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El principio del fin

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Relato escrito por Farelar. Hilo original aquí.



Hazlo. Sentencia sus almas. Alimenta tu odio. -Exclamó Shalla con un débil susurro, tentador.

Sombraeterna apretó sus dedos contra su sien, tratando de alejar las voces que poco a poco se apoderaban de su voluntad. Afiló la mirada y desvió su rostro hacia el cielo, expulsando un atronador rugido con el que puso fin a la pesadilla que tanto le atormentaba aquella noche.

Levantó sus cansados párpados, grisáceos, como el resto de su corrupta y demacrada piel para contemplar sus manos manchadas de sangre. Suspiró con pesadez, aceptando que su pesadilla no era más que un recuerdo de un pasado para nada lejano. Trató de distraer su mente, centrándose en las palabras que llenaban su mente. Una simple sierva de la Luz le había derrotado. No a él, si no a su alma. Le había hecho ver y aceptar la realidad de la que llevaba huyendo durante milenios. Ahora, Farel, se sumía en la duda, reprochándose a sí mismo si los métodos que había empleado durante todo este tiempo para alcanzar sus oscuros propósitos eran, como el creía, correctos.

Entonces, por primera vez en meses, quizás años, trató de recordar. Echó la mirada hacia atrás, contemplando los momentos más oscuros de su existencia. Rememoró a la perfección la traición de su padre. Como este vendió su alma a la Legión Ardiente, asesinando a la progenitora del Altonato y acabando con su propia familia. Recordó el sentimiento asolador que le invadía al ver cómo su ciudad y su pueblo caían ante los falsarios del Destructor.

Pero había algo que jamás pudo olvidar. El recuerdo que más pesaba en su ser, el cual revivía día tras día. Sentía a la perfección las emociones que desarrolló al proclamar su venganza y aceptar los oscuros poderes que recorrían ahora su alma, corrompiéndole con el paso de los años, alimentando su ira y su odio hacia la humanidad.

Desde aquel día en el que Farel se postró a la altura de los demonios, decidiendo combatir el fuego con fuego, sus manos se mancharon de sangre para la eternidad. Sombraeterna murió en la implosión del Pozo Eterno, cuando su cuerpo corrupto cayó al enorme mar y el frío le envolvió, arrancándole la poca humanidad que quedaba en él. Desde aquel día, nada volvería a ser como antes.

Mientras una lágrima furtiva y amarga surcó su mejilla, el altonato trató de olvidar sus recuerdos. Consciente de las palabras de la Vindicadora, su arrogante temeridad se había calmado, permitiéndole darse cuenta de los errores que había cometido y los oscuros crímenes que había llevado a cabo a lo largo de los años, sin importarle los daños colaterales que causara. Esta le imploró un cambio. Le suplicó que mirase en lo más profundo de su ser. Ella era la única que había visto en él un resquicio de humanidad, y estaba dispuesta a traerlo de vuelta, arrancándolo de las garras de la oscuridad.

Farelar se alzó, tornando su semblante serio. Había escuchado leyendas sobre las emociones negativas de Pandaria, tierra en la cual sus habitantes conocían a la perfección cómo purgar y controlar los sentimientos más oscuros. Con decisión de retomar su voluntad y contando con la ayuda de la Vindicadora Kaneela, Sombraeterna marchó a organizar su partida, tratando de encontrar antiguos aliados que podrían serle útil en su último périplo.

Decidido a comenzar su viaje en la tierra de los Pandaren, en busca de la expiación y la bendición de los Celestiales, Farel sabía donde terminaría su viaje. Las oscuras islas de Zin-Shalla, donde todo comenzó.

Era el principio del fin.

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