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Historia de los Pigmeos de La Hidra

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Historia de los Pigmeos de La Hidra.

"Antes de los abuelos de mis abuelos ya estaba Él. Aquel que nos guía y al que nutrimos con nuestra sangre. Olmatlipoca, el Alma de la Isla."''

Matuza Coxoyótzel, Guerrero Sagrado del Templo de Olmatlipoca.

Período Formativo (¿?- 300 AAPO):

Hace más de trescientos años antes de la Apertura del Portal Oscuro, en La Hidra vivían tres tribus pigmeas: Los Tumonwo, los Aranga, y los Tuga Longa. Entre estas, la última era la más poderosa, pues controlaban las junglas orientales y disponían de los mejores guerreros, gracias al desarrollo de una naciente industria lítica. Poco se sabe de la forma de vida y cultura de los pigmeos en este estado primitivo, salvo que eran dados a guerrear entre ellos y se dedicaban a la caza y recolección.

No obstante, este estado más salvaje cambió cuando llegó a La Hidra un brujo zandalari exiliado de Zandalar llamado Atahamanwa. Este trol, al ver a las criaturas brutas y obtusas con las que se encontró (pensemos que pertenecía a la casta más alta de la raza trol) decidió emplearlas para sus propios fines. Con el fin de ser aceptado, justo cuando guerreros nativos fueron a su encuentro para expulsarlo, hizo gala de sus dotes mágicas, carbonizando por entero la montaña donde la tribu Tuga Longa residía, y acabando con la vida de sus habitantes. Desde entonces, ese lugar ha permanecido con una vegetación marchita y negra, donde sólo crecen pardos zarzales, produciendo así un gran contraste con el resto de la flora habitual isleña.

Otmatlipoca forma trol.jpg

El brujo zandalari Atahamanwa sería adorado como un dios por los pigmeos.

Cuando los indígenas se percataron del poder de Atahamanwa, la historia pigmea dice que se postraron ante él y lo adoraron como a un dios. El zandalari, viendo la oportunidad que tenía ante él les dijo que su nombre era Olmatlipoca, y que era el Dios de las Hidras (animales sagrados para los nativos), el cual había llegado para bendecir al pueblo pigmeo. Para ganarse aún más la fidelidad de sus nuevos adoradores, el brujo seleccionó a los caciques de cada una de las tribus y a partir de ellos construyó una nueva casta sacerdotal. Asimismo, unió a todos los habitantes de la isla bautizándoles como olmatlecas, y sobre la montaña carbonizada donde antes quedaba el poblado Tuga Longa, fundó la Ciudad-Templo de Olmatlán.

Período Clásico (300 AAPO - 40 AAPO):

Esta nueva ciudad quiso ser un reflejo de los majestuosos templos zandalari. No obstante, los pigmeos pronto incorporaron su propio estilo, y siguiendo las indicaciones de su nuevo dios construyeron un palacio-templo de piedra en el interior de una caverna que se había abierto tras la explosión de los conjuros mágicos contra la montaña. En aquel mismo lugar, la casta sacerdotal fue instruida en las letras y lengua zandalari, mientras que los pigmeos más comunes siguieron hablando su idioma natal con alguna palabra nueva de origen trol.

Según pasaban las décadas, Olmatlipoca se hacía cada vez más viejo, mientras que la casta sacerdotal crecía en número y sabiduría. Muchos de ellos ya habían aprendido a realizar hechizos de piromancia notables e incluso dos Altos Sacerdotes conocían tímidamente los rituales del vudú y la magia negra. Esto preocupó al brujo zandalari, por lo que resolvió recurrir a la más tenebrosas de las artes para prolongar su vida y poder, de modo que ninguno de sus devotos osase jamás desafiarlo.

Cocijo.jpg

Estatua de Olmatlipoca en Olmatlán, representando al dios con cabeza de hidra.

Fue de esta manera por la que se estableció la fiesta-ritual del Olmatlepetl, por el cual, cinco pigmeos y cinco bajos sacerdotes elegidos al azar eran sacrificados en el Templo de Olmatlipoca, de forma similar a la que algunos Imperios trols realizaban sacrificios a sus loa. El funcionamiento de este ritual mágico funcionaba de la siguiente manera: El Sumo Sacerdote y sus asistentes colocaban a sus sacrificios sobre el altar mayor del templo, a cuyo frente se encontraba la deidad, ataviada con una máscara de piedra en forma de hidra, de cuya boca emanaba un haz oscuro que atraía la energía vital de las víctimas, nutriéndose de ellas. A continuación, el Sumo Sacerdote les sacaba el corazón y los exprimía sobre un cuenco de madera, el cual se le daba a Olmatlipoca para que bebiese de él (aunque algunos relieves y murales de Olmatlán reflejan que era la propia deidad la que se comía los corazones crudos). Como es ostensible, este ritual anual permitía al trol prolongar su vida y mantener a un nivel aceptable sus reservas mágicas.

Pasados dos siglos y medio de la llegada del Dios Hidra, los pigmeos habían evolucionado hacia una cultura más avanzada. En la cúspide de su civilización estaban los Sacerdotes, tras ellos, estaban los Guerreros, y por último, los Trabajadores. A pesar de esto, la mayoría de los indígenas, especialmente los guerreros de bajo nivel y los trabajadores, continuaron con una forma de vida primitiva, pues ni siquiera empezaron a arar tierras ni a criar animales (quizás porque el mismo medio les proporcionaba el sustento). Tan sólo la casta sacerdotal y ciertos guerreros asociados al Templo de Olmatlipoca se beneficiaron de los avances. Sin embargo, el control que ejercían sobre los demás nativos era absoluto. Año tras año, continuó celebrándose religiosamente el Ritual del Olmatlepetl. No obstante, cada vez era mayor el número de sacrificios que Olmatlipoca demandaba, pues a pesar de nutrirse de la energía vital de los desdichados que acababan en su altar como ofrendas, seguía envejeciendo y debilitándose. Las crónicas pigmeas cuentan que unos veinte años antes de la llegada de los 'invasores tirasianos', se realizaban alrededor de cien sacrificios anuales (la mayoría trabajadores) al dios. El incremento de las demandas comenzó a provocar cierto malestar en las castas bajas, quienes comenzaron a sentirse explotados por el Templo sin recibir apenas beneficios a cambio.

Período Postclásico: (40 AAPO - 8 DAPO):

Cuando estaba cerca de estallar una revuelta por los pigmeos de los estamentos bajos, aconteció el descubrimiento de La Hidra por Don Rodrigo de Velasco, en el año 40 antes de la Apertura del Portal Oscuro. Los pigmeos vieron a los primeros exploradores tirasianos (y después a los colonizadores de Tiramar) como intrusos. Es en esta época cuando guerreros nativos asesinan al explorador Felipe Esquivel en las junglas orientales, cuando estaba cerca de descubrir la ciudad de Olmatlán. No obstante, Olmatlipoca, enterado de los acontecimientos e intrigado por la aparición de aquellas criaturas, ordenó a sus adoradores que consintiesen a los humanos asentarse en la isla, permitiéndoles tan sólo que capturasen a viajeros solitarios o grupos pequeños para que sirviesen de sacrificio. De esta manera, los tirasianos no fueron conscientes de la existencia de los pigmeos, y al mismo tiempo, el brujo trol conseguía desviar los malestares de las castas bajas al dejar de realizar sacrificios sobre ellas. Empero, esta estrategia quedó en entredicho cuando Tiramar empezó a crecer con inesperada rapidez y los tirasianos cada vez se adentraban más en las junglas orientales, conscientes de las constantes desapariciones que tenían lugar en esa zona. Fue en torno al año 6, después de la Apertura del Portal Oscuro, cuando de hecho, el Sargento Roberto Robles localizó la ciudad pigmea, pese a que no vivió para contarlo, pues rápidamente fue apresado y sacrificado en el Templo.

Estos hechos, sumados a la caza masiva de hidras, que seguían considerándose animales sagrados e hijos de Olmatlipoca, provocó la furia de los pigmeos y del propio Dios Hidra, el cual determinó que la presencia humana tenía que llegar a su fin, declarándole la guerra a los colonos. A mediados del año 7, al anochecer del octavo día del sexto mes, un ejército de entorno a los diez mil pigmeos marcharon con Olmatlipoca a la cabeza contra Tiramar. El Fuerte de la Tenacidad, localizado en el centro de la isla y con una guarnición de doscientos soldados cayó rápidamente ante el ataque fugaz de los nativos que, sorprendieron y mataron a placer al destacamento militar, dejando a su paso derruida la fortaleza. Sin embargo, tres supervivientes lograron dar la voz de alarma a Tiramar dos horas antes de que el ejército olmatleca llegara a las puertas de la ciudad. Precipitadamente, el gobernador Lope de Gómara, logró reunir a las defensas de la ciudad, que se cifraban en torno a los mil soldados y doscientos guardias urbanos. Las fuerzas tirasianas lograron resistir al empuje pigmeo por varias horas, causando numerosas bajas al enemigo, hasta que el mismo Olmatlipoca empleó sus conjuros para derribar la muralla exterior, facilitando así la irrupción de sus acólitos en la ciudad.

Sacrificio a Olmatlipoca.jpg

Representación del Olmatlepetl en el que los tirasianos supervivientes de Tiramar fueron sacrificados.

La ofensiva en el interior de la ciudad se saldó a favor de los olmatlecas gracias a la decidida participación del Dios Hidra y de los Altos Sacerdotes. Acabado el combate, toda la población superviviente (unos 2000 de los 7000 que había) de Tiramar fue apresada y conducida a Olmatlán. Allí, se celebró un gran Olmatlepetl, por el cual Olmatlipoca estuvo diez días y diez noches consumiendo la energía y bebiendo la sangre de sus sacrificios. Las calaveras de sus víctimas fueron empleadas para construir un trono en el cual el nefario dios se sentó. Pese a la gran victoria que habían conseguido al exterminar a los tirasianos, el pueblo pigmeo había perdido en torno al 90% de toda su población en la Batalla de Tiramar.

Período Decadente (8 DAPO - 30 DAPO):

Saciado por tal cantidad de sacrificios, Olmatlipoca quedó aletargado (muchos piensan que sufrió una sobrecarga de energía vital que su anciano cuerpo no pudo procesar efectivamente lo que provocó este estatus), dejando a sus Altos Sacerdotes por su propia cuenta. Por otro lado, la Ciudad de Tiramar, aunque dañada, no fue olvidada, y a los ocho años de su saqueo, otros humanos empezaron a habitarla de nuevo. Los pigmeos, con sus números reducidos por la guerra contra los tirasianos, y con su deidad durmiente, no se atrevieron ni siquiera a abandonar las junglas cercanas de Olmatlán, por lo que los Señores Piratas que se adueñaron de La Hidra consiguieron prosperar durante quince cómodos años, hasta que la Alianza, capitaneada por Jesabela Rocarena, de ascendencia tirasiana y ventormentina, conquistó la isla en el año 30. Sin embargo, unos meses antes de que esto ocurriese, el esclavista y Señor Pirata, Modrik Dientenegro, acompañado por una cuadrilla entera de esbirros encontraron de casualidad la ciudad pigmea, tomando de sorpresa a los nativos. Según cuentan los propios indígenas, el goblin logró capturar a una centena de ellos junto a un Alto Sacerdote llamado Babaya, sin demasiado esfuerzo, pues los olmatlecas pronto huyeron al Templo interior.

Atalizpin.jpg

Atalizpin sacrificó incluso a su propio hijo para lograr despertar a su dios. Relieve en oro hallado en Olmatlán.

Desesperado por la ausencia de su dios, el Sumo Sacerdote Atalizpin realizó un Olmatlepetl (que llevaba sin realizarse más de veinte años desde el letargo de Olmatlipoca) en el cual fueron sacrificados quinientos pigmeos, incluyendo a su primogénito, con el fin de despertar a su dios. El ritual pareció funcionar, pues el viejo brujo zandalari despertó de su sueño, azuzado por el sabor de la sangre y energizado por la energía vital de las ofrendas. De nuevo contando con su dios y guía, el Sumo Sacerdote Atalizpin le habló del regreso de los colonos a la isla, y de la captura de pigmeos por los esclavistas. Olmatlipoca, colérico por la nueva intromisión y llevado por la sed de más sacrificios, dio la orden a los pigmeos de que se preparasen de nuevo para la guerra.

Tras la primera semana del despertar de Olmatlipoca, los olmatlecas volvieron tras más de dos décadas de aislamiento, a abandonar su ciudad, para patrullar las junglas y tender emboscadas a los colonos de la Alianza. El primer choque se dio cuando el enano Thorgrim abatió a varios de ellos cerca de Tiramar. Este acontecimiento, junto al hallazgo del diario de Felipe de Esquivel y los pigmeos capturados por Modrik Dientenegro en el Viejo Fuerte, fueron indicios para los nuevos 'intrusos' de que existían nativos, y que además eran hostiles. Este importante descubrimiento jugó a favor de los colonizadores de la Alianza, los cuales a pesar de recibir órdenes de la Corona de no esclavizar a los indígenas ni causar un genocidio, sí prepararon las defensas de sus posiciones y descubrieron la localización de Olmatlán en las junglas orientales.

Conquista (30 DAPO - 31 DAPO):

Pasadas varias semanas desde los primeros encontronazos con los nuevos colonos de la Alianza, una batida en torno a cincuenta pigmeos resolvieron rescatar a sus compañeros prisioneros en el Viejo Fuerte, con resultados desastrosos. Aquella acción, que demostraba lo confiados que estaban de nuevos los olmatlecas desde el despertar de su deidad, comportó que la Gobernadora General Jesabela Rocarena ordenase la preparación de represalias militares contra el pueblo pigmeo. Fue en esta primera fase, cuando el sacerdote olmatleca Babaya trató, según fuentes oficiales, de amotinarse y sabotear cualquier intento de colaboración pacífico con la Alianza.

Babaya pigmeo.jpg

El sacerdote de Olmatlipoca, Babaya, organizó una rebelión en la prisión del Viejo Fuerte en la que pereció el joven soldado Algernon de Menethil, abrasado por uno de sus conjuros de fuego.

Aquel intento de amotinamiento fue rápidamente sofocado por las fuerzas militares, y el religioso pagano pagó tal cara osadía con su muerte y la de sus principales adláteres. Sin embargo, los odios y hostilidades ya estaban bien sembrados y dando sus primeros frutos. El ala dura de las fuerzas de la Alianza en La Hidra, representada por el Teniente tirasiano Marcos Aguilar (el cual era y es nieto de uno de los primeros colonizadores de la isla, Carlos Aguilar), recibió el visto bueno de la Gobernadora General para que las tropas regulares empezasen a limpiar las zonas selváticas de la región oriental de la isla, con el fin de establecer caminos por los que en un futuro, las tropas pudiesen transitar para tomar la Ciudad de Olmatlán.

El avance de los hombres del Teniente Aguilar provocó la furia y la indignación pigmea que, descontrolados, volvieron a salir en tropel de su nefario poblado para dar cuenta de la vida de los usurpadores de sus tierras. En el episodio conocido como El Incidente del Puente Roto, los soldados de la Alianza (entre los que se encontraban el enano Thorgrim y el arquero Amaldir) inflingieron una severa derrota a los olmatlecas, los cuales sin embargo, reanudaron a los pocos días los combates y se dedicaron a entorpecer el avance de las obras a lo largo del noveno mes del año 31 DAPO.

Ciudad-Templo de Olmatlán.jpg

Entrada a la Ciudad-Templo de Olmatlán.

No fue hasta a finales del décimo mes cuando las tropas de la Alianza, comandadas por Jesabela Rocarena, pusieron sitio a Olmatlán. Las fuerzas conquistadoras, aprovechándose de la orografía y de la vegetación seca que componían zarzales y espinas de la montaña donde el enclave pigmeo se hallaba, emplearon a dos magos (Henrich Chassier y el Profesor Veringas) para incendiar los niveles superiores del poblado y forzar así a que la mayoría de las castas bajas de los indígenas tuviesen que salir al exterior a batallar. Allí, de manera inmisericorde, fueron masacrados por los hombres del Teniente Marcos Aguilar, permitiendo culminar la toma de la superficie de la montaña. Con ello, las tropas invasoras entraron en el interior de las redes de túneles de la ciudad donde se encontraban las cámaras del Templo de Olmatlipoca, protegidas por los miembros de la casta sacerdotal y los guerreros sagrados de estos. No obstante, la superioridad numérica y militar - en esta ocasión de los colonizadores - permitieron que rápidamente la Alianza ocupase el interior hasta llegar al sanctasanctórum donde el mismo Olmatlipoca les esperaba en lo alto de su pirámide.

Según el testimonio de varios de los soldados presentes en el combate final contra el Dios Hidra, este presentaba el siguiente aspecto: "Estaba muy viejo y contrahecho. Tuvimos que taparnos las narices pues desprendía un hedor nauseabundo a muerte, a sangre y a carne quemada. Su cuerpo era enteco y deforme, con una panza descomunal que llegaba al suelo. Se encontraba incrustado en su trono de calaveras, con una máscara de piedra en forma de cabeza de hidra, de las que en ocasiones se ven en ciertos lugares de esta ínsula. Llevaba la piel pintada de verde y de sus manos crecían unas garras retorcidas y mal parecidas." Pese a su repulsiva condición, Olmatlipoca presentó batalla una vez que sus sacerdotes cayeron. Varios fueron los que presenciaron el genio de su poder. Sin embargo, a pesar de que sus devotos lo creyesen inmortal y eterno, la Alianza demostró que no era así. El miserable brujo zandalari acabó pereciendo, con su cuerpo hecho trizas e implosionando en un amasijo de carne y huesos negros. Fue en aquella celebrada jornada, en la que el pueblo pigmeo había quedado finamente sometido, y su dios protector, eliminado.

Período Post-Conquista (31 DAPO - ¿?):

Tras la conquista completa de La Hidra y sus habitantes nativos por parte de la Alianza, podemos concluir que el otrora poderoso pueblo olmatleca ha quedado prácticamente aniquilado. Si una vez se contaban en decenas de miles, ahora tan sólo suman poco más de sesenta almas. Los pocos supervivientes de la Caída de Olmatlán hoy aguardan en las prisiones de Tiramar a la espera de ser repartidos entre los encomenderos más insignes de la colonia, de los cuales se espera les guíen por el camino de la sabiduría y la civilización. Quién sabe si en un futuro está por escribirse una página más de la vibrante historia de los pigmeos de La Hidra. Pero para entonces, tan sólo nos queda rememorar y aprender del pasado.

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