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La ofensiva final por Azeroth

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Relato escrito por Näi. Hilo original aquí.


- ¡Näi! - exclamó un apresurado Antonidas - Debes sacar a todos los aprendices de la ciudad ¡ahora!

Y a un Archimago no se le cuestiona, se le obedece. Antonidas salió de la sala y siguió dando voces de alarma en la Ciudadela Violeta. El diálogo con Arthas claramente había fracasado, y sabía qué tenía que hacer. Así que se dirigió a sus alumnos, los intentó tranquilizar, y se organizaron para abandonar Dalaran. El Archimago Conjurus Rex había abierto un portal para que los civiles y estudiantes de la ciudad se refugiaran en las montañas de Alterac. Desde esas montañas el mago gnomo Näi Togaguja, junto a unas decenas de personas, pudieron ver como el Azote teñía de rojo la ciudad violeta, y como el demonio Archimonde la convertía en poco más que polvo y ruinas…

- Maestre - dijo una voz.

Entonces desperté. Otra vez ese sueño…

- Maestre - volvió a repetir la Teniente Shayera, del Ejército de la Alianza, también al servicio de la causa de los Heraldos - sé que es temprano pero el Consejo debería reunirse antes del toque de diana general, tenemos que preparar una batalla.

- Dame dos minutos, te veo en la tienda.

La batalla… La gran ofensiva, la habían llamado. Alguno incluso se aventuraba a calificarla como la batalla final, la que decidiría la suerte de Azeroth ante estos invasores. Nadie contemplaba la derrota, sobre todo porque daba miedo imaginar lo que supondría. Miedo… recuerdo que en ese momento me miré en el espejo y lo único que vi fue un anciano gnomo lleno de miedos. Aquel sueño… un recuerdo lleno de dolor, que se repetía una y otra vez.

No. No tenía miedo a morir, tenía miedo a fallar. Tenía miedo a sobrevivir, como aquella vez, para ver como mis amigos, mis compañeros, mis conocidos, perdían la vida sin poder yo evitarlo. Me llenaba de temor aceptar que, ese día, muchos de los que estaban conmigo morirían ante mis ojos. Me horrorizaba pensar que a muchos los vería por última vez, salvo que tuviera la fortuna de morir primero.

Cuando salí de la tienda había empezado a sonar el toque de diana, y eso que aún faltaba al menos una hora para el alba. Vi como algunos soldados somnolientos se lavaban la cara y se arrastraban con una apatía que asustaba, como si no supieran que esa podría ser la última vez que se despertaran. Antes de llegar a la tienda de oficiales me crucé con el elfo Eltheras, Instructor de Armas del Cónclave Arcano, quien estaba entrenando con su espada y escudo, destrozando literalmente los muñecos de entrenamiento.

- Buenos días Maestre Togaguja - me saludó Garrett, maestre de la Orden Eterna. Tras un mes luchando juntos, podía considerarle un amigo. El humano se había mostrado como una persona de honor, aunque aún me inquietaba el secreto que nos había confesado dos lunas atrás.

- Tome asiento, Togaguja - sugirió una impertérrita Ailil, maestre del Cónclave Arcano. La esquiva y orgullosa elfa altonata seguía mostrándose distante ante mí, pero éramos buenos aliados. Quizás algún día consiguiera romper ese caparazón que la envolvía y podríamos empatizar mejor.

La Teniente Shayera me cedió su asiento y se colocó junto a otros generales. Entre ellos pude reconocer al Vindicador Maraad y al discípulo de Medivh, Khadgar, que parecía haberse librado de la maldición que le hacía parecer mucho más viejo de lo que realmente era. Esperamos unos minutos más a que llegaran otros maestres. Pude reconocer a Aedan, Kaneela o incluso a TH, el mercenario.

Cuando estuvimos todos sentados, Maraad empezó hablándonos de a qué y quiénes nos enfrentábamos. Por el mensaje que consiguió Garrett de la dragona de bronce, alguna de esas cosas ya las sabía. Después Khadgar desplegó un mapa del terreno y empezaron a exponer el plan de batalla. Nos dividiríamos en tres flancos. El flanco derecho estaría ocupado por tropas de élite. El flanco central lo compondrían tropas regulares del Ejército de la Alianza. Y a nosotros se nos encomendó el flanco izquierdo, con el resto de órdenes y levas voluntarios que habían acudido a la Llamada a las Armas, así como fuerzas auxiliares del Ejército. Unos metros detrás, sobre un talud, se iban a disponer de varios cañones enanos y de algunas máquinas de tecnología gnómica. Dada la particularidad del terreno, el objetivo era hacer retroceder a los orcos a la zona del cráter para dejarlos rodeados y sin posibilidad de huida.

Recuerdo que salí de la tienda de oficiales muy optimista. Sobre el papel, parecía un gran plan, y superábamos claramente en número a los invasores. Cuando llegué al barracón comedor para desayunar junto a mis heraldos estaba, incluso, sonriente.

No así mis heraldos. Se los veía tactiturnos, por no decir temerosos. El desayuno, ligero en cantidad pero energético, se les hacía pesado, y comían rumiando sus pensamientos en silencio.

- Tengo miedo, Maestre - confesó finalmente Elheazar - No creo estar preparada.

Claro que no lo estaba. La joven chamana draenei había demostrado tener poca empatía todavía con los elementos. Pero ¿cómo iba a decirle eso? Ahora era responsable de una importante fuerza militar, debía mantener la moral de mi gente alta. Pero antes de que pudiera decir nada, la Teniente se sentó con nosotros.

- Heraldos - dijo Shayera, juraría que con una sonrisa en el rostro - he tenido el honor de entrenaros, he tenido el honor de llevaros al campo de batalla. Pero vosotros habéis recibido otro honor, que es la respuesta que viene de esta pregunta - los miró - ¿qué sois? ¿en qué os habéis convertido?

Los Heraldos se miraron unos a otros, como consensuando una respuesta. Los que estaban más lejos se acercaron, esperando unas palabras que les confortaran. No todos, Dorian, el líder del Clan Doragon, quien había tenido algún enfrentamiento personal con Shayera, se levantó junto a la otra representante de su tribu, Alice, y se fueron.

- ¡Somos soldados! - exclamó Philis, el desvergonzado mekaingeniero gnomo.

- Así es, Escudotormenta - afirmó la Teniente. - Necesito que recordéis qué supone esto. Yo, al igual que vosotros, soy una soldado, para ello he entrenado cuerpo y mente. No pensaré nunca en la derrota, no demostraré jamás tener miedo. Creeré en lo que otros dudan. Llegaré donde otros no se atreven. Me esforzaré en perseguir el honor, el respeto y el prestigio de mi tropa. ¿Qué sois?

- ¡Soldados! - exclamó Nébula, poniéndose de pie.

- Nunca me rendiré, nunca reblaré, nunca retrocederé - prosiguió Shayera. - En mi corazón no habrá hueco para la debilidad. Y si llegara a flaquear, sacaría fuerzas de valor de aquellos que me han traído hasta donde estoy, de aquellos que me han entrenado y de aquellos que están luchando a mi lado. ¿Qué sois?

- ¡Soldados! - confirmaron a la par los gilneanos, Darren y Derlan.

- Como soldado el campo de batalla es mi hogar. En él estaré cómodo, y sabré cuál es mi lugar, pues para ello he entrenado. Y ahí daré todo lo que tenga e incluso más por defender la causa en la que creo. Y no me detendré. No me detendrán. Arrancaré el corazón de mi enemigo si es preciso, porque esto es victoria o muerte. ¿Qué sois?

- ¡Soldados! - exclamaron otros, entre ellos Fardral, Velatian y Ka Bum. Incluso alguno de otras hermandades que se había acercado a escuchar.

- Así es, sois soldados, al igual que yo soy soldado - volvió a confirmar Shayera, subiendo el tono de su voz. - Y no lucho en soledad, a mi lado tengo compañeros, amigos, que han estado conmigo superando problemas contra viento y marea, sacrificándose, ofreciendo sudor, sangre y lágrimas. ¿Los dejaré caer? ¡Jamás! ¿Los decepcionaré? ¡Nunca! ¿¡Qué sois!?

- ¡Soldados! - gritaron ya en masa más gente. Se sumó la voz de Deblin y Elheazar, entre otros.

- ¡Hoy llamo a todos los soldados a luchar a mi lado, a morir si es preciso! - Shayera se puso en pie y elevó la voz para que la escucharan todos en el barracón - Hoy es el momento de terminar esto. No pensemos en un mañana que tal vez no llegue nunca. Hoy, aquí, ahora. La Historia nos va a recordar por los actos que hoy hagamos. ¡Todos! ¿¡Qué somos!?

- ¡¡Soldados!! - grité con fuerza, sorprendiéndome a mi mismo por el fuego que estaba brotando en mi interior.

- ¿¡Qué somos!? - volvió a preguntar la Teniente Shayera, ante la vista de Maraad y Khadgar, que acaban de entrar en el barracón.

- ¡¡Soldados!! - volví a gritar - ¡Somos soldados!

- ¡Soldados, acabemos con esto! ¡Tomemos ese maldito Portal de una vez!

Pocos recuerdos fiables guardo de qué ocurrió entonces, solo se que el barracón estalló en júbilo y energía. La gente necesitaba ese impulso para creer. Tal vez muchos siguiéramos albergando dudas, pero nos las tapábamos unos a otros. Cuando los que te rodean van eufóricos a la batalla ¿cómo no contagiarte?

Apenas había nacido el sol de aquel día y los Heraldos, junto con el resto de órdenes, ya habíamos empezado a formar en el flanco izquierdo. Componíamos la quinta columna, junto a Orden Eterna y Cónclave Arcano. Como la distancia era corta, no se permitía llevar monturas, que además suelen ser un inconveniente en el campo de batalla. Sin embargo se me permitió llevar mi mecazancudo para poder estar en una posición más elevada a la hora de dirigir a mi tropa. Todos mis Heraldos iban perfectamente uniformados, llevando el tabardo de hermandad y la capa que eran obligatorios. Iniciamos el camino llenos de confianza, e incluso Philis se animó a cantar una canción que todos seguimos a coro. La humedad del mar nos calaba hasta los huesos, y la polvadera que se formaba con nuestra marcha se nos incrustaba molestamente en los ojos, pero eso no nos restaba ánimos.

- Señor Togaguja - me espetó una voz cálida.

Era Ailil, la elfa altonata. Vestía sus atuendos de guerra y la capa con el distintivo de su orden.

- Dama Ailil - sonreí sinceramente.

- Sólo le robo unos segundos - se detuvo por un momento y me clavó la mirada. - Suerte en la batalla - volvió a detenerse y levantó la vista. - Ha sido un honor combatir al lado de los Heraldos… y de usted.

Una emocionante sensación de agradecimiento me recorrió el cuerpo. A decir verdad había observado siempre con recelo a la altiva elfa por la mala prensa que tenía en el Kirin Tor. Habíamos coincidido en Concilios de Magos y en Dalaran, pero hasta que coincidimos en el Castillo Real en la Llamada a las Armas, no habíamos tenido demasiado trato. Estaba dispuesto a ignorar la misión que el Kirin Tor me había asignado, claramente la altonata era una persona honorable.

- Para mí también ha sido un verdadero honor, Ailil - confesé mientras me quitaba el sombrero en señal de gratitud. - Os deseo la misma suerte. Pero estoy convencido de que nos sentaremos en la misma mesa para celebrar la victoria - bromeé.

La elfa se marchó haciendo un gesto amable pero sin mediar más palabra. El resto del camino lo pasé conversando con Dorian, jefe del Clan Doragon de la Cuenca de Sholazar, que me estuvo ayudando a preparar la arenga a las tropas que, previsiblemente, debería dar antes de la batalla.

Nos detuvimos. Estábamos cerca del cráter, y los orcos de la Marcha de Hierro se habían alineado alrededor de él esperando nuestra ofensiva. El tablero se había dispuesto según había previsto Maraad. Una hilera de orcos y ogros nos esperaban, ansiosos de sangre. Detrás varias máquinas de guerra amenazaban nuestra posición. Por el aire un puñado de dracos observaban el escenario.

Llegó el momento. Pude observar como Khadgar se adelantó en el flanco derecho para decir algo que habría deseado escuchar de boca del Archimago. En el flanco central fue Maraad quien dirigió la arenga. La de nuestro flanco la llevó un enano montado en una cabra de guerra, pero llevaba la voz ronca y apenas pude llegar a escuchar alguna palabra suelta. La tropa respondió con vítores, yo creo que por cortesía.

Entonces se nos indicó a los Maestres que podíamos proceder a arengar a los nuestros antes de la gran ofensiva. Moví mi mecazancudo hasta posicionarme delante de los Heraldos. Nos había tocado estar en el lado más occidental del campo de batalla, a los pies de las colinas, junto a los taludes de armamento. Dirigí la mirada a los míos. Algunos me miraban esperanzados, otros directamente me sonreían, pero prácticamente en todos podía ver una mirada llena de dudas y temores ¿qué podía decirles cuando yo era el primero que estaba lleno de miedos? Volví a mirarlos. No estaban todos, pero estaban muchos de los que habían acudido a la llamada. Deblin, Dorian, Alice, Hamelín, Philis, Ka Bum, Nébula, Fardral, Darren, Elheazar, Derlan, Velatian, Akanaro… y Shayera, acompañada de Ceries. La Teniente, también miembro de los Heraldos, había decidido unirse a nuestra formación. ¿Cuántos de ellos morirían aquel día?

- Probando - dije mientras comprobaba el amplificador de voz que había diseñado Ka Bum, que me permitía mecánicamente proyectar la voz con más fuerza a costa de perder algo de nitidez.

El aparato funcionaba perfectamente.

- Heraldos. Amigos - tenía una chuleta preparada pero preferí no mirarla, y dejar hablar a mi corazón. - ¡Recordad por qué luchamos! No luchamos por el honor, no luchamos por nuestro nombre, ni por el prestigio que este sacrificio supone. No luchamos por retar a la muerte ni por la emoción de contibuir a la Historia. La verdad es que luchamos por la supervivencia de Azeroth. Luchamos por aquellos a los que queremos, por los que hemos dejado atrás, por los que nos esperan en casa. Luchamos por nuestros pueblos, por nuestras razas y por todas las personas de bien que pueblan este planeta. Luchamos porque nos están invadiendo. Pensad ¿qué sería del mundo si fracasamos hoy? Hoy tenemos un deber con nuestro mundo, por ello luchamos.

- ¡Sí! - gritaron a coro los Heraldos.

- Luchamos por una nueva generación que, por fin, pueda vivir en paz. Luchamos por un mundo sin más amenazas. Y repetimos esta lucha. Esta fue la lucha de nuestros padres, la lucha de nuestros antepasados. La historia se repite, el Portal se ha abierto de nuevo. Aquello por lo que lucharon nuestros padres ¿no vamos a conseguirlo mantener? ¿Qué alternativa nos queda?

- ¡Vencer! - dijeron al unísono.

- Hoy se derramará sangre. Es innegable. Pero que la sangre que se derrame sea la sangre de nuestros enemigos. Y estad convencidos de una cosa, el que hoy dé su sangre por mí y por los Heraldos, será mi hermano para siempre. Y tened la firme convicción de que nunca nadie olvidará lo que aquí pase. Os doy mi palabra.

- ¡Gracias Maestre!

- Y no voy a deciros que es imposible que muráis, pero la sangre derramada de mi hermano servirá para doblar mi fuerza. Y no tengáis miedo de caer ¡hoy os volveréis eternos! - paré a respirar - ¡Heraldos! ¡Soldados! De nuestros esfuerzos de hoy depende la suerte de todo Azeroth. Un día de gloria se puede abrir ante nosotros. Somos la esperanza de este mundo. ¡¡RECORDAD POR QUÉ LUCHAMOS!!

Los Heraldos estallaron en júbilo, y al unísono se empezaron a escuchar más gritos de emoción en otras columnas. No se si nuestras palabras realmente llegaron a ser tan inspiradoras, o es que la gente se conjura para creer, pero surgió efecto. A los pocos segundos todas las tropas que componíamos el frente éramos un mar de testosterona y emoción por el combate. Al pronto sonaron los cuernos de los orcos. Profundos, con un sonido gutural y ominoso, los orcos tuvieron su arenga particular, que rebajó en cierto modo nuestra confianza. Las líneas invasoras movieron primero, con paso lento al principio y acelerando después, con intención de cargar y romper el muro de escudos que teníamos levantado. Dorian, Alice, Philis, Shayera, Derlan, Velatian y Akanaro ocupaban esa primera línea. Yo estaba detrás, de pie sobre mi mecazancudo, junto con otros conjuradores, cazadores o sanadores. Moviéndose por el campo de batalla con más libertad estaban los pícaros exploradores como Nébula y Ka Bum.

Lo que ocurrió entonces nos dejó desconcertados. Los poderosos cañones de los orcos de la Marcha de Hierro resultaban tener alcance suficiente como para caer en las líneas de la Alianza. Sus disparos no eran precisos, y algún proyectil incluso acabó cayendo muy detrás nuestro. El proyectil que más se acercó a nosotros estalló junto a la colina, provocando un corrimiento de tierras que sepultó a unos cañoneros enanos. El resto de disparos fueron orientados a romper el flanco del centro, dirigido por Maraad.

Nuestros cañones no disponían de tanto alcance, pero eran más certeros. Cuando las fuerzas de la Alianza respondieron, centraron sus proyectiles en la horda de orcos vociferantes que cargaban hacia nuestra posición. Conseguimos abrir brecha, pero como una marabunta de hormigas, consiguió reponerse de inmediato.

- Conjuradores, dirigid vuestros ataques a los proyectiles que puedan amenazar nuestra posición - ordené con poco éxito, pues el rugir de los cañones, el crugir de las espadas y el griterío de los heridos, eran duros rivales para la voz de un gnomo.

Los Heraldos me miraron intentando escudriñar las órdenes, y a partir de ese momento decidí que era mejor que siguieran la estrategia que habíamos acordado y que tuvieran creatividad en el campo de batalla. Yo por mi parte seguiría mis propias órdenes y esperaba que mi ejemplo indicara a quien estuviera más perdido qué debía hacer.

Mientras lanzaba misiles arcanos a quienes amenazaban a los míos, pude ver cómo la descarada fuerza ofensiva de esos orcos se abalanzaba sobre la línea de defensa que habíamos conformado. Las lanzas se partieron pero supieron mantener la posición. Ayudados de los escudos, se agacharon y provocaron que los orcos tropezaran literalmente con ellos y cayeran de bruces a sus espaldas. En ese momento la segunda fila procedió a darles una muerte rápida. Sonreí. La estrategia estaba funcionando.

Observé desde mi posición como Fardral y Deblin lanzaban certeras descargas de escarcha a la cara de esos orcos, como Dorian y Alice luchaban cuerpo a cuerpo con los orcos que superaban la primera línea defensiva o como Shayera movía de forma letal su mandoble mientras Ceries desde la retaguardia le ayudaba con sus precisos disparos.

- ¡Aguantad! - se oyó gritar, por encima el fragor de la batalla, al enano que estaba al frente de ese flanco.

Una nueva oleada. Y otra. A los Heraldos nos estaba yendo bastante bien. Y, lo que es más importante, parecía que a nuestros compañeros también. Sin embargo no teníamos respiro alguno, y era agotador. Fue entonces cuando se oyó un rugido que no era de orco. Ogros. Varios ogros estaban cargando con grandes mazas contra nosotros. Y estos ogros tenían claro su objetivo. Barrieron con sus mazas la línea de escudos. Pude ver como Derlan era arrastrado varios metros y chocaba contra otros soldados. Habían roto las defensas y estaban ostigando a las líneas de apoyo. Dorian dirigió unos certeros puñetazos a un ogro de dos cabezas, pero no pareció inmutarse, y se lo quitó de encima de un guantazo. Nébula apareció a tiempo para inyectarle unos venenos antes de morder polvo. Me uní a Fardral, Darren y Deblin para dirigir hechizos contra él. Con apuros, conseguimos darle muerte, pero entonces un orco que había aprovechado la confusión me tiró del mecazancudo y me pisó el pecho. Riendo dirigió su hacha hacia mí, que se encontró un sonoro obstáculo. De repente me ví cubierto por un escudo.

- Levante, Maestre - dijo una voz.

Abrí los ojos y ví a Garrett, que me estaba ofreciendo la mano para levantarme. Me había salvado la vida cubriéndome con su escudo y había degollado a aquel orco. No me dio tiempo a agradecerle nada. Sonrió y volvió con los suyos, que luchaban a nuestro lado.

El combate prosiguió así durante varias horas, con unos orcos que no cesaban de hostigar a la férrea defensa que había levantado la Alianza. Durante ese tiempo tuve que ordenar el avance, pues esa era la estrategia. La formación se estiraba, forzando a los orcos a concentrarse en el centro mientras desde las alas izquierda y derecha empujábamos. El objetivo era hacer retroceder a los orcos o dejarlos acorralados.

En uno de los momentos que tuve que parar a descansar, me subí a un talud al pie de las montañas. El bombardeo de los cañones de esos orcos empezó a cesar, no tanto porque se quedaran sin munición sino porque los frentes se habían fundido en uno solo y disparar sus proyectiles les causaba baja también en sus filas. También los cañones enanos que estaban apostados en la colina habían reducido su actividad, y aunque algunos enanos estaban arrastrando su maquinaria para adelantar posiciones y tener tiro, la mayoría de los puestos de artillería habían dejado de estar operativos tras varias horas.

Me coloqué detrás de una máquina de vapor, junto a una tienda de oficiales que hacía las funciones de enfermería para los pocos heridos que se podían apartar del campo de batalla. Desde ahí podía divisar perfectamente las inmediaciones del cráter del Portal Oscuro y veía como las fuerzas enemigas se iban achicando. Pude ver también como al otro lado del escenario la Horda de Vol’Jin, finalmente, había unido también fuerzas. Cogí un catalejo y pude ver al venerado Go’el, Thrall, martilleando a unos orcos que no reconocía como sus iguales.

Observé a los Heraldos, a los pies de la colina, defendiendo valientemente la posición y haciendo retroceder al enemigo. El sacerdote Hamelín recitaba salmos a la Luz para proteger a los heridos, sumando fuerzas con los elementos restauradores que convocaba Elheazar. Más allá, los ingenieros gnomos unían fuerzas formando un área peligrosa para orcos… y aliados. Los conjuradores estaban teniendo problemas, unos orcos habían agarrado a Fadral, pero entonces Darren apareció por detrás para, tocándoles con sus manos, hacerles caer al suelo en un mar de llamas. Derlan aprovechó para liberar a Fardral y varios Deblin, reflejos exactos, terminaron de limpiar la zona.

- ¡Cañón! - se oyó gritar cerca de mi posición.

Apenas tuve tiempo de trasladarme unos metros antes de que la fuerza del impacto me empujase colina abajo. La inclinación era suave y por suerte solo me arrastré. Cuando giré la cabeza, magullado y dolorido, vi que la tienda de oficiales había sido arrasada y la artillería ardía.

- ¡Maestre! - exclamó preocupado Philis, el mecaingeniero. - ¿Te encuentras bien?

- No puedo quejarme de mi suerte - aseguré honestamente señalando solo algunos cortes superficiales y alguna magulladura.

El enano sacerdote Hamelín me atendió las heridas y la gnoma Orianus me colocó algunas vendas. Me recuperé rápidamente y me uní de nuevo con los míos. Les ordené que se relevaran para que descansaran, o el cansancio sería el peor de sus rivales.

Cuando el sol empezaba a bajar de su cénit, la presión que estábamos realizando surgió el efecto deseado y los orcos rompieron filas, empezando a retroceder atropelladamente. Sin embargo algo no funcionó como debía.

- ¡Mantened posición! - gritó en nuestra zona el Almirante Taylor, enérgicamente enfadado - ¡Mantened posición, maldita sea!

Pero de nada sirvieron los gritos de los altos mandos. Cuando quise ordenar a los míos que siguiéramos las instrucciones, me encontré que yo mismo me había lanzado eufóricamente a la persecución, rompiendo las líneas de nuestro flanco izquierdo. Fue un error grave e injustificable. De repente los Heraldos nos vimos lejos de las fuerzas de apoyo y fuimos rápidamente rodeados por unos orcos que habían conseguido reagruparse.

Maldije en alta voz y disparé una bola de fuego contra el suelo, enrabietado por el desajuste que yo mismo había provocado. No solo estábamos atrapados los Heraldos. Ahí, al borde del cráter, junto a las baterias de la Marcha de Hierro donde nos había salido una dotación de varios orcos y ogros al encuentro, estaban también miembros de otras órdenes movidos también por el impulso de euforia ante la retirada del rival.

Conseguimos agruparnos, pero no teníamos una linea de escudos que nos protegiera a todos. Los magos intentamos levantar una barrera arcana que nos resguardara, pero tampoco conseguía cubrirnos. Sólo podíamos luchar y esperar que las tropas de la Alianza llegaran a nuestra posición antes de que fuera demasiado tarde.

Algunos de los nuestros, conscientes de la situación, se lanzaron heróicamente contra el enemigo. Vi a Eltheras, el Instructor de Armas de Cónclave Arcano, cargando derecho contra un ogro al que consiguió dar muerte, pero siendo después acuchillado por la espalda por uno de los orcos que nos rodeaban. También vi como el buen compañero gnomo Duffy era arrastrado de las piernas por otro orco que lo aventó contra una roca, matándolo en el acto. Lleno de ira lancé misiles arcanos a su verdugo.

- ¡Ceries! - gritó la Teniente Shayera.

Me giré. También habían alcanzado a la joven cazadora humana, siempre alegre y servicial. Un orco la agarró del cuello con los brazos y se burló de nuestro grupo, parapetado entre dos ogros. Dijo algo, pero no le entendí. Entonces otro orco estiró el brazo de la joven y le cortó la mano, lanzándola hacia donde estábamos. Ceries gritó y se desmayó. El orco que la asía rió y empezó a acariciarle su rostro inconsciente… pero de repente puso los ojos en blanco y empezó a sangrar por la boca. Un grupo de aliados había llegado hasta nuestra zona y estaban enfrentándose a la dotación que nos tenía rodeados.

Aunque había algo en ese humano. Ese cabello rubio, ese bigote. ¡Era Valyus! El paladín, un antiguo miembro de los Heraldos, terminó de rematar al orco y se agachó para rescatar a Ceries y llevarla a un lugar apartado, y, a ser posible, seguro.

- Veo que necesitas ayuda, gnomo - aseveró burlescamente una grave voz que era muy familiar.

- ¡Ferón! - exclamé lleno de asombro.

Ferón Von Kampf era el fundador de los Heraldos de Gilneas, una milicia militar establecida en Gilneas en el periodo de enclaustración del Reino, antes de la invasión de los Renegados. Sin embargo Ferón nunca vió con buenos ojos que un gnomo terminase llegando a liderar la orden que él había creado, y se mostró siempre hostil conmigo. Sin embargo ahora estaba ahí, en su aceptada condición de huargen, blandiendo las espadas abriéndose hueco entre orcos y ogros para rescatarnos.  Y no estaba solo. Como dije Valyus iba con él, pero también otros Heraldos que no habían respondido en su momento a la Llamada que hizo la Hermandad. Eché un vistazo rápido y me llené de una agradecida emoción. Neerya Von Kampf, la hermana de Ferón, estaba en la retaguardia implorando bendiciones a los heridos. Junto a ella Laesia e Ikiri, las sacerdotisas. El cazador enano Balino, los paladines Pheriel, Ilidias y Argüill, el noble gilneano Velkog, el arcanista Yregwyn… Y Austros. El feroz caballero de la muerte Austros, camorrista al que había intentado reconducir para que se reinsertara en la sociedad, se avalanzaba en su forma huargen con una aparente satisfacción contra los temerosos orcos que ahora se batían en retirada. Las tornas volvieron a cambiar y los Heraldos nos recompusimos. Conseguimos liberar el perímetro del cráter y las fuerzas de la Alianza al completo, sabedoras de la victoria, nos precipitamos en el foso para contener cualquier nueva amenaza que saliera del Portal. 

Corrí junto a mis hermanos. Los que quedaban en pie, los que podían luchar y los que seguían con vida. Eran casi todos, al menos esa impresión tenía. Habían luchado con gran valor durante horas y ahora estábamos a punto de terminar con una gran victoria que haría justicia a sus méritos. Estaba muy orgulloso de ellos. 

Empujábamos a los orcos desde una segunda fila. Delante estaban las tropas de élite de la Horda y la Alianza. Pude ver a Maraad, Khadgar y Thrall inspirando temor en los enemigos. Estábamos muy cerca del Portal, pocos orcos quedaban por aniquilar.

Entonces la explosión. Vino del cielo. Una orca, montada en un draco, dejó caer una bomba que estalló justo a nuestro lado. No pude prepararme, no pude ver nada. Ni siquiera recuerdo bien como fue. Lo siguiente que recuerdo es a Dorian levantándome del suelo, con un fuerte golpe en la cabeza. Enfrente de mí, muerte. Había en el suelo un perímetro de cadáveres. Instintivamente cerré los ojos, lleno de dolor. Sabía que estaba llorando.

Me puse en pie y me acerqué a confirmar mis temores. El apuesto Valyus yacía desfigurado. Era el peor parado. A su lado, inertes, Laesia y Pheriel, con algunas extremidades de menos. Amontonados entre cadáveres y heridos pude ver a Argüill, Alice, Akanaro, Velkog, Ilidias, Derlan… Desconocía su estado, pero me temía lo peor.

Pero lo peor siempre puede ir a peor. En medio de la confusión, por el flanco izquierdo, se lanzaron en una medida suicida algunos de los pocos orcos que aguantaban en pie en el interior del cráter. Los aliados retrocedieron asustados y pasaron por encima de los muertos y heridos. Grité con la poca voz que me quedaba, intentando que tuvieran en cuenta a los heridos a los que estaban asfixiando. 

Un grito, un golpe. Volví a estar por los suelos y ví como los orcos habían cargado hacia nuestra posición. Los Heraldos que resistían los enfrentaban, junto con el resto de fuerzas de otras órdenes. Shayera levantaba su mandoble y decapitaba lo que se pusiera por delante. Darren y Fardral conjuraban una tormenta de nieve y fuego. Nébula acuchillaba entre las sombras y se volvía a escabullir. Velatian aguantaba con su escudo las embestidas mientras Deblin y Ka Bum acababan con la amenaza.

- Al final te voy a pisar, gnomo - advirtió sarcásticamente Ferón mientras se ponía delante de mí danzando con sus espadas. 

Me puse en pie y ayudé a mis Heraldos invocando una ventisca sobre los orcos. Pero la masa de gente pronto alcanzó de nuevo mi posición, y me quedé encerrado entre los dos frentes, agobiándome por el poco aire que podía respirar. Sintiéndome ahogado, no tuve más remedio que adelantarme y escurrirme entre las piernas de los orcos. Uno de ellos me vió y levantó su hacha hacia mí. Pude esquivarlo con una torpe voltereta, pero me quedé atrapado entre unas cajas. El orco volvió a levantar su hacha. Levanté una tenue barrera arcana que no me podía protegir del impacto pero entonces un sonido metálico me advirtió de que estaba a salvo. Ferón Von Kampf, enemigo declarado, se interpuso entre el hacha del orco y servidor, con sus dos espadas cruzadas. 

- Sal de aquí, idiota - me espetó.

Eso hice. Me intenté poner a salvo subiéndome a un carromato. Ferón combatía en un uno contra uno contra el violento orco de piel marrón. Los dos combatían con agresividad, pero Ferón parecía tener controlado el combate. Entonces otro orco le empujó por la espalda y le tiró al suelo. Todo sucedió muy rápido. Sin tiempo a levantarse, un hacha le atravesó su cuerpo. Exclamé un grito ahogado y volví a cerrar los ojos fuertemente.

Abrí los ojos y me subí al carromato, y empecé a lanzar bolas de fuego, la variante de la magia arcana más violenta. Estaba furioso y lleno de ira. Cuatro, cinco, no se cuantos orcos conseguí atravesar.

- ¡Déjame alguno! - suplicó Philis con su voz chillona.

El mecaingeniero gnomo usó su propulsor nitro para cargar contra algunos de los heridos y resignados orcos que quedaban en pie, golpeándoles con su escudo en la espinilla para rematarlos en el suelo. Luego el resto de tropas aliadas acabaron ocupando el lugar terminando en ese flanco con cualquier amenaza.

- ¡Es el momento! ¡Tomad el Portal! - la voz de Khadgar tronó por encima del campo de batalla. 

Intenté recomponerme y me dejé llevar por la marea de gente. Me alegró ver a mi lado a varios de los míos. No teníamos rivales a los que enfrentar. Los perseguíamos. Estábamos detrás de las tropas de vanguardia, junto a los oficiales. Los orcos que quedaban en pie estaban retornando por el portal y las tropas aliadas iban detrás. 

No tuve mucho tiempo para pensar. Tal vez hubiera sido mejor no haber atravesado ese Portal, vistas las consecuencias, pero en ese momento me dejé llevar por el ritmo de la batalla. Uno a uno pude ver como los Heraldos levantaban sus armas y avanzaban hacia lo desconocido. Shayera, Deblin, Philis, Nébula, Elheazar, Darren, Derlan, Fardral, Velatian, Ka Bum, Hamelín, Dorian, Alice… Algunos con gran vigor, llenos de adrenalina, se lanzaban al Portal con emoción. Otros, heridos, simplemente se dejaban arrastrar por la corriente. Y yo… quise volver la vista atrás, cerrar los ojos una última vez por aquellos que aquel día habían dado su vida… pero un mar de piernas me lo impidió. 

Me empujaron, me tiraron… volví a ponerme de pie. Pero ya no estaba en el cráter, rodeado de la arena seca de esas Tierras Devastadas. Ya ni siquiera estaba en Azeroth. Abrí los ojos e inspeccioné el lugar. Ante nosotros cientos de orcos… miles tal vez. Un ejército incontable de orcos cargaban hacia el Portal. Cerré los ojos. Fuertemente.

- ¡Maestre! - oí decir a una voz ronca.

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