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La encomienda

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Eldre'thalas

La encomienda

En silencio, el Altonato recorría unos vetustos y largos pasillos, tratando de hacer el menor ruido con su presuroso caminar. Caminaba inmerso en sus pensamientos, sin percatarse siquiera de que las luces que iluminaban los blandones colgados de las paredes de piedra desprendían un oneroso fulgor purpúreo. Con la cabeza altiva y la mirada soberbia, daba cada paso con la intención de llegar al final del pasillo, y una vez lo hizo, envuelto en la penumbra de la escasa luz, abrió con delicadeza la puerta sin llamar si quiera. Sus ojos sí se fijaron en la discreta y pequeña habitación que tenía ante sí: vio las largas estanterías recargadas de viejos grimonios, libros de hechicería, vadémecumes, y tratados de toda índole; vio también tres ventanas de cristal pulido, que dejaban entrever la vergonzosa visión de una Eldre'Thalas reducida a bochornosas ruinas, sin esplendor alguno, envuelta en hierbas, hojarrasca, musgo y raíces que trepaban a través de los muros que antaño fueran tan resplandecientes cómo el mármol; y pudo observar cómo, frente a una de los miradores centrales, a una figura envuelta en togas tan negras cómo la oscuridad de la sala se resarcía en contemplar la desgraciada belleza de la urbe caída en la ingratitud de la Diosa o de la misma fortuna. Sin soltar palabra alguna, el Altonato, envuelto en unas sendas placas blancas se acercó a la figura y aclaró su garganta, sin dejar de observar al punto dónde deberían estar los ojos de la mujer, que sin embargo estaban cubiertos por un velo negro cómo la noche.

—El Príncipe Tortheldrin ha muerto. —se limitó a decir, sin más preámbulos, salutaciones o vacuas cortesías. Mantuvo el porte firme, aún siendo consciente de que estaba ante la persona más poderosa de los sagrados muros de Eldre'Thalas en aquellos instantes. —El Archimago Estulan, cargado de poder y avaricia, ha mandado a unos asesinos autoproclamados cómo héroes a que acaben con el Señor de los Shen'dralar y con el martirizado demonio Inmol'thar.

—En ese caso, ya no disponemos de la principal fuente de inmortalidad que la Magia del demonio nos ofrecía. — murmuró la voz de la figura femenina, que era quebrada, suave, y baja. Casi atemorizaba oírla, cómo si unas palabras negativas suyas fueran una sentencia de vida o de muerte.

—Mas nos hemos librado de siglos de horror entre los nuestros. —contestó el Altonato, inmerso en la contemplación del habitáculo. Su mirada se perdió a través de las estanterías que jalonaban los muros y terminó por posarse en los ventanales traslúcidos.

—Los nuestros me son indiferentes mientras no sirvan a mis propósitos, por si no os habíais percatado, Thalendris. —respondió la figura, girándose y demostrando un poderoso fulgor púrpura allá dónde debían estar sus cuencas oculares, ligeramente apagado por la suave tela del oscuro velo.

—No somos tantos Altonatos cómo para malgastar a nuestros hermanos. Y más ahora que algunos, encabezados por el archimago Mordent Sombrapar, han marchado al norte, ofreciendo sus valiosos conocimientos a los taciturnos kaldorei.

—Tengo una misión para ti. —susurró la mujer, ignorando las palabras de Thalendris.

—¿Misión? —inquirió Thalendris, enarcó una de sus largas cejas, inquieto por la extraña petición de la mujer.

—Estulan podría volverse tan loco cómo Tortheldrin si cae en las garras de la paranoia y la conspiración, y es fácil ser seducido por las promesas de poder de la Casa de Shen'dralar. Al fin y al cabo, eran ellos los que en secreto gobernaban Eldre'Thalas mediante la mano del Príncipe. —la mujer alzó las manos para retirarse el velo negro, dejando caer sobre su espalda una melena de tonalidades púrpuras. —Nosotros hemos nacido en el seno de la Magia, y llevamos incontables milenios guardando todos los conocimientos que se nos han otorgado. No podemos dejar que nos gobierne otro lunático enardecido con el vil de un demonio.

—Soy consciente de vuestras antiguas rencillas con el Archimago Estulan. Si lo que estáis sugiriendo que es que sesgue su vida, no lo pienso hacer, ni aún me ofrecieráis en bandeja el trono de Eldre'Thalas. —contestó Thalendris, manteniéndose en una pose estoica y abiertamente sincera.

—Hmpf... —una mirada cargada de ira se posó a Thalendris durante unos segundos.

—Matar a Estulan es un asunto demasiado arriesgado, y más en esta delicada situación, en la que la política y la intriga dan mejores frutos que el uso vacuo de la espada. —apuntó Thalendris, mientras se ajustaba los guanteletes de placas a los dedos. —Dejad que pase un tiempo. No podemos comprobar todavía su locura; no podemos condenar a nuestra estirpe a una guerra fratricida por el gobierno de un reino roto otra vez. Si váis a tomar medidas contra Estulan, Tradicionalista Anarash, no toméis en cuenta ni a mi lanza ni a mi escudo; no esta vez.

—Haced lo que os parezca, Thalendris Shal'dieb. Si necesitáis una tarea con la que mantener esa mente vuestra entretenida, os recomiendo que busquéis un nuevo lugar en el que exiliar a nuestra estirpe en caso de que la demencia y la necedad se apoderen de nuestro archimago. —la Tradicionalista Anarash levantó la fulgurante mirada unos instantes, y a Thalendris incluso le pareció ver que sonreía tras el velo negro que ocultaba sus ignotas facciones.

—Quizás me dedique a vuestra tarea; pero hacedme caso por una vez: no tratéis de alcanzar la corona de Eldre'Thalas todavía. Dejad que el archimago Estulan equilibre la situación que vivimos aquí; que malgaste sus energías en expulsar a los Gordok y a los demonios de los Barrios de la Ciudad y cuándo lo haga, tened por seguro que su energía estará tan agotada cómo lo estuvo la vuestra en su día, y vuestro nuevo reino, vacío de otros poderes que arriesguen vuestra delicada condición de monarca, Tradicionalista Anarash.

—¿A qué os referís? —preguntó la Tradicionalista, molesta por la osadía de Thalendris.

—Conozco el motivo de vuestra comprensible reticencia enseñar el rostro, Tradicionalista. —respondió Thalendris, tan impasible cómo siempre, a pesar de que conocía el riesgo si daba un paso en falso.

—Es el precio que pagamos algunos por nuestros dones, Thalendris. Por nuestro poder, por la gloria de nuestra estirpe. —la Tradicionalista avanzó unos metros, hasta situarse ante él, con un sonoro taconeo que acompañaba a su sereno caminar. En silencio, se posicionó frente al guardia real y alzó la cabeza para mirarle a los ojos. —¿Os agradaría ver mi cara?

—Tengo cierta curiosidad, pero no ansias vivas de contemplarlo. Se dice que vuestra belleza es tal que eclipsáis a la luna y a los astros por entero, que vuelve locos a los hombres y a las mujeres, los cuáles tan solo quieren serviros y adularos cómo a una reina. —Thalendris se movió unos metros hacia atrás, inquieto por la proximidad con la Tradicionalista. No albergaba el menor interés en vislumbrar el rostro de aquella mujer, pues era algo increíblemente peligroso, viendo a la legión de lacayos que la servían con profusión, cómo si fuera la misma reina Azshara

Afuera, las luces de un ocaso marchito destilaban ya el llegar de la luna llena, que enseguida se alzaría en los cielos de Eldre'Thalas para iluminar las grandes distancias del nemoroso bosque que rodeaba los muros de la sagrada ciudad de los Arcanistas de la Reina Azshara. Cuándo el sol dejó escapar un último rayo cargado de ira, el mundo se sumió en la penumbra y en la oscuridad, Thalendris decidió descender su arcadia mirada hasta encontrarse con el rostro de la soberbia y caprichosa Tradicionalista Anarash.

—¿A quién servís, Thalendris? —preguntó ella, susurrante y sibilina, esbozando una gran sonrisa, seductora y atrevida, cargada de promesas y de susurros, que no hacía si no ensalzar sus facciones más todavía por encima del límite de lo corriente, si era posible hacerlo más.

Thalendris, tratando de resistirse al encantamiento de la mujer, flexionó los dedos enguantados lentamente, y crujió su cuello, sin dejar de recorrer con la mirada las angulosas proporciones de su faz. La Tradicionalista Anarash siguió contemplando el rostro de Thalendris, el cuál empezó a perderse de forma descarada en la hermosura celestial que poseían las facciones de la mujer. Su belleza era obnubilante, abotargaba los sentidos, procastinaba el pensamiento e incluso lograba hacer que sintiera un atisbo de lascivia impura en lo más hondo de sí. Embobado por primera vez en su milenaria existencia, Thalendris estuvo a punto de contestar algo que le habría condenado el resto de la misma, mas se sobrepuso, realizando un pavoroso esfuerzo sobrehumano para que ella no notara que tanto le había costaba contestar lo siguiente

—A nadie. He visto vuestro verdadero rostro, Anarash. No sirvo ya a nadie, tan solo a mis propósitos. —su voz no tembló. Su voz no se quebró. Su mirada llegó hasta sus ojos y se detuvo.

—Así lo habéis querido, Thalendris. Obrad un paso en falso y toda vuestra vida, experiencia e historia caerán y se despedazarán junto con vos en el foso de la ignominia. —la antaño hermosísima Tradicionalista volvió a cubrirse el rostro con el velo negro, bruscamente, al percatarse de que el antiguo Lanza del Príncipe había visto lo que los demás hombres y mujeres que habían abnegado su vida a colmar de glorias a la Tradicionalistaa, no habían contemplado con pavor jamás: el rostro de un macilento fantasma.

El Altonato dio media vuelta, marchándose, a la par que la mujer le daba la espalda de forma poco elegante, evidentemente molesta por la osadía del varón, el cuál esbozó una gran sonrisa cargada de orgullo, soberbia bien justificadas. El guardián del Príncipe había logrado ver algo que ni el mismísimo Tortheldrin contemplara en sus días de mayor culmen y cénit; algo lo cuál condenó a miles de Altonatos a un dedicado servicio a una mentira durante milenios. Por fin, liberado de las cadenas del honor envueltas en un solemne juramento hecho tiempo atrás a un monarca demente cargado de conocimiento y Magia; desencadenado del yugo de una mujer lo bastante poderosa cómo para ocultar su verdadero rostro, fruto de un castigo divino, Thalendris Shal'dieb cargó su mirada de orgullo, apretando el puño, consciente de que, por fin, tras más de ocho mil años de lealtad, y servicio, era completamente libre.

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