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El extraño (Relato)

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Año 732 D.S (Después de Soron) Día 15 de enero, salón del Jarl.

Los guardias abren las puertas de la casa comunal, mientras un tosco enano de fornida armadura y grisácea piel entra, dando grandes zancadas que resonaban debido a su pesada armadura de cobalto. Tras él se encontraban dos grandes nórdicos, de negra y tétrica armadura, que agarraban a un hombre por cada brazo. Éste era un denotado anciano; marcadas arrugas, abundantes canas y débil constitución.

Después de que el enano y los guardias pasasen, las puertas se volvieron a cerrar, mientras éstos se acercaban al trono del Jarl, postrándose ante él y obligando al anciano a hacer lo mismo.

-Señor, hemos encontrado a este paranoico en la plaza central, gritando a los cuatro vientos que el fin del mundo se acercaba, maldiciendo a los dioses mientras trataba de convencer a los aldeanos de que hiciesen como él. —Pronunció el enano, con un tono de claro enfado e irritación—

-¿El Ragnarök? Viejo chiflado…tengo suficientes problemas en mi burgo para que ahora a la gente se le meta en la cabeza que el fin del mundo se acerca. —Replicó el Jarl con desdén, mientras ordenaba a ambos guardias alejarse con un gesto de mano—

Los guardias marcharon, mientras el Jarl se ponía cómodo en su trono y reflexionaba unos segundos, para luego dirigir una mirada de incredulidad al anciano.

-Decidme pues, anciano, ¿cómo puede alguien como vos saber semejante cosa? ¿Una visión? ¿Quizás un sueño? Me decanto por la opción en que bebisteis demasiado la noche anterior…

-¡Debéis creerme, señor! —Alzó la voz el anciano, poniéndose costosamente en pie mientras se acercaba lentamente al Trono— ¡Lo he visto, lo he percibido! ¡El fin se acerca y nada lo podrá parar! —Replicó, cada vez en un tono más alto, tosiendo entre mitad de cada oración—

-Atrás, loco. —Dijo el enano, agarrándole por el cuello antes de que se acercase más al Jarl—

-Estará bien, Thane. —Dijo el Jarl, refiriéndose al enano—Bueno, anciano, siento deciros que no me creo vuestra pantomima. ¿Acaso no me reconocéis? Soy Harald Torfasson, señor de los cuervos, el seid más poderoso en todo el norte. Si eso fuese a pasar lo detectaría. Además, si ese caso fuese negativo tengo toda una corte con más seid que me lo pronosticarían. Y ninguna opción ha sucedido. Y tengo que creerme a un viejo paranoico de la calle. Ja. —Sentenció el Jarl, burlón—

-No lo entendéis, estáis ciegos. ¡Ciegos! ¡Yo sé la verdad, sólo yo la pue-

-Escuchadme bien, ¿qué haríais vos si, de repente, una noche de invierno, un extraño apareciese en vuestra casa afirmando que el fin del mundo se acercaría? No hay nada más que decir. Hallvard, llevadle a las afueras de la ciudad. Considerad el exilio una bendición.

-¿No creéis más oportuno llevarlo a las mazmorras? —Le replicó el Thane con cierta maldad—

-No, no es un criminal, es solo un loco.

-Estáis condenados…—negó el anciano, mientras era retirado de la casa comunal, arrastrado por el Thane—

-Ahora dejadme solo, Thane. Necesito reflexionar.

La noche se hizo más densa, Harald se retiró a sus aposentos y encendió un par de velas. Se pasó toda la noche rebuscando en las estanterías de su habitación, buscando cualquier escrito sobre el Ragnarök, pero fue en vano. Todos los libros a su disposición tan solo hablaban de leyendas, profecías sin fundamento y cuentos para asustar a los niños, así que se fue a la cama antes de seguir molestando a su mujer con las velas y el ruido que hacían los libros al ser retirados.

El día amaneció tras ocho horas, así que el Jarl se vistió y, sin comer siquiera, se levantó directo hacia las puertas de la casa comunal, en ademán de dirigirse a la biblioteca. Pero cuando salió una pequeña muchedumbre de personas le detuvo a sus puertas, mientras el Thane acudía a él para informarle; se trataba de una revuelta. Como de costumbre, se debía a los bajos salarios que el burgo ofrecía a sus trabajadores, pues la modernización de la ciudad y la mecanización de todos los servicios habían dejado los sueldos muy bajos.

“¡Queremos más dinero!” “¡Necesito alimentar a mi familia!” “¡Los ciudadanos también necesitamos una vida digna!” “¡No al favoritismo militar!” Entre muchas más, esos eran los principales gritos de la revuelta. Los sueldos en Ravensburg, aunque cierto es que se rebajaron en los oficios manuales y comunes, se subieron en el ejército militar y místico. Era una estrategia para atraer gente al ejército. Gracias a eso, el clan Ravencroft había conseguido uno de los ejércitos más poderosos y leales del norte, junto a toda una rama mística que superaba en conocimiento y poderío a los seid del resto de clanes.

Normalmente, tras cada protesta la guardia actuaba y la disolvía, cogiendo al líder y ahorcándolo, para que todo el burgo viese lo que les ocurre a los rebeldes. Pero ese día las cosas fueron diferentes.

-Mándales callar. —Ordenó el Jarl al Thane, el cual hizo una señal a los guardias, que empezaron a chocar sus armas y apuntar a la revuelta—

-Vaya, vaya. ¿De verdad os jugáis la vida en estas manifestaciones? ¿Acaso no es subliminal el mensaje que el clan deja con cada revuelta? Ah, quizás no lo suficiente. Dejadme que os explique porque vuestros sueldos están tan reducidos. —Dijo el Jarl en un tono firme, mirando con autoridad y desafío a los participantes en la manifestación— Observad a vuestro alrededor, ¿qué veis?

-¡Tan solo vemos máquinas! —Dijo enfadado un joven en la manifestación, mientras unos pocos asentían tras él—

-Muy perspicaz, y aun así, vosotros preferís competir con ellas. ¿No veis la necedad en vuestros actos? ¿Qué sois? ¡Sois hombres del norte…! ¿Pero que más sois? ¡Sois Ravencroft! Nuestro clan ha sobrevivido a una guerra, gracias a nuestros Drakkars otros clanes pudieron sobrevivir también. Gracias a nuestras máquinas pudimos dominar la tierra y el mar ¡Y ahora dominamos el aire con nuestros Drakkar volátiles! ¡Somos imparables, luchamos y ganamos! Ahora respondedme, ¿queréis ser la presa o el cazador?

-¡Queremos ser cazadores! —Respondió un niño que se encontraba por la manifestación, mientras otros murmuraban con un porte de desagrado—

-¡Entonces agarrad un arma! ¡Bastón, daga, espada, hacha, escudo o vuestras propias manos! ¡El clan Ravencroft necesita pilotos, guerreros, hechiceros y marineros! ¡Dejad a las máquinas el trabajo manual! —Gritó el Jarl, mientras alzaba su cayada al cielo, haciendo que las joyas de éste reluciesen al sol bajo la figura de un cuervo tallado en la madera— ¡Los cuervos nunca seremos la presa! ¡Luchad y morid como cuervos o escondeos y perecer por cobardes!

“¡Pero no sé luchar!” “¡Yo tampoco!” “¡Es injusto!” “¡Tan sólo era un panadero!” Se podía escuchar entre la multitud, en un tono más inclinado a la confusión que al enfado.

-Entrenad pues, aquellos que crean que el mar es su lugar que se unan a la marinería, los que prefieran el aire que vayan al Aeródromo de Tormentas y se unan a los aviadores. Los que quieran conocer los secretos de la hechicería y lectura rúnica que se dirijan al minarete de las sombras y los que prefieran el uso de las armas que se unan al ejército.

-¡Esto me parece absurdo, yo no estoy hecho para combatir, quiero mi sueldo!

-Bien, en ese caso seguirás siendo la presa, y cuando una guerra se avecine entonces te lamentarás de haber rehusado mi oferta —Sentenció el Jarl—. Ahora marchaos y reflexionad sobre esto, ¡vamos!

-¿No colgamos a nadie, señor? —Le susurró Hallvard al Jarl—

-Hoy no, dejemos por una vez que el miedo deje de influir en sus actos y de verdad piensen en su futuro.

-No te ablandes, Harald. —Dijo el Thane, mirándole fijamente mientras avanzaba para dispersar la revuelta—

Cuando acabó la manifestación ya había caído la tarde, y aun ni había comido. Seguramente su esposa Rebekkä le estaba esperando en el salón comunal.

-Llegáis tarde, Jarl. ¿Todo bien? —Preguntó uno de los consejeros, que esperaban en la corte del Palacio—

-Una revuelta multitudinaria, nada de lo que preocuparse. —Replicó restando importancia— Ahora debo alimentarme.

-De acuerdo, que aproveche. —Dijo el anciano consejero, inclinándose lentamente—

Harald estuvo toda la comida pensativo, sin decir ni una palabra. Seguía pensando en lo del extraño, seguramente fuese otro loco pero, ¿y si fuese cierto? Se comenzaban a abrir incógnitas sin resolver, pero al menos ese día tenía la satisfacción de haber dejado decidir al pueblo en vez de imponer, ¿cómo sería la respuesta de la gente? ¿Significaría algo la advertencia de ese extraño?

Continuará…

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