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La legión ardiente está ahí fuera

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El viejo mago dio un largo sorbo a su té, mientras observaba fijamente la hoguera de la taberna del Bastión del Honor. En sus ojos, brillaba el fulgor rojizo del fuego que iluminaba siniestramente la sala de la posada. Tan absorto estaba, que ni si quiera prestó atención a las quejas del mago que se quejaba de la ausencia de buzones desde hace quince años y que de súbito, apareciera uno en la puerta de la taberna.

Un par de reclutas verdes como los pastos de Elwynn entraron riendo y gastando bromas, armados con una armadura que dejaba mucho que desear y unas espadas más romas y por afilar que su sentido del humor. El viejo mago volvió la mirada hacia los recién llegados, saliendo de su ensimismamiento y entrecerró los ojos, evaluándolos uno a uno, como si se tratarán de nuevas togas o un heliotropo maligno.

- Ah, vosotros debéis de ser los ventormentinos que acaban de llegar de las granjas de Elwynn. En la vigilia de Nethergarde ya andaban faltos de muchachos como vosotros, ¡carne de cañón, como os llaman aquí! - el mago les sonrió, burlón, y se ajustó con parsimonia su sombrero negro. - Mas, no os preocupéis, muchachos. Cuándo los demonios coman vuestras entrañas y regurgiten vuestros órganos para beber vuestra sangre en una orgía de sangre y fuego vil, os dedicaré un epitafio. Oh, sí, algún ingenuo os dirá que ya no quedan demonios, que son una leyenda del pasado, y que con la caída de Archimonde, no volverán a Azeroth. Já, les digo yo a ellos. Aquí hay demonios y la Legión Ardiente está ahí fuera. Y no atenderá a bromas cuándo os vea.

El viejo ejecutó su sentencia nada más verlos; ya tenía experiencia en juzgar y sojuzgar a la gente, y normalmente, la gente se veía abrumada por sus pletóricas pláticas soporíferas. Y en este caso, así fue. Nada más oír lo que el viejo predecía, los jóvenes negaron, temerosos y pálidos, mas no dijeron nada, si no, fueron a la barra de la taberna para pedir algún refrigerio e intentar ignorar al viejo que despotricaba sobre ellos, sobre el rey y sobre todo.

- Ya ni si quiera nos mandan noticias, mucho menor tropas cualificadas; ni que Terrallende fuera un agradable destino vacacional para entrenar a unos mojigatos que creen que una Luz creó a los animales con poderes. Supersticiosos. Es de locos. Y encima... - el viejo siguió hablando, mientras los recién llegados trataban de ignorarlo. Hasta que el más atrevido de todos, un muchacho rubio, dijo:

- ¡Insolente anciano senil, deberías estar en un asilo para los entes como tú! ¡Estamos cualificados para esta labor...! - el joven replicante se vio silenciado por la voz del viejo, que dijo con un deje sardónico en su voz:

- ¿Cualificados? Niño insolente, cuándo tú cagabas en las faldas de tu madre, yo estaba matando demonios en este maldito planeta dejado de la mano de lo que sea que nos gobierne, si es que realmente el destino es inevitable y ya está todo planeado. ¡Aún recuerdo al maldito... Ner'zhul, Gul'Dan, Lo'gosh, o quién fuera, que abrió los nefastos portales! Aún recuerdo, como hace quince años, una orden de valientes señores de la Alianza cruzó esos... infernales cuadrados de piedra y jamás volvieron.

- ¿Adónde fueron, mago? - preguntó un joven, el más curioso de los tres reclutas, mirando al viejo, atrapado por su red.

- Al olvido, muchacho, al olvido. - y con esta sentencia, el viejo mago empezó a narrar la historia, mientras el fuego ardía en la chimenea, con renovadas fuerzas.

Habló.

- Todo empezó hace más de quince años y menos de cien, cuándo estoy seguro de que ninguno de vosotros tres había nacido. Se había abierto el Portal Oscuro, y por aquel entonces, yo era un hechicero del Kirin Tor al cuál mandaron con los valientes expedicionarios. Entre aquellos hombres y mujeres libres, miembros de una vigilia eterna que protegería VUESTRO mundo, se hallaban los caballeros y damas más valientes, bravos y valerosamente idiotas que he conocido jamás. Se hacían llamar La Espada de los Amaneceres, y ellos estuvieron aquí muchísimo tiempo, hasta la apertura de los portales. - entonó el viejo.

- ¿Qué pasó entonces? - preguntó de nuevo el recluta.

- Decidieron partir a un mundo perdido, y nadie sabe nada de ellos... - el viejo negó, intentando vaciar su mente de los dolorosos recuerdos del pasado.

CAPÍTULO UNO: ¿Guardias?

- ¡Clava esas estacas más fuerte, soldado! ¡Faltan dos horas para la medianoche y enseguida llegarán esos cerdos! - el paladín tenía ya la espada desenvainada, como si sus invisibles enemigos fueran a atacar en breves. Mientras él se dedicaba a tan ilustre tarea, el soldado clavaba unas picas con más fuerza, con los ojos entrecerrados por las constantes órdenes del elegido de la Luz.

- ¡Señor, así están bien! - entonó al terminar con las defensas. Una pequeña empalizada de madera rodeaba el perímetro, y unos escasos guardias patrullaban por las plataformas, vigilando. Sus arcos estaban listos para cuándo los demonios llegaran. De más de mil personas que habían sido en el glorioso pasado, una orden fuerte, estructurada y disciplinada, habían descendido en cuestión de meses. Y lo peor de todo es que el enemigo no daba tregua.

La Espada de los Amaneceres solo podía aguantar a que alguien llegara y los rescatara de ese tormento.


Los cerdos del alto gran general Arthios llegaron y fueron rechazos con prontitud por las defensas de la Espada de los Amaneceres. Huelga decir que esos cerdos eran unos gigantescos y peligrosos manáfagos, unos guardias viles y un par de infernales. Los soldados defensores del mundo destrozado suspiraron aliviados al llegar el amanecer, como si fuera un rayo de luz (y esperanza). Que, hablando en el sentido literal, lo era. El soldado 'Clavaestacas' estaba cavando las tumbas de los caídos, mientras el orgulloso general estaba observando el amanecer con una mano en la frente a modo de visera con uñas sucias y dedos callosos.

- Soldado Clavaestacas, cava más hondo esas tumbas para los caídos. - ordenó con voz retumbante, que en opinión del pobre soldado, era repelente y odiosa a más no poder.
- ¿Pero no era un agujero para quemar los caídos, mi señor? - contestó el soldado, frustrado. Él siempre había querido ser panadero. Pero las promesas de dinero lo habían llevado al ejército de la recién formada Alianza de Lordaeron, y allí el dinero no servía para nada.
- Sí, por eso, cava más hondo y haz un agujero más grande. Que los demonios caigan adentro cuándo lleguen. - volvió a ordenar el general.
- ¿Pero no era un agujero para los caídos, mi señor? - inquirió el soldado corto de miras.
- Sí, pero ha de ser de utilidad dual, soldado. - el general dio un largo resoplido, y antes de la siguiente pregunta, ya se estaba retirando el único frente que debía dar por perdido: el soldado 'Clavaestacas'.

El orgulloso general, goteando y supurando sudor, montó para desgracia del destrozado caballo, en el cuadrúpedo embutido en unos faldones y armaduras oxidadas. Posiblemente fuera el único caballo del improvisado campamento.

El soldado Clavaestacas siguió cavando la tumba-trampa, sudando, cuándo escuchó pasos por fuera de la zanja. Más bien, parecía una estampida de elefantes, o un ejército de enanos cargando contra el campamento de la Espada de los Amaneceres. Con lentitud, se puso en pie, erguido, para ver lo que tenía ante él. Se esperaba una manada de hambrientos y suicidas demonios, elefantes o un gnomo. Mas lo único que vio fue la bota de un enano contra su faz, rompiéndole un par de dientes. Después del botazo, escuchó sonidos de placas, desgarrones de togas, espadas caer y algún grito de dolor. Y no solo eso, si no, si no que gritó, sepultado por la patrulla dirigida por el gran capitán supremo Barbarrata.

- ¡Auch! ¡Señor, me está clavando su pierna en el pecho! - dijo el pobre soldado, intentando zafarse del peso del enano y sus subordinados.
- ¿¡SEÑOR!? ¿Es esa una forma de dirigirte a un gran capitán supremo, soldado? ¡Si no estuviéramos en un planeta perdido de la mano de la Luz, ya te habría mandado a... adónde sea que vengas, soldado! - gritó el enano, poniéndose en pie encima de su tórax y ordenando con una voz de enano a su patrulla que saliera del foso.
El resultado fue un caos terrible: bastantes soldados intentaron escalar espaldas mediante; otros intentaban dar saltos, o intentaban volver a saltar en el aire; algunos intentaban usar sus armas para perforar los muros de tierra; y alguno muy avispado intentaba cavar hacia arriba con el escudo, como si se tratara de una coas.

Cuándo la patrulla logró salir, manchada de tierra, se dirigió hacia el general que seguía supervisando el campamento.

- ¡Mi señ...! - empezó el enano, al hablarle al general.
- ¡¿SEÑOR?! ¡Soy el alto gran general Arthios, gran capitán supremo Barbarrata! ¡No lo olvides!
- ¡Sí, mi... alto gran general Arthios! - el enano saludó con respeto al general y este le devolvió el saludo.
- ¿Qué informes me traes?
- Pues... fuimos a la guarida de los demonios y no habían muchos. Usando la estrategia enana de ataca primero y pre...
- ¿¡Me ves cara de enano, gran capitán supremo Barbarrata!? - gritó el general, enfadado.
- ¡No, señor!
- ¡Pues no usaremos vuestras tácticas beodas! - el general dio una palmada al cuello del caballo. Demasiado fuerte, puesto que el caballo cayó al suelo, muerto (de sed, calor y hambre. También podía estar muerto, directamente) - ¡Sacadme de aquí, soldadoooos!

El capitán Barbarrata empezó a intentar sacar al general del caballo, mientras los demás soldados se esforzaban en no hacer nada o reírse. Ante la mirada del general, los soldados fueron a ayudarlo.

Y aquello fue la gota que colmó el vaso. Puesto que esa misma noche...

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