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Garmont Wolfenden

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Garmont Wolfenden
Imagen de Garmont Wolfenden
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Apodo Garm
Título Lord
Género Masculino
Raza Huargen
Edad 37 ante mórtem
Clase Caballero de la Muerte
Alineamiento Neutral Maligno
Ocupación Señor del Colmillo Negro
Lugar de nacimiento Aldea Piroleña
Residencia Castillo de Colmillo Oscuro
Afiliación Caballeros de la Espada de Ébano
Estado No-muerto

Descripción físicaEditar

Garmont es un huargen de porte erguido y aristocrático.

Su pelaje es de tonalidad azul marina, salpicado por islas de pelo claro a lo largo de brazos y piernas, de escasa densidad y corto aunque duro. Algunas partes de su piel están expuestas en la zona de los codos y de los talones, por no mentar el oleaje de cicatrices que cruza su torso y que deja visible la palidez de su dermis. Ese patrón de texturas y de colores se repite en sus cabellos, lacios en torno a la crin y más alborotados alrededor del cuello, jaspeados por algunas canas que le aportan distinción.

Su complexión es alta y fornida, con unas caderas amplias, hombros anchurosos y huesos robustos: la traza de un digno hijo de Gilneas. Su conversión en muerto viviente no ha oscurecido en lo más mínimo los méritos de su entrenamiento físico, que se advierten al primer vistazo: los músculos de su cuerpo siguen presentando un aspecto abultado y turgente aun tras la peste necrótica.

Sus palmas son grandes y están desnudas de vello. No sucede lo mismo con el dorso de sus manos, cubierto por una saludable mata peluda. Sus dedos son gruesos, y las uñas que los coronan se prueban largas y puntiagudas; de hecho, a juzgar por la cantidad de porquería que acumulan dentro, se deduce que suelen recibir uso.

La fisonomía de Garmont como huargen se asimila, poco asombrosamente, a su catadura humana: su rostro es de proporciones anchas y cuadradas, con unas líneas pronunciadas enmarcando su quijada; sus ojos, hundidos por la extenuación en vida o bien por los rigores de la muerte; el morro lo tiene curvo, levemente torcido hacia abajo, en un indicativo de nariz rota; su trufa es aquilina y no redonda; y en cuanto a los dientes, los lleva manchados de suciedad, amarillentos algunos y otros mellados. Por lo demás, su oreja derecha está seccionada a la mitad.

En su mirada se ha impreso la marca del Rey Exánime: dos puntos de algidez glaciar titilan en lo profundo del abismo de sus ojos, bien próximos a unas pupilas blancas. Su expresión facial tiende a ser calculadora, ambiciosa y terriblemente determinada. No existe contingencia alguna que lo arredre; y antes que manifestar temor, prefiere sonreírle torvamente al peligro.

Se embute en armaduras de placas completas según sea menester. En ocasiones apuesta por lucir sus trabajados —y escarificados— pectorales, que hablan de un historial de peleas nada desdeñable, con objeto de amedrentar a su oponente. Detesta los yelmos porque reducen su capacidad de visión, pero en cambio aprecia la majestuosidad del vuelo de las capas y por ello rara vez prescinde de este complemento.

En lo armamentístico se decanta por las espadas de dos manos, que empuña con depurada habilidad, hecho que denota su instrucción en esgrima.

Sus andares son soberbios y propios de su estamento nobiliario, de suerte que con frecuencia pasea enlazando las garras por detrás de la cintura y dedicándole al mundo un gesto altivo. En situaciones menos desenfadadas adopta un paso de corte solemne, y ya en el campo de batalla se conduce con una resolución mortífera que no acepta vacilaciones.

Por otra parte, hace ostensión de sus modales solo si resulta oportuno: no alardea de ellos de no ser preciso y casi disfruta más de una zafiedad cínica que de aquellas maneras tan engoladas y pomposas.

Descripción psicológicaEditar

PersonalidadEditar

De pequeño, Garmont era un chiquillo afectado y prepotente como cualquier otro hijo de noble. Envanecido de los logros de su familia y de su superioridad innata, no dudaba en pavonearse frente a la plebe, cuando en verdad lo que deseaba era ganarse su  admiración.

Al ser el primogénito estuvo sometido a un adiestramiento esmerado en múltiples áreas. Sin embargo, estos obsequios no vinieron sin un coste: el deber de la sangre le exigía una enorme responsabilidad, ligada irremediablemente a la pérdida de su libertad. Esto causó en él la emergencia de una actitud rebelde y algo chulesca, que apareció durante su adolescencia y que cristalizó en su temperamento en años posteriores.

En la edad adulta debería haberse desposado para así aumentar la gloria y los haberes de su linaje. No obstante, demoró cuanto pudo esta circunstancia y se entregó a los placeres sencillos de la existencia: las cenas 'de panza y puro', como él las denominaba, junto a comensales de aspiraciones políticas tan inabarcables como sus barrigas; los duelos por cuestiones insignificantes en aras del lucimiento; y su única afición secreta: las putas; o más concretamente, una puta.

Cuando fue desheredado y alejado de sus riquezas comprendió la precariedad de la vida ociosa de la que había gozado hasta el momento. Decidió invertir sus dones en algo útil, y dado que su maestría radicaba en el trato con la gente, se dispuso a hacer campaña para ser elegido consejero en el ayuntamiento de Piroleña.

Le llevó algún tiempo y dosis ingentes de esfuerzo, pero finalmente lo logró: se labró la notoriedad que siempre había codiciado y se ganó el respeto y el afecto de sus convecinos. Su anterior mentalidad despreocupada dio paso a un raciocinio analítico, utilitario y tremendamente tenaz en la persecución de sus propósitos.

Como consejero de Piroleña no fue conocido por su clemencia, aunque sí por sus éxitos: todo lo que se propuso acabó por conquistarlo. Tampoco dejó cuentas pendientes, y se sabe que arrastró al cadalso a un alto número de delincuentes en los años subsiguientes. Lo que aún se discute es si en realidad estaba velando por el bienestar de la aldea o si las muertes de aquellos malhechores obedecían a un motivo de índole personal.

Después de ser capturado por Arugal y más tarde por el Rey Exánime, el carácter de Garmont sufrió una nueva convulsión y sus tendencias más crueles se intensificaron: liberado de las ataduras legales y morales que constriñen a los hombres de a pie, el caballero de la muerte se prometió a sí mismo la satisfacción de todos y cada uno de sus deseos, sin reparar en los medios que tuviera que emplear en su consecución.

En la actualidad, Garmont es un crisol de todos estos rasgos: avaricioso, taimado, altanero, despiadado, manipulador, amante del sarcasmo e increíblemente perseverante.

Gustos e interesesEditar

Al provenir de una estirpe de elevada prosapia, de joven gustaba de muchos de los entretenimientos pedantes y anodinos comunes a los hombres de su clase: su elección de vestuario era siempre garbosa e impecable, en un reflejo inverso a la pulcritud de sus pensamientos; regalaba sus oídos con la música de las mejores orquestas, que no entendía en absoluto pero que le proporcionaba una oportunidad de oro para codearse con gentiles damas y con eminentes tragones; y practicaba la esgrima, pero no para defenderse, sino para lucir palmito y para saborear la humillación del contrario (habitualmente un lugareño con escasa formación en las armas).

Luego de su cura de humildad —es decir, de ser desheredado— comenzó a favorecer  pasatiempos más loables, entre los que figuran los siguientes: la montería, relajante para la mente y desentumecedora para los sentidos, si bien poco práctica y un tanto sádica; la participación en tertulias políticas, en las que a menudo se valora más el volumen del sonido que uno puede proferir que el peso de sus argumentos; el escarnecimiento sutil, y a veces no tan sutil, de sus rivales en el cabildo; el visionado de las ejecuciones en el patíbulo, especialmente reconfortante cuando te estás cobrando una venganza; y, por supuesto, un buen banquete 'de panza y puro' en el que jactarse de las pretensiones de poder mal disimuladas del resto de invitados.

Copa de Krum.png

El cáliz de Garmont, también llamado "Cráneo de Alfa" (Copa del kan Krum)

Desde su segunda transformación ha averiguado que le encanta gobernar a sus esbirros, que representan los súbditos que le fueron negados en vida; eso y que la sangre contiene un alto aporte nutricional que había estado ignorado hasta la fecha. Así pues, ha empezado a coleccionar botellas repletas de dicho humor procedentes de muy diversos donantes, y suele degustarlas en un cáliz con apariencia de cráneo y elaborado en marfil.

Todavía continúa deleitándose con los placeres simples de la vida: cazar una presa (inteligente, a poder ser; de lo contrario carece de excitación), asesinar a un criminal (cualquiera que lo agravie cumple), derrotar a alguien en una pelea (un poco de actividad diaria mantiene la descomposición a raya), comerse un jugoso chuletón (la carne putrefacta es rica en parásitos beneficiosos para el organismo) y ese tipo de cosas.

Tiene grandes planes para el futuro: es paciente y obstinado, y no descansará hasta que se procure todo aquello de cuanto le privaron en el pasado.

Ética y moralEditar

Si Nietzsche hubiera nacido en Azeroth, Garmont sería su simpatizante más acérrimo y probablemente uno de sus peores intérpretes.

Para Garmont su doble maldición es una bendición por duplicado: ha adquirido la potencia inigualable de los huargen conservando intacta su consciencia; de otro lado, su reanimación le ha otorgado una amplia nómina de invulnerabilidades: no le afectan ni la sed, ni el hambre ni el agotamiento, y tan solo debe cuidarse de la podredumbre; no necesita dormir y no padece enfermedades; antes bien, es él quien las propaga. Y todo esto a cambio de su mortalidad y de un rostro bonito.

Garmont se cree un dios que transita entre mortales, y tiene fundamentos para pensar así: es fuerte, incansable, veloz, inteligente y poderoso. Al desembarazarse de su humanidad se ha deshecho también de todo código ético o jurídico que lo restringía. Ha quebrantado sus cadenas, al estilo del Superhombre, y se sobrepondrá a todos los escollos que se le presenten con tal de alcanzar lo que se ha fijado.

No obstante, Garmont no tiene intenciones de forjar un nuevo sistema de valores sobre los cimientos del antiguo: para él está bien así. No conoce límites y eso es lo más aterrador en él: no lo atan a la moral de los hombres ni una esposa, ni un pariente vivo, ni remordimientos ni ideales patrióticos. Tan solo existen él y su objetivo, sea el que sea, y en el camino entre ambos todo recurso que acorte distancia es válido.

A la hora de actuar Garmont es orgulloso pero no estúpido: ni va anunciando a los cuatro vientos la naturaleza de sus fines ni blasona de su falta de escrúpulos. Es mucho más astuto que eso. No es un adulador ni un patrañero, y tampoco juega al intercambio frívolo de cortesías por él llamado 'felacionismo ilustrado'. Es alguien pragmático, y no desperdiciará un aliado ni por capricho ni por arrogancia; antes se encargará de mantenerlo contento, saludable y afiliado a su bando.

FeEditar

En sí mismo por encima de todo y de todos. Opina que con tiempo —de lo que ahora dispone en abundancia— y dedicación es capaz de conseguir todo cuanto se le antoje.

Ni hedonista ni estoico, ni profano ni sagrado. Garmont no se posiciona en ninguna de esas dicotomías conceptuales, meras trampas metafísicas que distraen a los débiles de voluntad. Y de rendir devoción a un credo o a una deidad ni hablemos; para él eso es un anatema: el súmmum de la banalidad.

En ese culto hacia su persona tan bien pagado de autoestima, su único y principal fetiche es la sangre: como noble, entiende muy bien la importancia simbólica que se le concede a este fluido; como caballero de la muerte, comprende otra verdad aún más recóndita y primordial: sus energías se sustentan en la sangre, fuente de vida compartida por todas las criaturas del planeta y herramienta letal a su servicio.

BiografíaEditar

Historia familiarEditar

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Emblema de los Wolfenden

La casa de los Wolfenden se caracteriza por poseer un trasfondo guerrero. Aunque Gilneas no se ha involucrado en un gran número de conflictos bélicos en los últimos tiempos, los descendientes de los Wolfenden recibían un primoroso adiestramiento en las armas por si aquel se producía. En caso de guerra, además, dada su situación fronteriza, serían los primeros en defender la nación, con que dicha instrucción no estaría exenta de aprovechamiento.

Los Wolfenden se enclavaban a las afueras de la Aldea Piroleña, y en el pasado fueron vasallos de los ascendientes de Crowley, recompensados con un título, tierras y fueros posiblemente debido a sus triunfos a la hora de limpiar de asaltadores las rutas comerciales. Aquella época de bonanza no duró más de siete generaciones, pero fue lo bastante prolongada para que los Wolfenden pudieran vanagloriarse en voz alta de la excelencia de su casta frente a la embrutecida ralea campesina.

Si bien la participación de Gilneas en la Segunda Guerra fue un acontecimiento anecdótico, este hecho repercutió negativamente a los Wolfenden, quienes vieron frustrados sus intentos de concertar una alianza matrimonial para su primogénito con una familia rica del Bosque de Argénteos que pertenecía al reino de Lordaeron, a razón del resentimiento de las relaciones entre ambos pueblos.

Obligados por su juramento, por sus intereses económicos y por su ubicación geográfica a mantenerse leales a Crowley durante la Guerra Civil, los Wolfenden permanecieron fuera de la Muralla de Cringrís junto a su poco longeva tradición familiar y a sus más numerosas propiedades. Cuando se cerraron las puertas, no les costó lo más mínimo tomar la decisión de abandonar Gilneas —por mor de preservar su hacienda— y abrazarse al estado de Piroleña y al barón Filargenta del Castillo de Colmillo Oscuro.

Repudiados y empobrecidos, privados de sus rentas y de las exiguas ganancias que les proporcionaban sus terrenos, antes del inicio de la Tercera Guerra los Wolfenden contrajeron un sinnúmero de deudas con prestamistas de dudosa reputación. De esa guisa, al fallecer el cabeza de familia, su heredero legítimo, Josiah, hermano menor de Garmont, no fue capaz de aumentar la solvencia de sus empresas y tuvo que saldar los atrasos con el embargo de sus bienes, y posteriormente con su muerte.

Garmont, ahora convertido en el único eslabón en la línea sucesoria de los Wolfenden, se sirvió de su puesto aventajado en el ayuntamiento para ajusticiar a los acreedores que habían empujado al suicidio a su hermano menor. Cuando hubo terminado su caza de brujas, asió las riendas de la casa y se aseguró un casamiento estratégico con una noble local mediante el que restituiría parte de su prestigio y su fortuna pretéritos.

Pero los sucesos no se desenvolvieron tal y como él imaginaba: estalló la Tercera Guerra en Azeroth, la Plaga campaba a sus anchas por la región y la población de Piroleña padecía un ataque de histeria. Junto a más personas preocupadas por el devenir del poblado, se dirigió al Castillo de Colmillo Oscuro para discutir qué medidas adoptar a fin de proteger la aldea.

En el trayecto fue sorprendido por Arugal, quien mató a la mayoría de sus acompañantes y los capturó a él y a otros tantos. Y así finalizó abruptamente el legado de los Wolfenden.

Infancia y adolescenciaEditar

Piroleña.jpg

Piroleña, cuna y dominio de un villano.

De la niñez de Garmont no se puede destacar gran cosa, ya que se asemejó a la de la mayoría de niños mimados que se escudan tras la fama de sus padres. No gozó de mucho reconocimiento entre los chavales de su edad, parcialmente a causa de la actitud fatua y estirada de su padre, pero principalmente debido a su propia petulancia.

Tuvo un hermano menor, bastante inadvertido dentro del seno familiar, de estampa algo enflaquecida y delicada, y con menos luces que él, pero mucho más dulce, amable y sensible. Esta fragilidad enterneció el corazón de Garmont, quien lo consideró, además de como a un hermano, su amigo y discípulo ya desde una temprana edad.

Decir que fueron inseparables sería mentir, pero Garmont siempre expresó debilidad por él, y no escatimó en trabajo para prevenirlo de riesgos y amenazas.

Siempre quiso parecerse a su padre, a quien juzgaba un hombre merecedor de aplauso, laborioso y consagrado al engrandecimiento de su nombre. Eso cuando no lo azotaba por sus descaros, a él o a su hermano Josiah; o simplemente porque había perdido dinero; o porque estaba borracho y necesitaba desquitarse; o tal vez por pura perversión. Y entretanto, su angelical madre se ocupaba de tareas infinitamente más femeninas: por ejemplo, empinar el codo o rezar fervientemente mientras miraba con indiferencia hacia otro lado.

Creció con la presión de convertirse en un lord célebre para los suyos, y ya en su mocedad esas cargas le pasaron factura. Descubrió que no le interesaba un pimiento acatar los mandatos de su padre y que era más feliz como donjuán: cortejando señoritas de baja y de alta extracción (después de todo, en la cama eran todas idénticas) y presumiendo de saber realizar tres florituras con el estoque.

Así que cumplió las expectativas de sus progenitores a medias, y tras una retahíla de regañinas y una buena molienda de palos, tan solo sacó en claro que debía ser más avispado y guardar bajo siete llaves sus vicios.

De este modo, se saltó toda prohibición a la torera sin cuestionar la autoridad de su padre; el truco consistía, sencillamente, en que no lo pillasen. Con su hermano como compinche para cubrirle las espaldas, estaba inmunizado contra las admoniciones y las moralinas tediosas de su padre, y al fin pudo derivar algún beneficio de su condición juvenil: jugó, apostó, se metió en infinitud de bretes; engañó y rompió los corazones de unas cuantas doncellas (amén de unas cuantas cosillas más sangrientas).

Y así avanzó en edad hasta que todo ese desenfreno le explotó en las narices, como es el curso natural de las cosas.

Edad adulta: desheredadoEditar

Sus pícaras expediciones nocturnas no le reportaron ningún disgusto —milagrosamente, se ha añadir—, pero con el paso de los años fue agotándose de aquellas diversiones transitorias —de no más de media hora por sesión—, y resolvió que quería algo más sólido y permanente. En el burdel, por una tasa fija, halló la gratificación que buscaba; sin embargo, su error residió en estimar que su prostituta era una princesa maltratada por los avatares de la vida y no una sanguijuela ávida de dinero.

Se enamoró de una de esas mujeres de multitud de amantes, y lo hizo con sinceridad. Hasta trazó un plan y robó fondos para llevársela lejos de Piroleña e iniciar su idilio lejos de miradas reprobatorias y de ojos indiscretos. Pero su amada nunca acudió a la cita, y se esparció el rumor de que el primogénito de los Wolfenden destinaba su tiempo libre al putaneo antes que a cualquier otro oficio respetable.

Aquello hundió a Garmont. Y la sentencia de su padre no se hizo esperar: eliminó su nombre de los papeles de la herencia y lo dejó con un módico estipendio para que desapareciera cuanto antes de su vista.

Pero Garmont no se achantó, e inflamado de rencor y de ira, se prometió que demostraría que era el digno sucesor de los Wolfenden. Comenzó con el ayuntamiento de Piroleña: para hacer efectiva su candidatura y granjearse el amor del pueblo, se dedicó a destripar las intimidades escabrosas del resto de nobles y consejeros de la villa. Como ya habían circulado docenas de bulos acerca de él, no albergaba ningún tapujo al respecto; no podían herirlo más, ni degradarlo a un escalón más bajo. Y en cambio, él sí podía debilitarlos a ellos: había fingido ser su amigo por más de dos décadas y se sabía de memorieta los trapicheos y las vergüenzas de cada uno.

Luego de una ardua y meticulosa estratagema política, fue investido consejero de Piroleña. Mientras tanto, la casa Wolfenden había entrado en declive: su padre había perecido por causas naturales —para asombro de todos, Garmont asistió al entierro—, y su hermano se sentía incapaz de lidiar él solo con los negocios familiares. Su madre, de otro lado, se había internado en el convento para perpetuar esa tan arraigada costumbre suya de hacer oídos sordos a cuanto ocurriera en el mundo.

Lo que acaeció más tarde ya se ha referido antes: Josiah se desmoronó y se suicidó, asediado por los prestamistas y azuzado por las deudas, y Garmont emprendió una caza de brujas. El consejero sobornó, estafó, y hasta inventó pruebas falsas y compró testimonios con tal de llevar a la horca a los culpables de la desgracia de su hermano. Y cuando hubo concluido la purga, al fin empezó a experimentar una sombra de paz.

Al poco de eso se detectó el primer brote de la Plaga en Lordaeron, y Arugal invadió el Castillo de Colmillo Oscuro. Garmont quedó atrapado entre la espada y la pared, y tuvo que asumir un nuevo cometido como siervo y perro guardián del mago…

La fuga del Colmillo OscuroEditar

La mente despierta de Garmont entró en una especie de estado letárgico después de contraer la maldición del huargen. Las memorias de los años de su vida como esbirro de Arugal son, en el mejor de los casos, borrosas; en el peor, inexistentes. Tiene, eso sí, la vaga sensación de que ejercía de centinela y explorador para el mago, y lo más probable es que cuente en su haber los asesinatos de decenas de transeúntes incautos.
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Alfa, el némesis de Garmont. Por Samwise Didier.

Un día, Garmont escapó del Castillo de Colmillo Oscuro siguiendo a un misterioso líder, a quien solo recuerda por su apodo: Alfa. Junto con otros huargen, deambuló por las Tierras de la Peste luego de su escape como miembro de la manada de Alfa; así hasta que la Plaga les tendió una emboscada y lo atraparon. De esta suerte, la manada se desintegró y Garmont cayó en las garras del Rey Exánime.

El don del Rey ExánimeEditar

Garmont fue resucitado y seleccionado para tornarse en uno de los caballeros de la muerte del Acherus, y superó todas las pruebas con acierto. Después de los acontecimientos de Nueva Avalon y del asalto a la Capilla de la Esperanza de la Luz, decidió situarse del lado de Darion Mograine y de su cohorte de guerreros sediciosos.

Durante el enfrentamiento contra el Rey Exánime en Rasganorte, luchó de parte de los Caballeros de la Espada de Ébano. No se sabe mucho de sus quehaceres en esos años, aunque lo más probable es que los aplicase en dominar y perfeccionar sus poderes nigrománticos.

Pronto sobresalió en el manejo de la Sangre, una maestría a menudo infravalorada y acotada a un uso esencialmente combativo. Para él, no obstante, la hematomancia era algo más que un instrumento: era una disciplina y un arte.

ActualidadEditar

Al cabo de unos años, pasado el Cataclismo, Garmont ubicó a Alfa en las ruinas desérticas del Castillo de Colmillo Oscuro. Estaba secundado por una horda de muertos vivientes descerebrados, y un nigromante lo acompañaba. El caballero de la muerte consiguió localizar el rastro de algunos de los viejos miembros de su manada y los citó en la Aldea Piroleña con un propósito simple: derrocar al Alfa y resarcirse por su traición.

Gracias a una maniobra audaz, los caballeros de la muerte escalaron las almenas de la fortaleza y dieron fin al Alfa, ignorando al grueso de su ejército y ahuyentando al nigromante que lo asistía. Su calavera, ligeramente fracturada por el golpe mortal, ahora desempeña el papel de trofeo y copa para Garmont, quien no pierde ocasión de exponerla en una repulsiva exhibición de fuerza y de vanidad.

Shadowfang Keep.jpg

Castillo de Colmillo Oscuro, actual demesne del Colmillo Negro.

Ahora Garmont y los demás se enseñorean de los escombros del Castillo de Colmillo Oscuro, una ciudadela vieja y olvidada por el resto del planeta. El patio está infestado de necrófagos que podrían suponer la perdición de los moradores del fuerte al menor descuido; asimismo, el nigromante que apoyaba al Alfa aún sigue con vida y entraña un peligro latente para la subsistencia del huargen y de los suyos.

Pero eso a Garmont no le preocupa, pues pronto se consumarán sus pronósticos. El Castillo de Colmillo Oscuro es tan solo el primer paso dentro de una trayectoria imparable de muerte, devastación, conquista y sangre.

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