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La batalla del Portal

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Inciso: este relato no pretende ser lore oficial ni nada por el estilo, se limita a ser la visión de la batalla correspondiente al Cónclave Arcano y explica el paso -y el no paso- de diversos personajes, todo lo que les sucede a los personajes ha sido aceptado por sus respectivos dueños.

Autor: Ailil-LosErrantes

La batalla del PortalEditar

El toque de diana fue una hora antes del alba. La multitud de soldados, guerreros y auxiliares se había aprestado tan pronto como su somnolencia y los gritos de sus oficiales les habían permitido. El desayuno fue frugal, ligero en cantidad pero muy energético. En las batallas se podía saber cuando se empezaba, pero nunca cuando se terminaba de combatir. Hacía frío. El oleaje, rítmico, mecía el ánimo a muchos de los hombres y mujeres que formaban en filas compactas, inquietas. Miembros de todas las razas y de todas las condiciones sociales se habían reunido allí, listas para marchar a una batalla de final tan incierto como importante para el devenir de todo Azeroth. Los orcos de la Marcha de Hierro se habían mostrado feroces y temibles, con un espíritu de lucha difícil, a veces incluso casi imposible, de quebrantar a lo largo de toda la campaña. Cualquiera que tuviera dos dedos de frente mostraría respeto, sino temor, contra tal enemigo.

Aún no había nacido el sol de aquél día, hacía frío y la humedad marina les calaba hasta los huesos. La marcha hacia el campo de batalla ya había empezado. Columnas de hombres de armas avanzaban en un silencio agorero, muchos de ellos cabizbajos, los únicos sonidos que se oían era el paso rítmico y pesado de las botas contra el suelo y los tintineos de cientos de armas y armaduras. Ya no había rastro alguno de sueño. En muchos rostros se adivinaba miedo, también se adivinaban nervios e inquietud. Aquella batalla recordaba a muchos a otra que sus padres les habían contado, una batalla ocurrida muchos años atrás, durante la segunda guerra cuando los grandes héroes de la alianza, aquellos cuyas estatuas flanqueban la entrada principal de Ventormenta, cruzaron el portal en una misión suicida para salvar Azeroth al frente de numerosas tropas. Ninguno de ellos quería ser un héroe, no quería estatua ni aparecer en tratados de historia; la mayoría sólo querían volver a sus hogares, a los brazos de sus seres queridos, era un deseo simple, sencillo. Sabían que muchos nunca podrían hacerlo.

Ya despuntaba el sol cuando llegaron al terreno que se había elegido como campo de batalla. Se trataba de un amplio trozo de tierra seca, yerma y llana, regado con algunas colinas áridas y resecas no muy lejos del cráter del portal. Las tropas se dispusieron en varias líneas. El flanco derecho, considerado desde antiguo como el lugar de honor en la batalla, estaba ocupado por experimentadas tropas de élite; el centro, habitualmente encargado de aguantar lo peor del ataque enemigo, estaba compuesto por las tropas regulares conjuntas de las distintas naciones de la alianza y curtidas ya en diversas campañas; el tradicionalmente despreciado flanco izquierdo estaba cubierto por las tropas auxiliares, las levas y las órdenes que habían acudido a la llamada a las armas. No muy lejos, unas decenas de metros más atrás, sobre un pequeño talud, se habían dispuesto varios cañones descargados de los barcos. Las únicas máquinas de guerra con las que contaban para enfrentarse a la poderosa maquinaria de la Marcha de Hierro.


Los orcos, por su parte, formaban una masa aparentemente homogénea en los límites del cráter. Entre sus filas había ogros, sobresaliendo, y un poco más atrás las amenazadoras siluetas oscuras de los gigantescos cañones. La tropa desconocía que, al otro lado del cráter, las fuerzas de la Horda de Vol'jin se disponían para enfrentarse también a una formación parecida, en número y armamento, de invasores.


Ailil, acompañada de los suyos y algunos desconocidos formaban en el flanco izquierdo, no muy lejos de donde se habían dispuesto los miembros de los Heraldos de Gilneas y de la Orden Eterna, junto con otras órdenes. Estaba nerviosa, muy nerviosa, pero no permitía que esos nervios afloraran en sus gestos o sus expresiones. Habían sido muchos años de educación, durante su niñez, en los que se esforzaron para que aprendiera a no mostrar sus sensaciones, unas enseñanzas enfocadas a situaciones sociales, no de combate. Agradecía ese adiestramiento, no quería trasladar sus miedos o preocupaciones a los que la rodeaban, la mayoría confiaban en ella e incluso la tenían como ejemplo a seguir. No podía permitirse dudar, ni fracasar. Tal y como le había dicho a Wood días atrás: “la fuerza del líder es la fuerza del grupo”.


Con paso lento, casi torpe, la tropa terminaba de situarse en las posiciones asignadas. Vanagandr Arvad, Eltheras Templafuegos, Zasgar y un draenei con ropas semejantes a las de los chamanes orcos, de nombre Eruul, estaban en primera linea cubriendo esa parte de la línea de escudos. Eltheras, al igual que Ailil, no dejaba traslucir ningún sentimiento, se mantenía firme, aparentemente tranquilo y relajado, su visión calmaba a la maga. Los dos huargen se removían, pero no parecían tener miedo, sino más bien pareciera que ansiaran el inicio de la violencia. La maestre sólo se atrevía a esperar que supieran controlar la parte animal de su maldición y no rompieran las líneas llevados por la sed de la sangre. El draenei había hincado una rodilla al suelo y tenía los ojos cerrados, moviendo los labios sin pronunciar palabra alguna, en una muda oración. Otro draenei se incorporó a la segunda línea, detrás de Eltheras y Zasgar, Sheimey había acudido a la llamada, cargando su pesado mazo cristalino. Llegó con su eterna sonrisa y bromeando. Consiguió arrancar algunas risas y relajar el ambiente.


Detrás de ellos se habían dispuesto Teryan, con su fiel tortuga, Wügüi, dormitando; Dornaa, quien actuaba de una forma semejante al Draenei de primera linea y la sacerdotisa de la Luna, Maradae. En la tercera y última linea se habían situado la propia Ailil, Alistarius Goodwill, Gragorius Von Schmitz y Nathiel Chispeje. El sol seguía escalando, la temperatura aumentaba y provocaba la evaporación del agua que se había condensado durante la noche. El calor, poco a poco, empezaba a apretar y a hacerse menos soportable. Por delante de la línea de escudos, un enano montado en una cabra de guerra farfullaba a voz en grito lo que debía de ser algún tipo de arenga pero de la que sólo eran comprensibles palabras sueltas, incapaces de alterar el estado de ánimo de la tropa, ni para bien ni para mal. Cuando el enano calló los líderes de las órdenes y grupos que formaban el flanco izquierdo hablaron a sus hombres. Ailil no fue una excepción:

- Llevamos semanas en el frente – empezó, con su habitual voz firme, cristalina, sin vacilar.

- Hemos aportado nuestras habilidades y nuestros conocimientos. Hoy nos piden que derramemos sangre, ¡sangre orca!. ¡No mostréis piedad! -moduló la voz para conseguir un mayor efecto con la siguiente frase

- Ellos no la mostrarán. Recordad lo que han hecho a Nethergarde, imaginad lo que harán con el resto de ciudades y poblaciones de Azeroth. -alzó la voz- ¿Vamos a permitirlo?

- ¡No! - respondieron al unísono los que estaban a su alrededor.

- ¿Vais a luchar hasta el final? - Ailil mantuvo la voz en alto, entonando para que no sonara excesivamente aguda. Una voz demasiado aguda restaría efecto.

- ¡Hasta el final! - corearon.

- ¿Vais a vencer? - La maestre insistió.

- ¡Sí! - todos juntos, una vez más.

- ¡Por la victoria! - Cantó la maga.

- ¡Por la victoria! - rugieron con furia.

Una brisa cálida y espesa les azotó el rostro. Al punto, sonaron los cuernos de los orcos. Profundos, con un sonido gutural y ominoso. Las líneas invasoras empezaron a moverse, con paso lento al principio. Luego, progresivamente, irían acelerando hasta correr con intención de cargar y romper el muro de escudos que les hacía frente. Los soldados de la alianza aferraron sus protecciones y afianzaron los pies en el suelo. Alguno murmuraba una plegaria a la Luz. Por debajo de sus armaduras de metal el calor se dejaba notar y el sudor de sus cuerpos empapaba la ropa.


Cuando los invasores ya habían cubierto la mitad de la distancia de carga empezó el intercambio de proyectiles de artillería. Los poderosos cañones de los orcos tenían suficiente alcance como para caer en el mismo centro de las líneas de la Alianza, si bien pocos proyectiles fueron lanzados con tal precisión. Los cañones de los hombres, con un alcance mucho menor, centraron su ataque en la horda de orcos vociferantes que se arrojaban en un avance brutal. Los disparos de los cañones abrieron algunas brechas en el frente orco, pero pronto eran cerradas y no parecían arredrarse por aquellas muertes, pisoteando a sus propios caídos sin importar si estos estaban aún vivos o no.


A la orden de los mandos del ala izquierda, quienes repetían las directrices del alto mando, los conjuradores concentraron sus hechizos contra los abultados proyectiles de hierro del enemigo consiguiendo hacer estallar varios de ellos en plena parábola. Los fragmentos de estos, llevados por las inercias que la fuerza con la que habían sido propulsados y las explosiones de los hechizos, cayeron sobre propios y extraños causando un número indeterminado de heridos. Otras de las esferas de metal cayeron cerca causando temblores en la tierra y escupiendo orcos, aturdidos por su propia llegada. Unos pocos de aquellos proyectiles consiguieron impactar de lleno en las filas de la alianza, provocando un gran griterío y numerosas bajas, con un chasquido horrendo provocado por los huesos aplastados de sus víctimas y sus doloridos gemidos agónicos, causando pavor entre las filas aliadas. Un pavor a duras penas controlado por los gritos de los oficiales. Apenas se podía oír otra cosa que el estallido de los cañones y los gritos tanto de los heridos como de los cada vez más cercanos orcos. Una nueva orden provocó una nube de proyectiles que mermó las primeras filas de la carga, en una colección de nuevos ruidos entre las detonaciones de las armas de fuego y el sonido casi musical de las cuerdas de arcos y ballestas al ser liberadas.

- ¡Escudos! - vociferó con voz tronadora el oficial enano, sobre su cabra acorazada, ahora en retaguardia y a salvo de los rigores de la carga. La multitud respondió preparándose para recibir la embestida, pronunciando un “huh” que mezclaba un asentimiento y un suspiro inquieto.

- ¡Mantened firmes los escudos hasta que salten hacia nosotros! – Ordenó Eltheras a los que les rodeaban. - Cuando salten contra nosotros, agachaos y levantáos en el momento justo: usad los escudos como plataforma para lanzarlos por los aires hacia nuestra espalda y cerrad línea de escudos inmediatemente después.


- Teryan, Dorna. Cuando levanten los escudos lanzad una descarga contra los más cercanos. - rugió Ailil. - Goodwill, Schmitz, Chispeje, la presión que recibirá la linea de escudos va a ser muy fuerte, aligeradla.

Así lo hicieron. Tal y como había vaticinado Eltheras, la primera linea de orcos saltó cuando llegó a la distancia adecuada para sumar todo su peso a la fuerza de la carga. Con un rápido movimiento, los que formaban la línea de escudos se agacharon y alzaron ligeramente los escudos, de tal forma que desviaron gran parte de la fuerza de la carga y , alzándose súbitamente, hicieron volar a los orcos. Casi todos los que habían saltado volaron cerca de un metro, cayendo pesadamente entre las líneas de la Alianza.


Cuando los escudos estuvieron en alto, Teryan ordenó a su tortuga cargar contra los orcos de la antaño segunda, ahora primera, linea a la vez que disparaba un segundo virote con su ballesta. Dornaa, que se había estado concentrando, liberó una crepitante cadena de relámpagos que pasó entre Eltheras y Vanagandr, electrocutando a varios orcos. Alistarius y Gragorius conjuraron sendas deflagraciones arcanas sobre los orcos de unas líneas más atrás. Nathiel empezó a maldecir y golpear un artefacto con luces tililantes hasta que un rayo de luz salió disparado, rebotando en la parte baja del escudo de Zasgar e impactando de lleno en el rostro de otro orco.


Los escudos bajaron casi al instante mientras Ailil y Maradae aprovechaban el aturdimiento de los orcos que habían aprendido a volar para rematarlos. Todo se había desarrollado en apenas unos segundos y, durante los siguientes dos segundos, hubo un denso silencio. Al final se oyó el masivo choque de escudo contra escudo y el campo se llenó del ruido del metal y los gritos de los guerreros.

¡Aguantad! - Gritó el enano, consiguiendo hacerse oír, casi milagrosamente, por encima del fragor de la batalla.

Los cañones retumbaban con cada salva, los orcos cañoneaban sin remordimientos a sus propias tropas, debido a la escasa precisión de sus cañones. El ruido de las explosiones, el del metal contra el metal, el de los gritos y gemidos, el de la ropa rasgada y el de los huesos quebrados llenó completamente el aire, sin dejar resquicio alguno a un sonido, o a un silencio, ajeno a la barbarie que se había desencadenado. Ya no se oían órdenes, sólo a la muerte y a los sonidos que la precedían.


Empezó el reguero de bajas, pese a los esfuerzos de los sanadores. La línea de escudos se mantenía firme pese a la presión. Los soldados de refuerzo cerraban las brechas abiertas por los muertos y los heridos. Se habían visto forzados a ceder algunos metros a cambio de no romper la formación y mantener la línea. Ailil, en uno de aquellos pequeños y escasos respiros que se concedían durante el combate, miró hacia el centro de la batalla. Allí era donde la tropa estaba sufriendo más presión y más daños. Los orcos lanzaban una carga tras otra contra ellos. La linea recta que tenía la formación antes del inicio de la batalla se estaba abombando y se convertía, poco a poco, en una media luna. La maga continuó gritando órdenes y conjurando por igual, ignorando el escozor de la garganta y la sequedad de la boca. La constante descarga de hechizos, poco a poco, minaba sus fuerzas y las de los demás conjuradores al igual que el combate continuado de aquellos que no poseían magia les estaba agotando.


Pasaron horas de combate sin descanso. El agotamiento empezaba a hacer mella en todos y ninguno de los dos bandos se había permitido el lujo de dejar parte de sus tropas en reserva, lo habían apostado todo a una carta y no podían ceder. La batalla se recrudeció aún más en las siguientes horas.


La estrategia de la alianza entonces empezó a hacerse evidente para aquellos combatientes que tuvieran conocimientos básicos de estrategia. La formación se había ido estirando, forzando a los orcos a ir concentrándose en el centro mientras las alas derecha e izquierda les empujaban aún más hacia el centro. Con tiempo, los orcos no tuvieron espacio para maniobrar y muchos de ellos tampoco podían retroceder. Aún tuvo que pasar una hora más, cuando el sol ya empezaba a bajar de su cénit, para que los orcos rompieran sus filas y retrocedieron atropelladamente ante la carnicería que las tropas regulares de la alianza estaban desatando gracias a la presión de las dos alas.


De nada sirvieron los gritos de los comandantes de la Alianza, cuando las líneas orcas se rompieron el flanco izquierdo aliado, formado principalmente por milicianos y levas y no por soldados, rompió también su propia formación para lanzarse en una eufórica persecución. El centro y el ala derecha mantuvieron su posición y avanzaron con paso lento y firme, empujando a los orcos que aún tenían deseo de combatir. Los gritos victoriosos surgían de las gargantas de la alianza, pero aún quedaba mucho por combatir.


Vanagandr y Zasgar habían conseguido mantener el salvajismo inherente a la maldición huargen bajo control durante casi toda la batalla, pero al ver huir al enemigo se lanzaron a una desenfrenada carga provocando una gran mortandad a su alrededor, sin ser realmente conscientes de ello. Eltheras les seguía, intentando devolverles la cordura y protegiéndolos de los ataques de aquellos orcos que pretendían aprovechar aquella temeridad. Llegaron al mismo borde del cráter, donde estaban colocadas las baterías de la Marcha de hierro, donde les salió al encuentro la dotación de una de ellas compuesta por varios orcos y un ogro.

Eltheras ni lo pensó, cargó derecho contra el ogro descargando el odio que sentía hacia esa raza desde que tomaran parte de su amada ciudad natal de Eldre'thalas. El ogro sabía defenderse, pese a la evidente discusión que sus dos cabezas mantenían mientras peleaba. Eltheras perdió el escudo, roto, junto a su brazo izquierdo, por los potentes mazazos del ogro. Sobreponiéndose al dolor, se agachó con un movimiento ágil y continuó, casi fluyendo, alzándose de nuevo y atravesando una de las dos cabezas, desde la mandíbula hasta la nuca. El ogro, con la cabeza restante, gritó desesperado y transido de dolor. Quizás hubiera llorado por la muerte de su cabeza compañera pero Eltheras no le dió tiempo. Girando sobre sí mismo volvió a saltar y separó la cabeza viva del cuerpo de su oponente aprovechando la fuerza de la inercia. Cayó pesadamente al suelo, de espaldas al cráter. Sonrió con gesto dolorido por culpa de su brazo lastimado.


De pronto, abrió los ojos de par en par. Una hoja manchada con su propia sangre le atravesaba el pecho. Brotó sangre de su boca y borboteó. Zasgar vió como un orco había aprovechado la posición de Eltheras para acuchillarle por la espalda. El huargen rugió. La ira, el odio, la sed de sangre le dominaron. Arrojó con toda su fuerza el hacha, casi haciendo volar al orco que recibió el impacto. Otros tres orcos se acercaban a un indefenso y agonizante Eltheras para rematarlo. Zasgar estaba desarmado, su vista nublada por una neblina roja. Palpó a su alrededor con la mano derecha hasta que asió lo que parecía la empuñadura de algo. Saltó hacia adelante y trazó un movimiento circular con su recién adquirida arma, una gran maza de guerra de la Marcha de Hierro pensada para ser blandida con dos manos. El golpe que propinó al orco le aplastó la mitad del craneo, pulverizando el hueso. Se enfrentó a los otros dos orcos, robándole un arma igual a la que ya portaba a su última víctima. Armado con aquellas dos mazas, moviéndolas como si se tratara de juguetes de la Feria de la Luna Negra, se enfrentó a sus dos últimos oponentes. Zasgar no recordaría apenas esa fase de la batalla tiempo después, sólo acudirían a él imágenes difusas de violencia y venganza. Cuando terminó todo, cayó de rodillas al lado de Eltheras, este sonrió con un atisbo de orgullo. Esa sonrisa se quedó congelada en su rostro cuando la vida le abandonó. Zasgar rugió.

- Cuida... de Ailil... - El último pensamiento del altonato fue para su amante. Zasgar, conteniendo las lágrimas, asintió, jurando para sus adentros que cumpliría con la última voluntad del elfo.

Los demás se habían dispersado en mayor o menor medida. Sheimey y Eruul combatían codo con codo, mostrando como la Luz y los elementos podían sembrar el caos y la destrucción entre quienes osaran enfrentarse a ellos. A su lado también estaba Alistarius, cuya magia de ilusión confundía a los enemigos. Los tres combatientes formaban un equipo bien compenetrado, sin importar el hecho de que apenas se conocían. Sus movimientos parecían ensayados, coordinados con la perfección digna de una danza. Se mantenían cerca de un pelotón de infantería regular y avanzaban junto a las tropas que formaban el centro, unidos a sus filas y siguiendo las órdenes del malhumorado oficial al cargo de aquél pelotón. La sangre manaba espesa por algunas heridas que acumulaban los dos Draenei, mientras que el mago humano, pese a acusar un fuerte cansancio debido al esfuerzo continuado a lo largo de la batalla, no había recibido ni el más mínimo rasguño. Los tres se acercaban cada vez más al portal.


Hacia allí, siguiendo la marea de la batalla, confluían sin darse cuenta los demás. Teryan, su tortuga y Dornaa, junto a un grupo de milicianos, estaban combatiendo a otra de las dotaciones de los cañones. Dos ogros les estaban causando problemas serios. El primero de ellos estaba siendo contenido por el pandaren y la draenei, el otro, en un acto de inteligencia supina para los estándares de su raza, estaba flanqueándolos para atacarles por la espalda. Fue entonces cuando Wügüi, la tortuga, se lanzó a una velocidad sorprendente contra el ogro. Un poderoso cabezazo en la espinilla desvió la atención de este hacia Wügüi y empezó a asestar un mazazo tras otro con una fuerza brutal.

Wügüi mordió y golpeó, resistiendo a duras penas los golpes mientras Teryan disparaba un virote contra el ogro que se les encaraba. Dorna conjuró al viento y al rayo, alterando la velocidad y la dirección del proyectil y cargándola con una gran cantidad de electricidad. Cayó fulminado. Wügüi soltó un gemido lastimero, atrayendo ahora la atención de los dos. El otro ogro había conseguido quebrar el caparazón de la tortuga y manaba mucha sangre de la tortuga, se había sacrificado para proteger a su amo y Teryan, con lágrimas en los ojos, cargó de nuevo la ballesta. Una nueva descarga de Dorna electrocutó al ogro, el virote le remató. Wügüi había muerto. La batalla continuaba y las tropas empujaron a los dos, alejándolos de la heroica tortuga y acercándolos cada vez más al portal.

- ¡Es el momento! ¡Tomad el portal! - La voz de Khadgar tronó por encima del campo de batalla.

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Gragorius y Maradae habían avanzado una fila por detrás de la vanguardia. Maradae estaba casi exhausta por el esfuerzo, al igual que el viejo Gragorius. Habían conjurado, a la Luna ella y a lo arcano él, casi hasta el límite de sus fuerzas. Sin saber cómo, habían llegado al mismísimo linde del portal. Hacía calor, hedía a sangre, sudor, desesperación y muerte. La lucha era encarnizada y confusa. Estaban lejos del lugar en la batalla que se les suponía natural, la retaguardia. Hostigados por los constantes ataques de los orcos y, en ocasiones, de algún golpe poco certero de los aliados. También la Horda de Vol'jin había llegado al portal, sumando más confusión al combate. Gragorius no tenía tiempo para conjurar, defendiéndose con el bastón a la desesperada mientras recibía empujones de aquí para allá. Maradae, apenas sin fuerzas ya, trataba, sin mucho éxito, de golpear con la maza heredada de su padre a aquellos enemigos que atisbaba. La sacerdotisa se quedó sin aire y un dolor sordo e insoportable se extendió desde su costado derecho, perdió momentáneamente la visión, oscurecida. Otro golpe, quizás una patada la empujó más allá del portal, pues sintió el frío abrazo de la magia que emanaba de este. Cayó al suelo y recuperó la visión justo a tiempo para ver como un hacha se acercaba a ella a gran velocidad. Maradae había perdido su maza, la vió por el rabillo del ojo mientras era pateada por los soldados que peleaban en aquél lugar. Sin arma con la que defenderse rodó hacia la derecha haciendo un gran esfuerzo, le costaba respirar y cada aliento era como una tortura. Un nuevo dolor, lacerante esta vez, le recorrió la oreja derecha y la hizo gritar. El hacha no la había matado, pero había acertado de lleno en la oreja, cortándole limpiamente cerca de 5 centímetros de esta. El orco volvió a levantar el hacha, blasfemando por haber fallado. No tuvo ocasión de asestar un nuevo golpe, otro bulto cruzó el portal y le empujó. Gragorius había tropezado con un caído al otro lado y cruzó el portal, empujando a su vez al orco que atacaba a Maradae y salvándola milagrosamente. La lucha ya se había extendido a esta parte del portal, hacia donde eran empujandos los orcos y hacia donde avanzaban numerosos efectivos de la Alianza y de la Horda de Vol'jin, siguiendo las órdenes que Khadgar gritaba.


Vanagandr oyó los gritos de Khadgar y pareció volver en sí, la poderosa voz del mago no sólo parecía oírse, sino que también podía sentirse. Notaba el cuerpo algo entumecido, dolorido por infinidad de golpes y cuantiosos cortes que, pese a no ser graves, le resultaban extremadamente molestos. Los olores eran tan fuertes que le resultaban dolorosos y era incapaz de discernirlos. El ruido era ensordecedor para él y constituía una pequeña tortura más. Miró a su alrededor y no pudo localizar a nadie conocido, salvo a Nathiel Chispeje, quien atacaba a un orco alternativamente con los “disparos” de un extraño artefacto que llevaba en las manos o con el propio artefacto cuando éste se negaba a funcionar.


Ignorante de un orco que estaba apunto de atacarle por la espalda, Nathiel forcejeaba con su cachivache, esquivando casi de milagro o quizás por pura suerte, los ataques del orco al que se encaraba. Vanagandr hizo acopio de todas sus fuerzas para placar al segundo orco e ignorar todas las sensaciones incómodas que le envolvían. Cayó sobre su enemigo y le acuchilló salvajemente, salpicándose con la sangre del abatido, hasta que dejó de moverse. Nathiel fue golpeado con el mango del hacha del orco al que se enfrentaba y cayó al suelo de espaldas. El orco iba a rematarle cuando el cachivache al fin funcionó y el orco salió despedido unos metros hacia atrás. Vanagandr ayudó al excéntrico humano a levantarse y cruzaron el portal junto a la tropa. Siguiendo al accidentado Gragorius y con intención de evitar su casi segura muerte.


Junto a Gragorius, había cruzado un viejo huargen, bastante magullado pero que luchaba con tesón, moderando su fiereza con experiencia. Su entrada llevando bajo el brazo a una gnoma parlanchina, la Doctora Oria, no pasó desapercibida para los orcos. Un grupo estaba a punto de abalanzarse sobre el viejo mago y la sacerdotisa. Urlem, el huargen, dejó en el suelo a la Gnoma y crujió sus viejos huesos para prepararse para el enfrentamiento que se avecinaba. Oria, por su lado, cargó con dardos tranquilizantes el fusil-dispensador con el que trabajaba y apuntó cuidadosamente.


Gritaron los orcos, tratando de amedrentar al huargen; rugió el huargen, demostrando a los orcos que no tenía miedo alguno; chilló con voz estridente la gnoma, para no ser menos. Urlem la miró enarcando una ceja, Oria se encogió de hombros y disparó un dardo al primer orco vociferante que se atrevió a avanzar.


El orco avanzó sin inmutarse, dos pasos, luego cayó redondo al suelo roncando con fuerza. Los otros orcos se miraron entre ellos, con los ceños fruncidos, y se lanzaron al ataque. Urlem se defendía con maestría, pero las fuerzas de las que disponía eran limitadas y, poco a poco, cedía terreno y recibía golpes. Oria se dedicaba a dormir a los orcos atacantes. En aquél lado del portal el combate era, si cabía, aún más sangriento. Vanagandr hizo uso de toda su fuerza y habilidad restantes para proteger a Gragorius y a Maradae. Cuando vió que la elfa estaba inconsciente y que Eruul, Sheimey y los demás, junto a un nutrido grupo de guerreros cruzaban a este lado y reforzaban la línea de combate, cogió a la sacerdotisa y se la cargó al hombro, alejándola de la acción.


Ailil había sido arrastrada por la masa de guerreros junto a otros hasta ese lado del portal. Tenía las ropas rasgadas, sangraba por varias heridas, había perdido su bastón y se aferraba a su grimorio mientras analizaba el entorno con una mirada fría, clínica. Apenas se molestó en mirar al orco que intentó atacarla y al que ella envolvió en un grueso cubo de hielo. Siguió mostrando ese aparente desinterés por la batalla cuando golpeó con su libro en el rostro de un orco, aturdiéndolo el tiempo suficiente para que un lancero humano lo atravesara de parte a parte.


El aire allí era bochornoso, cálido y muy húmedo. La maestre tenía la voz ronca y, aún así, gritó en un vano intento de reunir a los suyos. El viejo Huargen que había cruzado a la vez que Gragorius se acercó a la Maestre. Esta le reconoció y sonrió Su mera presencia reconfortaba, de alguna manera, a la altonata tras muchas situaciones peligrosas compartidas. Nathiel tenía problemas: un orco le había golpeado en repetidas ocasiones y estaba en el suelo, manipulando desesperadamente un artefacto cúbico. El orco se rió y cogió al humano por el cuello, alzándolo, apretando y asfixiándole. Nathiel, incapaz de respirar, empezando a amoratarse, sonrió. Sonó una campanilla en el interior del artefacto.

- Lástima no haber tenido tiempo de calcular el parámetro “altura” - musitó sin apenas voz justo antes de desaparecer en un estallido luminoso junto con el orco. No había nada allá donde habían estado.

No mucho más allá, los héroes de la Alianza y de la Horda rodeaban a Thrall y Khadgar. Este lado del portal estaba sobre un macizo podio de piedra, con unas grandes escaleras de acceso, talladas con una simpleza que las dotaba de cierta belleza. Al final de las escaleras un ejército de incontables orcos se preparaba para avanzar contra los desdichados que habían osado cruzar el portal...

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