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El tesoro de Quetz'lun

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El tesoro de Quetz'lun
Imagen de El tesoro de Quetz'lun
Información del evento
Fecha 24/11/2013 - 14/12/2013
Lugar Rasganorte
Participantes
Promotores

Banda Sonora: Quetz'lun

Trasfondo:Editar

Los sacerdotes contemplaban en un sepulcral silencio el ascenso del hombre sobre el altar. Lo habían  alimentado con los más suculentos manjares, vestido con los más caros ropajes y acostado con las más bellas mujeres durante aquel año desde que fue capturado rondando por las fronteras de Zul'drak. Aquel hombre era un bardo, un gran músico entre su pueblo, y era justo lo que Quetz'lun, la Serpiente Emplumada, ansiaba para aquella señalada festividad. Zul'drak Sangre.jpg

El sacrifio rompió contra los escalones del templo cuatro flautas, en un gesto solemne, pero que denotaba cierta ansiedad. Cuando llegó al último peldaño dos trols de gran tamaño le arrebataron las vestiduras, consistentes en una toga de lino y lo extendieron sobre el altar, teniendo que usar toda su fuerza por la resistencia del humano. A continuación, el sacerdote de Quetz'lun, con el rostro embadurnado con alquitrán negro mostró un largo y afilado puñal elaborado con jade. Tras elevar un cántico hacia su loa lo hincó sobre el prisionero y le extrajo el corazón aún palpitante. Sus asistentes se apresuraron para tomar un gran hacha de hierro para decapitar al prisionero y arrojar lo que quedaba de cadáver escaleras abajo, mientras debaja en su nefario trayecto un reguero de sangre que salpicó a los jubilosos asistentes.

Desde lo alto de la pirámide, Quetz'lun observaba con regocijo aquel hermoso sacrificio. El corazón del humano fue entregado a su Profeta, quien con gran ceremonia lo situó en un cuenco elaborado de piedra, rellenado con hojas, las cuales quemó junto el órgano del sacrificado para que su humo ascendiese sobre la diosa, quien lo devoraría ufana, concediendo sus dones a sus leales seguidores.

<<>>

Al anochecer, tras la festividad, el Profeta de Quetz'lun se reunía con otros sacerdotes. Estos estaban preocupados por el avance de los muertos andantes. Ya habían realizado más sacrificios de los habituales, incluso para época de guerra. Los poderes que su diosa les otorgaba no conseguían detener a la Plaga. Y por ello habían resuelto realizar el más divino de los sacrificios: el de su propio loa.

Quetz'lun se personó de nuevo sobre el altar de los sacrificios. Estaba deseosa de más sangre, de más ceremonia. Pero se sorprendió cuando no encontró ninguna víctima. Aunque sin lugar a dudas, lo que más le desconcertó de todo, fue encontrar a sus leales devotos abalanzarse sobre ella y causarle esas mortíferas heridas. No obstante, Quetz'lun era astuta, y mucho más ladina que aquellos idiotas supersticiosos. Antes de fallecer tuvo el tiempo necesario para arrastrar a su propio plano a sus traicioneros seguidores, en un submundo espiritual hecho a su propia medida donde pudo torturarlos a su antojo.

Sin embargo, dos de ellos consiguieron escapar. Hunapá e Ixtalán, los acólitos gemelos consiguieron huir con parte del tesoro del templo hacia algún recóndito lugar del Imperio de los Drakkari. En una antigua estructura lo enterraron y se burlaron de la ira de su diosa. Las reliquias que la celosa Quetz'lun había reunido de sus sacrificados durante siglos eran mucho más valiosas de lo que pudieron imaginar, y la seducción de su incalculable riqueza les cautivó de tal manera que apenas podían permanecer más de una hora fuera de su visión. Por fin, el miedo a que el otro gemelo se llevase todo el botín les condujo a su inevitable final. Los sediciosos hermanos combatieron durante cien días y cien noches, hasta que ambos cayeron muertos por las heridas que se inflingieron el uno al otro.

Tesoro escondite.jpg


La gran nación trol de Zul'drak cayó ante la Plaga, y los drakkari murieron en gran número. Tras la guerra contra el Rey Exánime, los supervivientes se reunieron con los Zandalari, en un épico viaje para restaurar su caído reino, con destino a Zandalar. Años después de la caída de los trols de hielo de Rasganorte, pocos drakkari quedan aún en su antiguo hogar, visitando las ruinas de aquel otrora glorioso y poderoso país. La leyenda del tesoro escondido de Quetz'lun permanecía en la memoria, y aquella historia también llegó a los oídos de los extranjeros...

El Tesoro de Quetz'lun en imágenesEditar


Capítulo 1: XipeteótlEditar

Xipeteótl 2.jpg

Aquellos no eran los primeros, y sospechaba que no serían los últimos. Xipeteótl miró con desdén los cadáveres de los dos aventureros que había sacrificado para mayor gloria de Quetz'lun y limpió el pequeño altar que él mismo había construido en la frontera con las Colinas Pardas. Su vida había cambiado mucho desde la caída de Zul'drak. Durante mucho tiempo se había visto obligado a esconderse de sus semejantes, que habían apostatado y sacrificado a los propios dioses para obtener su poder, ¡qué blasfemia! Sin lugar a dudas, aquel sacrilegio había provocado que los loa les hubiesen abandonado. Pero no a él. En ningún momento, ni cuando estaba hambriento y desolado Quezt'lun se separó de él. En cada corazón palpitante que arrancaba a los sacrificados sentía el calor protector de su diosa. En cada chorro de sangre que se derramaba sobre su cuerpo notaba cómo Ella velaba por su leal hijo. En cada vida que entregaba a su ama, él quedaba santificado. Su incólume fidelidad exigía muestras constantes de esta a la celosa y pródiga Serpiente Emplumada, quien todavía se resintía en su forma espectral de la tragedia que había sacudido su templo.

¡Ah, aquel maravilloso templo! Había quedado profanado y saqueado por sus mismos sacerdotes. Los inefables tesoros que había acumulado durante siglos se habían esfumado. Malditos entre todos ellos los mezquinos gemelos que le arrebataron su más preciado botín. ¡Pero no! No bastaba con que los traidores le privasen de la contemplación de sus riquezas, sino que intrépidos cazatesoros tenían la osadía de buscar lo que a Ella le pertenecía y quedárselo para ellos. No volvería a permitir más burlas, más escarnio, más ignominia. Xipeteótl había recibido visiones, apariciones de su diosa en sueños que le instaba a buscar aquel tesoro perdido que Hunapá e Ixtalán se llevaron a algún lugar remoto fuera de su alcance. Él se había afanado en cumplir los dictados de Quetz'lun durante días, semanas, meses, y años. Pero no lo encontró. Frustrado, se había dedicado a dar caza a los avariciosos forasteros que merodeaban por las ruinas de la caída nación drakkari en busca de espolio. También había tratado por todos los medios de detener la propagación de los rumores y leyendas sobre el gran tesoro de su señora, pero no consiguió ningún éxito al respecto.

Sin embargo, Quetz'lun volvió a hablar a Xipeteótl. La diosa le dijo que no cesase en su búsqueda, pues su tenacidad y devoción serían recompensadas con creces. Le contó que sus enemigos se aproximaban, y que debería estar preparado. El sacerdote volvió a posar su mirada en los cadáveres. Se empapó las manos de la sangre de los sacrificados y se untó el rostro con ella, formando un dibujo en su rostro con la forma de una serpiente emplumada. A continuación, tomó su puñal de jade, su lanza de batalla y se volvió a adentrar en Zul'drak, en busca de más profanadores que ajusticiar...

Capítulo 2: Comienza la búsquedaEditar

Taberna.jpg

Aquel anciano mantenía en vilo a todos los parroquianos de la taberna de Valgarde. Muchos de ellos, hombres del norte, ya conocían sobradamente la historia. Sin embargo, se permitían rememorarla con nuevos toques de misterio, de ensoñación. El tesoro de Quetz'lun seguía sin aparecer, todo aquel que partía en su búsqueda no regresaba. Se decía que estaba maldito, y que el espíritu de la ladina loa acababa devorando a todo aquel que se atrevía a hacerse con sus riquezas. Entre aquellos que escuchaban al narrador se encontraba una mujer que destacaba por la tonalidad oscura de su piel, que al acabar el relato, se acercó al cuentacuentos y le preguntó más sobre aquella leyenda.
- En el Arroyo de la Plata de las Colinas Pardas se encuentra un viejo escaldo llamado Djorvar. Cuando era joven era el mejor músico de su clan. Sin embargo, su voz se quebró cuando viajó al reino de los drakkari. Hay quien dice que vio a su propio hermano ser sacrificado a Quetz'lun, y que también fue testigo de la propia muerte de la loa y del rapto del tesoro. - le contó el anciano, quien parecía satisfecho por saber que había capturado la curiosidad de una de sus oyentes.

Al día siguiente, al caer la noche, Jesabela le contó a sus compañeros de aventuras lo que había escuchado acerca del tesoro. Todos ellos compartieron su curiosidad, y se pusieron de acuerdo en partir a Colinas Pardas, fronteriza a Zul'drak, para continuar con las indagaciones. Sin embargo, no conocían dónde estaba el lugar que el anciano refirió, por lo que preguntaron a un corpulento hombre del norte que se encontraba en la taberna, acabando con todas las existencias de hidromiel. Tras invitarle a una jarra, el nórdico se presentó como Erik Hardrada, y avisó a los sureños sobre la peligrosidad de la búsqueda que querían emprender. Sin amilanarse, los miembros del Pacto Áureo le hicieron saber sus intenciones de encontrar aquel tesoro, pero para ello necesitarían un guía que les llevase hacia el Arroyo de la Plata. No obstante, Erik parecía estar esperando algo más, una oferta.
- Si los vuestros nos ayudan, tendrán derecho a parte del botín. - Jesabela miró a los ojos gélidos a aquel nórdico, que se puso de pie, mostrándose tan alto y robusto como la propia Utgarde.
- Mi hijo Torhild os llevará. Nos encontraremos en dos días en Vildervar. - Respondió el hombre del norte, estrechando la mano de la mujer sellando el trato, tras lo cual abandonó la posada con pasos largos y seguros, dejando al resto del grupo en suspense.

A los pocos minutos se presentó ante a los aventureros otro nórdico, de cabello largo negro y con una estatura mucho más baja que el anterior. Cualquier persona le hubiese confundido con un gilneano o un lordanés. Empero, este se presentó como Torhild, el hijo del Jarl Erik Hardrada, el cual sería el guía que condujese a los forasteros hacia su destino en las Colinas Pardas. Pagando con su dinero, Garron Baines pidió un barril de hidromiel al que se invitó a aquel curioso explorador, que poco se parecía a su padre. Durante la noche, Torhild intercambió historias del norte con los extranjeros. Hablaron sobre los titanes, los ulfhednar, los clanes, la caída de los drakkari y concertaron la salida de mañana, temprano, con dirección al Fuerte de Vildervar, donde conocerían a más nórdicos del Fiordo que se sumarían a la búsqueda del Tesoro de Quetz'lun junto a ellos.

Capítulo 3: El Gran SabioEditar

Djorvar 3.jpg
Con la guía de los hombres del norte, los sureños atravesaron el Fiordo Aquilonal cruzando hacia las Colinas Pardas, donde los frondosos bosques les saludaron mientras entre ellos se intercambian historias. Erik Hardrada, siempre al frente, cantaba la canción de Soron, aquel que habló con los titanes. Tras muchas millas andadas, los extranjeros se rindieron ante la majestuosidad de Vordrassil, el gran árbol caído que servía de morada a los fúrbolg, y descansaron sus cansadas piernas en el Refugio de los montaraces que antiguamente los habitantes del norte llamaban Uppsala.

Cuando recobraron fuerzas atravesaron los ríos donde gobernaban los osos y anduvieron los valles de los venados, amigos de las águilas, que les alertaban cuando aparecía el malvado huargo, en busca de presa. Cerca de su objetivo, encontraron un puesto de los tramperos incendiado, con cadáveres diseminados por la zona. Alertados, los viajeros continuaron con presteza hacia Arroyoplata, donde les dieron la bienvenida cadáveres de hombres colgados de los troncos y largos muros con torretas construidas de madera. Una vez dentro, los forasteros preguntaron entre los aldeanos sobre el escaldo Djorvar, quien según les refirieron los nativos, vivía apartado en una oscura cabaña dentro de aquel asentamiento.

Cuando al fin pudieron posar sus ojos sobre él descubrieron una endeble figura de avanzada edad, con una barba larga del color de la nieve que se derramaba sobre su regazo, y que se abrigaba con una gruesa túnica del color de las hojas del bosque. A su lado, acariciaba una antigua arpa cuyas cuerdas habían perdido la firmeza debido al paso del tiempo.
- ¿Qué queréis de este viejo? – Les preguntó aquel al que buscaban, clavando una mirada penetrante en los viajeros.
- La verdad sobre el tesoro de Quetz’lun – Dijo Jesabela, que se sentó frente al escaldo, el cual la miró con extrañeza, no acostumbrado a ver mujeres de tal aspecto en las tierras frías del norte.
- En verdad os digo, que he visto ya el rostro de muchos muertos, y que no os diré nada. Pues pesa en mi corazón la desventura a la que les envié. Habéis venido en vano. – El viejo músico hundió la cabeza en las mangas de sus ropajes y sollozó, ante lo cual nórdicos y sureños parecieron indignarse por haber viajado tantas millas en balde.
- Nosotros triunfaremos donde los otros fueron vencidos. Te prometo que esta historia tendrá un final feliz. – La mujer morena a la que los hombres del norte habían apodado como Brunhild tomó el rostro del anciano con sus manos y le acarició las arrugadas mejillas. El anciano, observando la resolución de ella y de los otros miembros del grupo asintió con un gesto sombrío, y les invitó a sentarse cerca del fuego.

Caldeados por la lumbre, nórdicos y sureños tomaron asiento y contemplaron al escaldo, que se puso en pie y comenzó a relatar en alta voz:
- "Los sacrílegos gemelos huyeron lejos del templo de Quetz’lun. Mas su diosa les perseguía por todo el Imperio de Zul’Drak. Cansados y asustados, pidieron auxilio a Uno de los Cuatro. No tenía altar, no tenía sacerdotes, pero era más viejo que la tierra. Él, que siempre quería burlar a los dioses menores quiso ayudar a Hunapá e Ixtalán, y así les reveló donde deberían esconder aquella fortuna. Satisfechos con su consejo, los ladrones del tesoro fueron allá donde el Gran Sabio les había señalado, y ocultaron las riquezas. La Serpiente Emplumada furiosa por no encontrarlos visitó a los Cuatro y les preguntó quién de ellos había socorrido a los traidores de su templo. Ninguno de ellos la miró, y de sus fríos rostros no se escuchó palabra alguna. Ella bramó y chilló, les amenazó, pero los Cuatro permanecieron en silencio, con los labios de piedra sellados. Quetz’lun, frustrada y repleta de odio regresó a su templo a consumir su ira en sus antiguos sirvientes, en aquel mundo negro que había creado. El Sapiente de los Cuatro era ladino, y él no daba nunca consejo sin pago. Con artero regocijo observó a los hermanos dándose muerte a causa de la avaricia, y se deleitó con la sangre derramada de ambos. Desde entonces, muchos han ido en la búsqueda del Gran Sabio, pero nadie lo ha encontrado. Su boca está cerrada, pues ninguna ofrenda ya le complace. ¿Es que no sabéis acaso que Él elige su deseo y no lo recibe? Quien un tesoro busca, otro tesoro pierde. ¿Pues no es esto justo en la casa de los dioses?"

El escaldo dejó de hablar, dirigiendo su mirada hacia las llamas de la hoguera que calentaba el ambiente nocturno.
- ¿Dónde está el Gran Sabio? ¿Quién es? – Preguntó Jesabela, mordida por la curiosidad, al mismo tiempo que Erik se incomodaba por el relato críptico del escaldo.
- Aquel que no tiene nombre en esta lengua ni en ninguna de los hombres. Su morada está oculta entre árboles y piedra moviente, más allá del teatro de la muerte, acunado por los altares, custodiado por sus guardianes. Él mira a través de ellos, y la roca le susurra todo lo que acontece. – El anciano escaldo continuó proyectando su visión de manera misteriosa hacia el fuego, entrecortando su respiración, como si le fuese complicado continuar.
- ¿Nos dirá dónde está el tesoro? – Inquirió de nuevo la mujer sureña.
- Esa pregunta no está en mi mano responderla. Yo no sé nada más, ni conozco los entresijos de su voluntad. Los dioses viejos de los Drakkari son mucho más temibles que los que tienen forma y apariencia, pues estaban aquí antes que nadie y su imagen es la tierra misma. Id con cuidado, aventureros, no quiero que vuestros espíritus me atormenten en la oscuridad.

Despidiendo al grupo, el escaldo se echó el embozo sobre la cabeza y se tumbó de nuevo en un rincón oscuro de su cochambrosa vivienda. Mientras todavía trataban de desenmarañan el significado de aquella misteriosa historia, nórdicos y sureños resolvieron pasar la noche en Arroyoplata.

Capítulo 4: Treinta monedas de plataEditar

Atlique.jpg
Habían oído hablar de los cazadores de trol. Antiguamente, un oficio antiguo y casi obligatorio según les contaba a los sureños un hombre del norte que conocía bien aquellos bosques conocido como Halcón. Los aventureros tenían la esperanza de poder encontrar a aquellos tramperos, los cuales solían vender a sus presas o partes de estas a los habitantes de otras regiones de Rasganorte. A unos pocos kilómetros de Arroyoplata los hallaron acampados cerca de la frontera con Zul’drak; permanecían sentados alrededor de una suave lumbre, despidiendo un nauseabundo olor a sudor y a aromas agrios del bosque, riendo y hablando distendidamente.

Al reparar en la llegada de extraños, el cabecilla de estos les saludó y les preguntó qué querían. Los sureños observaron una jaula iluminada tenuemente por el fuego en la que se encontraba encerrada una drakkari, la cual lanzaba miradas recelosas a los humanos. Parecía debilitada, frágil, y presentaba heridas en diversas partes de su cuerpo.
- Queremos hacerle unas preguntas a esa drakkari. – Dijo Jesabela, que contempló al ejemplar capturado con un ápice de lástima.
- No creo que os vaya a decir nada. Pero si me pagáis cincuenta monedas de plata os la podéis llevar. Es un buen precio, estos bastardos ya no son tan comunes desde que los muertos les jodieron el Imperio – Les contestó Harold Cazatrols, líder de los cazadores, que estaba tuerto del ojo derecho y llevaba la cabeza ancha rapada al cero, resultando en un aspecto fiero.
- ¡Eso es un robo! – Exclamó Halcón, buen conocedor del modo de vida de aquellos batidores, cosa que incomodó al señor de estos, pues ya se deshacía en deseos de timar a los extranjeros.
- Yo solamente puedo darte treinta monedas de plata. – Le contestó Jesabela, mientras Remy Darvill parecía extraer algo del morral que siempre llevaba encima.
- Os cambiaré esta flauta mágica por la trol. – Señaló el bardo mostrando su instrumento a los cazadores, los cuales exigieron una demostración. – Con su música puede atraer a cualquier mujer que deseéis. – Posando la mirada en su compañera Jesabela, se preparó para tocar, pero esta se lo impidió, diciéndole que a él sí que le iba a hacer falta aquella flauta si trataba de engañar a los nórdicos.
- No somos idiotas, sureño. – Dijo Harold, poniéndose de pie. – Además, mi flauta ya es más larga y dura que esa que ofreces. No necesito música para tener la hembra que quiero. – Se mofó el cazador de trols a la par que sus colegas de caza coreaban con carcajadas la gracia.
- Seguro que apenas te la sacas, como no sea para tirarte trols. – Respondió con la misma burla el bardo, lo cual hizo que el nórdico se volviese lívido de ira y le amenazase con desollarle como a un gorrino si volvía a hablarle de esa forma.

Sin embargo, ignorando a sus compañeros, que le recomendaron que se callase, Remy Darvill continuó con sus burlas, retando a Harold a una competición. El rudo cazador, indignado, agarró su hacha y golpeó en el estómago al bardo con el mango de la misma, iniciando una pelea entre ambos. El resto de los presentes se apartó, dejando un círculo para que la lucha entre ambos contendientes pudiera desarrollarse con amplitud. Los nórdicos elevaron sus jarras repletas de hidromiel y jalearon a su líder, mientras que Jesabela observaba con preocupación el desarrollo del combate. En un primer momento, el músico sureño consiguió propinar un puñetazo al hombre del norte y hacerle una zancadilla. No obstante, aquel nórdico era un luchador experimentado y físicamente más alto y grueso que su oponente.

Cuando logró ponerse en pie, propinó al bardo un fuerte gancho que lo tumbó dejándole derrotado.
- ¡Jé! Ha estado duro este cabrón. – Dijo Harold tras vencer en la lucha, mientras Remy escupía un esputo de sangre. – Ahora quiero mi dinero.
- Ha sido una buena pelea. Deberías dejársela por treinta monedas de plata. – Señaló Halcón, que disfrutó del combate junto a otros nórdicos de parecida condición.
- De acuerdo, este ejercicio me ha venido bien, treinta monedas entonces. – Admitió el adalid de los cazatrols.
- Aquí está, dánosla. – Dijo la mujer morena, algo incómoda por la situación, pagando en plata por la drakkari, a la cual un trampero del grupo desenjauló sin desencadenarla y entregó a su nueva propietaria. – Que la disfrutéis – acabó diciendo mientras los sureños se retiraban del campamento.
- No os dejarán pasar en Arroyoplata con la trol, ni tampoco en Uppsala si os ve alguna patrulla de la Alianza, la matarían. Conozco un sitio aquí en el bosque donde pasar la noche. – Les refirió Halcón, quien les guió hacia un claro cerca del río del Manantial de Roca, donde podían escuchar a cualquier animal acercarse por la noche por el ruido del agua, a la par que tenían una vista privilegiada de los caminos sin sufrir ningún percance.

Una vez en el claro, el hombre del norte preparó una hoguera al tiempo que Remy se enjuagaba en el río las heridas que le habían ocasionado en la lucha, aguantando el frío del agua. Tras lavarse, se calentó al fuego y le ofreció a la trol un mendrugo de pan duro.
- Si son como los farrakki, no creo que coman… - Jesabela enmudeció cuando la trol agarró la barra dura de pan que Remy le mostraba y la devoró en cuestión de segundos, quitándole al hombre también un odre de agua que vació con la misma rapidez.
- Parece que tiene hambre. A saber qué le habrán hecho. – Dijo el bardo. - ¿Tú sabes hablar trol, ¿no, Jesabela?
- Bueno, conozco algunas palabras que los farrakki empleaban en zandalari. Puedo probar. – Contestó la mujer.
- A ver si os dice algo, yo voy a cazar ardillas para la cena. – Anunció Halcón, que se retiró hacia los bosques junto a su águila, dejando a los sureños la entrevista con la drakkari.
- ¿Cómo llamar tú? – Le preguntó Jesabela a la drakkari, que pareció sorprenderse por escuchar con un extraño acento a una humana hablar el idioma de los trols.
- Me llamo Atlique. ¿Y tú? – Contestó la trol, que permanecía en un estado de confusión visible.
- Yo ser Jesabela. Él ser Remy. – Se presentó la humana.
- ¿Vais a matarme? – Inquirió la trol, posando la mirada en las armas de sus nuevos amos.
- No, yo querer preguntar. – La tranquilizó la mujer con la que hablaba, en un primario zandalari con giros farakki.
- ¿Sabes decir Gran Sabio? – Dijo el bardo acercándose, tratando en vano de entender alguna palabra.

- Sé decir grande e inteligente, pero no sé si funcionará. – Respondió la sureña. – Queremos saber más sobre el loa Grande Inteligente – señaló volviéndose a la trol, que pareció reflexionar sobre lo que le preguntaban.
- ¡Sseratus! ¡Akali! ¡Har’koa! – Exclamó Atlique, con reverencia.
- Está nombrando a sus falsos dioses animales. – Dijo con desprecio Halcón, que regresaba con tres ardillas cogidas de las colas, las cuales dejó en el suelo. Jesabela cogió una y se la dio a la trol, que rápidamente le arrancó la cabeza, destripó, y dio la vuelta por la piel para engullir la carne.
- Eso es asqueroso. – Apuntó el bardo arrugando la nariz.
- Hee visto trols de las arenas comerse a una hiena del desierto cruda. – Recordó la mujer, viendo cómo la drakkari se tomaba su cena.
- ¿Os ha dicho algo? – Quiso saber el hombre del norte, que mientras tanto pelaba a su ardilla y la trinchaba con un paso para cocinarla al fuego.
- Nos habla de momento de sus dioses, como Quetz’lun. – Respondió el músico. Cuando la trol escuchó ese nombre dejó de chupar los huesos del animal y chilló nerviosa algunas palabras.
- Mira que eres bocazas, Remy. Cada vez que hablas lo estropeas. – Jesabela trató de calmar a la trol, pero fue imposible, esta se agitaba, tratando de desembarazarse de sus ataduras, pero no lo logró. – Será mejor que la dejemos descansar, no parecen tomarse muy bien escuchar el nombre de esa loa y mañana tenemos que seguir viajando.

Dejando a la trol a un lado, los humanos permanecieron un rato más despiertos conociendo más detalles sobre el clan al que pertenecía Halcón. Según les contó a los aventureros, los suyos no poseían tierras, ni riquezas, sino que se movían de un lado a otro, conservando la tradición que los titanes les habían legado, mientras otros hombres del norte parecían ir olvidándola o sustituyéndola por afán de dominios y fama. ¿Estarían los titanes a favor de aquella búsqueda que estaban emprendiendo? Se pregunta. Aquella respuesta permanecía en el aire, sólo el tiempo lo diría.

Capítulo 5: Zul'DrakEditar

Pirámides de Zul&#039;drak.jpg
El Jarl Erik Hardrada había cumplido con su palabra. Había llevado a los extranjeros hacia el Paso de Ursoc, donde los esperaba su hijo, Torhild. En lo alto del cubil del dios oso encontraron a un chamán fúrbolg que hablaba por aquel espíritu, el cual anunció a los aventureros que querían adentrarse en el caído Imperio de los drakkari que deberían ganarse el don de Ursoc, sin el cual, no podrían cruzar de forma segura. Uno a uno, los aventureros se sometieron a la prueba que se les planteaba. Debían entrar individualmente en el cubil del Gran Oso, donde este, les manipuló con ilusiones e imágenes de su pasado diferenciadas, buscando así probar la fortaleza de su mente. Con mayor o menor dificultad, todos los aventureros demostraron ser dignos de cruzar el paso, y finalmente recibieron las bendiciones para atravesarlo.

El secreto sendero que custodiaban los osos iba a lo largo de una cuesta escondida por la maleza y árboles caídos unos contra otros, formando bóvedas artificiales en las que las ramas apenas dejaban vislumbrar la luz de la luna. Tras recorrer las pocas millas del paso finalmente nórdicos y sureños divisaron en el horizonte un montículo de nieve, sobre el que se subieron, quedándose sin respiración por lo que sus ojos contemplaron desde allí. Ante ellos, la devastación que la Plaga causó en la antigua nación drakkari se desplegaba en todo su ominoso esplendor. Campos de cultivo arrasados, donde una tierra amarillenta y humeante anegaba lo que otrora fuesen idílicas tierras de labranza. Canales de irrigación que suministraban el agua yacían demolidos, creando cascadas artificiales e inundados viejas casas de piedra que aún permanecían en pie. El aire era cortante, mucho más frío que en las Colinas Pardas, y un olor a muerte todavía se podía oler en aquel lóbrego lugar.

A lo lejos, al este de los campos se podía divisar con claridad un tétrico templo al que según se acercaban, podían escuchar el sonido de los tambores y la luz de antorchas que iluminaban el recinto. Los aventureros, agazapados entre las sombras de los árboles aledaños al santuario pudieron observar con claridad los relieves de las paredes, que representaban a varias panteras de las nieves moteadas danzando y luchando alrededor de un ejemplar de gran tamaño. La trol que llevaban cautiva, Atlique, murmuró la palabra 'Har'koa'. Maravillados y horrorizados por el espectáculo, los exploradores divisaron una procesión de catorce guerreros que llevaban como prisioneros a dos hombres del norte, que aún parecían bajos comparados con la altura de los drakkari que les conducían hacia su final. Los aventureros, tras discutir entre ellos, resolvieron liberarlos y atacaron por sorpresa a los trols de hielo antes de que entrasen en el templo.

El combate fue rápido y apenas supuso muchas complicaciones, salvo alguna herida entre los intrusos. No obstante, los hombres del norte, llamados Balruff e Ysgrendor agradecieron su rescate y ayudaron a sus rescatadores a ocultar los cadáveres entre los matorrales antes de retirarse precipitadamente del lugar ante la salida de una patrulla de sacerdotes, que molestos por tener que perderse la ceremonia que iba a comenzar, se dieron la vuelta rápidamente. Una vez se alejaron del siniestro templo, los aventureros anduvieron por una ancha calzada empedrada, cubierta por la nieve. Por doquier había edificios en ruinas y antiguos jardines cuya naturaleza bien se encontraba muerta o desbordada por el descuido de sus desafortunados propietarios.

Con el cansancio en el cuerpo, bien entrada la noche, nórdicos y sureños entraron por un lateral de la gran arena drakkari, el Anfiteatro de la Angustria, que en años anteriores habían servido para que el Rey de Gundrak festejara juegos para disfrute del pueblo y para que la casta sacerdotal celebrase sacrificios rituales de los mejores luchadores entre la nación de los viles trols de hielo. Sin embargo, aquella monumental construcción se presentaba oscura, vacía, gélida. Las gradas donde los espectadores aclamaron y aullaron al ver la sangre derramar tiempo atrás permanecían desocupadas, olvidadas. Los buscadores del legendario tesoro de Quetz'lun recordaron entonces las palabras del escaldo Djorvar, que les refirió que: "'Su morada está oculta entre árboles y piedra moviente, más allá del teatro de la muerte, acunado por los altares, custodiado por sus guardianes. Él mira a través de ellos, y la roca le susurra todo lo que acontece."

Jesabela preguntó entonces a la trol Atlique si conocía de algún loa que viviese en la arena, pero esta dijo que no, que allí solamente moraban los muertos que habían caído en las luchas. El silencio y las sombras que reptaban sobre el vetusto anfiteatro estremeció a los aventureros, que decidieron retirarse hacia un puesto donde los cruzados argentas habían una pequeña avanzada durante la Guerra contra el Exánime. Sin embargo, justo cuando acaban de explorar una de las cámaras interiores de aquella macabra construcción, una verja de hierro comenzó a descender detrás de ellos, para dejarles encerrados. No obstante, Garron Baines, adoptando su forma de huargen se interpuso deteniéndola durante breves segundos, los necesarios para que sus compañeros pudiesen salir precipitadamente.

Creyéndose salvos, pero en alerta por lo que habían ocurrido, los aventureros se dispusieron a abandonar el Anfiteatro a buen ritmo. Cuando bajaban un tramo de escaleras varios blandones se encendieron a lo largo de la arena y de los templetes laterales. De pronto, una explosión de risas, alaridos y golpes se escucharon por todas partes. Un nutrido grupo de lanceros drakkari se dispuso al final de las escaleras, bloqueándoles el paso, mientras que decenas de arqueros trols les apuntaban desde las gradas más altas, con vertiginosa rapidez. Rodeados, y aún tratando de asimilar aquella súbita aparición de sus enemigos, los forasteros fueron conscientes de su situación. No tenían escapatoria. Habían sido atrapados.

Capítulo 6: El Teatro de la MuerteEditar

Demosaurio drakkari.jpg
- Deberías dejar de lado esa absurda búsqueda, Xipeteótl. Ven con nosotros a las ruinas de Gundrak, allí volveremos a ser fuertes. Akali nos perdonará y volveremos a gobernar bajo su protección. Él siempre ha sido el símbolo del poderío de nuestro Imperio. Quetz’lun es demasiado envidiosa y cruel, ella no da la abundancia como el cuerno del rinoceronte. Tan sólo quiere sangre y más sangre, por eso apenas quedan quienes les sirvan. Incluso los de Har’koa comienzan de nuevo a realizar ceremonias. Pero vuestro templo está abandonado, y los extranjeros se atreven a robaros las riquezas. Acéptalo, tu loa es débil. Akali fue el primero, y lo volverá a ser. – Nemecán, guerrero partidario del loa del rinoceronte lanudo se reía con sorna ante el devoto siervo de la Serpiente Emplumada, que le devolvía una mirada cargada de odio por aquellas palabras. Aquel presuntuoso trol le había invitado a unos juegos especiales que se celebrarían en el Anfiteatro de la Angustia, auspiciado por la casta de los fieles a Akali. En cualquier situación normal habría rechazado la invitación con desdén, pero era necesario que un representante de su diosa estuviese presente, los demás jerarcas de los distintos dioses habían ya confirmado su asistencia.
- Sólo acudiré a los juegos si me siento a tu lado. – Le contestó Xipeteótl, mientras caminaba junto al batallador cerca de un lago poblado por nenúfares.
- Siempre tan orgulloso. Tranquilo, te dejaré que te vean. Algunos aún recuerdan aquellas ceremonias que dirigiste cuando éramos jóvenes, el público te tiene algo de aprecio. Pero antes tienes que prometerme algo. – El guerrero de Akali posó la mirada en el agua, observando sus ricas joyas de oro y ajustándose el tocado elaborado con piedras preciosas que ordenaba su cabello color azul, dividiéndolo en cinco trenzas largas. – Deberás ofrecer un sacrificio que honre a nuestra casta, en honor al Rinoceronte. Delante de todos, así Zul’Drak sabrá a quién le serás leal.
- Lo haré. – Respondió el sacerdote de Quetz’lun tras meditarlo un instante. – Le ofreceré a Akali un sacrificio por el que quedará muy complacido. – Añadió achinando los ojos y mirando de manera inefable al otro trol.
- Vaya, sabía que acabarías por entrar en razón. – Nemecán se carcajeó con ganas y palmeó con fuerza la espalda del religioso, quien gruñó con desgana ante el amistoso gesto de su congénere. - Será inolvidable, ya lo verás.
- De eso puedes estar seguro. – Apostilló Xipeteótl, a la par que se alejaba junto a su interlocutor en dirección a aquel teatro de la muerte…

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Hacía mucho tiempo que no escuchaba el clamor enfervorecido del público, aullando deseoso de ver la muerte y la sangre. Apenas recordaba tanta multitud. Aunque la cantidad de congregados era ridícula comparada con las grandes celebraciones del pasado, Xipeteótl no podía ocultar una sonrisa de satisfacción mientras observaba desde el palco de honor a los demás asistentes. Entre las gradas había sacerdotes de Har’koa, de Mam’toth, de Rhunok, de Sseratus y por supuesto, los más pomposos y numerosos eran los de Akali. Él era el único que representaba a Quetz’lun, y se encontraba al lado del lenguaraz Nemecán, el gran guerrero elegido por los sacerdotes del rinoceronte para presentar aquel fabuloso espectáculo. Los drakkari lo conocían, era uno de los pocos que había combatido a la Plaga y vivido para contarlo. A pesar de que había sido partidario del sacrificio de su loa, clamaba públicamente que había sido perdonado y que de nuevo la fuerza del rinoceronte lo asistía. En aquella noche, se mostraba especialmente ufano y jubiloso. Por lo que él sabía, habían capturado a un nutrido grupo de humanos que merodeaban por el lugar la noche anterior, como ratas buscando queso que roer en un rincón oscuro. Ellos serían el principal divertimento de los asistentes.
- Mi señor. Nuesstross guerreross están preparadosss. – Un sacerdote de Sseratus, muy delgado y ataviado con un bastón que finalizaba con forma de serpiente se presentó siseando, mostrando su lengua, partida de forma ritual en dos mitades.
- De acuerdo, que salgan ya. Los humanos están llegando al centro de la arena. – Nemecán despidió al clérigo y se sentó en su asiento, ornamentado con relieves que representaban armas y escenas de lucha. Estaba cómodo, rodeado de manjares y fruta para saborear durante el juego. Por el contrario, el sacerdote de la Serpiente Emplumada permanecía de pie, apoyándose en la balaustrada, escrutándolo todo. Que se quedase plantado como un pino si quería. Aquella noche era suya, y aquel fanático despiadado no se la iba a arruinar con su severidad. Nemecán volvió a escuchar al público jaleando su nombre. Era una sensación deliciosa. Sintiéndose importante, afamado, no pudo esperar más, y rugiendo con la voz del trueno dio la orden de comenzar los espectáculos.

Más abajo, en el terreno de combate, una decena de humanos y un enano formaban creando un círculo, preparados para la sorpresa que los drakkari les habían preparados. De repente, al tiempo que coincidía con las ovaciones del público, de varias rendijas y puertecitas camufladas en los muros, comenzaron a aparecer un abundante número de serpientes de diferentes colores, que se arremolinaron en cuatro montoncitos, rodeando a los luchadores. A continuación, y para éxtasis de los asistentes, de los pequeños montículos formados por las sierpes emergieron cuatro guerreros del templo de Sseratus, armados con afiladas espadas curvas y protegidos por corazas y un casco con la forma de su deidad. La lucha no se hizo esperar y en seguida un baile de espadas y cortes comenzó entre trols y humanos. Xipeteótl observaba el combate con parsimonia, fijándose en los movimientos de cada uno, reparando especialmente en uno de ellos, que de improvisto, en lugar de enfrentarse a los guerreros de Sseratus lo apuntó con su arco y le lanzó una saeta. Sorprendido, pero divertido por aquel impertinente gesto alzó la mano y murmuró un versículo sagrado, desviando la flecha de su rumbo sin demasiados problemas. A continuación, dirigió una mirada a la arena y contempló cómo uno de los humanos era arrastrado hacia el interior del foso de la lucha por uno de los trols-serpiente. El combate, poco a poco, se iba inclinando a favor de los extranjeros, que parecían más curtidos de lo esperado. Sin embargo, Xipeteótl estaba más entretenido cuando volvió a desviar otro dardo del cazador que de nuevo volvió a dispararle, sin éxito.
- Me acuerdo cuando mataron así a Tolula. Hay algunos cerdos que se saben el truco y disparan a las autoridades. – Comentó Nemecán jocosamente mientras bebía un trago de pulque. – Deberías apartarte.
- No son más que gusanos. ¿Cuánto va a durar esta pantomima de los payasos de Sseratus? – Preguntó el sacerdote.
- Poco más. – Señaló el guerrero del rinoceronte cuando el último trol del dios de las sierpes cayó muerto en la arena. – No son malos luchadores, para ser humanos. Pero les tengo preparado algo mejor.

Mientras los combatientes recuperaban el resuello, el gran guerrero volvió a elevar la voz entre el Anfiteatro de la Angustia, dando la orden para que la siguiente sorpresa apareciese para llevarse la vida de aquellos molestos intrusos que tanto se afanaban en resistir. Pocos segundos después, las grandes verjas de la arena se abrieron, para dejar paso a varios drakkari que tiraban de cuerdas para controlar a un enorme demosaurio de escamas rojizas. Cuando lo soltaron, uno de los cuidadores pasó demasiado cerca de la bestia, y esta la engulló de un simple trago, haciendo que sus ojos de color carmesí se encendiesen, espoleados por el hambre. Justo cuando el dinosaurio se acercaba hacia el grupo de nórdicos y sureños, dos hombres del norte aparecieron armados con lanzas por un lado de la arena, como refuerzos, hincando con fiereza sus armas de asta, que mordieron profundamente la carne del animal, dando un tiempo precioso al resto de luchadores para prepararse.

El demosaurio, furioso por la herida que le habían infringido dio un fuerte coletazo, golpeando a dos luchadores. Sin embargo, parecía que los movimientos de aquellas diminutas criaturas eran más acertados y rápidos que sus dentelladas. Desde el palco de honor, hastiado, Xipeteótl volvió a repeler más dardos y hechizos que aquellos osados luchadores le enviaban.
- Apártate. Acabarán dándote. – Volvía a repetir Nemecán, que parecía algo disgustado por el hecho de que sus sorpresitas no estuviesen derramando tanta sangre como esperaba.
- Esto es absurdo. – Murmuró el sacerdote de Quetz’lun, que tomó su lanza de jade.
- ¿Qué haces? – El guerrero del rinoceronte se incorporó de su asiento y observó perplejo cómo el devoto de la Serpiente Emplumada arrojaba su arma hacia la arena, atravesando al demosaurio, ya con bastantes heridas, que quedó muerto por el último ataque recibido.
- Voy a realizar el sacrificio que te prometí. – Dijo escuetamente Xipeteótl, alzando las manos hacia el cielo y entonando una vieja letanía en honor a su diosa. Mientras la recitaba, el público y los luchadores de la arena permanecían perplejos por lo que acababa de ocurrir.
Cuando la salmodia finalizó, los asistentes repararon en que la lanza que atravesaba al demosaurio comenzaba a brillar con un tono rojo. Para pasmo y sorpresa de todos los presentes, la bestia se puso de pie, mostrando un tamaño mayor que antes de haber muerto, y con un brillo infernal emanando de sus pupilas.
- ¡Xipeteótl, para! ¡Estás yendo demasiado…! – Cuando quiso finalizar la frase, Nemecán sintió agua en sus manos. Su mirada descendió para encontrar un líquido que le resultaba familiar. Lo había visto durante la batalla, en sus enemigos, pero nunca en él. Era sangre. De forma torpe, se palmeó la garganta, donde sin salir de su asombro, descubrió un corte del que emanaba aquel elixir de la vida que se le escapaba. Su perplejidad duró poco más, lo suficiente para observar cómo el demosaurio revivido saltaba hacia las gradas y devoraba sin piedad a los sacerdotes de Akali, que trataban de huir del lugar, despavoridos.
- He aquí mi sacrificio. - Dijo el sacerdote de Quetz’lun con sorna, permitiéndose unos segundos para disfrutar del caos. Tras contemplar el pánico que había causado, Xipeteótl pintó con la sangre de Nemecán , el cual yacía patéticamente desangrado encima de la fría losa del palco de honor, la imagen de la Serpiente Emplumada sobre la frente de este. Acabado el último gesto, abandonó sigilosamente el recinto, amparado por las tinieblas de la noche.

Capítulo 7: Lo más preciadoEditar

El Gran Sabio.jpg
Llevaban días discutiendo un plan. Cisrtau, cruzado del Confín Argenta les había proporcionado alimento y refugio cuando les detectó heridos, desarrapados y hambrientos tras huir del Teatro de la Muerte, pero los aventureros todavían no se habían ido del enclave de la Cruzada. Horas atrás, varios de ellos habían tratado sin éxito de acercarse al Anfiteatro de la Angustia con el objeto de rescatar a los nórdicos que no habían conseguido escapar de la masacre que había creado el sacerdote de Quetz'lun, entre ellos Torhild, Ysgrendor, Balruuf y Vedrfornil. La Jarl Hildegard Vardrada insistía en que ya estarían muertos, en el cielo titánico como correspondía a los caídos en combate. Sin embargo, no todos compartían su opinión.

Mientras continuaban las discusiones y riñas, Jesabela y Remy se entrevistaron con un Aojador Lanzanegra que permanecía junto a los cruzados, asesorándoles, guiándoles, desde la Guerra del Exánime. Este erudito quedó desconcertado sobre la intención de los humanos, que buscaban al Gran Sabio, o, tal como se le conocía en el idioma zandalari, Zim'Rhuk. El trol les advirtió que era muy peligroso e insensato consultar el oráculo de tan temible dios drakkari. Ya que aquellos que lo hacían muy a menudo encontraban respuestas a preguntas que no formularon. Sin desvelar nada más sobre la búsqueda del tesoro, los humanos le pidieron al aojador que marcase en un mapa el lugar donde Zim'Rhuk se econtraba, ante lo cual el trol vaciló unos segundos, para señalar con un círculo una arboleda débilmente cartografiada en el plano, a mitad de camino entre los templos de Mam'Toth y Rhunok. Observando dónde estaba ubicado el santuario del Gran Sabio recordaron entonces cuán precisas eran las palabras de Djorvar el escaldo: "Su morada está oculta entre árboles y piedra moviente, más allá del teatro de la muerte, acunado por los altares, custodiado por sus guardianes. Él mira a través de ellos, y la roca le susurra todo lo que acontece."

Cuando el resto de la compañía tuvo noticia de la ubicación del Gran Sabio abandonaron momentáneamente la idea de rescatar a los prisioneros del Anfiteatro y accedieron a consultar el oráculo de aquella misteriosa deidad. Siguiendo las recomendaciones de los cruzados, los aventureros tomaron la calzada del este que nacía del Confín Argenta, para atravesar un gran tramo escalonado que dirigía a los niveles superiores de Zul'Drak, donde estaban aglomerados varios santuarios. A pesar del abandono y desolación del país, observaron pequeñas patrullas de soldados drakkari vigilando los caminos. En un cruce por el que se veían obligados a atravesar, uno de los hombres del norte, armado con placas, hizo demasiado ruido y fue descubierto por uno de los guerreros trols, que señaló a los intrusos, iniciándose una persecución.

Los viajeros, viéndose en inferioridad numérica decidieron tratar de recorrer la distancia que les separaba entre sus persecutores y la arboleda de Zim'Rhuk, la cual ya se recortaba en el horizonte. Sonreidos por la suerte, evadieron una ráfaga de flechas que los arqueros le lanzaron, logrando llegar a una escalinata que conducía a la colina donde el oráculo del dios se encontraba. Sin embargo, algo se lo impedía. Ante sus ojos, enormes gólems de piedra de más de diez metros de alto les obstaculizaban el paso. Mientras tanto, a sus espaldas, los soldados drakkari les dieron alcance.
- Con premura llegáis ante mí. Mas no temáis, hoy sois bienvenidos. - Una voz profunda y burlona murmuraba entre el eco de avenida arbolada, provocando que los humanos mirasen a su alrededor, a la par que los guardianes de piedra descendían varios peldaños, impidiendo el paso a los guerreros trols, quienes lentamente se retiraron, aterrados por la presencia de aquellos seres de roca viva. - Acercaos. - Les instó de nuevo la voz una vez los custodios del oráculo habían expulsado a los persecutores de los viajeros.
- ¿Eres el Gran Sabio? - Le preguntó uno de ellos.
- Es uno de los nombres que los mortales me han dado. Pero aquí, en Zul'Drak, me conocen como Zim'Rhuk. Sé quiénes sois, y qué es lo que queréis. Muchos han tratado en vano de encontrarme, pero no lo han conseguido. ¿Por qué creéis que a vosotros os lo he permitido? - Les preguntó con un tono enigmático la deidad.
- Porque somos especiales. - Respondió uno. - Porque somos más fuertes y habilidosos que otros - añadió otro. Aquellas contestaciones orgullosas y vacuas parecieron divertir al Gran Sabio, que dejó liberar una irónica carcajada.
- No, no es esta la razón. Ha sido mi deseo de humillar a los inferiores el motivo por el que os lo he permitido. Quetz'lun quiere recuperar su tesoro, y está haciendo grandes esfuerzos para lograrlo. Uno de sus siervos está cerca, muy cerca de él. Pero antes, ¿sois vosotros merecedores de poseer sus riquezas? - Cuando el dios cesó de hablar, dejando la pregunta en el aire, una niebla oscura y densa comenzó a envolver la arboleda, impidiendo la visión. A los pocos segundos, unos pequeños claros dejaron ver a dos hombres arrodillados frente a dos grandes colosos de piedra. Los aventureros pudieron reconocer con claridad a Ysgrendor y a Balruuf.
- ¿Qué es más precioso, el tesoro o la vida de estos hombres? - Les preguntó Zim'Rhuk con una nota de voz desprovista de sentimientos, calculadora, maquiavélica.

Ante la pregunta, Carrick, Remy y Ulf contestaron sin cortapisas que la vida de aquellos dos hombres del norte era más valiosa que ningún tesoro. Sin embargo, Jesabela e Hildegard optaron por darle más valor al tesoro que buscaban.
- Sois dignas. - Dijo la oscura deidad, satisfecho por la respuesta de las dos mujeres. - Pero vosotros, no lo sois. - Deshaciendo la ilusión, los cuerpos de Balruuf e Ysgrendor se desvanecieron en la nada, para a continuación, dejar que los dos guardianes se abalanzasen contra los tres aventureros indignos, comenzando una cruenta pelea. La neblina antinatural no facilitaba el movimiento para los extranjeros, mientras que los pétreos custodios se movían con una sorprendente rapidez. Tras recibir varios golpes, el trío de luchadores humanos se coordinaron para derribar a uno de los vigías de Zim'Rhuk, recibiendo en cambio varias contusiones para lograrlo. No obstante, el defensor restante se enfureció y arremetió con violencia contra aquellos humanos que el Gran Sabio había considerado indignos, derrotándoles. Justo en aquel instante, con los tres aventureros vencidos, heridos y desmadejados en el suelo el Gran Sabio volvió a hablar:
- ¿Qué es más preciado, la vida de vuestros compañeros o el tesoro? - La voz de la maliciosa deidad susurró con deleite en los oídos de Hildegard y Jesabela, que habían visto inmovilizadas cómo sus compañeros mordían el polvo.
- El tesoro. - Respondieron nuevamente las mujeres, ante la mirada atónita de los otros viajeros derrotados, que parecían no poder creerse aquella contestación.
- Sois dignas. - Volvió a repetir el Gran Sabio.- Hoy me habéis divertido mucho. Os permitiré conocer dónde se encuentra el tesoro. Podéis llevaros también a esos despojos. - La voz de Zim'Rhuk se volvió a apagar, disipándose completamente la niebla. En el suelo, con letras grandes podía leerse un nombre: Drakil'jin.

Bien entrada la noche Cirstau observó a los aventureros regresar al asentamiento argenta. Estaban manteniendo una fortísima discusión. Entre ellos intercambiaban insultos, amenazas. Pasó cerca de ellos, lo suficiente para comprobar que había estallado una fuerte división. Se reprochaban una elección que dos de las mujeres del grupo habían hecho. El cruzado trató de imaginar qué había ocasionado tamaña tensión y se acercó a ellos, pidiéndoles en el nombre de la Luz que no continuasen la riña en aquel lugar. Furiosos, pero ahora más templados por la intervención del paladín, los aventureros cesaron de discutir, retirándose cada uno a diversos rincones del Confín Argenta. Era ostensible. La cizaña se había sembrado entre los viajeros.

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Atlique estaba enamorada. Lo había seguido desde aquel inmenso espectáculo. Él era su salvador, su guía, su señor. En medio del tumulto, de la confusión, la había liberado de las argollas que los crueles humanos le habían puesto cuando la capturaron mientras cazaba en las Colinas Pardas. Desde entonces, estaba dispuesta a seguirle hasta donde fuera necesario, hasta el fin del mundo.
- ¿Así que buscaban al Gran Sabio? - Xipeteótl afilaba su puñal de jade mientras dejaba que la mujer trol encendía un fuego y cocinaba un murciélago que había abatido el día anterior.
- Sí. - Afirmó Atlique. - Les escuché varias veces hablar sobre él. Están buscando el tesoro de Quetz'lun. - Continuó. El rostro del trol se contrajo en una repentina oleada de odio y rabia que provocó que la piedra de afilar se resbalase de sus dedos.
- ¿He dicho algo que te ha molestado? - La fémina se levantó preocupada y posó su mano sobre la espalda del sacerdote, nudosa y fría.
- He cometido un fallo. - Murmuró el religioso, que rehuyó el tacto de su acompañante para recuperar la piedra.
- Todos los errores pueden enmendarse. - Dijo ella, tratando de animarle en balde. No podía evitar sentirse torpe e inferior a él. Lo encontraba fascinante: inteligente, misterioso, fuerte, poderoso. Ejercía sobre ella un encantamiento que ningún otro le ocasionó en su vida. 
- Tienes razón. Todos los errores pueden enmendarse. - Xipeteótl se acercó a ella, tomándola del brazo. Ante el tacto, Atlique se estremeció y miró al objeto de su amor con un fuego que resplandeció en sus ojos. - Ven conmigo.

Los guardianes de piedra de Zim'Rhuk les permitieron el paso. El oráculo permanecía en silencio, colmado de sombras. La fría máscara del dios esculpido en una inmensa escultura observaba al sacerdote de Quetz'lun con una pétrea mueca sardónica mientras este avanzaba.
- No eres el primero de tu casta que se persona ante mí. - Le saludó el Gran Sabio a Xipeteótl. - Y veo que no llegas solo. - Añadió refiriéndose a la cazadora que le acompañaba.
- Ya sabes qué quiero saber. - Dijo escuetamente el sacerdote, no podiendo evitar soltar un gruñido despreciativo.
- ¿Eres merecedor de saberlo? - Ante la pregunta del dios, el sacerdote empuñó su puñal y tomó a Atlique de la cabeza, inmovilizándola. Con un rápido movimiento la apuñaló en el corazón, dejando incrustada el arma en él. La mujer trol boqueó torpemente mientras sus ojos se salían de sus órbitas para posarse en su enamorado. Extendió los brazos, queriendo tocarlo a la vez que comenzaba a gimotear lastimosamente. Con otro fugaz gesto, Xipeteótl le arrancó el puñal, provocando que la mujer acabase cayendo contra el suelo, abriéndose una brecha en el fuerte impacto. Cuando el seco sonido de la trol al besar la piedra se mitigó, Zim'Rhuk habló:
- Eres digno.

Capítulo 8: El tesoro de Quetz'lunEditar

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El viaje de regreso a las Colinas Pardas desde Zul'Drak había sido rápido y sin demasiados imprevistos. Todos estaban nerviosos, ante ellos, recortándose contra la costa oriental de Rasganorte, en los límites del Imperio Drakkari se encontraba un vasto complejo de ruinas que anteriormente pertenecían al gran asentamiento cuyo nombre les había sido revelado por el Gran Sabio: Drakil'jin. De todo el vetusto trazo urbano, llamaba poderosamente la atención una gran estructura construida de piedra con numerosos frisos, ornamentos y relieves que representaban escenas funerarias, cuya crudeza y salvajismo aumentaba según se descendía por una escalinata que conducía a un amplio patio, que presentaba un portón de falsa bóveda que conducía a las catacumbas del lugar, donde se encontraban vigilantes dos serpientes emplumadas.

Los aventureros al instante reconocieron a la imagen de Quetz'lun, pues no en vano, los trols de hielo decían que estas criaturas eran sus hijas predilectas. Aquellos mortíferos guardianes no permitieron el paso a los cazatesoros sin antes luchar. Nórdicos y sureños, armados hasta los dientes y preparados para afrontar cualquier reto destrozaron a las bestias que custodiaban el umbral de entrada, adentrándose en el interior de las criptas. Cuando cruzaron el umbral, una ráfaga de aire frío y cerrado recorrió los huesos de la compañía. A los lados tan sólo había dos antorchas débilmente iluminadas, que se tomaron para iluminar el avance del grupo por aquel ominoso sitio. A cada paso que daban, el olor de la muerte que impregnaban los sarcófagos mortuorios se hacía más fuerte. Algunos fallecidos menos enriquecidos en vida se tenían que contentar con nichos de los que sobresalían piezas de ajuares: desde pequeños collares de conchas y y alabastro, hasta joyas con turquesas. No obstante, la luz de la antorcha apenas dejaba relucir poco más del tétrico contorno de los muertos, que continuaban su sueño sempiterno sin percatarse de los profanadores. Al torcer un estrello pasillo de losas rotas y pequeños charquitos de agua estancada, el aire se hizo menos viciado, señal de que entraban en una sala amplia. En ella, no obstante, la temperatura volvió a descender.
- ¡Deja ya de mirá' el tesoro, he'mano! - Una voz fantasmal resonó con un repentino eco alrededor de los aventureros, los cuales miraron en alerta a su alrededor.
- ¡Ere' tú el que no para de tar con el tesoro'! - Otra voz con la misma tonalidad etérea volvió a escucharse, procedente de la insondeable negrura. Aquella discusión entre dos misteriosas entidades continuó, hasta que Hildegard Valdrada hizo un círculo protector con aceite de ballena alrededor del círculo, que fue prendido por el fuego de una de las antorchas, consiguiendo por el efecto mayor iluminación de la estancia. Con mejor visibilidad, pudieron detallar dos cadáveres tendidos en el suelo de dos trols que parecían haberse dado muerte el uno al otro al mismo tiempo, ensartándose sendas lanzas.
- ¿Los gemelos? - Jesabela expresó el primer pensamiento que le vino a la cabeza en voz alta, lo que causó que las voces se silenciasen por unos instantes, como si se hubiesen percatado de que había alguien más allí.
- ¿Ha oído he'mano? ¡Hay intruso'! ¡Seguro que vienen a por nuetto tesoro'! - Dijo uno, enfadado.
- Seguo que sí, he'mano. Quieren nuetto tesoro. - Exclamó el otro, también colérico.

De pronto, los cadáveres de los trols comenzaron a vibrar, como si los espíritus de tan malditos personajes volviesen a la vida poseyendo sus antiguos cuerpos. Las sacudidas de ambos muertos acabaron por alzarse, aferrando cada uno su respectivo armamento y acercándose a los aventureros, que ya se preparaban para la lucha. Los gemelos malditos, Hunapá e Ixtalán comenzaron una danza de guerra ritual alrededor de los humanos, esquivando todos los ataques que les lanzaban y apagando el fuego protector. Con más libertad, los traicioneros trols no-muertos, sin detener su demencial danza golpearon certeramente a varios de los aventureros, que sufrieron contusiones mientras sus enemigos permanecían ajenos al dolor, pese a que a cada minuto que pasaba, recibían un corte de espada, de hacha, un disparo de una pistola de mecha sureña, o la dulce caricia de una garra huargen. Aprovechándose de su mayoría numérica, los aventureros cambiaron de táctica y obstaculizaron la danza de los gemelos, quedándose Hunapá envuelto en un círculo interior, dejando a su hermano en el exterior. Tal error le costó caro, y le supuso ser despedazado y reducido sin piedad a un montón de despojos sanguinolentos y huesos astillados. El mismo negro destino sufrió el maltratado cuerpo de Ixtalán, que también acabó cayendo tras burlar unos instantes más a los profanadores. Acabado el enfrentamiento, gracias a las sanaciones del paladín Carrick Hawke, los cazatesoros pudieron recobrar un poco de energía antes de continuar con la búsqueda en las catacumbas. Avanzando por la amplia galería contigua a la que se encontraron hallaron un recoveco que  desembocaba en una cámara semicircular en la que brillaba la llama de un blandón con fuerza, colmando la sala con una ominosa luz. Con el corazón palpitando, nórdicos y sureños entraron en la estancia con las armas preparadas, distinguiendo en ella la silueta de un gran arcón dorado, a cuyos pies se encontraba la figura de un trol drakkari alto y fibroso, adornado con un tocado ceremonial y que empuñaba un puñal de jade. Los hábitos entrecortados y los numerosos adornos faciales que portaba lo señalaban como sacerdote.
- Veo que esos dos inútiles no os han detenido. - Xipeteótl se giró y dio unos pasos hacia la compañía, para observarlos mejor. - Os recuerdo. Sois los luchadores que vi en el Anfiteatro. Habéis llegado tarde. El tesoro volverá a Quet'zlun. - El trol dedicó una mirada cargada de asco a los profanadores. - Ahora os toca morir.

La lucha comenzó con una rapidez vertiginosa. Los humanos, arrastrados por el odio hacia el trol y por la avaricia que suponía la visión del arcón cargaron furiosos contra Xipeteótl, que se enfrentaba el sólo a más de diez oponentes, bien equipados y entrenados. A diferencia del combate contra los viles gemelos, los aventureros consiguieron en un primer momento hacer retroceder al sacerdote de Quetz'lun, quien, divertido por el empuje de aquellos profanadores, comenzó a entonar una letanía sagrada con la que emitió choques de aire que derribaron a dos aventureros. A continuación, esquivó un proyectil e interpuso su puñal contra la hoja de corpulento hombre del norte, para ser rápidamente atacado por un sureño que le clavó profundamente el filo de su hoja. Los segundos pasaban, convirtiéndose en una eternidad, congelando el tiempo, para los combatientes de aquel brutal combate. En el suelo diez cazatesoros humanos, tanto del norte como del sur de Azeroth permanecían heridos, derrotados. Sin embargo, todavían quedaban dos en pie, con bastantes heridas, al igual que Xipeteótl, cuya victoria estaba cerca. Una vez más, solició la ayuda de su diosa. Pero por cada momento que pasaba, esta era cada vez más débil, más laxa. Todo su cuerpo le dolía y sentía calambres en las piernas. Se obligó a continuar luchando hasta matar hasta el último de aquellos bastardos que insultaban con su mera presencia a Quetz'lun. Uno de los ulfhednar del norte, Barkior, lo derribó, dejándole sin respiración en el suelo. Trató de defenderse, pero su puñal se había desprendido de su mano, rodando a varios centímetros sobre él. Alargó el brazo, en un acto desesperado de recuperarlo y aferrar su empuñadura, para acabar con sus enemigos. No lo logró, la espada del paladín Hawke mordió el estómago de Xipeteótl, atravesándolo y clavándolo contra el suelo. No. Aquello no podía estar pasando.
- He... he fallado. - Sus ojos, desconcertados y avergonzados por su derrota ante aquellos seres inferiores y despreciables dieron paso a una oleada de miedo. Sabía que Ella no perdonaba el fracaso. Y él, por primera vez en su vida, la había fallado. Saboreando la humillación y un profundo pánico, ante los ojos de los maltrechos intrusos, Xipeteótl, uno de los últimos sacerdotes del clero de Quetz'lun, murió..

Ante los miembros del Pacto Áureo y de los hombres del norte de Sangre, más allá del reciente cadáver del sacerdote trol, se encontraba el arca dorada que presumiblemente escondía aquello por lo que habían sufrido, sangrado, luchado e incluso muerto. Muy fatigados por las heridas causadas por su adversario, los aventureros, todos al mismo tiempo posaron las manos sobre la tapa del arca, y haciendo toda la fuerza que les era posible la corrieron hacia un lado, hasta que cayó contra el suelo, mostrando su interior. Dentro de aquel suntuoso cofre, los aventureros fueron saludados por un destello brillante. Sus ojos se regalaron con la imagen de una pila de monedas de oro de diferentes acuñaciones, de refinadas piezas artesanales con gemas preciosas incrustadas, de armas ornamentales recubiertas con jade, amatista y lapislázuli, y de estatuillas que representaban a la Serpiente Emplumada elaboradas con rubíes y obsidiana. Unos y otros se miraron, jubilosos, sonrientes a pesar del dolor de las lacerencias.

Al fin, el tesoro de Quetz'lun era suyo.

Editar

Zim'Rhuk observó con una mueca divertida en sus labios las figurillas del tablero. Varias de ellas, representando a humanos de diversos tamañones y colores de piel hurgaban en un suculento tesoro contenido en un gran arcón de oro bruñido, como gusanos infectando la carne podrida de un cadáver. Al lado de aquellas piezas de juego se encontraba otra, rota y tumbada, representando a un trol.
- Parece que has vuelto a perder, querida. - El Gran Sabio posó sus ojos de piedra en los de su oponente, que se mostraban rabiosos, inyectados en sangre. Quetz'lun, la Serpiente Emplumada, en un arrebato de ira derribó el tablero de juego y abandonó dando alaridos repletos de ira la arboleda del dios, el cual prorrumpió en una sonora y burlesca carcajada. Había ganado otra vez.

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Cabalgando las mareas en dirección a Valgarde, en el drakkar de la Jarl Hildegard Valdrada, jarras de hidromiel y cánticos de celebración inundaban de jolgorio el ambiente. Indistintamente, nórdicos y sureños bailaban, reían juntos y recordaban viejos episodios mientras varios sacos repletos del oro de Quetz'lun decoraban la borda del barco, revelando así su gran triunfo. Se habían enfrentado a la leyenda, a lo desconocido, en una búsqueda en la que lo imposible fue desfiado y conquistado. Los escaldos compondrían canciones sobre aquella aventura y el más anciano de todos ellos, quebrado por la angustia, finalmente podría descansar en paz, sabiendo que la tragedia a la que muchos se habían aventurado tendría un desenlace digno de ser cantado.

Edda PoéticaEditar

Recientemente, tras la conclusión de la búsqueda del tesoro, los escaldos han recopilado diferentes historias que narran la aventura. La más famosa, y que está ganando popularidad especialmente entre los hombres del norte, es la Edda poética del Tesoro de Quetz'lun, de autoría anónima.

Crónicas de los Hombres del NorteEditar

DÍA 1

Los Hombres del Norte disfrutaban en Valgarde de las lides de la victoria conseguida en Tierras del Interior y del gran botín obtenido. Pero en aquella noche un grupo de aventureros del Pacto Aureo se dirigieron a Erik Hardrada, que se encontraba en la Posada ahogando sus penas en Hidromiel, para proponerle una nueva aventura en busca del Tesoro de Quetz'lun, una antigüa leyenda Drakkari que todos los Hombres del Norte conocían pero que ninguno había aún encontrado.

Sin embargo, una exótica y lenguaraz aventurera llamada Jesabela hizo entender a Eric que ellos si lo conseguirían. Aunque Erik al principio fue rehacio, al final acepto imbiscuirse en tal búsqueda con un reparto equitativo del botín en caso de encontrarlo. Así pues, con un apretón de manos sellaron la alianza.

Eric fue a buscar a su hijo Torhild, el cual sería el guía de los sureños durante la expedición. Torhild compartio bebida, comida y conocimientos con los extranjeros, intimando con ellos. Al día siguiente prepararían la marcha al Fuerte Vildervar, donde se asentarían hasta el domingo, cuando Erik Hardrada aparecería allí con los miembros voluntarios del Pacto de Sangre que aceptaran aventurarse en las tierras de los Drakkari.

DÍA 2

Al medio día, Torhild se reunió con los sureños, a la cabeza estaban Jesabel y Remy que parecían los líderes de aquellos aventureros. Todo estaba preparado para la marcha a Fuerte Vildervar, así que cargaron las provisiones en sus motocicletas y se pusieron en camino por el Fiordo Aquilonal.

Tras una marcha sin incidentes llegaron a Vildervar, donde habían quedado mañana domingo con Erik Hardrada y el resto de Hombres del Norte dispuestos a aventurarse en Zul'drak.

Jesabel, Torhild y Remy, llegarón juntos a la posada conocida como "El Vrykul bebedor" donde al calor del fuego compartieron diversas historias de sureños y hombres del norte.

En algún momento de su estancia, Rémy le sugirió a Torhild que cantara una canción típica del norte y que este le acompañaría al son de una balada tocando su laud de cuerdas.

Así que Torhild, se dispuso a cantar la canción de Soron y su viaje a Ulduar...


Cuenta la leyenda que tres jovenes de un clan, 

más al norte querían marchar.

Los viejos les negaban al escuchar,

que su empresa fueran a lograr.


Necios Hardrada, donde vaís a ir,

nuestro hogar solo esta aquí.

Allende esta tierra solo hallaréis 

la muerte de los que queréis.


Mas son nuestros sueños y nuestro destino, 

alcanzar mas al norte un camino,

pues tiene que haber en el mundo algo más, 

que  la vista no llegue a alcanzar.


¡Y así fué como Soron el Jarl,

emprendió aquel camino a Ulduar,

y trajo las leyes del norte con él, 

escritas por Tyr el Titán!.


¡Y así fué como Soron el Jarl, 

emprendió aquel camino a Ulduar,

y trajo las leyes del norte con él, 

escritas por Tyr el Titán!.


DÍA 3

Como el Jarl Erik Hardrada prometío, reunió a algunos de los mas valientes hombres del norte en Vildervar así que junto a Ulf, Brakior y Zhoor se unió con los sureños del Pacto Aúreo; Rémy, Kayla, Jésabela, Myrall y Garron, ante una gran hoguera. Los sureños preguntaron por Torhild, el hijo del Jarl, pero este les explico que Torhild se encontraba ya en las Colinas Pardas explorando las cuevas y los pasajes subterraneos.

Sin embargo, Erik, pensaba que no era sensato adentrarse en los pasajes subterraneos, pues podrían perderse con facilidad y encontrar imprevistos indeseados. Así pues les dijo a los sureños que la mejor opción era tomar el Paso de Ursoc "El dios Oso", aunque había un inconveniente y es que esta pediría algun tipo de sacrificio a cambio de dejarles pasar y así llegar a Zul'drak por rutas donde no tuvieran que enfrentarse a un incontenible número de trols Drakkari.

Sureños y nórdicos emprendieron la marcha hacía Zul'drak, entre canciones e historias llegaron hasta los poblados de leñadores Ulfhednar en Colinas Pardas, donde fueron atacados por algunos de estos que habían caído en la locura y el salvajismo.

Pero consiguieron deshacerse de ellos. Continuaron la marcha, ya estaban próximos a llegar al Paso de Ursoc, cuando Jesabela, a la cual los Hombres del Norte decidieron llamar Brunhild que significa, mujer morena, por la dificultad que les entrañaba pronunciar su nombre, dijo que debían llegar antes a Arroyoplata, pues el escaldo que sabía como localizar el tesoro estaba allí.

A regañadientes, los hombres del norte cambiaron el rumbo, y fue ahí cuando encontraron a Hela Inkjerson, que andaba merodeando por aquellos lares y todos se detuvieron a contemplar el gran Yggdrassil.

Yggdrassil, era el gran arbol que según cuentan los hombres del norte, sostenia todo Azeroth hasta que el Titán Oscuro llego y lo quebro, y las tierras se separaron en grandes continentes e islas.

La noche lo cubría ya todo, y la compañia decició descansar tras la larga marcha en el Refugio Pinoámbar, al cual los Hombres del Norte llamaban Uppsala, pues era un templo sagrado para ellos.

Desde Uppsala, observaron las maravillosas vistas que el horizonte les ofrecia, mientras intercambiaban diversas historias, Rémy hablo a los hombres del norte de las Tres Guerras entre orcos y sureños, a su vez, Erik Hardrada, les habló a estos sobre el Ragnarok, también conocido como el día del fin de todo.

El viaje había sido largo, tocaba descansar antes de continuar hacía Arroyoplata.


DÍA 4

Llegó el momento de marcharse de Uppsala para llegar a Arroyoplata, antes de partir Vedrfornil Hjorden se presento ante la compañía formada por nórdicos y sureños uniendose a esta.

En el camino hacía Arroyoplata, encontraron un puesto ulfhednar que había sido incenciado y el suelo se cubría de cadáveres. La compañia se detuvo a observar la masacre. Erik Hardrada, dijo que debian continuar, que darían parte en Arroyoplata y que estos se encargarían. Así pues, la compañia se puso nuevamente en marcha.

Al llegar a Arroyoplata, los norteños fueron a avisar a dar parte de lo ocurrido, mientras que los sureños buscaban al escaldo. Al parecer la masacre, se había producido poco tiempo antes y habián dado muerte a un grupo de soldados de la Alianza, provenientes de la brigada de los Páramos, que eran los que habían incendiado y matado a los ulfhednar, aunque uno seguía con vida encarcelado y alli fueron los hombres del norte.

El soldado les explico lo ocurrido y les pidio ayuda, pero los hombres del norte decidieron que era asunto de los Ulfhednar y no se imbiscuyeron, además acordaron no decir nada a los sureños sobre ello y acompañaron a estos a buscar al escaldo.

Los norteños encontraron al escaldo en una de las chozas y Erik hizo sonar su cuerno para avisar a los sureños que se presentaron raudamente alertados.

Brunhild, hablo con el escaldo y este le conto la historia que había tras el tesoro de Quetz'lun, destacando que "Quien un tesoro busca, otro tesoro pierde" . Cuando le preguntaron que donde se econtraba el tesoro, este respondio;

Aquel que no tiene nombre en esta lengua ni en ninguna de los hombres. Su morada está oculta entre árboles y piedra moviente, más allá del teatro de la muerte, acunado por los altares, custodiado por sus guardianes. Él mira a través de ellos, y la roca le susurra todo lo que acontece.

La compañia, decidio hacer noche en Arroyoplata, antes de partir al Paso de Ursoc, lo cual les conduciria a Zul'drak y al codiciado tesoro. Vedrfornil detuvo a Hardrada y ambos mantuvieron una acalorada conversación, Vedrfornil recriminaba a Hardrada el que este estuviera buscando un nuevo tesoro y se estuviera contradeciendo con lo dicho en Tierras del Interior sin haber aprendido la lección de aquel lugar. Erik mordiendose la lengua, contando pero sin contar, le quiso hacer entender que la situación de la alianza del Pacto de Sangre de los Hombres del Norte no era fácil de mantener y que le preocupaba el que su hijo Torhild no estuviera a la altura para defender su posición como Jarl, en caso de que a Erik le ocurriera algo en algún saqueo en el mar, dada la reputación que tenía Torhild el cual no había conseguido ganarse el respeto de los Hombres del Norte ni había participado en ninguna azaña digna de mención, pero por encima de todo, no había sido aún puestas a prueba sus habilidades y su capacidad, por eso Erik Hardrada decidio que sería el en el Paso de Ursoc quien buscara el tesoro con los sureños en Zul'drak, mientras Erik aguardaría cerca del Paso.

Vedrfornil, decidió que acompañaría al muchacho y velaria por él.


DÍA 5

Era el momento de proseguir hacía Zul'Drak, así que la compañía se reunió entorno a las afueras de Arroyoplata, donde coincideron con una guardia de la Espada de Ébano, que se diriga hacía Zul'Drak. Erik y los sureños se reunieron y tras debatir concienzudamente, propusieron a la guardia que les acompañara, sin revelar nada sobre el Tesoro.

La Compañía se puso nuevamente en camino, acompañados por la guardia de la Espada de ébano, que acepto de buen grado ir junto a sureños y norteños hacía el Paso de Ursoc, donde Torhild les esperaría.

El día anterior, los sureños habían capturado a una joven trol y la llevaban como prisionera por si pudiera serles de ayuda. Tiempo después, Erik señalo hacia una gran cabeza de oso tallada en piedra y proclamo: ¡Estamos en el Paso de Ursoc!

Erik se despidio de la Compañia y les dijo a estos, que ahora marcharía a Valgarde y que volvería con varios hombres en tres días, si para entonces no habían salido de allí, consideraría que estaban muertos. La Compañia se despidio del Jarl, no sin antes este dirigirse a Vedrfornil y decirle que cuidara de su hijo Torhild, el cual aparecio poco tiempo después para proseguir el viaje de la compañia y enfrentarse a lo que les avecinaba.

Torhild Hardrada se acababa de incorporar a la Compañia, y esta ascendio el Paso de Ursoc, hasta llegar a la puerta del mismo, una gran formación rocosa con forma de cabeza de oso. Al lado de la gran puerta, había un chaman oso encadenado que parecia dormido, hasta que la presencia de los hombres le desperto. Explico a estos, que debían pasar de uno en uno, para ganarse el favor de Ursoc y que este les permitiera pasar...

Jesabela fue la primera en pasar, tiempo después al regresar conto a sus compañeros lo que había vivido adentro y que en el interior el gran oso les pondría a prueba para saber si son dignos de ganarse su don. Poco a poco todos fueron pasando, algunos volvieron felices, trajeron consigo recuerdos agradables de su pasado y de sus seres queridos, otros regresaron cambiados, muy cambiados, se habían enfrentado a experiencias traumáticas, pero que finalmente superaron, uno de ellos fue Torhild, el cual regreso con la cara totalmente descompuesta y sin mediar palabra. La guardiana de la Espada de ébano se nego a pasar y abandono la Compañia, sin mediar explicación alguna. Ya solo quedaba alguien por superar la prueba... Vedrfornil Hjorden.

El norteño se despojo de su peto y se aproximo a la puerta y ante la incredulidad de los demás, desafio al gran dios oso Ursoc, reinvidicando que era un hijo del norte y que obtenía el don y el favor de Ursoc como tal o que este mismo le enviara al Valhalla. Ursoc aparecio encolerizado, Vedrfornil se encaro a este, su rugido era ensordecedor, todos estaban detras en guardia alertados.

Ursoc lanzo un zarpazo tremendo que derribo a Vedrfornil y le empujo varios metros atrás, los demas fueron a auxiliarle, pero el orgulloso Hjorden pidio que lo dejaran, herido y magullado volvio a plantar cara al dios Oso, que esta vez mas enojado que nunca de un tremendo rugido precipito a todos como un estruendo contra el acantilado, pero por suerte los miembros de la compañia consiguieron agarrase al precipicio. Nadie se habia despeñado por suerte, poco a poco escalaron hasta subir y Vedrfornil Hjorden en un ultimo plante ante Ursoc, le pidio que le otorgara su don y permiso o de una ultima vez le mandara al Valhalla. Ursoc le solto un ultimo zarpazo y le arranco su media mano izquierda, y al poco tiempo desaparecio entre la bruma al interior del paso.

Vedrfornil, había quedado tullido, pero el chaman oso encadenado le dijo que había conseguido el favor y el permiso de Ursoc demostrando su coraje y fuerza de voluntad. ¿Porque no me has envidado al Valhalla? gritaba Vedrfornil mientras se desangraba, los sureños preocupados hicieron un circulo a su alrededor, ayudandole a no desvanecerse y Torhild le vendo la mana respondiéndole que quizas tuviera alguna promesa que cumplir y que ese no era su momento aún.

Vedrfornil, perdio la consciencia. La compañia cansada y alterada por los ultimos acontecimientos decidio acampar en el Paso de Ursoc, antes de proseguir ya en Zul'drak.



DÍA 6

La Compañía se recupero del ataque de Ursoc y tan pronto como pudieron atravesaron el paso. Guíados por Torhild llegaron hasta Zul'drak.

Observaron de primera mano, los vestigios de la Plaga y un gran zigurat que había sido derribado años atrás por la Cruzada Argenta. La corrupción apestaba aquel lugar. Caminaron sigilosamente entre la nieve que no era muy profunda. Debían dirigirse al anfiteatro que justo estaba en el otro extremo hacía el norte.

Torhild se detuvo a contemplar la majestuosidad del antiguo Imperio Drakkari y sus estructuras que aún permanecián en pie, indemnes sorteando guerras y el debenir del tiempo. La Compañia, observo desde el sigilo a un grupo de sacerdotes trols que se dirigian a un templo cercano, llevaban con ellos a dos hombres del norte. Había que tomar una decisión; rescatarlos y enfrentarse a sus captores poniendo en peligro la misión o abandonarlos a su suerte. 

Así pues, en lugar de optar por lo más sensato, los tiradores se acercaron los primeros y dispararon contra los sacerdotes, con tan buen tino que muchos de estos cayeron derribados. El resto cargo contra los trols, siendo derribados por la ira de estos y demostrando una fuerza e ira sobrehumana. Viéndose acorralados por la compañía, los trols decidieron matar a los rehenes, pero antes de que esto ocurriera, una nueva rafaga de flechas y balas les derribo.

Escondieron los cadáveres entre la maleza y prosiguieron el camino hasta el anfiteatro junto a los dos rehenes que armaron y así se incorporaron a la compañía. Al llegar al anfiteatro, les sorprendio la quietud del lugar y la enorme estructura que era una muestra mas de la grandiosidad de la arquitectura del Imperio Drakkari.

Una vez dentro, exploraron el anfiteatro, descubrieron puertas que llevaban lustros cerradas, hasta que llegaron a un lugar que parecía ser un antiguo templo y el silencio del lugar se rompió con el sonido chirriante de una gran verja que se cerraba para dejarnos atrapados dentro del templo, por suerte Garron pudo sostener la puerta, mientras todos escapaban de allí, pero lo de escapar solo era una manera de hablar, pues pronto se dieron cuenta de que estaban rodeados por cientos de arqueros trols que les apuntaban directamente y un grupo de grandes guerreros drakkari que se dirigía hacia la Compañia. Posiblemente ese fuera nuestro final... ¿o no?



DÍA 7


Fuímos capturados y encerrados en una jaula en las mazmorras del anfiteatro. Los Drakkari hablaban y se reian entre ellos en un lenguaje ininteligible para nostros. Al caer la noche, nos sacaron de la jaula y poco a poco nos hicieron caminar hacía la arena, al menos tuvieron el detalle de darnos nuestras armas.

Y allí estabamos, en la arena del anfiteatro, espalda contra espalda, las gradas a rebosar, seríamos el espectáculo de los Drakkari, un espéctaculo de arena y sangre.

Entre los chillidos ensordecedores del publico asistente, aparecieron enormes trols rodeandonos, seguramente sus campeones y armados hasta los dientes. Al grito de un Gran Sacerdote Kalari, que parecia el promotor del espectáculo nos atacaron.

La compañía lucho ferozmente, entre espadazos, golpes contundentes de martillo, flechas, balas, lanzadas y hachazos conseguimos a duras penas deshacernos de los trols.

Pero el más fuerte y grande de ellos, vapuleo a Torhild dejándolo inconsciente y cargándolo al hombro, mientras era ovacionado por el público y la compañía no pudo hacer nada para evitarlo, puesto que al poco tiempo la puerta se abrió y aparecio un gigantesco y terrible Demosaurio.

El público enloquecio, el suelo de la arena temblaba ante los pies de la Compañía, mientras Torhild se alejaba capturado por el Campeón de los Drakkari. El terrible Demosaurio, hizo vibrar todo el anfiteatro al rugir y cargo contra la Compañía, que trataba de eludir al gigantesco animal, no fue sino la actuación de los dos hombres del norte, que la compañía anteriormente había rescatado de ser sacrificados, la que les dio una oportunidad de derrotar a semejante bestia, partiendo las cadenas que la ataban. El demosaurio furioso y desorientado comenzo a comerse trols de entre el público y el pánico cundió. La Compañía aprovecho para tratar de escapar, pero no todos, Vedrfornil juro que no se iria sin Torhild y los dos hombres del norte le siguieron hacía las jaulas del subsuelo en busca del hijo del Jarl que estaba preso.

El Gran Sacerdote de Sseratus, mato al Demosaurio finalmente sacrificándolo y restableciendo el orden entre el caos.



DÍA 8


Con Torhild capturado y la compañía separada, el grupo de sureños liderados por Jesabela, Garron y Remy se encontraron con dos norteños más que no conocían mientras escapaban del anfiteatro.

Era Hildegard Valdrada acompañada de uno de sus taumaturgos clamatormentas. Los sureños la explicaron la situación y juntos emprendieron raudo camino a un puesto avanzado que aún mantenia lo que quedaba por allí de la Cruzada Argenta a salvo.

Hildegard expusó que varios barcos procedentes del sur y cargados de trols habían llegado a Colinas Pardas y se dirigian a Zul'drak amenazando el norte y que por ello había que seguir los pasos del enemigo. Algunos miembros rezagados de la compañia que habían tambien logrado escapar de la arena del anfiteatro llegaron también y contaron como Torhild había sido capturado, y que no sabían nada de Verdfornil tampoco que había salido tras él.

Mientras el nuevo grupo de aventureros trataba de solicitar la ayuda de los cruzados argenta, se abrio el debate pues la compañia quería rescatar a Torhild y los demás, mientras Hildegard Valdrada expuso que sería una trampa volver allí y que les estarían esperando, que seguramente los prisioneros ya estarían muertos sacrificados a algunos de sus dioses.

Pero la compañia hizo caso omiso a las advertencias de Hildegard, y al llegar al anfiteatro fueron emboscados aunque lograron salir con vida a duras penas y volver a la avanzada argenta.

En la avanzada argenta y con proseguir con la búsqueda del tesoro de Quetz'lun como objetivo, la nueva compañía consiguio información sobre el siguiente paso a dar, el cual les conducía a un dios trol muy antiguo conocido como el Gran Sabio. Acuciados por las múltiples heridas, decidieron descansar antes de proseguir con la búsqueda, mientras Hildegard hablaba a los suyos sobre la lamentable muerte del hijo del Jarl del clan Hardrada y como murió como un héroe que pasaría a la historia lamentablemente.


DÍA 9


Tras reposar las heridas sufridas, la nueva compañía se puso en camino siguiendo la pista de encontrar al Gran Sabio, una divinidad trol que podría saber el paradero del preciado tesoro. Atravesando sigilosamente Zul'drak, llegaron a un enorme paso que tuvieron que atravesar pero Ulf, uno de los norteños de la compañía, fue avistado por una patrulla trol y superados en número la compañía tuvo que hacer acopio de correr sin mirar atras entre una lluvia de flechas.

Tras el largo trayecto, los trols les pisaban los talones y llegaron a la alameda donde se encontraba el Gran Sabio, un tiki de piedra enorme rodeado por golems también de piedra gigantescos que atemorizaron a los trols que perseguián a la compañía provocando que dejaran de perseguirnos.

Bajo el resguardo del Gran Sabio y sus guardianes de piedra, la nueva Compañía fue sometida a prueba, teniendo que elegir entre la ubicación del tesoro o la vida de dos norteños que habían sido rescatados de la arena del anfiteatro y aparecieron como de la nada. El Gran Sabio puso a prueba a la compañía, y tan solo Jesabela y Hildegard Valdrada prefirieron el tesoro, lo cual contento al enorme dios tiki de piedra. El resto fue atacado por los golems gigantescos de piedra.

Tras un duro combate, los gigantes derribaron a la compañia, pero antes de que estos sacrificaran a sureños y norteños por igual, el Gran Sabio los detuvo y les perdono la vida. Jesabela y Hildegard pudieron ver el lugar donde se encontraba el tesoro, un sitio llamado "Drakil'jin".

Ayudando en el camino a los heridos a reponerse, volvieron al puesto avanzado de la Cruzada Argenta, donde la discordia en la nueva compañía había estallado, norteños y sureños, se vieron traicionados por Jesabela y Hildegard, pero mientras que Jesabela guardaba silencio, Hildegard recriminaba a estos que erán débiles y que serían un lastre para conseguir el tan preciado tesoro.

La discordia en el grupo de aventureros había sido sembrada. Quizá eso era lo que el Gran Sabio quería... ¿quién sabe?

Mientras tanto, seguía sin saberse nada de Torhild y Vedrfornil, que para Hildegard Valdrada y algunos más ya estaban muertos y disfrutando de la otra vida en el Valhalla, aunque algunos otros aún conservaban la esperanza de que siguieran con vida y encontrarles.



DÍA 10


Tras la gran treta del Gran Sabio, el grupo quedo mermado y reducido fruto de la desconfianza, pese a eso, mucho se había andado ya para encontrar el Tesoro de Quetz'lun, así que el pequeño grupo de norteños y sureños que aún quedaba se puso en marcha hacía Drakil'jin al norte de las Colinas Pardas.

Hace ya días, cuando la compañia tenía que atravesar el Paso de Ursoc para llegar a Zul'drak, el Jarl Erik Hardrada les dijo a estos que les esperaría allí pasados tres días, pero la compañía no acudió a esa cita. Hildegard Valdrada, había extendido el rumor de que Torhild y Vedrfornil Hjorden habían muerto heróicamente en la arena del Anfiteatro de la Muerte, así que el Jarl Hardrada con un gran grupo de norteños se adentro en Zul'drak para buscar a su hijo.

Mientras tanto, la compañía proseguía su marcha hacía Drakal'jin hasta que diviso el campamento de la Brigada de los Páramos del ejercito de la Alianza que aún seguía alli asentado.

La compañia solicito refugio en el campamento, para descansar después de la marcha, antes de llegar a Drakal'jin y sin muchos problemas consiguieron acceder, buscando algunas tiendas que les sirvieran para pasar allí la noche.

El Tesoro de Quetz'lun estaba cerca y con ello el epílogo de esta asombrosa aventura, pero eso sería otro día.


DÍA 11

Y llegó el gran día, descansados ya del largo trayecto desde Zul'drak a Colinas Pardas, la compañía abandono el campamento de la Brigada de los Páramos rumbo a Drakal'jin, el lugar que había señalado el Gran Sabio como ubicación del gran tesoro de Quetz'lun.

Las ruinas de aquella necrópolis trol eran sobrecogedoras, Hildegard hizo saber al resto de la compañía de que un Drakkar les esperaba cerca de la costa para llevar el tesoro de vuelta al Fiordo Aquilonal.

Todo estaba envuelto en un silencio incómodo y la compañía avanzaba dentro de aquella necrópolis mientras observaban los relieves sobre escenas fúnebres y salvajes combates, siempre con el símbolo de la serpiente emplumada en ellos.

Al fondo de la necrópolis, parecía haber un camino subterraneo del cual surgieron dos enormes serpientes emplumadas para cortar el paso a la compañía, que cargo enérgicamente contra estas. Entre disparos y cortes, las serpientes se estrellaron contra el suelo de baldosas de piedra, no habíendo representado un gran problema para sureños y norteños.

Era el momento de adentrarse en aquel camino subterraneo de la necrópolis, según la compaía avanzaba hacía el interior, la luz se volvía mas tenue y Jesabela consiguió prender algo parecido a una antorcha para continuar su búsqueda. Un frio desolador recorría aquel lugar, y la oscuridad no mostraba aquello que los aventureros podían sentir, la presencia de los malditos era fuerte allí, quizá encontraran lo que habían venido a buscar en ese mismo lugar.

De pronto, dos voces burlonas como venidas de ultratumba retumbaron en una enorme sala que hacía eco, Hildegard rocio en el suelo algo de óleo de ballena que llevaba en su cinturón y Jesabela lo prendío, haciéndo un circulo sobre la compañia para ver si alguien les atacaría. Con la sala iluminada, pudieron ver a dos trols malditos que advirtieron a los visitantes que nunca encontrarían el tesoro y moririán allí mismo.

El enfrentamiento no se hizo esperar, los dos trols malditos cargaron contra la compañia que a duras penas pudo resistir su embate. Hildegard se encomendo a Eonar y Freya, para que estas dirigieran sus manos empuñando a Turfing  asestando duros golpes contra estos, mientras que la sureña Myrall lanzó una granada ultrasónica aturdiendo gravemente a los trols y el paladín Carrick los exortizó haciendo que desaparecieran.

El camino había sido despejado, las voces cesaron y al fondo de aquél gran mausoleo subterraneo vieron una luz. Raudamente se dirigieron a ella y al llegar observaron una sala redonda, llena de momías trols en las paredes, un gran fuego de color rojo en el centro y al fondo un enorme gong junto a un inmenso cofre custodiado por el Sacerdote de Quetz'lun que algunos miembros de la compañía habián visto durante los combates de la arena en el Anfiteatro de la Muerte.

El Sacerdote les hizo saber a los aventureros, que todo se había cumplido según los designios de Quetz'lun y si habían llegado hasta aquí era para ser sacrificados de cara a que la divinidad emplumada volviera a la vida con la sangre de aquellos que son dignos para ello. Así pues había llegado la hora de los sacrificios y en un exhibición magna de su poder derribo a toda la compañia entre cántico y danzas rituales, poco a poco los miembros de la compañia fueron cayendo contra el suelo, primero Jesabela que había sido muy gravemente herida, Garron y Ulf Asbjorn también fueron abatidos. Hildegard fue a socorrer a Ulf para que no muriera asfixiado por su propia sangre que brotaba de él a borbotones.

El Sacerdote parecía disfrutar con la masacre que estaba causando, Myrall también fue abatida, Hildegard cargo encolerizada contra el sacerdote y este la regalo un abanico de cortes por todo el cuerpo provocando que la Jarl se precipitara al suelo encima de un charco de sangre.

Y en aquel momento perdida ya toda esperanza, el enorme ulfhednar Brakior salto sobre el sacerdote aturdiendole a golpes, mientras Carrick le clavaba la espada en el corazón derrotando al sacerdote.


Usando las bendiciones de la Luz Sagrada, poco a poco los aventureros fueron recuperandose de sus heridas mortales y se dirigieron hacía el codiciado tesoro conseguido.

Frente a ellos al fin estaba el codiciado tesoro de Quetz'lun, al abrir la tapa del enorme cofre miles de monedas de oro, rubíes, zafiros y otras gemas dieron la bienvenida a nuestros aventureros, que resolvieron repartir mitad y mitad entre norteños y sureños. Hildegard Valdrada, estaba muy contenta pues sabía que al llegar con esa enorme cantidad de oro ganaría gran poder en el consejo del Pacto de Sangre, por no decir de la riqueza allí encontrada. 

Cargaron el cofre y tal y como Hildegard había dicho, montaron en un Drakkar que les esperaba en la costa rumbo a Valgarde, donde los festejos se celebraron durante días, festejos donde el Jarl Erik Hardrada no se encontraba, pues seguía buscando a su hijo en Zul'drak.


Así pues, la aventura del Tesoro de Quetz'lun había llegado a su fin y los escaldos ya preparaban algunas canciones para que la historia se convirtiera en leyenda.

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