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Historia de Thanates

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Historia de Thanates


"Maldición, maldición, maldición"
Los ferales gritos de los necrófagos sonaban cada vez más cerca. Había dejado atrás el carro y los bueyes para poder escapar en mi viejo caballo. El pobre Gris corría a toda velocidad, con los ojos dilatados por el terror. Había pasado por aquí muchas veces y nunca había tenido problemas con la Plaga. Es cierto que en el paso de las montañas de Alterac a Andorhal se podían oir a los muertos de vez en cuando, pero jamás habían atacado.
Hoy era diferente, parecía que sabían cuándo iba a llegar y que me esperaban. En un momento tres necrófagos saltaron desde un árbol sobre los bueyes, mordiendo y arañando como lobos. Detrás de mi aparecieron muchos más, por lo que espoleé a Gris para alejarme.
Unos pocos kilómetros me separaban del Alto del Orvallo, donde el alba argenta repelería a los no-muertos. De repente oí una explosión y Gris me lanzó por los aires. Me levanté dolorido y lo vi correr enloquecido, con sus cuartos traseros en llamas. Entonces lo vi, un mago de la Plaga, con su esquelética cara mirándome mientras preparaba otro hechizo. Me cubrí detrás de un árbol, que resistió el impacto de escarcha del no-muerto. Cogí mi espada con las dos manos y cargué contra él antes de que pudiera contraatacar. Cuando estaba a mi alcance le partí la cabeza de un golpe, acabando con su existencia. Entonces volví a oir a los necrófagos, que ya estaban muy cerca, a menos de 30 metros. De mi bolsillo saqué un vial con un líquido verde, un valioso regalo que arrojé a los pies de mis perseguidores. En un momento crecieron unas enormes raices que se ataron a los pies de los necrófagos, dándome la oportunidad de escapar. Corrí lo más rápido que pude, pero no fue suficiente. Mi forma física se había deteriorado con los años de vida sedentaria y acabaron por alcanzarme. Me di la vuelta para hacerles frente, con cuidado de no ser sorprendido por detrás. Usando la espada con una mano, me defendía con la armadura de la otra de sus ataques, afortunadamente no usaban armas. Conseguí acabar con la mayoría, pues morían de un simple espadazo en la cabeza, pero mientras luchaba se incorporaron más a la batalla, entre ellos varios guerreros con armadura y espada. En menos de un minuto me quedé sin aliento, cada vez más consciente de que iba a morir. Mi espada se partió cuando un guerrero paró mi golpe con la suya, dejándome a su merced. Con el resto de mis fuerzas, cogí al esqueleto con ambas manos y se lo lancé a los demás, derribándolos. Al hacerlo yo también caí al suelo, perdiendo toda oportunidad de escapar. Mientras sentía a los necrófagos acercarse para hacerme la Luz sabe qué, desenfundé mi daga, aguanté la respiración y me apuñalé el cuello. Mientras moría por falta de sangre y aire en el cerebro sentí cómo me arrastraban de los pies. Así murió Virion Bryl, sargento de la guardia de Stratholme retirado y mercader.


Abrí los ojos y de un salto me puse en pie. No recordaba nada, sólo el peligro. Sentí que me observaban y giré la cabeza, encontrándome con un no-muerto que me miraba y  empezó a hablar:

- Ya era hora de que despertaras. Estábamos a punto de arrojarte al fuego con los otros y, mira por dónde, ya no tenemos que hacerlo. Soy Mordo, el custodio de la cripta de Camposanto. Y tú ya no eres uno de los esclavos del Rey Exánime. Habla con el sacerdote de las Sombras Sarvis. Está en la capilla, al pie de la colina. Él te dirá lo que debes saber. Para salir de esta cripta, sube las escaleras hasta la superficie. Sigue el camino hasta la capilla para encontrarte con Sarvis.

Por un momento me quedé paralizado, asimilando toda esa información a la vez que varios recuerdos volvían a mí. Patrullar en una ciudad, viendo a los ciudadanos a través del casco que reducía mi campo visual. Una casa llena de ruido de niños. Luchar y caer. Imágenes aún más difusas, en las que veía todo como en una pesadilla y sentía un ente controlando mis acciones. Entonces descubrí que ya no estaba vivo, como había dicho Mordo, ahora era un no-muerto, un Renegado en concreto si ya no era un esclavo del Rey Exánime. Intenté hablar pero no pude, apenas sentía mi cuerpo en cojunto pero mi mandíbula era como si no estuviera. Me llevé las manos a ella y sólo sentí mi lengua, seca y colgando. Miré a Mordo, que me seguía mirando con una mueca sarcástica.
- He dicho que hables con Sarvis, no pierdas el tiempo.
Con pasos titubeantes ascendí las escaleras, tropezando varias veces. Cuando logré salir ya era capaz de moverme con normalidad. Me di cuenta de que el lúgrube lugar en el que estaba era habitado por otros muertos, que actuaban casi como personas normales. Los guardias, al verme dudar, me dijeron que Sarvis estaba en la capilla.
Entré en ella y me acerqué al nomuerto que llevaba un bastón de sacerdote.
- Otro de los muertos andantes, ¿eh? Debe haber sido una gran impresión, despertar en una cripta sólo con el frío y Mordo para darte la bienvenida. Veo confusión en tu rostro, déjame intentar explicarte nuestra... situación. Hemos sido liberados del control del Rey Exánime por nuestra nueva líder, Lady Sylvanas. La Dama Oscura nos guía en nuestra guía contra la maldita Plaga y la resistencia humana que acecha todos nuestros movimientos.
Asentí y me señalé la boca, indicando que no podía hablar.
- Ah... Parece que tienes problemas para hablar. No te preocupes, es todo psicológico. Intenta hablar, dime tu nombre.
No recordaba mi nombre, pero sentí que, aunque lo recordara, elegiría uno nuevo, apropiado a mi nueva vida. De mi muerta traquea surgió una voz oscura, creada por la magia necromántica.
- Yo... soy... Thanates.

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