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Juego de sombras

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Relato escrito por Norgrikk. Hilo original aquí.



Ambos habían llegado después de cuatro días de marcha y una semana de viaje en barco a Trinquete. Uno, el del parche en el ojo, al cual A. llamaba N., caminaba intranquilo por la taberna del puerto goblin, mientras que A. se mecía sobre su silla con un sombrero echado hacia delante. Tres pintas de cerveza enana yacían esperando a ser bebidas en la mesa, pero ninguna había sido tocada.
No era una reunión normal entre tres amigos, tanto A. como N. eran dos pícaros formados desde pequeños por el IV:7 y habían destacado en las artes de la sutileza por encima de sus compañeros, el otro acompañante era un pequeño comerciante goblin, de buen aspecto que trataba de negociar con los dos humanos.

Dentro de la taberna miradas sospechosas llegaban de todos los sitios hacia aquellos tres, por eso andaban tan desconfiados.- Le han pagado una buena cantidad al goblin. ¿Qué irán a hacer?.- Dijo un explorador orco al Legionario, el cual no le hizo mucho caso.-

La caravana se movía demasiado al pasar cerca de la entrada trasera de la gran capital orca, y en la frente del goblin se observaba la gran carga que llevaba a su espalda.
- Control. – Dijo el guardia orco. – Entonces el comerciante goblin sacó una pequeña bolsa con 5 monedas de oro y se la entregó al guardia, el cual asintió con la cabeza, y sin decir nada más dejó pasar la caravana, la cual avanzó sin problemas hacia el laberinto de las sombras.

- Es el mejor sitio para dos como nosotros, es imposible que nos pillen. – Se repetía N. así mismo estando dentro de la caja.- Ni A. ni N. se habían infiltrado nunca en la capital orca, y aquello era una de las cosas que cualquier miembro del IV:7 más temía, pocos habían vuelto que pudiesen contar alguna historia de la ciudad, eran más aquellos que llegaban con la cara deformada, las cuerdas vocales cortadas, o con algún miembro amputado, la mayoría, después de ver lo trágico de la ciudad, y las deformaciones sufridas se suicidaban o dejaban el oficio para siempre, condenándose a ser unos marginados que se dirigían con la populis hacia Páramos de Poniente, consolidándose como parias o matones y ladronzuelos de pueblo.

El plan estaba bien trazado, eran las tres de la mañana, mientras la caravana se movía por la ciudad, por lo que podía ver A. por un agujerito en su caja muchos de los guardias estaban dormidos y otros tantos no concentrados excesivamente en su trabajo.
Comenzaron a descender por el laberinto de las sombras y se encontraron a un único guardia cerca de un candil encendido, al parecer con alguna energía vil.
Los malos olores de la ciudad y los humos del laberinto parecían meterse rápidamente dentro de las cajas de la caravana, donde iban escondidos los dos humanos.

- Alto.- dijo el guardia. – Entonces el comerciante goblin aparcó la caravana a un lado. El solitario guardia se acercó, y por el agujero de la caja A. sacó la punta de su ballesta y disparó, certero en la garganta. El orco cayó sin hacer el menor ruido, sujetado gracias a N. Comenzaba el plan, colocaron rápidamente una cortina de tela para cubrir la caravana, la cual era del mismo color que la pared, detrás de la cortina se encontraba el guardia muerto y el goblin subido a su caravana con un pequeño fusil en la mano.

N. y A. ya se deslizaban silenciosamente entre las tinieblas del laberinto, evitando los focos de luz vil y refugiándose entre las sombras. Eso les gustaba a ambos.
Para evitar al primer guardia se lanzaron por la derecha del puente echo a base de colmillos y lo rodearon, el guarida no parecía muy inmerso en sus labores.
Siguieron avanzando rápidamente, descendieron y se separaron. De un golpe eficaz N. le rompió el cuello a uno y lo colocó detrás de uno de los colmillos que utilizaban para adornar, o quién sabe si con algún fin práctico, en el laberinto. A. avanzó, entonces ya se encontraban frente a la tienda de su objetivo. Neeru Hojafuego era un orco brujo que evitaba que los poderosos brujos pertenecientes a la Horda se rebelasen contra el Jefe de Guerra.
Ambos levantaron la tela que cubría la puerta de la tienda y entraron sigilosamente en el habitáculo. A. avanzó y descargó la brutalidad de sus dagas contra el brujo orco, este estaba protegido por una pequeña barrera vil que solo causó estragos en su guante. Al brujo no le dio tiempo de formular ni una sola palabra.
Pero cuando A. se giró se encontró a un guardia orco apunto de disparar contra N. No hubo otra reacción, lanzó su daga como si de un arma arrojadiza se tratase hacía la cabeza del orco. Con un fuerte impacto el orco cayó al suelo con un hilero de sangre desfilando por su frente y se comenzaron a oír ruidos dentro del laberinto, sonidos de tiendas y de gente que se despierta. A. recogió la daga de la cabeza del orco y ambos salieron corriendo del laberinto hacia la caravana del goblin.

Por suerte todo estaba bien, dejaron el cadáver del orco en el suelo, retiraron la manta que cubría la caravana y marcharon a prisa del laberinto, cogieron la primera salida hacia el Valle de los Espíritus y salieron por la puerta trasera. Todos los guardias de la zona que estaban hacia el lado del puente estaban dormidos, y en el otro lado sólo estaba despierto el orco al que habían pagado el oro. Desde la caravana N. lanzó un arma arrojadiza hacia su cabeza, la caravana pasó tan rápido que el trío pudo ver la cara de sorpresa del orco mientras caía al suelo.

La noticia no pasaría desapercibida y pronto los exploradores de la Horda mandarían emisarios en todas direcciones buscando capturar a la persona o personas que habían echo aquello. Sin duda el sello de Ventormenta se podía ver en todos y cada uno de los asesinatos de aquella noche.

Mientras que el goblin se dirigió de nuevo a Trinquete, en busca de más comercio, los dos humanos volvieron a desaparecer en las sombras de aquella noche que no parecía terminar, mientras se dirigían más hacia el sur, hacia los poblados troll. Allí tenían otra misión que cumplir.

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