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El límite de una redención innecesaria

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Relato escrito por Diaco. Hilo original aquí.



Fue en la Isla de la Conquista. Fue un elfo de sangre el que me hirió de por vida. Yo ya había obtenido el título de Mariscal de campo, y como tal, mis preocupaciones eran, sobre todo, ayudar en las gestas de la Alianza para conseguir más dinero, reputación, y recuperar el tiempo perdido de mi vida haciendo algo de provecho (redimirme, por así decirlo). Recuerdo que algunos civiles se sorprendían al ver a un muchacho de veinticinco años yendo a la batalla ataviado con el uniforme de Mariscal. Pero lo cierto es que no era nada demasiado alejado de la normalidad; al menos por aquel entonces habíamos bastantes jóvenes de dicho rango. No era tan especial. El caso es que, informándome sobre las acciones de la Alianza en distintos campos de batalla, vi que en Rasganorte, en una isla al lado de Corona de Hielo, se libraba una batalla por el control del territorio y sus recursos, sobre todo el petróleo. Yo siempre había tenido curiosidad por el continente norteño, así que no dudé en alistarme para el siguiente barco que zarpara a la Isla de la Conquista.

Una vez allí, he de admitir que quedé sorprendido. Se podía ver la aurora boreal que siempre adorna el cielo del gélido continente. Hacía frío, mucho frío, tanto que mis enormes guantes no bastaban para mantener templados mis dedos. Sin embargo, no nos dejaron tiempo para contemplaciones. Fuimos trasladados de inmediato a la fortaleza de la Alianza, y la gente empezó a movilizarse. A llevar cajas, a hablar con los ingenieros… En cuanto a nosotros, dos generales vinieron a darnos órdenes. Nuestra tarea era, dentro de lo que cabe, sencilla: atacar a la Horda. Retenerlos, acabar con sus refuerzos y, si todo iba bien, acabar con su general, el Señor supremo Agmar. De esa manera daríamos ventaja a la Alianza para explotar los recursos de la isla. Para ser honesto, no sé si dicho objetivo era totalmente ético, pero, si el territorio iba a quedar exprimido de todas maneras, prefería que sus beneficios fueran para la Alianza y no para la Horda. Unos minutos de preparación, y la batalla comenzó. Empecé a correr tras mis camaradas. Había de todo; elfos nocturnos, humanos, enanos, incluso algunos huargen. Me costó distinguirlos, porque iban montados a caballo y no corriendo a cuatro patas, como yo. Parecía mentira que fuera precisamente yo el que más uso hacía de mi forma feral, sin ser siquiera gilneano. La carrera duró varios minutos, hasta que llegamos al centro de la isla. Allí, empezamos a dividirnos. Unos se dirigieron a la costa, para sabotear los vehículos de asedio, otros se desperdigaron por todo el territorio para buscar y acabar con exploradores de la Horda, si los había, y otros fuimos directamente a la fortaleza enemiga, para empezar a presionar y retener todo lo posible a los rivales. A mitad de camino, todo se convirtió en un completo caos. Los tiradores empezaron a disparar, los guerreros y paladines saltaron de sus monturas para arremeter de frente a los enemigos, los sacerdotes y curanderos quedaron en la retaguardia para concentrarse en sanar a los heridos. Tanto yo como el resto de luchadores que hacíamos uso del subterfugio nos envolvimos en sombras y nos adentramos en el torbellino de espadas, gritos y hechizos para atacar a los más débiles por la espalda. Si bien todos los de mi clase éramos hábiles con el uso del sigilo y sabíamos ocultarnos a plena luz del día, en aquella ocasión no fue del todo necesario: los luchadores estaban más centrados en los que intentaban clavarles una espada en el pecho que en los que nos acercábamos por la espalda. Me esforcé todo lo que pude y acabé (o debilité) con varios enemigos a base de puñaladas y la ayuda de mis compatriotas. Desde mi perspectiva todo iba bien, pues lo único que veía eran enemigos caer, aliados siendo sanados o imbuidos en escudos sagrados, y recibía pocos golpes. Pero lo cierto es que la batalla estaba muy igualada. La situación se alargó durante horas; íbamos de aquí allá, empujábamos, nos retirábamos, intentábamos robar vehículos de asedio, hasta que finalmente nuestros ingenieros pusieron a nuestra disposición nuestras propias catapultas. Así que, sin dudarlo, y aprovechando el equilibrio de la batalla, nuestros guerreros y luchadores más curtidos se montaron en los vehículos para dirigirlos, casi en una misión suicida, hacia la fortaleza enemiga. Nos juntamos todos y escoltamos a las tres catapultas hasta la fortaleza. Muchos cayeron en el camino, pero conseguimos repeler a los enemigos lo suficiente. Una vez vimos las enormes y selladas puertas, recuperamos la compostura y nos preparamos para el asedio. Mientras los tiradores ayudaban con flechas incendiarias a las catapultas, yo vi cómo algunos se separaban para lidiar con los francotiradores que había en las torres frontales de la fortaleza. Me acerqué para ver si podía ayudar en algo, y vi cómo los enemigos usaban torretas en lo alto. Entre ellos y los que hostigaban las catapultas, no conseguiríamos nuestro objetivo. Así que decidí ayudar a los que se ocupaban de los francotiradores. Empuñé mis dos dagas y agradecí la arquitectura de la Horda; sus muros contaban con grietas y hendiduras en las que podía clavar mis armas para impulsarme. No necesitaba escalar todo el muro, bastaría con llegar a la mitad y usar algunos trucos de subterfugio para llegar sin esfuerzo a lo más alto. Muchos empezaron a imitarme, y al poco tiempo estábamos luchando con los que manejaban las torretas. Pronto quedamos sólo dos de nosotros contra otros tres. Uno estaba gravemente herido y acabé con él antes de que pudiera hacerme un rasguño; el segundo fue arrojado al vacío por mi compañero; pero el tercero repelía todos nuestros ataques. Haciendo uso de distracciones y golpes bajos, conseguimos ponernos por encima de él. El humano que luchaba a mi lado cogió una maza que había en el suelo y le golpeó en el yelmo, que, como ya estaba dañado por la batalla, se partió en dos. El elfo de sangre quedó al descubierto. Se giró, y de una patada bloqueó la daga de mi compañero. Yo intenté asestarle una puñalada en la espalda, pero se agachó en el último momento y por poco caí por las escaleras de la torre. Mientras recuperaba la compostura, vi cómo un goblin aparecía de la nada, saltaba apoyándose en una caja y clavaba un puñal en el cuello de mi aliado. Horrorizado, observé cómo el elfo de sangre le daba una patada para tirarlo de la torre. Por suerte, el humano consiguió agarrar al goblin y llevárselo consigo antes de caer. Ahora quedábamos el elfo y yo. Me dejé llevar por la ira con un rugido y me lancé contra él. Este hizo uso de su escuálido cuerpo para esquivarme, pero olvidó que yo me guiaba por la agilidad, y no por la fuerza bruta. Trató de apuñalarme por la espalda, pero yo lo vi venir, y desvié su espada con mi daga en el último momento. Después intenté cortarle con el otro puñal, y él bloqueó mi brazo con el suyo. Aproveché su error para morderle en el cuello (hay que hacer uso también de tus facultades físicas, ¿no?), pero él ladeó la cabeza y mis fauces sólo atraparon su oreja. Pero no cedí; sólo me aparté de él cuando, de un estirón, se la arranqué. El elfo rugió de dolor, yo escupí la oreja y volvimos a enzarzarnos en combate. En un momento dado, observé en la lejanía cómo mis compañeros, los encargados del asedio frontal, iniciaban una retirada para evitar que los refuerzos de la Horda acabaran con ellos en sus propias puertas. Esa distracción fue fatal para mí. Cuando me giré, el elfo ya dirigía una esquirla de su casco, que usaba a modo de sustituto de la espada que yo había conseguido arrojar al vacío, hacia mi rostro. Mi vista se nubló y todo se tornó rojo de dolor cuando el metal se clavó en mi ojo derecho. Rugí como nunca había rugido, pero era inútil; había perdido la mitad de mi visión, y mi otro ojo todavía no funcionaba correctamente por la conmoción. Hice bailar mis puñales sin coreografía alguna, lanzando puñaladas que no hendieron más que el aire. El odioso elfo de sangre ni siquiera se dignó a darme una muerte rápida con su espada (lo cuál más adelante agradecí); me escupió, maldijo en su idioma, y me embistió para lanzarme también al vacío.

Lo siguiente que recuerdo es que me desperté en el barco de vuelta a Ventormenta. Tenía media cabeza vendada y estaba tumbado junto a otros quince heridos graves. Los curanderos me dijeron que tuve suerte de caer en una pendiente muy inclinada y rodé directo al agua; de lo contrario no seguiría vivo. Según ellos, “tan solo” tenía fracturadas dos costillas, la rodilla derecha y el brazo derecho. De eso podría recuperarme en varios meses, pero no del ojo derecho. Eso sería permanente. Aquel fue el día en que decidí retirarme como Mariscal de campo. Porque me hizo falta perder un ojo para darme cuenta de que me había obcecado tanto en redimirme de mi pasado que no era consciente de que nunca hice nada malo. No necesitaba librar épicas gestas para recuperar el tiempo que perdí en la taberna de Villadorada. Lo único que necesitaba para estar en paz conmigo mismo era servirme de mis habilidades y conocimientos para hacer lo que yo realmente quería hasta haberme olvidado de mi nefasta adolescencia: viajar. Mi atuendo de Mariscal sigue escondido en alguna parte de Azeroth. Espero no tener que recuperarlo. Espero que mi retirada del mundo militar sea definitiva. Aunque no pienso morir sin antes volver a ver a ese elfo.

Me costó un ojo entender de lo que el destino quería decirme.

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