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La búsqueda de Bárnabas Barker: La curiosidad mató al gato

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La visita había acabado. La terrorífica atracción de aquel parque maldito se había detenido al fin. Una semana después, todos nos sonreíamos como si no hubiera pasado nada, sabiendo a ciencia cierta que en nuestro interior aún latía, vivo, el retrato de la Muerte. Nos bastaba una sola mirada y un gesto a media tinta para sentir que la aspereza montañosa de Bosque del Ocaso seguía bajo nuestros pies, que el olor a polvo flotaba todavía en el ambiente, que aquel clave atronador continuaba reverberando sin cesar nuestros oídos junto con las risas del engendro. Al parecer, la mansión Barker no estaba dispuesta a abandonar nuestra memoria sin dejar en ella una más que destacable signatura.

Las tardes morían pronto en Ventormenta y las mañanas nacían frías y escarchadas. Me levantaba pronto y los veía dormir, replegados en las pequeñas camas del orfanato, alquilado tres meses atrás y pagado religiosamente cada treinta días. Después, me vestía deprisa, salía dejando entreabierta la puerta y corría al registro ventormentino como alma que lleva un diablo, esperando encontrar nuevas noticias a mi llegada.

Yo no era una excepción; tampoco me lo quitaba de la cabeza. Aquella casa había cobrado en mi vida un significado particular, creando un vínculo especial con lo que me rodeaba y, en especial, con mi propia existencia. Incluso ahora que la trama estaba cerrada, ahora que aquellas pobres almas errantes habían encontrado al fin descanso, la casa seguía llamándome, atrayéndome a ella como un enorme imán.

Si la mansión estaba deshabitada y muchas de sus alas eran ya inservibles, ¿por qué no aprovecharla? Posiblemente tan siquiera tuviera propietario y, en caso de tenerlo, ¿quién no aceptaría una suculenta cifra por deshacerse de un despojo productor de gastos? Seguramente en el registro podría encontrar al heredero. Una propiedad tan importante tendría que estar, con toda seguridad, registrada.

Tras varias idas y venidas al Castillo y su registro y algunas compensaciones económicas al notario en cuestión, caídas en saco roto, me derivaron a Dalaran. La situación comenzaba a sorprenderme; ¿cómo era posible que una extensión tan vasta de terreno no estuviera registrada en el archivo de la capital?

Así pues, acompañada por Maliee y Lysaara, nuestra nueva incorporación draénica al arpa, decidí embarcarme en un pequeño viaje con motivo de descifrar aquel recóndito misterio de documentos traspapelados; más por orgullo y curiosidad que por cualquier otro motivo.
A nuestra llegada, nos instalamos en el no poco caro y céntrico Salón Juego de Manos, situado cerca de nuestro objetivo. Tras varias idas y venidas, algunas negativas relacionadas con cuestiones de protección y privacidad de datos personales, más de una diatriba con el personal del local en cuestión y un disgusto que no viene al caso, cayó en nuestras manos una inmensa lista de propiedades, entre las que figuraba nuestro villorrio en Bosque del Ocaso, y un único nombre: Visceris Arthur Benjamin Alexander Barnabas Barker.

Decidida a encontrar mi objetivo, de nombre impronunciable e irrecordable, y consultada la idea de invertir parte del fondo económico de la compañía en la adquisición de una nueva propiedad con mis compañeras, decidí convocar al resto de integrantes de Arlequín que pudieran estar interesados en echarme una mano en esta nueva aventura burocrática que comenzaba a rozar lo absurdo.

Sabía, de alguna manera, que aquello era un despropósito. Sentía en la garganta el roce de lo imposible, de la utopía y notaba en la boca el sabor amargo que produce la espera de una respuesta a una pregunta absurda al comentar con mis recién llegados compañeros mis nuevas y excéntricas intenciones. Mientras relataba los últimos acontecimientos y explicaba al señor Marbury nuestras dificultades para encontrar alguna referencia sobre el heredero que fuera más allá de un nombre y un listado de pertenencias particulares, una voz profunda y sentenciosa resonó en el Salón a nuestras espaldas:

—Bosque del Ocaso.

Mávira Thompson

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