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Lanzas y demonios

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Decadencia

Al igual que todo tiene un inicio, todo tiene un final. Y para llegar a ese final, ha de transcurrir un periodo de decadencia, de caída, de descenso, en el que la gloria perdida pasa a ser tan solo un recuerdo que no puede ser hallado de nuevo. En aquellos turbulentos años que precedieron a la Tercera Guerra, la magnífica Eldre'Thalas, antigua capital de los Altonato más avezados en las artes mágicas, se encontraba en su peor momento. La ciudad que Goldrinn defendiera furiosamente contra la Legión de Fuego, la misma ciudad la cuál la Reina Azshara ensalzó para esconder sus secretos más peligrosos, y la misma ciudad que sirviera durante milenios cómo urbe palaciega al orgulloso e inmortal Príncipe Tortheldrin, señor de la Casa de Shen'dralar.

Aún así, todavía seguía habiendo Altonatos valientes y capaces en Eldre'Thalas; guardianes avizores que mantenían el orden y la paz en la ciudad dentro de los muros de la Corte del Príncipe, y que en ocasiones hollaban los demás barrios de la ciudad, repletos de demonios, Ancestros corruptos, o temibles ogros traídos desde Reinos del Este. Todo apuntaba a que, en caso de no tomarse las medidas necesarias para el reestablecimiento de Eldre'Thalas, toda la ciudad y el reino de los Altonatos caerían de nuevo en la ignominia: apenas vagabundos sin hogar ni capital; sin un lugar en el que pulir y ensanchar sus vasta y ancestral sapiencia.

Así pues, consciente de este fehaciente peligro, el Príncipe Tortheldrin decidió redoblar las guardias de la ciudad. En una de esas encomendaciones, encargó a uno de sus guardias personales más valientes e inteligentes, Thalendris Shal'dieb que capitaneara una patrulla de montaraces y forestales que se adentraran en lo más profundo del Barrio Alabeo y le trajeran la sangrevil, una potente planta hechizada con energías abisales, la cuál dotaba de un gran poderío a los demonios que pululaban por los Jardines. Cargados con sus arcos de fresno, enfundadas sus espadas argénteas en las vainas de cuero, con la potente magia a flor de piel, y con las oscuras caperuzas sobre la cabeza, la pequeña partida de Altonatos marchó de la Corte del Príncipe en silencio para adentrarse en el Barrio Alabeo, los antiguos Jardines del Príncipe, donde en tiempos más luminosos, los orgullosos Bien Nacidos practicaran la magia y la hechicería sin límites, trasgrediendo las barreras que existieran entre lo Natural y lo Arcano.

Embarcados en la onerosa empresa, la partida salió a paso silencioso desde las puertas de la Corte del Príncipe, tratando de no realizar ninguna clase de sonido que alarmara a la inmensa población de ogros que pululaba por el antiguo Coliseo, ahora abandonado a ocasionales y sangrientos combates organizados por una sociedad de gladiadores conocida cómo el Anillo Carmesí. A los Altonatos realmente les era indiferente el hecho de que usaran la desvaída arena para los combates si así libraban a la zona que les pertocaba de los constantes acosos y ataques de la enfervorecida masa de ogros. Para evitar a los ogros, Thalendris ordenó a sus lacayos que enfundaran sus armaduras y ropajes en velos negros, oscuros cómo la negror de la noche que acechaba en cada cantón de la antigua Eldre'Thalas. En un perturbador silencio, los augustos Altonatos marchaban en mitad de la noche, sin realizar sonido alguno. Su intención era lograr llegar a la sangrevil sin realizar demasiados estragos para que la desaparición de la espinosa planta no resultara tan sonada en el Barrio Alabeo.

Los escasos ogros que aún tenían la desgracia de permanecer vivos a esas horas de la madrugada, fueron abatidos por las sibilantes flechas de los arqueros de la Corte, mientras que los guerreros más cercanos, comandados por Thalendris, rajaban las gargantas de los guardias que custodiaban las inmensas puertas que conducían al Barrio Alabeo, desde dónde el tenebroso Alzzinn Formaferal regía los destinos de uno de los distritos de la ciudad que había tomado a sangre y fuego por derecho de conquista. Una vez alcanzaron la entrada, se infiltraron en mitad de la noche en la lóbrega, funesta y opaca sede y cuartel de aquellos que se hacían llamar sátiros...

La influencia corruptora de sus primos sátiros no agradó en absoluto a Thalendris. Taciturno, recorrió con la mirada la amplia visión de todo lo que acaecía durante la neblinosa noche. Ante él, se encontraba un mirador a los Jardines de la Capital, allá dónde siglos atrás se cultivaran todo tipo de plantas y hierbas necesarias para la enigmática alquimia. En el pasado, siglos después del destierro de los Altonato de la sociedad kaldorei, estos perdieron su ancestral inmortalidad, concedida por las sagradas aguas del inmenso Pozo de la Eternidad, y necesitaron una nueva fuente de vida sin límites para poder lograr el ansiado poder y conocimiento que merecía una raza tan elevada. En silencio, Thalendris recordó cómo su madre, la insondable Anashari se había obsesionado durante los milenios de contemplación y estudio en los muros de Eldre'Thalas, de algo que había escuchado en rumores y leyendas extraídas de antiguas historias versadas en la génesis del mundo. Entre las innumerables supuestas fuentes de inmortalidad que se habían censado en los libros de saber de los Altonato, Anashari descubrió una extraña piedra conocida cómo la piedra filosofal que concedía la vida eterna a todo aquél que la poseyera. En secreto, envuelta en prácticas oscuras, había dedicado el resto de su existencia a la búsqueda de una quimera aleteante, hasta que todo aquello dio al traste cuándo...

- No, mejor no evocarlo ahora. - resolvió Thalendris, pensando en voz alta. Se acercó a una de las arqueras de Eldre'Thalas más cercanas y le espetó que lanzara una cuerda al fondo, al patio de los jardines. La mujer obedeció sin rechistar, y ordenaron a uno de los arqueros que se quedara a vigilar la entrada y la cuerda mientras ellos descendían a los jardines, deslizándose a través de la soga.

Mientras Thalendris bajaba, envuelto en funestos pensamientos, consciente de que Tortheldrin le había encargado una misión casi suicida, se percató de los fugaces caminares de un extraño ente increíblemente pesado. La tierra, quebrada por el constante azote de los seres que la hollaban por el día, empezó a temblar con profusión.

- ¡Apresuraos en descender, necios! - murmuró Thalendris, iracundo, mientras sus camaradas Altonato descendían a través de la cuerda. Él ya estaba en el suelo, con Kal'alator desenfundada, desenvainada la hoja y sujetada con sus dos fornidas manos. Con presura digna de kaldoreis, descendieron tres de los arqueros y dos magos, pero cuándo Thalendris se quiso dar cuenta, escuchó un estrepitoso alarido de dolor y alcanzó a ver la cuerda caer pesadamente con unas manchas de salpicaduras de sangre. - Primera baja... No os detengáis para ofrecer pena alguna a vuestro hermano caído, ya habrá tiempo para ello bajo el amparo del Príncipe.

Envuelto en su renegrida capa de piel de oso, Thalendris agudizó la penetrante vista junto con el oído y oteó el perturbador y siniestro Jardín de Eldre'Thalas. Allá dónde antaño se alzaran grandes robles, ahora se deslucían quebradizos árboles cargados de ramas marchitas y troncos macilentos, sin la savia de la vida o la viveza que antaño tanto los caracterizaba. Los arbustos apenas sí eran más que matojos decrépitos cargados de hojas muertas en el otoño, y las flores, cómo en un canto de soledad y desgracia, agachaban la cabeza, fenecidas hacía ya centurias ante la influencia corruptora de los sátiros. El paraje era desolador, y más para aquél que lo logró ver en tiempos pretéritos, más joven y reverdecido, cargado de brillantez y hermosura sin par que todo druida kaldorei ansiara para sus parterres. Dónde antaño habían confluctuado en perfecta armonía la púrpura magia y la verdeante naturaleza, apenas sí convivía un siniestro espejo distorsionado cargado de muerte y de corrupción agónica.

En silencio, Thalendris dejó escapar un inapreciable suspiro, a la par que levantaba los dos dedos de las manos para ordenar a los arqueros que cargaran sus arcos y prepararan sus flechas. El mago Altonato, inquieto, se revolvió en su sitio, evidententemente nervioso. Así pues, listos para lo que se avecinaba aquella oscura noche, avanzaron. Primero, la Lanza del Príncipe...

Las puertas del corazón de la Masacre estaban abiertas en par en par. Thalendris sabía a la perfección, según los habilidosos espías del Príncipe Tortheldrin que allí debería de encontrarse un ancestro corrupto y marchito dispuesto a defenderlas con la poca vida que rebosara en su patética existencia. Aún así, ordenó un cauto acercamiento, hasta cruzar el jardín por entero para llegar al pasillo serpenteante que llevaba al trono de Alzzin. Avanzaron en el mismo mutismo en el que habían llegado, hasta alcanzar el Santuario de Eldretharr, un vasto anfiteatro repleto de marchitas raíces y musgo, envueltos y cruzados con las paredes de mármol desvaído que hicieran tan gloriosa a Eldre'Thalas antaño. Ordenó cargar las flechas a los arqueros, y preparar un hechizo al mago, mientras descendían a toda prisa por el semicirculo, tratando de pasar desapercibidos de los ojos de la presencia que alteraba el orden natural del Santuario; una umbría presencia cargada de mal y sombras que recubría toda la zona de energías viles.

Sin rendir descanso alguno, Thalendris observó con una afilada sonrisa al sátiro que durante tanto tiempo había alcanzado a llenarle de dolor la cabeza al angustiado Tortheldrin, el cuál veía al temible demonio, a su pariente descarriado cómo una verdadera amenaza para la seguridad y la estabilidad del Reino. La Lanza del Príncipe recordó las palabras de su abstraído y ambicioso monarca: "Si le robas la sangrevil...", "si acabas con la vida de Alzzin... complacerás a tu señor".

Su mirada se detuvo en el punto débil del Formaferal, que era su cuerpo envuelto en pelaje verdeante, desprotegido de todo ataque físico. Contempló de soslayo al nervioso hechicero de tremolantes cabellos blancos y le ordenó con un gesto que disipara cualquier conjuro que pudiera envolver la forma del sátiro.

- ¡Ah, nuevas víctimas! - el Formaferal se giró en seco, relamiéndose sobremanera al notar el hechizo del mago Altonato. Sin dejar de sonreír, levantó la vetusta mano envuelta en piel color jade e invocó los poderes más detestables y corruptores, apuntando con ella al mago. Un haz de luz nemoroso atravesó la estancia, mientras Thalendris decidía dar la orden de ataque de una vez por todas, atento aún así al ataque premeditado del veleidoso Alzzin. El Rompehechizos se percató de que a la derecha del sátiro, sobre una losa gigantesca de mármol, se encontraba una semilla de tonalidades sanguinas y jade. Presuroso, Thalendris avanzó hasta la sangrevil, recogiéndola rápidamente con el escudo, mientras gritaba:

- ¡Arqueros, disparad! ¡Fuego! - gritó Thalendris, mientras cargaba. Sus pies trotaron con celeridad sobre el mármol envejecido y la hierba reseca, que crujía al hundirse el peso de las botas de Thalendris. Enarboló la enhiesta lanza, que despidió un fulgor blanco centelleante durante unos instantes y trató de asestar un golpe al demonio. Sin embargo, llegó tarde: Alzzin retrocedió, sin dejar de sonreír de una manera caústica, divertida y siniestra.

El Rompehechizos Altonato le asestó un placaje con el pesado escudo de acero, haciendo caer al suelo al Formaferal bruscamente. Aún así, su mirada se dirigió al mago Altonato, que de pronto empezaba a marchitarse de una forma desmedida: sus cabellos blancos caían al suelo con celeridad, su piel se derretía, sus huesos se marcaban y sus gritos de dolor agonizaban. Cuándo cesó el esperpento, todo lo que quedaba de su existencia eran unas togas y una nube de polvo. Contemplando brevemente horririzado el purulento resultado del conjuro, Thalendris murmuró unas palabras y trató de reanudar el combate contra el sátiro, que ya se había levantado hacía unos momentos y trataba de lanzar al Bien Nacido el mismo conjuro que empleara momentos antea con el desdichado. Thalendris esperó a que lo lanzara y activó los resguardos de su escudo, que temblaron ante el impacto de la vil magia del sátiro. Su defensa principal, su pesado escudo, logró desviar el hechizo hacia una losa de mármol que cayó despedazada al suelo.

Sin embargo, al fondo de la sala, se escuchaban más alaridos de dolor y terror, pues un gigantesco ancestro corrupto se había personado desde la penumbra del anfiteatro y combatía con saña a los tres arqueros Altonato, que retrocedían cada vez más alarmados, disparando desesperadamente sus flechas y lanzando débiles chispas de maná cuándo se daban cuenta de que sus saetas no inflingirían daño alguno al pretérito guardián de la vida.

Farfullando una maldición, Thalendris Shal'dieb redirigió la energía de su escudo hacia la legendaria Kal'alator, que prendió en vivas llamas que iluminaron con fiereza el anfiteatro. Cargó rápidamente contra el ancestro, gritando un rugido de ira, rabia y desesperación. Su funesto acero llameante prendió enseguida la vieja corteza del anciano, quebrándola cómo si del hacha de un leñador se tratara. Aprovechando la distracción de Thalendris, su duelista, Alzzin retrocedió a través de un túnel inapreciable en la penumbra y se desvaneció entre las sombras de la noche.



Thalendris jamás supo si gritó por la ira, de no cumplir las órdenes estrictas de Tortheldrin, o por la rabia que le dio que el traicionero Alzzin escapara con vida de aquel rápido encuentro. Ya llegaría la hora de la venganza y de la lluvia de sangre...  

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