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Géraldine de Janelle

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Géraldine de Janelle
Imagen de Géraldine de Janelle
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Género Femenino
Raza Humana
Edad 18 años
Clase Paladín
Alineamiento Legal Bueno
Lugar de nacimiento Nueva Avalón
Residencia Monasterio Escarlata
Afiliación Cruzada Escarlata, Custodia Escarlata
Estado Viva

TrasfondoEditar

Un golpe de aire frío y salado hizo brotar los recuerdos de mis ojos.

Levanté la vista al frente. Aquel viento traía hacia mí un susurro lejano: el bramido de las olas del mar del Norte. Los demás, seguramente, todavía no se percataban de la proximidad del fin del continente. Quizá no escuchaban aun el rumor de la espuma sobre las rocas tras la embestida de las aguas, pero era cada vez más ruidoso, violento y melancólico para mí. Cerré la capa y oculté mi cabeza bajo la gruesa capucha de piel. Empezaba a llover con intensidad.

El señor de Brent detuvo su montura. Con un gesto de mano señaló a los cruzados que le seguían el camino a tomar: el norte.

Siempre al norte.




Han pasado ya muchos años desde que todos se marcharan. Jamás olvidaré aquel amanecer. Las voces, el tintineo de las armaduras y los pesados pasos marciales entraron por mi ventana junto a los primeros rayos del alba. Desperté sobresaltada y salté de mi cama para ir corriendo a ver que sucedía. De puntillas, puse mis manos en el alféizar de madera para alcanzar su altura de un salto, quería ver lo que sucedía en el exterior. El sol iluminó entonces la ilusión de mis nueve años. Lo que parecía un desfile hizo que sonriera. Lancé un grito entusiasmada. No podía dejar de saludar con una mano mientras me agarraba a la madera con la otra. Mis pies se movían en el aire con impaciencia, a un palmo de las cañas del suelo de la habitación. Mis ojos, abiertos de par en par, recorrían las decenas de hombres de armas que se encaminaban hacia la costa. Sin apenas saber donde fijar la atención, lancé vivas y vítores, y salí corriendo hacia la puerta.

Nada me importó el frío del exterior. Salí arrastrando mi larga camisa de lino para unirme a los demás. Tampoco me percaté del pesado silencio que acompañaba la marcha de aquellos hombres. En mi cabeza sonaban las trompetas y la algarabía de las historias de cruzados que contaba la alta general junto al fuego del campamento. En aquellos momentos, pensaba que viviríamos una fantástica aventura. Cabalgaríamos hacia mil batallas gloriosas contra malvados enemigos. Después lo celebraríamos bailando hasta que amaneciera.

Me encantaba bailar. Seguro que recuerdas cómo celebrábamos junto a la costa las múltiples fechas antiguas con festines y con música. Todos los vecinos y pescadores nos juntábamos para agradecerle a la Luz lo buena que había sido con nosotros. Nos divertíamos mucho. Tienes que recordarlo.

Pero aquella mañana algo sucedía. Nadie llevaba su traje de faenar en el mar, y tampoco portaban sus redes y aparejos. Caminaban en perfecto orden, vistiendo yelmos, cotas de malla y espadas. Sus rostros estaban serios. Sus miradas puestas en la lejanía. Marchaban y respiraban al unísono en una larga fila que terminaba en un gran barco anclado en la costa. El viento agitaba los pendones rojos y las banderas. Un escalofrío recorrió mi espalda. Algo no iba bien, y por primera vez fui consciente de ello.

Correteé entre los vecinos con el ceño fruncido, nadie me hacía el más mínimo caso. Sólo las gaviotas y las olas murmuraban en aquella silenciosa marcha de los cruzados. Sus rostros pétreos iban concentrados, exhalaban grandes nubes de vaho al respirar. Estaban abrigados con gruesas capas, pieles y mantas. El sol, de repente, ya no brillaba tanto como cuando me había asomado a la ventana, sino que parecía un tenue disco de cobre escondido tras las nubes que lo volvían todo frío, lento y gris. A lo lejos, junto al puente de madera por el que iban subiendo en orden al navío, vi a la alta general. Estaba en pie, asintiendo con porte digno a todos aquellos que pasaban por la pasarela. Me lancé a la carrera hacia allí. Cuando llegué, me dedicó una tierna sonrisa y me cogió en brazos.

En aquellos momentos parecía ver más allá de lo que todos veían. Mostraba la seguridad y fuerza de los hombres de armas, pero jamás perdió la suavidad de las líneas de una incansable feminidad. Con mis nueve años, al igual que hoy, la admiraba como a un héroe. Cuando estaba con ella me sentía tranquila y protegida.

Le sonreí y los nervios huyeron de mí. Su mirada estaba llena de aquella luz que el cielo y el mar jamás superaron. Resplandecía tanto o más que su impecable armadura sobre la que vestía el tabardo de armas de la Orden. El emblema de la llama escarlata sobre la tela blanca siempre me había fascinado.

—Señora —recuerdo que dije— ¿Dónde vamos?

—Partimos al norte, a vencer a la muerte —contestó afectuosa.

Parpadeé por unos segundos. Volví la vista hacia los cruzados que subían al barco. A nuestro lado formaban en una línea perfecta y ordenada. Me parecieron tantos que empecé a contarles maravillada hasta que me sobresalté y le pedí a la alta general que me dejara en el suelo. ¡Debía cambiarme! Quizá Kloss, o Herbert, me dejasen una espada de esas que portaban cuando pasaron a mi lado hace unos momentos, cuando les vi subir al barco. Les busqué con la mirada, pero ya no pude encontrarles.

—¡Tengo que volver a casa para vestirme! —“Más allá del mar hace frío de verdad”, decías siempre. Una punzada de dolor recorrió entonces mi pecho al recordaros. La emoción del momento se tornó en rabia y convicción— ¡Deben pagar por sus crímenes! —exigió mi voz infantil de aquel entonces.

La alta general asintió despacio. A pesar de las nubes amenazantes, el sol se abrió paso para brillar en su pelo. Se arrodilló para ponerme la mano sobre el hombro. Me miró a los ojos. El olor del cuero mojado de su guante ha acompañado mis recuerdos desde aquella mañana.

—Géraldine —me dijo con la suavidad de una madre—, hoy tienes que escucharme con atención. Lo que voy a decirte es muy importante.

Abrí los ojos todo lo que pude. Aparté de mi cabeza todos los planes que revoloteaban agitados en mi interior.

—Géraldine —prosiguió con delicadeza—, tienes que quedarte aquí. Partimos todos, no sabemos lo que nos aguarda al otro lado del mar, y no puedo poner en riesgo a la totalidad nuestro pueblo. A ti —explicó al ver como mis ojos se humedecían—, te confío la más sagrada misión de todas: tienes que quedarte para custodiar todo lo bueno que quede en el continente. Buscarás y unirás a todos los hombres y mujeres valientes que encuentres, para que la Cruzada Escarlata no muera si a nosotros nos pasase algo —sonrió al verme fruncir el ceño—. No estés triste. La Luz así lo quiere y te ha reservado esta misión, la más importante de todas. Eres el estandarte del futuro, Géraldine. No lo olvides.

—¿Y eso cómo lo sabes? —reproché cruzándome de brazos, enfadada.

—Porque Ella me lo ha dicho —señaló al cielo.

Miré al punto al que señalaba. Las nubes dejaban pasar unos bonitos rayos que salpicaban sobre el mar numerosos resplandores de plata. Destellos que inundaron también mis ojos cuando mi corazón se ablandó. Asentí. Si así lo quería la Luz, así lo haría.

Abbendis me besó en la frente y dejó a tres de sus hombres para escoltarme. En aquellos momentos no pensé en la razón de aquel acto. Veía cómo todos los demás se marchaban junto a ella. Inconscientemente, cogí la mano a uno de los soldados que quedaron conmigo. Memoricé todos y cada uno de los pasos que la llevaron a bordo del navío de guerra.

El viento acudió a hinchar sus grandes velas. Las banderas rompían el aire. Miré de nuevo al cielo para convencerme de que no debía salir corriendo tras ella. El joven soldado de mi lado, algo confundido, sujetó mi mano con suavidad y me dijo que no me preocupase, que todo iría bien; realmente estaba más sorprendido que yo por haberse quedado en tierra. Asentí una vez más, secando las lágrimas que habían escapado a mi control. Contemplé la figura del barco empequeñecerse en medio del bravo mar del Norte; no más bravo que los hombres que le surcaban. Recuerdo que todos eran fuertes, intrépidos y valientes, pero, de entre todos ellos, si había alguien que sobresalía, esa era la alta general Abbendis.

HistoriaEditar

Géraldine de Janelle nació en Nueva Avalon, colonia costera del este del enclave escarlata, en el seno de una familia de colonos de la Cruzada. Heidrick, su padre, era pescador y Janelle servía a la Alta General Abbendis como costurera. Desde pequeña, Géraldine pasó mucho tiempo con ellas dos y era habitual verla corretear entre los cruzados.

El ataque de los caballeros de la muerte asoló su aldea y masacró a su familia. Cuando Abbendis organizó al Embate Escarlata para partir a Rasganorte a luchar contra el Rey Exánime impidió que fuera con ellos. Consideraba que ya había sufrido bastante con la pérdida de sus padres y que, obviamente, no podía consentir que fuera con ellos una niña que no contaba ni diez años. Para convencerla le dijo que debía buscar hombres y mujeres dignos para que la cruzada no muriera si a ellos les ocurriese algo en el Norte. La dejó a cargo de un puñado de cruzados para que la escoltaran hasta la seguridad del Monasterio en Tirisfal, junto a los cruzados escarlatas que quedaron en el continente.

Aquellos cruzados que se hicieron cargo de ella fueron conocidos como “la Custodia Escarlata”. Resignados a las órdenes de quedarse en el continente para escoltar a una niña en lugar de luchar en el norte, poco a poco se fueron encariñando con ella; mas cuando llegaron las terribles noticias de lo sucedido en Rasganorte comprendieron, perplejos, que quizá aquella excusa, aquella misión infantil, cobraba un sentido real. Estaba sucediendo lo impensable, el embate estaba cayendo y, sobre todo, para mayor desgracia, la alta general había sido asesinada.

Pese a no ser relevante en la Cruzada Escarlata, Géraldine de Janelle cuenta con el respaldo de aquellos hombres que le han acompañado todos estos años. Cruzados que no han tenido reparos en sentir la sinceridad e inocencia con la que la Luz obraba en aquella chica a la que habían protegido y defendido durante todos aquellos años.

ActualidadEditar

Recientemente Géraldine ha cumplido dieciocho años, ha tomado sus votos en la Orden y se ha convertido en cruzada. Se incorporó al cuerpo de misioneros y ha viajado por el mundo junto a los voluntarios de su Custodia para llevar la verdad de la Luz a la oscuridad que se extiende fuera de los muros del monasterio.

Guerrera inexperta y profunda creyente, ha sentido cómo la Luz actuaba a través de ella para sanar a sus camaradas. Comienza ahora a instruirse en la grandeza sagrada.

En el seno de la Cruzada no es más que la más sencilla de las hermanas.

AparienciaEditar

A primera vista es una chica de apariencia bastante joven bajo una cota de malla que no encaja demasiado con su rostro inocente, puro y agradable a pesar de su ceño fruncido.

Unos cabellos rubios asoman sobre la frente y sus vivos ojos azules muestran tanto ilusión como contención.

No es alta ni de extraordinaria fuerza. De cuerpo sano y bien formado, pero sin excesos; jamás muestra ni insinúa curva alguna, de ser así su incomodidad será visible, al igual que su actitud defensiva.

Educada, sobria, austera y comedida, deja intuir con facilidad una profunda fe y convicción. Su voz es joven, pero no novata. Firme y orgullosa, digna y virginal.

CarácterEditar

Su temperamento suele ser agradable y educado. Es formal y obediente, en general risueña e indignada cuando se ofusca. Tiene actitudes aun de adolescente, aunque es cabal y sabe cuando no tiene razón. Aprende de sus errores, que son frecuentes, sus convicciones la vuelven demasiado temeraria e imprudente.

Aunque es cabezota siempre hace caso de lo que le dicen, sobre todo los cruzados más cercanos a ella.

Su educación en la fe y la sobriedad han hecho de ella una joven puritana y comedida, que se escandaliza y se interesa a la par por las cuestiones que jamás le contaron en la larga y pesada teoría que ha aprendido en la biblioteca.

Pese a todo lo que ha vivido, y el ambiente monástico en el que ha crecido, tiene sentido del humor y es una chica alegre cuando está en confianza y se encuentra cómoda. En esos momentos se olvida de toda la carga que supone ser cruzada y se muestra como la muchacha que es, soñadora, jovial, bromista y amiga.

FamiliaEditar

No tiene familiares vivos, murieron todos en los ataques de la Plaga a Nuevo Avalon.

  • Humana.gif Alextria Mantogrís  , hermana (no de sangre) y mejor amiga.
  • Humana.gif Helke Hildebrand  , amiga, consejera y "madrina" desde que llegó al Monasterio.

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