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Folclore de Gilneas

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Iré añadiendo entradas a este texto, que trata acerca de mitos diseminados por el folclore de Gilneas según han sido recopilados por Faelán McConnell, también conocido como Faelán Sueño de Lobo.

Huelga decir que el material aquí presente no es canónico para el trasfondo de World of WarCraft, sino que parte de la invención y se apoya en fuentes mitológicas del mundo real. Su fin no es otro que el de incrementar la riqueza argumental de las tramas de la Manada Luna de Lobo.

La Luna de Sangre Editar

Hace muchos milenios Azeroth era aún más primitivo de lo que lo es hoy.
Blood-moon.jpg

La Luna de Sangre, por Franz Vohwinkel.

Cuenta una vieja leyenda de las brujas de la cosecha que otrora las bestias gobernaron el mundo, que hicieron de él su morada y que reinaban según las leyes de la justa la naturaleza: ora el depredador segaba la vida del herbívoro, ora moría envenenado y nutría la tierra; ora las plantas se alimentaban de la descomposición, ora los rumiantes pacían de ellas. Así sucedía el ciclo inmutable de la vida, hasta que llegó el hombre y trastocó del todo sus planes.

Se habla de una edad en que las criaturas del bosque, furiosas por la traición de los seres humanos, se rebelaron contra ellos y se dejaron poseer por una ira antinatural. Haciéndose espejo de su rabia, la luna de plata se tornó roja como la sangre y auguró una increíble matanza, una carnicería mediante la cual los hijos de lo salvaje se vengaron de los crímenes del hombre: lo acusaron de apropiarse de sus tierras y de matar a los suyos ya no hambre o por necesidad, sino por pura ambición de dominio; le fue imputado el delito de esclavizar a los de su condición, de tratarlos como a brutos inhumanos, de someterlos, de apalearlos y de obligarlos a trabajar para su beneficio hasta la extenuación y la muerte; y fue hallado culpable de la mayor calamidad, de asesinar a los de su estirpe, a los animales y a las plantas, por el lujo que se deriva del ocio: para fabricar accesorios extravagantes o simple y llanamente por diversión.

Así, la naturaleza inició una masacre sin parangón entre aquellos del género humano. Pero ni siquiera tras haber regado los campos con su sangre encontró sosiego. Un grupo de místicos, se dice, los más sabios de la humanidad, decidieron entregar una ofrenda a las fuerzas de lo salvaje para que los perdonasen, y no fue hasta el Gran Alfa de las manadas —el Dios de los Lobos— aceptó el tributo que el resto de las fieras se pacificaron.

El Dios primigenio de los Lobos, satisfecho, entonó su canto y aulló dulcemente a la luna, y en respuesta, esta mudó su vestido de rosas y se tornó blanca y pálida como la leche. A él se sumaron sus manadas, y tras ellas el resto del mundo silvestre, de tal suerte que se conoció a aquel fenómeno, al signo que vino después de la Luna de Sangre, como la Luna del Lobo.

Como consecuencia de esto, las bestias se amansaron y recuperaron su lugar dentro del orden de las cosas. Y durante algún tiempo, el hombre respetó este pacto y le puso fin a su desenfreno.

Sin embargo, el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra, así que se olvidó la sabiduría del pasado y del motivo de las viejas tradiciones. De este modo, volvió a cometer los mismos pecados y la Luna de Sangre se alzó de nuevo en el firmamento.

Cada cien años la Luna de Sangre regresa a su trono celestial. Algunos afirman que no es más que una superstición, un mito de las brujas de la cosecha, pero que la Luna de Sangre se vislumbre en el cielo es el presagio de una horrible catástrofe sobrenatural.

La Luna de Sangre es el recordatorio de la maldad de los hombres, de su egoísmo y de su codicia. Y desgraciadamente, a medida que pasa el tiempo y que transcurren las eras, el conocimiento que nos previene de su advenimiento se diluye.

Así pues, estamos condenados a repetir una y otra vez nuestras equivocaciones. Ese es el irónico y desdichado destino de la humanidad.

Publicado por Faelán McConnell en Folclore de Gilneas.

El bastón del brujo: tradición e historia Editar

S
Druid Staff.jpg

Bastón de druida, según Sealthiel en DeviantArt.

e dice que entre los brujos de la cosecha existe la costumbre milenaria de tallar un bastón del árbol con el que el taumaturgo experimenta una mayor afinidad. Esa conexión se plasma bien en visiones o sueños lúcidos o a través de experiencias místicas conscientes: oír la llamada del venerable en el murmullo de las hojas, escuchar cómo pronuncia su nombre con el sonido de la brisa, o bien señales más tangibles como son la inclinación o curvatura de sus ramas ante la presencia del druida.

Todos estos indicios muestran el respeto y el patronazgo que dicho género de árboles ejerce sobre el brujo de la cosecha. Y según reza la leyenda, los druidas del pasado fabricaban sus cayados a partir de la madera de estos árboles sagrados, de suerte que cada especie traía consigo una bendición particular y un mensaje, profecía o misión cifrada en la lengua de naturaleza y que el neófito debía esclarecer.

De hecho, la etimología de la palabra druida ya nos ofrece pistas de esta relación, de tal manera que dru en común antiguo se refería a ‘árbol’, e ida, derivado de un lexema que hoy no podríamos reconocer, hacía alusión a ‘saber’. El druida o brujo de la cosecha, como se le denomina en el ámbito urbano, es, entonces, un vidente o conocedor íntimo de los árboles que extrae su sabiduría y sus poderes de ellos.

Sin embargo, como todo lo relativo al folclore de Gilneas, los viejos mitos sucumbieron al peso implacable de la industria y del culto a la Luz Sagrada de Lordaeron, que con su promesa de unidad bajo el lema de una religión compartida mutiló el acervo popular o lo arrinconó y lo maltrató hasta degradarlo a su forma de pervivencia actual, lo que a día de hoy despectivamente llamamos ‘cuento de hadas’.

La imagen de estos báculos encierra una pluralidad de significados que muy brevemente repasaré: por un lado, simbolizan el crecimiento de la vida en tanto que los árboles se desarrollan en vertical, a semejanza de los hombres; por otro, son también alegorías de la muerte, ya que al verse extirpadas de su anfitrión estas varas se marchitan y se endurecen con el tiempo, volviéndose inevitablemente estériles; desde otra perspectiva más utilitaria, representan el sendero que recorre el ser humano en su trayectoria vital y son una manifestación figurada de la siguiente verdad: el hombre, y concretamente el druida, debe respaldarse en la naturaleza para subsistir y no puede ignorar sus raíces, que se afirman en lo más profundo de la tierra.

A efectos de este discurso probablemente sea esta última la interpretación que más nos interesa y aquella que necesitamos rememorar con más urgencia. No obstante, no me detendré a analizar aquí la situación de desasosiego actual ni el desarraigo que sufrimos como sociedad a causa de una tecnocracia deshumanizadora y de esta política de hermetismo nacional fundada en la más descarada prepotencia. Baste este escueto apunte para hacernos reflexionar antes de regresar al tema que estábamos tratando.

El abeto, el ciprés, el álamo, el pino, el sauce y por supuesto el roble son ejemplos de árboles que constituyen materia divina en el mundo de las brujas de la cosecha. A cada uno de estos especímenes se le asocia una virtud, un cometido y un destino, como hemos mencionado antes, basado en sus características físicas o sensibles (altura, grosor, espesor del follaje, tipo y sabor del fruto, etcétera) y en las espirituales o anímicas, cuya huella aún se siente con fuerza en nuestra poesía (el ciprés melancólico, el roble vigoroso, etc.). Para concluir con este punto, cabe notar que no es el druida quien selecciona al árbol, sino el árbol quien elige al druida y el que procura la armonía y la compatibilidad entre las cualidades de ambos.

Una vez el brujo de la cosecha ha obtenido la madera con la que elaborará su bastón, está preparado para enfrentarse al rito iniciático de la orden. Este cayado lo acompañará a lo largo de su existencia y supondrá para él un inestimable apoyo durante las épocas de adversidad, así como un recordatorio palpable de su compromiso con lo salvaje. Asimismo, es la encarnación sólida de su voluntad de convertirse en druida y el primer hito en la senda de su adiestramiento, luego no resulta bizarro ni extraordinario que los brujos de la cosecha ornamenten estos palos grabando en ellos runas en escritura ogham, el idioma mágico de los druidas primitivos, o con adornos que les recuerden los altos en su camino —a modo de jalones— y que se identifican, a su vez, con acontecimientos que han influido de manera determinante ya en su percepción de las cosas, ya en la progresión de su aprendizaje.

Hecha esta indagación podríamos penetrar en los misterios que rodean a los rituales esotéricos de los brujos de la cosecha, o bien orientarnos hacia una clasificación más compleja de los árboles con sus respectivas denotaciones dentro la tradición druídica. Pero con esto es más que suficiente para el propósito que nos atañe.

Como coda, observe el lector la riqueza de sentidos que traen consigo estos hombres y mujeres de apariencia simple, aferrados a un cayado nudoso e inscrito por un millar de muescas intraducibles. Sea consciente de la extensa herencia que los druidas cargan a sus espaldas, recostada amablemente sobre sus bastones, las últimas muletas con que se sostiene en pie una práctica casi extinta, que nos habla con voz lánguida sobre los remotos orígenes de la humanidad.

Publicado por Faelán McConnell bajo el seudónimo de Lobogrís en Gilneas Rural.

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