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Las almas perdidas de Gilneas

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Relato escrito por Isvalda. Hilo original aquí.


InicioEditar

El viaje había sido relativamente duro mas a pesar de que hubiera marchado hacia el norte, su corazón se había quedado en Forjaz. Apartarse de su sobrina de cabellos dorados, Claryse, se había convertido en una rutina inefable de la que no se enorgullecía como su tutora, pero el deber y sus promesas como sacerdotisa habían reclamado su presencia en un extraño lugar: Gilneas.

Si su hermana se hubiera enterado, gustosa le habría sometido a un interrogatorio digno del inquisidor más persistente. Tras la brega habrían sucedido las persecuciones, intentos por convencerla de que no fuera y finalmente le habría impuesto una perorata de chantaje emocional conforme a valores extintos del muerto reino de Lordaeron. La patria, por algún motivo, le quedaba en una horma demasiado grande y ella no era juez.

Con esa premisa cargó su escaso equipaje sobre los lomos de León, el corcel de su hermana, y marchó a un norte mucho más cerrado que el habitual. Apoyó uno de sus pies sobre el estribo y partió con la bendición de la Luz y una carta lacrada de ostentoso pergamino y lujoso sello, en la que rezaban dos lobos en un blasón familiar: El de la familia Von Khanstein de Gilneas. Todavía le duraba la sensación de la frente de Claryse en sus labios, se había volcado en cuerpo y alma tanto a ella como a su profesión, y había olvidado que una vez fue una mujer casada. Eso ya era relativo al tiempo y a su propia vida, ahora estaba casada con la Luz y recordó con dolor el sufrimiento que otras personas también estarían soportando en Gilneas. No había nada más sagrado para ella que no fuera el derecho a disfrutar del recuerdo de los perdidos, aunque fuera doloroso.

Pasó las tierras Altas de Arathi y se permitió observar hacia el oeste, donde antiguamente fantaseaba con tener hijos y disfrutar de una vida humilde de granja y campo. Emitió una dulce sonrisa y con suave sutileza, espoleó a su caballo.

Gilneas, Catedral de la Luz SagradaEditar

Había bendecido cada rincón de la estancia, los telares ruinosos, los bancos destrozados y la madera podrida por la incesante lluvia del exterior, era el lugar en el que le habían citado, la catedral de la Luz Sagrada de Gilneas. Antaño fuera un precioso templo hogar de las obras de exquisitos pintores y escultores, ahora las goteras y las telas de araña se habían comido la belleza de los ornamentos tornándolos en una grotesca representación del paso del tiempo. La ropa de Isvalda todavía se hallaba húmeda por culpa de la llovizna, calados los huesos y el corazón por las visiones de ruina de un templo antaño hermoso.

Las voces, en el exterior, retumbaban con eco en la estancia haciéndose ligeramente más sonoras, un bullicio sepulcral que bien parecía un miserere más que una agradable charla entre compañeros Gilneanos. Los pasos sobre la madera crujieron bajo los pies, y pronto el eco silencioso se sucedió al alboroto de pasos y pasos acompañados de los posteriores quejidos de la madera de los bancos, al sentarse sus ocupantes.

No fueron muchos los que se acercaron al principio a escuchar la misa. Tan sólo reconoció al Barón por su porte regio y firme, los sellos de su mano le delataban así como el blasón que llevaba con orgullo, testigo de que era un genuino patriota de Gilneas. Compartieron fugaces palabras mientras la encapuchada Isvalda se permitió mirar a los ojos al hombre que había solicitado su presencia en la lóbrega noche de aquel lluvioso quince de Abril. Sus labios se tornaron en una tenue sonrisa de tranquilidad seguida de una amable reverencia antes de empezar la misa, y agradeció el gesto de Barón de no repudiar la fealdad de las quemaduras que habían corrompido su rostro. Comprobó al verle santiguarse que también era un devoto de la Luz Sagrada.

Los asientos se fueron llenando poco a poco, y en cuanto el Barón lo dispuso, con breves instrucciones, Isvalda encendió el incensario que llevaba por bastón. El agradable vaho del incienso se meció en el húmedo ambiente, iluminadas sus partículas por el ascua que prendía en el interior del báculo, purificando la sala con un rescoldo de calidez recordando a los presentes que pisaban suelo santo.

— La Luz sea en vuestros corazones en el día que honramos a nuestros caídos, hermanos y hermanas de Gilneas.

Bosque de Argénteos, Aldea Piroleña, exteriorEditar

La curiosa nariz de Victoria Isthark, una gilneana al servicio de la casa Von Khanstein, se había posado sobre la superficie roma de una de las barandillas de las abandonadas casas de la aldea Piroleña. Todos se habían marchado a oficiar una misa por los caídos, pero ella tenía su manera de honrar a los muertos y su ropa todavía se encontraba empapada, secándose, por ello.

Su aspecto alicaído no era habitual, pero se había permitido unos minutos de tristeza ya que no había nadie para verla. Pensaba en el Refugio del Ocaso y cómo el cataclismo lo había engullido y se reflejó en tímidas lágrimas que recorrieron sus mejillas. Ni si quiera lo supo hasta excasos días antes, cuando Sir Mursan Galvatore, caballero negro honorífico, le había informado de la situación. Sin que el soldado se hubiera dado cuenta de lo que había hecho, se abrió inevitablemente un profundo vacío en el corazón de Victoria. Era la última de su, antaño, numerosa familia.

Ella, a su manera, desde aquellas escaleras que daban a la casa en la que se alojaban los Von Khanstein, estaba honrando la memoria de sus muertos y la de los demás. En las profundidades de la costa de Gilneas, entre las ruinas de lo que antaño fuera una granja, dos flores se mecían por el agua salada en los vacuos ojos de una calavera que el fango del mar todavía no había devorado.

Mientras esperaba inmersa en sus pensamientos de soledad, la naturaleza le susurró de nuevo "chiquilla, cesa tu llanto y ven con nosotros"… Y nuevamente la llamada de esta le sedujo, pero se contuvo pensando en su promesa, la que le hizo al Barón aquel día. Retuvo sus instintos y aferró el collar que llevaba atado al cuello, meciéndose, la llamada se hizo más fuerte. Notó la hierba fresca acariciando sus palmas, la brisa del bosque, notó los árboles cantándole en susurro, las flores recordándole su libertad.

Gilneas, Catedral de la Luz SagradaEditar

No se permitió conmoverse por la devoción de todos los que subieron al altar a honrar la memoria de sus seres queridos, ella era quien debía proporcionar ese consuelo y aplastó sus emociones para evitar que se contagiaran en su rostro.

Cuanto entendió aquella noche a su hermana, mientras observaba los rostros compungidos de aquellos que mostraban sin temor a expresarse ante la Luz Sagrada, en un juicio inexistente. Se sucedieron, un hombre del sur, un hombre moreno, un soldado, una humilde mujer , un soldado enmascarado y el Barón, compartieron sus pensamientos, cada cual más emotivo que el anterior. Cuan necesaria era la Luz en esa Gilneas de huérfanos, oscuridad y terror, manchados con su maldición pero tan henchido todavía el corazón.

Con el incienso apagado de su bastón finalizó el ritual, deseando el descanso, el perdón de los pecados, la tranquilidad de las almas que rugían por la justicia reencarnada en el corazón de los asistentes aquel día. La sacerdotisa esperó a que todos hubieran marchado para agradecer a la Luz, una vez más, que le hubiera permitido ser su representante aquella noche.

En la Luz estamos, la Luz somos, a través de la Luz caminamos. En su santa benevolencia.

Isvalda pidió amablemente hospedaje al Barón para esa noche, antes de salir de la catedral.

Bosque de Argénteos, Aldea Piroleña, mañana del 16 de AbrilEditar

Isvalda había marchado a descansar por la fatiga del viaje la noche anterior. Todavía guardaba en su recuerdo como el filo de una espada rozó la nuez del enmascarado y este, con una tranquilidad fervorosa replicó fiero y sagaz a los comentarios hirientes. No le concedió más importancia puesto que todo acabó sin derramar sangre. O al menos eso pensó ella.

Se llevó una mano al pelo, notando algo extraño, por alguna razón tenía una corona de flores adornando su melena suelta.

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