente del teatro. Llevaba demasiado tiempo corriendo, tratando de alejarse de aquellos ominosos rugidos. Se sentía exhausto, asustado y terriblemente mal acompañado, ya que la gruesa Amelie estaba junto a él en esos momentos. Esta yacía empapada en un rincón de un parquecito de la ciudad, oculta bajo el poderoso abrazo de un robusto árbol que desprendía lentamente sus ocres hojas bajo la dirección de la estación otoñal. Durante la huida había resultado mordida superficialmente por una de las voraces bestias, que expiró prontamente antes de efectuar la completa dentellada, por el arrojado Fancaster, que tuvo la cortesía de emplear las mangas de su camisa para crear un vendaje que tapase la en principio superficial lacerencia.

Podría decirse que ya había amanecido, mas un insondable manto de niebla, revestido por un cruel frío, dificultaba la visión. Caerdagor se sentó a recuperar el resuello, le dirigió una mirada rápida a su acompañante, que no dejaba de jadear como una vaca agonizante y esbozo una mueca sardónica. Costaba imaginar y aún más asumir cuán fuerte había sido el giro de los acontecimientos. Uno se levantaba a media tarde para tomar el té con la familia más grasienta y apestosamente rica del sudeste de Gilneas y acababa al día siguiente aterido y perseguido por lobos solamente un poco más civilizados que los ventormentinos, lo cual es infame y francamente desolador.
Tras un par de cábalas, el apuesto aristócrata pensó que la aventura no había estado tan mal, había mucha acción, era trepidante y absolutamente arriesgada. No obstante, le faltaba la chica guapa y la escena de amor apasionado, por lo que el resultado general acababa siendo un tanto decepcionante.

Desquitándose de sus pensamientos, Caerdagor sondeó la bruma, tratando de discernir el más mínimo movimiento. Se mantuvo unos segundos a la espera, alerta. Y fue entonces, cuando escuchó unas pisadas. Estas, eran seguidas por el inconfundible sonido de los cascos de los caballos que fueron silenciados por una voz masculina e imperiosa. Aprovechando el silencio, el joven noble se situó junto a Amelie y le ayudó a ponerse en pie, pasando un brazo por su gruesa cintura, demostrando que la caballerosidad estaba por encima de cualquier asco. Poco a poco, aparecieron desde la niebla, lenta y teatralmente una pequeña comitiva, maravillosamente pertrechada por relucientes y mimados rifles, a los que le seguían los pertinentes floretes en los cintos, resguardándose de la lluvia mediante capas de color negro azabache y chisteras típicas de la misma tonalidad.
- Vaya, vaya, vaya. Qué buena pesca. Dos tortolitos en apuros – Dijo burlescamente el cabecilla, un hombre maduro de bigote emblanquecido por las canas.
- Apuesto a que nunca os habíais topado con tan elegante salmón ni tan lozana almeja – Repuso Caerdagor mientras hacía una suave reverencia.
- Soy Vince Dressager, y estos son Fred, Albert y Gregory. Desde hoy, nos hacemos llamar la P.U.C.D.B.I.P.F.R. Que quiere decir: Patrulla Urbana Cazadora De Bestias Ignotas Pero Francamente Repulsivas. No contamos con el permiso real, pero aún así todos opinamos que nuestra labor es imperativa. – Se explicó el adalid, que bajaba de su caballo para ofrecerle el asiento a la joven Amelie, que tenía en mente hacerse la desvalida para que alguno de esos resultones varones la llevaba en brazos. Pero tras percatarse de que ninguno acabaría con vida soportando tamaña carga, desistió y abrumó con su peso al desdichado caballo que indudablemente escribiría una queja extensísima si tuviese dedos prensiles.

- Yo soy Lord Caerdagor Fancaster, y esta es Lady Amelie Hammond, ambos de la Nobleza.. Llevamos una infinidad de tiempo escapando de los disturbios, aparentemente sin éxito. Gracias a la Luz que habéis llegado en buena hora. – Suspiró aliviado el aristócrata. Vince asintió y le hizo un gesto al más joven, llamado Albert, el cual le cedió a Caerdagor su florete, arma que parecía manejar con bastante soltura nuestro inimitable aristócrata.
- ¿Hacia dónde vamos ahora? – Preguntó el heredero de los Fancaster aquilatando el arma que le había entregado y haciendo unas maniobras con ella.
- Nos encaminamos hacia el taller de Brandom Rupert, está en la calle de la Torre de los Bow. Tenemos en su sótano a más ciudadanos confundidos y asustados allí. La gente de aquel barrio está levantando los adoquines y construyendo las barricadas, además, queda solamente a algunos metros del Distrito Miliar, por lo que espero que seamos los primeros en recibir la asistencia del ejército. – Contestó tranquilamente Vince, que miraba a todos los lados con cierta paranoia y en ocasiones se detenía en seco para pedir silencio y llevarse una mano a la oreja.
- Lo siento, pero yo no puedo ir a ese lugar, mis padres me están esperando y… - Comenzaba a quejarse Amelie, haciendo amagos de bajarse del caballo.
- Por supuesto, milady, bajaos y caminad vos sola por la ciudad, no creo que salgáis con vida de ella para poder alcanzar vuestra hacienda. – Dijo mordazmente el capitán.
- No importa, Amelie, desde allí podremos reubicarnos y plantear algún modo de poder contactar con nuestras familias. Estos gentiles caballeros nos están siendo de gran ayuda. – Trató de explicarle el joven, haciendo el esfuerzo de sonreírle para que se tranquilase.

- ¡FUEGO! – Un grito se elevó sobre los murmuros de la comitiva. E inmediatamente después, se escuchó el rugido de los cañones y el aire se impregnó con el olor de la pólvora. A medida que avanzaban, distinguían pequeños fogonazos en la niebla.
Todos suponían que el objetivo serían los huargen. Pero, ¿cuántos debían ser para tener que emplear contra ellos la artillería? Seguidos del infernal ruido de los cañones, se escuchaban edificios retumbar y derrumbarse por el estruendo y la mala puntería de alguno de los artilleros. Caerdagor agudizó la vista y se estremeció con lo que vio.
Una oleada de esos sucios licántropos corrían iracundos en oleadas contra la fila de soldados que los encañonaban con sus rifles, protegidos por una segunda hilera de infantería, que desenvainaron sus espadas y se equipaban las rodelas.
Vince dio unas rápidas instrucciones y se colocaron en la esquina de una callejuela que les proporcionaba el ángulo perfecto para descargar sus balas sobre las criaturas.
Caerdagor bajó bruscamente a Amelie del caballo y la colocó sin demasiados miramientos sobre un montón de embalajes en el soportal de una tienda de brebajes y bebidas espirituosas. A continuación, se unió decididamente al grupo que lo rescató.
- ¡Por Gilneas! – Vince exclamó y alzó su espada, dando la señal de ataque, apurando puesto que los del ejército ya estaban siendo desbordados por las fieras, que haciendo gala de una inimaginable agilidad galopaban sobre las paredes de los edificios y saltaban sobre los soldados rugiendo y mostrando sus afiladas garras.
El aristócrata tras esperar la tanda de los disparos, acometió insensatamente a un huargen que se disponía a atacar por la espalda a un joven muchacho de la infantería, sin reparar en que otros dos más se estaban preparando para abalanzarse sobre él. Dio muerte al primero, y en cuanto se volvió, cayó de bruces al suelo con el peso de ambas bestias encima suya. Uno de ellos, empapado en sangre le mordió brutalmente en el brazo, haciendo que el noble soltase su arma, mientras que el otro le dio un zarpazo en el pecho, rompiéndole lo que le quedaba de su blanca camisa de seda…

Capítulo 4: En las fauces del lobo.Editar

Caerdagor despertó, estirándose perezosamente en su caro lecho de sábanas de seda, almohada con plumas de cisne y más aditivos lujosos que caracterizan a un noble boyante y despreocupado como él. En su misma cama se encontraban dos mujeres jóvenes y hermosas que se enroscaban en el cuerpo del aristócrata, el cual se dejaba querer y el que respondía a las caricias con muecas socarronas. Lo que le extrañó ligeramente, es que una de ellas, que se alzaba victoriosa sobre él, comenzase a danzar salvajemente y a dar preocupantes aullidos. Aullidos, siempre le habían gustado los aullidos. Aunque en esta ocasión hacía que un escalofrío le recorriese la espina dorsal y le entrasen ganas de salir lo más rápido posible del dormitorio.La otra mujer le daba suaves mordisquitos por el cuello, juguetonamente. Pero algo iba mal, los Fancaster tenían un sexto sentido para saber cuándo una fémina no es en absoluto convenientemente para uno, lo malo es que ese sentido estaba jubilado desde hacía generaciones y aparentemente ahora había regresado con trompetas y tambores para anunciarle al joven que estaba en apuros. La situación empezó a torcerse cuando la doncella que botaba implacablemente sobre él comenzó a dejarse barba a unas marchas vertiginosas y la nariz iba tomando la forma de una trufa. – Trufas. - Pensó Caerdagor – No sé cómo la gente compra algo que parece un testículo momificado – Meditó rompiendo el clímax de surrealismo que se precipitaba en la habitación. Para cuando quiso darse cuenta, tenía a dos lobas (literal y trágicamente hablando) en su cama, cuyas muecas de lascivia habían dejado paso a unas de irrefrenable apetito, y lo peor de todo, es que una de ellas iba a practicarle una dentellada ‘ahí’.

- ¡Nooooooo! – Caerdagor dio un bote de la cama y gritó con todas sus fuerzas. Miró a su alrededor y se encontró con un par de hombres armados que lo miraban asombrados, entre los que se encontraba la gruesa Amelie con la boca entreabierta.
- Buenos días, Lord Fancaster, veo que habéis tenido sueños desapacibles. – Le saludó Gregory, uno de los muchachos de la partida de caza. El noble se llevó la mano a la entrepierna, y suspiró cuando supo que todo estaba en su sitio. Después se palpó la cabeza y se tocó el brazo, que le escocía aún por la mordedura de uno de los huargen.
- ¿Qué ha sucedido? ¿Cuánto tiempo llevo aquí? – Preguntó Caerdagor balbuceante sentándose difícilmente sobre el camastro en el que había estado reposando.
- Cuatro días. Habéis sufrido duras fiebres e incluso habéis delirado violentamente, como nos acabáis de dejar ver hace un instante. Ella os ha cuidado en todo este tiempo – Gregory señaló a Amelie, que hizo un gesto de timidez y le saludó con su manita – Aunque estamos muy preocupados por la herida. Hay quien dice que deberíamos pegaros un tiro, señor. – concluyó el informe.
- Muchas gracias, camarada, pero ahora mismo preferiría un té antes que una bala, gustos culinarios, diría yo. – Dijo Caerdagor aún asumiendo los últimos hechos.
- ¡Oh, Caerdagor! ¡No puedes tomarte nunca nada en serio! – La hija de los Hammond se sentó junto a él y le dio un sincero abrazo, que reflejaba el miedo y la tensión por la que la muchacha había pasado. Incluso parecía más delgada. Su papada holgaba menos.
- No te preocupes, Amelie, adoro frivolizar. Especialmente en momentos tan serios como este. Es el único remedio que me salva de convertirme en uno de esos enajenados que se cortan las venas y se van a llorar en las esquinas que tan de moda (hasta la irrupción de los huargen), estaban en la ciudad. – Le explicó el joven sin desembarazarla – Has sido increíblemente fuerte, has aguantado todo esta vorágine de… De… De bestias frenéticas como muy pocas lo hubiesen hecho.

- Gracias. – Musitó la muchacha limpiándose unos ojos acuosos y apartándose suavemente de Caerdagor, quien ya se decidía a calzarse unas botas y a ponerse los pantalones que le tendía un niño con aspecto de plebeyo, de esos que van con la ropa rasgada y llevan una boina que les queda grande.
- Gregory, ¿cómo está la situación en la ciudad? – Preguntó un Caerdagor con unos ropajes tan sucios y feos que él tachó de estilo informal, con el objetivo de querer ser elegante, aun pareciendo un mendigo de rebajas.
- Francamente, horrible. Los ejércitos de Gilneas se están viendo superados por las manadas de lobos que nos acometen. Además, no paran de sentirse temblores en la tierra, y según cuentan, han aparecido brechas en la muralla que defiende nuestro reino de los no-muertos. – Comentó con el ceño fruncido y limpiando su espada. – El Rey Cringrís está poniendo en marcha un plan de evacuación de los residentes de la ciudad para establecer la defensa fuera de la capital. Incluso Darius Crowley le está ayudando, ¡imagínate! ¡Han superado los odios de la guerra civil!
- ¿Entonces debemos retirarnos ya? – Inquirió Caerdagor, un tanto ansioso por marcharse del sótano lóbrego y húmedo en el que se encontraba.
- Oh, sí, en cuento regrese Vince con los chicos. Nos iremos hacia sur, hacia el pueblo Valletormenta. Quizás, hasta incluso encontréis a vuestros padres allí. – Les animó Gregory, que no parecía estar pasándoselo tan mal después de todo.
- Oh, seríamos terriblemente desafortunados si eso ocurre. – Contestó el joven noble en su habitual tono distendido.
- Por supuesto que sí, señor. – Le siguió la corriente el cazador.

Las horas se deslizaron agonizantemente en aquel habitáculo atestado de armas anticuadas, pieles empapadas en un sudor frío, articulaciones vacilantes y chasqueantes insufladas por un miedo atroz hacia lo conocido y anhelación apenas vacua por lo intrascendente. Tras esta descripción sin sentido que acaba de hacer el autor, sonaron decididos golpes en la trampilla del escondrijo de aquellos excelsos resistentes.
- ¡Santo y seña! – Demandó Gregory al tiempo que encañonaba la entrada del sótano con su arma.
- El búho de Charleston no canta al gorrión. – Contestó una voz firme y templada.
- ¡Ah, pasa Vince, te estábamos esperando! – El cazador abrió la trampilla y desocupó la escalerilla de cachivaches para que los miembros de la patrulla entrasen sin romperse la crisma.
- Ah, Lord Fancaster, veo que habéis decidido despertaros finalmente. Y en buena hora, me temo, salimos defecando lactosa ya mismo. – Dijo Vince mientras practicaba una reverencia, quitándose la mojada chistera, que chorreaba agua.
- Lo estábamos deseando, Mister Dressager. Aunque no sé si es seguro que os acompañe. He estado considerando la posibilidad de convertirme en uno de esos lobos y atacaros. Aunque no bajo mi propia voluntad. Y siendo sincero, no es algo por lo que me decline, realmente. – Se sinceró Caerdagor, quien, pese a sus esfuerzos de parecer impasible, estaba verdaderamente asustado.
- No os preocupéis por esa vertiente, Lord Fancaster, si sucede eso os volamos la tapa de los sesos y seguiremos nuestro camino. Además, os honraremos con medio minuto de silencio y todo. Quizás incluso alguien llore. Pero eso no puedo prometerlo. – Barruntó cansadamente el cabecilla de la tropa, que rebuscaba en un saco dos capas para que los nobles pudieran resguardarse. – Bien, ¿todos listos, caballeros?.
- Sí, señor, todos preparados. – Informó Albert, el zagal de la expedición que acompañaba al niño con pinta de huérfano que por lo visto era su hermano pequeño.
- En marcha, pues. – Sentenció Vince, abriendo la trampilla nuevamente…

Capítulo 5: Perros sarnosos.Editar

- Dense prisa, caballeros, dense prisa. Hemos de salir de esta ciudad lo más rápido que nos sea posible. – Vince ayudaba a los refugiados a salir del sótano con ánimos apremiantes, a la par que dirigía miradas a todos los rincones, paranoicamente.
- Mister Dressager, ¿cómo pretendéis que abandonemos el lugar? ¿Andando? – Preguntó Amelie, la cual se estremeció ante la idea de seguir con más ejercicio físico, cosa propia de deportistas y de ladrones. Gente baja y ruin, según ella.
- En absoluto, Lady Hammond. Hemos conseguido cuatro coches, con los que podremos evacuar rápido. Además, los caballos que los tiran se conservan en relativa buena forma. Alguno parece reumático y corto de vista, pero es una nimiedad. – Le tranquilizó el maduro cabecilla, dedicándole una sonrisa agradable.
- Albert, tú y Fred iréis con Lord Fancaster… Vigiladle por… Si pasa lo que tenga que pasar, ¿entendido? – Preguntó seriamente al joven en cuestión, que estaba revisando su rifle.
- Sí, señor. Lo tengo todo dispuesto. – Asintió obedientemente.

La lluvia Gilneana arreciaba sobre los resistentes, orquestando una armonía inquietante y húmeda en los baldaquines de la caótica urbe, que yacía en la agonía moribunda del desconcierto, tal como lo hace un insecto primaveral que es aplastado súbitamente por la bota de un niñero dominguero, de forma imprevista y contundente. El grupo compuesto de hasta catorce personas se mantenía en silencio, resguardado bajo los salientes de los tejados, que dibujaban cortinas de agua. A lo lejos, se escucharon relinchos de caballos y el inconfundible sonido de las chirriantes ruedas, que hacían hercúleos esfuerzos por soportar la infame humedad de las calles, que les provocaban infortunados contoneos. Finalmente, los cuatro coches se detuvieron ante la comitiva de refugiados, y sus cocheros se apearon prestamente, solícitos en acelerar la salida.
- Gracias a la Luz que habéis llegado, Dorian. – Le palmeó Vince a un hombre cincuentón que parecía liderar toda aquella escuadra.
- Creo que saldrá bien. Aunque si te digo la verdad, no he tenido tanto miedo en mi vida. Si exceptuamos aquella ocasión en la que leí por error un magazine femenino. Aquello aún no lo he superado. – Se lamentaba el aterido Dorian, que se afanaba por colocar a todos los pasajeros, que parecían morcillas embutidas en un saco con ruedas de una circunferencia más bien cuestionable.

Tras unos minutos de confusión, apretones, yoahínoentroqueestoyfornido, y ciertas imprecisiones más, nuestro excelso, por no decir, decepcionante grupo de resistentes gilneanos, se encontraban ya enlatados en los coches. Los corceles, en cuestión, se dirigían miradas de desasosiego, y humillaban la cabeza en señal de resignación.
Después de un par de gritos y de latigazos, la escuadra arrancó torpemente. Vince Dressager se encontraba en el primer coche, calándose hasta los huesos con el cochero Dorian Cabman, el cual dirigía las riendas sin ningún ápice de maestría. Un novato lo hubiese hecho mejor, porque tendría el privilegio de la suerte del principiante.
Sin embargo, para alivio de todos, no estaba conduciendo una mujer. Sino, todos habrían tenido que soportar una conducción suave y sin choques, lo que hubiese supuesto una travesía mortalmente aburrida.

Para deleite de los presentes, al pasar una hora en la que imperaron los giros bruscos, los depresivos baches y alguna que otra muerte de alguno de los caballos que tiraban, se comenzaron a escuchar aullidos… Y aquel aroma a perro mojado se evidenció fulminantemente hasta que encontraron un huargen que había sustituido a uno de los cocheros de la comitiva, y que estaba desempeñando su nuevo oficio brillantemente. Lamentablemente, Caerdagor lo vio, lo señaló, y el bueno de Fred le pegó un tiro sin pensar en las consecuencias que aquello trajo consigo, que fueron el consiguiente desbocamiento de los corceles y el inexorable vuelco del coche.

Dorian Cabman se percató de que faltaba una unidad cocheril, por lo que tomó la decisión más sensata de toda la historia de Azeroth. Dejarles atrás, mientras una manada de licántropos rabiosos les rodeaban, y salvar su pellejo y el de los pasajeros que llevaba, los cuales celebraron la resolución de su cochero. En cambio, Vince Dressager, como era imbécil, o heroico, según el rasero paladinesco, dio un salto enérgico y se plantó sin caerse ni nada, practicando un aterrizaje limpio y teatrero frente a los huargen, que ya estaban devorando invariablemente a alguna de las víctimas del coche volcado. Lord Fancaster, en cambio, se las había ingeniado para utilizar una rueda como escudo y mantener a raya a uno de sus peludos rivales, que lanzaba dentelladas al aire, en afán intimidatorio.
- ¡No se preocupe, Lord Fancaster, la situación está absolutamente incotrolada! – Exclamó Vince, que encañonó a uno de esos monstruos, el cual le dirigió una mirada sutilmente inteligente, tanto fue así que pareció comprender el significado de que a uno le apunten con un rifle, y se fue corriendo por donde había aparecido. Aprovechando que no había disparado la bala, la descargó contra otro huargen que en cambio no tenía tantas luces y optó por abalanzarse sobre él, fracasando en su intención, puesto que su cráneo pronto se convirtió en una ensalada de sesos, cerebelo y masa gris esparcida por el suelo. Mientras tanto, el joven Albert y Caerdagor se debatían en un combate a muerte. El primero de ellos, amenazaba con una navaja de esas que tienen los zagales de los suburbios a un licántropo, que practicó un zarpazo milimétrico a su rival, y le causó una ominosa herida, derribándolo y desarmándolo al mismo tiempo.

El atractivo aristócrata, protagonista de nuestra historia, había perdido su yanta de protección y se encontraba arrinconado, con la espalda contra la fachada de un enmohecido edificio de varias plantas, totalmente derrotado. Cuando el huargo bípedo ya se las prometía felices y abría sus fauces para morder a su presa, observó cómo Caerdagor empezó a gritar de dolor, a sufrir espasmos epilépticos y a detallar en el modo que sus ropajes se rasgaban y sus músculos se ensanchaban. - ¡Oh, no! ¡Lo que nos faltaba! – Vince se apabulló, quedándose paralizado por unos instantes. Hasta que una petición de auxilio por parte de Albert lo devolvía a la tierra.
Al no quedarle más balas, desenfundó su viejo sable, y acometió a la bestia que estaba frente al muchacho, a la cual le clavó su arma en el costado, acabando con ella. No se molestó posteriormente en recogerla, ya que estaba demasiado preocupado por su compañero.
- No podemos hacer nada por Lord Fancaster – Le murmuró Albert, empapado en sangre, pero sin graves lacerencias que le impidiesen mantenerse en pie.
- Sí. Es una lástima lo que le ha ocurrido. Espero que la Luz se apiade de él. Debemos marcharnos, esos hijos de puta nos han dejado aquí tirados, aunque la salida no está demasiado lejos, creo que podemos conseguirlo, chaval. – El maduro adalid pasó su brazo por los hombros de Albert, y le ayudó a continuar. Mientras tanto, Caerdagor seguía con su transformación, retorciéndose en una de las destartaladas vías gilneanas…

Capítulo 6: Recuerdos.Editar

Todavía no entendía por qué Padre le había llevado a aquel lugar. No le acababa de gustar el calor, y tanto sol, le coloreaba la piel. Era ese color rojo de gamba lo que le enfadaba, tenía la sensación de ser un tomate bien vestido. James Fancaster se entretenía flirteando con una tendera, de largos cabellos morenos ondulados y piel bronceada, en la calle mayor de la pequeña aldea lordanesa de Molino Tarren. Su pequeño hijo de diez años, Caerdagor, mordía una manzana con caramelo distraídamente, y se sumía en alegres pensamientos, referentes en volver a su casa y contarle a su madre lo malo que había sido el pater familias.

Era aquel un día estival, se estaba celebrando una fiesta local, conmemorando el cuarto aniversario de la victoria de la Segunda Guerra contra la Horda. Su padre le había dicho que irían al este para que conociese el mundo y más culturas humanas atrasadas, para que pudiese comprobar el alto grado de civilización de Gilneas, razón principal por la que se encontraban allí. Caerdagor era demasiado inocente como para descubrir que su progenitor tenía una amante allí, por lo que esa excusa coló rotundamente. Los aldeanos vestían sus ropajes esmeradamente limpios y blancos para la ocasión y los guardias portaban sus orgullosos tabardos con la clara L azul de Lordaeron. Horas antes, padre e hijo habían estado viendo una representación teatral bastante burda, en la que se simulaba un combate entre un caballero humano, que hacía de bueno, y de un orco brujo, que era el malo de la historia. Como era de esperar, el bueno mataba al malo y se casaba con la humana que tenía secuestrada en un castillo negro y puntiagudo que los orcos solían construir. El pequeño señorito iba en secreto con el orco, por lo que sintió una pequeña desilusión cuando el caballero humano venció.

Al acabar la obra, su padre le regaló un sombrero de paja para que se protegiese de los crueles rayos solares. Él se lo puso, pero le cubría toda la cabeza, y parecía un sombrero con patas. James Fancaster se desternillaba de risa cada vez que lo veía andar inseguramente y tropezando con las piedras que se topaba en los rugosos caminos rurales de las Laderas de Trabalomas. Su hijo, cansado de las risas, agarró furioso el sombrero y lo tiró al suelo. Después, saltó sobre él y lo pisoteó.
- ¡No me gustan los sombreros de los paletos! – Le dijo a su progenitor, enfadado.
- ¡Vamos, Caerdagor! No seas así, vayamos a comer algo, y se te pasará ese enfado tan efervescente que tienes. Este lugar es encantador, y es bueno tomar el sol. O eso dice tu madre. – James Fancaster cogió a su pequeño y se lo subió a sus hombros, ya que el muchachón no tenía demasiadas intenciones de querer andar más. En cuanto llegaron al Molino de Tarren le compró el dulce que ahora mismo estaba comiendo.Caerdagor miró el palo vacío y pringoso en el que antes había estado su manzana con caramelo. Echó un vistazo a los lados, y aprovechando que nadie lo miraba, silbó y lo tiró a un lado, disimuladamente. Sin embargo, una niña pelirroja se dio cuenta y avanzó hacia él con los carrillos hinchados y le señaló acusadoramente:
- ¡No tires basura a la naturaleza! ¡Puedes dañarla! – La jovenzuela meneaba el dedo con cierto frenesí, que avanzaba hacia las asombradas pupilas del gilneano.
- ¡Yo hago lo que quiero, que para eso soy noble! – Le espetó el niño, dándole un tortazo a la mano de la niña, la cual vaciló un poco, y a continuación, le devolvió el golpe, pero esta vez en los morros, con fuerza.

¡Bien hecho, hijo! ¡Ya has hecho una amiguita! – Le aclamaba su padre, el cual estaba recibiendo una suave caricia por parte de la tendera morena, la cual vestía una camisa radiantemente blanca de lino, que gracias al efecto luminoso, le transparentaba ligeramente sus formas. Y que de este modo, estaba conquistando al patriarca de los Fancaster, quien no oponía demasiada resistencia. La niña pelirroja, aprovechando el estupor de Caerdagor, lo tiró al suelo y se subió encima de él, para mayor euforia del sátiro padre del noble, que incluso empezaba a dar palmadas, animando el espectáculo. Más pueblerinos de la localidad, atraídos por el ruido, hicieron un corrillo y esbozaban sonrisas de ternura. El señorito la agarró por los brazos y le clavó las uñas a la muchacha, que dio un pequeño grito de dolor. A continuación, hizo presión con sus muslos sobre las piernas de ella y rodaron como croquetas, colina abajo. En la bajada, dieron varios tumbos, y finalmente, sometió a la pécora de pelo color fuego, que yacía jadeante sobre la hierba ya más amarillenta que verde de la región, debido a la estación veraniega.

Caerdagor se incorporó y se sacudió su trajecito marrón. Comprobó con cierto disgusto que su pajarita azul se le había aflojado. Y, ¡horror! Estaba incluso deshilada. Dirigió la mirada hacia abajo y sus ojos se toparon con los de ella. ¡Qué ojos tan extraños tenía! Eran de un color lavanda intenso. Brillaban incluso. Era como si tuviese una lucecita dentro. ¡Qué fascinantes esos ojos! Quedándose quieto, recuperando la respiración tras la pequeña pelea, siguió analizando a la vencida, que recobraba la ubicación y se reincorporaba con dificultad, apoyándose con las rodillas para levantarse, e inclinándose hacia delante, dejando ver unas largas orejas que se elevaban sobre sus cabellos en infinitos bucles.
- ¡Qué calavera estás hecho, hijo! ¡Pero si te has hecho amiguito de una elfa! Como sigas así vas a superar incluso a tu padre. – James Fancaster palmeó a su hijo con la mano derecha, ya que tenía el brazo izquierda ocupado reteniendo de la cintura a la tendera morena de generosos pechos, la cual había dejado su puesto, decidida de no abandonar a aquel braguetazo de aristócrata que había pescado.

¿Una elfa? Era la primera vez que veía una. Le habían hablado de los elfos. Criaturas que parecían humanos y que vivían en los bosques encantados del norte. Decían que sabían todos magia y que eran muy longevos. Además de que eran muy ricos. Sin embargo, aquella niña elfa era bastante humana. Aunque, ahora que se fijaba, el vestidito vaporoso azulado que tenía parecía ser de telas bastantes refinadas. La encontraba incluso guapa. ¿Guapa? ¡Pero si era una niña! Las niñas siempre eran odiosas, sea cuales sea su raza.
- ¡Silas, Silas! – Un altísimo alto elfo apartaba a la multitud de lordaneses que se apiñaba en torno a los jóvenes pugilistas, y abrazó protectoramente a la niña. – Me tenías preocupado, ¿qué has estado haciendo? – Esta última frase fue apenas audible, y aún más ininteligible para la gente, ya que la profirió en thalassiano. Su impetuosa hija le susurró un par de cosas y señaló a Caerdagor. El elfo adulto escrutó al joven y achinó un tanto los ojos. A continuación, se separó de su retoña y se dirigió a James Fancaster.
- Señor, debería controlar a su hijo, ha tenido la osadía de agredir a mi pobre hija. – Le dijo en un tono serio. Llegando los cabellos rubios a cubrirle parte del rostro.
- ¡No sea así, caballero! Son niños, solamente estaban peleando. – Excusó desenfadadamente el padre.

- Puede que entre los humanos jueguen así, pero nosotros, los elfos, nos comportamos de manera más ci… Distinta. Sin embargo, lo tomaré como una mal interpretación cultural. Vámonos, Silas. – El elfo tomó de la mano a su hija y le dirigió a Caerdagor una mirada torva. El cual se revolvió inquieto, aún atónito por lo que había ocurrido, y se acercó a su padre.
- ¡Menudo prepotente! Por la Luz que le habría dado un par de puñetazos a ese orejudo. Ha tenido suerte de que hoy me encontrase de buen humor – como siempre – sino se hubiese enterado de lo que es boxeo gilneano del bueno. – Dijo el patriarca de los Fancaster esbozando una sonrisa picarona y guiñándole el ojo a su amante, la cual le pellizcó discretamente y le dijo algo al oído, que acababa en ‘ón’.

Aquella misma noche, en el ‘gran’ mesón de la aldea. Caerdagor daba vueltas en su lecho. Era incomodísimo dormir allí, y no acababa de coger la postura ideal como para sumergirse en el mundo de los sueños, de modo que permanecía en un estado de vigilia. Se había pasado toda la tarde pensando en la niña elfa. Se imaginaba qué diría y qué le haría si la volviese a ver otra vez. La imaginó pidiéndole perdón y cogiéndole la mano, diciéndole lo elegante que era para ser niño, y que ella era tonta. ¡Tonta y fea! Sí, eso sí que sería estupendo si ocurriese. Pero bueno – Admitió – No es nada fea. Acosado por los pensamientos, se levantó de la cama y se asomó por la ventana de la habitación. Estaba solo, su padre estaba con aquella señora, la cual le había sido presentada como su ‘madre temporal’. No había entendido eso de ‘madre temporal’, y además, estaban en la otra habitación riéndose y dando chillidos rarísimos. Los adultos estaban todos locos.

Caerdagor miró hacia el cielo, y se topó con la gran esfera de mármol que es la Luna. En Gilneas no solía mostrarse así de rotunda y solitaria en la bóveda celeste. Siempre había nubes grises de tormenta que la envelaban y acompañaban. Suponía que las nubes gilneanas eran atentas y educadas, y no dejaban al satélite vagar solo por ahí. Pero ahora… Era maravillosa contemplarla. Era… ¿Cómo era aquella palabra? Osnubi… Obi… Bueno, carecía de importancia. Era hermosa, y eso era lo único que importaba. En medio de su embelesamiento, el niño notó un repentino dolor en el antebrazo. - ¡Au! – Exclamó a destiempo y se lo frotó. A continuación, miró hacia abajo y encontró en el suelo una piedrecita. Volvió a asomarse por la ventana y sondeó el lugar. Abajo, en la calle, estaba aquella niña elfa. Quien, al volverle a ver, le lanzó otra piedrecita, que estaba vez erró.
- ¡Te vas a entera, elfa! – Caerdagor la amenazó con el puño y se refugió en su habitación, cerrando rápidamente la ventana, para que no entrasen más proyectiles. Buscó algo contundente con lo que pegar a su archienemiga, y como no encontró nada mejor, agarró la almohada y bajó con decisión escaleras abajo.

Una vez abajo, en la calle, Caerdagor divisó su oponente y palmeó su almohada, amenazadoramente. En cambio, Silas, se le quedó mirando, emitiendo una risilla.
Aquello molestó de veras al niño gilneano, que cargó contra ella, rabioso.
- ¡No, no, espera! ¡No quiero pelear, solamente hablar contigo! – La niña se echó a un lado y esquivó la embestida, entre risas.
- ¡Pues yo no quiero! A no ser que me pidas perdón. Entonces sí querría. – El joven aristócrata humano se detuvo, pero sin soltar su nada letal arma.

- ¿Perdón? Pero si empezaste tirando tú el palo a la hierba. ¡Eso no se hace! Mi padre, que es forestal en Quel’Thalas siempre me lo dice. – Le recriminó ella.
- Pues mi padre dice que… Que… - Caerdagor trató de pensar en vano alguna respuesta ingeniosa. Pero no se le ocurría ninguna.
- ¿Qué? ¿Qué dice tu padre? – Inquirió la niña, dibujando una sonrisa divertida.
- ¡Dice que un té a las cinco es una costumbre deliciosa y muy recomendable para todos! – Exclamó al final, como si hubiese citado a un reputado filósofo.
- Pues yo nunca he probado el té. – Reconoció la elfita.
- ¿Ah, no? – Caerdagor no se creía que alguien no hubiese probado el té. De hecho, creía que lo tomaba todo el mundo, hasta los orcos. – Pues deberías hacerlo, te volverías más… Simpática. – Acabó el muchacho.
- Bien. Prepárame uno y haremos las paces. Supongo que sabrás hacerlo, ¿verdad? – Silas daba vueltecitas alrededor del zagal.
- Por supuesto que sé hacer té. – Mintió el pequeño gilneano. – Solamente que aquí no tengo los ingredientes. Tendrás que venir mañana. ¿Mañana estarás aquí? – Preguntó Caerdagor, con un mejor humor.
- Sí, estaré aquí todo el año. Mi padre está aquí entrenando a unos arqueros para la Alianza. – Contestó ella, alegremente. Iba a tomar té. No sabía qué era exactamente, pero le hacía ilusión probar cosas nuevas.
- Eh… Bien. Pues yo ahora me voy a dormir. – Le comunicó el niño humano, en un alarde de dignidad y solemnidad. – Ven mañana, y ‘si tengo a bien’, te prepararé el té. – Añadió de forma rimbombante, entrando de nuevo en la posada, con una sonrisa triunfal en sus labios. Mientras tanto, la niña elfa, que se había quedado un tanto descolocada por tan singular respuesta, se encogió de hombros y se fue a la casa de su padre dando trotes, emocionada. Antes de abrir la puerta se detuvo y observó la Luna, ¡qué bella estaba aquella noche! ¡Y qué encuentro tan propicio había dispuesto!

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Caerdagor abrió los ojos. Le dolía la cabeza, y se sentía extraño. Estaba indudablemente mareado. Le recorría una marea de odio y rabia, de espanto. Su corazón ardía de desesperación. Apenas podía pensar, no era dueño de los actos de su cuerpo. Estaba corriendo por un lugar oscuro, tenía frío y se hallaba totalmente empapado.
Advirtió que estaba subiendo por algún tejado, ya que pensó reconocer el sonido de las tejas de pizarra deslizándose y crujiendo. Se encaramó a una chimenea y sintió la imperiosa necesidad de aullar. Alzó su cuello y aulló, aulló varias veces hasta quedarse sin aire. Agotado, se notó desfallecer. Y antes de que la inconsciencia lo arropase, posó su mirada en la Luna. Volvía a encontrarse solitaria y triunfante, imperial, en el cielo despejado. Como aquella vez, hacía tantos años…

Capítulo 7: La reunión.Editar

Valletormenta era un pueblecito encantador. Un apacible lugar cercano a la costa meridional de Gilneas, en la que el mayor escándalo registrado había consistido en un supuesto robo que el chico del correo había efectuado en el buzón del filósofo local, Mister Cecil Coal. Era este peculiar señor la persona más popular del vecindario. Siempre se le veía vestido a la última moda, definiendo y domando las tendencias que se internaban en la patria. Era apestosamente millonario y necio, aunque él se hacía el intelectual; llegando incluso a maquillarse ojeras con tal de contarles a sus vecinos que había pasado toda la noche leyendo compendios y sistemas filosóficos que la mayoría del ‘vulgo’ jamás comprendería. Todo esto, era absolutamente falso. Aunque lo que sí tenía visos de ser cierto, es que este individuo filosofaba asiduamente. Sobretodo filosofaba sobre mujeres desnudas. Aunque cualquier otra persona del mundo le hubiese tildado de perverso sexual, él prefería considerarse un metafísico de la anatomía.

Hallábase Mister Coal en un pleno extraordinario que él mismo había convocado en la bodega de su casa, que había decorado primorosamente con estandartes desfasados y candiles con un óxido galopante. Lo había hecho por motivos de emergencia, que cualquier lector podrá adivinar. El ataque de los huargen, naturalmente. Aunque también estaba prevista otra convocatoria relacionada con la decoración invernal de aquel año. Sin embargo, este punto fue menos rebatido. En esta misma reunión se encontraban los excelsos miembros de la resistencia, el temperamental Vince Dressager, el gran derrochador de sentido común; Dorian Cabman, y la encantadora Amelie Hammond. Se hallaba además la impoluta Mistress Hatchson, la cual se había presentado en su mejor vestido de volantes con bordados, y un collar de perlas resonantemente falso. Era una de las personalidades menos importantes del lugar, pero sin embargo, era la prometida del filósofo, la cual se irritaba profundamente siempre que le denegaban una invitación, razón por la cual, tras unas cuentas palabras intrincadas, Mister Coal le había cedido gentilmente un asiento.
- No sé si podré perdonarte por lo que nos hiciste en la capital, Dorian. Fuiste verdaderamente descortés al abandonarnos a nuestra suerte. – Mascullaba Vince al cochero mayor de la resistencia, quien se limitó a levantar el labio superior con asco y le daba un trago a la copa de whisky que tenía en la mesa. Al mismo tiempo que esto ocurría, el inepto pensador tomaba asiento en una butaca acolchonada y de respaldo alto, en la que se acomodó removiendo el trasero. Una vez se sintió confortable, tamborileó sus dedos cargados de joyas horteras y se dirigió a su audiencia:
- Queridos. La vida no es otra cosa que una incesante sucesión de desdichas, desgracias y sufrimientos. Lo único que nos cabe esperar, es que nunca encontremos la felicidad. Eso sería nuestra mayor perdición, pues, ¿cómo podrá vivir el hombre que se encuentra en el regocijo, sabiendo que algún día lo perderá? Y yo os digo, queridos míos, que lo que aquí ha ocurrido siempre podrá tener algo positivo. – Sentenció expandiendo sus sudorosas manos sobre la barnizada mesa, que desprendía un tenue brillo al reflejarse sobre ella la luz de las velas.
- ¡Qué tonterías dice usted, Mister Coal! No hemos venido aquí a hablar de filosofía. Sino de cómo nos las apañaremos para entablar aquí una resistencia seria. ¡Tenemos que armar al pueblo! – Vince se levantó y dio un puñetazo a la mesa, secamente, provocando que la señora Hatchson se llevase una mano al corazón, simulando que le había parecido un acto grosero, cuando en realidad lo tomó como un gesto impetuoso y arrebatadoramente masculino.

- Cálmese, cálmese. Acabará causándome desperfectos en el inmobiliario. Y eso no se lo puedo permitir a usted. No es filósofo, es algo que me corresponder hacer a mí en mis delirios de profundidad inspirativa. – Trató de apaciguarle el anfitrión.
- ¿Filósofo? ¡Un filósofo no es más que un vago que se causa trastornos mentales a causa de ahondar en absurdeces, reduciéndose a un estado total de idiocia debido a su total inutilidad! ¡Eso es un filósofo! – Le contestó rojo de ira Mister Dressager.
- Qué impulsivo es usted. Pero no se preocupe. Aparcaré mis cábalas. – Prometió el pensador – Ya que a los estultos les obnubila mi agudeza y mi afilada perspicacia – le comentó en tono bajo guiñándole un ojo a Amelie, quien mantenía una mirada triste y perdida, sin parecer seguir el hilo de la conversación.
- Seriedad, señores, seriedad. – Era ahora Dorian quien hablaba. – No creo que se gane mucho defendiendo el pueblo. Salvo esforzarnos y sudar. Y yo odio sudar. Lo más inteligente es reunir una caravana de ciudadanos y abandonar cuanto antes el país.
- ¡Antes morir que abandonar Gilneas a su suerte! – Exclamó Vince, abriendo los ojos como si no se pudiese creer lo que escuchaba.
- Pues morirás, Vince, claro que lo harás. O te convertirás en uno de esos monstruos. Como le ha pasado a Fancaster. – Le replicó el cochero, sin levantar el tono, hablando en un tono práctico. Esta declaración despertó de su ensimismamiento a Amelie, quien le dirigió una mirada de odio a Dorian.
- Yo no soy como tú, no lo soluciono todo huyendo. Si vuestra voluntad es la de retirarse, hacedlo, yo pienso defender esta posición. Cueste lo que cueste. – Escupió más que dijo el maduro militar, realmente decidido.
- Estoy con Mister Dressager. Él no es un cobarde. Y tiene mi apoyo y mi infinita gratitud por cuidar de mi persona. Me niego a abandonar. Soy gilneana, y soy noble. No sabré luchar, ni siquiera podré ser una buena estratega. Pero lo que sí sé es que nuestro honor quedará destrozado si rehusamos a defender lo que es nuestro. – Dijo con coraje la heredera de los Hammond, apoyando su mano sobre el fuerte brazo de Vince, quien le dedicó una sonrisa de afecto.
- Os doy las gracias por vuestro apoyo. Me satisface saber que la valentía aún brilla en las brumas de la cobardía. – Dijo aplicándole un fruncimiento de ceño al cochero, que hacía un aspaviento con la mano.

Los presentes intercambiaron miradas, tratando de leerse los pensamientos, mutuamente. Había posiciones enfrentadas, e incluso las había aún sin pronunciar. No obstante, finalmente optaron por dar una salida viable para evacuar a los ciudadanos que así lo quisiesen, que sería liderada por Dorian Cabman, de forma informal, sin contar con el Concejo, totalmente desprovisto de poder debido a la anarquía que imperaba. Por otra parte, Vince se encargaría de adiestrar a los lugareños en condiciones físicas óptimas y que rechazasen el plan de huída. Al concluir la reunión, Cecil se quedó a solas con Mistress Hatchson, con la que prosiguió charlando en el piso superior de su caserón. En un sobrecargado salón junto al fuego que calentaba el frío invernal.
- ¿Por qué ayudas a esta gente, Cecil? – Inquirió la mujer arqueando las cejas, recostándose en el sillón. – Ese impertinente te ha hablado como si fueses escoria. Y yo detesto que te traten así, me siento celosa si no lo hago yo. – Puntualizó, contemplando al filósofo, que mantenía la mirada suspendida sobre el fuego.
- ¿Por qué le ayudo? Quizás porque no nos queda más remedio que hacerlo. Le conozco desde hace muchos años a ese Vince. Es mi primo. Y aunque me escueza reconocerlo, es buen militar – Profirió despistadamente el opulento pensador.

- Pues yo opino que deberíamos irnos con el señor Cabman, es más sensato. Aunque más feo, quizás sea la razón por la que tenga menos gancho y por la que sea inteligente.
¿No piensas lo mismo, Cecil, adorado? – Le sonrió con una mueca de arpía que tan magistralmente esbozaba.
- No sé qué pensar ahora mismo, Paula. Me siento embotado, creo que me iré a dormir. – Le dijo a la mujer cansadamente. Ella conocía bien esa actitud, generalmente los denominaba ‘ataques de misticismo’, pero siempre eran irreales y mal interpretados. En esta ocasión, Cecil estaba preocupado de verdad, ya que ni siquiera se había fijado en que estaba coqueteando con él. Esperaba que no se estuviese volviendo listo. Eso sería espantoso para ella. Se podría dar cuenta de que le estaba influenciando. Si eso sucedía, podía dar al traste sus planes de casarse con aquel excéntrico rico, del que tanto amaba su fortuna.

A la semana de hacerse público esta iniciativa, pocos eran los vecinos que se habían animado a la defensa, tan pocos que Mister Dressager tuvo que darse por vencido. Sin embargo, para fortuna suya, Cecil le comentó distendidamente que había tenido noticia de un alquimista, del cual se decía que podía sanar la maldición de los licántropos. O al menos, atemperarla. Vince pensaba a diario en Caerdagor. Sabía que Lady Hammond lo hacía también. La pobre muchacha estaba destrozada. No tenía ninguna noticia de su familia, incluso se rumoreó que su hacienda familiar estaba totalmente arrasada, cosa a la que decidió no dar crédito, demostrando lo ciego que es el optimismo en ocasiones.

En cuanto a Lord Fancaster, habían pasado dos meses desde que se le vio por última vez en la capital, y para Vince, la sola esperanza de poder redimir su fracaso en protegerle, le devolvía muchos ánimos que creía perdidos. Sería triunfal recuperar más compatriotas y devolverles a sus antiguas y limpias vidas. Quizás, no todo estaba perdido. Si aquello era cierto, estaba dispuesto a atrapar a cuantas bestias pudiese, y restaurar el honor de la nación. En cambio, de momento tenía que instruir a su nueva escuadra. Serían los mejores, salvarían tantas vidas que la gente pensaría que formaban parte de esas Organizaciones No Gubernamentales que tantos estragos causan tratando de hacer el bien. Estaba decidido. Hablaría con ese famoso alquimista, y se pondría manos a la obra. Por Gilneas.

Capítulo 8: Más memorias.Editar

Allí estaban los dos. Sentaditos unos metros atrás de la parte trasera del mesón de Molino Tarren, en una agradable mesita de roble con dos bancos rectangulares a los lados. Sobre un mantelito de tela, se encontraban sendos cuencos de ínfimo tamaño y una feísima orza de labriego presidiendo aquel gastronómico espectáculo.
Caerdagor se remangó cuidadosamente y se colocó la servilleta sobre el regazo, tal como le habían enseñado a hacer en su casa. Silas, a la par, mantenía la espalda exageradamente recta y trataba de disimular una sonrisa estirando los labios, ensayando un rictus cómico.
- Has sido muy amable al hacerme el té, Caerdagor. – Le dijo la joven elfa a su interlocutor asiendo suavemente su cuenco con una especie de líquido grisáceo, el cual olfateó discretamente, e hizo como que daba un sorbito.
- Bueno. Me ha costado lo mío. He tenido que pelearme con… Unos leones de las montañas para conseguir las mejores hojas de té de este sitio. – Contaba el noblecito con un aire orgulloso. Silas asintió, siguiéndole el juego. Pocas horas antes le había descubierto arrancando unas briznas de hierba del prado y alguna que otra flor silvestre, cuyas partes flotaban en su supuesto té.
- Pues te ha salido muy rico. ¿Tomáis esto en vuestro país? – Le preguntó ella dulcemente.
- Sí, siempre. Todos los días. ¿A que me ha salido muy bien? – Quiso inquirir él al percatarse de que la niña daba traguito tras traguito, sistemáticamente.
- Oh, sí. Diría que el sabor es… Nuevo para mí. – Le contestó educadamente al humano, que, en cambio, como si fuese consciente de la bazofia que había preparado, no había dado un solo sorbo.
- Bueno, en realidad… - Empezó Caerdagor. – Esto no es del todo té. Sino… Más bien una nueva receta mía. – Reconoció el muchacho, que miraba con desolación las fluctuantes plantas mutiladas que parecían encogerse de dolor ante la tortura realizada por su cocinero.
- ¡Ya me lo imaginaba! Pero no pasa nada. Lo importante es que te has esforzado. Creo que deberíamos ser amigos, ¿no te parece? – Le sugirió Silas alegremente, dejando de lado su cuenco y posando su mandíbula entre sus manos entrelazadas.

Caerdagor la miraba con extrañeza. Sentía una peculiar fascinación por aquella criatura. No sabía definir con precisión qué era. Pero cuando estaba con ella, tenía la necesidad de querer parecer mejor de lo que era. Y también procuraba estar más limpio de lo normal. Incluso aquella mañana en la que habían quedado, se lavó dos veces la suciedad de detrás de las orejas, para asombro de su padre, que no se explicaba a qué venía tal frenesí higiénico. En aquel momento de la tarde, el sol comenzaba a perderse por el horizonte, derrochando luminarias que encendían los árboles e iluminaban la hierba con tonalidades doradas y color miel, embelleciendo las nubes que se deslizaban gentilmente en el tapiz del cielo luciendo vestiduras rosadas y rojizas.
- Sí. Me gustaría ser tu amigo. Si me prometes que no me darás más bofetadas. – Asintió Caerdagor dirigiéndole una peculiar mirada que iba acompañada de un fruncimiento de ceño.
- Solamente lo haré si te portas mal otra vez conmigo. O con la naturaleza. – Reconoció ella realizando un encantador parpadeo remilgado. El pequeño aristócrata, que no captó el gesto le tendió la mano, como había visto hacer a los varones que traban amistad.
- ¿Qué haces? – Le preguntó Silas un tanto desconcertada.

- Me tienes que apretar la mano si quieres ser mi amiga. Es una cosa que se hace en mi país cuando dos personas quieren ser… Pues eso, amigos. – Le informó como buenamente pudo. Al escuchar la explicación, la elfa rodeó la mano que le ofrecía Caerdagor con las dos suyas y las agitó suavemente. – Bueno, no es exactamente así el gesto, pero creo que valdrá. – Le dijo sonriendo. Se había hecho amigo de una elfa. Eso no lo hacía uno todos los días. Que él recordase, ningún compañero de las escuela tenía amigos elfos, ni de otra raza. Él sí. Y eso era insuperable. Además era una chica, por lo que valía por dos su grado de sublimes contactos.
- Por cierto… Silas. Mañana me vuelvo ya a Gilneas. Ya que el festival ha finalizado. Mi padre dice que tenemos que volver con ‘urgencia’. No sé qué de que mi madre no sospeche. Es algo que me confunde. Hasta ha comprado flores del campo para ella. A veces no entiendo a mi padre. Creo que él tampoco me entiende a mí. Por eso nos llevamos tan bien. – Comentábale él a ella, que parecía un poco apocada.
- ¿Ya te vas? Es injusto. ¡Si nos acabamos de conocer! Qué poco dura nuestra amistad. – Se quejó cruzando los brazos y frunciendo maravillosamente los morritos.
- ¡No, no! ¡Nos volveremos a ver! Te lo prometo. – La intentó animar elevando el tono.
- ¿De verdad? ¿Cuándo? – Le preguntaba Silas, inclinándose hacia delante, contemplando el rubio cabello de Caerdagor brillar como el sol.
- Pues… Volveré el próximo festival. De hecho, ¡vendré todos los festivales para estar contigo! – El jovenzuelo se subió a la mesa y adoptó una postura decidida, tal como había visto hacer a un poeta-guerrero en una obra de teatro, y añadió - ¡Y que la Fortuna me abandone si no lo haga, y me haga periodista sensacionalista! – Puntualizó en un éxtasis de determinación. Silas se rió al ver a su amigo haciendo esas tonterías y se subió con él.
- Yo también vendré todos los años a este festival, y estaremos juntos. ¡Y como dices, que me vuelva calva si no lo hago! O peor, ¡enana! – Ambos amigos celebraron las aclamaciones y se troncharon de risa. Un campesino que regresaba de trabajar en sus tierras los miró con asombro y se pasó una mano por el rostro, haciendo comentarios sobre que en sus tiempos los jóvenes sabían comportarse. Y que las últimas modas estaban acabando con los valores tradicionales.

Al día siguiente, James y Caerdagor Fancaster abandonaron Molino Tarren. El primero a lomos de un majestuoso semental de color azabache, y el segundo a las riendas de un pony de manchas blancas regalonamente orgulloso que meneaba la cola y movía las orejas como si en ello le fuese la vida. A la despedida de tan distinguidos señores, acudieron la tendera morena, cuyo nombre no se preocupó en aprender el patriarca de la familia, y Silas, la amorosa elfa, que le gritaba a su nuevo amigo que cumpliese la promesa que le había hecho, o que le molería a tortazos si no lo hacía. - Padre. – Dijo de pronto Caerdagor en pleno camino en Bosque de Argénteos.
- ¿Sí, caballerete? – Preguntó solícito el padre mirando hacia abajo, encontrándose con un hijo muy reflexivo.
- Me gustaría volver el próximo año al festival. – Le comentó el niño.
- ¡Ah! Al final te ha gustado, ¿verdad? Yo lo he encontrado bastante ardiente. Apasionante. No me supone ningún problema traerte de vuelta la siguiente temporada. A ver cómo está la cotización para cuando volvamos allí. La cosecha de este año ha sido de una calidad altísima. Eso sí, cuando volvamos a casa asegúrate de quejarte de lo horrible que es el sitio y de cuán ordinaria y fea es la gente. No quiero que tu madre sepa que lo hemos pasado bien y que el sitio es encantador. Se le podría ocurrir la idea de acompañarnos la próxima vez. Y eso aguaría nuestros planes. La mayor tragedia que le puede ocurrirle a un matrimonio es irse de vacaciones juntos, los miembros del mismo acaban descubriendo los pocos defectos que no conocían del otro, y acabando por pedirse inevitablemente el divorcio. – Meditaba James Fancaster, ante su atónito retoño que no entendía ni una sola palabra de lo que escuchaba.
- De acuerdo. Le diré a Madre que Molino Tarren está lleno de paletos sucios. Y que tú has sido muy malo, tanto que intentaste estafar a un posadero analfabeto. – Manifestó Caerdagor con obediencia.
- ¡Ese es mi chico! Qué orgulloso estoy de ti, caballerete. – El golferas del patriarca se agachó un poco y le alborotó la melenita a su hijito, que se revolvió un poco y después se repeinó.


Durante todo el año estuvo Caerdagor deseando que llegase el festival de verano de Tarren. Habían pasado 365 días. Según su opinión, estaba más maduro y había crecido unos cuentos centímetros. Once añazos tenía ya, ¡todo un adulto! Aunque no le salía barba. Bueno, ya aparecería cuando menos se lo esperarse.
Volvió a ver a Silas. Ella estaba guapísima. Recordaba que la encontró vistiendo un larguísimo vestido de seda rosa con florecillas recogiéndole el pelo. Aquella estación pasaron una semana juntos. Jugaban a pretender que ella era una princesa secuestrada por los malvados, y que él era un valiente caballero que la rescataba para casarse con ella. Hubo ciertos problemas al principio, porque a Caerdagor le encantaba el papel de villano, y quiso convencer con escasos resultados a un anciano del pueblecito a que se ocupase por él de ese lugar. Mas, aduciendo problemas de espaldas, se escaqueó de tal singular juego de niños. La elfilla adoraba darle clases sobre fauna y flora a su amigo, quien no prestaba demasiado interés a lo que le contaba. Solo la miraba. Estaba convencido que deleitarse con aquellos brillantes ojos era una actividad muchísimo más divertida que las lecciones repipis, y que era la forma más directa de conocer a su amiga. Rematando aquella estancia juntos, Caerdagor preparó un té de verdad, verdaderamente exquisito, ya que había obligado prácticamente a la sirvienta de su casa, Rigobertha, a enseñarle, pese a las quejas de esta, que lo llamó no en pocas ocasiones ‘cocinillas’.

Durante los veranos siguientes, Caerdagor y Silas acudían religiosamente a sus encuentros anuales. A la edad de diecisiete años, el ya adolescente humano se había dado cuenta de que estaba perdidamente enamorado de ella. Y su modo de proceder cambió considerablemente. Ya no jugaban a príncipes y princesas. Pero sí le seguía preparando un té que tomaban a la puesta de sol, en el mismo banco en el que lo hicieron por primera vez. Silas había cumplido veinticinco años. Sin embargo, la encontraba un poco inmadura. Pero no le importaba.

Tres años después, tomando aquel sagrado té, Caerdagor tomó de la mano a la elfa y la miró a los ojos. Ella le sonrió, mostrando esas radiantes perlas que tanto lo embelesaban. Sin poder reprimir los arrollantes sentimientos que le agitaban durante tanto tiempo se confesó:
- Te amo, Silas. Quiero que vengas a vivir conmigo a Gilneas. Quiero casarme contigo y que estemos el resto de nuestros días juntos. – A continuación, el noble gilneano sacó un anillo de su chaqueta azul marino y se lo mostró a su amada, quien enarcó una ceja, sorprendida por aquella petición.
- ¡Pero, Caer! Debes estar bromeando. ¡Si solamente tengo veintiocho años! Soy una niña. No puedo casarme contigo. Yo lo que quiero es ir a recoger flores contigo y cantar canciones. Pero no casarme. Además, mi familia no me dejará casarme con… - Silas enmudeció de golpe.
- ¿Con un qué, Silas? ¿Con un humano? ¿Eso ibas a decir? ¡No importa nada lo que nuestras familias digan! Nos iremos a otro país. A otro continente si es necesario. A otro mundo. Por favor, dime que sí. Lo eres todo para mí. Renunciaría a mi nobleza por tu amor. Te entrego mi vida, mi corazón, haz lo que quieras con él. – Protestaba Caerdagor, cuya voz comenzaba a ponerse ronca.
- Lo siento, pero… ¡No puedo! Te quiero, Caerdagor. Pero como amigo, yo soy muy joven. No he pensado en casarme todavía. ¡Me quedan muchísimas décadas aún para la mayoría de edad! Es una locura lo que me propones. – Se justificaba ella.
- ¡No volveremos a vernos nunca más, entonces! ¡Me has roto el corazón! – Consiguió exclamar el joven gilneano, que dejó la mesa rápidamente, volcando con el brazo su tacita del té, que derramó el líquido del interior, el cual se precipitaba como las lágrimas que su esmerado hacedor vertía en aquel amargo día. Silas se quedó admirando el efecto con la mirada perdida, tratando de digerir lo que había ocurrido. Sin poder evitarlo, pasados unos minutos, enterró el rostro entre su fulgurante cabellera y rompió a llorar.

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Recobró la consciencia de nuevo. Sentía la boca humedecida. Saboreó el líquido con la lengua. No era té, ni tampoco agua. Era sangre. Trató de recobrar el control de su Yo. Luchó y luchó contra aquel tormento que lo atenazaba. Que le impedía la respiración. Fue entonces cuando una fugaz escena le iluminó el cerebro. Vio una sala de estar absolutamente destrozada. Sobre una mesa desvencijada yacía el cuerpo inerte de una niña pequeña, que manaba chorros de sangre. A su derecha, una señora que rondaba los treinta se arañaba la cara, chillando y gimoteando lastimosamente, presa del pánico más demencial. Descubrió bajo sus garras la figura agonizante de un hombre maduro, cuyo rostro estaba deformado y sobre el cual se apreciaba la senda de las cuchilladas que algún animal salvaje la habría propinado. Los sollozos le provocaban mareos. Los gritos de espanto le taladraban la cabeza. Su cuerpo se sacudió, sobrecargado por la adrenalina. Rugió y aulló. Fue entonces cuando volvió a perder el control. Los lloriqueos se detuvieron. Los gritos se silenciaron.

Todo era de nuevo silencio.

Capítulo 9: El alquimista.Editar

El lugar donde lo habían citado era espantoso, un sitio en el que la alegría parecía ser asfixiada por el lamento, la angustia y la tristeza de aquellos adoradores que rinden culto a la locura y a la melancolía. Aquellos que adormecían los azotes y flagelos con los que la angustia y el dolor exprimían sádicamente la sangre de sus podridos corazones. Sus cuerpos, cenicientos, lánguidos y exánimes eran mecidos por una brisa mortecina y trémula, que rozaba aquellos cadáveres colgados en las grises y espinosas ramas de los árboles detestables que componían el conocido como Bosque de los Suicidas. Tan maldito y tan aborrecido, que nadie jamás lo mentaba, y muchos menos lo incluían en los mapas.

Allí se hallaba Vince Dressager, zozobrante por la pesadumbre que acunaba aquel lugar, que amenazaba con ser solamente un claro más entre la inmensa arboleda de destrucción que estaba agitando Gilneas. Frente a él, un anciano macilento y huesudo se afanaba en mezclar unos ingredientes alquímicos que tenía cuidadosamente establecidos en una mesa plegable elaborada en madera de alcornoque. Le acompañaba un hombre que rondaría los treinta años, pero que aparentaba los cien, cuyo rostro era el retrato del dolor y de la miseria. Sus ojos negros y hundidos abrigaban el más refinado significado del misterio. Sin embargo, sus labios finos y agrietados, se apretaban dolorosamente con tal de no mostrar al desconocido el vacío negro de su boca, carente de dientes y lengua, símbolo de las torturas y barbaries padecidas mucho tiempo atrás. Ambos vivían en el bosque, en una choza en las que las enfermedades, el frío punzante y el silencio sepulcral era una constante en sus parasitarias vidas.

El alquimista sonreía débilmente mientras su ayudante se aseguraba de cerrar correctamente el cepo donde se encontraba un sedado huargen, que a pesar de su estado, movía inquietamente su mandíbula y prendían sus ojos una mirada delirante, en la que la sangre y la muerte remaban a su antojo, dominando a aquel desdichado ser.
Vince, al tiempo, apuntaba con su arma a la criatura, en guardia ante cualquier posible desenlace. El anciano alzó el brazo, haciendo que su raída toga mugrienta mostrase un brazo nervudo y surcado de venas repugnantes propias de una cruel senectud. En su mano apretaba un vial, cuya receta decía haber preparado con el ingrediente que le encargó el Gran Alquimista Real, Krennan Aranas, quien afirmaba haber hecho inestimables avances en la cura contra la maldición.

Una vez su aprendiz había forzado al licántropo a abrir sus fauces, el alquimista vertió el contenido del licor suavemente, cerciorándose de que todo el líquido se adentraba por la garganta de su peculiar paciente, que se revolvía en vano, tratando de evitar la intervención. Mister Dressager miró de soslayo a Gregory, el único de sus hombres que había tenido las agallas a acompañarle al encuentro, quien sostenía en aquellos instantes un fanal, cuya función era totalmente inútil, ya que no era de noche, aunque su poseedor lo creía un fetiche para disipar las malas energías.
- Veamos qué efectos tiene la pócima. – Murmuró el decrépito anciano, acercándose suavemente a la bestia, quien comenzaba a jadear y a acelerar su respiración.
Su alumno se colocó junto a él, ladeando la cabeza y abriendo desmesuradamente los ojos, en un alarde de abierto placer.

Las consecuencias de aquel remedio no eran en primera instancia demasiado positivas para el huargen, quien daba aullidos de dolor y se retorcía violentamente. Vince maldecía en voz baja, resistiendo el impulso de acabar con el sufrimiento de aquel compatriota suyo, que en tan ruin destino había acabado.
Sin embargo, el silencio dejó de ser rasgado por aquellos gélidos gemidos, apoderándose nuevamente de su reino. El paciente se estaba contrayendo lentamente, y sus garras comenzaban a recobrar su forma original, las de un humano limpio. La trufa se alargaba y las fosas nasales volvían a ser aletas redondeadas, al igual que los labios adquirían formas más sensuales y coloradas. El vello de la cara se deshacía y daba paso a una tez marmórea, no desprovista de cicatrices y heridas. Los ojos de la criatura recobraba sus verdosos iris, en lugar del destello rojizo infernal que atenazaba horas antes a los presentes. Los cabellos se veían libres y desaliñados, desparramándose por unos hombros suaves y bien definidos.

El cuerpo desnudo y pálido de aquel gilneano que se había deslizado por el cepo hasta caer derrumbado sobre la hierba muerta del bosque significaba el triunfo de la cura de Aranas, que el anciano alquimista había aplicado metódicamente. Mister Dressager contemplaba atónito la escena, mientras su corazón desbocado iniciaba a orquestar la música de la esperanza, tan acallada durante las últimas semanas por la tragedia. Gregory dibujó una sonrisa de ilusión y se apresuró a asistir al caído paciente, cuya respiración se iba normalizando. El ayudante hizo lo propio, y lo vistieron con unas telas marrones que sacó de la choza, insultantemente mefíticas, pero que gracias a su grosor, calentaban a ese cuerpo necesitado.

Vince se volvió y posó la mirada en el alquimista, quien mostraba una mueca triunfante en su rostro surcado de arrugas, como si de una momia en solaz se tratase. El remedio había sido un triunfo absoluto, aunque se advertía inicialmente de que la cura solamente era temporal y que había que administrar la cura periódicamente, para no sucumbir de nuevo a los impulsos salvajes de la maldición. Sin embargo, eso era mejor que nada. Aquel joven al que habían rescatado tenía una nueva oportunidad para sobrevivir y luchar por Gilneas.
- Gregory. – Apeló Vince a su compañero de armas.
- ¿Qué es, Vince? – Preguntó acercándose el interpelado, agachando la cabeza para evitar las insidiosas miradas del ayudante del alquimista, que tanto lo perturbaba.
- Esto puede significar nuestra victoria. Nuestra recuperación. Tenemos que hacer partidas de cazas por toda la región de Valletormenta. Mañana mismo comenzaremos. – Le decía a su camarada palmeándose la espalda, animoso. – Aunque nos tendremos que llevar a esos dos a Valletormenta para que preparen más viales sanativos.
- Estás bromeando, Vince, dime que estás bromeando. – Gregory juntó las manos, suplicándole a su jefe que no tomase esa loca decisión.
- Es necesario. A mí tampoco me gustan, aunque parece que saben lo que hacen. Además, no te gustará disgustar a Lady Hammond, ¿verdad? Ella tiene muchas esperanzas en esta solución. – Le comentó el maduro militar a su colega, cuyas orejas se tomaban el color de un tomate.
- Está bien, Vince, tú ganas. Nos llevamos a los locos. – Capituló un Gregory que se pasaba su mano por su melena castaña, que, tras escuchar el crujido de las ramas de aquellos ataúdes arbóreos, sufrió un escalofrío rodando por su espalda, deseando fervientemente dejar aquel cementerio cuanto antes.

Capítulo 10: El crujido.Editar

Los preparativos estaban en marcha. Mister Cecil Coal había hospedado en su caserón, para desasosiego y pesar de su prometida, Mistress Hatchson, al anciano alquimista y a su mudo ayudante, quienes ocupaban el sótano de las reuniones, donde habían instalado un pródigo laboratorio en el que confeccionaban y ultimaban las últimas pociones que proporcionaban una solución temporal a la maldición.
Cualquier persona ajena a la distribución, pensaría que aquello era una destilería clandestina, y en cierto modo, lo era.

Vince Dressager había instruido durante las últimas semanas a un grupo de doce aldeanos, que ya se jactaban de saber tirar con sus arcabuces a una distancia kilométrica. Otro asunto muy distinto era el tema de que acertasen, milagro que en muy pocas ocasiones sucedía, por lo que confiaban sus vidas en sus aceros de segunda mano con óxido. En uno de los cotidianos entrenamientos de aquella gélida estación invernal, hizo aparición una hilera de nuevos refugiados que procedían desde varias partes del país.
La mayoría estaban enfermos y heridos, asustados y desesperanzados. Caminaban con la cabeza gacha y se veían famélicos, apestosos. Hacia ningún punto se dirigían sus tristes miradas, arrastraban los pies dejando el rastro de la melancolía a su desapasionado paso. Había en cambio uno de ellos que aún atesoraba el vigor y la energía para mantenerse erguido, orgulloso, que iba sosteniendo a su desmadejada mujer, la cual iba acompañada a su vez de otra pareja.

El alquimista, que se encontraba en esos momentos en el porche del caserón de Mister Coal, dirigió a un exhaustivo análisis ocular lo que en sus retinas se grababa. Los refugiados divergieron la mirada, para no topar con aquel anciano que tenía todos los visos de estar loco, aunque estuviese siendo una pieza fundamental para sostener a la población a salvo del mal acechante. A continuación, Vince Dressager se aproximó hacia la nueva turba de desamparados, y se dirigió a aquel que tenía la imagen más enérgica, que conservaba además la imagen más impoluta.
- Buenas tardes, buena gente. Bienvenidos a Valletormenta. Lamentad mi indiscreción, pero necesito saber si alguno de vosotros ha sido mordido por ellos. – Les recibió el militar, en un tono adusto.
- No, caballero. Estamos todos limpios. Lo hemos perdido todo, menos la honra. Aunque por mi parte… No creo haber nacido nunca con ella. Lo cual no supone en verdad, ningún cambio, para mi tragedia. – Respondió el personaje, animoso, dibujando una sonrisa que a Vince le pareció familiar.
- Disculpe, señor pero, ¿le puedo preguntar su nombre? – Inquirió sin esconder un deje de interés.
- Naturalmente, me encantan que me pregunten el nombre, me siendo muy individualizado cuando lo hacen. Soy Lord James Fancaster. Vengo con mi señora esposa y el matrimonio de los Hammond. Somos gente fuerte. Aunque particularmente opino que actualmente desprendemos tal pestilencia que ni esas bestias se nos acercan. – Le informó el gentil caballero, inclinándose levemente.
Vince se quedó atónito y miró a los padres de Caerdagor y de Amelie. Se acercó aún más a ellos específicamente y les pidió que les siguiese al interior de la pequeña casita cuartel que le habían ofrecido al militar para que se encargase de las cosas que entienden de la guerra. Al resto de refugiados los puso en manos de la atención de civiles y otros miembros de las partidas armadas que estaba constituyendo.

Los nobles tomaron asiento en el despacho de Vince, una salita pequeña atestada de papeles y algún que otro arcabuz mal colocado. Una ventana en el lateral izquierdo dejaba entrar una débil luz que apenas iluminaba el interior. Arrejuntando un par de sillas de diversos estilos, asentó lo mejor que pudo a las dos familias nobles, estupefactas por la actividad frenética de su anfitrión.
- ¿A qué viene este frenesí, caballero? Si me permite preguntar. – Preguntó Lawrence Hammond, quien se arreglaba su chaquetón, el cual que quedaba grande tras la marea de kilos que había perdido tanto él como su mujer. El patriarca de los Fancaster siempre bromeaba al respecto, apuntando que la mejor dieta que jamás había visto, no era la de la alcachofa o la del vómito tras comida, sino la dieta de los huargen. El resto de la gente siempre le devolvía ademanes de desaprobación. Incluso en alguna ocasión un refugiado más de la comitiva le tildó de miserable sin corazón. Cosa que le hizo enorgullecer enormemente.
- Veréis… - Comenzó sentándose en su humilde butacón. – Tengo información de vuestros hijos; Amelie y Caerdagor. Lady Hammond se encuentra bien. Es una muchacha muy valiente, a todos nos ha sorprendido. Ahora mismo está en la mansión de Cecil Coal, el filósofo local, quien le está enseñando el pensamiento arathoniano.
- ¡Mi hijita! ¡Quiero verla! – Meredith Hammond se puso en pie de golpe, apretando la mano de su marido, y rompiendo a llorar de la emoción.
- Calma, palomita, calma. Escuchemos al señor. – La sosegó su esposo, quien no ocultaba una radiante sonrisa de felicidad.
- No se preocupen, señores, entiendo todo el sufrimiento por el que han pasado, y la incertidumbre. Sin embargo… - Vince posó su mirada en los Fancaster. – No tengo noticias buenas respecto a Caerdagor.
- Diga lo que tenga que decir, caballero. Estamos preparados. Lo suponíamos. – Interpeló James, acurrucando a Dora Fancaster, que sepultó su rostro lacrimoso entre los brazos de su amado.
- Lo mordieron en Gilneas. Hace ya casi tres meses que no sabemos de él. Hemos hecho batidas por toda la región, pero no hemos encontrado rastro alguno. No pensamos que esté muerto, procuramos atrapar a todos los huargen que capturamos, y suministrarles el remedio. – Les explicó pausadamente, haciendo esfuerzos por no emplear palabras graves.
- ¿Entonces es cierto? ¿Tenéis un remedio? – Preguntó el patriarca de los Hammond, viendo que sus camaradas nobiliarios estaban desmoralizados tras las noticias referentes a su hijo, ante los cuales Meredith acudía a consolarlos.
- Sí, pero es temporal. Nuestro alquimista está siguiendo la receta de Aranas, y por ahora, nos está dando buenos resultados. Hemos salvado ya a más de veinte personas de la maldición completa. Tenemos fe en que la Luz nos prodigará a su hijo Caerdagor. Y que finalmente será sanado y esto no habrá sido más que una larga pesadilla. – Trató de alentar Vince, quien realmente creía todas las palabras que les había dicho. De pronto, el vaso vacío con restos de vino de la mesa comenzó a bailar. Junto a él, se arrancaron otros objetos, como las páginas desprendidas de los libros, que ya se precipitaban por toda la habitación. Las sillas vibraban, y las estanterías desprendían cortinas de humo, que formaron una nube de suciedad que provocó los estornudos de los presentes.Los temblores volvieron más fuertes, violentos, crueles.
- ¡Salgamos de aquí! ¡Un terremoto! – Les impelió Vince a los nobles.
- ¡Lo que nos faltaba! – James Fancaster tomó del brazo a su mujer y salió apresuradamente.

En la plaza de Valletormenta se apiñaban los ciudadanos, militares y refugiados, abrazándose y contemplando la lejanía, sintiendo cómo el planeta rugía de dolor, tal como si la maldición se hubiese contagiado también a ella. Distinguían los relámpagos en el horizonte, espoleando la cabalgadura del rabioso mar, que vertía salvajes oleadas contra la costa, invadiendo tierra adentro todo aquello que se topaba a su paso; flora, fauna y construcciones humanas. Los relámpagos entonaban una oda de muerte y destrucción y los temblores se agudizaban, atisbándose las primeras grietas en los acantilados, los cuales en cuestión de minutos se desplomaban partiéndose en dos, dibujando una línea totalmente desconocida del litoral.
- Es el fin del mundo. Estamos acabados. – Meredith Hammond miraba boqueando el espectáculo que se desplegaba contra ella.
- ‘Mama’, ‘Mama’ – Escuchó que alguien le decía. Se volvió y miró a su hija Amelie, quien corría ligeramente por la emoción y por el brutal adelgazamiento que se había hecho popular en su familia y se abalanzó sobre ella desbordando lágrimas y comiéndosela a besos.

Dora Fancaster miró con envidia el reencuentro familiar y suspiró, resignada. Su marido la estrechó contra él, y la besó en el cabello. El infierno se estaba desatando ante ellos. Sin embargo, no llegaba ningún final. Aquel teatro devastación, tras una hora de actuación, se atenuaba lentamente, aunque la estela de destrucción y desolación era bien perceptible en un grupo de islotes en el que antes se encontraba una pequeña base pesquera, de la que ahora, no parecía quedar ni el recuerdo. Finalmente, tras aquella inverosímil tempestad. Llegó una calma. No se escuchaba ni tan siquiera el silencio. Todos se palparon los cuerpos parsimoniosamente, aún expectantes por si el teatro en el que vivían sufría algún nuevo ajuste.

De nuevo volvió a reinar la noche, mostrando su fanal marmóreo en el imperio celestial. Nadie consiguió conciliar el sueño. Estaba demasiado asustados por si se sucedía otro terremoto más, o por si los huargen atacaban por sorpresa. Era más de lo que muchos podían soportar. Sin embargo, aún quedaba una persona en la plaza, quien caminaba pesadamente hacia el mar silente. El ayudante del alquimista humilló la cabeza y permitió que un suave viento peinase sus negros cabellos, edulcorados ahora por la brisa marina, que refrescaba los horrores que torturaban su ser. La tierra no volvería a gemir. Estaba demasiado herida y rota como para alzar su dolor de nuevo. Una vez llegó a la playa, aquel parásito humano, acarició mimosamente la funda que albergaba su instrumento musical. Se acomodó en una poderosa roca y lo desenfundó. Hizo una mueca de dolor y contempló su viejo cello, lo tomó entre sus manos, y comenzó a tocar…(Música del cello)

La música acunó a los miserables residentes de Valletormenta, arropándoles con el dulce tacto de la belleza, apagando las aflicciones de los corazones, y sumiéndoles en una apacible oscuridad.

Capítulo 11: Éramos pocos y…Editar

Emoción. Emoción es lo que sentía el Mortacechador Pardo. Un renegado de la primera generación, perteneciente a aquella turba de no-muertos que recuperó la voluntad y que durante la guerra civil en las tierras de la plaga se escindió del bando de su rey exánime, Arthas, aliándose de por no-vida con la Reina Banshee, Sylvanas Brisaveloz. A ella había jurado fidelidad, y por ella había cazado demonios, devorado paladines escarlata, combatido a otros necrófagos, e incluso había participado en la campaña de Rasganorte, protegiendo a los boticarios. Vio la Entrañas traicionada por el Alto Boticario Putress recuperada por la Horda. Y se regocijó cuando Arthas cayó.

Había saciado su venganza, le había brindado miles de satisfacciones. Sin embargo, aún estaba sediento. ¿Era acaso esa existencia la que le provocaba esas sensaciones? Se consideraba antaño un maldito, un pobre parásito que se arrastraba por la tierra corrupta y negra como un reptil. Sin embargo, su perspectiva cambió cuando Lady Sylvanas lanzó su nueva campaña militar, fruto de una rabiosa política renovada. Ya no se sentía como un felpudo. Ahora él era el depredador, ahora él era el miedo desatado. Pertenecía a la raza superior de Azeroth. No, de Azeroth no, de todo el universo. No le temía a la muerte, pues ya estaba muerto. No le temía a la derrota, pues sabía que eso era imposible. No le temía al hambre, pues no la padecía. Era la guerra encarnada.

Gloria, la gloria y la victoria era lo que le esperaba. Expandirían su imperio por todo Azeroth, someterían a esos cerdos vivos y les haría tragar el añublo renegado. No importaba que el descerebrado marrón de Garrosh cacarease cualquier fruslería acerca de su prohibición. Y ahora, él, participaba en una enorme hueste de conquista hacia el presuntuoso reino de Gilneas. Permanecía en el barco colmado de no-muertos, que avanzaba hacia las costas de ese país humano, cuyas inabarcables murallas se habían derrumbado una semana atrás por el cataclismo. Seguirían poniendo en práctica la táctica que había diezmado a Costasur en Trabalomas y triunfarían, ¡por Sylvanas que lo harían!

El barco renegado arribó dando una fuerte sacudida a su casco, al haber chocado sin demasiados daños contra una roca, de esas que dificultan la travesía por aquel litoral gris. Bajó Pardo el Conquistador, y con él su escolta de forestales oscuras que le habían asignado. Miró la hoja de su espada, retorcida, curvada por los golpes y con varias muescas, a la que solía rociar con veneno de araña negra de Tirisfal, y que afilaba cada mañana, deseando alimentarla con una vida. Las doradas pupilas que emitían una mortecina luminaria en el interior de sus cuencas oculares, ominosamente oscuras, sondeó el paisaje y rió. A lo lejos veía un pueblecito pesquero que se había salvado de la catástrofe del Cataclismo, seguramente con una población atemorizada por los últimos sucesos. Infelices todos ellos. Ahora sentirían lo que era el pánico personificado. Con resolución, hizo una señal a las forestales y caminó en dirección al asentamiento.

Sonó la puerta. La familia Garrison estaba comiendo en esos momentos. El hijo mayor de aquel matrimonio se levantó servicialmente, y comunicó a sus padres que abriría él, pues conocía la importancia de ser atento con las visitas.
- ¿Quién es…? – Preguntó suavemente mientras abría la puerta, la cual quedó atrancada cuando una mano esquelética se posó sobre ella con fuerza.
- La Muerte. – Contestó Pardo, asestando un tajo mortal sobre la cabeza del joven, que quedó abierta en dos como una sandía, regando el portal de sangre. El renegado soltó una cruel carcajada e irrumpió en la vivienda familiar. Al igual que él, otros no-muertos asaltaban las demás casas, de las que salían chillidos de horror y sorpresa. No eran los huargen esta vez quienes les asolaban, sino sus vecinos del norte, de esos que habían tratado de aislarse. Ahora, les visitaban como si de una inevitable cita con el destino se tratase.

La noche volvió a caer. El estandarte de la Dama Oscura ondeaba en el pueblecito pesquero de Little Fishyard. Pardo el Conquistador se apoyó sobre él, e hizo el gesto de respirar. No respiraba, ni siquiera sus pulmones funcionaban. Era un acto reflejo propio suyo, del que jamás había conseguido desquitarse. En la quietud de la noche, escuchó el aullido de una manada de lobos, que parecían saludar la aparición de la luna.
- Bestias estúpidas, interrumpiendo la música de nuestra señora. – Masculló molesto el mortacechador, que apretó la empuñadura de su maltratada y espada y husmeó buscando a los responsables. – Ah, ya os he visto, bestias malditas. – Dijo entreabriendo la boca al percatarse de un matorral que se movió lentamente.
- ¡Arrrhghh! – Un inmenso huargen se abalanzó sobre el renegado, que no se esperaba semejante respuesta y lo tiró al suelo. Otro más se unió al combate y mordió el fémur de Pardo, chascándoselo al acto. El renegado se retorcía mañosamente y consiguió clavarle su arma en el cuello a uno de los licántropos, que aflojó y acabó pereciendo.
- ¡Ayuda, perras elfas! – Gritó Pardo con fuerza. Su llamado tuvo respuesta y tres forestales oscuras divisaron a los huargen y los acribillaron a flechazos. Tras abatir la amenaza. Una de las arqueras se aproximó a Pardo y le ayudó a reincorporarse.
El renegado estaba furioso por haberse roto una pierna, pero no importaba. Los boticarios y los sacerdotes de la Sombra conseguirían sanarle, y en dos días estaría como nuevo. O como no-nuevo, como bromeaba él. Sin embargo, se sentía rabioso, furioso, vesánico, no se esperaba un desenlace así, se sintió humillado, como aquella ocasión en la que un enano por poco le revienta el cráneo de un martillazo.

Los cadáveres de los huargen fueron recogidos por miembros de la Real Sociedad de Boticarios, quienes los examinaron minuciosamente. Ya conocían bestias así, en la Aldea Piroleña y en el Castillo de Colmillo Oscuro las tropas de diversos ejércitos las habían conocido. Eran esos huargen que Arugal había invocado tiempo atrás. Al parecer, también los había en Gilneas. Si eso era así, y si los había en gran número, quizás la conquista de ese reino se complicaría hasta extremos incalculables. Para bien o para mal, había aparecido un escollo que no tenían previsto. No obstante, no conocían criatura que no cayese ante el añublo renegado. Y por supuesto, ni siquiera estos sucios huargen serían una excepción. Se levantarían como no-muertos para servir eternamente a Lady Sylvanas, al igual que todos ellos…

Capítulo 12: La partida de caza.Editar

- No se separen, caballeros. Pronto obtendremos lo que buscamos. – Vince Dressager encabezaba la partida de caza. Le seguían James Fancaster, sus leales Albet y Gregory, y el filósofo Cecil Coal, que había sido espoleado cabezonamente por su prometida, que lo instó a ‘ser un hombre’. El pensador le había replicado durante media hora acerca del sentido de ser un hombre, enredándose en cientos de argumentos a cada cual más enrevesado y absurdo. La discusión acabó abruptamente cuando Mistress Hatchson le cruzó la cara y le colocó un arcabuz en las manos, dándole una patada en el pandero y haciéndole salir del caserón donde vivía apresuradamente.

Los improvisados cazadores se internaban en el monte negro, una zona boscosa del norte de Gilneas, caracterizada por sus gruesos y retorcidos árboles, que expandían sus ramas como si fuesen temblorosos dedos, entrelazándose unas con otras en un hermoso y sombrío espectáculo de danza. En aquel lugar, sin embargo, crecían las más bellas rosas del reino, que eran protegidas por puntiagudas espinas, las cuales hacían las veces de muralla y entorpecían el avance de los hombres que transitaban allí. El adalid de la partida se arrodilló ante una zarza de semejantes características y estiró de un mechón de pelo allí anudado. Lo olió y determinó:
- Es reciente, aún gotea sangre caliente el pelo. Es de un huargen, no debe estar muy lejos. – Vince guardó el hallazgo en su morral y sondeó en lontananza. Todo estaba en silencio. Solamente los crujidos de la maleza al ser aplastada por sus pisadas proporcionaban algo de armonía al viaje.

El grupo continuó avanzando por el bosque, descendiendo por un angosto camino que estaba flanqueado por una fila de zarzas y ‘pinchos sangrantes’, como decía el filósofo. James Fancaster, aficionado a la caza desde joven, compartía impresiones junto a Vince, percatándose ambos que a medida que continuaban con la senda, encontraban más mechones y más muestras de sangre, que seguían aquella dirección hacia un ignoto final. Cecil, en cambio, no tenía ni idea de técnicas cinegéticas, ni tampoco le importaba un pimiento el tenerlas o no. Solamente quería salir de aquel infierno, estaba empezando a tener hambre, y el arma pesaba demasiado para sus lánguidos brazos. Las piernas le ardían por la larga caminata, y para colmo, le estaba dando aquel flato horroroso, que parecía que le estaban clavando agujas en los pulmones.
- ¿Podemos descansar unos minutos? No puedo más. – Solicitó el filósofo, rogante.
- No podemos detenernos aquí. Estamos encajonados, y nuestra presa está cerca. Sería fatal si nos descubriese. – Le explicó Vince, llevándose una mano a la nariz, cosa que hacía siempre que estaba empezando a perder las maneras. – No deberías haber venido, no estás preparado físicamente.
- ¡Por supuesto que no! Pero mi novia me ha obligado. Es culpa de ella. Las mujeres siempre tratan de cambiarnos, ¡es odioso! – Protestaba Cecil, que continuaba caminando rezongando.
- Es la especialidad de las mujeres. – Comenzó James Fancaster – Las conoces siendo solícitas y tiernas, y al final acaban abroncándote invariablemente cada mañana por cualquier nimiedad. Que si no has cerrado bien la puerta, que por qué ha aparecido el retrato de su madre en la caseta del perro, que por qué hay una mujer desnuda en el armario. En fin. Son las bondades del matrimonio. – Acabó dirigiéndole una sonrisa al quejumbroso pensador, que empezaba a caerle bien aquel aristócrata sesentón.

La charla alegre continuó algunos minutos más, hasta que fue acallada por un gesto de Vince, que posó su dedo índice en los labios, exigiendo silencio. Habían llegado al final del sendero. Más adelante, el rastro de sangre continuaba hacia un claro, libre de maleza arbustiva, en cuyo centro descansaban tres monolitos, en los cuales había pintadas. Y por su apariencia, realizada por huargen. Había imágenes de calcos de zarpas, que parece ser habían impreso las criaturas cuando sus defensas estaban impregnadas en sangre y barro, dejando la marca en la piedra. También podían encontrarse siluetas retorcidas y mal trazadas, todas ellas testigo de la rabia y la furia interior que aquellos desdichados sentían. En la base de los monolitos se encontraban cadáveres de animales, todos destrozados, y que actualmente no eran más que un montón de huesos con pellejo colgando. Aquí acababan las pistas del reguero sanguíneo.

El grupo revisó aquel extraño santuario con macabra fascinación, palpando las pinturas y oliendo, para después apartar la nariz al instante, la putrefacción de los cuerpos.
- Esto no me gusta nada, Vince. – Dijo Gregory acercándose a su jefe.
- A mí tampoco. Esto es un maldito cubil de huargen. – Reconoció el interpelado.
- Fantástico, nos hemos metido en su madriguera. ¡Genial! – Aplaudía con intensidad e ironía el filósofo, dando vueltas y pavoneándose ante los presentes.
- ¡Necio no hagas eso, nos podrías descubrir! – Le interceptó Albert, dándole una sacudida en las manos, para que las retirase. La partida oteó en derredor. Parecía que nadie les había escuchado. Los árboles grisáceos era lo único que les rodeaban, acunando aquel cesto de depravación lupina.
- Bah, si hemos venido para nada, nos iremos con… - Cecil Coal se calló de golpe, cuando descubrió algo que le había goteado en la frente. Se llevó la mano hacia el líquido que había aterrizado sobre él y lo miró. Era sangre. No pudiendo resistir la tentación, irguió la cabeza hacia arriba y se encontró al huargen herido que los contemplaba desde lo alto de la copa de un árbol, acechante.
- ¿Qué miras tú, desgraciado? – Le imprecó Gregory, que siguió la trayectoria del dedo rígido que señalaba el filósofo. El resto del grupo hizo lo mismo, y divisó a la presa.
- ¡Huaaargeeeeeeeeeeeeen! – Cecil dio un grito agudísimo, como el de un castrati, y corrió a los monolitos, tirando el arma, y ocultándose con la hedionda piel muerta de un animal devorado, echándose al suelo al igual que un Ninja aficionado lo haría.
- Maldito cobarde. – Murmuró Vince, que apuntó de inmediato a la bestia. La cual, al sentirse amenazada, se dejó caer hacia el líder de la partida, derrumbándolo con un golpe seco, y dejándole inconsciente.
- ¡Mister Dressager! – James Fancaster disparó a la bestia, rápidamente. La bala erró el blanco y rebotó contra un monolito, haciendo que le rozase el trasero a Cecil, quien chilló por el escozor.

Aprovechándose de la incertidumbre de los cazadores, el huargen dio un enérgico salto y propinó un golpe certero a aquel que lo había disparado, rompiéndole la mandíbula e impulsándole unos metros atrás. Aquella bestia no mordía ni daba dentelladas como otros de sus congéneres. Este huargen estaba peleando, calculando sus movimientos, como si estuviese lúcido. Aquello extrañó a Albert, que disparó a su enemigo, acertándole en el brazo izquierdo, provocando que la criatura aullase, se revolviese y le propinase un zarpazo con su brazo sano, que le destrozó el pecho y le hizo caer al suelo, sangrando y retorciéndose de dolor. Ahora el enfrentamiento era uno contra uno, Gregory contra el licántropo. Ya que el filósofo estaba paralizado por el miedo debajo de un pellejo a medio podrir.

El joven Gregory sintió el frío sudor recorriéndole la nuca. Quizás no tendría la oportunidad de volver a ver un nuevo día, ni de abrazar a sus padres, ni de formar una familia con la mujer a la que amaba secretamente, y que le daba fuerzas para continuar. El huargen avanzaba rugiendo, mostrando los dientes y abriendo los brazos, exaltando las garras, afiladas como cuchillas, y preparadas para asestar el golpe final. El militar, sin embargo, no se dejó achantar, cerró los ojos, y apretó el gatillo.

Nada. Silencio. ¿Por qué no había sonado el disparo? Gregory volvió a abrir los ojos. El huargen seguía allí, un centímetro de él. La bestia agarró el arcabuz y lo dobló, arrojándolo a un lado una vez estaba inutilizado. El cazador, retrocediendo instintivamente, tropezó con una raíz ubicada a sus espaldas y cayó al suelo boca arriba. Pronto, la figura de su adversario se arrimó a él, dejándole sentir su cálido y fecal aliento a sangre y muerte. Sabiendo que iba a morir, murmuró una plegaria a la Luz por su alma, pidiendo que cuidase a su amada y a su familia, si es que aún vivía. El monstruo alzó su brazo, preparado para ejecutar a su víctima, posó sus ojos en el vencido, y se detuvo.

- ¡Esto va por los pensadores de la escuela de Strom! – Mister Cecil Coal apareció como una exhalación por detrás del huargen y descargó sobre él una pesada piedra que había acarreado, valiéndose de la fuerza momentánea que no sabía poseer, sacada a relucir gracias a un chutazo de adrenalina. La bestia, que jamás hubiese previsto una intervención como la que había padecido, se derrumbó a un lado debido al impacto, y se desmayó, totalmente fuera de combate.
- Que me cuelguen como un cerdo si no nos acabas de salvar el pellejo, maldito. – Gregory sufrió un ataque de risa nervioso y se rebozó por el suelo, liberando la tensión.
El resto de la partida estaba bastante herida. James Fancaster daba pequeñas sacudidas y se sujetaba el hueso roto de la cara, mientras que Albert trataba de apoyar su camisa sobre las sangrantes lacerencias del zarpazo.
- Cecil, quédate con ellos. Ayúdales en todo lo que puedas. Voy a pedir ayuda al pueblo, en una hora como mucho estoy aquí. ¡Pero no les filosofes! – Le pidió Gregory, que se había repuesto de su histeria y ya corría el camino de vuelta para pedir refuerzos.

En el tiempo estimado por el cazador, más militares que Vince había entrenado llegaron a aquel indeseable lugar, y asistieron a los heridos, a los que ayudaron a abandonar el bosque. Llevaron también cepos y cadenas para amarrar al huargen caído, que transportaron arrastras debido a su considerable peso. La caza tuvo éxito, aunque fue realmente accidentada.

Mister Cecil Coal entró el primero en el pueblo, triunfante de su primera experiencia con los hombres rudos del lugar. Saludó a los aldeanos expectantes que hicieron un corrillo para ver el resultado de la expedición. El pensador hizo una reverencia magnífica y posó solemnemente para el público, que ya lo vitoreaba y lo aclamaba como a un césar victorioso. Salvador le decían. Guapo le gritaban. Macizo, añadía otra.
Entre aquel baturrillo de éxtasis y felicidad, Mistress Hatchson decía orgullosa a todas las señoras que se arrejuntaron, que ese era ‘su hombre’. Hubo una ovación para Vince Dressager, que levantó el pulgar cuando pasaba por las gentes de Valletormenta mientras yacía en una camilla improvisada en la que viajaba, dando la señal de que se encontraba casi a las mil maravillas. A las quinientas, más o menos.

Dora Fancaster atendió a su marido, que aún se apretaba la mandíbula, y mantenía una posición artificial y en exceso fija, como si fuese un maniquí que estaba aprendiendo a dar sus primeros pasos, pero que por supuesto, se llevó también un aplauso. A continuación, apareció Albert con la cara totalmente cubierta por vendajes.
Un niño dijo que si había momias también por allí, ganándose una colleja por parte de su madre, que lo reprendió por decir esas cosas de los héroes de Valletormenta. Por último, Gregory cerró el desfile, ayudando a acarrear al huargen desplomado, que fue encerrado en una de las jaulas preparadas para tal menester.

El alquimista y su ayudante aparecieron entre la muchedumbre, y se deslizaron más que anduvieron parsimoniosamente hacia la partida de caza. Provocando que el gentío se silenciase, ahogándose por la repulsa y la desconfianza que les provocaban aquellos extraños. El ayudante le entregó al filósofo un vial con la famosa pócima sanadora, quien la alzó en alto para que todos lo viesen. A continuación, se subió a una maceta con cierta altura y preguntó en voz alta:
- ¿Quiere el pueblo de Valletormenta descubrir quién de nuestros compatriotas se esconde tras ese montón de babas y pelo?
- ¡Sí, queremos! – Contestaron todos los aldeanos al unísono, dejándose llevar por aquel ídolo de masas, que a la sazón aún conservaba sobre su cabeza aquella piel de cadáver con la que se ocultó en el santuario huargen. Afortunadamente, todos estaban tan exaltados que nadie se percató del olor.
- ¡Pues que así sea! Cecil escanció el contenido de la pócima sobre la boca abierta del huargen, que empezaba a recobrar el sentido. Ya en el interior de la jaula.

La bestia tragó sin oponer resistencia el remedio, indolentemente. El pueblo de Valletormenta y el pensador en particular, prestaban atención a que se produjese la reversión a su forma humana. Pasó un minuto, dos. Ya comenzaba a retorcerse. Un anciano situado en una de las primeras filas animó al huargen zarandeando a su bastón, haciendo que los que estaban a su lado tratasen de protegerse en vano. El apresado monstruo ya estaba sufriendo la transmutación. Al igual que otros muchos, el pelo que recubría su estropeado cuerpo se desvanecía a golpes constantes, dejando entrever una espalda colmada de cicatrices y heridas, rojiza, tintada por su propia sangre. El brazo izquierdo presentaba una herida limpia, provocada por la bala que le disparó Albert. Tenía la cara amoratada, cubierta por fango, suciedad, y apelmazada con su propio pelo, de un color dorado, pero que no se apercibía bien por el lamentable estado en el que se encontraba.

Culminada la transformación, el ahora humano se arrodilló, tambaleante, y miró con ojos de locura a los presentes, ido. Reflejaba su semblante el cansancio, el miedo, el dolor y el desconcierto que le habían perseguido durante los últimos meses. Solamente una voz se alzó entre la multitud, embelesada por el espectáculo con el que acababan de regalarse. Dora Fancaster se abrió paso a codazos y a empujones, hasta llegar a aquel hombre encadenado, al cual abrazó rompiendo en lloros.
- Mi amor, Caerdagor. – Se escuchaba que la mujer repetía entre sollozos.
- ¿Mamá…? – El aristócrata, irreconocible por las magulladuras, dirigió una acuosa mirada a su madre, con la boca abierta, lánguidamente. Instantes después, volvió a perder el conocimiento.

Capítulo 13: Otra tormenta más.Editar

La nueva capa de guerra de Cecil Coal era la última sensación en Valletormenta. Se habían labrado cientos de rumores y escrito leyendas sobre su procedencia. Había quien decía que procedía de la parte trasera de un grifo dorado, que tenía la capacidad especial de hacer inmune y de conferir valor sobrehumano a aquel que la portaba. También se comentaba que una larga dinastía de reyes guerreros la vistió en una época gloriosa en un reino desconocido, favorablemente insular. En fin, el caso es que el filósofo siempre iba ataviado con ella adonde quiera que fuese; ya sea al tugurio local a intercambiar anécdotas con los parroquianos, o a las juntas militares de defensa.

El ínclito y ya Leyenda Popular, sí, en mayúsculas, llamó elegantemente con sus tres toquecitos típicos, pero que enervaban mucho, a la puerta de la casa discreta donde estaban alojados los Fancaster y los Hammond. La joven Amelie, le abrió la puerta con una sonrisa en los labios, y le invitó a entrar, cosa que hizo Mister Coal con mucho regocijo, dando una vuelta en el Hall principal, evaluando la vivienda. A continuación se alineó las cejas y pidió ver a Caerdagor. Aquel joven que tanto le interesaba, por todas las historias que contaban de él. La ahora delgada noble lo acompañó hacia un salón presidido por una gran chimenea, desde la cual se ordenaban varios sofás y lechos improvisados. En uno de ellos, estaba James Fancaster, con una venda sosteniendo su mandíbula rota, y tomando la papilla que le daba suavemente su esposa.
- Buenos días, Lord Fancaster, veo que os encontráis estupendamente. – Le saludó el pensador, acomodándose en una butaca cerca de él y dirigiéndole una sonrisa cómplice. Dora le secaba un poco de restos de los labios con una servilleta y le removió dulcemente el pelo a su esposo, que emitía gruñidos a modo de protesta.
- No puede hablar, así que solamente hace onomatopeyas. Estoy muy disgustada con él, fue capaz de disparar a su propio hijo sin pestañear. ¿Qué clase de padre hace eso? – Se preguntaba la sufrida mujer.
- Uno que sabe el coste del material escolar de su hijo, y emprende acciones para ahorrar gastos. – Contestó con desenfado Cecil, inspeccionándose la suciedad de las uñas.

De las escaleras se escucharon pisadas, anunciando alguna bajada de algún habitante de la casa. La puerta del salón se abrió e hizo acto de aparición el amasijo de escayola, vendas, tiritas, muletas y bultos morados y amarillos que era Caerdagor, quien no se molestó en hacer una reverencia, por dificultades técnicas y que con la ayuda de Amelie logró reposar su cuerpo en un mullido sofá, tendiéndose no sin dejar escapar algún quejido por el dolor de alguna contracción.
- Oh, Caerdagor, me alegra saber que estáis bien. Lamento muchísimo el haberos desenmascarado en público sin que nadie hiciese un cuadro para recordar el momento. Soy Mister Cecil Coal, héroe legendario y pensador. – Se presentó al aristócrata practicando una sutil y amigable reverencia. Aquel al que fue presentado se lo quedó mirando unos minutos y asintió.
- Es un placer, supongo. Aunque jamás le perdonaré el no haber llevado más gente ni haber cobrado entrada por ir a verme. Fue una interpretación inmejorable por mi parte. Uno no se destransforma de licántropo todos los días. Que por cierto, es algo que me preocupa más bien un tanto. Parezco un niño, me dan la medicina cada cinco minutos, y nunca me había mirado más en el espejo por si me salía más barba de la cotidiana que cuando era un adolescente con las hormonas disparadas. – Dijo Caerdagor, algo repuesto tras una semana de recuperación.

- ¡Lo siento infinito! – Se disculpó el filósofo, simulando estar apesumbrado.
- A propósito, hace días que no se sabe nada de Vince y sus hombres. Dijeron que partían al oeste, en busca de noticias de otras partes. ¿Creéis que les habrá pasado algo? – Continuó el malherido.
- No, es un hombre bastante resuelto y sabe cuidar muy bien de sí mismo. O quizás no, pero no es algo que importe demasiado. – Respondió Cecil, posando su mirada sobre el crepitar de la lumbre, que caldeaba el deprimente ambiente. – He escuchado rumores – Acabó en un tono que pretendía ser misterioso.
- Bueno, Cecil, no hay día en el que no escuche usted algún rumor. – Le replicó Dora.
- Lo sé, lo sé. No sería yo si no los escuchase. Y el día que no lo haga, tendré que inventármelos. Sin embargo, este último tiene todo el aspecto de ser verdad. Un amigo mío que trabajaba en la Real Imprenta me ha dicho que… - La puerta volvió a sonar, dando golpes fuertes, interrumpiendo al hombre de la capa de origen desconocido, que se volvió a ver quién había sido el osado que al traste con su rumor había dado.

Amelie volvió a levantarse, dejando escapar un suspiro de vagancia y se ocupó de atender al nuevo visitante.
- Lady Hammond, tengo noticias urgentes. He de pasar. – Dijo escuetamente Vince Dressager.
- Claro… Pase, pase… - Le ofreció sin mucho convencimiento al percatarse del rostro desencajado que traía consigo el hombre.
- ¡Mister Dressager! Justo hablábamos de usted. – Exclamó Cecil poniéndose en pie.
- No hay tiempo para sus disparates, Mister Coal. Señores. Traigo terribles nuevas de Little Fishyard. Ha sido arrasado. – Informó sin los miramientos que le caracterizaban.
- ¿Arrasado? ¿Por los huargen? – Preguntó Caerdagor por su padre, que se revolvía y murmuraba algo entre dientes.
- No. Por los no-muertos de Tirisfal. Hemos encontrado su estandarte allí. Estamos siendo invadidos por ellos también, se han aprovechado de la caída de la Muralla de Cringrís. – Continuó reportando a los presentes, cuyos rostros demudaban, víctimas del más absoluto desamparo.
- Ya está, entonces. Una guerra civil, una maldición lupina, un cataclismo y una invasión por los no-muertos. Creo que hemos batido los récords de las tragedias. Me sentiría orgulloso de no ser que porque no soy dramaturgo ni romántico. – Se lamentó Cecil, llevándose una mano a la frente, practicando una postura de teatral delirio.
- Deje de hacer el imbécil. La situación es crítica. Soy un hombre optimista. Pero creo que nuestro destino está sentenciado. Hemos de evacuar Valletormenta inmediatamente. Avisaré a Dorian Cabman para que disponga de todos los carruajes disponibles. Me sorprende que los muertos no hayan llegado ya a este pueblo. – Vince se mesó el mostacho cano y negó con el cabeza, visiblemente agotado.
- Es una decisión acertada, si se me permite decirlo – Habló a lo lejos Lawrence Hammond. – Creo que deberíamos irnos cuanto antes.
- Sí, ¿pero adónde? – Se preguntó Caerdagor, agarrando la muleta y reincorporándose torpemente. - ¿Abandonaremos Gilneas?
- El reino no es seguro. Yo me quedaré a luchar hasta el último aliento. Pero no todos son militares ni tan mayores como yo. La gente joven como vos, Caerdagor, sois la esperanza de Gilneas. Id afuera y salvaos, encontrad la manera de recuperar el país. Por ahora, trataremos de alcanzar Puerto Quilla. – Decía perdiendo la mirada Vince, como un soldado que acepta la derrota.
- Es un viaje demasiado largo y peligroso. No sé si lo conseguiremos. Además, muchos estamos indispuestos todavía. – Empezó a protestar el pensador.

- Lo suyo es mental, Cecil. A usted no lo sanaría ni la muerte. – Replicó el maduro militar con dureza.
- Es que a la muerte no se le da bien sanar. Más bien lo contrario. – Contestó a su vez el filósofo ofendido.
- Por favor, dejemos las discusiones para cuando sean apropiadas – Les detuvo Caerdagor – Yo puedo montar a caballo, a peor ya no puedo ir. Deberíamos salir mañana al alba y comenzar con los preparativos ya mismo.
- Sí, tenéis razón, Lord Fancaster. Ahora mismo informo al cochero y a los muchachos, reuniremos víveres para las dos semanas de travesía y que la Luz nos guarde. Si me disculpan ahora, señores. Tengo trabajo que hacer. – Se despidió Vince cáusticamente, sumido en sus obligaciones, el único remedio que le impedía embarcarse en pensamientos mucho más catastrofistas.

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Pardo el Conquistador cabalgaba a lomos de su corcel esquelético, incendiando una torre de vigilancia costera, facilitando así el desembarco de más tropas renegadas.
Contemplaba con deleite el mórbido avance de las abominaciones, y el despliegue de una unidad de aquellas princesas de la muerte llamadas val’kyr. La nueva incorporación de las fuerzas de Sylvanas, suministradoras de fuentes de soldados. Su actuación en Trabalomas había sido impecable. Se vería ahora qué tal se portarían en Gilneas.
- ¿Cuál es nuestro siguiente objetivo, forestal oscura? – Preguntaba el mortacechador a una arquera de su regimiento.
- Una aldea llamada Valletormenta. Domina el litoral meridional del país. Si lo tomamos, como no tengo duda que se hará, podríamos levantar una base fija y lanzar la conquista hacia el resto del reino. – Informó desapasionadamente la gurth’dorei.
- Muy bien. Pues estaos atentos todos. Veo una nueva carnicería despuntar en el horizonte. – Dijo en un tono profundo y siniestro.
- Ah, los boticarios señalan que el añublo ha llegado también. – Puntualizó la mujer ocultándose en su negra capucha, recordando el detalle.
- Perfecto… - Pardo hizo girar a su cabalgadura y miró a su batallón. - ¡Hijos de Sylvanas! No nos detendremos hasta que la bandera de Entrañas ondee en la catedral de la Luz de la capital. ¡Y eso no se conseguirá si no avanzamos con mayor rapidez! ¡A Valletormenta! Paso ligero, ¡vamos! – Los soldados de Pardo corearon la arenga y aceleraron el paso, azuzados por una promesa de una matanza nueva.

Las grises nubes volvieron a descargar. Acompañadas esta vez por otra brutal tormenta. La música del temporal guiaba y animaba a las tropas invasoras, motivadas por la orquesta de fondo, que tan bien armonizaba con su infernal marcha. Pardo prorrumpió en carcajadas, observando su distorsionado reflejo en la hoja de su malhadada espada:
- El ocaso de Gilneas… Ha llegado.


Capítulo 14: Los caprichos de la fatalidad.Editar

No eran ni las ocho de la mañana cuando una hilera de coches tirados por caballos finalizaba de acoplar a los últimos rezagados. Toda una diligencia dispuesta para salvar a un pueblo. Sin embargo, los militares y aquellos aldeanos con buena forma física, decidieron escoltarla yendo a pie, pertrechados con sus armas, preparados para defender a los viajeros a toda costa. Vince Dressager iba el primero de la comitiva, montado en un imponente caballo de guerra marrón, lo escoltaban Albert y Gregory, sus más fieles camaradas de batalla. Mientras tanto, Caerdagor se acomodaba en uno de los carros, junto a sus progenitores y una jovencita que atendía las heridas del padre e hijo diligentemente. Los cuales se dirigían miradas cómplices cuando la chica se les arrimaba y colocaba cerca de ellos sus inocultables senos. La madre, como siempre, daba algún tortazo y ponía orden entre aquel espectáculo de impropia incorrección.

No pasó ni una hora desde que salieron de Valletormenta cuando escucharon rasgar los vientos un poderoso cuerno de guerra que hilvanó en el aire un tono ominoso de suspense y expectación. Los militares que escudaban los coches se revolvieron nerviosos y miraron en lontananza. Había niebla. No era demasiado densa como para impedir la visión a una cercanía inmediata, pero a largas distancias sí la dificultaba considerablemente. Pasaron los minutos. Dos, tres, cinco. El cuerno volvió a sonar con más fuerza. Los aldeanos dentro de los coches asomaban la cabeza, tratando de distinguir algo, pese a las advertencias de los defensores que les obligaban a permanecer en el interior.

Ya no era el cuerno lo que se escuchaba, sino las pisadas de un batallón que marcha hacia ti. Vince Dressager sabía que no tendrían oportunidad para seguir adelante, eran demasiados carros y el camino muy angosto, pero sí que podían aún volver a Valletormenta y aprovecharse de las pocas cualidades defensivas que tenían.
- Gregory, Albert. Vamos a dar media vuelta, aquí nos masacrarían a todos. Ordenad a los cocheros y a los soldados que regresen. – Ordenó el cabecilla de la defensa a sus hombres, quienes asintieron al dictado con un gesto grave y se pusieron a la tarea.
La gente recibió la noticia con nerviosismo. Los militares trataban de calmar a la gente, para que no cundiese el pánico. Sin embargo, no lograron conseguirlo plenamente. El conductor de uno de los coches sufrió una crisis nerviosa y azuzo a sus caballos, que relincharon con fuerza y se encabritaron, avanzando frenéticamente camino abajo, internándose en la inefable bruma. Algunos comenzaron a chillar, desahogando el miedo que estaban sintiendo.
- ¡Haced que se calmen! – Vince espoleaba a su montura a lo largo de la hilera, una y otra vez, profiriendo órdenes, tratando de gestionar el retorno.
- ¿Necesita ayuda, Mister Dressager? – Preguntó Caerdagor, solícito.
- No, quedaos dentro, tratad de descansar. – Respondió, cáusticamente.

La caravana finalmente regresó con un poco de desorden a Valletormenta. Los viajeros desmontaron rápidamente y se dirigieron al interior de sus casas, a tomar cualquier objeto con el que poder pertrecharse. Se afilaron las patas de las mesas para crear estacas y lanzas improvisadas con incrustaciones de tenedores y cuchillos. Los muchachos se confeccionaban hondas y espontáneos tirachinas. Cualquier cosa servía para la defensa. Los hombres de Vince ya estaban apostados en las bajas murallas, empleando las piedras de una casa derruida para formar una barricada. De la bruma comenzaban a emerger la infantería renegada, entre la que destacaban dos inmensas y orondas abominaciones, que rugieron guturalmente, produciéndose en este efecto el vómito de la sustancia viscosa de las que están rellenas. Los defensores, que llevaban meses siendo víctimas del horror, lograron dominar el terror que sintieron al contemplar las espantosas moles que avanzaban hacia ellos.
- ¡Atacad, por Sylvanas! ¡Embadurnaos en su sangre humana! – Gritaba en común Pardo el Conquistador, alzando su espada en alto.
- Arcabuceros, formad dos líneas. Idos turnando en cuanto dispare el grupo que esté en frente vuestra, tal como hemos hecho en los entrenamientos. No falléis a Gilneas. – Ordenó Vince.

La primera columna de los renegados se protegió con sus escudos de la ráfaga de balas que los gilneanos lanzaron contra ellos. Solamente una docena de ellos cayeron como consecuencia de los disparos que los defensores lanzaban enérgicamente.
- Vince, esto no está funcionando, no dejan de venir. – Advertía Gregory, que comenzaba a inquietarse.
- ¡Seguid, muchachos! Llenad de plomo a esos cadáveres andantes. – Animaba Mister Dressager a su tropa. – Que la infantería vaya tomando posiciones, en cuanto acabe la siguiente ráfaga, cargad. – Los soldados humanos tomaron sus espadas y escudos, colocándose en las inmediaciones de la entrada principal de Valletormenta. Cuando los arcabuceros finalizaron, murmuraron una oración a la Luz, y clamando a Gilneas, se derramaron sobre la infantería renegada, algo más socavada por las balas disparadas. Del combate cuerpo a cuerpo entre ambas fuerzas se distinguían el chocar del metal de las espadas, y los golpes de los escudos. Las voces de los comandantes rompían esa tónica, ahogando los gemidos y el sonido del chorrear de la sangre, y de la agonía de los que caían. De pronto, una nube de flechas negras se precipitó contra los soldados humanos que combatían, provocando que varios de ellos pereciesen a consecuencia de los proyectiles, afectando inevitablemente también a algún renegado.

Fue entonces cuando las dos abominaciones rompieron las filas de infantería de los resistentes, y acabaron por diezmarlos con la ayuda de las forestales oscuras.
- ¡Replegaos, replegaos! – Vince gritaba las órdenes a la milicia propia aldeana, los siguientes en tener que combatir. En los tejados ya estaban siendo preparadas ollas con agua hirviendo, y de las ventanas se encaramaban niños apuntando con sus hondas.
Caerdagor salió cojeando de la casa en la que estaba resguardado, empuñando dos espadas, junto a su padre, que no podía mover un músculo de la cara, y se colocaron junto a Vince Dressager.
- ¡No nos dejará usted sin espectáculo! – Exclamó Caerdagor al palmear al capitán de la resistencia.

- ¡Ni a mí tampoco! – Era esta vez Cecil Coal quien hacía acto de aparición en su casero traje de guerra, que incluía una máscara de teatro roja muy barroca que había encontrado tirada en su desván, un chaleco de cuero de color ocre, y cómo no, su legendaria capa. – El pueblo aplaudió su llegada, y se maravilló cuando empuñó un mandoble que apenas podía levantar. Aunque pudiese parecer absurdo, insufló de valor y de coraje a los aldeanos que ya tenían al enemigo en las narices.
- ¡Ya vienen, atacad, ciudadanos de Valletormenta! – Voceó a pleno pulmón Mister Dressager.

Las abominaciones entraron rabiosas, traspasando las leves murallas del pueblo y devanando implacablemente a los prácticamente indefensos ciudadanos. Seguidamente, penetró la infantería. En medio de la matanza, se escucharon unos murmullos, y el ambiente se impregnó de la gelidez de alguien que invoca a la magia. El suelo sobre el que se alzaban los renegados comenzó a congelarse lentamente, y a emanar un vaho glacial, desconcertando a los invasores. Al instante, varios témpanos de hielo emergieron violentamente de la tierra y atravesaron a los no-muertos, que caían inexorablemente presa del hechizo mágico. La batalla se detuvo durante un instante, en la que los renegados trataron de divisar al mago que efectuaba el prodigio. La primera abominación fue presa de una ingente cantidad de tajadas, cuchilladas y proyectiles que las gentes del lugar le arrojaban desde todas las direcciones, furiosos.
La segunda de las moles estalló macabramente, a tenor de una salvaje explosión de fuego que puso fin a su emética existencia, desperdigando en su óbito un sin fin de miembros cortados que componían su cuerpo, derramando el líquido verdoso de putrefacción por los adoquines de Valletormenta.
- ¿Quién está haciendo eso? – Se maravilló Cecil Coal, quien ya pensaba que había despertado a algún dios protector con su sola presencia.
Tras mitigarse el humo negro que provocó la explosión de la abominación, se siluetizaron el alquimista y su ayudante, quienes hicieron una reverencia, portando ambos cayados de hechicería, en un retrato solemne.
- ¡Aguantad! ¡Aguantad, venceremos! – El filósofo se permitió arengar a la población, dando un respiro a su primo Vince, quien le dedicó una sonrisa, reconociendo su valía como ídolo popular.
- ¡Cerdos humanos! – La desgarradora voz de Pardo se diferenciaba en el ajetreo luctuoso, en la que se entrevía un cierto nerviosismo, fruto del giro inesperado que estaba dando el combate entre los contendientes. El conquistador renegado prendió sus ojos rabiosos en Vince Dressager, que sostuvo la mirada y aceptó el reto, posando su mano en su sombrero y lanzándolo a un lado. Desenvainó su estoque, y ambos rivales se entregaron a un duelo singular, en medio del fragor de la batalla.

El humano efectuó una estocada punzante hacia el renegado, quien la desvió ágilmente con la hoja de su espada, aprovechando el impulso que se había dado con el brazo para girar sobre sí mismo y practicar una patada rápida contra el estómago de su rival, quien estuvo atento y la esquivó elegantemente encorvando la espalda.
Ambos adversarios dieron varios pasos en círculo, estudiando sus movimientos. El muerto hizo un amago de tajada con su arma, que no logró engañar a Vince, quien se mantuvo en su sitio, preparando una nueva maniobra.
Pardo finalmente se decidió por cargar, emitiendo un chillido desgarrador, terrorífico. El humano sin embargo, lo vio venir y trabó su espada con la de él, produciéndose un forcejeo.

El fétido aliento del muerto, y su putrefacto olor enturbiaba al vivo, que aflojó intencionadamente el brazo con el fin de deslizar el filo de su adversario, quien cayó en la trampa, poseído por la cólera como estaba, y que no pudo detener el giro del estoque de Vince, formando un círculo y siendo desarmado finalmente. El humano, sin perder un instante, le hizo un barrido con los pies y lo derribó, haciendo que se precipitase contra el suelo. Derrotado y humillado, el renegado vio por última vez la triunfante figura del maduro gilneano, que finiquitó a su enemigo atravesándole de parte en parte el cráneo con su hoja, la cual dejó hundida.

Caerdagor se giró y contempló el espectáculo, tras haber despachado a un boticario que trataba de lanzarle una pócima envenenada. Mister Dressager agachaba la cabeza, en señal de celebración por su lucha, cuando una flecha negra le asomó por la garganta, haciendo que dibujase su rostro una mueca de sorpresa. Lentamente, Vince se arrodilló, emitiendo un gorjeo con la boca, desde la que se derramaron unas burbujas mezcla de sangre y saliva, ladeando levemente la cabeza, acabó por desplomarse exánime, ante el aristócrata. Caerdagor boqueó, incrédulo ante el repentino asesinato de su amigo, aquel que lo había salvado y por el que había dado tanto durante los últimos acontecimientos.
Empezó a temblar de rabia, y la temperatura de su cuerpo se elevó hasta que sintió la piel arder. La cara le picaba como si estuviese siendo picoteado por un enjambre de abejas. Alzó la mirada, y divisó a la forestal oscura que había asesinado a Vince, y que en esos momentos se retiraba internándose en el Monte Negro.
- ¡Rata! – El noble corrió persiguiéndola, dejándose poseer por la bestia que llevaba dentro.

La maleza del bosque se abrió abruptamente, cuando Caerdagor ya transformado en huargen irrumpía contra ella, colocándose a cuatro patas, en una galopada frenética, acechando a su presa, que parecía flotar por lo elegante de sus pasos, esquivando las ramas y las espinas con suaves y acrobáticos saltos. Lo azabache de su embozo y su capa vaporosa emitía un dulce arrullo entre la quietud de la foresta.
La arquera se detuvo en seco, y preparó una flecha, aguardando en el momento oportuno para que el licántropo estuviese a tiro. La saeta silbó en el aire, buscando su objetivo, queriendo enseñorearse de una vida arrebatada más. Caerdagor sintió el roce del proyectil errado, encontrándose ya a la suficiente distancia de la gurth’dorei, impulsándose con fuerza y saltando sobre ella. Ambos rodaron colina abajo, debido a al fuerza del encontronazo, chocando contra algunos árboles y levantando las hojas muertas que alfombraban el lugar.

La elfa muerta desenvainó una vez se detuvieron contra una gruesa roca, violentamente, una cuchilla de manufactura thalassiana, y la clavó en la pierna de Caerdagor, que ahogó un aullido de dolor, extrayendo sus garras e introduciéndolas en el cuello grisáceo de la forestal oscura, que se revolvía por el dolor. Ninguno cejaba, los dos seguían apretando. La arquera rodó sobre sí misma y se colocó sobre el huargen, dispuesta a descargar una puñalada en el pecho de su adversario, que atento, colocó sus pezuñas sobre la espalda de la muerta, lanzándola hacia delante, provocando que perdiese el equilibrio.

Caerdagor jadeó, le dolía todo el cuerpo, los músculos estaban tan ateridos que apenas respondían. La rabia y la cólera era el único combustible que aún lo mantenía en el combate. Cerró los ojos y revivió la escena de Vince asesinado por la espalda, cobardemente, cayendo a sus pies. Volvió a abrir los párpados y vio a la elfa, dispuesta a reincorporarse. No le permitió a hacerlo. Se lanzó contra ella ferozmente, derribándola de un placaje, haciendo que chocase contra un árbol. La arquera perdió su arma, y quedó yaciente sobre el frío y húmedo suelo, totalmente desvalida.
El huargen colocó sus piernas sobre las rodillas de ella y volvió a clavarle las garras, esta vez tan profundamente como eran, aullando de placer.

El vencedor, clavó sus ojos en los de su derrotada enemiga. Contempló el brillar sepulcral de aquellos iris rojos carmesí de gurth’dorei. Le apartó la capucha, pues quería deleitarse mejor en sus últimos rictus. Haciendo fuerza, le desgarró la tela que ocultaba el rostro. Fue en ese preciso momento, cuando se le detuvo el corazón.
Ante él, escupiendo sangre negruzca, se hallaba un rostro conocido. Un rostro víctima de la muerte, de la putrefacción, del dolor y del sufrimiento. Su color era gris, verdoso, como el de una manzana pasada. Sus cabellos estaban grasientos y sucios, derramándose como una cascada de suciedad sobre los hombros. Sin embargo, aún reconocía esos rasgos que habían edulcorado sus sueños de juventud, aquella belleza ahora profanada que le había hecho ver el sol cuando solamente había nubes grises. Aquella a la que había amado por primera y única vez. Caerdagor se apretó el pecho y abrió sus desbocados ojos, que comenzaban a romper en desenfrenadas lágrimas:
- ¡Silas! ¡No! – Exclamaba con la voz entrecortada. La moribunda elfa lo miró, reconociendo en aquel ronco sonido a su compañero de años atrás.
- ¿Caer…Dagor? – Profirieron sus labios negros de sangre, alzando la mano, palpando el hocico del aristócrata, quien la tomó suavemente y la posó sobre su peludo rostro, empapado por el irrefrenable llanto, en un gesto de ternura.
- No puede ser. ¿Por qué has tenido que ser tú? - Caerdagor sostuvo a Silas con los brazos, y la apretó contra sí.
Una brisa nocturna jugó con las hojas oscuras del bosque, que giraban en espiral. Ninguno se había dado cuenta, pero ya era de noche. La luna vertió sus rayos plateados, asomándose entre los nubarrones eternos de Gilneas, proyectando a la pareja.
Los dos eran considerados monstruos por lo que eran, una elfa muerta, víctima de la plaga, y un humano, presa de una maldición, metamorfoseado en un hombre lobo de descomunal tamaño. Ambas desdichadas criaturas, permanecían ahora unidos en un abrazo en la quietud del bosque. ¡Oh, destino caprichoso y fatal!
- Cometí un error… - Empezó Silas, ahogándose en su sangre. – Cuando te fuiste… Descubrí que te amaba… Aún te quiero… - Logró acabar con dificultad.
- Yo no he dejado de amarte, Silas. Ninguna otra mitigó mi pasión por ti... Por favor, no me dejes otra vez… - Caerdagor, aún en su forma lupina posó sus labios sobre los de ella, sintiendo el último de sus estertores. Escuchó su última palabra. ‘Perdóname’, y después de ello, comprobó que acunaba un cadáver inerte y lánguido. El aristócrata la depositó suavemente sobre el follaje y contempló la luz lunar incidiendo en el semblante vacío de Silas. Tambaleándose, alzó el cuello y observó la Luna, que fue rápidamente abrigada por el manto gris, el cual descargó gentilmente su elixir sobre el licántropo.

Parpadeó y humilló la cabeza. Nadie podría ver sus lágrimas, pues estaba llorando en la lluvia…

El cello volvió a sonar en la lejanía. (Música cello)

Capítulo 15: Más para el caldero.Editar

Pintaban bastos para Robert Watson. Adulador de profesión y natural de Little Fishyard, llevaba andando todo el día. No tenía ni idea de qué hora sería, pero aún quedaban unas cuantas para el ocaso. Por fortuna para él, aquella tarde el sol se mostraba tímidamente en Gilneas, fenómeno no muy habitual en el lluvioso país. Andaba aferrándose a una larga rama que se había encontrado por el camino a Puerto Quilla, hacia donde se dirigía buscando ayuda. Tenía la sensación de que le seguían, durante las noches durmiendo al raso o en pequeñas cuevas, podía sentir unos ojos inquietantes estudiando sus movimientos. Era inquietante, se sentía como un famoso al que le acosan una especie de súper paparazzi invisible.

Robert se detuvo en lo alto de una colina calva, y oteó el horizonte. Divisó a lo lejos el principal puerto del reino. No sabía si estaba intacto o si se encontraría como su aldea natal, quemada y arrasada hasta los cimientos. Se sentó, agotado y abrió su morral.
Aún le quedaban algún puñado de frutos secos y unas hortalizas que tomó de un campo de cultivo aparentemente abandonado.
- Saludos, viajero. – Le habló una voz femenina en tono neutro. El gilneano se llevó la mano al corazón, que le latía con fuerza. Dejándose llevar por el instinto agarró su palo-bastón y arremetió cerrando los ojos contra la propietaria de aquella voz.

Notó que su cuerpo daba un giro brusco, y cuando quiso darse cuenta, rodaba colina abajo, desarmado. Abrió los ojos y miro hacia la derecha, hacia la izquierda. Había caído de morro, pero no se decidía a levantar la vista.
- No soy el enemigo. Quiero ayudarte. – Watson divisó unas botas de extraña manufactura de color morado oscuro. Al parecer, el diseño no le disgustó y se animar a ir escalando a ver qué más encontraba. La subida le ofrecía el inicio de unas largas y fibrosas piernas atléticas muy bien torneadas, cosa que le azuzó aún más a continuar. Sin embargo, le extrañó que tuviesen una tonalidad violeta. Aquello era raro. Siguió el recorrido, hasta llegar a una coraza del mismo color que las botas, también de cuero, que dejaban a la vista el vientre de la mujer, en el que se entreveían finas líneas abdominales, femeninas aunque trabajadas. Al fin llegó a los pechos, protegidos por la armadura, pero que gracias al grosor de la misma, se podían adivinar de un generoso tamaño. El rostro de aquella criatura era hermosísimo, no había visto semejante belleza salvaje en su vida. Lo más fascinante eran aquellos ojos plateados marcados por la sombra de dos pinturas tribales. El caballeo caía en cascada por detrás de los hombros, totalmente libre, de color azul oscuro, en el que se enmarañaban algunas hojas del bosque a modo de decoración. Por último, sobresalían dos largas y punzantes orejas que definían su raza. Aún en estado de pasmo, la mujer le tendió la mano, dejando a un lado una rarísima arma de dos hojas, manteniendo un enorme arco negro con filigranas plateadas en el brazo izquierdo.

Robert lo tomó y se incorporó. Se sacudió un poco los roídos ropajes y buscó los ojos de aquella maravilla con la que se había topado. No obstante, reparó en que era mucho más alta que él, al menos una cabeza y media. Eso lo echó todo a perder. Odiaba a las mujeres altas. Le hacían sentir débil y amenazado. No sabía por qué, tenía la sensación de que eran más fuertes, dominantes, y de que le iban a mandar castigado a su habitación.

- Espero no haberte lastimado, humano. – Dijo la mujer, posando una mano en el hombro de Robert.
- ¿Qué es lo que eres? – Preguntó zafándose del tacto. – Pareces una elfa, o más bien una mega elfa. He visto pinturas de elfos y tú no pareces una de ellos.
- Soy una kaldorei. Elfa de la noche en vuestro idioma. Pertenezco a la misma especie que los elfos a los que conoces. Aunque podemos decir que somos de familias distintas.
Nosotros estamos con la Alianza, y hemos venido a ayudaros. Habéis recibido un don que si no es tratado con celeridad, puede tornarse en maldición – continuó la centinela.
- Mira… Esto… Señora. Mire, sí. No sé qué ha venido a hacer aquí, pero… Tengo cosas que hacer y no puedo quedarme a hablar con usted. ¡Un placer! Y ahora, si me disculpa… - La elfa lo agarró del brazo, reteniéndole.
- ¿Te han mordido? – Le preguntó lacónicamente.
- No, no me han mordido. Llevo meses huyendo como un poseso de ellos. No ha sido agradable. – Contestó desembarazándose en un gesto huraño.
- Debes venir con nosotros. No sobrevivirás si vas tú solo. Confía en mí – La kaldorei le dedicó una mirada felina, que más era imperativa que de petición. Al bueno de Watson no le quedó más remedio que capitular, cuando vio que se acercaba otra mujer con arma parecida, pero de cabello morado y con un 34% más de seriedad que su compañera.
- Me alegra que hayas cedido. Por cierto, yo soy Diriel, y ella es Talanore. Nos dirigimos al Monte Negro, nuestros druidas ya están allí con el ritual. Quizás veas a más de los tuyos. – Le notificó a Watson la centinela.
- Muy bien, yo soy Robert. Supongo que de nada servirá el negarme. De modo que… Como gusten las señoras… - Rezongó. Estaba harto de cosas raras. Hombres lobo, cadáveres con armas oxidades, elfas más altas que él. Qué asco de día.

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El enterramiento de los caídos en Valletormenta había concluido. La población estaba sumida en una ola de dolor, lástima y pesadumbre, mezclada con la exaltación que les produjo haber derrotado a los renegados en el combate. La tumba de Vince Dressager era la que más flores, coronas y velas tenía. Había caído como un verdadero gilneano, y ahora posiblemente disfrutaba de la inmortalidad y de la eterna felicidad, mientras que ellos aún se arrastraban por el fango. Caerdagor estaba en un estado depresivo. No hablaba con nadie desde hacía días, y se quedaba mirando el infinito en plena soledad. Sus padres estaban preocupados por él, temían que se hubiese adscrito a esa moda de jóvenes suicidas, o que se estuviese planteando estudiar periodismo. Mister Coal, que nadaba en aquellos momentos en un reconocimiento social glorioso, buceó hacia el oscuro y lluvioso mundo del aristócrata para animarlo.
- Buenas tardes, Lord Fancaster. – Saludó el filósofo a Caerdagor, quien estaba apoyado en un seco árbol gris del pueblo.
- Hola, Cecil. – Respondió – No tengo muchas ganas de hablar.
- ¡Vamos, vamos! Todos estamos muy afectados por lo ocurrido. Pero tenemos que sacar una buena lección de lo que ha pasado. No estamos perdidos, y estando juntos, podemos incluso derrotar a un batallón de esos podridos. Yo personalmente pienso que además, hallaremos una cura para lo vuestro, de forma definitiva. Además, esta no es la peor etapa de mi vida en absoluto. Tendríais que haberme visto vos cuando tenía quince años, y tuve mi primera cita. – Caerdagor parecía en otro mundo, aunque sí que le gustaría escuchar alguna historia que le evadiese de ese plano de tragedia en el que estaba anclado.
- A ver, cuénteme qué le ocurrió a usted. – Murmuró el aristócrata.

- Por supuesto, mis historias siempre le ponen a uno en la gloria. Creo que es por lo afortunados que se sienten al no ser yo. Veréis. Yo iba a salir con una chica de este pueblo, la cual no sé qué es de ella hoy en día. El caso es que la noche anterior a la cita yo preparé mi traje, mi colonia, mi flor para el ojal e incluso encargué unos bombones y escribí un poema especial para ella. Cuando me levanté por la mañana, emocionado por la gloriosa jornada que me esperaba descubrí al mirarme en el espejo que me habían salido dos granos de proporciones colosales en la frente. Un sudor frío recorrió mi espalda y me los palpé con la yema de los dedos. Creo que tenían como dos centímetros de grosor, y abultaban tanto que parecían relieves naturales. ¡Era horrible!
¿Por qué siempre le salen a uno granos, espinillas o una psoriasis contumaz cuando queda con una mujer o tiene que dar una conferencia? – Caerdagor sonrió un poco, señal que captó Mister Coal para seguir con su historieta – Yo, sin embargo, no tenía ninguna intención de rendirme. No. Busqué un pañuelo que tenía mi madre. Lamentablemente eran de color rosa, pero eso no me desanimó. Cogí uno y le di lustre con el betún para los zapatos, de modo que quedó de color negro. Entonces, me lo até a la cabeza como si fuese algún soldado de estos locos que van por la jungla matando a todo bicho viviente que encuentran. A continuación, me puse mi sombrero y marché con la chica.

James Fancaster, que estaba escuchando desde el primer momento se acercó sin ningún tipo de reparo y con un movimiento de bigotes se colocó dignamente junto a su hijo y se puso a escuchar la historia, cosa que encendió aún más la narrativa del locuaz filósofo, encandilado con su creciente audiencia.
- En realidad, quedaba todo fatal. A los pocos minutos, el betún se había desteñido y el pañuelo comenzaba a presentar manchas rosadas, mientras que en mi frente se había impreso una sombra negruzca al movérseme mi supuesta cinta. La chica me preguntó que por qué llevaba eso, y si me había pasado algo, que tenía como una película negra. Yo contesté que era porque estaba aprendiendo boxeo, y que mi maestro me indicó que debía llevarlo puesto para entrenar la mente, y después el cuerpo. Al margen de mi estrambótico remedio, la cosa iba bien. Yo me las había apañado para recitarle el poema sin que ella tuviese arcadas ni se durmiese, aunque sí me pareció haber reconocido síntomas de mareos en ella. En tal caso, me era favorable. Para mi desgracia, en la terraza del restaurante en el que estábamos, y como es propio de este país, comenzó a llover repentinamente, provocando que se me deslizase el pañuelo por la humedad, dejando a la vista dos granos quísticos grisáceos cuya dimensión se había incrementado notoriamente debido al contacto con el betún y la constante fricción. En esta tesitura, la chica me señaló con el dedo y salió corriendo calle abajo pidiendo auxilio, porque la perseguía un demonio de enormes cuernos. Aquello me sentó realmente mal. Me preparé a conciencia para agradarla, y tuvo la mala educación de reprocharme aquel problema de epidermis. Por lo menos tuvo la decencia de tropezar con un adoquín mal colocado y caerse en un charco. Por lo que el nivel de ridículo quedó en un empate técnico. No nos volvimos a hablar desde entonces, y cada vez que nos encontramos en los meses siguientes divergíamos la mirada y pretendíamos que no nos conocíamos.

James Fancaster se reía abiertamente, con esa risa tan contagiosa que pegó al filósofo, que celebraba su anécdota chillonamente. Ante tal espectáculo, Caerdagor trató de aguantarse la risa, la cual acabó por explotar, acompañada del clásico dolor de estómago que se presenta cuando uno se desternilla vivo. Quizás, después de todo, sí merecía la pena seguir viviendo y luchar por un mundo mejor. Tal vez…

Capítulo 16: Esperanza.Editar

James Fancaster se encontraba sentado tranquilamente en uno de los pocos bancos que no habían sido hechos pedazos de Valletormenta. Cualquiera que lo hubiese visto de lejos habría dicho que parecía una nube gris con zapatos caros, pues es que el maduro aristócrata estaba deleitándose con uno de sus puros favoritos de la marca Blacklung. Envuelto en su venenosa pero elegante atmósfera privada, no pudo darse cuenta de la llegada de nuevos visitantes al pueblo. No al menos hasta que una tos exagerada le golpeó en los oídos y tuvo que abanicar el aire para poder ver mejor quién demonios se estaba quejando tanto. Para lamento suyo, se trataba de un mendigo. De esos que van por la calle y dejan a sus pies un sombrero rasgado para que les tires monedas.
- No doy limosna, mendigo. Solo envidia. – Le contestó con un poco de enfado James, apartándole de su vista y tapándose la nariz por el hedor. El supuesto sintecho reprimió una dura contestación y continuó caminando hacia la plaza. Lo seguían tres enormes hombres de barba verde, largas orejas y piel morada, junto a una pequeña compañía de tres altas mujeres de infinitas curvas que le hicieron a Lord Fancaster dedicar unas miradas analíticas a su puro, considerando el que tuviese añadidos alucinógenos.

Sin embargo, él no fue el único que se topó con tan variopinta visión. Mistress Hatchson, prometida del filósofo local se encontraba en esos momentos llevando una cesta con unas cuestionables barras de pan hacia su casa, cuando por fuerza mayor, dio un grito al divisar a las criaturas. De la llamada de socorro salieron enseguida varios hombres con las armas preparadas.
- ¡Alto! ¡Alto! No somos renegados, somos amigos. – Dijo en voz alta el mendigo levantando los brazos. Por favor, caballerescas gentes de tan gallarda valentía, bajen las armas. – Pidió finalmente con un tono sumiso.
- ¿Y tú quién eres, apestoso? – Preguntó una voz anónima en medio del gentío que comenzaba a arracimarse en la plaza, cotilleando lo que ocurría.
- Mi nombre es Robert Watson. Y he venido con mis nuevos amigos. Los… Kal… Los elfos de Kalimdor. Son miembros de la Alianza, y han venido a ayudarnos en el asunto de la maldición de los huargen. – El silencio se apoderó del pueblo. La gente se miraba con extrañeza, preguntándose si debían fiarse de aquellos extranjeros tan raros.

De pronto, apareció engalanado con su traje barroco de batalla el héroe de guerra y pensador de la atávica escuela de Arathor, Mister Cecil Coal, quien tras practicar una teatral reverencia apuntó con el dedo a las elfas nocturnas y habló con voz grave:
- Pienso yo, oh pueblo mío, que no se debe desconfiar de gentes que tan hermosas y ofensivamente atractivas mujeres tienen. Pues como todos sabemos, la belleza es sinónimo de bondad, y la fealdad de maldad. Que es mucho mejor ser guapo que feo, y que aún así es sin embargo mejor ser guapo y malo que feo y bueno. Por eso, os conmino, ¡os invito! A que escuchéis las palabras de estos forasteros que con tan buena planta y con tan sugerentes armaduras, dicen que vienen a ayudarnos. – El filósofo acabó su discurso arrancando un fuerte aplauso de la audiencia, al que contestó con un típico ademán de la mano repetitivo, que vendría a significar: “Oh, no, por favor, no soy tan brillante. Bueno, sí, sí que lo soy, seguid alabándome, mortales”.

Los elfos de la noche, que ya de por sí tenían serias dificultades para entender la mentalidad de los humanos, quedaron mudos de asombro por las palabras del arengador, pese a que tenían un nivel fluido de Común. En cambio, Robert Watson, que era oriundo gilneano, sí captó aquel humor y le comunicó a sus acompañantes que estaban dispuestos a escucharles. Con la venia, se adelantó un venerable druida que solemnemente se dirigió al público que le prestaba atención:
- Procedemos de allende los mares, del primitivo y primigenio continente rasgado atrozmente más de diez milenios ha, Kalimdor. Habéis de saber que el vuestro pesar es debido a un artefacto, llamado la Guadaña de Elune. Se trata de un objeto místico creado a través del colmillo del Ancestro Goldrinn, el gran lobo blanco, uno de nuestros más respetados espíritus, que fue combinado con el báculo de Elune, nuestra diosa. Los druidas que tomaron la influencia del creado artefacto, gozaban de la ira del Lobo Blanco, obteniendo la forma que conocéis por huargen. Nuestro Shan’do, el Archidruida Malfurion Tempestira resolvió prohibir este tipo de druidismo, al comprobar que sus practicantes perdían el control de sí mismos, y que mediante sus dentelladas, convertían a otros también en aquellas bestias lupinas. Actualmente sabemos que la poderosa Guadaña cayó en manos de uno de vuestros malhadados compatriotas, Arugal, quien despertó a los huargen desterrados en el Sueño Esmeralda por milenios, con el fin de que luchasen contra los no-muertos en el Bosque de Argénteos. Su negligencia comportó que perdiese el control de sus recién adquiridas tropas, que acabaron por extender la maldición por los bosques y finalmente dentro de este noble país.

El druida concluyó su alocución, con el objetivo de que las inevitables preguntas y dudas surgiesen. Cecil Coal, que apenas había entendido nada, salvo que la maldición de los huargen venía de una guadaña extraña fabricada por esos elfos, asintió dignamente pretendiendo haber captado todo el mensaje.
- Muy bien, elfos de Kalimdor. Tanto yo como el pueblo, nos preguntamos si es posible conseguir algún remedio. Varios alquimistas del país, están distribuyendo una pócima temporal que aletarga los efectos de esa forma. Pero no tenemos cura. Por eso os pregunto, ¿tenéis la solución para la maldición que vosotros creasteis en origen? – Le preguntó Cecil al druida, quien se mantuvo impasible ante la acusación de culpabilidad.
- Hemos venido a enseñaros a cómo calmar la bestia que hay en el espíritu del lobo, para que vuestra humanidad y voluntad sea la dominante. Y para que esta maldición, se vuela en bendición. – Sentenció con solemnidad.

Caerdagor escuchaba junto a su esperanzada madre las palabras del sabio elfo de la noche. Al parecer, no estaban solos en contra de tanta adversidad, y la Luz les había brindado nuevos aliados y una solución para el problema que le azuzaba desde hacía ya más de un año. Pensó en el bravo Vince Dressager y recordó sus palabras optimistas, de la victoria final de Gilneas contra sus enemigos. Comenzaba a ver el sol tras la borrasca.
Si tenían aquellas personas razón, si la maldición podía volverse al favor del sufrido pueblo, no tenía duda de que los renegados acababan de despertar a su bestia negra.

Y esa bestia negra, sería el final de su vil existencia.

Capítulo 17: Las aguas de Tal’doren.Editar

Cientos de huargen arracimados en el interior del gran árbol druídico de Gilneas, Tal’dorein, dirigían miradas nerviosas al grupo de elfos de la noche que estaban llevando a cabo una ceremonia sagrada de purificación. El druida de mayor jerarquía estaba disponiendo tres pozos de manufactura élfica separados, donde se estaba escanciando el agua más cristalina y brillante que jamás unos ojos gilneanos hubieran visto. La magia del ritual engalanó aquel elixir de liberación, infundiéndole un fulgor plateado que escalaba hacia las nubes, perdiéndose en ellas. Uno a uno, esos malditos humanos, que hasta hace poco habían descubierto el origen y el sentido de su estigma, ahora quedaban bendecidos por un lejano y remoto Ancestro de Kalimdor, llamado Goldrinn, el espíritu del Lobo.

Cuando le llegó el turno a Caerdagor, este se irguió orgulloso, en su forma de licántropo, y avanzó con paso firme hacia el archidruida que prendió una mirada analítica en él, y le esbozó una suave mirada. El noble humilló la cabeza, puso las zarpas en forma de cuenco y bebió de la primera poza, la de la Furia.
Al pasar por su garganta las aguas, sintió como si unas manos frescas lo acariciasen y lo relajasen. Los pensamientos de guerra y muerte que lo despertaban a media noche, rebasado de ira, comenzaban a atenuarse y a esfumarse. Su mente conjuró un pasto en llamas saqueado por no-muertos, que prontamente pasó a la quietud de un claro en un extraño bosque, de gruesos árboles y poderosas ramas que coreaban una hermosa canción.

Abrió los ojos y parpadeó pesadamente. Otro druida lo acompañó tomándolo del brazo, y lo condujo a la siguiente poza. En su alma la furia se había dormido, sin embargo, aún persistía en ella aquella inquietud y miedo, mezcla del cansancio y de la tristeza en la que se había instalado desde hacía casi ya dos años. En esta ocasión, en su cabeza pudo verse a sí mismo, sentado en un círculo iluminado. Alrededor de la oscuridad total, se asomaban criaturas lupinas que parecían reírse de él y que lanzaban dentelladas al aire, se sentía atrapado y acosado. Fue entonces, cuando un aullido paralizó el movimiento de los seres tenebrosos, y la luz se expandió por la zona oscura. De ella, apareció un enorme lobo blanco, de una majestuosidad y realeza que jamás hubiese visto nunca. El animal volvió a aullar, y para su sorpresa, Caerdagor lo hacía con él. Entre ambos, las sombras se disolvieron para que la claridad lo inundase todo. La Poza de la Tranquilidad había puesto fin a su zozobra.

Al fin llegaba el momento de la última fuente, la del Equilibrio. El venerable elfo de la noche que guiaba su ceremonia, asintió con la cabeza, infundándole fuerzas al huargen, que en esos momentos comenzaba a dar cuenta del último paso del ritual. Al igual que ocurrió con las otras dos pozas, su espíritu se trasladó a otro plano. En él se encontraba un humano joven, vestido a la última y con aspecto encantador. Era él. Frente a su figura, se encontraba un huargen, con la camisa rasgada y las zarpas ensangrentadas, parecía que iba a atacar al primero debido al rugido rabioso que entonó. Contra todos los pronósticos, el ataque no llegó a darse, sino que humano y bestia se dieron zarpa y mano, con ello, una aureola los envolvió y se hicieron uno.

Finalizó la ceremonia, y los druidas retiraron sus utensilios sagrados. Las centinelas, escoltaban de vuelta a Valletormenta a los gilneanos que habían participado en su ritual de purificación. Caerdagor iba acompañado de sus padres, quienes se mantenían en silencio, solemnemente. El noble caminaba tranquilo, con la mirada serena y radiante de paz, de calma. Una sensación que a lo largo de su vida, pocas veces había disfrutado.
Al igual que él, otros compatriotas compartían la misma actitud, y parecían realmente estar iluminados y en armonía con su espíritu, antes incomprendido y atormentado.

Tras este tipo de rito, los elfos de la noche, aunque aún recibían miradas de sospecha y recelo, lograron que en las mentes de aquellas personas, que no eran ni humanos ni bestias, se encendiese una pequeña llama que llamaba a la amistad. Una amistad que podía ponerles en contacto con aquellos aliados a quienes habían dado la espalda varios años atrás, cuando decidieron levantar aquella muralla. Sabían que volver a la Alianza era la única solución posible para conseguir las fuerzas necesarias para vencer a los renegados, que según les habían contado los kaldorei, estaban en la facción de la Horda.

La Horda, o más bien, la Nueva Horda. Apenas nadie sabía nada acerca de esa reciente coalición militar. Todos se sorprendieron por las historias que los elfos de la noche les contaron. Les hablaron de la construcción de la capital de los orcos, Orgrimmar, de la marcha de estas bélicas criaturas contra sus tierras sagradas, que ellos llamaban Vallefresno. Les informaron también de sus aliados, unas criaturas medio hombre medio toro, que eran conocidas como los tauren, quienes en un pasado habían sido amigos de los kaldorei, pero que ahora mantenían una abierta hostilidad, ya que eran fieles aliados de los orcos. Se extrañaron también de una tribu trol diferente a la que las leyendas de los Altos Elfos contaban, que convivía con las razas mentadas.

Sin embargo, lo que más les desconcertó y desagradó, fue que los no-muertos fuesen consentidos en aquella facción, y peor aún, que se les ayudase a cometer crímenes tan inhumanos como el que habían realizado en Gilneas. Nadie esperaba que lo que había ocurrido en su lluvioso país, les fuese a involucrar en una gran guerra futura, según parecía por los hilos de información que los elfos de la noche les proporcionaban, no con cierto molestar y preocupación. Por delante tenían una prueba muy dura, superar el aislamiento e integrarse una vez más en un mundo al que habían ignorado.

Acorde a las últimas indicaciones del Rey Cringrís, que también había sido presa de la maldición, su hijo, el príncipe Liam iba a dirigir una operación militar para recuperar la capital, que estaba siendo ocupada por los renegados. Mientras tanto, aprovechando esta coyuntura, los kaldorei prepararían sus barcos con el objetivo de trasladar cuantos gilneanos fuesen posibles hacia sus dominios, un lugar remoto conocido como Darnassus. Tanto Caerdagor como James Fancaster tomaron la resolución de acudir con el tropel del príncipe, y combatir contra los renegados. No obstante, ni el uno ni el otro estaban en condiciones como para continuar con la batalla. Cecil Coal, aportó como de costumbre un poco de cordura, y les alentó a irse con esas damas tan altas como torres y tan pechugonas como pavas, ya que él pensaba liderar una pequeña compañía de seguidores fanáticos, que aún pensaban que era un legendario héroe de guerra, y lograr con ello la soñada etiqueta que lo clasificaría de por vida como pensador y guerrero, una combinación muy extraña en ambos casos. Ya que los pensadores no hacen ejercicio, y los guerreros no piensan. Por lo que creía que abriría una nueva barrera en los oficios del mundo, con semejantes actos (eso sí, al alcance de unos pocos selectos como él).

- Mister Coal, si le soy sincera, pienso que va a morir usted allí con una violencia inusitada. – Le dijo con una sonrisa Dora Fancaster.
- Muchas gracias por sus ánimos, señora Fancaster, sois encantadora. Vuestro marido es muy afortunado teniéndoos. – Le contestó el filósofo haciendo una cortés reverencia.
- Yo pienso que tendrá un éxito rotundo, Cecil. En cuanto abra la boca y les hable sobre sus teorías, los renegados reventarán. ¡Seguro que en los próximos años se escriben canciones sobre su coraje! – Le palmeó James enérgicamente.
- Oh, pero yo espero que esas canciones me granjeen derechos de autor indirecto, ¡sino solamente las querré si son picantes! – Exclamó con ánimo Cecil. – En fin, es hora de que nuestros caminos se separen, y que cada uno encare a su destino. Ni que decir tiene, que me reservo para mí el trágico y el que peor fatalidad lleve.
- Creo que no me opondré a ello. Volveremos a vernos, Mister Coal. Es usted un personaje del que me gustaría reírme en otra ocasión. – Caerdagor montó en un caballo prestado y se dirigió junto al resto en dirección a Puerto Quilla. A su lado, cabalgaba un hombre que rozaría la treintena, y que lo saludó.

El filósofo se subió a la loma de una verde colina, se colocó su máscara de teatro roja, puso los brazos en jarra y tomó aire, para seguidamente, dejarlo escapar absurdamente.
Era la estampa de un súper hombre, o la de un súper ####%%. Probablemente la de un súper hombre ####%%. Aquel individuo se deleitaba con la puesta de sol, contemplando una hilera de personas humanas y élficas que se perdían en el horizonte. Cambiando de dirección, y oteando el oriente, detectó una nube grís que prometía descargar lluvia en el momento menos indicado y más molesto que le fuese posible. Sonrió para sí mismo, y descendió la elevación de terreno, tomó la mano de su prometida, Mistress Hatchson, que lo esperaba abajo junto a otros caballeros armados, y también ellos se embarcaron hacia una nueva aventura...

FIN

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