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La llama en la noche

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Relato escrito por Pangzu. Hilo original aquí.



Se respiraba un ambiente tranquilo en la noche de luna llena sobre el caparazón de Sen-zin su. Una suave brisa hacía bailotear la creciente hierba y las ramas de los majestuosos árboles de hojas color rubí. Se escuchaba el continuo cantar de los grillos y el agua cristalina de los lagos reflejaban las dos lunas de Azeroth. Incluso el basto océano estaba en calma, puesto que no había el más mínimo oleaje salvo el causado por el aleteo de la inmensa tortuga.

Casi todos, por no decir todos, estaban ya en sus respectivos hogares: los pandaren bajo el acogedor fuego de una estufa de cocina. Los hozen en sus cabañas y los mures en su cuevas y agujeros bajo tierra.

Pero, la tormenta siempre viene precedida de la calma. Y esa tranquilidad se rompió cuando una humareda comenzó a nublar el cielo nocturno y el olor del pasto de las llamas a inundar el ambiente. Una cabaña pandaren se había incendiado en el costado derecho de Sen-zi su.

El chisporroteo de las llamas casi ahogaba el llanto de un pequeño pandaren, oculto en una esquina de su habitación, asustado, paralizado, aterrorizado. Hizo el amago de ir hacia su puerta y abrirla para buscar a sus padres, pero ya empezaba a salir humo por los recovecos de la entrada.

El cachorro tenía un pelaje blanco y negro que caracteriza a los de su especie. Apenas había aprendido a caminar sin ayuda y menos a hablar fluidamente.

Siguió paralizado, encogiéndose aún más, mientras estrujaba una pequeña manta, su manta favorita. Era simple, suave y ligera hecha de lino color grisáceo con un bordado de color rojo cobrizo que le encantaba. Tenía un valor material puesto que le mantenía calentito durante las noches frías, y también un valor sentimental, ya que era un regalo de sus humildes padres.

Algo parecido a una ráfaga de viento pasó por la ventana.

-Psst... ¡Aquí chico...!- una voz de un pandaren de apariencia madura y desconocida salió desde fuera. El chico vio una sombra, no le veía el rostro. No se movió.

Al ver que el cachorro no reaccionaba, de un solo salto entró por la ventana sin hacer el mínimo ruido, usando sus mullidas zarpas.

-Ven conmigo, te llevaré a un lugar seguro- dijo otra vez el desconocido. Ahora el cachorro podía verle el rostro, era un pandaren con las facciones marcadas por la edad, de pelaje grisáceo, pelo medianamente largo con un copete alto y una barba poblada. Le inspiraba seguridad y confianza.

El cachorro dudó otra vez, pero luego se levantó apoyando sus pequeñas zarpas sin perder de vista al pandaren, entonces se acercó a él. El anciano lo cogió en cuello con facilidad y volvió a saltar por la ventana. A pesar de su apariencia, se movía tan ágilmente que podría dejar en ridículo a cualquier otro pandaren de menos edad.

Tras alejarse con unos rápidos pasos hacia la colina cercana, se acercó al árbol que allí estaba y dejó al cachorro en el suelo.

-Ya estás a salvo pequeño- le dedicó una sonrisa afable al pequeño. Este estaba viendo la casa arder.

El cachorro seguía algo asustado, no sabía quién era él. Sus lágrimas seguían cayendo por sus peluditas mejillas. Estaba a salvo, ¿Pero y sus padres? ¡Aún seguían en la casa! Miró al anciano.

-Mamá... Papá... - apenas pudo pronunciarlos, pero su mirada de súplica lo decía todo. El anciano encogió sus facciones en signo de preocupación y volvió a mirar a la casa.

Tras unos segundos, una sombra salió por uno de los lados de la casa y se dirigió rápidamente hasta la colina donde se encontraban. Cuando se acercó se inclinó ante el anciano.

-Maestro...- dijo el nuevo pandaren. Este era algo más joven, de pelaje marrón.

-¿Y bien?- preguntó algo impaciente el viejo.

El pandaren seguía inclinado y negó ladeando la cabeza con pesar. Dando a entender que no había cumplido su cometido.

El maestro apretó los puños. Miró unos segundos a la cabaña en llamas y luego al cachorro, la cara del anciano mostraba lástima claramente. Lo volvió a coger en brazos y los tres bajaron por el otro lado de la colina. Ya podían verse a los pandaren locales traer barriles y cubos de agua para sofocar el incendio. Pero ellos se fueron, sin que nadie se percatara de su presencia...

La ventana de madera roja se abrió de golpe, provocando un ruido atronador.

Pangzhu se despertó. Dando un pequeño respingo y cogiendo aire rápidamente. Tardó un tiempo en calmarse entre el susto del golpe y al pensar en que lo que había visto sólo era una pesadilla... Se limpió el sudor que le había empapado el rostro con un brazo.

Se encontraba en la esterilla de su habitación, desde la cual podía oír cómo a través de la ventana en el exterior las ramas se movían y el viento silbaba. Pangzhu sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y le puso cada pelo de su cuerpo de punta.

Ya se había calmado. Pero aún era de noche, y a juzgar por la posición de la luna mayor aún quedaban unas horas para que amaneciera, y para las lecciones y entrenamiento del maestro Fa necesitaría todas sus fuerzas disponibles. Así que, no sin antes asegurarse de que la ventana estaba bien cerrada, se volvió a tapar y se durmió.

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