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La primera lección

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Capítulo 1: Lirio de día Editar

Un aroma intenso y peculiar saturaba el aire de la habitación.

El olor fijaba su fuente en un pebetero colocado encima de la mesa. El recipiente estaba hecho de bronce y encerraba en sus formas un motivo tradicional: las asas equidistantes tomaban el cuerpo de unas carpas que unían colas y bocas con el resto de la artesanía; la tapa tenía el aspecto de un tejado a dos aguas en el que podía distinguirse la figura de un dragón reptando a través de la cumbrera; de los ventanucos que salpicaban la base del edificio manaban hilillos fragantes que se esparcían en rizos por la sala.

Se trataba de una pieza antigua. Pese a que se había eliminado toda pátina de óxido que pudiera deslucir su superficie, las muescas presentes en los asideros y la decoloración del metal daban señas de lo longevo de su existencia. Aún podían averiguarse cuatro estatuillas de quilen sedentes en la peana, cada una orientada hacia un punto cardinal: eran ornatos que trazaban su origen al remoto continente de Pandaria, oculto desde hacía milenios tras un banco de brumas.

Y en medio de aquel sahumerio, nadando a la deriva entre corrientes de humo gris, había un pandaren sentado, sumido en la más completa negrura. Las ventanas de la casa estaban cerradas, los postigos echados; solo se entreveían las siluetas ténebres de los muebles, pálidas sombras que temblaban a la luz de unas candelas posadas en los estantes.

Había una silla de mimbre entrelazado, aunque el sabio prefería sentarse en el piso. La mesa era de sauce, y en su superficie recogía un exceso de pliegos, pergaminos y libros desparramados sin voluntad de orden. Bajo la iluminación atenuada de las velas, a veces parecía que los caracteres danzaban y se permutaban, creando así una historia viviente.

En las baldas de las estanterías se acumulaban más ejemplares de aquellos rollos que atestaban la mesa. Las paredes estaban revestidas por un telón de calendarios zodiacales que medían no solo el paso de los días, sino también la posición de los astros en la bóveda celeste. De ellas colgaban, además, tapices con imágenes mitológicas, desvaídos por los lavados y por la acción del tiempo.

La cama empotrada contra la pared era pequeña, redonda y austera, con un jergón de esparto —que por lo delgado se quedaba en sábana— envuelto en telas de tinte añil.

Algunos barriles de Cerveza de Trueno apilados en las esquinas manifestaban el apego del dueño por los licores; asimismo, las manchas de humedad en la alfombra, que esbozaba una escena heroica en representación del Emperador luchando contra los Sha, corroboraban la afición del eremita por las bebidas espirituosas. De hecho, aquel tejido bordado en oro era el adorno más suntuoso de un hogar que, de otra manera, podría haberse consagrado como el principal santuario y bastión de la estoica filosofía Tushui de la Isla Errante.


La mansión era un remanso de paz y de tranquilidad. El asceta podía sentir cómo su mente despegaba y se liberaba de sus ataduras terrenales para flotar en el limbo; o, mejor dicho, para flotar en un nimbo compuesto por gases de dudosa salubridad. Como fuera, el pandaren se veía arrastrado por los vaivenes plácidos de la niebla, que sacudían su consciencia y la sumergían en un bendito estado de serenidad y de comprensión ultramundana.

Podía vislumbrar dragones etéreos de gracia inconmensurable deslizándose por los contornos borrosos del vaho; atisbaba a los ancestros cobrando vida y peleando entre sí, en un paisaje ameno de increíble belleza natural, acotado por los suaves límites del humo. Toda la Creación se encendía y brillaba para él, como un manto de estrellas cuidadosamente dispuesto. Todo tenía un sentido y un significado únicos, todo estaba indisolublemente ligado, y ninguna fuerza en el Universo podía fracturar ese concierto, esa armonía fundamental…

Hasta que un trueno presagió la llegada de la tempestad.

El crujido quebró las órbitas de las esferas cósmicas y difuminó sus estelas, convirtiéndolas en volutas al borde de la extinción. La puerta se abrió con un estrépito y la luz del sol redujo a jirones la densidad de la atmósfera nocturna que allí se había instalado.

Entonces, el sabio entendió una profunda verdad: los sueños son efímeros, y ninguno dura para siempre. Su meditación no había sido nada más que un sueño, uno que acababa de fugarse para no regresar jamás.

—¡Buenos días, maestro! —Una voz jovial atravesó el umbral de la entrada. Su propietario asomó la testa al interior para cotillear—. Vaya, esto parece el Valle de los Cuatro Vientos del que habla la leyenda. ¿Querías fundirte con la tormenta, abuelo?

El muchacho penetró en la vivienda y trajo tras de sí un vendaval que disipó las últimas nubes visionarias, ya anémicas y vaporosas.

Extendió el cuello, arrugó su naricilla y aspiró la peculiar esencia que inundaba el aire.

—Uhm, qué interesante —dijo. Arqueó una ceja—. ¿Estabas fumando cánnabis? Dicen que despeja los pulmones y que es bueno para la relajación; además, aumenta el apetito. Y no lo sé porque lo haya probado, ¿eh? Esto lo sé por un… amigo. Un amigo, sí. Bueno, no, más bien es un conocido; ni siquiera llega a la categoría de amigo. ¡Yo no entablaría amistad con gente así!

El chico sonrió con toda la convicción que pudo reunir, que no era mucha.

Era un chaval alto y ancho. A simple vista podía hacerse pasar por adulto, pues era especialmente corpulento y grandullón, pero aquella apariencia se desmentía rápidamente por dos detalles: en primer lugar, su barba todavía era el amago de la perilla de un chivo, una extensión blandita, enroscadita y tímida como un penacho de hierba que brota de la nieve tras el invierno; y segundamente, su timbre aún no había alcanzado su punto álgido de sonoridad, sino que se notaba tenso, fluctuante, oscilando entre la dulzura de la niñez y la gravedad de la edad juvenil.

Aparte, sus facciones aún eran demasiado tiernas; sus ojos azules, llenos de candor y demasiado grandes; su sonrisa, demasiado amplia e ingenua; su cabello, demasiado poblado, lustroso y de un saludable color castaño; y sus ropas —una túnica corta y unas calzas brocadas de tonalidad azur, en las que unos regueros de plata dibujaban estampas florales—, demasiado espléndidas, recargadas y, en resumen, lozanas.

Suponía un notable contraste con respecto al pandaren que lo observaba desde su asiento a ras de suelo: de pelaje grisáceo jaspeado de mechones blancos, algo ralo en la zona de la cabeza; la cara, hirsuta y fruncida, surcada por arrugas ondulantes que remedaban el vasto océano por el que singla Shen-zin Su; el cuerpo membrudo, sí, pero compacto, con extremidades gruesas y cortas; la vestimenta, unas togas de lino tan simples como sobrias, desteñidas por el efecto de la lejía, por el sudor y por una colección interminable de remiendos; y finalmente su barba, cana y luenga como una cascada de agua primaveral, que solo encontraba acomodo sobre sus piernas entrecruzadas, donde se enrollaba a la guisa de una serpiente albina.

—Te has adelantado media hora, Zhurong —comentó el anciano con los ojos cerrados. Sus cejas estaban fruncidas en clave de fastidio—. Es muy temprano. La vulpeja aún no ha vuelto a su madriguera; la alondra todavía no entona su canto matinal. Dudo que haya un ser sobre la faz de la Tortuga que esté en pie ahora mismo. Exceptuándote a ti, claro.

El joven percibió de inmediato el mosqueo en el tono de su maestro; a pesar de ello, le dedicó su mejor sonrisa. Trató de quitarle hierro al asunto con un gesto de las manos.

—Vamos, maestro Hao, que no es para tanto. Además, tú también estabas en pie —arguyó. El viejo gruñó a modo de respuesta—. La verdad es que vine tan deprisa porque vi que un extraño humo blancuzco salía de la rendija de tu puerta. ¡Creí que había un incendio! De hecho, ¡te habrías asfixiado si no llego a tiempo para ventilarte la casa!

Acrecentó su sonrisa, pero la expresión de Hao no se mudó un ápice.

Ahora, el viejo lo miraba: hendía sus pupilas fijamente en él. Tenía los labios torcidos en una mueca áspera, y sus cejas velludas formaban un pico de ave puntiagudo, inquisitivo y poco halagüeño.

—Tienes muy poca confianza en tu maestro —lo recriminó—. Y no, no estaba en pie. Técnicamente, estaba sentado. Y sigo sentado. Has interrumpido mi meditación y te has preocupado en vano. A estas alturas, deberías saber de sobra que soy un pandaren juicioso y responsable; de no ser así, tu padre no te habría confiado a mi tutela.

El sabio descruzó las piernas y se levantó lentamente, disimulando la fragilidad de sus articulaciones tras la fachada de un ritmo digno y comedido, que imprimiría en su discípulo una imagen de veteranía y de solemnidad.

O así debería haber sido de no ser porque, en un descuido, se pisó la sierpe que tenía por barba y perdió, de golpe y porrazo, toda la majestuosidad y el equilibrio de los que había hecho alarde.

—¡Cuidado, abuelo!

El pandaren decano se tambaleó y se precipitó hacia adelante sin control.

Su aprendiz fue a socorrerlo y saltó hacia él con la agilidad propia de una nutria fuera del río.

En su impulso se llevó por delante la mesa, pero al menos consiguió ayudar a su mentor en el aprieto: cuando este ya se había sujetado a un estante, logró agarrarlo por la cintura. Así, sometido a la inercia y al peso considerable de su alumno, al maestro no le quedó otro remedio que caer en plancha a la tierra.

—Uff, ¿estás… estás bien, maestro?

El chaval, torpón, rodó sobre su barriga hasta ponerse boca arriba. Se había incrustado un vértice de la mesa en el estómago y le dolía. ¡Y vaya si le dolía! Le dolía tanto que el mero recuerdo del choque aún le cortaba la respiración.

Hao había corrido una mejor suerte: su codo había mitigado el impacto, aunque se quejaba entre murmuraciones por sus huesos.

El chico comenzó a enderezarse. Se apoyó en la mesa.

—Lo siento, maestro —balbuceó—… Mis pies no son tan veloces ni tan obedientes como mi cabeza.

«Tu cabeza tampoco es muy obediente, que digamos», pensó su mentor. Pero no fue eso lo que le dijo:

—¿Por qué has venido tan pronto, Zhurong? —preguntó. También empezó a incorporarse—. Creo que es la primera vez en todos estos meses que apareces con antelación para tu clase. Normalmente, no te esperaría hasta dentro de una hora, por lo menos...

—… Bueno, la verdad es...

Zhurong hizo una pausa para recapacitar. Condujo la vista a lo alto y se quedó pensativo durante unos segundos.

El maestro Hao agudizó las cejas.

—Ayer me contaste que para hoy me habías preparado una lección especial. Estaba tan… emocionado por iniciar algo diferente que apenas he podido dormir y… —Calló. Se frotaba nerviosamente las manos. Su voz vacilaba—. Es que… después de haber pasado dos semanas con la prueba de Ventisca en la Cima de Kun-Lai, tras haber superado la Tormenta del Desierto del Pavor, el Granizo de las Estepas de Tong Long y el Aguacero de la Espesura Krasarang, tuve algunas dudas acerca de tu método didáctico, maestro…

El maestro movió el cuello y juntó las cejas en un semblante duro.

—¿Uhm?

Zhurong tragó saliva. Desvió la mirada de sus pies y la enfocó en su tutor.

Era horrible: tenía pelos por todas partes, pelos encrespados como la vedeja de un león, que le crecían desde lo más hondo de las narices y hasta de dentro de las orejas. Sentía que lo acusaba con aquellos ojos marrones y diminutos.

—… Verás, pensé que te habías quedado sin ideas, dada la… familiaridad entre las últimas lecciones que me habías impartido —indicó, despacio. Elegía sus palabras con prudencia—. Se me ocurrió que era alguna especie de diversión macabra por tu parte hacerme cruzar los postes de las Pozas Cantarinas mientras me arrojabas piedras, primero bajo el nombre de la Ventisca, luego con el Granizo y así en adelante. ¡Qué locura!, ¿verdad?

La pregunta se quedó suspendida en el ambiente por más tiempo del que era educado.

El maestro Hao se estiró con pausa los bigotes. Cataba a su estudiante atentamente con la mirada.

—… ¿Y no se deberá todo este derroche de optimismo matinal al hecho de que tu madre te haya enviado a buscar lirios de día, flor que solo vive por un par de horas durante una madrugada al año…?

Zhurong abrió los ojos de par en par, atónito. La mandíbula inferior se le descolgó de la boca.

—¿Y tú cómo demonios lo sabías…? —lo interrogó. El viejo sonrió—. No será… ¿No será que tú estabas detrás de todo esto, abuelo? ¡Ahora ya no te conformas con lanzarme pedradas, sino que quieres impedirme que descanse! ¡Eres un Sha encarnado!

El maestro rio, y el estruendo de sus carcajadas ensordeció los murmullos furiosos del zagal.

Se mesó los bigotes muy gozosamente: tal y como esperaba, su artimaña había surtido efecto. Zhurong estaba indignadísimo, y el área de sus mejillas despedía un calor volcánico.

—Hace un par de días le insinué a tu madre que tal vez mostrarías algo más de interés por las clases si adoptases unos hábitos más mañaneros —explicó—. Por lo visto, se tomó mi consejo muy en serio. Creí que se limitaría a amonestarte, pero vaya. ¡Qué sorpresa! ¡Menuda trolera está hecha! ¡Ja, ja, ja!

Zhurong se mordió los labios para no proferir un improperio. Cerró fuertemente los puños. El anciano se la había jugado: no le cabía duda alguna de que el ardid de los lirios de día lo había pergeñado él en sus más perversas elucubraciones.

—Si te aplicaras más al estudio sabrías que en esta época del año no florecen los lirios de día, te habrías ahorrado el madrugón y un paseo totalmente infructuoso por la espesura —adujo. Compuso una sonrisa a medias—. Je. Solo por ver tu rostro descompuesto ha merecido la pena esta mentirijilla.

Su discípulo no opinaba lo mismo.

Tenía las palmas y los dientes tan prietos que bien podría haberse transformado en una estatua guardiana de aquellas que custodian el Bosque de los Bastones, de no ser por la vena que le palpitaba colérica e incesantemente en la frente.

—¡Vamos, alégrate! Esta es la primera lección que te depara el día, pero no la última…

«¿Y eso debería alegrarme, viejo demonio?», caviló Zhurong. No obstante, no fue eso lo que contestó:

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer hoy? —replicó con un deje sarcástico. Apuñalaba con la mirada al anciano—. Espera, déjame adivinar: la lección de hoy se titula «Rana que brinca en el monte mientras llueven chuzos de punta» —apuntó, imitando el tono severo y cadencioso de su profesor—, y consiste en recorrer las Pozas Cantarinas haciendo el pino mientras un ermitaño loco me tira rocas y se burla de mí cuando me caigo. ¿He acertado?

Hao lo sonrió con tal sencillez que lo dejó desarmado. Y desconcertado.

De pronto, se echó a reír y negó con una parsimonia tan absoluta que haría languidecer a los mismos árboles. Su maestro colocó la mano en su hombro y lo estrujó.

—Siempre tan incrédulo y sarcástico, mi querido y desmandado estudiante —respondió—. Pero te equivocas: hoy es un día de celebración para ti, aunque también de aprendizaje. Has completado con éxito la primera parte de tu entrenamiento, lo que significa que si apruebas el examen, accederás al siguiente nivel...

Zhurong perdió todo atisbo de coloración en la cara; hasta su pelaje empalideció. Abrió los ojos como ventanas y dio un grito ahogado de estupor.

—¿EXAMEN SORPRESA...?

El sabio extendió las manos e hizo un ademán apacible, como para amansar a las fieras.

—No te adelantes, Zhurong: todos los días son exámenes, pues a diario se nos pone a prueba de maneras que muy pocas veces somos capaces de discernir…

Aquello no aplacó lo más mínimo a Zhurong, quien ya se había echado las manos a la cabeza.

—… Te aseguro que en el próximo nivel no hay Granizos, ni Tormentas, ni Aguaceros ni Ventiscas: pasaremos al estudio de los clásicos de la filosofía pandaren, a la vista de que tus cualidades para el combate destacan por su… eh… bueno, ya me entiendes.

El chico arqueó una ceja, escéptico. Refunfuñó y se cruzó de brazos. Pese a ello, le permitió continuar.

—… Tu padre me confesó que querías convertirte en un mago. Dijo que habías estado ojeando libros arcanos y que te sabías de memoria unas cuantas fórmulas —Guardó silencio. Examinó la expresión de su aprendiz—. Sin duda te habrán contado que yo, en mi juventud, aleccioné a muchos de los magos Tushui más eminentes de esta generación. Y ya sabrás que vivo en el retiro desde hace algunos años…

Zhurong resopló un par de veces, incapaz de contenerse. Finalmente explotó.

—¿Por eso me has estado paseando de un lado para otro como a un borrico durante meses, maestro? ¿Es que no quieres adiestrarme? —lo increpó. No cabía en sí de la ira: todo su cuerpo se estremecía violentamente—. ¡Llevo medio año contigo y ni siquiera hemos hablado de la teoría de las esferas! ¡Ni de la constitución de los elementos! ¡Ni de las líneas ley! ¡Nada! ¡He tenido que formarme por mi cuenta todo este tiempo! Y para colmo, siempre que intento encaminar la conversación por esos cauces me cambias de tema…

El maestro dio un puñetazo sobre la mesa, aventando la mitad de los papeles.

Zhurong se sobresaltó.

—Tienes una mala costumbre, Zhurong: hablas, pero no escuchas —repuso. Su voz sonaba fría, impasible—. Ni siquiera te has planteado cuál podía ser el sentido de todas estas pruebas.

«Torturarme», masculló para sí el muchacho.

—Pensaba felicitarte de corazón: iba a abrazarte y a darte un obsequio, una muestra de mi satisfacción por tus progresos. Pero, ¿sabes? Me has quitado las ganas —Bufó. Tomó asiento en la alfombra y se cruzó de piernas—. ¿Crees que todo esto no ha servido para nada? Muy bien, si mañana por la mañana no vuelves a llamar a mi puerta, sabré que has tomado otra dirección.

Alargó los dedos y buscó algo en la mesa. Al cabo de unos segundos, desenterró una pipa de madera de cerezo de entre las pilas de legajos y de mamotretos.

Metió la otra mano en una talega que pendía del mimbre y sacó un manojo de hojitas trituradas. Lo derramó en la cazoleta, se llevó la cánula a los labios y vertió su aliento por la boquilla.

De repente, por arte de abracadabra, una llama trepó por el caño y quemó la hierba.

Esperó unos instantes antes de dar la primera calada. Cuando lo hizo, un zarcillo de humo serpenteante ascendió del hornillo de la pipa.

—Puedes llevarte lo que te iba a regalar. Se encuentra bajo aquella estantería, junto a la puerta, dentro de la talega —Lo señaló con el dedo—. Después, cierra la puerta y márchate. La lección de hoy ha terminado.

Zhurong dirigió la vista adonde le indicaba su tutor. Divisó el envoltorio de lana sin mucha dificultad: se trataba de una bolsa amplia y clara, con una abertura en la sección superior anudada por un cordel. Dentro yacía un objeto con un perfil circular.

El pandaren se echó la bolsa al hombro, practicó una escueta reverencia y abandonó la vivienda del sabio.

Capítulo 2: Un regalo maravilloso Editar

Era un día soleado, aunque lo tupido del follaje le impedía ver otra cosa que no fueran haces de luz dispersos, como si estuvieran espejados por un enorme cristal apostado en la cúpula de la fronda.

Zhurong bajaba del monte en el que residía el anciano a trompicones, atajando por desniveles en lugar de utilizar el sendero, como habría sido conveniente.

Aunque la floresta estaba compuesta fundamentalmente por cipreses, árboles de hoja perenne, también había pimpollos de flores otoñales, acacias rosadas y otras clases de árboles que no sabía distinguir. Estos especímenes forraban de un lecho de broza la tierra, lo que incrementaba sensiblemente la dificultad del descenso.

Con todo, el pandaren no logró salir indemne de la travesía, pues rodó por la pendiente en dos ocasiones: en una, porque su sandalia se quedó atorada en una malvada raíz; en otra, porque pisó una porción de suelo escarpada e inusualmente densa en hojarasca y resbaló.

Cuando llegó a la explanada norteña de la Isla Errante, quince minutos después, tenía una hinchazón en la espinilla, varias magulladuras en los codos, un moretón en la cara y una letanía de dolores musculares que lo aguijoneaban desde los pies hasta la cabeza. Pese a aquello, el muchacho no se desmotivó: cruzó la plantación de mandarinas de Wei de regreso a casa, a fin de alegrarse la vista con los dulcísimos colores de sus frutos y, con suerte, de alegrarse de paso el estómago con sus todavía más dulces sabores.

Veinte minutos más tarde, un Zhurong desangelado y sofocado por la carrera se desplomó a las puertas de su casa.

Desde el exterior, el edificio consistía en un vasto solar de dos plantas. Estaba formado por una serie de secciones rectangulares unidas entre sí a efectos de aumentar el espacio habitable de las dependencias, si bien sus componentes eran arquitectónicamente independientes. Cada una de ellas contaba con unas dimensiones propias, en lo referido a la longitud y a la anchura en horizontal, y se correspondían a su vez con salas diferentes: el recibidor, la cocina, el salón…

Las paredes externas habían sido esculpidas en grandes bloques de mármol, lo que le daba un aspecto de frialdad y sobriedad al edificio, en armonía con la blancura helada del Tigre Xuen. Las columnas que servían como soporte de la estructura, dispuestas en las cuatro esquinas de cada uno de los cuadrángulos de la propiedad, habían sido pintadas de un intenso color bermejo que recordaba a la cresta de la Grulla Roja, Chi-Ji. Las tejas de fina cerámica, meticulosamente imbricadas, eran un reflejo hermosísimo de la malla de escamas de jade de la Sabia Yu’lon. Y por último, los tonos terrosos de Niuzao se hermanaban con los dorados en los aleros, que se enroscaban en la punta como las conchas de los caracoles, culminando su trazado por el tejado en forma de espiral.

Todo el recinto estaba cercado por un jardín de cantaflores, cuidado y cultivado por los dueños, en el que aún cabían más complementos: una terraza frontal con una pareja de esculturas de quilen flanqueando la entrada; un patio en la parte trasera decorado por un estanque de carpas, macetas con bonsáis y parterres en cuyo interior se resguardaban las especies florales más exóticas: lirios, lotos y jazmines, principalmente; un templete construido en uno de los laterales, algo apartado y subido a un montículo del terreno, exento de la plétora de ornatos que cuajaban el resto de la mansión; y un pozo en el lateral restante que suponía, con diferencia, el elemento más austero del perímetro.

Luego de todas sus fatigas, o más bien a expensas de ellas, Zhurong llevaba la bolsa que le entregó su mentor a rebosar de mandarinas. Sus ropas también estaban a rebosar, pero no de mandarinas, sino de mordiscos.

La finca de Wei estaba custodiada por una jauría de mortíferas tortugas dragón entrenadas para atacar con garras y dientes a cualquiera que traspasara sus dominios. Por norma, las tortugas dragón eran lentas, aunque no tanto como sus primas, las tortugas marinas, o como sus parientes de las zonas lacustres. Aunque tenían un temperamento pacífico, si se sentían en peligro eran capaces de arremeter contra sus enemigos con una ferocidad envidiable, hecho que testimoniaba por qué ostentaban el sobrenombre de “dragón”.

El pobre zagal, exhausto tras un paseo accidentado por la montaña, poco pudo hacer para zafarse de sus persecutoras.

En cuanto recobró el aliento, abrió de par en par las compuertas de la vivienda y entró al hogar.

—¡Ya estoy en casa, mamá!

Lo recibió el eco de su propia voz rebotando por las paredes.

Frunció las cejas, suspiró largamente y procedió a restregar el calzado contra el felpudo.

Por dentro, la residencia era sorprendentemente cálida y hogareña. Un machihembrado de bambú flexible recubría tanto el piso como el techo de la vivienda; aquellos listones de madera encajados los unos en los otros le conferían una apariencia infinitamente más humilde y natural al conjunto. Los rayos de sol matinales se colaban por las ventanas y se esparcían tibiamente sobre el mobiliario, contribuyendo a crear una atmósfera sosegada, en la que luces y sombras se entremezclaban en un juego de contrastes, una combinación de claroscuros que suscitaba la sensación de estar internándose en un bosque espeso.

Solo alcanzaban a adivinarse las siluetas de los muebles. Las motas de polvo y las pelusas que bailaban encima de ellos, moviéndose entre corrientes de luminosidad como pequeñísimas hojas mecidas por el viento, despertaron en Zhurong el sentimiento de hallarse ante algo antiguo y digno de ser contemplado. También despertaron en él la idea de que llevaba varios días escaqueándose de cumplir las faenas del hogar, aunque muy oportunamente decidió ignorar ese pensamiento.

El moblaje era viejo, sí, pero aún se conservaba en magníficas condiciones. Estaba organizado tal y como dictaba la doctrina del feng shui: lo arcilloso, como por ejemplo las urnas y los jarrones de cerámica, al oeste; lo frío, como estantes de armas ceremoniales y vajillas de bronce, al norte; al sur, cosas calurosas y más secas, tales que una estufa, un diván y varias sillas; y al este, lo húmedo y lo orgánico: los bonsáis y el resto de plantas de los tiestos.

Las ventanas, al ser portadoras de iluminación y dependientes de una entidad externa, quedaban al margen de estos criterios; las alfombras, tapices y pinturas que embellecían las paredes y el suelo tampoco se sujetaban a este riguroso orden.

En el centro del salón iba una mesa de marquetería espaciosa y circular. En su corazón se habían encolado láminas de bronce, de marfil, de madera de secuoya y de madreperla, e incluso una sección del caparazón de una tortuga. Con ellas cobraba realismo un escenario presidido por los cuatro Augustos Celestiales, todos representados en sus coordenadas correctas: Xuen al norte, Niuzao al oeste, Chi-Ji al sur y Yu’lon al este. Alrededor de estos y encuadrando la obra, el artista había plasmado en laca una pérgola de cepas sinuosas que florecían enredándose entre sí.

Toda esta ordenación, basada en los puntos cardinales, se remontaba a una tradición inmemorial y estaba ligada al culto de los Augustos Celestiales de Pandaria. La familia de Zhurong, muy apegada a las costumbres de antaño, se había encargado de mantenerlas vivas hogaño. De esta manera, según informaban las leyes del feng shui, si se ubicaban los objetos en función de sus partes constituyentes, se generaba un ciclo de producción o uno de destrucción: el ciclo de producción favorecía la creatividad, la prosperidad monetaria, la fecundidad, facilitaba el flujo del chi y resultaba preventivo contra enfermedades y energías negativas presentes en el entorno; el ciclo de destrucción, en cambio, arruinaba la concentración mental y las esperanzas de los que se ponían en las inmediaciones de su aura, atraía malos auspicios, infecciones y a los espíritus vengativos, y debía ser corregido lo antes posible para que no provocase estragos.

Pasado el recibidor, Zhurong se adentró en la sala de estar. No había muros que dividieran aquellas habitaciones, aunque los dormitorios sí que estaban separados por tabiques. A mano izquierda se seguía hasta la cocina; a mano derecha, hasta los aposentos.

Cabizbajo y agotado por la caminata, se dirigió a su cuarto. Abrió las puertas redondas de un empujón, soltó el saco de mandarinas en el suelo y cayó derrengado a la cama.

Tras esto, Zhurong se dispuso a recuperar el sueño perdido a causa de la broma de su maestro.


Amaneció cuatro horas más tarde, cuando ya era mediodía.

El sol del cénit descargó su furia sobre él: sus destellos incidieron en perpendicular sobre los iris de Zhurong. El pandaren, cegado y soñoliento, enterró la testa bajo la almohada de plumas de grulla y se volteó hacia la derecha a fin de evitar el acoso del astro rey.

No se molestó en cerrar las contraventanas; se ahorró cualquier esfuerzo. Musitó una retahíla de maldiciones gangosas y, con la misma rapidez con la que se había levantado, se quedó dormido de nuevo.

Una hora más tarde, el achacoso vientre de Zhurong protestó contra su pereza, y debió de ganar el litigio, porque su propietario se puso en planta en menos de cinco segundos. Desvelado, con una costra de legañas sellando sus ojos, dio un bostezo y condujo una zarpa a su abdomen, para así percibir con más claridad la guerra que se estaba librando allí abajo: a tenor del sonido de las explosiones, debía de ser una auténtica debacle.

Aturdido, sacó los pies de la cama y los plantó en el suelo. Notó cómo crecía en él la necesidad de tumbarse, pero su creciente apetito lo azuzaba cada vez con más fuerza.

No pudo resistirse, así que se inclinó para asir el borde del saco, lo arrastró hasta las patas del bastidor y metió la mano dentro para hurgar. Extrajo tres mandarinas: una, ni se molestó en mondarla y la devoró de dos bocados, descartando la piel con los dientes en el proceso; la segunda sí que la peló, y luego rebañó los restos, ya que la urgencia de la situación propició que más de la mitad de la fruta permaneciera adherida a su cáscara; la tercera, la desgajó apropiadamente, ya sin el acezo que le imponía el hambre.

Continuó comiendo distraído, al tiempo que transcurrían los minutos.

Mientras mascaba las tiernas mandarinas, sopesó lo que había ocurrido aquella mañana entre él y su mentor: el viejo se había mofado descaradamente de él; seguramente la edad lo había vuelto senil, y por esa razón desvariaba y rehuía la materia arcana en sus lecciones. O eso, o tal vez su memoria se había resentido y estaba obligándolo a andar en círculos porque ni siquiera se acordaba de los rituales que se requerían para ejercitar la taumaturgia.

De pronto, Zhurong sintió una punzada de culpabilidad. ¿Estaría siendo injusto con su maestro? ¿Debería mostrarse compasivo? Al fin y al cabo, él era el único que lo había aceptado como su estudiante; en el monasterio, pese a los denodados intentos de su padre, lo habían rechazado por considerarlo inepto para las artes marciales. Quizá el anciano se había apiadado de él. Tal vez ni siquiera tenía talento para la magia y el sabio estaba buscando la forma de hacérselo entender con delicadeza, para no herir sus sentimientos. Quizás debería renunciar y dedicarse a aprender artesanía con su madre, como toda su familia deseaba que hiciera. Por más que se distrajera y que a menudo se quedara ensimismado, era mañoso, y debería ser capaz de verter esa aptitud en un torno junto al barro.

Se recostó en el colchón mullido, que, como era habitual, formuló una queja contra su peso. Entrelazó los dedos por encima de su barriga y los hizo tamborilear, pensativo.

Aguardó así, abstraído, por unos minutos. No volvió a conciliar el sueño, como habría hecho en circunstancias más idóneas (no echarse una cabezadita por las tardes era un crimen imperdonable). Estaba rodeado por un festín de gusarapos naranjas y ensortijados: las mondas de las mandarinas, que todavía despedían un poderoso aroma a cítrico pese a encontrarse vacías.

Algo abatido, lanzó un suspiro al aire y se puso en pie. Alzó la talega donde había guardado las mandarinas y buscó en su interior el otro objeto, el regalo de su maestro.

Cuando lo sacó, vio que estaba envuelto en un paño suave y blanco de lino, el textil favorito del excéntrico ermitaño. Se ocupó de desdoblarlo, con un mimo que surgía de su inconsciente, y el contenido que descubrió tras la tela lo dejó sin palabras.

Eran unos brazaletes elaborados en un metal deslustrado, semejantes a los que portaban los elementales que invocaban los magos. Cuando lo palpó, sintió su textura sucia y polvorienta, y no pudo sino torcer la boca con asco.

Se apresuró e hizo acopio de las pieles de las mandarinas desperdigadas por el lecho, que aún rezumaban jugo. Las escurrió y derramó las gotas del ácido sobre el metal. Lo que aconteció fue pura magia: la capa de óxido que se había acumulado en la superficie se derritió como la nieve en el primer día de la primavera. Lo que antes había sido una pieza ornamental rancia, opaca y poco higiénica, reveló la verdadera nobleza de su aleación: bronce. Había sido fabricada en bronce, uno de los materiales más sagrados para el pueblo pandaren.

Y lo que era más importante, ahora advertía figuras grabadas en relieve por toda la banda de los brazaletes: era un cuadro mítico con el que no estaba familiarizado, en el que un grupo de escolares pandaren intercambiaban un presente con otras criaturas, más altas, más esbeltas y, a juzgar por las muescas que definían sus caras, también más temibles, crueles y arrogantes.

No identificó a aquellos seres extraños de inmediato. Estuvo discurriendo durante unos minutos antes de establecer la asociación.

Eran Altonatos, estaba seguro. Y ya sabía qué acontecimiento estaban representando.

Siguió escudriñando los aros de bronce y detectó dos particularidades más en su hechura: las cajas que se obsequiaban los unos a los otros eran, en realidad, gemas engastadas. No había reparado en ellas durante la primera inspección porque estaban empañadas por la mugre, pero al frotarlas con su pulgar mojado, reconoció el brillo del rubí en el regalo de los Altonatos y el resplandor nemoroso del jade en el de los pandaren.

Zhurong, enternecido, sonrió.

«Maldito viejo entrañable», pensó.

Profirió una exhalación y negó con la cabeza. Mañana regresaría a sus clases, aunque tuviera que repetir la Ventisca en la Cima Kun-Lai, o Tormenta del Desierto del Pavor.

Se encogió de hombros y admiró por enésima vez el adorno. Era precioso. No pudo contenerse y, con una sonrisa pícara, puesto que ahora le pertenecían, se los ciñó a las muñecas. Engarzó los cierres para que los brazaletes no se le escaparan, y luego extendió los puños para comprobar cómo le quedaban.

«Fantásticos. Fabul-osos», se convenció a sí mismo. Rio por lo afortunado de su ocurrencia.

En lugar de dormir la siesta, el pandaren empleó las últimas horas de la tarde en leer. Escogió un par de rollos de su estantería y los trajo a la mesita del estudio. Se sentó frente a ella, los desenrolló y se enfrascó plenamente en la lectura.

El primero de los textos narraba las aventuras de un pandaren, un hozen, una grulla, un tigre, un zancudo y un dragón nimbo que combatían juntos contra un pavo real de plumaje albino y con más ínfulas que la mismísima Reina Azshara. La historia venía acompañada de un repertorio de ilustraciones que mostraban a los animales practicando kung fu, con tanta o más habilidad que su amigo pandaren. Como fuera, y aunque el argumento no fuese su punto fuerte, el chico se divertía mirando las viñetas que reproducían las hazañas de los Seis Magníficos.

El otro relato lo degustó después de la puesta de sol. Acerca del mismo solo diremos que en su título figuraba el lema «El Pandasutra».

Cuando cayó la noche, oyó unas voces procedentes de afuera. Eran su padre y su hermana.

Se incorporó de un salto y salió al salón corriendo como alma que llevan los Sha. Debía hacer la limpieza, era su labor; y deprisa, antes de que su padre atravesara el dintel de la puerta.

Sin embargo, y por tercera ocasión en el día, lo que sucedería a continuación lo dejaría perplejo.

Capítulo 3: Legado Editar

—Si no fueras tan haragán, no tendrías que trabajar a estas horas.

Shanyuan, el padre de Zhurong —un pandaren gigante y con cara de pocos amigos—, sirvió cuatro platos en la mesa.

Le lanzó una mirada reprobatoria a su hijo, enmarcada por una cordillera de cejas bien pobladas y por unos ojos grandes y amarillos.

El cabeza de familia era un hombre todavía más alto y grueso que su primogénito. Iba ataviado con una sotana austera, típica de los ascetas del monasterio, de una tonalidad uniformemente azul.

No obstante, y a diferencia de su sucesor, tenía unos brazos musculosos, duros y en tensión como las patas de un yak de tiro. Mientras que Zhurong era blando, tanto por dentro como por fuera, su padre era el epítome de la rigidez: su vientre y su pecho, hinchados como un globo repleto de gas; su cabeza, erguida como la del tigre, rey indiscutible de la jungla; y su pelaje, blanco y negro, con las manchas bien distribuidas, balanceadas, tan solo descompensado por algunas vetas de pelo cano. Sus andares regios y soberbios lo dotaban de un aire de majestad que evocaba imágenes de los monjes de Pandaria.

En definitiva, Shanyuan poseía todo un cúmulo de cualidades gloriosas que interponían océanos de distancia entre él y su descendiente.

Zhurong levantó la vista del entarimado y dejó de barrer por unos instantes. Condujo la mirada hasta su padre y lo observó serenamente.

Ante él se erigía todo aquello que jamás podría ser: el coraje, la virtud, la perfección mental y física. Había intentado seguir sus pasos, había querido emularlo desde que era cachorro, pero pronto se puso de manifiesto su inhabilidad para los estudios monásticos. Contemplar aquello en lo que jamás se realizaría, una entelequia de lo que podría haber sido en otras condiciones más favorables, lo hacía sentirse indigno.

Allí, bajo el escrutinio impertérrito de su padre, Zhurong se pensaba un completo inútil.

—Será mejor que te apresures si quieres cenar junto a tu familia —señaló su padre con tono altivo—. Dentro de poco estará lista la cena, y aún tienes que sacudirles el polvo a los armarios y a las vasijas de tu madre.

Zhurong prosiguió con sus quehaceres, callado. A sus espaldas, en el centro de la habitación, su padre y su hermana estaban colocando los cubiertos y poco a poco iban trayendo las bandejas con comida, a medida que finalizaba su preparación.

Hizo lo que se le pidió y desempolvó los muebles y las artesanías. Por el rabillo del ojo, creyó que su padre sonreía al verlo faenar.

Al poco de que Zhurong acabase su labor, su madre bajó las escaleras, sin duda hechizada por el aroma de los guisos que inundaba el ambiente. Tenía las manos empapadas en arcilla de alfarería, pero enseguida se las aseó en su delantal.

La matriarca de la familia era extraña, y no costaba mucho deducir de quién había heredado Zhurong la mayoría de sus rasgos: su pelaje era castaño, como el de su hijo; su mirada, bohemia y perdida, de iris verdes como un mar de jade; sus orejitas, dulces y redondas; y sus facciones, ovaladas y decididamente menos cuadradas que las de su esposo. No se solía engalanar con sortijas ni pulseras, puesto que la entorpecían en su trabajo; no obstante, sí que aderezaba su gesto con unos pendientes, soles de oro en cuyo interior se encastraban dos preciosas esmeraldas, y agasajaba su cuello con un collar de aljófares en una filigrana de plata que apenas se vislumbraba bajo la blusa.

Caminaba con elegancia, pero también con incertidumbre, luciendo un vestido de corte sencillo con un estampado floral. Por cómo achinaba la vista, parecía que estaba saliendo a la superficie por un laberinto oscuro y subterráneo, y que por primera vez en años el fulgor suave de las lámparas acariciaba sus esponjadas mejillas. A veces, Zhurong tenía el presentimiento de que una ráfaga de luz especialmente intensa haría desvanecerse al espectro de su madre, igual que el sol en su hora punta destierra a las sombras que luego se amotinan en el ocaso.

—¡Oh, pero si ya está hecha la cena! —exclamó Jiao, con una voz plácida y tersa—. No me había dado cuenta de que habíais llegado, estaba ensimismada terminando unas tinajas para Wei —que, por cierto, hijo, espero que puedas llevárselas en cuanto estén listas—. ¿Qué tal os ha ido el día?

Zhurong no contestó; estaba inmerso en sus cavilaciones. Su padre y su hermana se limitaron a cruzar una mirada llena de complicidad y se sentaron a la mesa. Les indicaron, con sendos ademanes, que se sumaran a ellos.

Sobre la mesita de madera se había dispuesto un mantel con estampas florales. Las pinceladas del dibujo bosquejaban un paisaje arbóreo; más concretamente, un bosque de naranjos abrazados entre ellos en el que la nota cromática predominante la asentaban los tonos verdes y los níveos, relativos a las praderas y a los pétalos de azahar que afloraban en las ramas, respectivamente.

Encima del mantel se presentaba un ágape que conjugaba una nueva paleta de colores y de sabores. Según las orientaciones más inveteradas de la gastronomía pandaren, todo banquete que se preciase debía incluir alimentos dulces, salados, amargos y ácidos en proporciones equivalentes. Asimismo, la ubicación de los platos en la mesa tampoco era trivial, sino que estaba regida por un conjunto fijo de normas emparentadas con las del feng shui, que básicamente extrapolaba de una manera sinestésica los principios de ordenación de los elementos a los cuatro sabores esenciales. De este modo, el fuego se aliaba con lo ácido, la tierra con lo dulce, lo amargo con el viento y el agua con lo salado.

Con todo esto en mente, el padre de Zhurong, un monje de dilatada experiencia y también amante de las artes culinarias, había elaborado un menú sensacional: el primer plato consistía en un consomé de carpa dorada que aportaba el ingrediente marítimo a la cena; una fuente de arroz salteada con brotes de soja y especiada con sésamo componía el factor dulce; lo amargo venía de la mano de una bandeja de colinabos cocidos con una guarnición de espárragos trigueños; y para concluir, un recipiente con mandarinas y peras de postre en representación de lo ácido.

—¡Vaya! —A Jiao se le pusieron los ojos como ventanas—. ¡Creo que te has superado, cielo!

Su marido infló el pecho, sonrío con falsa modestia y se mesó su perilla recortada.

—No es para tanto. Además, he tenido el privilegio de contar con una gran ayudante…

La hermana de Zhurong, Lan, dio un botecito en la mesa. Su padre intercambió una mirada con ella y asintió, dándola tácitamente su aprobación.

La cabeza de la chiquilla apenas se elevaba dos palmos por encima de la mesa, y en ese sentido su cuerpecillo compacto recordaba más a las dimensiones de su madre, pero saltaba a la vista sin tardanza que ella era la hija legítima de Shanyuan.

—«Dominar la cocina es como dominar las artes marciales: uno debe concentrarse, anticipar cualquier imprevisto, y templar su pericia y sus nervios al calor del fogón» —recitó de memoria con una estridente vocecilla infantil—. ¿Era así, papá?

—¡En efecto! ¡Lo has dicho muy bien, Lan!

Su padre alargó el brazo y la acarició el flequillo con cariño. Bajo aquella mata de pelo negro y revuelto se escondían los ojos amielados de su padre.

La pequeñaja rio agudamente a modo de réplica.

Pero el muchacho no estaba prestándoles atención. Tenía la vista hundida en el consomé, y su expresión de alienación y de desahucio bien podría haberse comparado con la de un náufrago que había encallado su barco en uno de los trozos flotantes de pescado.

Su padre y su madre no hicieron ningún comentario, aunque no les pasó desapercibido el silencio súbito de Zhurong. En otras circunstancias, lo natural habría sido que se hubiera jactado de lo repipi que sonaba su hermana y que hubiera recibido una severa amonestación por parte de su padre. Sin embargo, en aquella ocasión no había abierto la boca; ni siquiera para engullir, lo que aún era más atípico en él.

Una tos fragorosa rasgó el velo de mudez que se había cernido sobre el salón.

—Bueno, podéis serviros —anunció el patriarca—. Espero que os guste.

Aprovecharon un cucharón de madera para ponerse el arroz en los cuencos. Luego, se sirvieron el consomé en platos hondos de barro esmaltados en blanco, obra de su madre, que lucían en las bandas largas cadenas de lirios atigrados eslabonados entre sí.

Desafortunadamente, tuvieron que regar aquel festín con agua y no con cerveza, como habría sido deseable. Shanyuan le explicó a su familia que se habían producido saqueos en los últimos cargamentos procedentes del Labrantío: alguien estaba asaltando las caravanas y los monjes de la Academia todavía no habían dado con su paradero ni con su identidad. La dramatización que ejecutó de la suerte que correría aquel bellaco en cuanto lo cazasen hizo que su hija menor se atragantara con un bocadito de puerro que nadaba en su sopa.

Jiao estuvo hablando de sus progresos a la hora de restaurar una colección de reliquias que le había confiado un sacerdote del Templo de los Cinco Albores. Los instruyó en las dificultades que afrontaba para encontrar los pigmentos adecuados, muchos de los cuales derivaban de plantas autóctonas de Pandaria que no habían realizado el trasbordo a la Isla Errante. Confesó que había estado leyendo varios manuales de aquella época y que tenía la esperanza de recrear algunos de los matices, pero que le resultaría imposible devolverles los colores originales a las artesanías, aunque sí que podría reparar la mayoría de los desperfectos que se habían ocasionado con el transcurso de los milenios.

Cuando se bebieron el caldo, y tras haber ingerido las tiernas piezas de carne que se ahogaban en su jugo, utilizaron los palillos para coger los colinabos y los espárragos de la tercera fuente, que se sirvieron en los platos ahora libres de consomé.

En ese momento, la madre de Zhurong no pudo reprimir por más tiempo su curiosidad.

—Oye, hijo, se te nota algo distante esta noche. ¿Sigues enfadado porque te mandase a recoger lirios de día de madrugada…?

El chico no desvió la vista del plato. En vez de eso, removió apáticamente un colinabo con los palillos.

—Lo siento —se disculpó. Se aseó la boca finamente con una servilleta de tela—. Tu maestro me recomendó que lo hiciera; ya sabes, quería que llegases puntual para tus lecciones. Este encargo me dio una excusa fantástica y…

Zhurong ensartó el esquivo colinabo en los palillos. El ademán despertó una mueca de horror en los rostros de su padre y de su hermana.

—Zhurong, no se juega con la comida —lo reprendió Shanyuan, incapaz de contenerse—. Usar de esa forma los palillos es señal de mal gusto y una muestra de pésima educación…

El pandaren crujió un palillo con el puño. Lo redujo a astillas.

—¡No soy capaz de llamar a mis poderes!

Batió la mesa con rudeza. Los cuencos de arroz se tambalearon.

—¿Eso es lo que te tiene preocupado…? —preguntó, con tacto, su madre.

—El maestro me prometió que mañana pasaríamos al siguiente nivel —aclaró—. Yo me acaloré y me mofé de él. Desde hacía unos meses nuestros entrenamientos eran siempre iguales y tenía la sensación de que no estaba aprendiendo nada útil…

El joven dio un suspiro. Sus padres entrecruzaron miradas.

—Hao me aseguró que a partir de mañana me iniciaría en la magia. En los misterios de lo arcano.

—Pero tú ya practicabas la magia antes, Zhurong —puntualizó su padre.

—Sí —lo interrumpió con brusquedad su hijo—. Aunque no por su magisterio. Descubrí algunos viejos papiros arriba, en el desván, y me puse a leerlos por mi cuenta. Aunque supongo que tú eso ya lo sabías.

El monje no contestó. Se limitó a arrugar los morros y a deglutir, despacio, el último colinabo de su plato.

—Me resultó extraño que de repente fueras tan eficiente en las tareas del hogar, cuando desde siempre las habías aparcado para rendirte a la molicie —admitió su padre tras masticar.

—Sí, usaba la hechicería para animar las escobas, las fregonas y los plumeros. Y nunca tuve problemas, salvo en aquella ocasión en la que…

Shanyuan frunció el entrecejo. Las mejillas de Zhurong se colorearon de rojo por la vergüenza, como dos melocotones maduros.

—Espera, hijo, ¿fuiste tú, y no las lluvias, quien inundó la galería…? —indagó su madre.

Zhurong erizó los hombros en un signo de culpabilidad. Su madre se tiró de los pelos de las sienes con desesperación.

—¡Perdí el retrato de tu tatarabuela! —gritó exasperada—. Pero ¿qué demonios hiciste con él? ¿Lo lavaste echándole un chorro de lejía…?

—Técnicamente, no fui yo: el cubo se extralimitó en sus funciones. A veces este tipo de percances ocurren…

Los ojos de su madre se iluminaron, prendidos por ascuas de jade. Encrespó las manos sobre el mantel y la vajilla retembló.

Zhurong ya se estaba haciendo a la idea de que descendería sobre él el castigo más despiadado de la historia, cuando, por cuarta ocasión en el día, asistió a un hecho que lo paralizó.

Su padre comenzó a consolar a su madre, estrechándola por el antebrazo. Ella volcó toda su agonía en él y se lanzó a sus brazos. Unas lágrimas como perlas relucientes gotearon de sus ojos.

El muchacho se sintió aún más miserable.

—Todavía no dominas la magia arcana —sancionó su padre con voz áspera. Lo miraba desde su acomodo en el hombro de su madre—. Por eso te enviamos con tu mentor: pensamos que él te adiestraría, que te impondría una disciplina. Pero parece que no ha sido así.

A Zhurong se le formó un nudo en la garganta. No tuvo valor para alzar la mirada.

Su padre continuó con el sermón, con tono pesado y sentencioso.

—Quizá que tus poderes se hayan evaporado no sea una desgracia. Tal vez es lo que estaba predestinado a suceder…

Pero aquello inflamó al adolescente pandaren. Clavó con saña sus uñas en los pantalones.

—¿Destino…? —Rio con sorna—. Ah, sí, lo olvidaba: los Tushui creéis que todo está determinado desde el inicio, que las fuerzas del Cielo y la Tierra gobiernan nuestra existencia y que lo único que podemos hacer es vivirla de acuerdo con sus leyes…

—¿De qué estás hablando, Zhurong?

Zhurong se incorporó, en una exhibición de malísimos modales. El semblante desabrido de su padre se desfiguró aún más.

—Yo no soy un monje Tushui, papá. Y nunca lo seré —Detuvo la vista en su hermana—. Aunque a ti eso no te importa, porque ya tienes a una heredera que preserve tu legado.

La pequeña Lan frunció el ceño, confusa de verse aludida. Su padre soltó un bufido de yak por la nariz.

—Siéntate, Zhurong —exigió. Hablaba lentamente, regulando su ira y marcando con énfasis el peso de sus palabras—. Un pandaren de bien no se comporta de una manera tan irrespetuosa.

El chico rio. Sus carcajadas sonaron profundamente cínicas, maceradas por una acritud que emergía de lo más hondo de sus entrañas.

—Quizá no sea un pandaren de bien. Probablemente nunca llegaré a serlo. Y si esto es lo que significa ser un pandaren de bien —Lo abarcó con un movimiento de la mano—, no se lo desearía ni a mi peor enemigo.

Asombrosamente, por quinta vez en el día, acaeció algo imposible: su padre lloró. Su lágrima fue más breve que el aliento de un lirio, pero asaz rabiosa y estragada como un relámpago.

Su expresión, antes estricta e inapelable, se demudó con la violencia de un huracán. La decepción y la pena ensombrecieron aquellos ojos de ámbar.

Eso contrarió a Zhurong. Había esperado con ansias a que llegara aquel momento, el día en que se armaría de determinación para espetarle a su padre lo imbécil y lo insoportable que era. Y lo había conseguido. Lo había conseguido y, sin embargo, no sentía una sola pizca de felicidad.

En sustitución de la felicidad, un inmenso agujero se había adueñado del hueco que antes ocupaban la furia y la humillación. Era similar al hambre, pero el hormigueo que le provocaba no le transmitía la necesidad de comer, ni le imprimía viveza para que buscase alguna forma de paliar la sensación. Por el contrario, aquel agujero se propagaba como una picazón que consumía sus extremidades. Lo incitaba a mantenerse quieto, víctima del marasmo: cada vez más estrangulado, a cada segundo un poquito más inerte.

El calor abandonó su cuerpo en oleadas. Solo permaneció en él la frialdad.

—Puesto que la sabiduría de tu padre no es suficiente para aconsejarte, quizá encuentres algo de alivio en los conocimientos de quienes nos precedieron —dijo, ronco. Su voz estaba rota—. Aquí no hay nada que podamos hacer para mitigar tu dolor. Así que, por favor, déjanos.

Zhurong obedeció y se dio la vuelta. Enfiló hacia la puerta con pisadas angustiosamente lentas. Todos lo miraban; la madera sollozaba bajo sus pies.

Abrió las compuertas de la entrada y una racha de aire fresco lo saludó.

Salió al exterior y dejó que el frío de la noche se apoderase de él.

Capítulo 4: El vuelo de la grulla Editar

Zhurong, encogido a tenor del frío clima otoñal, cogió una linterna y se dirigió al santuario familiar.

Atravesó el campo de cantaflores del que tanto se enorgullecía su padre, Shanyuan. La cantaflor, nativa de Pandaria, había dado sustento a la imaginación de los poetas más prolíficos y aclamados del viejo continente durante milenios. Su hechura acampanada y sus pétalos nevados le otorgaban a la flor un aspecto irreal y onírico, alejado de la mundanidad de sus parientes menos agraciadas. De este modo, cuando en la literatura pandaren se producía el encuentro entre los enamorados, muy a menudo se celebraba en un prado de cantaflores, descrito por el autor como «lugar amenísimo» y representante paradigmático de la belleza del entorno natural.

En la realidad, las cantaflores eran casi tan preciosas como se las retrataba en los paisajes de la lírica, aunque su florecimiento temprano y la cortedad de su vida —frecuentemente referida como metáfora por los pensadores epicúreos— solían conjurar en el aprendiz de mago una aflicción insoslayable. Su carácter efímero y delicado, sin duda, contribuía a gestar aquella imagen ilusoria: eran blancas luminarias en primavera, y pálidas quimeras de un sueño en el estío y en el invierno.

Al cruzar el jardín los capullos de la cantaflor tintinearon, ululándole a la brisa, y le regalaron al pandaren una dulce melodía. Ascendió todo el trecho hasta el templillo de sus antepasados y se detuvo a las puertas para contemplarlo.

Se trataba una estructura elaborada en madera de bambú negro, similar a una pagoda. El tejado a dos aguas, como mandaba la tradición, estaba transitado en su arista central por un dragón nimbo; las tejas, aunque apenas se apreciaban bajo el fulgor de la antorcha, eran de un color rojo oscuro como la sangre. Había signos del paso de las edades por todas partes: aquel sagrario debía de remontarse, al menos, a más de mil años en el pasado, considerando el estado de la madera y la decoloración de las tejas. El musgo se había incautado de gran parte del edificio y se hospedaba entre las ranuras de las baldosas del suelo, en el techo, y en las grietas de las columnas.

A pesar de las deplorables circunstancias en que se hallaba inmerso, su madre se negaba a restaurarlo. Aquel vestigio, un recuerdo vetusto de sus antecesores, había formado parte de su existencia desde que tenía memoria. Aducía que cualquier cambio, por nimio que fuera, debilitaría la conexión del templo con sus ancestros; por ese motivo, por reverencia y por devoción, rehusaba tocarlo.

A su hijo aquella superstición le parecía una tontería supina: después de todo, su trabajo consistía en rescatar la esencia del pasado para remozar reliquias que estaban a punto de hacerse pedazos. Un día, una grulla se había posado en el tejado y había abierto un boquete al escarbar en el verdín para extraer una larva; y pese a ello, su madre ni se inmutó. A aquel ritmo, calculaba Zhurong, en menos de dos décadas el techo se habría desmoronado. No entendía la razón de tanta sensiblería.

Antes de pasar, recogió un par de velas esparcidas por el interior de la pagoda y las prendió con su linterna. Cumplido esto, colgó el farol en un poste, entró y se sentó.

Tiritó. Las columnas y el techado apenas mitigaban la sensación de frescor que traía el cierzo. Este hecho lo obligó a encender el resto de las velas del santuario.

Aunque las llamas fueran endebles, Zhurong supuso que aguantarían. Después de todo, ya había sucedido antes: cuando su madre estaba muy tensa, en días de tormenta, se refugiaba en aquel templo y buscaba la solución a sus problemas en el retiro y la introspección. Él y su hermana Lan la miraban preocupados desde la ventana, temiéndose que enfermara a causa del viento y de la lluvia.

Pero ella nunca lo hacía. Jiao emergía del templo revitalizada después de la borrasca, con una sonrisa perfecta de perlas de nácar que suscitaba envidia. Por todo ello, su hijo creía que el templo estaba encantado, o bendito, lo mismo daba. Y la luz de las candelas ceremoniales, incombustible, era siempre una constante visible tras el empañamiento de los vidrios; así que, con suerte, aquellos fuegos fatuos deberían ser capaces de conservarlo caliente a pesar de la crueldad de la intemperie.

La realidad era mucho más desalentadora que la ficción: Zhurong seguía sacudiéndose presa de escalofríos, y no encontraba consuelo en la quema de los cilindros de cera. Así pues, resignado, se abrazó a sí mismo y se agarró con ímpetu de los antebrazos. Reprimió los tremores de su cuerpo apretando los labios y suspiró por la rendija entreabierta de sus mandíbulas.

En cuanto se calmó, trató de concentrarse. En ese preciso instante, una hoja guiada por la ventolera se le metió en la boca. La escupió y lo intentó de nuevo.

Los grillos, que no habían enmudecido una sola noche desde el estío, se pusieron a batir sus alas al unísono, tañendo una peculiar sinfonía que sonaba desesperada: posiblemente fueran conscientes de que se les acaban las oportunidades para procrear y de que debían ponerle remedio, y rápido, si no querían morir vírgenes.

Zhurong estornudó. Molesto, se reacomodó en el suelo. Cruzó y descruzó las piernas. Se postró en hinojos, pero al poco rato se cansó y quiso mudar su posición. Se tumbó bocarriba en el suelo y luego dio vueltas de pie. Entonces fue cuando dedujo que no iba a estar cómodo de ninguna de las maneras posibles.

Decaído, se sentó en los peldaños que daban acceso a la pagoda, hincó los codos en las rodillas y acostó su mentón entre las manos. Se dedicó a mirar los astros, mientras a sus espaldas ardía un círculo de cirios perfumados con olor a sándalo cuyo objetivo era el de potenciar la profundidad de la meditación.

Una estrella fugaz hendió el firmamento. Aquello deslumbró a Zhurong.

Rememoró la conversación que había mantenido con su abuelo Yun hacía años, cuando solo era un crío, unos meses antes de que falleciera. Casi le parecía estar allí, visualizando una escena que ocurría justo frente a sus ojos:

—Los pandaren somos seres del Cielo y de la Tierra —defendía su abuelo, un pandaren rechoncho y encorvado—. Estamos ligados a la Tierra y dependemos de ella, por eso somos criaturas de la Tierra: si no fuera por nuestras cosechas, los pandaren no podríamos subsistir; sin alimento, pereceríamos, y todo pandaren sabe que el fruto más sabroso al gusto se encuentra en el vientre de la tierra que lo vio nacer…

Su otro yo, el niño que fue, parpadeó con incredulidad y agitó la cabeza.

—A mí me gustan las verduras, abuelo, pero también como pescado —dijo—. ¿Eso quiere decir que los pandaren somos también del mar?

El anciano rio y cabeceó en negación, muy despacio. Era un pandaren de pelaje completamente albo, lo que indicaba lo venerable de su edad. Llevaba un sombrero de paja, al estilo de los granjeros del Labrantío, unas simples togas marrones y descansaba su peso en un bastón retuerto de bambú; de hecho, solo gracias a él se sostenía en pie.

Cuando era un chiquillo pensaba que su abuelo era inmortal. Ahora podía entender lo precario de su condición: aquel cayado bulboso y enroscado era el último hilo que ataba a su abuelo al delgado tapiz de la existencia.

—Es distinto, Zhurong —aseguró—. Los pandaren podemos lanzarnos a la mar en esquifes, y echamos nuestras redes para recolectar, también, sus frutos: siluros, pargos, carpas y otros peces que nadan en sus extensiones infinitas. Pero ningún pandaren puede vivir en el mar: los pandaren construimos nuestras casas en tierra firme porque no podemos beber del agua envenenada del océano; porque necesitamos las hortalizas, las setas y el bambú para crecer fuertes y sanos; y porque los vaivenes del agua salada terminarían corroyendo la madera y destruyendo los pilares en los que nos asentamos…

Yun se apoyó en una de las bases de la pagoda y la palmeó con energía.

—Nuestra familia y nuestros amigos están en la Tierra. Por eso los pandaren somos gente de la Tierra, porque moramos en ella y, cuando nuestros días se agotan, acabamos regresando a ella…

El pandaren mayor tomó asiento con lentitud y hundió una mano en el suelo. Sacó un puñado de tierra negra y húmeda, se lo enseñó a su nieto y sopló. El soplido reveló un retoño de cantaflor aún blandito, murmurante y escuálido, pero ciertamente obstinado a vivir.

El cachorro que fue contempló el portento con fascinación.

Entonces, un pájaro aterrizó en el jardín asilvestrado del hogar. Era un ave de patas estiradas y de pico agudo, con un plumaje blanco como la nieve y con un pomposo copete de plumas cárdenas coronando su cogote.

La grulla avanzaba graciosamente por la pradera, escudriñando la hierba, totalmente ajena al diálogo que habían entablado nieto y abuelo. En aquel instante, el Zhurong infantil reparó en algo que había pasado por alto.

—Abuelo.

—¿Uhm? —replicó él con suavidad.

La grulla empezó a picotear el césped. Ambos la observaron.

—Dijiste que los pandaren éramos también del Cielo, pero no tenemos alas y no podemos volar como las grullas.

Su abuelo se carcajeó. Se enjugó unas lágrimas de los ojos con un dedo regordete.

—Efectivamente, Zhurong: los pandaren no podemos volar —Soltó una risotada más—. Pero ¿sabes cuando el cielo está oscuro y pueden verse motitas que titilan en la noche…?

—Sí. Son estrellas, ¿verdad? —contestó—. Papá me ha hablado de ellas.

El anciano sonrió y fijó su mirada en su cielo crepuscular, teñido de una paleta de naranjas y de rosas en tonos pastel. Apuntó con su índice a lo más alto, a la morada cenital del sol, entonces desalojada.

—Hay quien dice que los pandaren somos seres del Cielo porque aspiramos a la grandeza: porque queremos que se nos recuerde y erigimos templos y escribimos nuestra sabiduría para las generaciones posteriores; o porque le damos a este lugar, la Isla Errante, nobles héroes que merecen residir por siempre en nuestras canciones, en nuestras leyendas y en nuestras historias…

Yun se mesó su barba tupida y enmarañada. Curvó la boca y esbozó una sonrisa.

—Otros opinan que pertenecemos al Cielo porque nacimos en él: porque los dioses de la antigüedad, grandes espíritus que insuflaron la vida en el mundo, nos plantaron en esta tierra y nos proporcionaron la luz, el aire y el agua para que germinásemos. Pero pese a que salimos de las entrañas de la Tierra, nuestro origen se debería a esos dioses que reinan sobre el cosmos; por eso, también seríamos seres del Cielo.

El muchachito que fue entornó los párpados, sin comprender. Su abuelo dobló las comisuras de sus labios en una sonrisa más amplia.

—¿Y tú qué piensas, abuelo?

La grulla finalmente encontró lo que estaba buscando en la tierra, una lombriz que se zarandeaba bajo su pico, y remontó el vuelo. Nieto y abuelo siguieron, callados, su trayectoria por encima de las copas de los cerezos.

El anciano reflexionó antes de responder.

—Yo pienso que nos parecemos a las grullas más de lo que te imaginas.

Zhurong frunció el entrecejo, confuso.

—Fíjate, Zhurong —El anciano señaló al pájaro con la punta de la vara—: las grullas son seres del Cielo, aunque, como nosotros, anidan en la Tierra. Pero siempre que les es posible están surcando sus corrientes, y solo dejan de hacerlo para dormir, para alimentarse o para morir…

Zhurong arrugó aún más su mueca. Su abuelo le acarició la testuz; había una nota de amargura en sus ojos verdes.

—Su estancia en la Tierra es efímera y en cuanto pueden echan a volar —resumió—. Yo creo que los pandaren somos iguales, Zhurong: pasamos un tiempo en la Tierra, comemos, tenemos hijos, transmitimos lo que hemos aprendido y, entonces, nos marchamos con la ligereza del viento que impulsa las alas de las grullas. Nuestros cuerpos son enterrados bajo la tierra que nos amamantó, y con el tiempo acaban descomponiéndose y sirven para dar paso a nueva vida. Aunque nuestras almas…

Yun tomó aire y lo dejó ir en una larga bocanada. Su mirada se enturbió.

—Dime, Zhurong, ¿alguna vez has visto a una de las estrellas del Cielo moverse…?

—No. Siempre están en el mismo sitio.

El viejo sonrió. Volvió a limpiarse las lágrimas, aprovechando que su nieto estaba distraído admirando el revoloteo del animal.

—Nuestras almas también permanecen aquí, al igual que las estrellas: por mucho que se separen nuestros caminos, por más lejos que nos lleven nuestros pies, por más que nos apartemos de la Tierra que nos dio a luz, nuestra alma es eterna como las estrellas —Su voz tembló emocionada. Tosió—. El Cielo es inmutable, al contrario que la Tierra, que cambia por el capricho de las fuerzas de la naturaleza o por efecto de la voluntad de los pandaren. En el Cielo se encuentra nuestra raíz, nuestro destino y nuestro final.

La imagen de su abuelo se desvaneció bajo una cascada de cristal. El Zhurong del presente estaba llorando.

—Eso, Zhurong, es lo que yo creo.

El abuelo abrazó a su nieto y ambos contemplaron en silencio el vuelo de la grulla.

Capítulo 5: Tigre albino Editar

—Mei Li.

Una voz la llamó, sacándola de sus ensoñaciones.

—Mei Li —repitió ella, con más fuerza—. Mei Li, lord Nashar os está esperando en el estudio.

La pandaren se volvió en dirección a la procedencia de la voz. Fahora, la fámula de lord Nashar, estaba de pie a sus espaldas, aguardando a su reacción. Era una mujer esbelta, como todas las elfas de la noche, y alta; de rasgos finos y de curvas estilizadas. Solo lo abultado de sus labios, el color púrpura intenso de su piel y la anchura de sus caderas delataban la bajeza de su extracción.

A Mei Li, Fahora le parecía demasiado delgada; sus ojos de plata, demasiado inertes; su barbilla, demasiado agachada, y no por modestia sino por vergüenza. Sabía de sobra que era una mujer inteligente. En sus primeros meses bajo el magisterio de lord Nashar, Fahora se tomó como una responsabilidad instruirla: la enseñó a hablar aquel idioma dilatado, dislocado y de sonidos musicales y seseantes; la ayudó a familiarizarse con el entorno y a comprender el sentido de las habitaciones y las reglas del hogar; la acompañó cuando se sentía sola e incluso le compró ropa, unas galas suntuosas y atrevidas que tuvo que remendar para que se adaptasen a su constitución.

Fahora era la única criada de lord Nashar, y siempre encontraba tiempo para cumplir con todas las necesidades y pedidos de su señor —que no eran pocos— y para atender a las visitas y a los discípulos del mago. Incluso había llegado a aprender varias palabras en su lengua a fin de facilitar las comunicaciones, durante el tiempo en que Mei Li aún no se manejaba con desenvoltura en élfico.

Sin embargo, Fahora pocas veces hablaba sobre sí misma. Siempre guardaba esa pose estoica; ese gesto modesto, casi contrito. Servía con dignidad y con diligencia a lord Nashar, pero aquello era todo lo que dejaba traslucir de sí misma.

No detectaba desdén en sus ojos cuando la miraba, al contrario de lo que veía en las caras de otros elfos de la noche; antes bien, irradiaba una profunda tristeza. Y daba la sensación de que nada de lo que ella dijera, o hiciera, podría consolarla.

—Gracias, Fahora. Subiré enseguida.

La sierva asintió con recato, prendió el vestido azul turquesa por dos graciosos pliegues con unos dedos tiernos y desnudos de sortijas, y se inclinó. Las madejas verdes y frondosas de sus cabellos ondearon con la parsimonia de una cascada.

Fahora se dio la vuelta y se marchó con pasos suaves y comedidos. A medida que caminaba, unas alegres mariposas de plata danzaban tras ella a través del encaje de la falda, como si tratasen de posarse en su cintura. Una cinta de color esmeralda rodeaba a esta última, compuesta con tal detalle que su nudo recordaba a una orquídea en flor.

Mei Li se levantó. Le dolían las rodillas, aunque no había reparado en ello hasta el momento. Había estado casi media hora contemplando las profundidades del estanque, convencida de que allí abajo habitaba algo distinto a las carpas que había traído como obsequio a lord Nashar, una muestra de gratitud por su hospitalidad a la hora de acogerla y de ponerla bajo su protección y tutela.

El recinto trasero de la torre era, sin lugar a dudas, la estancia preferida de Mei Li. Estaba poblado por un densísimo jardín salvaje, a tono con la jungla en la que había hecho su morada el Altonato.

Aquel jardín era una maravilla botánica: un invernadero encantado en el que coexistían especies florales de las lejanas cumbres del norte de Kalimdor con otras variedades más exóticas y sureñas, tal y como la achicoria, el hibisco, los lotos e incluso algunas clases de lirios que solo había visto brotar en Pandaria.

Lord Nashar las mantenía a todas allí, amuralladas tras unas paredes de caliza carcomidas por la hiedra y por la madreselva, a salvo y resguardadas de las inclemencias del tiempo. Gracias a su magia, había logrado recrear una serie de microclimas que conservaban a sus plantas frescas y rozagantes durante todo el año. Dichos hábitats estaban delimitados por una serie de domos arcanos apenas visibles para el ojo humano, de tal modo que en cuestión de unos pocos metros uno podía pasar de la aridez del desierto de Tanaris, donde abundaban los cactus, a las temperaturas álgidas en las que vivía el lirio de las nieves, o a la calidez bochornosa y tropical de Feralas.

La mitad de esos especímenes tenían alguna propiedad medicinal o segregaban toxinas que eran destinadas al atento estudio alquímico del amo de la torre. Nada escapaba a la ambición de conocimiento del polímata elfo, pues en las noches más oscuras instalaba su telescopio en un montículo elevado de su jardín y desde allí observaba el firmamento. Tenía la tesis de que el movimiento de las esferas celestes se correspondía con los sucesos cotidianos; pensaba que, de alguna forma, había dioses que habían forjado los astros y que sus propósitos, y su sabiduría, podían leerse como augurios cifrados en el lenguaje de las estrellas.

«Solo comprendiendo el origen se comprende el final», opinaba lord Nashar. Así pues, y aunque algunos de sus colegas se reían por su obsesivo escrutinio de los cielos y le aconsejaban que les cediese aquellos «menesteres supersticiosos y mundanos» a las sacerdotisas y a los falsos arúspices de las razas de los brutos, Nashar creía firmemente en el rigor y en la sistematicidad de su método. No en vano, de entre todas las ciencias que practicaba, la astronomía era su asignatura predilecta y también la más esquiva. Y acerca de ella versaban gran parte de sus clases.

Mei Li abandonó el jardín y entró a la torre a la que lord Nashar llamaba hogar.

El edificio estaba formado por una pila de bloques de mármol fríos pero preciosos, que conjuntaban a la perfección con los arcos de medio punto que definían las siluetas de ventanas y puertas, enmarcadas en lujosos moldes de oro. Seis pilares pétreos sostenían en pie la estructura hexagonal: eran columnas de orden dórico, como las que soportaban el peso de los templos dedicados a Elune, estriadas en vertical desde la basa hasta el chapitel, carente de adornos, que actuaban como asiento para la bóveda. El dueño de la mansión había reemplazado los innobles cristales de las vidrieras por láminas delgadísimas de alabastro, un material idóneo por su traslucidez y aun así capaz de filtrar las ráfagas de luz más intensas, de modo que no perturbaran la delicada vista de los estudiantes.

La madera también encontraba su acomodo en la residencia del Altonato: las puertas de caoba con asideros de plata que remedaban el símbolo de la media luna daban fe de la religión que profesaba su propietario: el culto a Elune, deidad prima del panteón élfico.

Dentro, los esquemas cromáticos y arquitectónicos del exterior se transferían al menaje y a los suelos: sobre los baldosas de piedra que solaban las habitaciones se había realizado un hechizo, uno que mantenía las placas calientes como si se hubiera extendido un lecho de brasas bajo ellas; los muebles, sillas, mesitas, armaritos y estantes atestados de reliquias de poder, eran piezas fabricadas en madera de fresno, probablemente importadas de los bosques septentrionales. Una estatua de oro macizo en representación de la Reina Azshara recostada en su diván gobernaba el centro de la estancia; en ella confluían todas las fuentes de iluminación del salón, y todas eran absorbidas y espejadas con el doble de intensidad por la grandeza de la Luz de Luces.

La escalera de caracol se asemejaba antes a una rampa tallada en el tronco de un árbol que a una escalera: sus peldaños equivalían a protuberancias nudosas y poco regulares, y cuando el calzado estaba mojado a causa de las incesantes trombas de agua de la región, para no resbalar uno debía aferrarse al pasamano y conducirse con el mayor tiento posible.

Mei Li atravesó la sala de estar y se dirigió a las dependencias del piso superior.

Ya no la asombraba la opulencia de los Altonatos: se había acostumbrado a sus ánforas preñadas de escenas mitológicas, donde ciervos gigantescos de astas blancas presidían cuadros cinegéticos; también a su cubertería de plata y a sus vajillas de porcelana. No la sorprendían las cristaleras policromadas, ni todos los oropeles de los que hacían acopio y exposición en las baldas de sus estanterías; ni sus tapices tejidos en hilo de oro, ni los frescos en los que relataba su historia y que exhibían imágenes del Pozo de la Eternidad; ni tampoco las joyas que lucían, cuajadas de diamantes y de gemas tornasoladas, que solo servían a la hinchazón de su vanidad y al cómico emperejilamiento de sus damas.

Creyó que nunca se adecuaría a aquello, a toda la pompa y el boato, pero así lo había hecho; y eso, lejos de tranquilizarla, la contrariaba profundamente.

Echaba de menos Pandaria y su naturalidad: el arte más simple, más armonioso, menos recargado de colores y de patrones innecesariamente enrevesados y frívolos. Echaba de menos su hogar, donde las personas se trataban con afecto sin reparar en la condición social de cada uno; sin el uso de fórmulas de cortesía complicadísimas y sin incurrir en toda una batería de protocolos superfluos. Y echaba de menos a su gente, su pueblo y sus amigos: las convenciones culturales de aquellas personas, de aquella nación, la extrañaban y la confundían.

Allí, en los confines meridionales del Imperio Kaldorei, Mei Li se sentía sola. Y aunque todos los de la grey de lord Nashar se cuidaban de tratarla apropiadamente, cuando se daba la vuelta podía notar sus miradas acuchillándola.

Para ellos, Mei Li era una atracción de feria: un tigre albino enjaulado por su rareza. Lejos de ser una huésped honorable de Nashar, para el resto de los Altonatos ella era su trofeo, y aunque su anfitrión la animaba a que los ignorase, su rostro apático y su voz neutra no confirmaban ni desmentían esa opinión.

Subió a la última de las plantas, donde lord Nashar había fundado su estudio.

Al punto de traspasar las puertas del estudio, de roja caoba y con dos tiradores de plata en forma de lunas crecientes, se topó con alguien a quien no esperaba encontrar. Salió del interior como un torbellino y se chocó contra ella.

—Ah, aquí estás. Como siempre, entorpeciendo el paso de tus condiscípulos —El elfo le dedicó una mirada inhóspita a Mei Li—. Me preguntaba en qué clase de proyecto desventurado te habrías embarcado, no te he visto pasar por la biblioteca en toda la noche y me estaba empezando a preocupar: no sabía si es que de pronto me había vuelto invidente, pues no percibir tus proporciones ensanchadas es un claro síntoma de ceguera, o si es que habías optado por regresar a tu hábitat natural con las fieras de la foresta.

El Altonato sonrió son socarronería. Tenía una melena larga de tono aguamarina con reflejos pálidos, una túnica negra de terciopelo rica en filigranas de plata, y una mueca de desprecio grabada a buril en sus labios.

—Un día de estos te morderás la lengua, Ryandris, y te envenenarás —lo rebatió Mei Li, feroz.

La pandaren enseñó sus dientecillos agudos y alineados en una hilera. Ryandris, el aprendiz del mago, rio con desdén.

—Como siempre, haciendo gala de tu insípida sabiduría popular —Bufó—. A ver cuándo evolucionas, oso parlante, y te crece en esa sesera hueca que tienes un cerebro en condiciones.

Mei Li apretó la zarpa y rezagó el brazo, con la intención de descargar un potente gancho en la nariz grosera y afilada de Ryandris. Con suerte, la destrozaría junto al resto de su engreimiento.

Pero en el último momento algo la detuvo. Era la prevención de lord Nashar con respecto a la hostilidad en sus dominios, de la última ocasión en la que quiso introducirle a Ryandris un palillo por la nariz: «No toleraré reyertas en mi santuario. Si queréis pelear, bajad a la espesura y mataos como los simios salvajes. A mí eso no me importa, pero aquí hay artefactos e investigaciones infinitamente más valiosas que vuestras vidas, y no consentiré que hagáis peligrar su seguridad».

Ryandris resopló con una consternación bien disimulada. Condujo una mano a su sien, fingiendo atribularse.

—Triste, pero típico de las bestias: responder a las palabras con agresividad…

A Mei Li le palpitó una vena en la frente. Se mordió la lengua.

—Si esto fuera un monasterio de Pandaria, Ryandris, habrías perecido el primer día…

—Pero no lo es —La cortó él—. Solo los necios y los brutos usan su cuerpo como un arma; nuestra casta, los Altonatos, jamás se rebajaría a combatir de una guisa tan pedestre y ruin. Cualquiera de nuestros magos podría hacerte estallar en mil pedazos con una simple sacudida de la muñeca…

Ryandris movió la mano en un ademán lánguido, a título de ejemplo. Sonrió con mofa y enfocó a Mei Li con sus maliciosos ojos de plata bruñida.

—Ryandris, no deberías enamorarte tanto de los vaivenes de tu muñeca, aunque ya sé que tu escaso éxito con las mujeres no te permite conocer otro tipo de amor —replicó. Lo sonrió de forma irónica—. Te decía que no deberías preocuparte tanto de los gestos de tus manos, pues para los pandaren hasta el aliento está cargado de poder…

Mei Li tomó una bocanada de aire, hinchó los pulmones y la escupió. Al cruzar las barreras ovaladas de su boca, su hálito se transformó en un impetuoso chorro de fuego que le chamuscó la punta de la perilla al Altonato.

Aquello ultrajó a Ryandris. Su expresión se desfiguró por la ira, y un odio insaciable y penetrante que emanaba de sus vísceras produjo un temblor en sus extremidades.

—Vas a enterarte de lo que significa el auténtico poder, felpudo incordioso…

El elfo de la noche alzó su mano encrespada. Unos aros lívidos comenzaron a aglutinarse en torno a sus dedos como anillos de energía abisal.

Pero una presencia que los vigilaba lo hizo frenar en seco.

Fahora estaba en el rellano de las escaleras, catándolos con una mirada muy atenta. Sostenía una bandejita de plata entre las manos que dentro albergaba un juego de loza compuesto por un platito con pastas, una taza de té y una tetera humeante que despedía un fuerte olor a té negro.

—Ah, saludos, Fahora —Ryandris tosió. Se enderezó y se atusó las togas—, estaba sosteniendo un distendido coloquio con nuestra invitada.

Fahora no contestó. Cruzó miradas con los dos, silenciosa.

A Mei Li le entró una punzada de remordimientos.

—Ejem, había una serie de temas que quería discutir contigo, Fahora, en mis aposentos personales —Se giró hacia ella y la sonrió con un encanto nauseabundo—. ¿Crees que cuando acabes de servir a lord Nashar podrás hacerme una visita…?

Fahora lo sopesó por unos segundos, enterrando su mirada en sus hermosos zapatitos de tacón.

—Si me disculpáis, lord Ryandris, debo cumplir con la demanda de mi señor. No sé si luego dispondré de tiempo para prestaros ayuda —Humilló la testa con cortesía—. De todas formas, y como me solicitáis a mí y no a vuestro maestro, supongo que lo que tenéis entre manos es un asunto pequeño, uno que muy seguramente podáis resolver vos mismo.

Ryandris se estrujó tanto los labios con los dientes que se provocó sangre. Su mirada destilaba rabia en estado puro.
Cabeceó en afirmación, con aires altivos, atiesó el cuello, se recolocó las hombreras de pespuntes e hizo ondular su capa violeta. Tras esto, comenzó a bajar los peldaños.

—Bien —gruñó—. Entonces no os entretendré. Mis señoras…

El elfo no se prosternó, pero nadie esperaba que lo hiciera. Descendió la escalera de manera apresurada, sin volver a dirigirles la mirada a ninguna de las dos. Por el rabillo del ojo, la pandaren detectó que escondía algo bajo el manteo.

—Fahora… Gracias.

Fahora clavó sus ojos inhumanos en Mei Li, su expresión se tornó más severa. Torció ligeramente la boca.

—Mei Li, no deberíais ser tan imprudente —la amonestó—. Ryandris podría haberos retado a un duelo por lo que habéis hecho, y vos no tenéis tantos aliados como él fuera de estas paredes.

Mei Li arrugó el hocico. Negó con resignación y elevó la vista al techo.

—¿Siempre es todo así? Tan impersonal, tan vacío, tan…

—¿Tan hipócrita? —Fahora dio un leve suspiro—. Eso me temo, señora. Tratáis con la estirpe más alta de los kaldorei: el pueblo llano es otro cantar, pero los Altonatos no soportan que se los discuta.

Mei Li se rascó la mejilla con los dedos. Esbozó una sonrisa a medias.

—Je, ¿viste cómo se le puso de negra esa chiva de cabra que tiene...?

Fahora compuso una sonrisa muy débil. Ascendió el trecho que le quedaba para llegar al piso superior.

—A mi parecer, le habéis hecho un favor —adujo en un susurro.

Le dedicó una sonrisa más amplia a la pandaren: su sonrisa era preciosa, y tan exquisita como las perlas prístinas de las almejas de Pandaria. Mei Li le devolvió el gesto con complicidad.

—Entremos, mi señora. Lord Nashar os está esperando.

Capítulo 6: El espejo de las almas Editar

Fahora golpeó la puerta con delicadeza, y ella y Mei Li entraron a la habitación del mago.

El estudio de lord Nashar consistía en una sala circular de más de cuarenta metros de diámetro y casi siete de elevación. Prendidas de la cúpula, como un mural de estrellas móviles, una colección de lámparas arcanas alumbraban la cámara. Mei Li no podía evitar sonreír: los candiles flotantes de su maestro le parecían luciérnagas que se desplazaban volando sobre un firmamento artificial.

Uno de ellos descendió levitando a su posición y las guio con gentileza a través de la penumbra.

El cuarto de Nashar estaba envuelto en el más absoluto misterio. A simple vista, se trataba de una galería repleta de estanterías descomunales donde se almacenaban tomos ajados, grimorios repletos de símbolos herméticos, pergaminos, fetiches y abalorios de otras culturas, máquinas primitivas —y en muchos casos fallidas—, y una plétora de redomas y frasquitos meticulosamente etiquetados pero esparcidos por doquier a lo largo y ancho del aposento.

Mientras que lord Nashar ponía a disposición de sus alumnos todas las lecturas de la biblioteca del segundo piso, que además gozaba de sillones en los que arrellanarse para leer con mayor comodidad, los volúmenes de su archivo privado estaban terminantemente prohibidos.

En una ocasión, Ryandris hurtó un antiguo mamotreto con objeto de jactarse de la absurda preceptiva de su mentor. Para su espanto, descubrió que tras una portada protagonizada por un horrendo kraken haciendo encallar una embarcación se ocultaban los brazos tentaculados de su cría tratando de estrangularlo por el gaznate.

El calamar monstruoso se fugó de su prisión de papel y destruyó la cama y el escritorio de Ryandris antes de que Nashar pudiera recluirlo de nuevo en el libro. Como castigo por su desobediencia, el archimago le impuso a su discípulo que reparara cada uno de los muebles que habían resultado dañados con sus propias manos, sin valerse de la magia. Desde entonces, la habitación del joven Altonato nunca pudo mostrarse más desastrada, para infortunio de las exiguas visitas femeninas que recibía muy de cuando en cuando.

Tras varios minutos de giros y de vueltas doblando las calles de aquel laberinto siniestro, Mei Li y Fahora lograron divisar la mesa de trabajo del Altonato. Tal y como se figuraban, estaba abarrotada de tratados escolásticos, aperos de escritura y viejos papiros, amén de toda una serie de aparejos alquímicos arrinconados contra un lateral, entre los que destacaban un atanor minúsculo, un alambique y varias ampollas conectadas por cañerías.

Dos plumas de búho animadas garabateaban unos signos arcaicos [i]motu proprio[/i] en las hojas vacías de unos libros.

—Estoy compilando mi investigación —anunció una voz potente y desapegada—. Envío trasuntos de mi obra a unos colegas de Eldre’Thalas. Es un conjuro burdo, aunque efectivo a la hora de reproducir con exactitud un texto. La mayoría de los copistas mancillan la santidad del verbo escrito, rectificando líneas enteras de acuerdo con sus creencias en vez de ceñirse a la voluntad del autor original.

Nashar vestía unas largas galas moradas con bordados de oro en torno a los puños y al abotonado; en un indicativo de dejadez, las llevaba plisadas en un mar de pliegues. Bajo ellas, el mago lucía enflaquecido y ojeroso: su tez estaba pálida, como si no hubiese visto la luz de la luna en varios meses, y sus mejillas eran antes hueso que carne. Para completar su semblante cadavérico, el rastro de una melena cana, lacia y sin espesor se aglutinaba en dos trenzas que se hundían sobre sus hombros descarnados, reposando en los omoplatos como cuervos en un augurio de muerte.

Nashar chascó la lengua. Su visaje hierático no se prestaba a las demostraciones de afecto o de irritación, aunque uno podía saber cuándo algo le agradaba o le desagradaba porque emitía algún ruido con la boca, o por el modo en que arqueaba las cejas.

—Gracias por el té, Fahora. Y por las pastas.

La criada dejó la bandejita en un rincón libre de la mesa e hizo una genuflexión, cogiéndose por los bordes del vestido como era menester.

—Estoy a vuestra disposición, mi señor.

El Altonato abandonó sus labores y se sirvió el té en una de las tacitas. Comprobó su textura refinada mientras fluía al interior de la taza y luego le propinó un sorbo. Lo paladeó, despacio, y produjo un sonido pensativo.

—No está nada mal —declaró—. Gracias, puedes tomarte el resto de la noche libre.

—Mi señor, ¿y la cena? Amanecerá dentro de dos horas.

El mago bebió otro trago del té negro. Tras esto, se mesó unos bigotes que le enmarcaban la boca junto a una barba vellosa y argentada.

—¿Ya es tan tarde? Creo que he perdido la noción del tiempo —Lord Nashar extravió la mirada en el techo del que pendía su constelación particular, que obedecía a su propia ordenación con independencia de las leyes cósmicas del exterior—. Entonces, prepáranos un sushi con el salmón que nos regaló el padre de Ryandris; de guarnición puedes cocinar kimchi y aderezarlo con bayas lunares y arándanos. De primer plato quiero un consomé que sepa a bosque, rebusca en nuestra despensa a ver si encuentras algo que se adecue al sabor del sushi. Y de postre, me gustaría comer bollos de pasta de judía roja. Mis discípulos cenarán lo mismo que yo.

Fahora cabeceó en afirmación y se excusó con una reverencia.

—Con vuestro permiso, mi señor, volveré dentro de una hora por la bandeja.

—Sí, está bien —Nashar volvía a estar ensimismado contemplando la cúpula.

—Entonces, con vuestra venia, me retiro, lord Nashar.

—Ah, una cosa más —añadió el Altonato. La miró con las cejas fruncidas—. Cuando acabes, tómate ese descanso.

Fahora asintió y hasta se las apañó para componer una sonrisa de gratitud. Realizar el encargo de su señor y limpiar la cocina le llevaría el resto de la noche, aunque de eso él no era consciente.

—Por supuesto, mi señor.

La elfa de la noche partió del escritorio escoltada por una de las luces móviles. En menos de medio minuto, sus pisadas dejaron de escucharse en la habitación, y Nashar y Mei Li se quedaron a solas en el estudio.

La pandaren sospechaba que las dimensiones de las dependencias eran realmente mucho mayores de lo que dejaban entrever desde fuera. Si sus cábalas eran ciertas, aquella ala de la torre debía de emplazarse solo parcialmente en el reino material; o al menos, no debía de avenirse a las reglas del espacio-tiempo ordinarias.

El Altonato captó en un vahído el titubeo de su aprendiz. Aún sentado, orientó su cuerpo hacia ella y la examinó fijamente, sin mediar palabra.

—Muy aguda, Mei Li —la concedió—. Muy a menudo, las cosas no son lo que parecen, y la magia es la fuerza del universo que nos permite circunvalar las restricciones físicas de una realidad acotada por lo deprimente.

Lord Nashar agarró la tetera por el asa. El recipiente, colocado bajo la luz de un candil que despedía destellos cerúleos, le era conocido a Mei Li: era una pieza de mayólica, más modesta que la porcelana, coloreada con un esmalte de plomo que ponía de relieve un conjunto de paisajes sobrecogedores de Pandaria. Era la tetera que la pandaren le había traído a su mentor en señal de agradecimiento por hospedarla.

Mei Li se imaginaba que lord Nashar habría enterrado esa tetera en algún anaquel remoto, junto a su pintoresco repertorio de bujerías de otras culturas. A ojos vistas, el juego de cerámica de la pandaren era infinitamente más sencillo que cualquier otra obra de alfarería del hogar, y teniendo en consideración el gusto barroco de los Altonatos, solo cabía esperar que su tutor acabase desterrando aquel souvenir barbárico a un rincón olvidado y poco visible.

La realidad, en cambio, la impresionó.

Su maestro sirvió otra taza de té y se la brindó con un aire parsimonioso a su discípula.

—Hay quien no sabe apreciar el valor de las cosas antiguas —Continuó él—, quien se deja engañar por las apariencias, un señuelo vano hecho para despistar a los estúpidos, e ignora el poder que yace en lo que es simple y primigenio.

Nashar le dio un sorbo a su aromático té negro. No desprendió su mirada de ella.

—Es por eso que muchos de los nuestros caen en las trampas de los trols y de otras criaturas perversas que medran en las selvas: están plenamente convencidos de lo innato de su superioridad. Se creen inmortales. El volumen sobredimensionado de sus egos les impide advertir la facilidad con la que un dardo envenenado podría truncar definitivamente sus aspiraciones de gloria…

Mei Li estaba patidifusa: no sabía cómo responder. Bebió un traguito de su taza, sorbiendo sin hacer ruido, y siguió escuchando con interés.

El Altonato resopló de forma apenas audible y contoneó la testa en negación.

—He estado charlando con Ryandris acerca de su demostración para la prueba de mañana —Dirigió la vista al escritorio con indiferencia y sorbió de nuevo el té—. Tendrás que aplicarte en tu proyecto del pozo si deseas rivalizar con él. Su exposición, tal y como me la ha planteado, es admirable: bolas de fuego que surcan el cielo como meteoros, géiseres que emergen de la tierra y que escupen agua en ebullición, una tormenta de relámpagos arcanos e incluso un arcoíris diseñado artificialmente partiendo del principio de refracción de la magia ilusionista.

La pandaren entornó los ojos. Su comprensión de aquellos conceptos foráneos era más limitada, y apenas alcanzaba a entender los fenómenos fundamentales de manera aislada como para siquiera colegir sinergias entre los conjuros.

—Lo siento, maestro, pero todavía no comprendo del todo cómo opera la magia de las ilusiones.

Nashar se mesó la barba. Su cara no expresaba desaprobación ni tampoco compasión; era impasible, o más bien tibia y lejana. Parecía que sus sentimientos estaban encerrados con llave en lo más hondo de un cajón, acolchados por un armario entero de prendas que imposibilitaba que aflorasen al exterior.

El Altonato se enderezó y agitó un dedo. Una bolita de luminosidad salió disparada a una esquina cercana a la mesa. El noble había apilado allí una polvorienta colección de enseres femeninos compuesta por un biombo, un armarito que las mujeres empleaban para depositar alhajas y cosméticos, y un espejo de cuerpo entero tapado por una manta blanca.

Nashar le hizo una señal a la pandaren para que la acompañara. Dejaron las tazas de té sobre la bandeja; las plumas continuaban escribiendo solas.

Caminaron hacia aquel escondrijo, hasta la fecha desconocido por Mei Li, del dédalo sapiencial de su maestro, asistidos por uno de los faroles mágicos del Altonato. Una vez allí, el noble descubrió el espejo y arrojó el capote al suelo. Se levantó una asfixiante tolvanera.

Mei Li cerró los párpados y tosió para protegerse del polvo. Cuando volvió a abrirlos, la fastuosidad del espejo la encandiló.

Aunque el marco estaba deslucido y rayado, todavía se podía apreciar en él lo laborioso de su factura: era una obra de artesanía labrada en oro blanco, un prodigio de la orfebrería élfica que mostraba los contornos sinuosos de una enredadera circunscribiendo armoniosamente los costados del cristal.

Tras la superficie reflectante, la pandaren creyó sentir que había una sustancia que latía, algo que pujaba por escapar. Aquella presencia, aquel connato del pasado, se fundía con el vidrio y le daba una constitución acuosa, fluida; casi parecía como si la lámina de cristal hubiera sido moldeada a partir de aquel material líquido y plástico: una entidad orgánica que se esparcía con uniformidad sobre su superficie, hermosa y letal, igual que el mercurio.

Nashar guardó silencio. Sus ojos de ámbar eran graves e impertérritos, como las estrellas que punteaban su querido cosmos en miniatura.

No se inmutó lo más mínimo cuando destapó el espejo; no sintió asombro, ni molestia, ni carraspeó, ni enarcó el entrecejo y ni siquiera respiró. Ese estoicismo tan exagerado era innatural incluso en él.

Mei Li se percató de la reacción del Altonato, pero decidió no preguntar.

En vez de eso, se dedicó a contemplarse en el espejo. Ladeó sutilmente las caderas para verse de perfil: había perdido peso, la comida de los elfos de la noche era muy frugal. Pese a ello, su pelaje blanco y negro lucía lustroso y bien aseado; sus cabellos, recogidos en un moño con cola, pulcros y sedosos; y sus ojos celestes, que brillaban con una pasión equiparable a la de las lámparas de su mentor, hacían juego con el precioso kimono que le había regalado Fahora: un vestido de algodón tintado en azul marino, con estampados de plata en semejanza a una trenza de nenúfares desparramándose por una cascada, cascada que la abarcaba desde el cuello hasta los tobillos.

Ella se sentía preciosa, sin importar cuáles fueran los cánones estéticos de los elfos de la noche. Su cuerpo se había desarrollado durante su permanencia en aquel lugar: sus curvas estaban mejor delimitadas, más definidas, y eran ahora más pronunciadas que nunca; su busto había ganado en grosor y en turgencia, aunque esto último no podía columbrarse solo recurriendo a la vista; su talle se había estilizado, perdiendo la redondez de las formas infantiles; y su cara también se había alargado, en solidaridad con sus brazos y sus piernas, fortalecidas por la extensa caminata a través de Kalimdor.

En todos los aspectos, Mei Li había crecido. Su mente también había madurado, como el fruto del naranjo en primavera: tener que sobrevivir por sus propios medios en una tierra ignota había endurecido su carácter y la había vuelto ingeniosa, apta para adaptarse a las circunstancias.

Ahora, al mirarse a sí misma reflejada en el espejo, se daba cuenta de lo mucho que había cambiado. Cuando regresase a Pandaria, les hablaría a otros de sus aventuras y les animaría a conocer las maravillas de aquel mundo extranjero.

—Dime, Mei Li —la llamó Nashar, despertándola de su embebecimiento—, ¿qué ves en el espejo?

La pandaren vaciló unos segundos antes de responder. Arrugó el hocico.

—Me veo reflejada a mí misma.

El Altonato posó la vista en el espejo por encima del hombro de su estudiante.

—¿Y algo más?

—Nunca había visto este espejo antes en tu estudio, maestro, pero es como si me trajera recuerdos —agregó—. He notado que algo temblaba por debajo de la pantalla. Está imbuido con magia, ¿verdad?

Lord Nashar torció ligeramente el rictus. Asintió con parquedad, sin mirarla.

—¿Sabes cuál es el principio que rige el funcionamiento de los espejos?

Mei Li agachó la cabeza y se mordió una falange. Lo ponderó pausadamente y después cabeceó en un signo positivo.

—Se debe a la reflexión de la luz, ¿verdad? —dijo. El mago alzó una ceja y la miró—. Cuando la luz incide sobre los cuerpos, es refractada en función de su opacidad, formando una banda que es la que distingue los colores entre sí…

—Me estás hablando de la refracción, no de la reflexión —objetó Nashar, arqueando el entrecejo.

—Sí, sí, ahora iba: la reflexión se produce cuando la luz es rebotada en un ángulo oblicuo, sin desviarse ni dispersarse, como sí ocurre en la refracción. Por eso somos capaces de ver nuestros reflejos con nitidez en las aguas claras o en las superficies acristaladas, porque nos devuelven la luz que existe en el ambiente.

La aprendiz se giró en dirección a su maestro. Aguardaba su reacción expectante.

—Sí —contestó al cabo de un tiempo—. En efecto. Lo has estudiado bien.

Mei Li sonrió aliviada. El Altonato carraspeó.

—La magia de las ilusiones es similar en algún sentido: hay hechizos que actúan en el cerebro del objetivo y que deforman su capacidad para percibir la realidad, de modo que lo que ve y lo que escucha no se corresponde con lo que existe en verdad; otros conjuros, los más poderosos, modifican los espectros de la luz y del sonido con relación a un campo o área: así, un taumaturgo puede alterar su aspecto a ojos de quienes lo rodean, enmascarar las propiedades sensibles de un objeto e incluso amortajarse en un velo de invisibilidad, reflejando todo haz de luz presente en el entorno por medio de un crisol prismático compuesto de fractales iridiscentes que se van recalibrando a medida que se traslada...

La pandaren frunció los morros y bufó.

—Parece muy difícil, maestro.

—Lo es. Es sumamente complicado —afirmó—. Ryandris utilizará una variante de ese hechizo para emular la escala cromática del arcoíris, basándose en la ley de la refracción. Si lo consigue, ese será el colofón de su despliegue.

Mei Li trasladó el peso de su cuerpo de una pierna a la otra, en una pose meditabunda. Volvió a observar su imagen en el espejo de cristal fundido.

—Este espejo no es normal, ¿cierto, maestro?

Lord Nashar puso un gesto desabrido y clavó su mirada desapasionada en el espejo.

—No te equivocas. Desde la antigüedad, muchas culturas han pensado que el reflejo del espejo era un fiel retrato del alma; que, mientras que la apariencia física no es más que una fachada, la enjundia, el auténtico carácter de una persona, se revela con claridad en su reflejo —explicó el Altonato, con tono lento y monótono—. Yo a esta idea primitiva la llamo «el mito del espejo»; pero sería deshonesto por mi parte negar que los Hijos de las Estrellas, en los albores de nuestra historia, no creímos que nuestra diosa Elune dormitaba en las profundidades del Pozo de la Eternidad cuando el sol se adueñaba de los cielos, motivados por la superstición de jaez intemporal de que los espejos no solo desvelan la naturaleza de las almas, sino que también abren accesos a otras realidades alternativas e imperceptibles al ojo mortal.

La pandaren se estremeció. Ahora contemplaba con otros ojos la pantalla de mercurio; había un terror instintivo y genuino en ellos.

—Este espejo no estará maldito con ese tipo de hechicería, ¿verdad…?

—No, no lo está —aseveró él, indolente—. A los Altonatos nos ha intrigado desde siempre la condición reflectante de los espejos, y esa curiosidad ha llegado al punto de convertirse en una obsesión: el espejo se ha tornado en un símbolo racial asociado a la pulcritud, al acicalamiento y al deseo de escalar en la jerarquía social. Pero aunque embellezcamos nuestra apariencia externa mediante afeites, lociones capilares o cremas para la piel, a nuestra alma esas permutaciones menores no la afectan. Su higiene, su pureza, no se puede estimar por la finura de las facciones, ni por lo limpias que alguien lleve las uñas ni por las maneras con que se conduzca. Por eso, en un intento de prevenirnos contra la egolatría que hoy pudre nuestros corazones, creamos los espejos del alma, e hicimos que fueran sensibles ya no a las resonancias de la luz que se concentra sobre su superficie, sino a los ritmos con los que vibran las almas…

Mei Li estaba perpleja, no podía ni pestañear. Nashar, su maestro, le estaba contando todo aquello con una impavidez tan forzada, con una frialdad tan extrema, que sintió el impulso de abrazarlo aun sin saber muy bien por qué.

Nashar la miró de soslayo. El elfo de la noche con frecuencia se percataba de las intenciones de los demás mucho antes de llegaran a manifestarlas. La pandaren pensó que se apartaría, o que proseguiría con su soliloquio inconmovible, pero no hizo nada. Simplemente le sostuvo la mirada, mudo: sus ojos hablaban con elocuencia la lengua del desengaño.

—Antes te pregunté que qué habías visto en el espejo, Mei Li —Rememoró—. Si te has visto a ti misma tal y como eres o aún mejor, puedes considerarte dichosa: eso significa que el fondo de tu alma es bueno.

Su discípula tensó las manos sobre la falda del vestido. Sus labios trepidaban.

—¿Y tú? —lo interrogó—. ¿Tú… qué ves en el espejo, maestro?

Nashar no le devolvió la mirada. No se molestó en responder. Sencillamente, enlazó las manos detrás de la cintura y lanzó un suspiro lánguido.

El Altonato permaneció ensimismado, con la vista fija en el espejo del alma. La pandaren prefirió dejarlo a solas, así que se despidió de forma sucinta, doblando la testa con educación, y salió de su estudio.

Aquella noche, Fahora presentó en la mesa del salón un banquete digno de emperadores: un magnífico consomé de estridador de las llanuras, un apetitoso sushi de salmón con acompañamiento de kimchi y unos pasteles dulces de pasta de judías.

Ryandris y Mei Li ingirieron su cena en silencio, y luego se enfrascaron en los preparativos del examen. Lord Nashar nunca bajó a por la suya.

Capítulo 7: Thaumos Editar

Se puso el sol, anocheció y llegó el momento que Ryandris y Mei Li estaban esperando.

Mei Li había pasado toda la tarde en la biblioteca, ultimando los preparativos de su actuación. Ryandris, en cambio, había deambulado en torno a la poza, el rincón favorito de la pandaren, algo totalmente atípico en él.

Lord Nashar bajó majestuosamente de la torre, por primera vez en días. Lucía algo desaliñado, estragado por las ojeras y con una barba descuidada, más larga de lo adecuado, producto de sus desvelos en el estudio.

Había suspendido las clases durante dos semanas a razón del examen, y mientras que sus aprendices se dedicaban a estudiar y a practicar los sortilegios por su cuenta, él se había volcado en su investigación. Daba la sensación de que estaba preparándose para algo: de que algo lo mantenía en vilo, preocupado o distraído, y que por ese motivo no podía permitirse a sí mismo descansar.

Cuando salió al jardín, lo saludó una brisa de aire fresco y lozano. La primavera acababa de despuntar y aquello revertía en las temperaturas y en los olores que traía el céfiro.

Un embriagador aroma a orquídeas nubló inmediatamente su olfato y lo obligó a estornudar. No procedía de su invernadero, sino que venía de afuera: las plantas del exterior estaban floreciendo, ya era la temporada indicada. Pronto, la fronda se inundaría de un sinfín de fragancias afrodisiacas que harían las delicias de los insectos polinizadores y de los jóvenes locos de amor.

El Altonato se colocó al amparo de un cenador plagado de vides sarmentosas. Tomó asiento en una silla de roble de formas torneadas, frente a una mesita coqueta de madera de caoba. Fahora se presentó instantáneamente tras él, servicial, y desplegó un mantel de tul morado sobre la superficie del mueble: la tela mostraba un bonito entretejido de oro impregnado de motivos florales.

Nashar se enderezó en el asiento. Pese a lo extremo de su delgadez y a los más que evidentes síntomas de insomnio de su rostro, su porte seguía siendo regio e imponente. Una cortina de hebras plateadas, lustrosas como una cascada, ondeó cuando se mesó la barba al observar a sus dos estudiantes.

Ryandris y Mei Li se habían alineado frente a la enramada y aguardaban en actitud solícita a recibir las instrucciones de su maestro.

Fahora, que había vuelto al interior del edificio, regresó con un juego de té sobre una bandeja de plata. Le sirvió una taza del líquido oscuro y humeante a su señor, y dejó la tetera sobre la mesa con recato.

El venerable mago bebió un sorbo ardiente de la taza antes de hablar.

—Mei Li, Ryandris, habéis venido de muy lejos solo para ser formados en mi escuela —proclamó, al fin—. Durante este tiempo, he tenido la oportunidad de aprender de vosotros tanto como vosotros habéis aprendido de mí: Mei Li, me has enseñado muchas cosas acerca de tu gente y de vuestras costumbres, y de seguro mi pueblo apreciará los conocimientos que he recabado sobre vosotros; y tú, Ryandris, me has traído noticias de la capital y de tu madre, a la que no había visto al menos en cien años. Por eso, os estoy agradecido a ambos: cuando pase el tiempo y avancéis en edad, entenderéis que el aprendizaje es una empresa continua, y que podéis extraer lecciones muy importantes de lugares y de personas que jamás habríais imaginado…

La pandaren le dedicó una mirada a la criada y torció la comisura de la boca en una sonrisa.

Las palabras de su mentor eran ciertas: durante su estancia en aquel país extranjero, sus charlas con Fahora habían sido una herramienta fundamental para ayudarla a comprender la mentalidad de los Altonatos y del Imperio Kaldorei. A menudo, mucho más útiles que todo lo que había leído en los libros.

—Me cuesta decir esto, pero confío en que seréis comprensivos conmigo: dentro de una luna, me marcharé de esta torre y me dirigiré a Zin-Azshari. Mi presencia ha sido requerida allí, y aunque he tratado de demorar la partida, no podré postergarla por mucho más tiempo. Tampoco sé durante cuánto tiempo serán necesarios mis servicios, ni cuándo podré volver al hogar —Nashar endureció su catadura—. Por esa razón he estado tan atareado estas últimas semanas. Por eso, no podré continuar haciéndome cargo de dos estudiantes, lo que significa que la prueba de hoy es eliminatoria: solo el que obtenga la calificación más alta podrá acompañarme en mi viaje a la sede del imperio.

Mei Li se tensó y un escalofrío helado la trepó por el espinazo.

Miró a Ryandris con la cara descompuesta; él estaba sereno, con sus manos enlazadas por detrás de la cintura. Entonces, escrutó el gesto de su maestro. Su semblante, como siempre, no transmitía nada: ni apego ni desapego, ni rabia ni tristeza. ¿Tal vez aquella era la causa de su inquietud? La excesiva frialdad de lord Nashar le impedía interpretar correctamente sus sentimientos.

Se sintió traicionada y herida, y buscó consuelo en Fahora. Ella tenía la vista gacha. Le vino a la mente una conversación que había mantenido con ella hacía apenas un mes: «Hay quien se burla de lord Nashar en la ciudad: lo acusan de acoger a bestias y de perpetrar obscenidades. Lo tachan de vicioso y se jactan de él. No parece afectarle, pero ¿quién sabe lo que puede conmover a ese hombre? No sé por cuánto tiempo podrá aguantar esta presión».

Tenía que haber estado más atenta a los indicios. Al fin y al cabo, Ryandris lo sabía y no estaba nervioso: para él era mucho más sencillo existir en aquella sociedad. Después de todo, Mei Li siempre sería una pandaren: una bárbara sin cultura y sin refinamiento a los ojos del resto de los Altonatos.

—Creo que no hará falta que lo recuerde, pero seré imparcial a la hora de evaluaros —agregó Nashar, como si hubiera captado la desazón en la expresión de su discípula—. Solo elegiré a aquel que demuestre un mayor talento y una disciplina superior a la hora de manejar las fuerzas de lo arcano.

Un velo de silencio se extendió por el vergel. Ni siquiera los búhos se atrevieron a rasgarlo con sus arrullos nocturnos.

—Bien. Si no tenéis ninguna pregunta, podemos comenzar —concluyó—. Ryandris, ¿harías los honores de dar inicio a la prueba con tu demostración?

El aprendiz se inclinó en una genuflexión más profunda de lo que era pertinente. Su maestro cruzó una pierna sobre la otra.

—Dejad que os enseñe, maestro, de qué ha servido el esfuerzo que habéis invertido en mí a lo largo de estos años. De seguro os sorprenderá mi exhibición.

Ryandris sonrió, curvando la boca en una mueca prepotente que a Mei Li se le hizo insoportable. Dio unos pasos hacia atrás, con actitud sosegada, se situó en el centro del jardín y alzó los brazos con suavidad.

Un manto de negrura impensable brotó de las palmas del Altonato y ascendió como una flecha a los cielos. A brochazos, como si fuera una témpera, aquella pintura antinatural se esparció sobre la bóveda hasta oscurecerla por entero.

Entonces, la naturaleza enmudeció súbitamente. La pandaren solo podía escuchar el ritmo acelerado de su corazón latiendo dentro de su pecho.

—Hace miles de años, Kalimdor solo era un sueño primitivo y salvaje —declaró la voz de Ryandris—. Era una tierra ignota, lista para ser explorada. Deseosa de ser descubierta y conquistada por aquellos que provenimos de las estrellas…

Una repentina tromba de estrellas fugaces irradió con ardor el interior de la cúpula.

Mei Li se asustó y retrocedió unos pasos, solo para chocar con una piedra y caerse. Desde el suelo, aterrada, presenció el despliegue: los meteoros, horribles masas de roca y fuego, se desvanecían en una explosión de chiribitas al rozar el césped. Entre destellos radiantes pudo apreciar a Fahora y lord Nashar, quienes asistían al espectáculo impávidos.

—Los Hijos de las Estrellas, los kaldorei, nacimos a la vera del Pozo de la Eternidad, fuente de eterna gracia y de poder que es el patrimonio y el símbolo de nuestra longevidad, de la nobleza de nuestra dinastía y de nuestro orgullo…

Todas las chispas luminosas que flotaban en el ambiente se concentraron en un solo punto. Juntas, dieron sustancia a una entidad que pronto cobró el aspecto de un elfo desnudo. El espectro luminoso se agachó y arrimó sus manos acuencadas al estanque, pero al contacto con las aguas su figura se esfumó.

Todo volvió a quedarse a ciegas.

—El mundo es peligroso y está lleno de tinieblas, repleto de monstruos y de criaturas que no vacilarían lo más mínimo en destruirnos si pudieran —Sonrió con descaro—. Si pudieran…

El suelo se estremeció, presa de una estampida, y por todas partes se oyeron lelilíes y gritos de batalla. Trols. A Mei Li no le cupo duda: eran trols.

La pandaren se levantó y se puso en guardia, dispuesta a enfrentarse con sus puños y con sus hechizos a los ejércitos que había invocado Ryandris.

—Muchos quisieron atacarnos, muchos pretendieron desafiarnos, pero todo ha sido en balde: hoy sus imperios no son más que polvo y cenizas barridos por el viento, mientras que nosotros prevalecemos…

La algarabía cesó y un soplo cálido, un beso árido de las planicies, acarició su nuca. Mei Li lanzó un puñetazo a sus espaldas, intranquila, pero no alcanzó a nadie.

—Somos los kaldorei, los Hijos de las Estrellas, destinados a gobernar este mundo y a iluminar las sombras que lo amortajan con nuestra luz —Unos relámpagos fulgúreos cebraron la atmósfera—. Mirad bien, pues esta es la suerte que les espera a aquellos que cuestionen nuestra supremacía: polvo y cenizas. Ya que nosotros somos la luz de la erudición, somos la luz de la civilización. ¡Somos la luna que resplandece solitaria, entronada en la noche, asediada por una corte de astros y aún invicta, igualada por ninguno! ¡A la que todos envidian por su magnificencia y por su esplendor!

Un inmenso sol blanco se materializó en la cúspide del domo, coronándolo. La intensidad de sus rayos cegó a Mei Li, que tuvo que cubrirse con la mano.

—Y nosotros, los Altonatos, bajo el auspicio de nuestra Reina Azshara, obtendremos la inmortalidad y la gloria que les está reservada a las estrellas —declaró con tono solemne—. ¡Grabaremos con magia y fuego nuestro legado en el firmamento, de modo que todos los que nos contemplen desde cualquier confín del planeta se sientan deslumbrados por el arrojo de nuestro espíritu!

El techado artificial de Ryandris se hizo añicos. Sus pedazos se desintegraron en un estallido de luz que procedía del globo solar, de la falsa luna que había creado el Altonato.

La exposición terminó tan abruptamente como había empezado. A Mei Li se le formó un nudo en la boca del estómago: no sabía qué oponer contra aquello.

El aprendiz efectuó una pomposa reverencia. Su maestro se echó una cucharadita de azúcar en el té; la removía mientras lo cataba atentamente.

—Tu turno, Mei Li —El veredicto de lord Nashar fue tan lacónico como cabía esperar de él.

La pandaren descubrió de reojo que Ryandris torcía el rictus: la indolencia de su tutor lo había irritado. Solo aquel gesto le arrancó una sonrisa sincera y le devolvió parte de sus esperanzas.

Mei Li humilló el cuello tal y como la habían enseñado a hacer en el monasterio. Cumplida aquella formalidad, se encaminó a la charca con paso lento y se centró en sosegar su respiración. Iba a precisar de toda la calma que pudiera reunir si quería competir con Ryandris, o al menos, ofrecer una demostración digna.

Ya a los pies de la poza, se encaramó en el borde empedrado de la misma y dirigió la vista a las aguas. Observó su mansedumbre, su inmensa paz.

Tras esto, aferró la cadena de aljófares que llevaba ceñida al cuello: era un amuleto, un memento de Pandaria que surtía el efecto de tranquilizar sus afectos cuando la nostalgia y la pena se apoderaban de ella.

Dejó que aquella sensación la embargase mientras en su mente resonaban las últimas palabras que le dijo su primer mentor, el día en que se despidió de él y del resto de su familia en el Bosque de Jade: «Cometes un error, Mei Li, si piensas que puedes vivir en este mundo sin dejarte influir por lo que te rodea: lo que existe a nuestro alrededor nos cambia y nos configura tanto como nosotros a ello. El cuerpo es un reflejo del alma, y cuando el alma está sana y fuerte, el chi aflora a través de nuestros puños, de nuestras piernas y hasta del palpitar de nuestros corazones».

«Pero eso no lo es todo», le recordó el eco fantasmal, «ya que nuestra alma también es un espejo de todo lo que nos circunda: de las personas que nos vieron crecer y que nos educaron, de nuestros amigos y de aquellos que nos estiman; y de la misma tierra que pisamos, del agua que bebemos, del aire que inhalamos y de la comida que comemos. Ese influjo es recíproco: el aire, el agua, los animales y la tierra se expresan por medio de los pandaren de la misma forma en que ellos nos representan a nosotros».

«No importa cómo de lejos estés del monasterio, ni tampoco cuánta distancia te separe de tu hogar: el templo no es un lugar físico, Mei Li, sino un estado del alma. Siempre que en tu alma portes la alegría, la sencillez y la bondad de las gentes de Pandaria, podrás nutrirte de esa energía y proyectarla hacia el exterior. Nunca lo olvides, Mei Li. Nunca renuncies a tus raíces».

Sin ser consciente de ello, Mei Li había empezado a bailar. Se había girado hacia la poza y estaba ejecutando una danza, una sucesión de movimientos encadenados, dulces, armoniosos, que evocaban la fluidez de los ríos de Pandaria.

Sus golpes aéreos despertaron a la brisa, que azotó las briznas de hierba del suelo, y el agua plácida detrás de ella se estremeció.

Nashar contempló con genuino interés a su estudiante. Dejó de beber y entornó los ojos.

Un globo de agua límpida ascendió levitando del estanque. Amenazaba con derramarse, con desparramarse y disolverse en un salpicón informe que ensuciase el suelo, pero Mei Li logró mantener su consistencia.

Al punto, otro orbe cristalino subió de la charca, y luego se sumó a él otro, y otro más. Al cabo de unos segundos, el jardín quedó henchido por un océano de lámparas diáfanas y fluctuantes. La poza se secó.

La pandaren no dejaba de moverse, saltando de un lado a otro en el filo pedregoso: manejaba con las manos y con los pies el itinerario de las esferas acuosas. Hizo ondular sus manos en una señal que imitaba la espiral de un torbellino. Al compás de ese ademán, los globos de agua se iban deslizando, dando vida a un microcosmos, un sistema planetario en el que los orbes simulaban el rumbo de las estrellas.

Aquel mar de astros voladores se detuvo de sopetón cuando Mei Li abrió los párpados. La maga, plenamente consciente ahora, juntó las palmas llevando a cabo un esfuerzo hercúleo: sus dedos estaban cosidos a los centenares de partículas de agua que atestaban el ambiente, y estaba manipulándolos tanto con el cuerpo como con la mente.

«El cuerpo es un reflejo del alma, y cuando el alma está sana y fuerte, el chi aflora a través de nuestros puños, de nuestras piernas y hasta del palpitar de nuestros corazones».

Su corazón albergaba una única voluntad. Quería superar la prueba.

Toda el agua se fundió con la rabia del oleaje y se disgregó en una llovizna de gotitas prismáticas que asperjaron el invernadero. En lo alto rayaba un sol falso, cálido y rutilante, una variación del encantamiento que había utilizado Ryandris. Bajo el halo de la lluvia podían distinguirse las siete bandas características de color del arcoíris.

Ryandris tenía las manos y los dientes muy prietos, verde de la envidia. Aquella salvaje infame había conseguido crear un arcoíris, su mayor meta y ambición, su proyecto final. Un proyecto frustrado que no había sido capaz de realizar a la altura de sus expectativas y del que tuvo que prescindir a última hora. Sin embargo, ella lo había replicado con una simplicidad abrumadora, excluyendo el fárrago y la artificiosidad de la magia ilusionista para generar el fenómeno de manera natural.

—Uhm —Nashar tomó un traguito de su tacita de mayólica. Se repasó los labios con la lengua.

Pero Mei Li no había acabado aún: el rocío, tras ser vertido en el césped, se despegó de las hojas impulsado por una corriente de viento y empezó a condensarse en una enorme mole. Al principio compuesto a partir de bolas, pegotes adheridos como un collage a su cuerpo, un formidable elemental fue tomando forma ante sus ojos. Primero le surgieron los brazos, y después emergió de la estructura maciza de su tórax una cabeza firme y sólida como un bloque de hielo.

Unos lujosos grilletes de cobre y zafiros se formaron en torno a sus antebrazos: eran cadenas que plegaban al familiar a los deseos del mago, anulando toda acción que no hubiera sido permitida previamente por su amo.

Al final, el elemental de agua cobró vida propia y se desperezó. Su chillido reverberante se dejó oír por los dominios de la torre y por sus aledaños, apremiando el vuelo de algunas aves asustadizas que se cobijaban en el boscaje.

La pandaren miró de hito en hito al elemental y sintió que él la examinaba a ella. Complacida, esbozó una sonrisa y asintió.

—Sabía que había alguien observándome desde el fondo del estanque. Ahora ya sé que ese eras tú.

La criatura elemental ladeó la testa. Aún estaba ponderando su nueva situación. Escudriñó el jardín de Nashar con un viso de recelo.

—Lamento haberte sacado de tu hogar, sé lo que incordia estar fuera de casa. Cuando todo esto acabe, te devolveré a él si lo deseas.

El monstruo de agua balbuceó y unos grumos de espuma borbotaron de su boca.

Mei Li agudizó el oído, aunque sabía que no podría entender su idioma. A pesar de que su pueblo se criaba reverenciando las fuerzas de la naturaleza, ella no era un chamán. No podía comunicarse con los elementos. Al menos, todavía no.

—Thaumos… Thaumos… —barbotó el elemental.

—¿Thaumos…? No comprendo lo que me quieres decir. ¿Es ese tu nombre? —preguntó Mei Li.

—¡Thaumos! ¡Thaumos!

Quiso creer que sí. Compuso una enorme sonrisa.

—En tal caso, yo me llamo Mei Li —se inclinó ante él—. Encantada de conocerte, Thaumos.

Capítulo 8: El sonido del violín Editar

Lo primero que oyó al despertar fue el sonido del violín.

Después, se percató de que una púa lacerante se abría paso a través del pelaje de su antebrazo y sofocó un grito por instinto. Las velas se habían pagado, no podía ver, mas divisó un pegote de cera caliente, todavía líquida, resbalándose por el antebrazo en una carrera hasta llegar al brazalete.

Apartó la mano de la vela instantáneamente y sopló con ímpetu a fin de enfriar la cera. Quemaba. Toda la parte posterior del brazo le escocía. Trató de incorporarse y tuvo que luchar contra la fuerza de la gravedad que se concentraba en su barriga. Se miró las piernas y vio que las tenía cubiertas por una manta de cuero rayado: era piel de tigre, dedujo en el momento en que pasó las yemas por encima, a juzgar por la lisura y la dureza de las cerdas.

Entonces ¿alguien lo había tapado mientras dormía? Y lo que era más importante, ¿qué había sido aquello que había soñado?

—Mi primera vez fue muy similar, ¿sabes? Me dejó con más dudas que respuestas.

Su madre estaba sentada en un rincón de la pagoda, con las piernas colgando hacia el verde. Aún era de noche, todavía no había amanecido y la luna apenas se había desplazado unos palmos en su habitual elipse. La linterna que había traído consigo se había apagado hacía rato, así que tuvo que adecuar la vista a la parca iluminación de las estrellas.

Zhurong tenía la boca pastosa y las articulaciones le dolían, tal vez a razón de la rigidez del suelo. No obstante, y aunque solo habían pasado un par de horas, sentía como si sus pies hubieran caminado cien millas, como si sus ojos hubieran visto docenas de parajes exóticos, y como si hubiera cargado a sus espaldas con un peso enorme.

Los recuerdos de la visión no estaban del todo nítidos en su cabeza. Todo lo que recordaba era una amalgama imprecisa de sensaciones de un cuerpo que no le pertenecía, una colección de rostros muy distantes y distintos a los que estaba acostumbrado a mirar, y unos paisajes disparatados y remotos que solo su imaginación infantil era capaz de concebir.

—Te he preparado un té —dijo Jiao—. Te sentará bien tomar algo cálido: has tenido mucho valor al salirte afuera para meditar con la rasca que está haciendo.

Su hijo estaba desorientado y ella lo notó. Lo sonrió de manera meliflua y colocó una taza de té tibio en sus manos. Ella tenía otra, que guardaba apoyada en su regazo; sin embargo, hacía ya varios minutos que la había terminado, así que se sirvió de nuevo.

—Se ha enfriado un poco, lo siento, hijo.

Zhurong tiritó y sintió la pujante necesidad de echarse el fluido directamente al gaznate. Lo bebió y aquello lo caldeó por dentro, libró a sus músculos de su angustioso entumecimiento y acabó de sacarlo de su letargo.

El té le supo a gloria: era té negro con sabor a vainilla mezclado con unas gotitas de leche de yak, tal y como a él le gustaba. Exhaló una tromba de vaho al aire junto a un gemidito de placer.

—Mamá —contestó, más atento—, ¿qué haces aquí?

El muchacho la miró dubitativo. Ella se limitó a soltar una risilla.

—¿No es obvio? No podía dormir.

Lo que le contó parecía cierto: ahora que sus ojos se habían aclimatado a la luz de la luna, atisbó las ropas de su madre bajo la frazada con que se abrigaba los hombros: era un batín muy fino de color aguamarina, estampado con coquetas florecillas blancas. Realmente, la prenda en cuestión resultaba más apropiada para las actividades del dormitorio que para pasear por la noche en el exterior.

—Te vi por la ventana —continuó—. Bueno… la verdad es que oí tus ronquidos desde el interior. Tu padre no me dejaba dormir: estaba cambiando de postura continuamente y farfullando cosas entre los dientes. Así que me cansé de soportar los traqueteos del colchón y me fui a la cocina a prepararnos un té.

Hasta ahí, a Zhurong todo le sonaba lógico. Asintió con la testa para dárselo a entender.

—¿Y papá?

—Tu padre… —Jiao esbozó una sonrisa a medias.

Se oyó un rasgueo desafinado de las cuerdas; el violinista que estaba tañendo su instrumento había fallado un acorde, y lejos de contentarse con dejarlo pasar y seguir con la melodía, se obcecó en repetirlo desde el principio.

—¿Es quien está tocando el erhu? —infirió rápidamente Zhurong. Aquella reiteración, aquel prurito de perfección que rozaba lo maniaco, era algo típico de su padre.

—Sí, ¿cómo lo has sabido?

—Muy sencillo: solo él se detendría y comenzaría de nuevo una pieza por haber cometido un ligero error —Echó un suspirito jocoso por la nariz—. Además, esa es la canción que me tocaba de niño cuando volvíamos de pescar.

Jiao se rio y sus carcajadas tremendamente divertidas ensordecieron el violín.

—Aún te acuerdas. Eras muy pequeño, ni siquiera podías beberte media pinta de cerveza de avellana sin ponerte alegre.

Su madre dibujó una sonrisa nostálgica en sus facciones. A su hijo la alusión le sentó mal y arqueó una ceja.

—Bueno, he mejorado con la edad, ¿no? Soy como los vinos.

—Claro, pero ten cuidado, porque a este paso acabarás como tu tío, que un día creyó que había perdido la nariz porque no era capaz de localizársela en la cara —Jiao tuvo que enterrar la boca entre las manos para contener una risotada.

—Eh, ¡no te burles de mí! Yo nunca he pillado un ciego tan chungo como los que se agarraba el tío Chung —Su madre rio con más estruendo; el pecho se le estremecía—. ¿Qué? ¿Qué he dicho?

La pandaren tosió, porque se había atragantado de tanto reprimir la risa. Estaba roja. Miró a Zhurong con los ojos llorosos.

—Un ciego tan chungo, el tío Chung…

Zhurong cayó en la cuenta de su desafortunada elección de palabras. Lejos de enfurecerse, esta vez se sumó al regocijo de su madre.

—Cómo bizqueaba el pobre —insistió Jiao, para mayor entretenimiento de Zhurong—. ¿Recuerdas la torta que se dio en el hocico? Creí que se lo rompería…

—Le estuvo bien empleado. Se pensaba que yo era un hozen gordinflón…

Su madre lo miró de arriba abajo, con un evidentísimo deje de burla en la expresión. Lanzó otra carcajada, a la que su hijo no se unió. Ahora sí, el pandaren arrugó el entrecejo.

—No tiene gracia, mamá.

Zhurong le propinó un sorbo a su taza de té, ya menos templada pero igualmente sabrosa.

—Bueno, hay que reconocer que eras un cachorro un poco plasta… Pero muy entrañable, ¿eh? Todos te querían mucho.

Jiao también bebió de su recipiente, con más elegancia que su primogénito. Su sonrisa fue transformándose poco a poco en un recuerdo lejano.

—Nos tenías preocupados —apuntó de repente. Mudó su tono de voz a otro más serio—. Tu padre no ha dejado de dar vueltas en la cama desde que nos acostamos. Cuando subí a llevarle su té, observé que se había marchado, ¡con pijama y todo! Creo que se dirigió al bosque; seguramente esté sentado en su tocón favorito, aquel en el que le gusta ponerse a meditar. El que está en un claro rodeado por un montón de cornejas, ¿sabes a cuál me refiero?

Zhurong desvió la mirada en otra dirección con un gesto ceñudo. Sujetaba el té con ambas manos, con la esperanza de que se contagiaran de su ardor. Todo el jardín estaba en calma y las cantaflores tintineaban como cascabelillos al son de la brisa otoñal, que transportaba un dulce sonido de cuerdas percutidas.

—Cielo, sé que te grité antes y lo siento —Lo cogió con firmeza por la muñeca—. Lo que pasó fue un accidente, lo sé. A tu tatarabuela Mei Li no le habría importado lo del cuadro. Tan solo era una pintura, no es la única forma en que se puede conservar la memoria de un ser querido.

Zhurong abrió los ojos de par en par y reaccionó. Fijó la vista en el semblante de su madre, que lo contemplaba con asombro, y luego reparó en el collar de aljófares que adornaba su cuello.

—Mamá, ¿de quién es este colgante?

Jiao estaba aturdida. No sabía determinar el origen ni la finalidad de su pregunta.

—Perteneció a tu tatarabuela, ¿por qué?

—Porque lo he visto antes.

La pandaren adulta entornó los ojos. Estudió atentamente a su primogénito, y vació lo que restaba del contenido de su tacita en un trago.

—Puede ser —afirmó ella—. Mei Li era una maga, una de las primeras magas del pueblo pandaren, si hacemos caso a lo que narra nuestra leyenda familiar. Instruyó a muchos discípulos en el Bosque de Jade, su tierra natal, y de hecho, este templete está edificado con madera que proviene de allí.

Zhurong se quedó paralizado. Recapituló y rebuscó en todas las imágenes que había almacenado en su mente, una galería difusa de escenas y de voces que se escurría de sus pensamientos por segundos. Le puso todo su empeño y trató de aferrarse a ellas, a esos hilachos de recuerdos vaporosos que cada vez eran menos concretos, como la niebla que se desvanece con el advenimiento de la luz solar.

—Entonces, ¿ha sido ella quien te ha visitado? —lo interrogó Jiao con curiosidad.

—Me parece que sí…

—Vaya, ese es un gran honor —exclamó impresionada—. Hacía muchas generaciones que Mei Li no se aparecía ante ninguno de los nuestros. Seguro que quería compartir algo valioso contigo, ¿has sacado algo en claro…?

Zhurong se mordió los labios y chasqueó la lengua. Gruñó y negó con frustración.

—No, y estoy empezando a olvidar los detalles… ¿Qué puedo hacer?

Jiao se quedó examinándolo fijamente y con lentitud. También apretó los dientes.

—Por lo pronto, tomarte el té: se te quedará frío si no te lo bebes.

El chico obedeció. Apuró de un sorbo el poso oscuro que quedaba en su taza.

—¿Y ahora?

—Ahora —vaciló su madre—, no lo sé. Supongo que ahora es cuando debes meditar y repasar lo que has visto y oído para extraer una lección. Zhurong puso los ojos en blanco y profirió un suspiro tan dilatado como cansino.

El violín volvió a equivocarse en la sinfonía y tuvo que repetir el acorde.

—No hay atajos en el sendero hacia el conocimiento, ¿eh? —razonó retóricamente Zhurong. Sonrió por la ironía de sus palabras.

—¡Benditos sean mis oídos!, ¿esa no es una de las perlas sapienciales del maestro Hao?

El muchacho quedó desarmado. Rebufó y frunció las cejas con fastidio.

—¡Tranquilo, tranquilo! —respondió ella con un matiz de hilaridad—. Parece que el viejo Hao ha logrado calarte. Y eso que tú lo detestabas con pasión.

El gesto de Zhurong empalideció. Tensó los labios y asió con fuerza su tacita.

—Oye, ¿qué te ocurre? —Jiao lo cogió por el hombro y lo zarandeó con suavidad, amistosa.

—Discutí con el maestro Hao —se sinceró, con un timbre más consternado de lo que estaba dispuesto a admitir—. Soy un bocazas.

Jiao se rio con diversión. Aquello solo aumentó el mosqueo de Zhurong, que la miró con las cejas curvadas en una mueca escéptica.

—De tal palo, tal astilla…

—¿A qué te refieres?

Su madre se giró hacia él y lo sonrió con extrañeza. Ladeó la testa, confundida.

—¿Tu padre no te ha hablado de cómo conoció al maestro Hao?

Zhurong parpadeó y negó en un ademán ignorante.

—Así que castiga tu delito pero no te cuenta los suyos, ¿uhm? —Jiao compuso una sonrisa maliciosa. Se alisó los pliegues de su batilla y posó su mirada en la casa—. Tu padre no siempre ha sido el monje ejemplar que es a día de hoy: de joven era un agricultor, eso ya lo sabes, y te habrá dicho que ingresó en el monasterio debido a su talento excepcional para las artes marciales…

—Eh, sí, de un modo casi literal —reconoció él—. Mi padre no es muy modesto.

—Ajá —Su madre rio—. Y no te diría, por casualidad, que el día en que vio a Hao por primera vez estuvo a punto de propinarle una paliza, ¿verdad?

El zagal se quedó de piedra. La cerámica se le cayó de las manos, pero por suerte aterrizó en sus mullidas piernas y no sufrió ningún menoscabo.

—Ten cuidado, cariño —lo advirtió la pandaren, a quien no le pasó desapercibida la aventura de la taza—. Ya hemos perdido suficientes reliquias familiares hoy, ¿no crees?

—Técnicamente eso sucedió hace…

Jiao tosió para cortarlo. Zhurong no tuvo agallas para rechistar. Dejó su tacita en el suelo con todo el esmero del mundo y entrelazó sus manitas, bien quietecito.

—Verás, cuando tu padre tenía tu edad, un sabio itinerante llegó a la antigua granja de tus abuelos en el Labrantío. Llegaba fatigado tras una larga travesía, así que, a pesar de su pobreza, tus abuelos no pudieron denegarle su hospitalidad —relató Jiao. El chico tenía los ojos clavados en ella—. Así que compartieron su comida y le ofrecieron un lecho al desconocido. Pero tú ya sabes cómo es el maestro Hao, ¿cierto…?

Zhurong levantó las cejas y dejó ir un suspiro lánguido. Asintió, resignado.

—Todavía protestaría, pese a todos los esfuerzos que habían llevado a cabo para acogerle.

Su madre profirió una carcajada. Lo observó a los ojos con incredulidad.

—¿Ya te la sabes?

—No. ¿He acertado? —El pandaren enarcó aún más profundamente las cejas.

—Hao se quejó: les dijo que la comida sabía a tierra rancia y que la cama estaba llena de pulgas de yak —Zhurong se dio una palmada en la frente. Sí, aquel comportamiento errático encajaba a la perfección con la naturaleza de su maestro—. Y mientras que tus abuelos hicieron caso omiso a sus protestas, Shanyuan…

A Zhurong se le elevó el entrecejo con preocupación. Ya se intuía el desenlace de la historia.

—Tu padre nunca ha sido un pandaren muy paciente, así que agarró un apero de labranza, lo hizo oscilar en sus manos y trató de atizarle con el mango en la cabeza al viejo Hao.

Su hijo estaba atónito. Ella reía.

—Y el anciano se lo quitó de encima como quien se sacude un insecto, ¿verdad?

Las carcajadas de Jiao se volvieron más intensas. Para turbación de su hijo, negó.

—No, tu padre le arreó tan fuerte en la mollera que lo dejó inconsciente —De nuevo, Zhurong no daba crédito a sus palabras—. Cuando volvió en sí, Shanyuan le rogó que aceptase sus disculpas y hasta le brindó una cestita con todas las hortalizas que pudo reunir. ¿Te imaginas cómo le contestó Hao?

—Lanzándole las verduras a la cara, por supuesto.

Su madre negó otra vez. Se carcajeó, y esta vez tuvo que carraspear porque se le había irritado la garganta de la irrisión.

Se masajeaba la zona afectada mientras trataba de recuperar la compostura.

—Le dijo: «no te perdonaré hasta que vengas conmigo al monasterio».

Zhurong resopló. Puso una expresión de desconfianza absoluta.

—Ya, hombre…

—¡Que sí! ¡Es verdad! —exclamó—. Y tu padre lo rechazó, ¿sabes?

Zhurong se mofó haciendo una cuchufleta. Se cruzó de brazos y topó con la mirada en el pozo, con gesto indiferente.

—Invéntate otra trola mejor, mamá. Esa no cuela.

—Pues tendrá que colar, porque es la verdad —aseguró ella convencidísima—. El maestro Hao se quedó de huésped en la residencia de tus abuelos durante días, y siempre que veía a Shanyuan le repetía esas palabras: «no te perdonaré hasta que vengas conmigo al monasterio». Tu padre tocó música para él, le ofreció una cría de yak, le trajo varios toneles de cerveza e incluso le guisó un banquete digno de emperadores, ¿y sabes cómo reaccionó Hao?

—«No te perdonaré hasta que vengas conmigo al monasterio» —la parafraseó su hijo, moviendo su dedo como una batuta, la vara didáctica que a menudo empleaba su mentor con mortífera puntería.

—No —lo contradijo Jiao—. Le dijo que se marchaba, que ya había prolongado demasiado su estancia y que tenía asuntos más urgentes que atender.

Zhurong entrecerró los ojos y puso cara de circunstancias. No comprendía nada.

Su madre se jactó de su desconcierto.

—Unas semanas más tarde, el solemnísimo Shanyuan cedió en su terquedad y se presentó a las puertas del monasterio. ¿Y sabes cuál fue la primera misión que le encomendó el viejo Hao?

—¿Cruzar los postes de las Pozas Cantarinas? —sugirió al azar.

—¡En efecto! Esa parte ya te la sabías, ¿verdad?

—No sé por qué, pero no me ha costado hacerme una idea…

Jiao lo miró atentamente, entornando los ojos. Esbozó una sonrisa sesgada.

—Pues eso, hijo —agregó—. Tu padre en su juventud no fue tan santo como quiere hacernos creer, y Hao ya está acostumbrado a lidiar con su temperamento; dudo mucho que le extrañe que el fruto de su sangre sufra un ataque de ira de cuando en cuando.

Zhurong bufó con desagrado y hundió la cabeza entre los hombros. Se sostenía el mentón con las manos, recodadas en las rodillas.

—Eh, ¿qué te pasa, Zhu? ¿No te encuentras un poco mejor?

—Papá parece que no contempla con mucha ilusión mi estudio de la magia…

La pandaren torció los morros. Algo en ella cambió. Perdió su sonrisa y su rictus se tornó en uno más seco y desabrido, infinitamente menos jovial. Recogió su tacita de té de un adoquín y pasó la otra mano por detrás del asa de la tetera.

La música del violín siguió tiñendo de hermosos colores la noche, en contraste con la melancolía que se había adueñado del talante de su madre.

—¿Recuerdas la última vez que tocó tu padre para su familia?

Zhurong achinó los párpados e hizo memoria. Se asestó unos toquecitos meditabundos en el moflete.

—¿No fue en la fiesta de la cosecha de hace ocho años, en el Labrantío…?

Jiao sonrió. Alargó la mano para tomar la taza de su hijo, quien se la entregó de manera casi automática.

—¿Recuerdas qué más ocurrió aquel año, poco después de la celebración?

El chico gruñó al reflexionar. Finalmente lo consiguió y asintió sutilmente para señalarlo.

—Fue el año en que el tío Chung partió de la Isla Errante, ¿no?

Jiao se anilló ambas tazas de té en el índice de la mano derecha y aprehendió la tetera por su mango con la izquierda. Se balanceó con placidez y saltó a la hierba.

—¿Lo comprendes ahora? —Zhurong dobló la nariz. Todavía no lo entendía del todo—. Un par de años antes de que tú nacieras, tu padre perdió a su madre mientras se graduaba en el monasterio. Aquel año, un enjambre de mures devastó los sembradíos, y al tratar de hacerles frente, tu abuela recibió una mordida muy grave en el tobillo. La pierna se le gangrenó; por lo visto, algunos de los mures de la gazapera habían contraído la rabia, así que pensamos que fueron ellos quienes le transmitieron la infección…

El joven pandaren no terminaba de comprenderlo aún. Miró a su madre con inseguridad.

—Tu padre llegó cuando ya era demasiado tarde, y aunque quisimos traer a tu abuelo a la casa de mi familia, él se negó a abandonar sus tierras —Jiao forzó una pausa. Emitió un suspiro casi inaudible—. Con los campos arruinados y desolado por la pérdida, tu abuelo tardó solo un par de meses en sucumbir a la enfermedad. Ni Shanyuan ni Chung pudieron hacer nada para prevenir lo inevitable…

Zhurong no conocía todos los detalles de la historia, pero sí sabía los suficientes como para compadecerse de su padre. No obstante, aquello no guardaba la menor relación con lo que él decidiera para su futuro.

—Solo te digo una cosa —continuó Jiao, hablando con desazón—, después de la muerte de sus padres y tras la marcha de su hermano, tu padre no volvió a ser el mismo. Una parte de él murió en aquel entonces, y dejó de tocar las canciones que antes interpretaba para las gentes del Labrantío; ya solo tañe el violín cuando se siente tenso, después de alguna discusión o cuando debe adoptar una determinación drástica. De hecho, hacía más de un año que no escuchaba su música.

La pandaren sonrió con infinita congoja. Bajo la luz de las estrellas, Zhurong detectó el rastro húmedo de las lágrimas navegando por sus mejillas.

—Pero ¿qué tiene que ver esto conmigo?

—Tu padre tiene miedo de que te marches —declaró—. Cree que si te quedas aquí en el hogar, aprendiendo conmigo el arte de la alfarería, no te alejarás nunca de él. Después de todo, no supo impedir la muerte de sus padres y eso lo atormenta; y cuando Chung anunció que se iba de Shen-zin Su en busca de nuevos sabores para su cerveza, montó en cólera contra él. Desde aquello, no se han vuelto a ver, y sospecho que por ese motivo tu tío no ha regresado aún a la Tortuga.

El violín de fondo desafinó de nuevo. En esta ocasión la espera se hizo más prolongada, y al contrario que otras veces, cuando volvió a tocar no comenzó desde el inicio sino que reanudó la composición desde el lugar donde había cometido el error.

Su madre dio unos pasos y salió de la cobertura de la pagoda. El fulgor limpio y transparente de la luna la bañó por completo.

—A veces los padres somos muy infantiles, ¿no? —Sonrió—. Tu padre aún no se da cuenta de que todo esto no depende de él. Pero no se le puede culpar: las cadenas que nos atan a padres y a hijos son muy fuertes, más duras que el acero y que el diamante; y si tú crees que a ti te limitan, si piensas que te aprietan, figúrate cuánto nos aprietan a los demás.

Jiao emprendió el camino de vuelta al interior, llevándose consigo el juego de té.

—Ah, por cierto, cielo, bonitos brazaletes. Deberías darle las gracias mañana a Hao.

«Eso si consigo que mi magia funcione», matizó Zhurong para sus adentros.

La pandaren se marchó, cruzando los campos de cantaflores con el sigilo y la gracia de un fantasma. Cerró las puertas del hogar y dejó a su retoño a solas. El erhu de su padre estaba reproduciendo una tonadilla alegre, más de lo que en aquellas circunstancias habría sido propicio.

El muchachito bajó la vista a sus pies, que estaban convenientemente tapados por el forro de piel de tigre. Se sentía caliente allí, mucho más arropado y seguro que antes.

Se acordó de súbito de la cera que había patinado por su brazo. Le describía una horrenda línea irregular que lo dejaría marcado durante meses, por más que se afanara en despegarla y que el proceso transcurriera sin incidentes, lo que ya era mucho a pedir.

Se puso a rascar el pringue con pánico, para la sustancia ya se había solidificado hacía rato, así que todos sus esfuerzos fueron en balde.

Repasó con la mirada el trazado de la gota, con objeto de hacer una estimación de la cantidad de pelo tendría que cortar. Parte de aquella sustancia se había acumulado en torno a su muñeca, por encima del brazalete de su mentor; de hecho, se había inaugurado un canal en el costado de la pieza que conducía a un segmento que no había analizado con anterioridad: era una oquedad muy similar a la hendidura de una llave.

Un chorro de sudor frío le duchó la espalda. Asió los cierres con los dedos y pugnó por abrirlos, mas su forcejeo fue en vano: estaban sellados, herméticamente sellados, como si un imán los mantuviese ligados el uno al otro.

Por más nervio que aplicó, por más hondo que introdujo la uña, los engarces no se movieron.

Zhurong lo entendió muy tarde. Ahora comprendía el mensaje camuflado tras las palabras de su maestro. «Las cadenas que nos atan son muy fuertes», su madre lo había expresado con suma elocuencia; incluso en el sueño, Mei Li le había proporcionado una pista velada bajo la imagen de su familiar, doblegado a la voluntad de su invocador por medio de sus ataduras.

Ahora sabía la razón por la que no podía practicar la hechicería: las argollas estaban encantadas. Una rabia muy intensa lo prendió en llamas por dentro.

—¿Crees que puedes someterme con esta burda treta, viejo demonio? Bueno, ya lo veremos… —susurró.

Zhurong se incorporó de un brinco, con la energía que le confería aquel ardor, y puso rumbo al hogar.

En su arrebato no percibió que las cuerdas del violín habían dejado de sonar.

Especial: El señor de la torre Editar

Los candiles flotantes del mago iluminaban tenuemente el estudio.

Nashar estaba acostumbrado a la penumbra. Los kaldorei eran criaturas nocturnas y sus miradas se habían formado para internarse en las selvas oscuras en busca de caza, así como para penetrar en los misterios más tenebrosos del universo.

Por eso, tal vez, el Altonato buscaba en el firmamento la clave a los enigmas que lo desvelaban en la tierra. Por esa razón, quizá, llevaba semanas sin poder conciliar el sueño. Por ese motivo ignoró que alguien estaba llamando a su puerta.

Nashar tardó algún tiempo en abandonar sus cavilaciones. Se había quedado perplejo contemplando una superficie lisa, suavemente reflectante, que absorbía su atención como si fuera la lectura más minuciosa de su biblioteca; o aún mejor: como si hubiera hallado un astro nuevo en el cielo al que todavía no hubiera catalogado.

Y pese a todo, había observado cientos de veces aquel espejo. Se había deleitado con la lisura de sus contornos, con los relieves finamente trazados de su marco, que remedaban enredaderas de los bosques del norte; y desde luego, no podía evitar abstraerse con el reflejo que le devolvía aquella lámina de cristal palpitante.

No fueron las pisadas las que lo pusieron sobre aviso, ni tampoco el chillido de los goznes de una puerta que llevaba décadas sin engrasarse, fue uno de los orbes de luz, una de las estrellas de su constelación privada, la que le advirtió de la presencia de otra persona en sus dominios.

Aun durante sus meditaciones más concienzudas, ya sumergido en un diálogo apasionado con los autores del pasado, ya examinando alguna muestra en su laboratorio, jamás perdía la noción de dónde se situaban las esferas luminosas de su galaxia personal. A falta de un orden cósmico superior al que ceñirse, las lámparas de Nashar se regían por unas reglas existenciales propias: a veces las obligaba a dibujar círculos y elipses que constituían un factor esencial en sus investigaciones sobre las órbitas reales de los cuerpos celestes, o bien que probaban en la práctica alguno de sus teoremas físicos o matemáticos; en otras ocasiones, las usaba como centinelas o para fines puramente utilitarios, como el de guiar a sus discípulos o a su asistente a su mesa de trabajo; y aun en otras circunstancias, aquellas bolitas radiantes atendían a propósitos que incluso el mismo Nashar ignoraba.

Aquel era uno de esos momentos: Nashar no envió a ninguna de sus linternas a que escoltase a su visita, mas lo habían hecho. ¿Se habían rebelado contra él, o habían operado siguiendo algún automatismo oculto, algún impulso inconsciente nacido de la portentosa mente del archimago?

—Mi señor —anunció una voz dulce, melosa y femenina.

Nashar se volteó. La escudriñó con unos ojos anaranjados como focos de luz diurna.

Era Fahora. La criada, vestida con la sencilla elegancia que la caracterizaba, presentaba una bandejita de plata, muy a juego con el color de sus ojos, en la que recogía tres platos y una copa. El cáliz estaba relleno por un jugo oscuro, seguramente zumo de bayas o tal vez vino, y en la cerámica se había servido, como él había ordenado horas antes, varios bocados de sushi aderezados con kimchi y, por separado, un plato profundo con un consomé de aspecto frío. El postre, el bollo de judías rojas, figuraba aparte, en un platito coqueto de menos de una palma de diámetro.

—Mi señor, no habíais bajado a cenar.

—Soy consciente de ello —contestó él con sequedad. Se removió y erizó algo los labios. Echó un vistazo por encima del hombro al espejo.

Fahora guardó silencio unos instantes, con la vista baja. Pasados unos segundos, la alzó, y enfrentó sus iris grises contra los de él.

—Pensé que tendríais hambre —se explicó—. El consomé se ha enfriado, pero puedo calentároslo.

—No hará falta —repuso Nashar, parcamente, con violencia. Su actitud, antes distraída, se había mudado a otra esquiva, áspera y casi altiva.

El mago le dio la espalda a Fahora y se centró de nuevo en el espejo. Su semblante cambió: toda la ira y el amargor de antes se transformaron en expectación, en miedo. Tenía los párpados completamente abiertos y apenas pestañeaba; sus manos, a resguardo por las anchas mangas de la toga, lucían encrespadas y nerviosas. Se olvidó de la presencia de la sirvienta tan deprisa como había reparado en ella.

Fahora no permitió que la austeridad del Altonato la afectase: reanudó su faena y dejó la bandeja sobre la mesa, en un lugar donde no entorpeciera las labores del mago; y después, alumbrada por una de las bombillas astrales, se dispuso a emprender el camino de regreso a las escaleras.

No obstante, algo la detuvo. Tal vez un anhelo de curiosidad, o puede que auténtica preocupación por su señor, el amo de la torre. Desanduvo sus pasos y se dirigió a Nashar, la callada y soberbia estatua de piedra. Este ni siquiera se inmutó cuando pasó a su lado. Tampoco se enteró de que estaba a su vera, de que estudiaba la pantalla reluciente del espejo junto a él.

Si solo fuera porque de verdad lo hubiera hecho, ya que lo que realmente analizaba Fahora era el rostro descompuesto de Nashar.

—Mi señor.

—¿Uhm? —Nashar gruñó, más por la fuerza de la costumbre que por el interés, aunque apenas se alteró. Debió de darle la sensación de que alguna luciérnaga molesta zumbaba cerca de su oído.

—¿Hay algo que os preocupe?

El mago se tomó su tiempo para responder. Lanzó una exhalación cargada.

—Muchas cosas. Tal vez demasiadas.

—¿Es por la prueba de mañana? —indagó ella—. ¿Les habéis dicho ya a vuestros discípulos lo que sucederá, que solo elegiréis a uno de ellos?

Aquello sí que logró perturbarlo, ya que frunció los labios y se acarició un bigote nevado. Fahora interpretó aquel gesto como una victoria.

—No. Quiero mantenerlos al margen de esa tensión o sus resultados empeorarán —confesó. Clavó sus ojos agudos en los de Fahora—. De hecho, tú tampoco deberías inquietarte por estas cosas. Te quedarás a cargo de la torre en mi ausencia y podrás hacer lo que te plazca, pues no habrá nadie que te mande recados continuamente, que te ordene guisar o barrer los estropicios de los alumnos. Estarás sola y estarás bien.

Nashar había realizado el amago de esbozar una sonrisa, pero aquel indicio de alegría murió de manera prematura antes del parto. Enseguida, su expresión recobró el cariz apático que la determinaba, agravado, si cabía, por una aflicción interna que su asistenta no sabía diagnosticar.

El Altonato reanudó la admiración silenciosa de su reflejo, mas estaba turbado. No cejaba de mesarse las barbas y su ceño se había arqueado.

Fahora tensó la boca. Sus intentos de aproximarse al mago no estaban dando ningún fruto. Al igual que él, se sumió en la contemplación reflexiva del espejo. No percibió nada raro en él: tan solo era un mueble viejo y polvoriento, a tono con su dueño; había vivido tiempos mejores y su marco estaba rayado, pero a pesar de ello conservaba un cierto porte, una majestad que residía en la elaboración de su talla, en su planta alta y estilizada, en la belleza de su silueta y en los brillos que despedía bajo el prisma de aquella atmósfera estelar.

—Nadie valora las reliquias del pasado —dijo él—. Aunque otrora rebosaran lustre, vida y emoción, con el paso de las edades acaban quedándose obsoletas y se convierten en antiguallas que apilamos en un rincón sombrío, desterradas por su fealdad, por todas las vivencias que nos recuerdan y más a menudo por aquellas fantasías, sueños de una época feliz, que vertimos en ellas y que se quedaron sin completar.

La fámula crispó las manos sobre su regazo, como hacía siempre que se sentía insegura. Plisó la tela con energía, la arrebujó y agachó la mirada.

—A veces son ellas las que no quieren salir a la luz —objetó Fahora, haciendo acopio de un valor que se originaba en lo más profundo de su ser. Nashar la miró con extrañeza, despacio—. A veces son ellas las que se esconden porque temen que las vean, porque creen que han perdido su vigor, su fuerza, su encanto, y se rodean de todo un pabellón de antigüedades con el que mitigar su dolor.

El Altonato cesó de inspeccionar el espejo y se puso a catar a Fahora. A ella. Los pómulos de la criada se enrojecieron de la vergüenza.

Había insultado a su señor, una osadía que jamás se había consentido antes. Lo había desafiado, y aunque el mago no fuera un hombre cruel, sí que era alguien gélido, impasible y despiadado en sus razonamientos.

¿Por qué lo había hecho?, se preguntaba a sí misma. O quizá la pregunta correcta sería: ¿por qué había tardado tanto en hacerlo?

—Día tras día observo cómo os consumís en la mesa de vuestro estudio. Os dedicáis a empresas eruditas que no alcanzo a comprender, que requieren de un gran esfuerzo intelectual y de una entrega envidiable, pero… —Fahora chascó la lengua. Sintió una punzada aguijoneándole el estómago, pero no podía pararse. Ahora no—. Cuando era joven y nadie quería hacerse cargo de mí, me disteis un hogar, y os estoy muy agradecida. Pero desde lo que ocurrió con vuestra esposa no habéis vuelto a ser el mismo. Día a día veo cómo os deterioráis, cómo vuestros cabellos encanecen, cómo enflaquecéis y cómo vuestra espalda se encorva. Morís lentamente, Nashar.

El mago estaba completamente aturdido. Miraba a Fahora a la cara y trataba de balbucir algo, pero ninguna voz emanaba de su garganta. Una tristeza lejana se apoderó de sus rasgos y con ella retornaron la acritud y la altanería.

Nashar volteó el cuello en otra dirección, rígido como un bloque de mármol, y se armó con una coraza de autosuficiencia.

—Con suerte no tendrás que soportar mi hechura contrahecha por mucho más tiempo, Fahora. Agradecerás estar sola.

La sirvienta se mordió los labios con tanta ira que se provocó sangre. Su mirada nítida y argentada se empañó.

Aunque el mago fingía estudiar detalladamente la imagen que le devolvía el espejo, una revolución estaba teniendo lugar en sus adentros. Al ver espejado en el cristal el destello de un reguerillo rojo que brotaba de la boca de su criada, tiró al suelo su armadura junto a todo su arsenal y acercó a ella una de sus manos.

Pero Fahora se apartó. Lo cogió por la muñeca y rehusó su tacto, con una determinación firme que partía de su orgullo herido.

—Debéis de ser el ciego con mejor vista de todos, Nashar, pues os empeñáis en no ver a quienes están a vuestro alrededor y en cambio no cesáis de mirar a los que ya no están —afirmó ella con una calma glacial que le heló las vísceras al Altonato.

Fahora alisó los pliegues de su vestido y se dio la vuelta. Salió de la cámara con la misma parsimonia con la que había entrado, perseguida por una de las lámparas cerúleas que arrojaban fulgor y calidez a la noche artificial del mago.

El amo de la torre siguió el sonido de sus pisadas hasta que se cerraron las compuertas que daban acceso a sus aposentos, su santuario, su refugio. Aquel estrépito rotundo de la caoba se entremezcló con el latido de su corazón.

Distinguió la cena que reposaba sobre la mesa y luego le echó una última ojeada al espejo. El embrujo que lo paralizaba se había roto. La insensibilidad que lo había tornado en su presa yacía rasgada y reducida a andrajos frente a sus pies. Las yemas de sus dedos intentaron tocar a alguien que ya no estaba allí, y entonces cayó en la cuenta de que, efectivamente, ella no estaba allí.

El mundo perfecto que había recreado en su salón no podía emular aquello: los sentimientos, gozoso yugo de los hombres, eran fuerzas que ni el propio Nashar podía predecir. Eran potencias milagrosas, seres extraordinarios que escapaban a su estudio sistemático y racional de la naturaleza. No había cálculo que los sometiera, ni teoría que los abarcase en la totalidad de su extensión. Y aun siendo consciente de lo nocivo de su influencia, de lo arbitrario de sus designios y de los sinsabores a los que daban ocasión, el sabio Nashar, prodigio de mago y esclarecido Altonato, se sentía inevitablemente a merced de ellos, arrastrado por una corriente vertiginosa de la que se sabía incapaz de huir.

Cubrió el espejo de las almas con la manta que lo había cobijado durante generaciones, se aproximó a las ventanas eternamente oscurecidas y mandó que se abrieran con un ademán, permitiendo que el sol matinal entrase e inundase con su claridad la habitación.

Los cuerpos celestes de su cosmos particular interrumpieron sus oficios, confusos. Las leyes sempiternas a las que tan fielmente se habían adherido durante siglos acababan de alterarse, posiblemente para siempre.

Y por primera vez en años, el señor de la torre abandonó su morada al despuntar de un nuevo día.

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