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Hans Kaczyński

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Hans
Imagen de Hans
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Apodo Tormento Escarlata (durante su estancia en la Cruzada Escarlata)
Género Masculino
Raza Humano
Edad 38
Alineamiento Caótico Neutral
Ocupación Caza recompensas, Mercenario
Lugar de nacimiento Alterac, frontera con Lordaeron
Residencia Es nómada
Afiliación Compañía Harford, Cruzada Escarlata (anteriormente)
Estado Vivo

TrasfondoEditar

*Nadie onrol es poseedor de toda esta información a excepción del propio Hans y algunos personajes aparecidos en esta historia.

Hijo de un cazarrecompensas llamado Gustav Kaczyński y de una mujer desconocida, Hans fue entregado a los monjes de una abadía ubicada en una aldea de la zona oriental de Lordaeron nada más nacer. Se crio bajo las enseñanzas de los monjes que allí vivían y se convirtió desde pronta edad en un devoto seguidor de la Luz Sagrada.

Aunque tuvo una infancia pacífica, cuando la segunda guerra alcanzó a Lordaeron, Hans fue obligado a unirse al ejército, y abandonó la abadía para unirse a las filas como un recluta. Aunque fue brevemente instruido y preparado para la batalla, no llegó a entablar combate pues la guerra terminó antes de que su división llegara a la capital que se encontraba bajo asedio.

En el ejercito, Hans descubrió en sí mismo una gran afición a las armas de fuego, la alquimia y la metalurgía. Así pues, cuando volvió a la aldea, decidió ponerse al servicio del herrero en lugar de continuar con su instrucción como monje, ya que creyó que allí podría ser mucho más útil y talentoso. Jamás abandonó el camino de la Luz Sagrada, y continuó yendo a rezar cinco veces al día. 

Cazador de brujas Mordheim.jpg

Su llegada levantó toda clase de rumores y chismorreos

Ya llevaba años trabajando en la herrería, cuando una noche un hombre vestido con ropas extrañas y oscuras llegó a la aldea para alojarse en la taberna unas cuantas noches. Había oído rumores sobre personas vestidas de manera que habían armado bastante jaleo en el norte del país. La presencia de aquel hombre fue la comidilla del pueblo durante las siguientes cinco noches. Algunos decían que era un hechicero oscuro, pero Hans lo descartó al verle llevar una pistola. Otros decían que era un espía, algo que Hans también descartó, pues un espía no debería llamar tanto la atención. Pero hubo algo que le llamó el herrero que atrajo el interés de Hans: "es un cazador de brujas. Gente despiadada, peligrosa, inestable e imprevisible. Se dice que persiguen hechiceros oscuros, no-muertos y monstruos antinatura. Chorradas en mi opinión, se aprovechan del miedo y las supersticiones del pueblo llano para sacarles dinero."

Aquel mismo día Hans se fue a la cama pensando en lo que habia dicho el herrero. A pesar de las palabras utilizadas por su maestro, a Hans le pareció una profesión admirable, y por qué no, bastante excitante. Aun asi no quiso hacerse ilusiones, pues sabía que iba a seguir trabajando en la herrería durante muchos años más. Le estaba costando dormirse, así que se levantó y salió a pasear. Se fijó en que el caballo con el que el extraño forastero había llegado, ya no estaba en los establos.

Poco después se encontró con Tysabele, una anciana que vivía en las granjas. Hans se acercó para conversar con ella, extrañado de que estuviera fuera de la cama a esas horas. La anciana solo le respondió con gruñidos, y a cada paso que daba, se le desprendía la piel de la carne. Hans, asustado, corrió a refugiarse en la herrería. La anciana la persiguió, ahora convertida en una masa amorfa de carne podrida y huesos. No le quedó otra que defenderse con un martillo, y lo clavó directamente en el craneo de esta cuando se acercó. 

Envolvió el cadáver en un mantel y se lo llevó a un lugar apartado para enterrarlo. Mientras cavaba el hoyo, vio como se levantaba humo desde la aldea, y como las lenguas llameantes alcanzaban el cielo nocturno. Dejó todo enseguida y corrió hacia la villa, para encontrarsela toda incendiada y llena de cadáveres. Aunque podía reconocer los cuerpos sin vida del tabernero, el zapatero y el curtidor de cuero, otros tantos le parecían irreconocibles, pues se
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habían deformado de la misma manera que la anciana Tybele. En un impulso, Hans corrió a la herrería, para comprobar si su maestro seguía con vida, y se encontró tanto el taller como las cómodas vacías. Se armó con algunas de sus armas forjadas y salió de nuevo, dispuesto a ir hacia la abadía, donde pensaba que estaría a salvo al amparo de la Luz Sagrada, pero al salir, se encontró con que algunos cuerpos habían vuelto a la vida en forma de necrófagos y no-muertos.

Hans logró repeler a los necrofagos utilizando salmos sagrados, agua bendita que siempre llevaba encima y una antorcha de fuego. Tuvo que ingeniar un plan para deshacerse de ellos, y los condució hasta una pequeña chabola que aun estaba entera. Se las arregló para engañarlos y que entraran, para luego incendiar el pequeño cobertizo. Hans salió por los pelos, pero se asfixió por el humo y se desmayó. 

Despertó poco después, y al abrir los ojos vio que se estaba moviendo. Aun era de noche y el cielo seguía cubierto de humo, así como el ambiente olía a carne quemada y podrida. Estaba en una carreta alejandose de la aldea, y se incorporó para ver con quién estaba. En la parte delantera vio al forastero extraño, y su primer impulso fue culparle de todo lo ocurrido, recordando lo que le había contado su maestro acerca de esos cazadores de brujas. El forastero le contó que sí, que había sido él quién había incendiado los graneros y posteriormente toda la villa en un intento de eliminar todo rastro de corrupción y podredumbre. Le explicó que el grano estaba infectado, y que esto ya había ocurrido también en otros lados de Lordaeron. Hans le pidió que le llevara a la abadía, pues quería estar con sus hermanos durante estos tiempos difíciles, pero le contestó que eso era imposible, pues la abadía era historia y todos los monjes habían muerto. Al preguntarle que como lo sabía, le dijo que había quemado a todos los cadáveres, no-muertos o no, en una pira, y que entre ellos estaban los monjes.

Según el forastero, se dirigían al sur, a las laderas de Trabalomas, donde la peste y el Azote aun tardarían en llegar. Tenía pensado dejar a Hans allí, y regresar para seguir combatiendo la corrupción. Dijo llamarse Otto van Krismann, y cuando Hans le preguntó si era un cazador de brujas, contestó: "'ese nombre que nos han puesto es una idiotez, pues no solamente perseguimos brujas. La nuestra es la caza de la corrupción, perseguimos a aquellos seres que pretenden someter y corromper a la raza humana y los erradicamos allí donde los encontramos. Nuestro escudo es la fé, y nuestro arma el fuego purgador."

Devastado pues lo había perdido todo, Hans volvió a la parte de detrás del carromato para reflexionar sobre su futuro. Después de dieciséis horas de absoluto silencio entre los dos hombres, Hans se ofreció a acompañarle en sus viajes, pues no tenía donde ir, aunque ambos sabían que la verdadera razón era que deseaba causar daño a los que habían causado todo aquel desastre en su tierra.

Otto le contestó que tenía hasta que llegaran a Costasur para demostrar su valía y que tal vez entonces le dejaría afilar sus cuchillos. Hans pensó que no tenía muchas oportunidades de demostrar nada, pues no había gran distancia hasta Trabalomas, pero no podía estar más equivocado. A su camino solo encontraron aldeas arrasadas por no-muertos, y Hans se aferró a su fé para ayudar lo mejor que podía al cazador de brujas.

A pesar de no que no lo hizo nada mal, tal vez el mérito de salir vivos de todos aquellos
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peligros fuera más de Krismann, el cual se desenvolvía en ese campo como un pandaren en la cocina. Ya visualizaban las verdes colinas de Trabalomas, todavía intactas, cuando escucharon de unos peregrinos que viajaban a refugiarse allí, que el príncipe Arthas había asesinado a su propio padre y que todo el país se encontraba en guerra contra el Azote. Era una guerra de supervivencia constante y en la que no existirían treguas hasta que todos los hombres fueran sometidos al poder de Arthas y su oscuro señor.

En ese momento, Otto consideró que necesitaría toda la ayuda posible, y además accedió a instruir a Hans pues pensaba que disponía de la fé necesaria para someterse al duro entrenamiento. Lo que empezó como sencillas técnicas de rastreo y caza, practicas de esgrima y de disparo y recarga y conocimiento de la flora, terminó convirtiéndose en letales pruebas de supervivencia (aunque Otto siempre guardaba un as bajo la manga por si las cosas iban demasiado lejos) de las que Hans apenas logró salir airoso.

Durante un año Otto y Hans viajaron por Lordaeron, aunque trataban de no adentrarse demasiado en el territorio recientemente conquistado por Sylvanas. Se enfrentaban a no-muertos por doquier, y a menudo se veían involucrados en batallas donde ayudaban a las gentes locales a repeler a los no-muertos. Durante una travesía en las ahora conocidas como Tierras de la Peste Oeste, coincidieron con un grupo armado con buen acero, y que vestían con prendas escarlata. Los escarlata les hicieron bajar del carromato para inspeccionarlo en busca de algún indicio de traición a la raza y a la Luz.

Al no encontrar nada sospechoso, dejaron que se marcharan, recordandoles que no se alearan de los caminos de la Luz. Hans, que había entablado una conversación con uno de los soldados, el cual había identificado a la organización como la recientemente creada Cruzada Escarlata, el hogar de los paladines y humanos más leales de Lordaeron.

Durante días, pensó en aquellos cruzados escarlata, sintiendo admiración por ellos al arriesgar así la vida por la causa de la Luz y considerando la opción de unirse a ellos. Al contarle lo que pensaba a Otto, este le contestó secamente que no le había instruido para convertirse en uno de esos remilgados cruzados, a los que el cazador de brujas consideraba futuros cadáveres sin experiencia. "Cuando sean no-muertos, podemos volver y puedes quedarte sus bonitas armaduras cuando mueran". Esto ocasionó cierta tensión entre los dos, y Hans, que empezaba a pensar en iniciar un camino propio, no tardó en abandonar al veterano cazador de brujas.

Volvió sobre sus pasos para reunirse con los cruzados, y estos le acompañaron al monasterio donde sería sometido a una prueba de fe. Debido a que su fe en la Luz era irrefutable desde pequeño, la superó con creces. Rapidamente ascendió a explorador gracias a las enseñanzas de Otto, y aunque al principio a veces echaba de menos a ese "viejo y seco carcamal", se integró
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El Inquisidor Roger J. Eisenhart

rapidamente en las filas Escarlata con la ayuda del Inquisidor Eisenhart, aprendiendo a dejar de lado sus sentimientos contrariados y debilidades para concentrarse únicamente en la exterminación de aquellos seres que amenazaban la existencia de la humanidad y de su cultura.

Poco a poco, el Monasterio se convirtió en el último bastión de los verdaderos humanos leales en toda Lordaeron, y los renegados cada vez les cercaban más. Hans y otros exploradores tenían la tarea de mantener alejados de la manera que fuera a las repugnantes criaturas que acechaban las cercanías. Eso incluía a todo aquel que no formara parte de sus creencias (o, pobre, del que no pudiera demostrar su absoluta fé), tal como Eisenhart le había enseñado.

Permaneció años en la Cruzada, e incluso sobrevivió a Nueva Avalon y se unió al Embate Escarlata en su expedición a Rasganorte, al lado del Inquisidor. Hans se había convertido en una auténtica arma que Eisenhart podía usar a placer debido a la gran influencia que ejercía
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Hans, interrogando a un agente renegado

sobre él. Una de las especialidades del Inquisidor era buscar los puntos fuertes y débiles de cada persona, y explotarlos a su placer hasta destruirles, o, en el caso de Hans, convertirles en agentes más que eficientes en el campo, implacables y sin cuestionar las ordenes. Hans enseñó a los no-muertos que hasta ellos tenían un motivo por el que temerle más allá de la promesa de una muerte definitiva y total.

No obstante, Hans escuchó sin querer una conversación entre Eisenhart y otro hombre desconocido. Descubrió mediante esto que la Cruzada había estado bajo influencia de poderes demoníacos, y que la Cruzada pretendía destruir toda prueba que la relacionase con aquel desafortunado malentendido. El otro hombre le preguntó si podría aplacar y utilizar a Hans para ello, a lo que el Inquisidor contestó que sí, puesto que llevaba manipulándolo a su merced durante meses. En ese instante, se resquebrajó todo lo que a Eisenhart le había costado construir en la mente del hombre, y esa misma noche cuando el Inquisidor fue a encargarle a Hans que eliminara a ciertas personas. Hans contestó que no iba a matar a ninguno de sus hermanos, y confesó haber escuchado la conversación, algo de lo que el Inquisidor ya estaba al tanto.

Antes poder reaccionar, Hans fue paralizado por el Inquisidor, y este le contó que ahora la Cruzada era completamente libre, pero solo lo sería para siempre si esas pruebas eran destruidas. Hans comenzó a compartir el punto de vista del inquisidor, pero cuando este le prometió más poder e influencia dentro de las filas de la nueva Cruzada, recordó que había confesado estar manipulándolo (algo con lo que Eisenhart contaba pues quería sacarle hasta el ultimo exquisito gramo de ira para poder dominarle completamente), por lo que se libró de sus ataduras imaginarias utilizando una técnica de distracción para hechiceros que Otto le había enseñado. Golpeó al Inquisidor y lo dejó tieso, y luego, con pesar, hizo lo propio con uno de los guardias de más o menos su estatura. Vistió al guardia con su ropa y tabardo, e incluso se desprendió su espada, que la llevaba desde que se había unido y a la que tenía una fuerte atadura emocional. Golpeó al guardia en la cara hasta matarle, dejandole poco reconocible.

Después, arrojó el cuerpo por un acantilado, antes de despertar al inquisidor y tirarle también. Los dos cuerpos se hicieron pequeños en la oscuridad y se escuchó un golpe seco. Cuando los primeros exploradores encontraron los cuerpos deformados, ya se había encaminado hacia el este, hacia las Colinas Pardas. La Cruzada Escarlata entonces consideró que Hans había muerto, algo que no era del todo cierto, pero que tampoco era mentira.

Cuando alcanzó la Colinas Pardas, buscó la Bahía Ventura para unirse como mercenario y ganar algo de dinero para poder marcharse de el continente helado. Perdido, encontró un rastro humano que le guió hasta una cabaña de cazadores, los cuales aceptaron alojarle. Aunque tenía pensado dejarles pronto para seguir con su proposito de convertirse en mercenario, Hans fue alargando su marcha hasta que finalmente decidió quedarse junto a los cazadores.

Allí pasó varios meses, entablando una estrecha amistad con un hombre llamado Vlad. Este le había ayudado a integrarse en su mundillo, y Hans descubrió que el estilo de cacería de Vlad no era muy distinta a la que él practicaba en los Claros de Tirisfal, aunque esta requería mucha más sangre fría y paciencia. Hans también ayudó en la cabaña, gracias a su conocimiento de la herbología y la alquimia, fue capaz de salvar ayudar en el tratamiento de enfermedades y heridas.

Hans por fin había encontrado un lugar en el que sentía en su interior que era libre de verdad, libre del que fuera su maestro herrero, libre de los monjes de la abadía, libre de las garras de la Cruzada Escarlata...en las Colinas Pardas había encontrado por fin algo que se le daba bien y lo que era más importante, algo con lo que se sentía a gusto. Pero, como siempre ocurre, no todo iba a ir bien para siempre.

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Cuando uno de los cazadores llamado Timov llegó con una grave mordedura en el hombro, cargado por otros dos de sus compañeros, Hans supo nada más analizar la herida de qué se trataba. Era la mordedura de un huargen (o Ulfhednar), unas bestias malditas que había estudiado durante su estancia con Otto. Su maldición se transmitía a través de algunos de los fluidos corporales, mediante mordeduras mayoritariamente.

Vlad sugirió la amputación, pero Hans no estaba seguro de que eso funcionara pasado tanto tiempo, por lo que su amigo calentó un hacha al rojo vivo y procedió a amputarle el brazo desde el hombro. Timov se desmayó, y decidieron darle un respiro, aunque Hans estaba inquieto por dentro, decidió no compartir sus preocupaciones con los demás para no turbarles. Esa misma noche, él mismo hizo guardia en la puerta de Timov.

Finalmente, cerca del alba, el sueño le venció, y fue Vlad quién le despertó con una reprimende amistosa. En la puerta a su espalda, todo seguía tranquilo. Entraron a comprobar como estaba Timov cuando encontraron toda la sala vacía. Junto a la ventana, abierta de par en par, había rasguños en la madera producidos por unas grandes garras. Siguieron el rastro y encontraron dos cuerpos de los centinelas que rondaban los bosques en horarios nocturnos. Continuaron su camino, y Hans se maldijo a sí mismo por haberse dormido. Llegaron hasta un cubil, y Vlad decidió entrar a pesar de las advertencias de su compañero. Este lo siguió, pues no quería cargar con más muertes por culpa de su error.

Al adentrarse en el cubil, supieron de inmediatamente que se trataba de una trampa, puesto que coincidieron en algunos métodos utilizados por su propio clan de cazadores. Cuando se dieron cuenta de que la presa eran ellos, aun tenían una oportunidad de escapar. Salieron del cubil perseguidos por una manada de huargens, esquivando las trampas que Timov había colocado para ellos.

La persecución se alargó días, hasta que Hans y Vlad se toparon con unas estructuras gigantescas que recordaban a las de los trols, fabricadas con piedras de gran tamaño de color azulado y gris. Aquel paraje estaba completamente desolado, los arboles marchitados, el cielo oscurecido y la constante nevada, sumado al vapor tóxico que allí se respiraba lo convertía en un territorio extremadamente peligroso, pero teniendo en cuenta lo que venía detrás de ellos, decidieron entrar en el territorio de los trols de hielo.

Allí sobrevivirían gracias a su pericia en el camuflaje y el sigilo, y también a algunas intervenciones de Hans a la hora de repeler a los no-muertos. Buscaron refugio, pero solo encontraron los bastiones esparcidos de la Cruzada Argenta y los Caballeros de la Espada de Ébano. Estas dos organizaciones repugnaban a Hans, pues sentía que representaban la hipocresía a la que se había visto sometido en la Cruzada Escarlata, y a pesar de su poca tolerancia por estos guerreros, aceptó, por el bien de Vlad, resguardarse allí.

Fueron recibidos de manera fría pero cortés. La situación no era para menos. Los trols empezaban a desesperar bajo los ataques de la Plaga, cuyas filas iban en aumento, y comenzaron a sacrificar a sus propios dioses y a usurpar sus avatares para combatir a sus enemigos. Hans no quería permanecer mucho tiempo en aquella tierra maldita, así que convenció a Vlad de viajar al oeste, de vuelta al Cementerio de Dragones, y luego buscar la bahía Ventura para salir de allí de una vez.

Abandonaron los fuertes Argenta, encaminandose hacia el oeste, cuando encontraron un castillo en ruinas repleto de cruzados escarlata que habían caído. Siguieron su camino, pero cuando iban a cruzar el paso hacia las Colinas Pardas de nuevo, apareció una patrulla renegada, y ambos compañeros tuvieron que separarse. Hans alcanzó la bahía Ventura, y esperó una semana para que apareciera Vlad antes de enrolarse en una galera mercenaria que le llevaría a la Isla del Saqueo, donde más adelante robaría un bote para viajar a Bahía del Botín.

Al llegar a Bahía del Botín, lo primero que hizo Hans fue preguntar por Vlad, pero nadie había visto a nadie que coincidiera con su descripción. Dejando de lado toda esperanza de ver a su amigo de vuelta, el mercenario comenzó a buscar trabajos de cazarrecompensas para reunir dinero y comprar una finca. Finalmente se instaló allí e improvisó un pequeño altar a la Luz en su choza. Realizó diversos contratos, cazando a piratas y contrabandistas Velasangre, y terminó por llamar la atención de un señor del crimen que lo incorporó a su banda. En dicha banda, Hans formó parte de los guardaespaldas del señor criminal durante varios meses, incluso años. En un intercambio, Hans conoció a Gianni Leone, intercambiando unas breves palabras.

Pasado un tiempo allí, y tras el Cataclismo, Hans creyó oportuno abandonar Bahía del Botín definitivamente, incapaz de mantenerse demasiado tiempo en el mismo sitio, se puso en camino hacia el Bosque del Ocaso, y decidió buscar a su antiguo mentor, Otto von Krismann. Al llegar a Villaoscura, no sin antes espantar a algunos huargens, los aldeanos afirmaban haber visto un hombre delgado, palido y con sombrero de ala ancha, que afirmaba ser un cazador de brujas. Hans buscó pistas acerca de su paradero, que le guiaron hasta un granero dentro del cual brillaba una luz. Con precaución, entró y vio al hombre de espaldas. Enseguida reconoció su sombrero, su casaca y su rifle. Al voltear el rostro, el hombre le sonrió y le miró con ojos brillantes.

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Aquel ser tenía la piel demasiado pálida, y su aspecto era esqueletico. Aun conservaba cabello, al menos unas hebras de pelo en la nuca, puesto que el resto lo tapaba su sombrero de cazador. Aquella personalidad había sido en su momento su compañero y amigo, pero ahora era una abominación antinatura, con lo que parecían intenciones bastante hostiles. Entonces, tras desarmas a Hans, le explicó todo lo que había ocurrido. Los renegados le habían capturado y torturado, para más tarde utilizarle en experimentos con añublo. Estos habían resultado un éxito, y al cadáver cazador se le había permitido escoger entre servir a la reina Sylvanas, o seguir su propio camino. Vlad escogió seguir su propio camino, para buscar a Hans, al que culpaba de su estado, para vengarse.

Sin embargo, Vlad había caído en un estado de demencia, por lo que en algunas ocasiones se andaba por las ramas y sufría trastornos de personalidad, llegando incluso a discutir consigo mismo, lo que permitió a Hans atacarle y desarmarle. Recogió el rifle y le golpeó en la cabeza con la culata. Luego, lo ató a su caballo y con un hierro candente, hizo que este saliera a toda velocidad hacia el norte, lejos. Lo había hecho porque creía que así, su amigo podría hacer algo de provecho incluso en su estado, antes de morir de verdad. Pero se arrepentiría de no haberle matado, pues Vlad se convertiría en su peor enemigo desde ese momento, y no dejaría de intentar matarle cada vez que tuviera la ocasión, pero siempre permaneciendo en las sombras. Dadas las circumstancias, Hans determinó que Vlad debía morir, y que dejarle vivir había sido el mayor error de su vida.

Pasados unos meses, Trinel Tarran reclutó a Hans para la Compañía, preparando la ofensiva hacia el mundo de Draenor, sabía que necesitaría soldados curtidos en distintos frentes. Hans atravesó el portal y se abrió paso por Tannan junto al resto de la Alianza, peleando fieramente al lado del veterano capitán. Pronto se desarrolló una relación de camadería y pragmatismo, lejos de los sentimentalismos que tanto desagrado producían en Kaczynski. Hans sobrevivió a la campaña de Draenor, llegando hasta Talador donde fue herido de gravedad por la artillería de la Horda de Hierro. Después de aquella contienda fallida en la que cayeron casi todos los efectivos de la ofensiva, fueron teleportados nuevamente a Azeroth.

Tras unas semanas de descanso y recuperación, la Compañía recibió noticias de que se iba a celebrar el Torneo Argenta, ubicado en las gélidas tierras del norte de Corona de Hielo. Hans no tenía ningún deseo de regresar a Rasganorte, pero acompañó a la compañía para prestarles su apoyo y todo lo que fuera necesario. A pesar de eso se mantuvo ausente en casi todas las pruebas, prefiriendo pasar el tiempo fumando de su pipa alejado de las carpas y pabellones. La Cruzada Argenta le producía ardor estomacal.

La única prueba a la que asistió Hans, y porque era la ultima, fue a la Gran Prueba donde iban a pelear los mejores guerreros de cada organización que había asistido. Alistar iba a representar a la Compañía, pero a ultima hora no apareció. TH, que no quería que su compañía quedara en mal lugar, escogió a Hans en su lugar. Este, que no tenía ningún respeto por el vago e incapaz condotiero, accedió a pelear únicamente para poder largarse de allí cuanto antes. Sorprendente-mente para los demás asistentes, Hans se alzó con el triunfo en todos sus combates, derrotando a norteños, elfos y a un draenei enorme en la final de nombre Naraat.

Sin quererlo, Hans había alargado la estancia en aquel lugar debido a la recogida de trofeos que se celebraría unos días más tarde. Encontró sumamente irónico que los argenta le entregaran un trofeo por sus habilidades a la hora de pelear, cuando las había usado para matar a decenas de soldados argenta años atrás.

Al regresar de nuevo a los Reinos del Este, la compañía se rescabró y terminó por dividirse. Aunque Hans permaneció cerca de Ventormenta por si se requerían sus servicios, dedicó su tiempo libre en gastarse el dinero del premio en tabaco, puros y alcohol. Sin saberlo, en su interior había desarrollado un gusto por matar y guerrear, y la única manera de cubrir esa demanda de sangre era bebiendo hasta no poder levantarse de la silla.

Una calurosa noche de verano, recibió una nota de Trinel, que pedía su ayuda para liberar a su hija de unos nobles. Aquello puso a Hans contento, que accedió encantado a ayudar, aunque fue el único. La hija fue liberada, pero más tarde debido a sus acciones contra la ley, sería descubierto y encerrado en las mazmorras de Ventormenta.

Entre barrotes, asesinó a tres bandidos utilizando un rosario de la Luz Sagrada, por lo que fue recluido en las celdas de alta seguridad y condenado a la gillotina directamente. Aguardaba impaciente el momento de su muerte, cuando Trinel Tarran se presentó en su celda y le ofreció una salida. Tarran había sido puesto al mando del Primero de Thuran, su pueblo natal. Ahora Hans debía escoger, entre una compañía de diablos a los que enviaban a misiones suicidas, o el largo camino hacia el cadalso. Todavía esperaba que su muerte pudiera resultar útil para alguien, así que escogió la salida que le ofreció Trinel.

Días más tarde se reunió con Trinel en Bosque del Ocaso y juntos viajaron hasta el Pantano de las Penas para visitar las ruinas de Thuran en la frontera con Crestagrana. Fueron a investigar el estado de un antiguo miembro de Thuran, el Comisario Viktor Takinov. Resultó ser una trampa, y el comisario habia sido asesinado. Gracias la conocimiento de Trinel del terreno, escaparon de la ciudad en un bote, hasta Bahía del Botín, donde Trinel le reveló a Hans que su padre, Gustav, fue un Thuran que tuvo que abandonarle para dedicarse a la guerra, y que murió en Rasganorte peleando contra la Plaga. Le aseguró que quemaron su cuerpo para que no pudiera ser reanimado, y que su padre siempre había respetado el Manual de Campo de la Primera Compañia, el libro de doctrinas de la Primera Compañía de Thuran, que Tarran le entregó en ese momento.

AparienciaEditar

Hans posee unos rasgos duros y afilados. Tiene los pomulos altos y siempre parece tener los ojos entrecerrados en un gesto de desconfianza general. Es de piel clara, aunque con el tiempo esta se ha ido tejiendo de cicatrices y quemaduras, volviendose de color irregular en algunos puntos. Su cabello no obstante, es de color rubio impoluto, así como su barba, de la cual destaca su largo bigote. Viste a la española, completamente de negro a excepción de una faja roja. Lleva un sombrero emplumado con una pluma de cuervo y una capa también de color negro.

CarácterEditar

Valora mucho la disciplina, la lealtad y la capacidad de resolver problemas bajo presión. Él tiene unos nervios de acero, y no es fácil hacerle caer en tretas y provocaciones. Esto le ha permitido salir de situaciones en las que una persona normal podría perder la compostura. También hace uso de su limitado conocimiento de la psicología humana, capaz de intimidar a sus tropas o de alentarlas según requieran las circunstancias. Sigue el código militar a rajatabla, y no le tiembla el pulso al castigar a aquellos que muestran cobardía, indisciplina y desfachatez.

Hans tiene un punto débil, y es su archienemigo, Vlad, un no-muerto que siempre que puede le hace la vida imposible. Hans le perdonó la vida con anterioridad, algo de lo que se arrepiente cada noche y una carga que tiene que soportar a diario hasta que consiga eliminarlo.

Debido a los numerosos intentos de Vlad de atentar contra Hans, este se ha vuelto con el tiempo algo paranoico, desconfiando generalmente de todas las personas que no conoce en profunidad o cuyas intenciones nunca están claras del todo.

FamiliaresEditar

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