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Relato escrito por Ainú. Hilo original aquí.



Sopla suave el viento en las verdes praderas de Mulgore, lo cual hace que la temperatura sea fresca. El silencio es casi total, interrumpido solamente por el ulular de una lechuza o el aullido solitario del lobo gris. En el cielo, Mu’sha ilumina con sus rayos la totalidad de las tierras de los tauren. Es una noche tranquila, en la que el cansado tauren aprovecha para descansar. Bueno, no todos.

En mitad de la campiña se observa desde la distancia una solitaria luz, que contrasta con la penumbra del resto del valle. Es un tauren, uno solo, de aspecto venerable, pelaje cano y grandes cuernos desgastados por sus innumerables batallas y años. Se encuentra machacando hierbas con un cuenco de madera, con golpes rítmicos que aunque ahogados quiebran en parte la calma de la zona. Cuando termina añade las hierbas a un recipiente con agua y lo pone a hervir.

No pensemos que el anciano permanece ocioso mientras prepara la bebida. Tras hurgar en su saco, pronto sitúa a su derecha un tótem de madera, adornado con penachos de plumas y decorado con vistosos colores cálidos; un tótem de esos que el pueblo tauren fabrica desde hace siglos y que son capaces de poner en contacto al chamán con los elementos; de esos que se utilizan como canalizadores de grandes fuerzas elementales. También se ha surtido el anciano de una larga pipa de madera, que ha rellenado con una generosa cantidad de hierbas y que descansa a sus pies. La bebida hierve, burbujea deseando salir del recipiente. Es hora de comenzar el ritual.

Tras colar el brebaje usando una fina tela comienza a tomarlo, sin prisas, disfrutando. Su sabor es amargo, pero como bien sabe, sus propiedades son asombrosas. La llama de la hoguera se mantiene alta cuando el tauren apura su bebida. Mira el tótem. Nada aún. Enciende su pipa con deleite, disfrutando de cada calada, consciente de que pronto comenzará todo. Cuando lleva media pipa, el brebaje comienza a hacer su efecto. Comienza a oírlo.

Un ruido de tambores parece emanar del tótem, imprimiendo a la ceremonia un carácter místico. El ritmo es cada vez más audible, resonando por todo el valle y levantando al vuelo a los murciélagos. Dejándose llevar por el ritmo, el anciano comienza a realizar una danza ritual. El fuego sube aún más, la hoguera está en su plenitud, a lo que se añade el polvo que el chamán añade a la hoguera sin dejar de moverse ni un segundo y que crea una espesa nube de humo de olor acre. Las llamas ahora son de varios colores. El tauren aspira el aroma y murmura unas palabras: “Espíritu del fuego, hazme ver, hazme conocer”. La danza sigue, mezclada con oraciones rituales y más polvo de hierbas, llamaradas, tambor y ritos ancestrales. De pronto, todo se vuelve blanco.

Aún se escucha el ritmo del tambor, pero este es más lento, mas pausado, más calmado. El anciano abre los ojos: no se encuentra ya en Mulgore, está en un lugar indeterminado. Es una montaña grande, poderosa, que contrasta con la desolación que trasmiten las tierras de alrededor. Un gesto de dolor cruza el rostro del anciano. En aquella zona los espíritus lloran, se resquebrajan, torturados. Hinca su rodilla en el suelo para comunicarse con la tierra, cuando de pronto la ve, saliendo de la montaña. Una garra enorme, negra, peluda, con garras afiladas, avanza hacia dos figuras en la distancia y logra atraparlas sin dificultad. El ritmo del tambor aumenta de forma vertiginosa, no augurando nada bueno. El anciano mira la garra de nuevo: no es una garra de carne, es una garra de hierro; observa con horror como las figuras aprisionadas son las de los líderes de la Horda y la Alianza, que pronto son destrozados por zarpa que los aprisionaba. Sus rostros se vuelven blancos, les falla el aire y ellos caen al suelo. La garra se dirige entonces al anciano. Cae un trueno.

El tauren vuelve a recuperar la plena consciencia. La hoguera se encuentra ahora muy baja, casi apagada, y la pipa en el suelo, volcada. Su boca pastosa le hace acudir a su faltriquera, de donde bebe de un odre de agua. Parece en extremo serio, analizando lo que acaba de ver. Duda, angustiado. “¿Qué he de hacer, espíritus? Os lo ruego… ¡Iluminad a este anciano! ¡Dadme una respuesta!” Y movido por la suave brisa que mece las hojas de los árboles, un cartel arrugado y sucio que alguien ha arrancado de su sitio impacta en la pierna del anciano. Este lo coge, lo abre y murmura un simple “Gracias”.

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