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Gilneas a la deriva

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Los siguientes textos se corresponden con artículos escritos por Faelán a lo largo de diversas etapas de su vida. En ellos analiza la situación de Gilneas y sus sentimientos al respecto desde el prisma de su subjetividad.

Sirva esto para mostrar su idiosincrasia y también para ilustrar los aspectos ideológicos esenciales de la Manada Luna de Lobo.



Crítica a la razón (im)pura Editar

El instinto de supervivencia es el impulso más puro de cuantos existen en la naturaleza.

Algunos falsarios y otros crédulos sin cerebro tratarán de haceros creer que existe una dicotomía rígida entre el instinto y la razón, que los instintos son la perdición de toda criatura que camina erguida y que la razón es la potencia que la dignifica, que la extirpa de la inmundicia de lo salvaje, de la porquería del cubil y de las cuevas mugrientas; que la dota de virtudes, principios y reglas con los que dirigir su futuro y el de los de su estirpe.

Lo que estos ingenuos —llamémoslos corderos del pensamiento— ignoran es que esa afirmación incurre en una horrible falsedad: la razón no se opone a los instintos, sino que funda su motivo y su poder ponderativo en ellos.

A menudo oiréis decir que las fieras atacan sin propósito porque carecen de razón, que su comportamiento está guiado por un automatismo, que el mal se origina en los actos que parten de las entrañas y que la mente es la fuerza que gobierna al hombre de bien. Estos y otros sinsentidos son las falacias que se cuentan a sí mismos los urbanitas en un intento patético de justificar su ambición desmesurada y sus deseos avarientos.

Pero ¿no es cierto que los lobos cuidan y nutren a sus cachorros? ¿No es verdad que defienden sus territorios y que protegen con uñas y dientes a los que están bajo su cargo?  ¿Y no es cierto, también, que los hombres asaltan, roban y asesinan cuando sufren hambre, cuando ven peligrar a los suyos o cuando experimentan en sus almas la tentación congénita al género humano de la codicia? Entonces ¿por qué huimos a la voz de ‘que viene el lobo’? ¿Por qué tememos entrar en ‘la boca del lobo’? ¿Por qué los culpamos por segar las vidas del ganado cuando somos nosotros quienes nos apoderamos de sus dominios, quienes los perseguimos y cazamos, a ellos, a sus descendientes y a sus fuentes de alimento más directas?

Mientras que los animales actúan inspirados por sus impulsos básicos, la maldad se asoma a la razón de los hombres y planta allí sus gérmenes. Solo el hombre impío y su degenerada razón podrían malignizar lo que es justo por naturaleza: procurarse sustento, procrear a fin de preservar la especie y amar con pasión a los que te rodean.

Podría ocupar muchas más páginas jactándome del puritanismo de los santones y de su estupidez crónica, pero baste añadir una cosa más a modo de conclusión de este argumento: la verdadera esencia de lo que somos reside en lo más hondo de nuestro ser, en esa fibra primigenia que vibra cuando nos aguijonea el apetito, que se tensa cuando nuestra familia es amenazada, que ansía volar, realizarse y compartir su afecto con los demás.

Pero cabe apuntar una precisión: la razón no menoscaba al hombre, al igual que el instinto por sí solo no lo enaltece. La razón es una herramienta que se apoya en el pilar de los instintos, que les otorga un sentido y que los ordena. El ser humano no puede superar a sus instintos: todos necesitamos dormir, todos requerimos la ingesta de bebida y de comida, y en algún momento de nuestras vidas anhelamos reproducirnos, con una finalidad recreativa más o menos adicional; y da igual con qué términos o eufemismos camuflemos estas necesidades, si efectuamos un ‘cortejo’ o un ‘aquí te pillo, aquí te mato’, que no por ello van a dejar de ser lo que son.

En lugar de declararles la guerra a nuestros instintos, debemos abrazarlos y comprenderlos. En vez de negarlos y de convertirnos en célibes y abstemios, paragones de la rectitud y nobles mártires de la causa de la austeridad, tenemos que llegar a un acuerdo con ellos.

De lo contrario, dejaremos de ser animales que sienten, que piensan y que aman, para transformarnos en máquinas al servicio de una fría lógica.

Publicado por Faelán McConnell en El Sátiro Gilneano.

Gilneas, entre el cielo y la tierra Editar

A veces, una visión universal aleja de nuestra mirada lo que es más pequeño e importante.

Desde cachorros nos han amamantado con la amarga leche de la envidia: hemos crecido anhelando lo que disfrutaba el prójimo, ora fuera una muñeca de trapo, ora una espada de madera. Más tarde nos educaron para aspirar a la grandeza: solo a los más aptos, a aquellos de más elevado empeño y rendimiento, les estaban reservadas las glorias más sonoras, las dulces mieles del éxito; pero también los deberes más graves y las cargas más pesadas, que en un alarde de abnegación asumían con consternada actitud.

Con frecuencia miramos hacia arriba y también hacia adelante. Vemos en el horizonte grabada una promesa de prosperidad y en el cielo un objetivo: ‘escalar hasta las nubes’, ‘llegar a la cima’; esas son las ambiciosas metas que configuran nuestras existencias.

Y en ese paseo interminable hacia lo infinito, hacia aquello que está fuera de nuestro alcance, obviamos la realidad de un mundo finito que nos contempla desde la vera del camino. Estamos cegados por la luz —y también por la Luz— de nuestros sueños de riqueza y de poder; la benevolencia y la heroicidad, otrora valores encomiables, son ahora empresas capitalizadas por nuestro ego, regidas estratégicamente y colocadas como escaparate para que todos puedan admirar lo ilustre y lo señorial de nuestro porte. ‘Se vende imagen, oiga, a precio de engaño. Pero con tal suavidad que no notará usted lo hipócrita que es’.

Buscamos en las alturas una luz que nos oriente, un concepto holístico e indefinido que nos atraviese a todos, un bálsamo que alivie los escozores de nuestra desazón existencial: una idea tan amplia que resulta imposible de abarcar. Y en ese escrutinio furioso de los cielos nos olvidamos de cuanto existe a ras de suelo: de las plantas y los árboles que extienden sus raíces bajo nuestros pies, que nos dan cobijo, frescor y también alimento; de las bestias, de aquellas que nos acompañan y que trabajan nuestros arados, y de las que consumimos para mantenernos con salud y con vida.

Estas criaturas, y muchas otras que nos preceden, nos han servido durante incontables generaciones en silencio, sin reclamar nada a cambio de su tierna y mansa servidumbre. Sin embargo, en esta escalera hacia lo innombrable no son más que peldaños, o a lo sumo ‘seres de un orden inferior’ a los que observamos con condescendencia, como a los pobres borregos privados de conciencia, de emoción y de espíritu que son.

Yo no entiendo lo que predica la Luz Sagrada. ¿Por qué debería buscar en su abstracción lo que sé que existe justo delante de mis ojos? Su perspectiva me contraría y me deslumbra con su luminosidad. Hay allá abajo, en esa tierra lejana que nos obstinamos en abandonar, seres que no se subordinan a las tres vertientes, a los tres ‘sagrados’ e insustanciales principios (y aparte, agregaría yo, subjetivos y muy poco verídicos), y que no obstante medran. ¿Tenacidad, respeto y compasión? No las inventó el hombre, y al objeto de aplicarlas tampoco ha sido su practicante más fiel.

Las manadas de lobos han poblado Gilneas desde la antigüedad, mucho antes de que la primera tribu de humanos, bárbaros beligerantes y expansionistas (no tan diferentes a los actuales, por otro lado), se asentara en la península. Y ahora, ¿qué nos queda de su legado? Los lobos son un recuerdo extinguido por la crueldad de los hombres y por esa pulsión tan viciosa, cobarde y autoindulgente de elegir un chivo expiatorio al que condenar por nuestros pecados.

Y del mismo modo que cito a los lobos podría señalar a otros tantos animales cuya memoria se pierde en los anales de los primeros bestiarios de nuestra patria. Aunque sería una descortesía presentarle al lector las entradas de estas especies de las que nunca habrá escuchado hablar, y de las que, dicho con confianza, tampoco conviene que se sepa gran cosa. No vayamos a perturbar así, innecesariamente, nuestras delicadas sensibilidades: ¿por qué debería preocuparnos la suerte de una caterva de brutos inhumanos?

Continuemos trepando a lo más alto, ajenos a lo que sucede a nuestro alrededor, flanqueados por las tumbas de las criaturas a las que pisoteamos en nuestro ascenso. Pronto, la industria devorará los bosques de Gilneas y no habrá nadie que llore por sus abetos, ni por sus pinos ni por sus robles; las hadas, las entidades mágicas que los habitan, escaparán o morirán, y Gilneas no será sino un desierto: un gigantesco cementerio amortajado por las blancas nubes de la fama e iluminado por los rayos abrasadores de un sol que hace ya muchos años que nos dejó tuertos, sordos, sin tacto y sin alma.

Solo me pregunto si cuando venga ese día habremos llegado a tal punto del progreso científico que seremos capaces de extraer agua de un erío, alimentarnos de las cenizas y refrescarnos a la sombra de nuestras enormes, ruidosas y malolientes factorías.

Publicado por Faelán McConnell bajo el seudónimo de Lobogrís en Gilneas Rural.

El lobo con piel de gilneano Editar

¿Qué es el mal? ¿Qué es la inmoralidad? ¿Existen, o son solo ficciones, sofismas creados por religiosos y filósofos a fin de disputarse la potestad de nuestra alma?

Nos han enseñado a ponerle al mal un semblante definido por unos rasgos característicos: cuernos de toro o de cabra, que simbolizan la promiscuidad; pezuñas, lo que lo animaliza y ya de por sí lo vilifica; pelaje con el que cubrir sus impudicias en herencia de la santísima censura, siempre tan pertinaz a la hora de cohibir los impulsos libidinales; y a poder ser, garras y colmillos de un tamaño descomunal, que denoten el poder suficiente para filetear a un hombre en menos de lo que se derrama el aliento.

Mirémonos al espejo. ¿Qué veis, gilneanos? ¿Aún os reconocéis? Algunos diréis que todavía sois humanos, que habéis sido víctimas de una trágica maldición, de una podredumbre que es solo física y que en nada afecta a vuestras mentes, sanas, cuerdas, bendecidas por la Luz; otros entraréis en pánico y procuraréis disfrazarlo: ‘lobo con piel de cordero’, lo llamaréis; ‘la bestia interior’; y usaréis otros epítetos a cada cual más elocuente a propósito de darle nombre a la ‘mancha’ que lleváis dentro.

¡Ocultaos, corderos, que llega el lobo! Qué ironía me produce escribir estas palabras. Y qué diversión.

No me río de la catástrofe ni tampoco de los que han perecido. Me río de vosotros: buscáis al enemigo en el interior; queréis encadenarlo, mantenerlo preso, regalarle un hueso si se porta bien y rascarle tras las orejas cuando os dé la patita y cumpla con vuestras órdenes. Pero desde la distancia, sin ensuciaros las manos. No vaya a ser que en un despiste se descontrole la cosa y toda la ira que almacenáis dentro decida que ya es momento de emerger, so pena de que os asfixiéis con ella.

Sí, ya lo he visto antes. ¿De veras pensáis que el don de Goldrinn os ha convertido en asesinos? Yo sostengo que ya lo erais, que siempre lo habéis sido, y que os habéis guardado toda la rabia, el dolor y la frustración en un baúl muy coqueto debajo de la cama. Y si sobraron restos, los barristeis bajo la alfombra, donde no se vieran.

Pero, amigos, ahora somos huargen: antes, indagábamos con la vista y nos pasaba desapercibido todo un universo de sentidos al que ahora tenemos acceso; ahora, nuestro olfato nos indica exactamente dónde se esconde la mierda.

Sois huargen, seres dotados de una inteligencia que procede de vuestra cuna humana, y ahora de una fuerza, de una velocidad y de una agudeza sensorial con la que jamás habríais soñado. Pero no son solo herramientas, y desde luego no son una mácula, como rezan esos beatillos insoportables que traen consigo el aroma del pavor, de la represión y del pecado. Aunque, si queréis, podéis hacer penitencia con ellos: escarbad un hoyo bien hondo, meted dentro la cabeza y orad, y orad intensamente hasta que oigáis descender a una epifanía de la Luz Sagrada musicalizada por un coro de ángeles.

Cuando podáis desenterrar el cuello de vuestros traseros, alzad la mirada al frente. Ved a quien no se lamenta, a quien se muestra orgulloso de ser lo que es. Me refiero a Goldrinn. Él no vaciló cuando los suyos lo precisaban: defendió Azeroth, custodió a sus manadas y se sacrificó sin exigir nada a cambio. Ni reputación, ni dinero. Absolutamente nada.

Esta criatura, esta fiera magnífica, nos ha brindado su auxilio y su favor. Ahora somos sus hijos, tal vez no de sangre —en una interpretación literal— pero sí en el espíritu, como marca la metáfora. No voy a pedir que le estéis agradecidos, porque él no es el responsable de lo que aconteció en Gilneas ni de la propagación de la maldición. Pero ahora que habéis perdido vuestra nación, que carecéis de medios y puede que incluso de ropa en condiciones (lo siento, milores y miladis, ya no podréis pavonearos como antes), ¿por qué no empezar a asimilar las ventajas de este nuevo estado?

Si la evidencia de mi retórica no os persuade, siempre podéis figuraros que existe un mal mayor: los Renegados, los demonios, ese dragón demente y otros seres cuya existencia yo desconocía por completo antes de salir del país.

Sois huargen, maldita sea, ¡dejad de enjugaros las lágrimas con esos pañuelillos de franela tan finos y aullad a la luna hasta que se os desgarren las cuerdas vocales! Fijaos en Goldrinn, aprended de él: reparad en cómo controla su cólera, en la majestad que imprime a sus movimientos, en la sabiduría que transmiten sus ojos milenarios.

Y por el amor de Goldrinn, arrancadle el cráneo a un Renegado, a un demonio y a todas esas criaturas hediondas que invaden esta tierra, NUESTRA tierra.

O eso, o mirad atrás con inagotable nostalgia y encerraos tras los muros del remordimiento. Total, ya os encastillasteis tras las paredes de una muralla en el pasado, no os costará mucho darle la espalda a todo de nuevo.

¿De verdad sois tan valientes, gilneanos? ¿De verdad sois tan independientes? Venga, ¡demostradlo!

Publicado por Faelán Sueño de Lobo en Gilneas Peregrina.

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