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La floración

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La humedad inundaba cada parte de su cuerpo, se podía notar en el aire a cada respiración y se veía caer de las hojas de aquellos arboles similares a plateados sauces llorones. Ella lo sentía con cada chapoteo de cada paso que daba por aquella marismas, sus pies estaban totalmente empapados y se maldecía mentalmente por llevar una armadura que ni siquiera tuviera un mínimo de impermeabilidad, ya que el agua se colaba entre las escamas de hierro de aquella armadura, la cual, además, le restaba bastante movilidad. “Usa algo más resistente, seguro que no dejarás de enfrentarte a orcos con pesadas armaduras y hachas de hierro.” Pensó la elfa, recordando lo que se dijo al escoger su nuevo atuendo. Suspiró y se adentró en el vergel, dejando atrás la marisma.

Pudo notar el cambio al ir caminando más y más lejos en la vegetación, cuyos colores cambiaban de los argénteos tonos turquesas propios de todo el Valle Sombraluna a uno más vivo, como el de una frondosa selva verde. Dannasta contemplaba embelesada la belleza del frondoso lugar, mirando de un lado a otro las flores de múltiples colores, los brillos y toda la gama de potentes olores, haciendo que su atención se perdiese en los pasos que daba, tanto que casi se da de bruces con uno de los botanis que patrullaba el lugar. Por suerte se escabullo rápidamente hacia un árbol hueco cercano justo a tiempo para no ser descubierta. Se acurruco contra la madera del árbol, observando al humanoide vegetal que paseaba por el camino por donde andaba la kaldorei no hacía mucho, pudo fijarse que éste estaba compuesto por un musgo que destacaba al no tener altura como el resto de plantas y componía así un pavimento natural.

Suspiro aliviada al ver cómo el enemigo se alejaba, pero se giró al notar una presencia a su lado. Uno de estos seres la observaba con la misma cara de sorpresa que la exploradora tenía dibujada en la cara, por suerte sus reflejos y entrenamiento no la fallaron, sus hábiles dedos lanzaron una pequeña guja de mano al rostro del protector del bosque justo antes de que se abalanzara a gritos sobre ella y alertara a los demás.

Levantó la vista mientras desencajaba la hoja de la inerte cabeza de metal y abrió la boca en un mudo gesto de sorpresa al darse cuenta de el lugar donde se había ocultado no era un simple árbol hueco, sino una casa, de los botanis seguramente, todo el interior de la floración estaba repleto de estas casa árbol que ocupaban la base del tronco de un árbol de tamaño considerable, iluminadas extrañamente desde su techo y con una decoración casi inexistente.

Salió de esa casa y siguió su camino para adentrarse más en el terreno, ésta vez caminando entre la maleza paralela al camino, no quería volver a cometer el error de ser descubierta y así mientras observar la naturaleza de los habitantes, los cuales patrullaban de un lado a otro, cuidando y manteniendo de toda la vida vegetal. Observándoles, no parecían distar de su raza, pensó la elfa. Compartían el amor por la flora y las cosas que crecen, eran altos y esbeltos aunque de corteza, una lastima que todos parecían ser hostiles.

El calor pronto se unió a la humedad a medida que la centinela avanzaba, haciendo el ambiente mucho más sofocante, debilitando sus pasos, haciendo que su armadura pesara más. Pronto llegó al centro de la floración y descubrió que parecía que la floresta propia tenía una luz que lo inundaba todo desde dentro y bajo estas luces en una laguna central donde varios de los botanis estaban intentando hacer crecer o revivir lo que parecía ser un gran centauro, con características naturales y unos grandes colmillos o cuernos que crecían hacia bajo desde su mandíbula, curvándose estos hacia adentro.

Mientras tomaba nota mental de lo que creía ser un peligro inminente, una patrulla se acercaba más de lo normal, por lo que ella tuvo que ocultarse aún más entre los arbustos, llegando así sin querer a una pequeña cuenca elevada que aportaba agua a las lagunas inferiores a través de las cascadas. Pequeñas florecillas correteaban de un lado a otro, dotadas de vida y la joven elfa abochornada dio unos pasos para adentrarse en el agua y refrescarse en ella, cuando de repente su pie se hundió en algo blando y escucho como si hubiese aplastado una pieza de una sandia con ella, entonces, miró abajo y su rostro no pudo reflejar más que el horror.

Su pie, había perforado el abdomen del cadaver hinchado de un draenei hundido en el agua y ni siquiera el potente olor de las flores podía enmascarar el de la putrefacción que salía de él, siguió el suelo con la mirada solo para horrorizarse más y más. Hundido sobre el pequeño nivel de agua de la laguna había incontables cadáveres, sobretodo de draeneis, mujeres, hombres y niños casi todos desprovistos de ropa alguna y amontonados en el suelo en descomposición por donde las pequeñas florecillas correteaban plácidamente.

Dannasta se apartó mientras llevaba las manos a su boca para contener el vómito de aquel atroz espectáculo que contrastaba con la belleza del lugar. Cayó sentada contra el tronco de un árbol cercano, notando el sabor ácido de la bilis en su garganta, sin apartar la vista de los cuerpos que sin ninguna duda solo servían de abono y alimento para las jóvenes plantas, incluídos algunos cadaveres de miembros de la Alianza, vio humanos, enanos e incluso a quien había venido a buscar, Lumyra, la centinela que se había separado del grupo y cuyo ojo apagado miraba ahora a Dannasta, de la otra cuenca sin embargo brotaba ahora una flor, igual que de los oficios de su nariz, su boca y sus orejas, la elfa sin vida ahora, pertenecía a la floración.

La kaldorei se sintió desfallecer ante un horror al que no estaba acostumbrada, peor que el de la plaga, pues veía como una naturaleza salvaje a la que en su mundo natal vivía para proteger aquí solo cometía atrocidades. Junto a esto se sumó la pérdida de su subordinada a quien no consiguió salvar, el gran bochorno y los olores que iban penetrando en su cabeza, adormilándola en un sueño que solo estaría poblado de pesadillas, aunque intentaba mantener sus ojos abiertos, pronto las duermeflores hicieron su trabajo. Lo último que vieron los ojos de Dannasta antes de cerrarse era como las florecillas que antes se alimentaban de la descomposición, ahora la rodeaban y comenzaban a trepar por sus piernas.

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