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Faelán Sueño de Lobo

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Faelán Sueño de Lobo
Imagen de Faelán Sueño de Lobo
Información del personaje
Servidor Los Errantes
Apodo Fael
Título Guardián del Monte Negro
Género Masculino
Raza Huargen
Edad 33 años
Clase Druida
Alineamiento Caótico Bueno
Ocupación Guardián del Monte Negro, Alfa de la Manada Luna de Lobo
Lugar de nacimiento Tramo de la Tempestad, Gilneas
Residencia El Monte Negro, Gilneas
Afiliación La Alianza, Gilneas, Círculo Cenarion, Manada Luna de Lobo
Estado Vivo

Descripción físicaEditar

Varel entero.jpg

Faelán tras su conversión. Por Ludo Lullabi.

Faelán es un huargen de apariencia salvaje y orgullosa.

Su pelambre es esencialmente marrón pardo, de cerdas delgadas, crecida en espesor en las crines, en los talones y en los antebrazos. Una banda de tonalidad blanca rompe con el monocromatismo de su pelaje en el área de los pectorales, en el hocico, en el vientre y en las patas, igual de hirsuto que el resto del vello de su cuerpo. La melena que enmarca su rostro está recogida en dos largas trenzas, anudadas con adornos de procedencia natural: ramitas resecas y hojas elásticas de vides, con algún fragmento de marfil intercalado.

Es ancho de espaldas y estrecho de cintura, con una osamenta enjuta, especialmente en las extremidades del tren inferior. Tiene unos hombros amplios y poco encorvados, propios de alguien que no ha realizado trabajos físicos de gran magnitud; aunque al contrario de lo que cabría esperarse, su musculatura —de condición fibrosa— está tonificada, lo que denota un cierto hábito de actividad corporal.

Sus zarpas son grandes, con dedos finos y estilizados, aptos para el manejo de utensilios delicados tales que plumas y otros instrumentos de escritura. Por más que su aspecto luzca feral, lleva las uñas cortas, de manera que no entorpezcan sus labores manuales; cortas, sí, aunque puntiagudas, oscuras y afiladas como estiletes.

Mientras que otros huargen presentan bocas alargadas y gruesas, repletas de colmillos agudísimos, amarillentos y enormes, Faelán es la excepción que confirma la regla. En comparación, y durante una primera inspección, casi hasta podría parecer inofensivo: sus incisivos son menudos, limpios y apenas sobresalen de sus belfos; su morro, ni chato ni angosto, es menos voluminoso que el de sus compañeros lupinos; su trufa, negra como la de los demás, pero no tan cuadrada y más bien sucinta en olisqueos; y sus orejas son erguidas, vellosas y luengas, si bien a la izquierda le falta una pequeña sección cerca del cartílago.

Estos rasgos más suaves, si se los puede designar de este modo, esconden una mirada particularmente intensa e insólita: sus ojos son verdes; no verde esmeralda, sino un verde alimonado limítrofe con el oro. Además, reflejan un componente hipnótico, un deje de rareza, como si no pertenecieran del todo a este mundo. Para más inri, su expresión confirma esa apariencia: su gesto es atípico, digno, pero sin incurrir en la frialdad del estoicismo; antes bien, transmite una sensación de sobrenaturalidad.

La indumentaria que viste está formada por piezas de cuero curtido entintadas con los tonos de la tierra y del bosque, a juego con el color de sus ojos y de su pelaje. En lugar de cubrirse con una armadura completa, a menudo prescinde de la pechera, ya que coarta su libertad de movimientos (y todo sea dicho, también pone trabas a su sex appeal). Porta, eso sí, un cayado de madera negra, espinada y retorcida sujeto de un arnés muy escueto en el dorso.

Trae consigo una colección de saquitos colgados del cinturón en los que almacena ingredientes herbales. Se puede deducir la composición de estas sustancias por su olor amargo y penetrante, característico de los remedios tradicionales de los druidas y de los brujos de la cosecha.

Posee unas formas de andar y de gesticular únicas: se mueve con majestad, armoniosamente, fundiéndose con el entorno que lo rodea. No trata de camuflarse ni de pasar desapercibido; en vez de eso, se sabe en su salsa en ambientes forestales: es un eslabón más en la cadena del ciclo de la selva y conoce a la perfección la posición que ocupa. Eso imprime en sus ademanes una innegable seguridad y una certeza que nacen de un hecho primitivo e insoslayable.

Cualesquiera que sean las circunstancias, su exterior es imperturbable. Aunque sería un craso error confundir esa serenidad con mansedumbre: aquellos que ponen en compromiso su paz o que atentan con derruir su paciencia descubren rápidamente que el semblante pausado —casi hierático— de este huargen oculta una furia violenta, tan impetuosa como el centelleo de un relámpago.

Descripción psicológicaEditar

PersonalidadEditar

De pequeño cuidaba de los pajarillos que se lesionaban las alas y de otros animalitos del bosque heridos, como ardillas y ratones de campo, hasta que su estado mejoraba. Esta cualidad nutricia, esta nobleza, aún no ha desaparecido de su temperamento.

En su juventud, Faelán era un muchachito idealista que creía con ilusión en la bondad de los seres humanos por encima de toda desavenencia política y de cualquier interés económico enfrentado. Ese amor ingenuo devino en una actitud bohemia que se plasmó tanto en sus orientaciones políticas liberales como en sus prácticas amatorias, en aquel momento caracterizadas por la promiscuidad y por la apertura de miras frente a lo novedoso.

Con la edad, la fuerza del desengaño le ha mostrado la verdadera condición del hombre: la mentira y la traición. Esta áspera revelación ha endurecido su corazón y ha blindado su espíritu con una capa de acritud y de descreimiento. Su fe en la humanidad se ha deteriorado hasta un extremo alarmante, al tiempo que han echado raíces en él la desconfianza y la precaución hacia todo lo humano.

Faelán es de tendencia circunspecta hasta que se le enfurece. No contesta con ambages y detesta los engaños, pero aun así da la sensación de que alberga secretos que lo corroen por dentro. A veces parece que se abstrae o que contempla cosas que no están al alcance del ojo mortal. Esa peculiar habilidad le confiere una sabiduría insospechada y una comprensión profunda de su hábitat que difícilmente se puede mesurar.

Sus años como ermitaño lo han vuelto austero, casi desabrido al trato. Perturbarlo es complicado, al menos en apariencia: tal es la extrañeza de su expresión que adivinar qué pensamientos cruzan su cabeza es poco menos que un prodigio. No es asocial y tampoco carece de astucia ni de elocuencia —más bien a la inversa—, pero una traza de melancolía nunca abandona su semblante.

Durante un tiempo pudo tornar toda esa decepción en optimismo, iluminado por el don del huargen y por el ejemplo del Dios Lobo. Se aferró a Goldrinn e interpretó su conversión como una bendición, una manera de deshacerse de las repulsivas constricciones sociales que encadenan a la civilización humana. Su talante pasó del hermetismo a una conducta entusiasta contagiada de fervor divino, y hasta acogió y asistió a un amplio grupo de huargen en la aceptación de la maldición.

No obstante, las aguas volvieron a su cauce tras una ominosa aventura: Faelán perdió su manada y como líder, se responsabilizó de su destino. Tras esto, devastado, se confinó en el Monte Negro de Gilneas, en parte como castigo y en parte porque requería de soledad para recapacitar. De esta época conserva un aire de autoridad que graba su huella en sus maneras y en su forma de expresarse.

Por lo demás, es un huargen equilibrado en sus afectos, ascético —o mejor dicho, torremarfilista— hasta cierta medida. Su desencanto con el género humano ha agriado su personalidad, aunque no ha conseguido extinguir del todo la llama de su pasión. Aunque no es impulsivo, está claro que Faelán obedece antes a los dictámenes de su corazón que a las exhortaciones de su cerebro. No en balde, la esencia de la poesía radica en el alma y no en la razón.

Gustos e interesesEditar

Como humano, antes de convertirse en brujo de la cosecha, Faelán fue un fértil novelista, ensayista y poeta que publicó muchos de sus cuentos y obras en la editorial de su tío. Pertenecía a una extravagante pléyade de autores de filosofía y literatura de Gilneas que no tardó en desbandarse después de la guerra civil. Perseguido por sus ideas revolucionarias, se sirvió de un seudónimo —Lobogrís— con el propósito de pasar inadvertido. De este modo pudo conciliar su amor por la escritura con su estilo de vida eremítico y con su adiestramiento en las artes druídicas.

Sus géneros favoritos han sido desde siempre la novela fantástica y la cuentística, sin despreciar el teatro —más por su valor dramático que por los efectos escénicos—. En cuanto a la poesía, se decanta por aquellas de corte folclorista y romántico.

Es todo un erudito en esas materias, aunque su formación en las ciencias que se deslindan de lo humano es más bien mediocre. Y todo sea dicho, no siente curiosidad alguna por ellas: para él son una emanación más del declive de la civilización, un poder cruel e impersonal que devora al individuo, lo somete y lo transmuta en máquina.

Tras su transformación, Faelán no ha olvidado esta afición. De hecho, posiblemente el verbo escrito sea la única propiedad que todavía valora de la humanidad.

Al margen de eso, este huargen ama los paisajes naturales. Pese a haberse educado en el seno de una familia aburguesada, sus orígenes provincianos han cristalizado en un apego fortísimo por las escenas campestres y bucólicas, por los rituales de la antigüedad y por las tradiciones largo ha perdidas. Para él, estos cuadros agrestes son poesía en estado puro: la fauna y la flora, lejos de ser elementos inocuos de un decorado, son entidades vivas e inteligentes, potencias que influyen en el devenir de lo salvaje, y con frecuencia más dignas de respeto y admiración que los hombres de la ciudad.

A pesar de que no es ningún botánico ni un boticario experto, sabe algo de sembradíos, de hierbas medicinales y del cuidado de las arboledas. Asimismo, puede elaborar algunos jarabes básicos, cataplasmas y ungüentos rudimentarios.

Otra de sus pasiones secretas es la música. No se considera un melómano, aunque tañe con soltura la flauta dulce. Aprecia las melodías inspiradas en la mudanza de las estaciones tanto como las canciones de lo silvestre: los aullidos de los lobos, los graznidos de los cuervos y el ulular de las lechuzas son —entre otras— sinfonías que nutren su numen, capaces de alcanzar lo más hondo de su ser y de estremecerlo.

En lo tocante a lo alimenticio, y sobre todo desde su metamorfosis, Faelán estima el sabor de la carne, pero no de la cebada en un corral, sino de la presa venatoria. Es más, aunque prefiere comer en caliente, en caso de necesidad no le hace ascos a lo crudo; lo condimenta, eso sí, con frutos y especias que recolecta en el Monte Negro, y con algunas raíces y tubérculos comestibles que engendra la tierra.

Odia con furor casi todo lo que proviene de la industria humana: la mayoría de las bebidas alcohólicas, prendas de gala, alhajas cuajadas de pedrería, armas de fuego, explosivos, cepos, etcétera.

A todo aquel que se pliega a los ritmos de la ciudad lo denomina peyorativamente urbanita, y es más que probable que despierte sus recelos.

Su animal predilecto es el lobo, su árbol es el roble y su planta, la zarzanegra.

Ética y moralEditar

En el fondo de su alma, y muy a su pesar, Faelán es partidario de la filosofía de Rousseau: el hombre es bueno por la naturaleza, pero la sociedad lo corrompe. Está plenamente convencido de que todo ser viviente se inclina en la balanza hacia el lado del bien; no obstante, según él, la civilización —y específicamente la aristocracia— es uno de los gérmenes más virulentos de maldad en el mundo: origen de guerras, de desolación y de buena parte de la mezquindad que hoy plaga Azeroth.

Se alinea en contra del progreso científico y asocia casi todo lo que parte de la tecnología con la inmoralidad, ya porque contamina el medio ambiente, ya porque deja al sujeto a merced del todopoderoso caballero don Dinero, como dijo Quevedo.

Rehúye posturas excesivamente dogmáticas y deterministas. Su código ético, sin embargo, se deriva de una premisa pragmática: el resultado es lo que cumple y lo que permite determinar si una acción es buena o no. Su criterio de corrección moral se fija en las leyes de la naturaleza y las toma como modelo: todo aquello que contravenga el orden natural es, por ende, nocivo y muy seguramente perverso.

Idealmente, la mente racional de Faelán le impondría esta preceptiva como guía y anularía el papel de sus sentimientos en los juicios éticos; en la realidad, su alma de poeta se antepone a la lógica y con frecuencia dirige su actuación moral. Después de todo, nuestros instintos son un producto de la naturaleza y a veces sus advertencias no pueden ser tasadas mediante la razón. Entonces ¿por qué desoír sus consejos?

En la práctica, Faelán se comporta de un modo severo pero bienintencionado. No olvida su propia debilidad ni a las personas que lo socorrieron cuando más lo precisaba; tal vez por eso aún es capaz de dispensar cierta amabilidad a quien se interna en el Monte Negro y está a punto de sucumbir a sus peligros. Aunque este auxilio no siempre llega en el cuerpo de viandas o de palabras reconfortantes: en ocasiones, la mejor forma de ayudar al prójimo consiste en obligarlo a afrontar sus propios temores.

Todo esto no implica que su garra vacile a la hora de ejecutar sentencia: su cólera es terrible y ya puede prevenirse de ella quien abuse de su hospitalidad, quien amenace el Monte Negro o quien cuestione la voluntad del Dios Lobo.

FeEditar

Goldrinn.jpg

Goldrinn. De "Maldición de los Huargen".

Faelán es un firme seguidor de Goldrinn, el Dios Lobo.

Nunca profesó el culto a la Luz Sagrada, y si en el pasado lo hizo, jamás fue con auténtica devoción. Al haberse criado entre las gentes rurales de Gilneas, sus experiencias religiosas están impregnadas de misticismo y de superstición: sus creencias siempre han sido más próximas a las de las brujas de la cosecha, que propugnaban la existencia de un mundo invisible, el mundo de las hadas.

Años más tarde averiguó que lo que él llamaba mundo de las hadas era, en verdad, un pálido eco del Sueño Esmeralda materializándose en Azeroth por medio del Tal’doren, punto de transición entre la morada onírica y la de la vigilia. Así pues, no le costó dar el siguiente paso en su instrucción y adentrarse en la senda del druidismo bajo el magisterio de los elfos de la noche de Darnassus.

Goldrinn representa todas las virtudes que Faelán ha codiciado desde su infancia: la perseverancia, el coraje, la confianza en uno mismo, la solidaridad con los amigos y la familia, la manada... De alguna manera, Faelán se siente predestinado a preservar el legado del Dios Lobo y a comunicar —con sus acciones y con sus aullidos— estos principios a otros huargen que vagan perdidos por la selva sombría.

Aunque reverencia al resto de Ancestros y a los seres feéricos que pueblan las extensiones boscosas, Goldrinn es el único al que rinde tributo. Y es a él a quien destina sus plegarias más fervientes.

BiografíaEditar

Este apartado ordena una serie de acontecimientos del trasfondo del personaje que pueden conocerse públicamente:

Antecedentes familiaresEditar

El padre de Faelán, Arthur, procedía de una línea de empresarios que medraron durante casi un siglo en la Gilneas de los Cringrís. Estudió derecho y fue jurista, primero en la alcaldía de Valletormenta y más tarde en la ciudad de Gilneas. Su condición de burgués no lo arredró frente a sus competidores de la más elevada prosapia: tuvo que emplear el doble de ganas y el doble de ahínco para hacerse valer, pero finalmente obtuvo el reconocimiento que se merecía.

La madre de Faelán, Fiona McConnell, provenía de una estirpe más humilde: sus padres eran agricultores y ganaderos que poseían más labrantíos que manos para laborarlos. Sus primeros años los pasó en las afueras, cuidando de su hermano y de sus numerosos primos. Más adelante viajó a la ciudad y ejerció de doncella para una joven señorita noble, a la que arropaba y contaba cuentos como si se tratase de una hermana menor. Así descubrió su auténtica vocación: quería escribir historias.

Su hermano y tío de Faelán, Brian, también dejó los sembradíos y encontró su lugar en pleno centro de la urbe: su labia le granjeó una ocupación modesta repartiendo panfletos, poco después como encargado de una librería, y con el tiempo logró abrirse un huequecito en el corazón del viejo dueño de una editorial que le cedió en herencia la entidad, el edificio y varias máquinas de impresión.

Brian se desenvolvió hábilmente con los negocios, así que la editorial prosperó y sirvió como plataforma de despegue para los cuentos de su hermana. Fiona no tardó en ganar un cierto renombre, y gracias a los contactos de su hermano pudo conocer a Arthur.

Pero el abuelo de Faelán y padre de Fiona enfermó. Tras su fallecimiento, Fiona regresó al solar de sus antepasados y se trajo consigo a Arthur, con quien había contraído nupcias tras un breve noviazgo que no se prolongó por más de un año.

Arthur abandonó su oficio para hacerse cargo de la gestión de las heredades: invirtió todos sus ahorros en la compra de diversas propiedades rurales, y de una manera casi milagrosa —que ha despertado multitud de acusaciones y de polémica— resucitó unos arados yermos y los convirtió en fértiles campos de cultivo, amasando una gran cantidad de terrenos que hasta la fecha se habían probado estériles.

La estrategia de Arthur consistía en adquirir las granjas más empobrecidas de los aledaños y en trasladar a ellas las últimas innovaciones tecnológicas a fin de maximizar su rendimiento. Luego contrataba a los hijos de esos mismos labriegos a los que había comprado sus latifundios como mano de obra, de modo que siguieran labrando la tierra que los había visto nacer por más que ya no les perteneciera.

Algunos interpretaron este gesto como un acto de magnanimidad por parte de Arthur, ya que había salvado sus fincas de la extenuación y les ofrecía a sus descendientes un puesto de trabajo estable, pero a la mayoría este movimiento se les antojó una jugarreta taimada y deshonesta. Así pues, Arthur perdió velozmente toda su popularidad entre la gente del común, y esa fama negra salpicó a todos los McConnell.

Infancia: el niño duendeEditar

Faelán creció recluido en los dominios del imperio agrario de los McConnell, en las inmediaciones del Tramo de la Tempestad. No asistió a la escuela de Valletormenta ni a ninguna otra, sino que fue educado en casa por su padre y por su madre: mientras que su padre se encargaba de la materia de ciencias, su madre le impartía las letras, más dulces y sabrosas a su paladar infantil.

La ojeriza de sus vecinos no le pasó desapercibida al chiquillo, quien ya desde chiquitín se acostumbró a estar solo y a ser mirado con lástima o con desdén. Por un lado, la aristocracia repudiaba a los McConnell debido a lo expansivo de sus ansias mercantilistas; por el otro, el pueblo del sur de Gilneas se sentía vendido y manipulado por ellos. Y en el ojo de esa tempestad se situaba Faelán. A él esos conflictos jamás llegaron a importarle, pero esa presión configuró sus vivencias más tempranas.

Tenía muchos amigos imaginarios de pequeño, y a veces adoptaba pajaritos o criaturitas fugadas del bosque como mascotas. Debido a esto, Faelán desarrolló una naturaleza tierna, ajena a lo que sucedía a su alrededor; no porque no pudiera percibirlo, sino porque no quería reparar en ello. A veces se ensimismaba y aseguraba ver seres que no existían, hadas; y con frecuencia se metía de incógnito en el Monte Negro y lo transitaba durante horas, desde la mañana hasta el anochecer, de tal suerte que cuando llegaba a casa aducía haber perdido totalmente la noción del tiempo.

Todo este cúmulo de extravagancias se repetía a la hora de dormir. Los sueños de Faelán eran asombrosamente vívidos e inquietantes, y retrataban parajes lejanos y maravillosos. En aquel universo onírico se vestía con la piel del lobo, y se especula que esas ficciones lo influyeron en su edad adulta de forma determinante. En aquel entonces, nadie salvo su abuela prestó interés alguna vez por sus visiones.

Solo hubo una familia de granjeros que no le dio la espalda a los McConnell: los Cunningham, primos segundos de Fiona, se mantuvieron leales en su amistad hacia los padres de Faelán y fueron su apoyo más firme. Su hija a menudo jugaba con el zagal de los McConnell por las extensiones agrícolas y ambos trabaron una relación muy sólida que resistió con impavidez el transcurso del tiempo y los vaivenes de la vida.

De esta guisa, Faelán alcanzó la mayoría de edad y sintió la pujante necesidad de huir de aquella situación de aislamiento, simultánea en el tiempo con la construcción de la Muralla de Cringrís. Partió a la ciudad junto a su tío, quien le consiguió un tutor, y bajo su maestrazgo estudió las letras y las artes de lo humano.

Juventud: escritor rebeldeEditar

Faelán siguió la trayectoria de su madre, y a los pocos años publicó su primera colección de cuentos rescatados del folclore de Gilneas y del Bosque de Argénteos. Su nombradía se acrecentó gracias a la buena reputación de Fiona y a sus propios méritos como escritor, de manera que ingresó a un selecto círculo de intelectuales afiliados a las corrientes de pensamiento más progresistas y a favor de la causa de Crowley, quien había instigado la guerra civil.

De su postura política no se sabría nada hasta más tarde. Sin embargo, aquella existencia bohemia en la ciudad arrastró a Faelán por un camino de libertinaje: en cierta ocasión se desató un tremendo escándalo ante la presunción de que el muchacho había pecado con la hija de un importantísimo barón. Estos revuelos puntuales fueron menoscabando su notoriedad como autor y lo precipitaron a su desgracia.

Pronto se difundió en la capital la habladuría de que su padre, Arthur, había subvencionado y dado manutención y asilo a los revolucionarios de Crowley, y las repercusiones de dicha investigación afectaron profundamente a Faelán: denostado por sus amoríos y denunciado por aquellos que le habían tendido la mano en el pasado, fue juzgado culpable en calidad de cómplice de su padre y tuvo que marcharse en secreto de la ciudad.

Su tío Brian le había garantizado un transporte seguro hasta la hacienda de los Cunningham. Se hospedó allí durante algún tiempo y averiguó con espanto que el patrimonio que le correspondía según las leyes de sucesión le había sido incautado por uno de los señores del Este. Su duelo por lo material no se alargó demasiado; con su padre encarcelado y su madre en la ciudad y bajo vigilancia, al igual que su tío, se había quedado completamente solo.

Edad adulta: brujo de la cosechaEditar

Aquella existencia sencilla en la periferia le brindó sus propias recompensas: aunque tuvo que trabajar fatigosamente en los campos, una experiencia nueva para él, conoció en primera persona a los campesinos que se habían sentido estafados por los suyos. Nunca reveló su identidad, pero ese cambio de perspectiva le proporcionó una imprescindible toma de contacto con la realidad que lo marcaría para siempre.

Se demostró inútil en las faenas campestres: sus manos eran demasiado blandas y su constitución más cercana a la de un dandi que a la de un hombre curtido en la siembra. No obstante, sí que hubo algo en lo que destacó: no se sabe muy bien cómo, pero acabó topándose con las brujas de la cosecha y fue instruido en sus misterios. Se empapó de sus tradiciones atávicas y así comprendió muchas cosas acerca de las alucinaciones que había visto en su niñez y que de mayor había desechado como a meras fantasías producidas por la imaginación de un crío retraído.

Se dice que se convirtió en un brujo de la cosecha él mismo, y que para ello tuvo que atravesar un escabroso rito de iniciación bautizado como la Caza Salvaje. Se insinúa que fue su aquelarre el que le asignó el sobrenombre de Sueño de Lobo, pero las informaciones al respecto son muy vagas e imprecisas.

Del paradero y los ministerios de Faelán en los años posteriores a esto mucho es desconocido: en cierto momento dejó a la familia de los Cunningham, presuntamente porque alguien de los alrededores estuvo a punto de delatarlo; tras esto, merodeó por la espesura, y las versiones sobre lo que le acaeció son contradictorias. Hay quien afirma que escapó tullido y que fue acogido por un ermitaño que lo curó y que se ocupó de él hasta que pudo valerse por sí mismo; otros creen que se convirtió en una especie de zahorí errante que deambulaba de aldea en aldea ofreciendo sus conocimientos y servicios.

Se sabe a ciencia cierta que tuvo que hospedarse en algún sitio, ya que en esos años continúo publicando en la editorial de su tío bajo el significativo seudónimo de Lobogrís. Nada se conoce sobre las personas que le mostraron benevolencia; también se ignora si esas personas fueron conscientes o no de la condición de prófugo de Faelán.

Cataclismo: el don de GoldrinnEditar

En el advenimiento de los huargen, el Cataclismo y la invasión de Gilneas por parte de los Renegados, Faelán fue mordido y pasó por el trance purificador de las pozas de la luna en el Tal’doren. Luego de esto, se sumó a aquellos que se embarcaron en naves con rumbo a Darnassus, la patria de sus salvadores.

Desde entonces, Faelán cesó de esconder su nombre y no le costó aclimatarse a sus nuevas circunstancias. La pérdida de su país no le arrancó ninguna lágrima: para él, la malicia de la nobleza, la corrupción del dinero y la cerrazón —interna y externa— de los gilneanos perecían simbólicamente con el éxodo de Gilneas.

Asimismo, su familia tampoco padeció grandes penurias: su madre sobrevivió intacta a las adversidades, se divorció durante el encierro de su esposo y se casó con un noble bien posicionado de la capital; su tío, ahora huargen, regresó al panorama comercial más competente que nunca para lidiar con matones y morosos; su padre, en cambio, había desaparecido en algún momento del asedio, y puede que militara en el Bosque de Argénteos junto al Frente de Liberación o que nunca hubiera llegado a salir del presidio.

Faelán fue uno de los primeros brujos de la cosecha en abrazar las enseñanzas de los elfos de la noche, y también uno de los primeros en emprender el peregrinaje al santuario de Goldrinn en el Monte Hyjal. Su adiestramiento no duró demasiado, pero resultó muy fructífero: Faelán fue admitido en el Círculo Cenarion y volvió al Teldrassil para compartir lo que había aprendido con otros como él.

En el Roble Quejumbroso conoció a un conjunto de huargen afines, gilneanos desorientados que todavía no habían asumido su estado como hijos espirituales del Dios Lobo. Los guio, restañó sus almas hechas añicos y restableció su orgullo magullado. Ninguno de ellos tendría que ocultarse de nuevo, sujetos a la represión de un gobierno injusto. Ya no había nadie que los avasallara: eran libres para obedecer los designios de sus corazones.

Empero su felicidad fue efímera y no tardó en evaporarse. Cuando recibieron la noticia de que al sur de Kalimdor se había hallado un estanque que podía contener las últimas gotas de sangre de Goldrinn, el Dios Lobo, derramadas durante su tenaz defensa de la ciudad Altonata de Eldre’Thalas, él y su manada se encaminaron allí con la máxima expedición.

Su misión radicaba en constatar si los rumores eran ciertos, y en caso de serlo debían proteger la sangre de Goldrinn hasta que el Círculo Cenarion llegase y dispusiera de ella. Sin embargo, por el camino sufrieron innumerables avatares y desdichas: los Renegados y otros enemigos asaz temibles los acosaron y acabaron tendiéndoles una emboscada que puso punto y final a su peripecia. 

Las ruinas de lo que se convino en llamar la Fontana de Sangreferal fueron sepultadas en Feralas junto a los cadáveres de una manada entera de huargen. Faelán, su alfa, fue uno de los pocos supervivientes de la debacle.

Del periplo que causó la muerte a tantos huargen no se ha vuelto a referir palabra en voz alta. Ni siquiera Faelán es capaz de hablar de ello.

Guardián del Monte NegroEditar

Gilneas-Forest.jpg

El Monte Negro, hogar de Faelán.

Cuando todo terminó, devastado, Faelán se dirigió al único lugar de todo Azeroth que aún podía considerar su hogar: el Monte Negro. Se adentró en la jungla de zarzas y fundó su morada en el Tal’doren. Allí siente solaz, y ha transformado el árbol primigenio en su bastión. Se ha declarado a sí mismo guardián del Monte Negro y de sus lindes, espacio que alberga los últimos recuerdos agradables de su existencia como humano, y no piensa consentir que nadie lo contamine u ose destruirlo.

No obstante, su anhelo de soledad se trunca abruptamente en el momento en que un signo funesto se adueña de los cielos: la Luna de Sangre, una de las leyendas más siniestras de las brujas de la cosecha, se avecina, y el Monte Negro está empezando a experimentar los primeros síntomas de los que avisa la profecía.

Faelán deberá abandonar su guardia solitaria y unirse otra vez a una manada si desea salvar el Monte Negro de una inminente catástrofe...

La Luna de SangreEditar

Para hacer frente a la dolencia que aquejaba al Monte Negro, Faelán tomó una decisión insólita: sus poderes druídicos no bastaban para sanar la afección y el bosque milenario se pudría; así pues, necesitaba ayuda.

En uno de sus merodeos por la foresta halló por accidente a Akaliah, una acechadora huargen que intentó abatirlo. Faelán se debatió en forma de venado, que era el aspecto que adquiría para patrullar de incógnito las tierras agrestes, bajo la creencia de que Akaliah era una cazadora furtiva, y presentó una digna batalla, pero tras una serie de ataques resultó herido y se vio obligado a regresar a su cuerpo original.

El brujo de la cosecha entendió al punto que Akaliah no era su enemiga, y ella, tal vez compungida por el ensañamiento de sus golpes, lo acompañó a su morada en el Tal'doren y accedió a prestarle auxilio. Juntos trazaron un plan: atraerían a todos los huargen que vagaban desnortados por las Ruinas de Gilneas al Monte Negro con un pretexto suculento: sería Faelán quien los guiase allí disfrazado de presa venatoria; después de esto, les brindarían comida y un hogar a cambio de su apoyo.

Tras el ardid, algunos de los huargen rescatados se sintieron tentados de abandonar a su suerte a Faelán y a Akaliah. No obstante, un dilatado aullido interrumpió su parlamento: el último de los seducidos por el ciervo blanco acababa de arribar al Monte Negro. Cuando lo encontraron, yacía inerte junto a las raíces de un roble.

Les tendieron una celada: una hueste de almas en pena salió de su escondrijo y encaró al grupo de huargen. Zumbaron las flechas y se esgrimieron las espadas; las garras se hundieron en la materia ectoplásmica de los espectros, así como los dientes, y poco a poco su número fue mermando. Sin embargo, el Tal'doren también había sufrido un asalto: la líder de las mujeres fantasmales había horadado la mente de Faelán, el protector de la arboleda, con el objetivo de apoderarse del Monte Negro.

La intervención oportuna de sus compañeros salvó a Faelán de un destino aciago y ahuyentó al alma en pena. Enfurecida, Clíodna, pues así se hacía nombrar la desventurada, formuló una amenaza contra todos los que la habían obstaculizado durante el conjuro: ella y lo que restaba de sus fuerzas les darían caza y los matarían uno por uno.

Blood-moon.jpg

La Luna de Sangre, por Franz Vohwinkel.

Aquella prevención, añadida a la aparición de un astro rojo en el firmamento —la mítica Luna de Sangre—, cementó la determinación de muchos, que se unieron en una manada bajo el liderazgo de Akaliah. Faelán prefirió no participar: dada su experiencia con manadas y la culpabilidad que todavía experimentaba, creyó que lo más sensato era mantenerse al margen. De este modo, permaneció como guardián del Monte Negro y anfitrión del conjunto: como alguien cercano y al mismo tiempo distante.

La nueva manada tuvo que dirimir asuntos más acuciantes antes de plantarle cara a Clíodna: las reservas de Faelán se agotaban, luego debían cazar para reponerlas. Mas no era una tarea fácil, ya que la Luna de Sangre había desquiciado a la fauna y a la flora del Monte Negro: los árboles aplastaban bajo sus raíces a los animales, y estos, aun en sus especies más dóciles y herbívoras, se lanzaban con fiereza en pos de la sangre de los transeúntes: los búhos picoteaban los cráneos de los viajeros hasta fracturárselos; las ardillas mordían los tobillos a fin de gangrenar las extremidades de sus víctimas; y ni siquiera los tranquilos conejos se libraron de esta demencia común, pues adoptaron la repulsiva costumbre de alimentarse de carroña.

Gracias a este entorno hostil, la manada aprendió a colaborar y a luchar en equipo. Y cuando aquello se probaba insuficiente para sustentar a todo el mundo, las trampas de Breogar contribuían a la causa, aportando roedores, serpientes, y otros tentempiés del campo con los que mitigar el hambre.

Se trataba de una existencia dura, onerosa, y Faelán no estaba dispuesto a encariñarse con nadie. Muy a su pesar, desarrolló cierta simpatía por los componentes de la manada, que le recordaban a sus viejos camaradas; también brotó en él un apego muy arraigado por su alfa, Akaliah, con quien había trabado un vínculo instintivo cuya razón de ser no alcanzaba a vislumbrar.

Los lazos de la manada se fortalecieron gracias a aquel entrenamiento y a la vida austera en el Tal'doren. Llegó un momento en el que estuvieron preparados para enfrentar a Clíodna, quien se había enclavado en una mansión solitaria en la costa y la había tornado en su fuerte; desde allí continuaba sus labores, fueran las que fueran, y aún vigilaba a los huargen con objeto de cumplir su juramento.

Las seguidoras de Clíodna habían sido avistadas en la espesura y asesinadas por la manada algunas lunas atrás, así que el alma en pena estaba sola. O eso pensaban ellos. Al traspasar el umbral del solar, una corte de fantasmas del pasado los asediaron: eran sus parientes, sus amigos, sus maestros y discípulos; todos ellos habían sido resucitados por una magia atroz. O quizá solo fueran el producto de la hechicería ilusionista de Clíodna.

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Clíodna, culpable de la tragedia de Sangreferal. Por Alex Garner.

Tarde averiguaron que Clíodna había saqueado el cementerio local y que pretendía subyugar las ánimas de los difuntos para formar un ejército con ellas.

El alma en pena nunca les anunció sus propósitos ni el papel que jugaba el Monte Negro en ellos; pereció inmediatamente después de identificar y de romper su filacteria, sumiendo a la manada en un estado de desconcierto. Faelán, quien ya la conocía de antes, vengó así los crímenes cometidos contra su antigua manada: Clíodna había sido una de las causantes de la matanza de Feralas, y debido a ello lo pagó caro.

Con su conciencia liberada de remordimientos por lo que aconteció en la Fontana de Sangreferal, el druida se adhirió por fin a la manada. Al lado de Akaliah, asumió la posición de alfa.

Pero la Luna de Sangre que se había alzado con Clíodna no se desvaneció tras su aniquilación. De hecho, sus consecuencias se intensificaron: tras todo aquello, habían detectado a una bestia desmandada que campaba por los límites del Monte Negro, dejando tras de sí un rastro de vísceras y de cadáveres.

La manada, atormentada por las convulsiones de las últimas peleas, gastó lo que le quedaba de energías en derrotar a aquella extraña criatura: un oso. El oso que había protagonizado la masacre, como se reveló al examinar su cuerpo, estaba infectado de un icor vil que fluía por sus venas. Sin embargo, el precio de aquel hallazgo fue muy elevado: Breogar, el trampero, falleció horas después —durante la madrugada— a razón de una lesión interna.

Exhaustos y desalentados, los miembros de la manada comenzaron a barajar la hipótesis de que tal vez Clíodna no fuera sino un peón en un juego de ajedrez de mayor envergadura.

Con esa teoría en mente, los místicos se embarcaron en una misión para diagnosticar el cáncer que afligía al reino de las plantas y al de los animales, e intuyeron que el origen del mal podía ser de índole demoníaca.

En ese tiempo, una peste de engendros vegetales movidos por un intelecto depravado asoló el Monte Negro. Las aberraciones espiaban las acciones de los huargen para prepararles emboscadas, maniobras sorprendentemente sagaces viniendo de unos seres de tan escasas luces.

Así pues, la manada sospechó que había alguien detrás de la plaga; y por más que se esmeraban en podar los matojos, estos no cejaban de multiplicarse. Hasta que Faelán y Akaliah dieron con una solución: el Champiñón Salvaje, un espécimen que florecía en el Bosque de Argénteos y cuyas esporas podían esparcirse por el Monte Negro con vistas a frenar la invasión de malas hierbas.

Como predijeron, el Champiñón Salvaje, hongo susceptible a los encantamientos de los druidas, produjo su efecto y drenó y exterminó la peste antinatural.

No obstante, aquel avance en la contienda contra la Luna de Sangre no supuso sino una pausa temporal. Tras esta epidemia, la manada solicitó ayuda a los espíritus del Monte Negro y para ello hubieron de entregar una ofrenda, tal y como preceptuaba una ceremonia cifrada en escritura rúnica en uno de los caer de los Cabos del Norte. El coste, de nuevo, fue muy alto: la liturgia exigía a los participantes que prendiesen un objeto de gran valor sentimental, y solo si su sacrificio era sincero la naturaleza contestaría a la llamada.

A pesar de todo, la manada superó este lance con éxito. El alma del bosque habló y les expuso su problema: la Luna de Sangre era una argucia, un señuelo creado para insuflarles pavor y para despistar; en verdad, uno de los robles más ancianos de la fronda estaba siendo parasitado por medio de una Semilla de Corrupción. A través de sus raíces, el venerable árbol transmitía la podredumbre a sus vecinos; de tal manera, si se eliminaba la mácula del roble ancestral, el Monte Negro al completo se sanearía con él.

Faelán comulgó con el corazón de la arboleda y no se demoró en localizar el foco de la enfermedad. La manada, dañada por un sinfín de embates, realizó un esfuerzo final y se encaminó al claro en el que se erigía el roble maldito.

Mientras sus amigos presenciaban horrorizados la corrosión de la foresta, el druida canalizó un hechizo para purificar al anciano. Monstruos sarmentosos compuestos de bulbos y de vides con púas se animaron en respuesta al ritual: la inteligencia que orquestaba la conquista del Monte Negro se había percatado de las intenciones de los huargen y ahora se urgía para detenerlos.

Más seres diabólicos fueron aproximándose en oleadas al árbol gigantesco con la finalidad de negar el triunfo del sortilegio; y aunque los defensores lograron repelerlos, el conjuro fracasó. El árbol estaba más allá de cualquier salvación posible, comprendió Faelán, la única alternativa viable para impedir el contagio y erradicar la Semilla de la Corrupción consistía en quemarlo hasta los cimientos.

Aquel acto asombró a su agresor, quien vio frustrados sus intentos de adueñarse del Monte Negro. Su principal adlátere, el sátiro que había comandado a sus esbirros, murió estrangulado por un poder ignoto tras la ofensiva, antes de que la manada pudiera interrogarlo. Mientras se le quebraba la tráquea podía escucharse cómo imploraba piedad a un nombre: Zalvan.

Con la destrucción de la Semilla de la Corrupción y la pérdida del roble más vetusto del Monte Negro, la falsa Luna de Sangre se esfumó de su trono ilegítimo y fue reemplazada por la Dama Blanca, quien con gentileza alumbra Azeroth. Y pese a que todo el fenómeno hubo partido de la brujería pérfida de un demonio, la profecía de las brujas de la cosecha se había hecho realidad: el Monte Negro se llenó de rugidos y de bramidos de júbilo, señal de que la Luna del Lobo había desterrado definitivamente a la Luna de Sangre, presagiando el inicio de una era de paz.

ActualidadEditar

Próximamente.

Obras relacionadasEditar

Gilneas a la deriva, colección breve de ensayos que versa sobre Gilneas y sus costumbres.

Folclore de Gilneas, recopilación de cuentos y de ensayos que tratan sobre el misticismo de Gilneas. 

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