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La suerte de Jonathan Drake

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Relato escrito por Jesabela. Hilo original aquí.



Sus dedos se enroscaron en los bucles castaños, rojizos y dorados de sus acompañantes mientras un frenético baile se sucedía debajo de sábanas blancas de seda. El sabor a miel, a dulce acaramelado y a frutas tropicales estremeció el cuerpo de aquel caballero de fortuna, perlado en sudor y entregado al éxtasis de la carne. La música del placer acarició sus oídos a la par que una de las lascivas doncellas chillaba picantemente. Él, ahíto de gozo, las atrajo hacia sí con su brazo fuerte y bronceado por la mar y el sol, para encontrarse los semblantes plácidos y satisfechos de las mujeres, finalizada ya aquella escena de pasión.

Justo en aquel instante calmo y plácido, cuando todos los problemas de uno parecen solventados y olvidados, una explosión abrupta tuvo lugar a los pies del rico lecho, dando paso al ascenso de una humareda brillante de color verde. A medida que se intensificaba la manifestación, parecía que todo a su alrededor se volvía oscuro y tenebroso. Cuando quiso mirar a sus lados, tan sólo estaba él, en la cama y ahora vergonzosamente desnudo, por lo que subió la sábana para cubrirse sus intimidades y contempló con temor reverencial el fenómeno inexplicable que estaba desatándose en el cuarto.

- ¡De nuevo perdiendo el tiempo con fantasías y ensoñaciones! – Una entidad pétrea, verdosa y con forma de moai taladró con la mirada al hombre, cuyos brillantes ojos azules contemplaban de hito en hito a la aparición.

- ¡Oh, Chápiro Verde! ¡He conseguido todo lo que siempre quise! ¡Lo que me vaticinaste! – Jonathan Drake se echó hacia atrás, con la cabeza apoyada en la almohada de plumas de oca mientras aquel inescrutable ser avanzaba hacia él, flotando por el aire y encarándole severamente.

- ¡Idiota, no has conseguido nada! Has fracasado y estás a punto de morir atragantado de tierra y arena. ¡Despiértate de una vez! – El Chápiro volvió a hablar con una voz cavernosa y profunda. Tras la revelación, el pirata sintió por primera vez que en efecto tenía algo pastoso en la boca, y que apenas podía respirar. Se llevó una mano a la garganta y empezó a toser con violencia, despidiendo trocitos de piedra, agua y arena de costa. Asustado, se puso en pie de golpe para dar saltos y doblar el abdomen con la finalidad de imprimir más fuerza, hasta que acabó vomitando tierra oscura.

[…]

- Capitán, capitán. ¿Me puede oír? – Glovert el Lánguido permanecía de rodillas, apoyado sobre la mullida arenisca de la playa mientras daba golpecitos en la mejilla de Jonathan Drake, el cual ajeno a la realidad, llevaba más de dos horas delirando desde que llegaron a la Isla del Saqueo tras más de dos semanas de viaje accidentado desde La Hidra.

- Se han ido… las damas de Boralus… se han ido… - El perro del mar siguió balbuceando desatinos, tras escupir entrecortadamente arena que se había tragado de forma involuntaria al desplomarse borracho nada más desembarcar de La Espada de Wrynn, la fragata que había robado en la ciudad de Tiramar, traicionando a sus antiguos camaradas y a la propia Alianza, en la cual servía como corsario.

- Capitán, hemos llegado. – Otros dos piratas se colocaron alrededor de Drake tomándolo de la cintura y los brazos, para lograr ponerlo en pie. Todos y cada uno de ellos lucía un aspecto asqueroso, incluso para el estándar de un hombre del mar. Apestaban a salitre, a sudor agrio, a grog adulterado, a orín y a excremento de gaviota.

Cuando el líder de aquellos criminales de las olas logró recobrar el juicio pestañeó varias veces hasta acostumbrarse a la inclemente luz del sol que golpeaba fuerte en aquella playa de blancas arenas y límpida costa. Avanzando unos pasos en los que sus botas de cuero sonaron acolchadas al pisar la espuma del mar, se fijó con ansiedad en su barco. Aquella espléndida fragata militar con treinta y dos cañones y cuarenta metros de eslora permanecía abarloada de manera muy poco ortodoxa, prácticamente encallada en el litoral ahora que la marea había bajado desde la noche anterior en la que llegaron. A pesar de que había sufrido serios daños en la mesana y que los obenques estaban hechos añicos (por no mencionar el carenado que requeriría en general), gracias a la voluntad de Neptulon habían conseguido llegar sanos y salvos a tierra.

- Por un momento creí que no lo lograríamos, me vi también en el pañol de Azshara. – Glover el Lánguido palmeó con compañerismo la espalda de Drake, como compartiendo una misma sensación y se colocó un sombrero de tres puntas que había robado hacía muchos años a un mercader de Trinquete. – Mucho mejor así.

- ¿Y los otros johnnies, cómo están? Recuerdo que Payne cayó en aquella tormenta. Pobre diablo. – Jonathan se giró para contemplar el rostro desnarigado de Jacques el Narizotas, quien se encogió de hombros y esbozó una sonrisa tétrica.

- Ahora estarán en algún negro infierno, capitán. Ninguno más consiguió salir con vida de La Hidra. Contándole a usted, no quedamos más que diez. – Respondió el preguntado, dejando escapar un suspiro con cierta nota de melancolía.

- Nuestra suerte cambiará, muchachos. Os juro por el Chápiro Verde y por la barba de Sargeras que no habrá más descalabros. – El líder de aquellos hombres destartalados comprobó con decepción sus tres pistolas de mecha, con la pólvora mojada, y dirigió la mirada hacia un camino abierto entre la maleza tropical que se adentraba hacia el interior de la isla, donde se alzaban altos riscos cubiertos por palmeras, y frondosos árboles húmedos típicos de aquella región. – No hagamos esperar a nuestros amigos Velasangre, entonces. – Dijo finalmente haciendo un gesto a sus compañeros para que lo siguieran, quienes más bien resignados que convencidos, lo siguieron hasta adentrarse por el camino, perdiéndose en él a la vez que el canto de las aves les daban la bienvenida a su nuevo destino.

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