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Hamira Wildberg

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Hamira Wildberg
Imagen de Hamira Wildberg
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Género Femenino
Raza Humana
Edad 27 años
Clase Gladiadora, vagayermo
Alineamiento Caótico neutral
Ocupación Cazadora
Residencia Tiramar
Afiliación Gobierno de la Hidra
Estado Viva

TrasfondoEditar

Orígenes Editar

Según su madre le dijo, Hamira fue fruto de una pasión repudiada por los piratas entre los que creció. Bahía del Botín fue el escenario en el cual la brava Sirhai conoció a Lawrence H. Wildberg, un descuidado pero suertudo arqueólogo que conquistó el corazón de la pirata con leyendas, conocimientos, pero sobre todo, mucha labia.
Lawrence cayó en manos de los sinvergüenzas capitaneados por Henry Helm mientras estudiaba a los trols de Tuercespina. Su indiscreta peculiaridad atrajo la curiosidad de los piratas, quienes le creyeron digno de recompensa; no obstante lo único que les proporcionó fue impotencia, dolores de cabeza y más de una salida de tono. A pesar de hacerles sentir como estúpidos cayó en gracia por despertar burlas de unos a otros, pero no tardarían en cansarse de él.
Sirhai por entonces era una de las mujeres favoritas de Helm, lo que la convertía en una mujer respetada. Al contrario que el resto, no se limitaba a reírse de sus camaradas, sino que Lawrence despertó en ella una curiosidad innecesaria para una pirata de su clase. Fue así como tras estirar muchos minutos en los momentos que dedicaba a atenderle acabó liberándole a sabiendas de lo que estaba en juego, pues era conocida la noticia de que pronto le darían muerte.
La curiosidad y el saber de Lawrence junto al instinto de supervivencia de Sirhai condujeron a la pareja a través de varias aventuras por la jungla, que a pesar de ocurrir en poco tiempo, dieron para mucho. Mientras tanto el rencor de Helm le impulsó a organizar una búsqueda para recuperar lo que le pertenecía.
En esta parte de la historia Sirhai no entró en detalles con Hamira, le bastó con dejarle claro que su padre siguió otro camino distinto y que ella regresó con su gente. Quizás la abandonara, quizás le perdonaran bajo las súplicas de la mujer o bien quizás hubiera sido pasado por acero. Hamira cree que la abandonó por cobarde, nunca ha tenido fe en la gente civilizada y menos en hombres tan hechos en letras.

El desprecio de Helm una vez Sirhai regresó se acrecentó en el momento en el que se supo de su embarazo, incluso quiso deshacerse de la que antaño fue su amante. La intervención de sus camaradas fue clave para evitar un fin fatal, tolerándole su estancia en el barco bajo condiciones denigrantes.
Sirhai siempre quiso hacerle creer a Hamira que lo que viene narrado a continuación se debió a aquello en lo que cree, a una confusa fusión de las investigaciones malinterpretadas de las que le hablaba Lawrence sobre loas y chamanismo pero en las que, fascinada e ignorante, depositó su fe. Realmente, lo más probable es que fuese cuestión de suerte.
Sirhai sabía que en esas condiciones debía valerse de su fuerza para sobrevivir tanto ella como la criatura que esperaba y que, de seguir así, no lo lograría. Recordando todas las historias que Lawrence le narraba pedía ayuda continuamente a lo que ella llamaba “Guardianes”, lo que serían los elementos, especialmente al viento y al agua para que la escucharan mientras cruzaban el océano.
El Rompecascos, así llamado no por ser un barco ofensivo sino por la facilidad con la que su tripulación se emborrachaba y dejaba caer los vidrios de las botellas inconscientemente, hacía gala de su nombre. El propio Henry Helm se tambaleaba y ninguno de ellos se había preocupado en la posibilidad de un cambio meteorológico debido al buen tiempo que les había acompañado durante los pasados días de travesía. Sirhai había perdido el privilegio de compartir botella y pocos más se encontraban sobrios en aquel momento.
Cuando la tripulación del Rompecascos se dio cuenta ya era demasiado tarde, el navío se encontraba en medio de una agitada tormenta y los piratas rodaban de un lado a otro, agarrándose a lo primero que pudiesen con torpeza. Un inesperado golpe de ola hizo que el orgulloso capitán fuera engullido por el mar, sin que nadie se percatara. Sirhai creyó que era la oportunidad que estaba pidiendo a sus dioses y no quiso desaprovecharla, apresurándose a tomar el timón para sacar a sus camaradas del peligro y así ganarse de nuevo su respeto.
Lográndolo y junto a la muerte del rencoroso Helm la pirata consiguió lo que se proponía. Pronto la situación se volvería más favorable para ella bajo el mando de un nuevo capitán y pudo vivir tranquilamente su embarazo.

Hamira nació en verano. Sirhai le contaba que por eso es de sangre caliente, brava y fiera, porque el verano pertenece al fuego que es quien aviva los corazones. Creció entre rutas marítimas, saqueos y juergas, y desde pequeña aprendió que nadie nace respetado sino que el respeto es algo que se gana tanto con fuerza física como con fuerza de voluntad.
A pesar de aceptar de buen modo las creencias de su madre nunca comprendió por qué una mujer tan valerosa como ella había podido flaquear ante un cobarde como él. Sirhai trató de transmitirle en vano algunos de los conocimientos que adquirió durante su aventura con Lawrence, hablándole de ciudades, lugares y gentes.

Kalimdor y los vagayermos Editar

Los años pasaron y por suerte Hamira heredó las cualidades físicas de su madre, creciendo fuerte y encajando así entre el estilo de vida que llevaban sin ningún problema. Gracias a eso y a su carácter ya nadie recordaría el polémico origen de la joven, siendo una más entre los piratas.
Con el descubrimiento de Kalimdor por parte de los Reinos del Este los piratas del Rompecascos quisieron aprovechar para visitar el continente, aliándose con otros grupos de piratas y componiendo una pequeña partida hacia las tierras conocidas como Tanaris. Allí compitieron con otros piratas de los Mares del Sur, quienes robaron sus barcos tras arrinconarles, dejándoles sin medio para salir de las desérticas tierras.
Pronto tuvieron que organizarse para sobrevivir, estableciendo una jerarquía en la que el mandamás de los piratas, conocido como el Escorpión Califa, les lideraría. Así fue el nacimiento de los vagayermos, grupo de bandidos y asaltantes.

Los trols de las arenas y los goblin establecidos fueron quienes más sufrieron los asaltos. Sobretodo eran ansiados los botines de las tumbas y los pozos de agua, ya que era un bien escaso. La supervivencia era dura y no les quedó otro remedio que hacerse al desierto, convirtiéndose en un grupo temido por su salvajería. Hamira no recuerda esos días como una desdicha, más bien parece orgullosa de haberlos vivido pues a ellos les debe su mayor estancia en tierra.
Allí aprendió sobre venenos y caza, y formó orgullosa parte de numerosos asaltos. Apreció el valor de los botines, disfrutó de la codicia y destacó entre las mujeres por su brutalidad, siendo digna de confianza entre los suyos.

De vez en cuando atrapaban grupos de despistados viajeros que subestimaban las leyendas que se contaban, divirtiéndose con ellos, pues pocas eran las diversiones que el desierto les permitía. Saqueando los restos de un naufragio, los vagayermo encontraron un par de supervivientes que resultaron ser madre e hija: Hazamir y Jesabela. Quizás por tratarse de mujeres tuvieron más paciencia con ellas en un principio, pero sin duda fue la valía de ambas lo que las mantuvo con vida, siendo obligadas a acompañarles.
Hamira se encargaba de que no cometieran ningún acto que les disgustara bajo órdenes del Escorpión Califa, vigilándolas severamente desde la desconfianza. Con el paso del tiempo la forastera más joven quedó prendida de uno de los vagayermo y dicho sentimiento permitió que se les concediera un trato más cómodo que, con el paso de los años, incluso dio pie a lo que pudiese ser considerado amistad por parte de Hamira y varios de los bandidos.

Los asaltos eran prósperos, incluso se atrevieron a organizar una peligrosa incursión nocturna a Zul'Farrak, la capital de los trols. El ánimo de los bandidos se acrecentaba a cada victoria, colmándose de tesoros con los que comerciaban realizando intercambios en las calas. Creyéndose dichosos no dudaron en viajar a las tierras de Uldum una vez quedó libre el camino a ellas tras el Segundo Cataclismo, el Escorpión Califa prometía unas riquezas inigualables que arrebatarían a los mismísimos titanes. Mas unos pocos supersticiosos, conformes con sus recientes logros, temieron unirse a la expedición abandonando el grupo de bandidos.

En las tierras de Uldum pasaron un año entero en el que se creyeron bendecidos. Hamira se sentía imparable, tenían todo lo que pudiesen desear, gozaban de pequeños paraísos en forma de oasis y parecía no existir un límite. Sirhai mientras tanto recordaba a Lawrence como nunca antes mientras contemplaba con fascinación las enormes pirámides y obeliscos, imaginando las palabras que hubiera usado para describir semejante visión.
La codicia del Escorpión Califa no hacía más que crecer y fue la que condenó a todos. Teniendo como objetivo el Obelisco de la Luna propuso a sus bandidos asaltarlo. Sirhai tenía un mal presentimiento y trató de compartirlo con Hamira, quien hizo oídos sordos.
Los vagayermos se encontraron con un despliegue tol'vir de Ramkahen que les diezmó. Destrozándoles y cortando tajantemente la buena racha que les precedía. Los supervivientes se reagruparon como pudieron, dispersos. Algunos de ellos ni siquiera se preocuparon en regresar.

La Leyenda de la Negra Editar


Hamira y su madre regresaron junto a su grupo a Tanaris, con la esperanza de recuperarse vendiendo parte de las riquezas que habían salvado. Allí aguardaron cerca de un pozo de agua a la espera de la visita de los interesados con quienes harían negocios, sin embargo no fueron ellos quienes llegaron primero.
La noticia de que la suerte de los vagayermos había llegado a su fin no había pasado desapercibida para los goblin, quienes aprovecharon el momento para hostigar a los grupos de supervivientes y pagarles así con la misma moneda que recibieron.
Una noche los bandidos fueron sorprendidos por armas para las que no estaban preparados, sufriendo el asalto de los enemigos verdes. A pesar de estar desorganizados y pillados por sorpresa, los vagayermos se defendieron, pero no fue suficiente. Muchos murieron, quizás algunos pudieron huir, y unos pocos como Hamira, fueron tomados como esclavos.
Nunca supo qué ocurrió con su madre.

El barco de esclavistas goblin era conocido como El Afortunado Dorado, dirigido por Barks Picodeoro. Allí pusieron a prueba a las nuevas adquisiciones entre las que se encontraba la furiosa Hamira, para catalogarlas. Nada más llegar a tierra pretendieron venderla junto al resto de esclavos en subasta y no tardó en llamar la atención de un comprador orco.
La fiereza de la mirada de Hamira atrajo al orco, que haciendo mofa de ella se acercó lo suficiente como para que le pudiera arrancar la oreja de un bocado. Esto animó a los incivilizados presentes, subiendo las apuestas entre voces y jolgorio. Picodeoro no tardó en darse cuenta de que la bruta mujer podía servirle para crear un interesante espectáculo bastante próspero para su negocio.
El esclavista meditó y planificó un nuevo medio para publicitarse, haciendo una selección de sus esclavos más indómitos entre los que se encontraba Hamira. Formuló un código mínimo para que sus campeones no se echaran a perder sin haberle otorgado antes las ganancias que tenía calculadas en torno a ellos y para añadir más emoción a los espectáculos que protagonizarían, elaboró un sistema de premios en el cual la moneda sería llamada “dedos de victoria”, en el cual los gladiadores podrían “canjear” los dedos de sus víctimas por armas para los combates. Gladiador sin dedos era gladiador inútil, por lo que pronto se convirtió en una humillación ante la cual se prefería la muerte, pues ya estarían condenados a ella.
En el código formulado Picodeoro impedía que quedaran sin dedos ninguno de sus favoritos, permitiendo en esos combates la amputación solamente a los ya vencidos y en su mayoría, muertos; no obstante no tenía las mismas consideraciones entre los menos admirados, a quienes si sufrían la mala suerte de ser amputados pronto se les reservaría como carnaza para los espectáculos más sangrientos e injustos. A sabiendas de ello los gladiadores más deshonrosos se centraban en cercenar los dedos de sus adversarios para jugar con su moral y tener más posibilidades de victoria y esto a su vez generaba más morbo y más ingresos.
Picodeoro podría decirse que tenía reservados a varios de sus gladiadores, pues a pesar de las altas apuestas no se decidía a venderlos, creyendo poder sacar más partido de los espectáculos que de su venta. Con ello no solo se dedicaba al comercio de esclavos, sino a esa nueva fuente de ingresos. Fueron muchos los destinos que visitó El Afortunado Dorado y con él, Hamira.
Durante esa época Hamira se dejó llevar, creyéndose su propio papel y volviéndose más sanguinaria que nunca. Detestaba a los goblin y era algo que jamás cambiaría, pero disfrutaba ofreciendo espectáculo y haciendo gala de su poder. Creó un propio personaje en sí misma con el que impresionaba cada vez que salía a la arena y con el que fue ganando fama. Algunos de sus compañeros llegaron a creer que no estaba bien de la cabeza y los más supersticiosos incluso que se dejaba poseer por los extraños dioses a los que rezaba.

Hamira arena.jpg

Hamira en la arena.


Se pintaba los ojos de negro, dibujaba sobre su piel y bañaba su cabello con la sangre de sus enemigos. No tenía tapujos ni miramientos cuando combatía, jugando sucio. Armada con un tridente, una red de malla y mucha decisión arrollaba a quien se encontrara frente a ella. Después simplemente se lamía las heridas ante los ojos entusiasmados de su público, escupiéndoles la sangre. La conocían como la Negra más que por su piel tostada por el Sol, por la oscura mirada bañada en kohl que condenaba a quien se enfrentase.

La admiración que muchos sentían ante la bárbara mujer se fue extendiendo hasta el punto de lograrle el trato con uno de los tripulantes de El Afortunado Dorado, un enorme elfo de la noche que había sido indultado como gladiador y que, acostumbrado a esa forma de vida, no pretendía abandonarla, trabajando voluntariamente con los goblin. El elfo conocido como Elfo (Picodeoro no era muy original con los nombres), quiso hacerle creer a Hamira que de seguir así podría ser indultada, pero Hamira no perdonaría lo que le había ocurrido a la que consideraba su familia y a pesar de escuchar con atención los consejos de Elfo tenía planes propios.
Sin embargo sus planes se torcieron cuando para su sorpresa, Picodeoro aceptó una sustanciosa oferta estando de visita en una isla conocida como La Hidra, vendiéndola a otro pirata goblin conocido como Modrik Dientenegro.

La Hidra Editar


El adinerado goblin quiso poner a prueba la reputación de Hamira, usándola como divertimento entre sus colegas. En ocasiones su perversión iba más allá de meras peleas, usándola como trampa para aliados indeseados. Aprovechando la figura de la gladiadora y los llamativos contrastes de sus rasgos la ofrecía como un ostentoso premio para algunas de sus visitas masculinas, prometiéndoles una agradable estancia a su lado como esclava, cuando realmente ninguno fue capaz de ponerle mano encima sin antes caer muerto. Todo eso divertía a Dientenegro, dándole a Hamira el mismo trato que le daría a un animal.
Pronto la suerte cambió para el goblin. La Corona de Ventormenta mandó una expedición a La Hidra ya que el imperio pirático suponía interferencias en las rutas comerciales. Las fuerzas de la Alianza ganaron terreno y acabaron expulsando a los piratas entre los que se encontraba  Dientenegro. Hamira aprovechó el caos para desprenderse de sus captores, desconfiando de los nuevos aparecidos hasta que no le quedó más remedio que quedar en sus manos, pues fue encontrada.
En un principio la contemplaron de forma hostil, no fue hasta la aparición inesperada de Jesabela cuando la miraron con otros ojos. Ambas se reconocieron y de esta forma Jesabela le concedió la oportunidad de permanecer junto a lo que más adelante consistiría en su dominio.

Acostumbrada a una vida salvaje y dura, Hamira aún se está adaptando con desgana a las normas que se impondrían en cualquier ciudad, dudando de la habilidad de los “capitalinos”  o “perfumados” como dice ella y funcionando de la forma más independiente posible.

AparienciaEditar

Hamira como gladiadora mientras fue esclava.

Es una mujer fuerte, de aspecto agresivo y con un tamaño para nada desdeñable, igualando a muchos hombres en altura.

Tiende a adornar su melena con finas trenzas, así como a pintarse los ojos con kohl. En ocasiones también realiza algunos dibujos sobre su cuerpo, simulando formas tribales. Sus ojos son de un color marrón ambarino, los cuales junto al color de su cabello quemado por el sol destacan frente a su morena piel.

Entre sus rasgos se aprecia un contraste llamativo, pues algunas características más finas como el tabique de su nariz y la forma de su rostro tratan de abrirse paso entre otras más exóticas, siendo algunas de estas sus gruesos labios o su mirada salvaje.

Suele vestir de forma cómoda, despreocupándose de lucir bien. En cambio sí parece tener interés por llevar brazaletes, collares y cualquier tipo de adornos de estilo tribal, de forma moderada.

CarácterEditar

Bruta, asalvajada y desconfiada, en ocasiones grosera. No sabe ni leer ni escribir.

Tiene su propio concepto de la vida, o como diría ella, de la supervivencia. Renuncia a confiar en que otras fuerzas puedan ayudarla, como por ejemplo la Luz, fiándose de sus propias habilidades como individuo. Sin embargo, bajo la influencia de su madre (quien seguramente malinterpretó algún estudio trol por parte de su padre) piensa que hace bien entrando en armonía con el entorno, realizando pequeños rituales en soledad, de forma privada.

FamiliaresEditar

- Sirhai: Madre (paradero desconocido).

- Lawrence Wildberg: Padre (paradero desconocido).

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