Fandom

Wiki Errantes

El valor del pasado

1.451páginas en
el wiki}}
Crear una página
Comentario1 Share

¡Interferencia de bloqueo de anuncios detectada!


Wikia es un sitio libre de uso que hace dinero de la publicidad. Contamos con una experiencia modificada para los visitantes que utilizan el bloqueo de anuncios

Wikia no es accesible si se han hecho aún más modificaciones. Si se quita el bloqueador de anuncios personalizado, la página cargará como se esperaba.

Como todas las mañanas desde hacía cuatro años, el maestro Zartosh bajaba por la rampa que conectaba la boscosa Isla Bruma Azur con el yermo Exodar.

La ciudad de los draenei llevaba casi un lustro siendo reparada, y aún por aquel entonces se podía ver una enorme cantidad de escombros tirados por las esquinas y secciones enteramente en ruinas. Sin embargo, Zartosh había escuchado que pronto la nave estaría lista para el despegue. Con suerte, soñaba el anciano, los devolvería a Draenor, su patria; o mejor dicho, a lo que restaba de ella: Terrallende.

Zartosh todavía reconocía muchas huellas del viejo Draenor en el erial devastado de Terrallende: Shattrath, la cúspide de la civilización draénica; el Auchindoun, la cripta donde enterraban a sus difuntos; y el espectacular templo de Karabor, donde se adiestraban los anacoretas que rendían culto a la Luz.

Él era un estudioso de la historia antigua y su tarea consistía en transmitirles esa pasión por el ayer a sus jóvenes estudiantes. A menudo les decía: «Solo comprendiendo el pasado se puede predecir el futuro». Y aunque sus dotes de adivino eran más bien pobres, él creía con plena convicción que aquel mantra era cierto.

Aquel día comenzó como otro cualquiera: después de un paseo tonificante por la espesura, regresó a la capital para impartir su primera lección de la mañana.

Nada más llegar al Arca de las Luces, encendió un emisor de hologramas que serviría de apoyo visual para sus propósitos educativos, y revisó unos papeles que había traído de casa. Fue recibiendo a sus alumnos uno por uno e indicándoles que tomaran asiento mientras él esperaba en pose meditabunda. Al cabo de un rato, cuando se hubo congregado una media docena de adolescentes, se puso en pie.

—Nuestra clase de hoy tratará sobre la historia antigua de nuestro pueblo y su llegada al mundo de Draenor —les anunció con una voz firme, propia de su cargo como docente—. Como bien sabéis, los draenei vagamos durante muchos años por la Gran Oscuridad del Más allá, saltando de un planeta a otro como la abeja que se posa de flor en flor para succionar su néctar —Detrás de él, el proyector holográfico iba enseñando la galaxia y sus cuerpos celestes en una serie de diapositivas tridimensionales—. De suerte que un buen día nos topamos con Draenor y el navío en el que viajábamos se estrelló. Es asombroso con qué frecuencia se repite la historia, ¿verdad?

Una mano alzada interrumpió su parlamento. Era una niñita con gesto dulce y una sonrisa encantadora. Aunque el maestro Zartosh detestaba que lo detuvieran en mitad de una explicación, aquella imagen tan adorable enterneció su corazón.

—¿Tienes alguna duda, Jaora?

La chiquilla asintió. Se sonrojó, se aclaró la garganta y se dispuso a hablar.

—Recuerdo el Castillo de la Tempestad y conozco el Exodar, maestro, pero nunca había oído hablar de aquel sitio. ¿Dónde está? ¿Y cuál es su nombre?

Viendo una oportunidad magnífica para hacer gala de sus conocimientos, Zartosh se atusó el bigote y compuso una inmensa sonrisa. Toqueteó un par de botones del panel de control del proyector y creó la ilusión de un gran monte cristalino.

—Lo cierto es que es una nave con mucha historia: su nombre se remonta al principio de los tiempos —le respondió, dándole un barniz de misterio al asunto—. Hoy día la puedes encontrar en Nagrand, pero es solo una sombra de lo que fue. Nada se sabe sobre su nombre real, aunque los orcos la llaman Oshu’Gun, la «Montaña de los Espíritus»…

—Eso no es así. —La voz repelente de otro de sus discípulos arruinó su exposición.

Le dedicó una mirada hostil; el chaval estaba mascando un chicle de color rosa.

—Ah, perdona, Haram, no había tenido en cuenta que tú eras todo un experto en estos temas. Y dime, ¿qué no es así, exactamente?

—Se llamaba Genedar. La nave. Genedar —repitió con insolencia aquel cretino. Miró a su mentor con cara de pavisoso e infló una pompa gomosa.

El maestro, confundido, farfulló algo en voz baja y luego acudió a sus notas. Fue pasando las páginas una por una, pero no localizó aquel término.

—Te equivocas, en mis apuntes no se menciona ningún «Genedar» —le rebatió el maestro—. ¿En qué tasca de mala muerte has escuchado eso?

—Lo sabe todo el mundo, maestro —Intervino Behdaan, el sabelotodo de la clase. Aquel chico era su mejor aliado en la batalla contra la ignorancia, tan prevalente entre los muchachos. Que él se pusiera en su contra le dolía en el corazón—. Lo que pasa es que hasta ahora pronunciar su nombre en voz alta hería muchas sensibilidades, por eso los draenei no le contamos nada a la Alianza al respecto. Ya sabe, después de nuestra huida de Terrallende los ánimos no estaban muy elevados.

Zartosh se quedó perplejo. Para superar su atoramiento, tosió, ondeó los papeles y cambió de diapositiva: mostró un bello paisaje de Nagrand. Un error lo podía cometer cualquiera. Resolvió continuar con la lección como si no hubiese ocurrido nada.

—… Como iba diciendo, aterrizamos en Nagrand. En aquella época, Draenor era un mundo indómito, un lugar salvaje: las planicies de Nagrand estaban habitadas por las tribus ogras, desorganizadas y barbáricas, y por los orcos del clan Lobo Gélido, que habían establecido en aquellas estepas su morada ancestral…

Se escuchó un carraspeo. El maestro Zartosh se calló. Mosqueado, levantó una ceja y retiró la vista de sus apuntes (que estaba leyendo de refilón por si acaso se le colaba algún gazapo). Buscó e identificó al culpable: Behdaan otra vez.

—Disculpe que le corrija, maestro, pero se ha demostrado que los ogros constituyeron un imperio muy extenso, que abarcaba Nagrand y otros territorios al norte de la misma.

—Te estás equivocando, Behdaan —le replicó su maestro con cierta sorna. Se mesó su poblado bigote y sonrió—. Verás, los ogros eran brutos descerebrados. Fue gracias a Gul’dan y al Consejo de las Sombras que algunos privilegiados, como Mogor, se convirtieron en seres bicéfalos y ganaron una pizca más de inteligencia.

Behdaan, contrariado, frunció las cejas.

—Pero aquella mutación también podía suceder de forma espontánea en la naturaleza…

—No sé de dónde te sacas esas paparruchas, chico. Tú eres un alumno de primera, ¿qué clase de libros de texto estás estudiando? —Zartosh pasó al holograma de un ogro desaliñado saludando bobamente a la cámara—. ¿Lo ves? Así son los ogros: necios, ruines. Solo entienden de fuerza en estado puro; y se coordinan en tribus, tribus que pelean entre sí. No son tan listos como para unirse en un imperio, y no podrían mantenerlo operativo por mucho tiempo con sus cerebros del tamaño de una nuez.

Behdaan no opuso nuevas quejas. Su maestro interpretó el silencio como una victoria.

—Decía que los Lobo Gélido habían fundado su base en…

Una explosión gomosa lo distrajo. Estrujó sus notas en las manos, furioso.

—Eso no es verdad.

—Olvidaba que contábamos en nuestra clase con el mayor experto en materia orca de la historia —añadió Zartosh con un deje de sarcasmo—. Haram, por favor, ilústranos: ¿qué, según tú, no es cierto?

—Mi tío es rangari.

—¿Que tu tío es ranqué? ¿Rastafari, como los trols? ¿Qué tipo de oficio sórdido es ese?

—Rangari. Un explorador. Han existido desde siempre en nuestra sociedad —Zartosh puso un gesto de máxima incredulidad—. Me contó que el clan Lobo Gélido solía residir en la Cresta del Fuego Glacial y que solo a veces emigraba a Nagrand.

—Ya, claro, y ahora me dirás que había dragones en Draenor.

Se escuchó un tosido casi imperceptible. Era Jaora. ¡Su última estudiante decente! Rogó a la Luz que le tendiera algún cable frente a aquel rebaño de idiotas.

—Verá, profesor, lo cierto… —comenzó ella, su tono era un hilillo apenas audible—. Lo cierto es que mi mamá era cuidadora de dragones hada en el Valle Sombraluna...

—Dragones hada. En el Valle Sombraluna —Su maestro no terminó de digerirlo—. ¿Esto es alguna clase de broma? ¿De dónde habéis sacado esa retahíla de sandeces? ¡Jamás las he visto escritas en ningún libro de historia! ¡Nunca!

La clase entera cruzaba miradas los unos con los otros. Zartosh no daba crédito. Estaba empezando a perder la paciencia y se le había amoratado el rostro de la ira.

—¡Y ahora me dirás que tu padre era un dragón hada!

—No, pero trabajaba para el Consejo de Exarcas, los cinco dirigentes de los draenei…

—¿Cinco? ¡¿Cinco?! ¡MENTIRA! —exclamó él. Arrojó al suelo sus notas, colérico—. ¡Los draenei SIEMPRE nos hemos organizado en triunviratos! ¡Y el profeta Velen es el ÚNICO gobernante de nuestro pueblo!

—Relájese, maestro. —Trató de calmarlo Bedhaan.

—¡No! ¡Dejadme en paz! ¡Estoy harto de la enseñanza! —gritó indignado el sabio Zartosh, tirándose de los pelos de las sienes—. ¡Me marcho! ¡Cuando acabéis con este estúpido jueguecito, avisadme y con gusto volveré a daros clase!

Y Zartosh abandonó como un huracán el Arca de las Luces con rumbo a su cabaña del bosque. Una vez allí buceó en su biblioteca, pero no le quedó otro remedio que rendirse al no hallar nada de lo que le habían contado aquellos pequeños embusteros.

Aquella noche experimentó una pesadilla terrible: del Portal Oscuro emergía una legión de soldados orcos con la piel marrón, equipados con rifles y armas de asedio. Presenció, poco después, cómo un profeta Velen imaginario desaparecía en una deflagración luminosa; y por último, su visión le reveló a un Grom Grito Infernal sin la mácula del demonio saliendo indemne de su lucha contra Mannoroth.

Aquellos sucesos históricos… ¿habían ocurrido en realidad? Zartosh estaba totalmente desconcertado. Cuando despertó, decidió que debía repasar todo lo que había aprendido: se tomaría unos meses sabáticos y se dedicaría a recorrer Terrallende de un extremo a otro. Así pues, conjuró un portal para sí mismo y se materializó en la Ciudad de la Luz, Shattrath. Y de este modo inició su peregrinaje.

Al cabo de tres meses, Zartosh se teletransportó de vuelta al Exodar. Había contrastado sus conocimientos y todo estaba en regla. Los ogros continuaban arrinconados en una sierra solitaria de Nagrand, tan dispersos y primitivos como de costumbre; no había señales que indicasen la presencia de ninguna «Cresta del Fuego Glacial», ni de rangaris, ni de ningún Consejo de Exarcas; y por supuesto, no había encontrado ninguna evidencia física que probase la existencia de dragones nativos de Draenor.

Can i adopt her by monniponi-d835rxx.png

¿Puedo quedármela? Por Monniponi, Deviantart.

Se encaminaba al Arca de las Luces para notificar su regreso al magisterio cuando se atravesó con Jaora. La niña llevaba una especie de lagartija con alas de mariposa acunada en sus brazos y estaba acariciándola con mucho mimo.

—¡Maestro, me alegro de verle! ¡Mire lo que me ha traído mi madre de Draenor!

Zartosh se asustó y dio un botecito, pero había resuelto que no cedería ante sus engaños.

—Muy divertido, Jaora, pero sé que ese dragoncito es autóctono de Kalimdor.

—No, observe —Le alargó un librito estrecho de tapa negra—. Este es el certificado de su pedigrí, en el que consta su nombre y todas sus vacunas.

Su maestro lo cogió y lo examinó, más por condescendencia que por auténtica curiosidad. Lo que leyó lo dejó de piedra. La cartilla estaba sellada por una entidad: el Consejo de Exarcas. Sus peores sueños se habían hecho realidad.

—¿QUÉ? ¡En todos los meses que he pasado en Terrallende, JAMÁS vi una bestia así!

Jaora seguía rozando despreocupada la barbilla del dragón hada, que gorjeaba de placer.

—¿Es que no ha oído las noticias, profesor? Algunos héroes de la Alianza han ido a una versión alternativa de Draenor en la que Garrosh ha cambiado el pasado: por lo visto, ha salvado a los orcos de Gul’dan, les ha dado maquinaria y han forjado una alianza de clanes llamada «la Horda de Hierro». A mí me parece una historia muy bonita, aunque Garrosh no me cae bien; pero hay quien dice que es bastante atractivo.

Algo en el interior de Zartosh se quebró para siempre. Comenzó a aullar como un lunático y después se puso a cloquear. Su premonición se había cumplido. ¿De qué le servía estudiar el pasado si todo cuanto afirmaba conocer resultaba ser falso? Como consecuencia de su derrumbamiento mental, lo encerraron en una celda, donde habría de permanecer aislado hasta que recuperase la cordura.

—Al menos aquí estaré bien, lejos de Hordas de Hierro, de ogros imperialistas y de dragones hada draénicos —pensó el desdichado, riéndose de cuantos disparates había escuchado en las últimas horas.

Entonces captó una especie de parpadeo mágico, como un batido de alas. Un diminuto dragón hada se apareció ante él y se enroscó en una de sus piernas.

—No te preocupes, maestro. Yo te haré compañía. Pasaremos juntos muuucho tiempo.

Moraleja: El pasado puede cambiar, pero los dragones hada son para siempre.

Spotlights de otros wikis

Wiki al azar