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Hija de Zin-Azshari - Historia de Januar Luz de Plata

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Januar Luz de Plata es un personaje complejo con una larga historia que finalmente me he decidido a publicar en su totalidad de cara al público.

La mayoría de los aspectos reflejados tienen poca probabilidad de ser conocidos Inrol, pero no es imposible.

Debido a que es una historia y un pasado de miles de años y por ende extensa, tardaré un tiempo en plasmarla en la wikia completa.

Gracias lector por pasarte por aquí para conocer un poco más la historia de este personaje tan querido para mí :)


PreludioEditar

Era una ciudad majestuosa y repleta de vida, hermosa y llena de magia por cada uno de sus rincones. Era Zin-Azshari; la única, la esplendorosa, la Gloria de Azshara.

Narran los más antiguos escritos que una vez una sociedad singular se acercó tímidamente y se asentó a las orillas del Pozo de la Eternidad. Y dicen que todos ellos eran iguales bajo las estrellas. Pero sin embargo aquel pozo lleno de luz y sensaciones inimaginables haría cambiar a aquellas gentes que, inconscientes, tomaron de él el poder de sus aguas...

Aquella sociedad, los elfos de la noche, eran los hijos de Kalimdor: Descendientes de los mismísimos astros que cubrían el cielo. Seres fascinantes de los cuales sólo antiguas leyendas se atreven de hablar de sus desconocidos orígenes. Estas criaturas establecían una simbiosis peculiar con la naturaleza. Su respeto hacia ella rozaba la unanimidad: Naturaleza y elfo eran uno solo. Pero había algo en aquellos bosques que se salía de lo común, de lo rutinario, de lo casual para los elfos... El pozo de la eternidad.

Cuando descubrieron tan magníficas aguas las consideraron como algo bueno. Nadie sabía de dónde provenían, y giraron mil ideas acerca de ello. Pero sí sabían que algo tan maravilloso no podía ser malo. Algunos elfos fueron más afines al contacto de esas aguas que otros, conociendo con ello el uso y manejo de poderes que anteriormente habían sido desconocidos. Otros elfos, en cambio, tenían una conexión con la naturaleza tal, que apenas sentían atracción alguna a las aguas que emanaban del místico asentamiento.

Y en un principio todo fue en paz, pues nada alteraba la vida ni sociedad de los elfos

Pero los tiempos cambian, y algo cambió en los elfos, en efecto. Los más afines a esas aguas comenzaron a obsesionarse en sus nuevas sensaciones, en sus nuevos poderes, en su nueva magia, tan distinta a la de la naturaleza. Y sin quererlo, se encerraron en ellos mismos no queriendo volver atrás después de probar la ambrosía que el poder parecía darles como un alimento.

La ciudad de los elfos fue creciendo de una forma notable, cada vez más grande, más poblado, más dominante. Se creó con el paso de las vidas mortales una ciudad que no tendría comparación con ninguna otra jamás creada en la faz de Kalimdor. La ciudad se tiñó de un blanquecino y resplandeciente mármol que cubriría las aceras, las calles, las columnas y las casas; mientras enormes bandanas y estandartes purpúreos engalanaban los balcones y vastos salones dorados.

Los elfos eran esbeltos, de cabellos purpúreos, verdáceos, incluso azulados como el manto de la noche. Y su complexión era fuerte, casi salvaje. Pero todo ello comenzó a tornarse gris.

Algunos elfos perturbados ya con las mágicas aguas que el mundo les había otorgado comenzaron a experimentar cambios en su anatomía. Se volvieron más pálidos y sus rasgos fueron con el paso de los milenios más finos. Ya no corrían por los bosques ni se unían a la naturaleza. Ya no dejaban sus quehaceres en un día a día vagando entre bosques y árboles quejumbrosos y repletos de hojarasca. Se habían vuelto fríos, egoístas, temerosos de que algo o alguien les quitara el tan ansiado don que el mundo había puesto bajo sus pies.

Y con los años, comenzaron a haber diferencias notables entre los mismos elfos que componían una misma sociedad. Ahora se encontraban divididos por el destino y las costumbres, y aquellos elfos que se alejaron del camino para tomar una vida muy distinta a las que la cuna del mundo les dio al nacer, se llamaron así mismo Altonatos o Bien nacidos.

Pensaban que la vida les había elegido para ser una raza superior, y fue esa misma soberbia lo que hizo que engarzaran sus sencillos ropajes con piedras preciosas e hilos de oro y plata. Ahora era la seda la que se encargaba de cubrir sus finas pieles y, olvidando todo lo que fueron algún día, despreciaban al resto de los elfos tomándolos incluso como trabajadores y subordinados.

Esos elfos que jamás renunciaron a sus orígenes y que no sucumbieron a las tentaciones, siguieron apodándose a sí mismos kaldorei, hijos de las estrellas.

Pasaron muchos años, miles, inimaginables para las mentes mortales, y la enorme ciudad fue bautizada con el nombre de Zin-Azshari, "la Gloria de Azhsara".

Azshara fue una lider que supo ganarse desde el primer momento el corazón de los suyos. Sabia y precavida, supo contentar la mente y alma de todos aquellos que la seguían hasta la muerte.

Pero ningún alma, por inmortal que fuera, es capaz de resistir la sed de magia cuando te atrapa, y Azshara no iba a ser menos. Sucumbió a un poder que apenas podía controlar, y su ambición le hizo desear siempre más y más, incluso más del que podía controlar y del que le ofrecían sus aguas.

Y así, esta lider fue degradándose y haciendo que todos los que la rodeaban, fieles desde el primer momento, lo hicieran con ella.

Zin-Azshari, ciudad de Altonatos orgullosos y magos, de arcanistas y tejedores de la magia. Repleta de lujosas casas y elfos ataviados con los mejores ropajes y telas existentes. Quién iba a decir que fue un sueño que jamás podría sostenerse en pie. Dichosos aquellos que fueron capaz de verla con sus propios ojos aunque fuera una única vez...

Y fue ahí, en el seno de una familia Bien nacida, donde una pequeña de cabellos plateados, vió por primera vez la luz de la Luna.

Capítulo I, los Viento de InviernoEditar

- Qué pequeña es, ¡y qué ojos tan brillantes!- dijo la elfa mirando a Drëmiel, madre de la recién nacida.

- Sí... tiene unos ojos hermosos- Le contestó, acariciando a su primogénita, quién se hallaba en una cuna tallada en madera y adornada con motivos de hojarasca y ramajes en plata. La pequeña apenas consciente de nada de lo que le rodeaba abría los ojos con curiosidad y observaba sin pavor alguno todo cuanto tenía al alcance de su mirada.

Drëmiel suspiraba al verla y sonreía como jamás había sonreído en su vida por cada uno de sus gestos, de sus parpadeos, de sus pequeñas orejas que con tanta gracia se movían levemente cuando se asustaba. Sin embargo los vecinos incordiaban su momento de alegría. Llegaban a husmear e incordiar. Cuánta hipocresía traían consigo al entrar en su casa. Cuan repelentes se habían acostumbrado a ser los miembros de la bien nacida sociedad.

Llegaban con sus mejores togas, perfumados y con soberbia, más a mostrar sus riquezas y a observar cómo era la morada de los Viento de Invierno que a visitar y felicitar por el nacimiento de la recién nacida a la familia.

Sin embargo, nada podía oscurecer la felicidad del hogar, la bendición que había depositado el mundo entre esas paredes de mármol ofuscaba cualquier oscuro pensamiento en los elfos. Quizás por ello Drëmiel permitiese que la vecindad pasase y observara. No tenía nada que esconder, y sabía perfectamente que muchos marcharían con un mal sabor de boca.

Y es que en efecto, la casa de los Viento de Invierno era una morada grandiosa, repleta de habitaciones y grandes salones. Construída hace miles de años bajo el mandato de Krátoras Viento de Invierno, padre de su esposo, Elmerar.

Krátoras siempre fue un elfo extraño. Al contrario que el resto de los elfos, su semblante se hallaba envejecido y cansado, como si para él los años si dejaran secuela a pesar de su uso de la magia.

Muchas leyendas corrían hacia este elfo anciano. Muchos dicen que cuando pisó la recién nacida Zin-Azshari, no tenía familia. Ni siquiera un apellido. Sin embargo, fue uno de los primeros dirigentes de la corte de arcanistas de Azshara. Nadie había visto los límites de su poder y su semblante, silencioso siempre y vacío, causaba cierto respeto entre los suyos.

¿Por qué Viento de Invierno? Hay muchas historias que nacían, crecían, se desmentían o mantenían en Zin-Azshari. Muchos decían que el siempre siliencioso Krátoras caminaba cada día por las lindes de la muralla que acordonaba la ciudad, y que a pesar de que la población trataba de sociabilizar con él, el elfo ni siquiera respondía, ni siquiera les miraba. Era peculiar.

Se contaba que una vez unos trols, criaturas más asalvajadas que los elfos y que en demasiadas ocasiones generaban problemas y conflictos de índole militar, trataron de asaltar uno de los pórticos de la ciudad.

La ciudad, alarmada, dió toque de batalla y los elfos corrieron a sus arsenales, a sus moradas, a sus cuarteles principales; Y se engalonaron de armaduras, arcos, espadas legendarias y cascos de acero y plumas. Pero todo fue en vano, pues Krátoras, con su lento y pausado caminar, miró a todos los trols desde la muralla y antes de que cualquier guarnición de guerreros llegara a sus puertas para defender su ciudad, Krátoras hubo invocado un viento helado desde los cielos, una tromba de frío inimaginable que hizo que el sol se nublase y los árboles temblaran con la misma tierra. Antes de que los ciudadanos quisieran preguntarse qué había ocurrido, los trols se hallaban destrozados y despedazados, yacentes en el ala oeste de uno de los pórticos de la muralla. Cuán poderoso era el pozo y las magias que ofrecía a sus súbditos... - Cánticos olvidados de Zin-Azshari.

Krátoras alzó sus manos al aire y sus ojos brillaron con el característico fulgor violáceo que concede la magia. Y entonces, cesó. Volvió a marchar hasta su morada en silencio y todos se preguntaron realmente si su magia era un don o una maldición, pero se ganó el respeto de muchos y gratitud de otros. Cuentan pues las lenguas que narran leyendas e inimaginables historias, que en Zin-Azshari ese año llegó el invierno mucho antes que en años anteriores, y le llamaron así, Viento de Invierno, nombre que su familia llevaría con orgullo como una etiqueta de poder y soberbia.

Nunca se supo si las habladurías fueron o no ciertas, pero, ¿no era la historia de los elfos un hecho pasado que muchos nos han contado y pocos tenemos la capacidad de conocer? ¿Y no son mejores con un poco de magia?

Capítulo II, la dulzura de DrëmielEditar

Hacía tiempo que Drëmiel se había inmiscuído en el mundo de la magia arcana. Desde su juventud había sido una elfa hermosa, aunque aférrima a sus creencias y al poder que ello conllevaba. Sus padres le habían guiado por una senda de estudio y rectitud y cada día, marchaba por la magnífica capital de Zin-Azshari hacia la Gran Sala.

Era un lugar al que pocos tenían acceso, y como era de esperar, la entrada estaba terminantemente prohibida para los kaldorei que convivían con los Altonato. Su instrucción tenía lugar ahí, en un enorme edificio que dejaba entrever una majestuosa bóveda cristalina. Sus pórticos eran colosales, tanto que, custodiado por dos guardianes de la familia, necesitaban de la fuerza mágica de los elfos para abrir su paso. Allí se codeaban grandes arcanistas de la corte que instruían a hijos de familias bien nacidas en las artes de la magia. Tras sus puertas, infinitos estantes cubrían las paredes con grosos libros repletos de conocimiento y recopilaciones de testimonios pasados. Los alumnos sin embargo aprendían a tener un toque propio de malicia, pues aunque sus maestros les inculcaran las bases indispensables para la magia, no deseaban ser adelantados por alumno alguno. Por ello, algunos alumnos avispados leían más allá de lo que se les ordenaba y practicaban, incluso entre las sombras, hechizos prohibidos y artes un tanto peor vistas por la sociedad Altonato.

Drëmiel Hoja Veloz se levantaba pronto, cuando aún los primeros rayos del sol no habían caído sobre la ciudad. El enorme ventanal de su habitación lo cubrían cortinas purpúreas que, recogidas con un fino lazo de oro, se abrían cada mañana por una de las mozas kaldorei que trabajaba con la familia.

- Es hora de despertar, mi señora... - Decía suavemente la kaldorei, con voz tímida y semblante débil. No era costumbre de los kaldorei vivir durante la luz diurna, pues su naturaleza siempre los acompañó en el amparo de la noche.

La kaldorei, vertía cristalinas y cálidas aguas en una pequeña pila redonda de oro para que Drëmiel aseara su rostro inmaculado.

- ¿Qué toga queréis vestir hoy, mi señora? - Dijo la kaldorei depositando suavemente y sobre la lujosa cama de plumas varias togas de vivos colores. Aunque la respuesta de Drëmiel era previsible, siempre acostumbraba a vestir colores cálidos y rojizos, lo cual hacía un hermoso y llamativo contraste con sus cabellos verdes.

Drëmiel aún adormilada, señaló la toga que deseaba portar esa mañana y tras el servicio de la kaldorei para cepillar sus cabellos, colocó uno de sus broches tras su nuca para sostener sus cabellos. Le gustaba llevarlo en memoria de su madre, con forma de una pequeña libélula con toques rubí.

Y preparada para salir, ponía en su bolsa unos pergaminos en blanco y tinta con plumas para sus labores. Su casa se encontraba cerca de un enorme anfiteatro donde los Altonato se divertían con absurdas y arcaicas historias, algunas de batallas pasadas y ridiculizadas para contentar a la a veces un tanto cruel sociedad. Como cada mañana el servicio de la vivienda le ofrecía su compañía para llegar hasta la Gran Sala. Pero Drëmiel llevaba mucho tiempo negando compañía para su camino, cosa que intrigaba tanto al mismo servicio como a su padre.

Drëmiel tenía una razón, pues mientras caminaba por las aún un tanto oscurecidas calles debido a que el amanecer aún se hallaba emergiendo entre las torres de la ciudad, ella oía, a lo lejos, el rechinar y choque del acero.

Era el único elfo con el que se cruzaba cada mañana, pues la población aún seguía dormida. Pero él no. Enfundado en una probablemente bastante pesada armadura, alzaba su mandoble contra uno de los peleles de entrenamiento y comenzaba a golpearlo sin descanso.

Sus movimientos eran elegantes y sinuosos, y su fuerza los dejaba cada mañana prácticamente destrozados a pesar de estar hechos con duro acero de las mismas minas que precedían la ciudad de Eldre'Thar. El filo de su hoja cortaba el viento y el aliento de la joven que, intrigada, cada mañana se preguntaba quién era el elfo que sin descanso entrenaba su cuerpo y alma para la batalla.

No puede ser un kaldorei... No le dejarían practicar en el campo de entrenamiento de la familia Viento de Invierno... Ni tampoco puede ser uno de ellos... ¿Cómo el hijo de uno de los más poderosos arcanista de la ciudad, de tan renombrado nombre, dedicaría su vida al acero y a la espada en lugar de dedicarla a la magia?

Y en efecto, no era un kaldorei. La familia Viento de Invierno tenía un campo de entrenamiento donde de forma rigurosa, los guerreros que protegían a la familia se entrenaban día y noche sin descanso. Los Viento de Invierno eran una familia peculiar en la ciudad, pues su guardia sólo podía estar compuesta de Bien Nacidos. Krátoras así lo quería y no habría dejado que kaldorei alguno pisara ninguno de sus dominios.

Sin embargo, Drëmiel se hacía estas y muchas más preguntas cada día, en los que ya se había convertido más en una droga que en un antojo caminar para observar al misterioso elfo cada amanecer.

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