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La forja y el lamento

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Amaneció un días más en la gran ciudad humana de Ventormenta, los primeros rayos de sol del alba iluminaba las calles y el ajetreo del gentío poco a poco volvía a dar vida a la ciudad después de una dulce y apacible noche a la luz de las lunas.

Como todos los días la luz del Sol entraba por las ventanas del orfanato dejando en las habitaciones un haz de luz que despertaba a aquellos huérfanos con un sueño lo suficiente poco profundo para ser despertados por la suave caricia de la mañana. Por suerte para Alnih él no era de esos, y tampoco se despertaría si así lo fuese, ya que solía dormir tapado con la manta hasta la cabeza dejando un hueco para respirar bajo la manta. Pero poco le duraría ese descanso a Alnih y a los demás dormilones, pues las matronas ya estaban haciendo la ronda despertando a los que quedaban, iban puerta por puerta dándole un suave golpe a estas y soltando la monótona frase de “Despertad niños, a desayunar”.

Alnih se deshizo de la manta y se froto los ojos soltando después un bostezo mientras estiraba los brazos perezosamente, se puso la ropa y bajó con el resto de huérfanos a desayunar. Hoy para desayunar tenían galletas que les había preparado el chef Robby Flay, leche de las vacas de Elwynn y una pieza de fruta fresca, Alnih eligió una manzana, las manzanas rojas Elwynn eran una delicia que sí o sí había que comer. Tras coger su comida se fue a sentarse y por quinta vez en esa semana quitó la bolsa de pedorretas que Jack insistía en ponerle para dejarlo en ridículo. El desayuno continuo con las pesadas bromas de Jack, insistiéndole en lograr meterle una bola de pan en el vaso. Tras desayunar, Alnih se lavó los dientes y fue a dar una vuelta por la ciudad.

Hoy sabía perfectamente donde ir, salió de la Plaza de la Catedral en dirección al Barrio de los Enanos dando un pequeño rodeo por los canales. El Barrio de los Enanos jamás le termino de gustar a Alnih, la numerosas forjas y maquinas hacían de ese lugar un verdadero concierto sin ritmo y que taladraba la cabeza, además, tantas hogueras encendidas a la vez hacia que el aire de la zona fuese incomodo de respirar. Aun con esas, Alnih jamás dejaría de ir a visitar a uno de sus amigos que trabajaba allí. Llegó hasta una pequeña plaza donde se concentraban la mayoría de forjas y allí reparando una nueva arma se encontraba el amigo de Alnih. Se trataba de Furen Barbalarga, un enano de complexión fuerte, de pelo rojizo con una gran barba trenzada cayéndole del mentón y con el pelo rapado solo dejando una pequeña coleta en la parte de la nuca.

Alnih sonriendo se acercó donde se encontraba Furen, este al verlo dejo la espada en la forja, el martillo sobre el yunque y se dirigió hacia Alnih con una amplia sonrisa mostrando sus amarillentos dientes debido a su costumbre de fumar en pipa. Furen soltó una escandalosa carcajada y cuando tuvo a Alnih al alcance le dio un manotazo en el hombro que era como siempre saludaba al zagal. Pese a las veces que recibía el golpe en el mismo hombro, Alnih no terminaba de acostumbrarse, las fuertes y endurecidas palmas de las manos del enano hacían que el manotazo le durmiera por completo el brazo a la vez que evitaba poner gesto de dolor, ya que se llevaba otra por quejarse.

-Cuanto tiempo zagal, hacía tiempo que no te pasabas por aquí. Vaya como creces ya casi tendré que doblar el cuello para mirarte a la cara- Alnih sonrío mientras se frotaba el hombro, a la vez que Furen soltaba otra de sus carcajadas.

-Me alegra que hayas llegado zagal ¡Tengo para ti un trabajito! Y no, esta vez no es ir a por cerveza- Alnih recordó ese hecho como si fuese ayer, tuvo que cargar con un barril entero hasta la posada y luego traerlo de vuelta con cuidado que no se le fuera rodando por las calles, pese a que ponía todo su empeño se le escapo una vez colisionando con la maquinaria de un gnomo el cual se puso hecho una furia con Alnih, tal cabreo cogió que este no pudo evitar ayudarle a reparar la maquina terminando de aceite hasta las orejas.

-¡Te voy a enseñar a reparar una espada!- Alnih sabía que eso de “enseñar” era su forma de decir “termina de reparar la espada mientras me tomo una cerveza y fumo en pipa”, como hacia siempre que tenía tanto trabajo que no le dejaba darse un descanso. A Alnih en realidad no le importaba, los chistes y bromas de aquel enano le divertían y de paso aprendía sobre como reparar armas y eso hacía que el rato de trabajo se le hiciera entretenido, hasta cierto punto, claro está, él no trabajaba de herrero y tantos martillazos terminaban por agotarlo.

-Bien zagal, ya sabes cómo hacerlo ¡Animo!- Tras decir eso Furen se sentó en una caja y llenó una jarra con cerveza de su barril, dejando solo de beber para darle una calda a su vieja pipa de madera con una cara de jabalí grabada. Pasó más de media hora hasta que el enano termino su descanso y dejó descansar a Alnih, este terminó con las manos enrojecidas y con hollín en algunas partes del cuerpo por culpa de la forja. Alnih dio gracias a la Luz que próximo al lugar había una fuente y al llegar metió la cabeza por completo dentro de ella y dio un par de largos tragos de agua, se sentó apoyado en la fuente y descansó un par de minutos observando a la gente que pasaba, tras volver a sentir los brazos y las piernas estar descansadas, retomó el camino de vuelta al orfanato.

Por fin había llegado a la Plaza de la Catedral, tenía ganas de comer y llenarse el estómago, en su mente dejaba correr el pensamiento de que ojalá hoy hubiera lentejas. Al llegar a la plaza a Alnih le extraño que no hubiera ninguno de los huérfanos fuera ¿Acaso había llegado tarde a la comida? Alnih acelero el paso en dirección a la entrada del orfanato y se encontró con la puerta cerrada ¿Qué es lo que estaba pasando para que estuviera cerrada? Se acercó a la puerta y la empujó comprobando que no estaba cerrada. Alnih entró y cerró la puerta a su paso, le extrañó que todo estuviera en silencio ¿Acaso se fueron a comer a otro lugar? No, no podía haberse ido todo el mundo. Alnih decidió ir al comedor y abrió la puerta de la sala comprobando que las ventanas estaban cerradas, algo nada normal, solo las cerraban por la noche. Alnih decidió entrar un poco más en la sala con las pulsaciones a mil por hora, de pronto, todas las ventanas se abrieron a la vez acompañadas de un ¡Felicidades! Gritado por todos los huérfanos y las matronas.

Alnih se dio un gran susto por la inesperada sorpresa y cuando se recuperó del susto cayo en la cuenta ¿Felicidades, de que le estaban felicitando? Miró a toda la sala, estaba decorada con banderillas, las mesas estaban llenas de pasteles de todos los sabores, incluso de chocolate, el único saber que detestaba, y también se dio cuenta una gran tarta que coronaba el centro de la mesa del medio. Cuando la multitud empezó a apartarse pudo ver que al final de la sala había una pancarta en la que a duras penas pudo leer la típica frase de “Feliz cumpleaños” que ya había visto más de una vez.

Alnih se quedó pálido al leer aquello, no se lo podía creer, sabía que eran los cumpleaños, había estado en muchos cumpleaños durante su estancia en el orfanato, pero… ¿Qué se suponía que estaban celebrando ellos? Alnih había perdido la memoria, no sabía cuándo había nacido y ni siquiera sabía si de verdad tenia quince años. Entonces Alnih cayó en la cuenta, ya había pasado un año desde que entro en el orfanato. No se lo terminaba de creer ¿Enserio estaban celebrando la llegada al orfanato como si fuera su cumpleaños? No lo llegaba a comprender ¿Cómo podían celebrar algo tan triste?

Alnih retrocedió un par de pasos, el resto de los huérfanos ya habían tomado sitio y se estaban empachando a pasteles y galletas, las matronas miraron a Alnih con ceño fruncido y este con los ojos vidriosos salió de la sala echando a correr, las matronas se miraron mutuamente con mirada triste y los demás huérfanos ni se dieron cuenta de su ausencia, más concentrados en que no les quitaran las galletas o los pasteles.

Alnih salió del orfanato y se escondió en el único sitio donde nadie le podía encontrar, en el apartado callejón del Distrito de Mercaderes, donde allí podía llorar sin que nadie se riera de él o pudiera molestarle en ese momento. Aun no se creía lo que había sucedido, sin duda, Alnih recordaría este día como de los peores de su vida, pues sentía un dolor terrible en el corazón.

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